¿De donde provienen las atrocidades en el comportamiento israelí y su persistente impunidad?

por LUIS E. SABINI FERNÁNDEZ

Uno a menudo queda atónito, con una sensación profunda de desagrado, interrogándose acerca de cómo pueden soldados israelíes cometer algunos actos tan miserables, abusivos, tan desoladoramente inicuos.[1]

Y uno hace tales juicios a partir de sus puntos de vista. Implícita, inconscientemente, uno elabora estos juicios o sensaciones a partir de sus propios patrones de conducta.

Pero hay que conocer las raíces de tales comportamientos para mejor entender la situación. Que no significa, necesariamente, aceptarla, como podríamos deducir del famoso pensamiento de Mme. de Stäl; “Comprenderlo todo es perdonarlo todo”.

El abordaje de los textos de los fundamentalistas judíos, particularmente los articulados en organizaciones como Gush Emunim,[2] nos permite ingresar al universo de valores de sus sostenedores y captar sus puntos de vista.

Antes de abordar este universo, quiero hacer una referencia, un agradecimiento y un reconocimiento a Israel Shahak, el judío polaco internado en 1943, a los 10 años, en un campo de concentración nazi junto con sus padres, del cual escapan la madre y él luego de la muerte de su padre y que al final de la guerra se embarca gozoso como novel sionista en un barco con rumbo a Palestina, es decir Sion. Según el mismo Shahak, ese viaje y la organización verticalista de la tripulación sionista a bordo, lo puso en alerta respecto de ese mensaje. Pero era adolescente e iba a tardar unos años en darse cuenta que el sionismo y su portavoz David Ben Gurion querían algo radicalmente distinto a lo que él valoraba.

Sus muchas contribuciones revelaron siempre que la humanidad (lo universal) se anteponía a la comunidad o la tribu (lo particular), como aconteció con su denuncia de un episodio en que un judío piadoso no acepta en sabbath ceder su teléfono para una asistencia médica urgente a un no-judío.

Shahak se dedicó a traducir al inglés sugestivos textos que hasta entonces circulaban sólo en hebreo. Gracias a él, entonces, hemos podido acceder en los ’80 al Plan denominado con el nombre de su autor, Oded Yinon, un estratego israelí que diseña el viejo “Divide y vencerás” sobre los estados y países limítrofes o cercanos a Israel (Irak en 3 partes, Egipto en 6, Sudán en 2, Siria en 5, etcétera).

Shahak también ha traducido al inglés textos fundamentalistas de la religión judía que arrojan luz sobre los comportamientos tanto de la sociedad israelí como de sus elencos religiosos y militares para con los palestinos (y otras poblaciones no judías).

Es imposible magnificar el significado de la labor esclarecedora de Shahak respecto de textos de las organizaciones religiosas que han ido tomando cada vez más peso dentro de la militarizada sociedad israelí. Textos escritos en hebreo  y que a menudo  dichas redes muy sectarias ni siquiera traducen para sus propias reparticiones fuera del país. Es de imaginar que si entre judíos está restringida la circulación de algunos pensamientos, ¡lo que quedará para “el mundo exterior”, el “ancho y ajeno”!

Glosaremos sucintamente el trabajo de Shahak y Mezvinski (en adelante, SyM) titulado El fundamentalismo judío en Israel. [3]

Sabemos que la formación del Estado de Israel proviene de una curiosa combinación de judíos askenazíes que tenían un muy débil  vínculo con la tierra palestina, asiento histórico de diversas poblaciones, entre ellas la judía, que a menudo coexistieron. La población judía no fue ni la originaria ni la única ni la última.

El sionismo surge como un movimiento de reafirmación de la perseguida identidad judía. Pero no surge en cualquier lugar de la difundida territorialidad judía de fines del s XIX. Surge específicamente en la comunidad askenazí de la Europa Central. No surge, por ejemplo, en las numerosas poblaciones judías existentes en el mundo islámico. Theodor Herzl, uno de sus fundadores, estaba convencido que la solución a los padecimientos judíos, a su discriminación, a la maldición cristiana contra los que condenaran a Cristo pasaba por hacer “rancho aparte”. Llega a estimar, en términos político-tácticos, al antisemitismo como un aliado para favorecer esa separación.[4]

El sionismo se presenta inicialmente como un movimiento laico, no confesional, pero que no quiere romper con la religión judía, en realidad parece querer aprovecharse de ella. Poco a poco empiezan a entender que el único vínculo ligador (religare, origen etimológico del vocablo religión) que tiene lo judío es lo religioso; la Torah y otros libros “sagrados”. Pero por eso también se va constituyendo cierto judaísmo refractario al hecho sionista. [5]

Desde el comienzo el sionismo emplea un doble mensaje que no se sustenta en dialéctica alguna: ─encarnamos una solución social, material, para erigir un estado judío y lo hacemos en el territorio que Yahvé “nos” [6] encomendara (hace siglos, más bien milenios). ¿Materialista y terrenal o místico en contacto con alguna divinidad?

E inmediatamente, llevando el proyecto a la realidad: ¿Cómo se puede elaborar semejante solución a la vista de toda la población (palestina) que habitaba esa misma tierra, que la Biblia denomina Sión y que  los contemporáneos denominaban Palestina? [7] Palestinos que el mismísimo Ben Gurion calificaba como los verdaderos descendientes de los judíos bíblicos (islamizados). Claro que eso lo dice Ben Gurion  hasta fines de la década del ’20, luego, nunca jamás.

Entendemos que para superar el tremendo obstáculo de la presencia “ajena”, de una sociedad viviente en donde uno pretende ser el dueño absoluto se necesita una ingente elaboración ideológica que le otorgue impunidad psicológica al despojo que se aprestan a hacer. Por ejemplo, denominar la conquista de la tierra palestina “redención” tiene una enorme carga ideológica: no se trata de conquistar la tierra, como vulgares invasores; se redime esa tierra; se le quita a “usurpadores”  o meros ocupantes y se la devuelve a su verdadero, profundo, eterno sentido; el que le diera, según escrituras, un dios a la tierra “de la leche y la miel”.

Esta autoasignación de un papel tan especial a los judíos, en rigor a los askenazíes, calza como el guante en la mano con la noción de “pueblo elegido”, tan elaborada dentro de la colectividad judía.

Es a partir de asegurarse la excelencia propia que se puede empezar a desechar todo prurito, toda noción de respeto hacia lo ajeno. Como nos enseñó Tikkanen, el dibujante, el Quino finlandés: “Mi moral es tan pero tan buena que no se daña haga yo lo que hiciere.” Eso es partir de la excelencia propia. En el caso sionista, autorizada, refrendada, absolutizada, eternizada por un tal dios, presuntamente judío.

SyM relatan cómo los grupos religiosos van tomando más influencia en la sociedad israelí que hasta la década de los ’70 estuvo gobernada al menos nominalmente por “laicos”.[8] Hasta entonces −aclaran− Moshe Dayan, la dirección del estado sionista y sus inseparables aliados de EE.UU., buscaban una cierta alianza o convivencia con los clanes palestinos mediante la cual Israel ocupaba toda tierra palestina que no estuviera en  uso por sus habitantes ─y de ese modo comía tierras como un pacman─ y cedía, o más bien  prometía ceder, el gobierno sobre las reducidas poblaciones palestinas a esos clanes.

Esta estrategia se basaba en la existencia de al menos dos actores: judíos sionistas y palestinos.

Desde 1967 la situación político-militar y social cambia radicalmente en Palestina/Israel, cuando Israel ocupa el 22% restante de la Palestina histórica (que no había sido deglutida en 1948, cuando la fundación del Estado de Israel). Y los dirigentes sionistas y un buen sector de la sociedad israelí entienden que existe únicamente un actor; los que encarnan a Sion.

Gush Emunim, apoyado en Shimon Peres, por entonces ministro de “Defensa” [9] −en ese permanente carrousel de los dirigentes “históricos” entre los puestos “clave” de la dirección sionista− se va convirtiendo en referente  y árbitro de la situación en “los territorios ocupados”.

Peres, catalogado como “paloma” le otorgará cada vez más “sitio” a la intolerancia religiosa en la configuración del nuevo Israel, ahora ensanchado y embarcado en una política de ocupación territorial que no era nueva (había empezado en 1948, y en rigor, mucho antes, aunque “privadamente”), pero hasta 1967 muchos partidarios de Israel se limitaban a considerar el engendro sionista únicamente como expresión de la mera sobrevivencia (construcción mental que contaba con la inercia de lo acontecido con los nazis durante la década del ’40). Esa visión era común a mucha intelectualidad “de izquierda”, como Jean-Paul Sartre; tendrán que aparecer pensadores y luchadores del Tercer Mundo, como Franz Fanon, Abdelwahab Elmessiri o Edward Said y judíos más ávidos de verdad que de poder, como el comunista francés Maxime Rodinson, para ir desmontando esa construcción ideológica (que hasta entonces habían criticado algunos historiadores y filósofos, como Mahatma Gandhi o Arnold Toynbee, pero siempre aislados de las corrientes dominantes).

SyM presentan múltiples ejemplos del proceso de fundamentalización religiosa del EdI. Tomemos apenas algunos. En febrero de 1994 un médico judío norteamericano, admirador de los rabinos Meir Kahane y Menajem Mendel Schneerson, alias Rebe Lubovitcher,[10] armado de fusil ametralladora ingresa a la Cueva de los Patriarcas en Hebrón y ametralla por la espalda a quienes estaban orando prosternados, matando a varias decenas de adultos y niños e hiriendo con la balacera a más de un centenar. Pasado el impacto, sobrevivientes se lanzaron sobre el atacante, Baruch Goldstein, que fue matado a golpes en el acto.

Este episodio tuvo enorme repercusión “periodística” en su momento. La prensa “vampiro”, atraída por la sangre, contó en todos los tonos el episodio, la cantidad de víctimas, etcétera. Lo que la misma prensa omitió, cuidadosamente, fueron las repercusiones del acto y su incidencia entre palestinos y en el Estado de Israel. SyM, judíos, tomaron sobre sí esa tarea en el caso de Israel y nos presentan una serie de elementos que nos permiten conocer mucho más seriamente y menos espectacularmente que con golpecitos mediáticos, a la sociedad israelí.

Saber, por ejemplo, que el médico Baruch Goldstein se negaba a atender y curar árabes en general incluidos soldados incorporados al ejército sionista.[11] Rechazo al juramento hipocrático que nunca hizo que las autoridades respectivas lo condenaran. Goldstein se atenía, explicó, únicamente a la autoridad de Maimónides[12] y Kahane. De ese modo entendía cumplir un comportamiento halajático.[13] SyM nos recuerdan que aunque hubo intentos de colegas médicos judíos de cuestionar el comportamiento de Goldstein “la cuestión de qué hacer con un oficial que abiertamente rehúsa obedecer órdenes invocando la Halajá nunca se resolvió” y permite abonar la tesis de SyM acerca de “la omnipresencia de la influencia de los partidos religiosos sobre el ejército israelí.

Ante la matanza surgió la versión, obviamente echada a correr, de que había habido un ataque masivo, patoteril, de árabes sobre Baruch Goldstein y que éste vendió cara su vida, permitiéndoles “finalmente comprender que la sangre judía no podía ser derramada impunemente.” Está inversión de la verdad (fenómeno mediático de altísima frecuencia) fue desmentida −y hay que alegrarse− por judíos como Nahum Barnea, periodista.

El episodio generó, inevitablemente, cierto debate en la sociedad israelí, y como bien aclaran SyM en ningún momento la prensa abordó el hecho como asesinato o asesinato colectivo o asesinato masivo. La causa es –en términos religiosos judíos− obvia: cualquier muerte de no judíos a manos de judíos no se considera, bajo ninguna circunstancia, asesi-nato. Puede estar incluso prohibido matar no judíos, pero “especialmente cuando causa peligro a los judíos.” Entrevistado por el recién citado Barnea, acerca de “la pena” que le provocaba lo acontecido, Levinger, guía de Gush Emunim, declaró: “Siento pena no sola-mente respecto a los muertos árabes sino también respecto a las moscas muertas.” Más claro el regocijo ante el acto de Goldstein, imposible, más cierta muestra de “humor judío”. Y observemos: queda patentizado el desprecio por vidas no judías.

El entierro de Goldstein fue realizado en medio del mayor entusiasmo. Sus organizadores, los “colonos” de Kiryat Arba, un terreno de los tantos confiscados con violencia a los palestinos, aclamaban en todas las transmisiones televisivas a Goldstein como un mártir. Pidieron, pese al toque de queda, desfilar con el cuerpo por todo Hebrón[14] para vejar con el recuerdo a los palestinos.

A dos días de la matanza, las paredes de Jerusalén y sus cercanías estaban totalmente cubiertas con afiches “alabando las virtudes de Goldstein y lamentando que no hubiese matado a más árabes”. “Los hijos de los religiosos que fueron a manifestarse a Jerusalén llevaban insignias en las que estaba escrito: ‘El doctor Goldstein curó las enfermedades de Israel’.

De más está decir que la tumba de Goldstein se ha convertido en centro de peregrinación y que a Goldstein se le atribuye contacto directo con dios. “El rabino Israel Ariel dijo: ‘El santo mártir Baruch Goldstein, desde ahora es nuestro intercesor en el cielo. Goldstein no actuó como individuo; él escuchó el lamento de la tierra de Israel, que nos está siendo robada día a día por los musulmanes’.[¡sic!]”

SyM hacen todo un fresco social de Israel y de la extraordinaria receptividad que ha tenido Goldstein, como en su momento Kahane y otros “héroes” y “mártires”, entre los religiosos e incluso, aunque con más desconcierto e indecisión, entre muchos judíos seculares. Quienes han condenado esa matanza en Israel han s¡do muy, muy pocos.

El episodio y el escamoteo de sus secuelas, que acabamos de relevar mínimamente nos deja una interrogante: ¿por qué la atrocidad de festejar la atrocidad de Goldstein no ha tomado estado público? Ahí vemos el papel de los medios de incomunicación de masas.

Otro hecho de sangre, el asesinato fríamente calculado de Yitzhak Rabin, a manos de Yigal Amir, también él un judío archirreligioso, estudiante de los “libros sagrados”; un “puro”, nos puede permitir calibrar mejor el carácter de la sociedad israelí. Este episodio es también seriamente abordado por Shahak y Mezvinski.

Ambos, Goldstein y Amir, judíos fervientes, guiados, según ellos, por la mano de su dios, el mismo para ambos.

La diferencia fundamental entre el asesinato de los palestinos orantes y el de Rabin estriba en que en el primer caso los matados son no-judíos y en el otro, la víctima es judía. De allí proviene un tratamiento incomparable en uno y otro caso.

Para la ortodoxia judía, así como dijimos que matar no-judíos no se considera asesinato, lo llevado a cabo por Amir es un asesinato en toda regla (y a sangre fría).

Así, aunque ambos invoquen sentirse guiados por su dios y sus designios, el establishment israelí ve con indulgencia lo acontecido en la Cueva de los Patriarcas en 1994 y en cambio, le resulta inaceptable el acto de Amir en 1995. Ha sido encarcelado y lleva así más de 20 años. Lo cual habla de la gravedad con que se considera su acto.

Aunque Amir fue respaldado por un estrecho círculo de afines y se ha casado (y tenido hijos) estando en prisión, el establishment sionista no lo ha perdonado.

El peso creciente que diversos investigadores atribuyen a los rabinos dentro de las filas militares israelíes (y fundamentalmente de los rabinos más sectarios y ortodoxos, más identificables con el militarismo); la solvencia “profesional” de los soldados israelíes religiosos que les ha generado gran aprecio en los mandos militares con repercusión social (recordemos que el EdI tiene un altísimo índice de militarización en todo su tejido social); el cada vez más pesante poder de los rabinos sobre los creyentes dentro de Israel, el desplazamiento cada vez más acentuado de la población israelí hacia las capas más privilegiadas del planeta; todo eso ha ido acentuando aún más, el carácter colonialista, racista del emprendimiento inicial. Y el fundamentalismo religioso explica también la “facilidad” de los israelíes para dañar o matar palestinos o para aceptar pasivamente el ejercicio de atrocidades cotidianas (a veces sin sangre, pero no por eso menos vejatorias y abusivas).

Una conclusión del mismo Shahak que José María Ridao expone en la reseña del último libro de Shahak, Historia judía, religión judía. El peso de tres mil años.[15]

Según Ridao, glosando a Shahak, ‘el propósito último del sionismo ha sido más el de restablecer el poder religioso, de los rabinos, secularizándolo, que el de oponerse al antisemitismo en virtud de un rechazo taxativo de cualquier forma de discriminación.’ ‘De ahí que el Estado de Israel haya vuelto a desempeñar, “en una forma acentuada, a escala global y en circunstancias más peligrosas”, el mismo papel ambivalente que la comunidad clásica’: según Shahak, con el sionismo se trata de  construir  una “Esparta judía” hacia dentro y actuar, hacia fuera, como “administrador de un opresor imperial” (“La Esparta Judía”, El País, Madrid, 1/3/2003).

Esta “Esparta” administrando una opresión imperial se emparienta asimismo con el nazismo, parentesco que entrevió y denunció reiteradamente Yeshayahu Leibovitz, un rabino heterodoxo y sin pelos en la lengua. Mirando históricamente la cuestión, tal vez sea más apropiado ubicar al nazismo como vástago del sionismo que al sionismo como vástago del nazismo. Vástago no reconocido, incluso repudiado, pero vástago al fin. De un racismo purista, totalizador, omnicomprensivo. Y mucho más exitoso que el nazismo.

A la vez, me permito presentar otro enfoque acerca del significado del sionismo. Gilad Atzmon traza un razonamiento paralelo al de Ridao, pero con otras derivaciones. Atzmon entiende que el sionismo institucionalizado en el Estado de Israel ha sustituido la deidad de la religión judía tradicional, Yahvé, o como se llame, por una nueva deidad, que es el  “Holocausto”,[16] como entidad acabada, indiscutible con una liturgia fija, preestablecida.[17]

Mahmud Ahmadineyad, durante su presidencia iraní, hizo a menudo públicamente una pregunta: la historia es algo parcialmente conocido, siempre verificable, a menudo modificada para acercarse a una  comprensión más cercana a la verdad; las investigaciones históricas son el pan nuestro de cada día de los historiadores, ¿por qué el “Holocausto” es un acontecimiento cerrado, resuelto, que no admite la investigación; varios estados en el mundo penan lo que consideran el delito de preguntarse, dudar, cuestionar acerca del “Holocausto”.[18]  Seguramente esta observación metodológica le ha valido a Admadineyad el calificativo de “Satán”  pero, en verdad, el relato del “Holocausto” es más propio de una liturgia religiosa, dogmática, que del saber científico. Lo que dice, justamente Gilad Atzmon, ya no persa ni árabe sino de origen judío (aunque Atzmon ha renunciado públicamente a dicha condición): “El Holocausto se sitúa a sí mismo como una verdad eterna que trasciende el discurso crítico.”

Seguimos con Atzmon: “En un determinado momento se le dio un excepcional status megahistórico a un capítulo horrible de la historia de la humanidad.  Su ‘facticidad’ se selló con leyes draconianas  y su lógica fue salvaguardada por instituciones políticas y sociales.  Obviamente, la religión del Holocausto es judeocéntrica hasta la médula. Define la raison d’être judía. […] Considera al goi un potencial asesino irracional. Esta nueva religión judía predica la venganza. Muy bien podría ser la religión más siniestra […] ya que en nombre  del sufrimiento de los judíos concede licencias para matar, arrasar, arrojar bombas nucleares, aniquilar, saquear, hacer limpieza étnica.” (ibíd.)

Desarrollando la conversión del “Holocausto” en religión se ha hecho innecesaria la presencia de un dios, como Yahvé: “En vez de requerir un dios abstracto para que designe a los judíos como Pueblo Elegido, en la religión del Holocausto los judíos suprimen a este intermediario divino y simplemente se eligen a sí mismos.”  (p. 186).

Lo certero de la idea de Atzmon se verifica al ver cómo coincide con el comporta-miento cotidiano de tantos hijos de los kibutzim, de israelíes de nuestro presente. Se sienten semidioses. Actúen como festejantes, como turistas o como soldados ante los palestinos.

Lo judío como nueva señorialidad por encima del derecho que “iguala” (falazmente) a los seres humanos.  Perfectamente a cubierto por el control mediático y simbólico que tan lúcidamente han desnudado investigadores como, p. ej., Johannes Wallström, judío-sueco hoy exiliado de Israel (vinculado a wikileaks).

[1]  Pongamos apenas un par de casos entre incontables expresiones de esta sistemática “tortura social”: 1) en las áridas tierras palestinas, y con la odiosa política discriminatoria que ejerce Mekorot, la empresa nacional de agua (otorga a judíos israelíes unos 6 litros por cada litro que otorga a algunos palestinos; a otros solo agua sucia) cuando una familia palestina construye una mínima alberca de no más de un metro cuadrado de superficie, para ver de acumular algo de la escasa agua de lluvia, los soldados israelíes  la destruyen sistemáticamente y con pesadas advertencias; 2) a menudo, las autoridades militares (o estatales, es lo mismo) israelíes consideran que el delito cometido por alguien, aparte de cárcel ─previa tortura e interrogatorios─, merece además la demolición o el sellado de la vivienda del presunto malhechor. ¿Qué es el sellado de la vivienda?: desde el techo se vierte cemento fresco hasta alcanzar casi la altura de la casa en sus diversas habitaciones. Congelada así en el tiempo y en el espacio. Con sus instalaciones, sus ropas, sus libros, su vajilla… Generalmente es la etapa previa a la demolición, que puede demorarse. Así “petrificada” la casa proyecta una luz atroz sobre la resistencia palestina…

[2]  Agrupación judía ortodoxa afincada en territorios cisjordanos que el EdI ha ocupado desde 1967, responsable de buena parte de las colonizaciones o asentamientos desde entonces.

[3]  Israel Shahak y Norton Mezvinski, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2015. Original: Jewish Fundamentalism in Israel, Pluto Press, Londres, 1999.

[4]  Algo que dará lugar, tiempo después, a una cierta confluencia entre nazis y sionistas, cuando durante la década del ’30 ambos movimientos coincidan en el interés por una separación, física, territorial. La cuestión, empero, no es tan sencilla, porque sionismo y nazismo tienen otras sugestivas semejanzas, por ejemplo su “vanguardismo”.

[5]  Entre los recientes, por ejemplo, el formidable alegato de Jakob Rabkin, Contra el Estado de Israel.

[6]  ¿A quiénes? ¿A judíos que ni siquiera creían en dios?

[7]  Los mismos judíos religiosos, en los comienzos sionistas, veían esa población en el país del que el sionismo proponía adueñarse: dos rabinos fueron invitados en tiempos del Primer Congreso Sionista (1897) a visitar “la tierra prometida” más bien en secreto y el telegrama que comenta sus impresiones rezaba en términos ligeramente cifrados: “La novia es muy bonita, pero ya está comprometida.”  Estos rabinos visualizaban la realidad cotidiana palestina con su impronta islámica (más allá de la administración por entonces turca, luego inglesa).

[8]  “Laico sionista” es una terminología crecientemente insostenible, un oxímoron.

[9]  En la terminología orweliana del sionsimo se denomina Ministerio de Defensa a la organización militar de origen terrorista que constituye las fuerzas armadas oficiales y públicas del Estado de Israel.

[10] Kahane fue otro rabino norteamericano que predicó abiertamente el odio y el asesinato de árabes. Tenía su ejército particular, una banda de fanáticos y/o matones. Lubovitcher es otro rabino, seguidor de los rabinos Kook, de la extrema derecha judía, empeñados en distinguir la calidad humana de los judíos de la calidad no-humana de los no judíos. Leyó bien; este racismo inaudito tiene antecedentes y vigencia.

[11]  Hasta donde sé podría tratarse exclusivamente de árabes drusos, una secta muy escindida de chiíes y suníes, las dos grandes ramas del Islam.

[12]  Maimónides, compilador extraordinario,  es un rabino medieval tenido por sabio por haber fijado posición en diversas cuestiones religiosas. Tomo un ejemplo de los tantos que dan Shahak y Mezvinski: Maimónides recomienda matar a heréticos (judíos), es decir a los que niegan la Torah. Pero si quien sabe de esa herejía no tiene el poder de matarlo “debe comportarse tan traidoramente con ellos que la muerte sea el resultado.” Como se ve, consejos útiles y prácticos para el comportamiento cotidiano…

[13]  En hebreo, el camino de la conducta deseable.

[14]  Ciudad con unos cien mil habitantes palestinos y algunos centenares de judíos.

[15]  Edición en castellano, Antonio Machado Libros, Madrid, 2002. Prólogos de Gore Vidal y Edward Said.

[16]  Véase el formidable La industria del holocausto, de Norman Finkelstein, que define al “Holocausto” “como representación ideológica del holocausto nazi […con] una conexión, si bien tenue, con la realidad […en] su mayor parte inservible; no constituye un tributo al sufrimiento judío sino al engreimiento judío.”

[17]  Atzmon aclara en su compilación La identidad errante (Editorial Canaán,  Bs. As., 2013) que esa idea la encontró en Yeshayahu Leibovitz, un fermentario pensador que ya citamos.

[18]   Al menos 14: Alemania, Austria, Bélgica, Canadá, Eslovaquia, Francia, Liechtenstein, Lituania, Nueva Zelanda, Países Bajos, Polonia, la República Checa, Rumania y Sudáfrica.