Un testigo pasa revista al temible y atroz asalto de Israel a la Franja de Gaza

Por Luis E. Sabini Fernández /

Introducción a Shell-Shocked: On the Ground Under Israel’s Gaza Assault (Traumatizados por el bombardeo: en el lugar, durante el asalto de Israel a la Franja de Gaza). El libro que escribió Mohammed Omer, palestino, periodista y habitante, con su familia, en la Franja.

Ahora, un año después de la última guerra en Gaza, me encuentro a mí mismo reflexionando acerca de mi primer encuentro con Jalal Jundia. Fue durante el verano de 2014 cuando lo vi sentado encima de las ruinas de su hogar familiar, rodeado de polvo y escombros. Aunque procuraba permanecer calmo, me di cuenta que su rostro estaba surcado por líneas de sufrimiento. Como tantos en Gaza había perdido todo durante el asalto israelí, el más reciente de una serie de ataques que llegan con frecuencia predeterminable, cada 3 o 4 años. Jalal se preguntaba qué había sido de su esposa y seis hijos. ¿Adónde podría haber ido cuando se les destruyó el hogar por completo? ¿Estarían a salvo? Estaban atrapados en Gaza y no podían abandonar la franja. Todo lo que podían hacer era esperar a que los bombardeos terminen y rogar porque venga un tiempo en que los drones no ocupen màs el cielo. Tal vez para entonces habría suficiente paz como para que su familia pudiera reconstruir e intentar un retorno a alguna suerte de vida normal.

Un año después, Jalal sigue sin hogar. Su casa no ha sido reedificada y su familia sobrevive, apenas es sobreviviente. En cuanto a mí mismo, trato de permanecer optimista, lo cual no deja de ser una proeza en esta cáscara en ruinas que alguna vez fue un enclave costero hermoso y autosuficiente. Nuestra realidad depende enteramente de la determinación de Israel de desplazarnos de nuestros hogares para siempre. Despuès de la purga de 1947 y 1948, que fue una limpieza étnica de habitantes no judíos expulsados de los territorios que Israel ansiaba para sí y que no habían sido cedidos por la ONU, la Franja de Gaza se convirtió en un territorio seguro para decenas de miles que huían de las matanzas que las bandas del Irgun, del Stern y de Lehi llevaban a cabo. Eran organizaciones que se definían a sí mismas como terroristas, y fueron las antecesoras del ejército, la policía y los servicios secretos (Shin Bet) del Israel actual. Entretanto, nuestros mayores actuales, los hombres, mujeres y niños que huyeron antes de que llegaran las milicias sionistas, todavía conservan consigo las llaves de los hogares que les fueron arrebatados. Esas llaves representan una esperanza y una determinación. Tienen la esperanza de volver un día al hogar.

En las secuelas de este último ataque, la enorme mayoría de los niños de Gaza han quedado traumatizados. Continuamos viviendo bajo estado de sitio, limitados en cuanto a qué comprar, exportar, importar. No podemos ir a otros sitios y resulta muy difícil para la gente llegar a visitarnos. Escuchamos resignadamente como activistas de derechos humanos festejan el que ’nosotros los palestinos podemos resistir la agresión’, simplemente porque hemos sobrevivido hasta ahora. Esto puede ser cierto pero plantea la cuestión: ¿por què tendríamos que estar forzados a continuar soportando esta miseria? La Segunda Guerra Mundial duró seis años; el asalto del Tercer Reich y su limpieza étnica de aquellos que condenó como indeseables duró doce años. Nuestra opresión ha durado hasta ahora 67 años, haciendo de la ocupación israelí de Palestina uno de las más largas de la historia.
Cada minuto de cada día vivimos una realidad distorsionada, una catástrofe llevada a cabo por el hombre a efectos de proteger y guardar como reliquia una peculiar manifestación de racismo abierto que garantiza privilegios y vida únicamente sobre la base de religión y raza, que niega, precisamente, que existan. Su propósito es hacer insoportables las vidas de aquellos de nosotros que pertenecemos a la raza y/o a la religión no favorecida. El objetivo que tienen es forzarnos a que “voluntariamente” abandonemos nuestro propio país, los negocios, la familia, los hogares, nuestra cultura y nuestros ancestros. La herramienta para semejante persecución es sistémica e infecta todos los aspectos de la vida. Abarca desde impedirnos que reconstruyamos nuestras viviendas hasta agresiones militares, asesinato de gente marcada, encarcelamientos, dietas para hambrearnos, reforzadas por el sitio y toda una ristra de castigos que deshumanizan y nos despojan de nuestros derechos. Y, ciertamente, los obstáculos para poder movernos; los muros y los puestos de control, por la “seguridad”.

Y pese a todo eso, nosotros estamos todavía. Es verdad. En Gaza encontramos algunos recursos para ir sobreviviendo. Nuestras mujeres reciclan los desechos de los materiales que han convertido a nuestros hogares en macetas. Los estudiantes retornan a sus escuelas deshechas por los bombardeos, igualmente empeñados en terminar su educación. Los libros retorcidos y maltrechos son rehechos, a los lapiceros se los repone juntando partes no desechadas. En la noche, los estudiantes leen sus textos a la luz de velas. El corte tan frecuente de gas, agua y electricidad es otra de las realidades cotidianas en la Franja. Y así la vamos llevando, concentrándonos en lo más básico y embarrándonos con orgullosa determinación. Somos humanos, con sueños y pesadillas, tan fuertes y tan vulnerables como todos. Nos enorgullecemos de nuestra autosuficiencia y humildemente damos gracias a Dios por la ayuda de otros en tanto mantenemos la esperanza y rogamos por justicia.

Justicia que tiene que llegar. Cada vez que Jundia me ve me pregunta cuándo Occidente, que siempre está pontificando sobre democracia y existencialismo vinculado con los derechos humanos, va a actuar haciendo respetar sus ideales. ¿No escuchan acaso los ataques de Israel a la Franja de Gaza? Sus ojos buscan en mí un poco de esperanza. Sabe que yo he estado fuera de la Franja y que he hablado a menudo con gente influyente de Occidente. A menudo, me siento incapaz de encontrarme con su mirada de asombro. Soy consciente que los poderes occidentales se preocupan poco y nada de los sufrimientos humanos si acaecen en Gaza. Aquí, se siente fácilmente que los casi dos millones de habitantes de la Franja no existen. No puedo franquearle esta verdad tan perturbadora a Jundia. Màs bien, fortalezco su esperanza asegurándole que voy a continuar compartiendo este historia con el mundo. Le prometo que su voz se va a oír.

Como Jundia, soy un residente de Gaza y sufro a través de los ataques diarios, así como los ataques mayores que sobrevienen cada pocos años. Ésta ha sido mi experiencia de vida, primero como niño, luego como joven y ahora como padre y esposo; nací unos años antes de lo que resultó la primera intifada [1987]. Al día de hoy cuatro generaciones han vivido durante esta ocupación. La mayoría de nosotros en la Franja de Gaza no han conocido nada más. Ahora, el último ataque, el mayor, está un año atrás de nuestras vidas. Durante 51 días en el verano pasado, soportamos una devastación inexpresable. Con cada ataque emergíamos màs compactamente unidos, más resilientes y determinados. Estamos unidos por esta voluntad de sobrevivir y reconstruir nuestras vidas. Hay una esperanza de que tal vez este verano pasado fue el útimo ataque mayor; que nunca màs la población de Gaza tendrá que ser forzada a sucumbir con tanto sufrimiento. Esperanza, pero no mucha fe.

a Shell-Shocked: On the Ground Under Israel’s Gaza Assault (Traumatizados por el bombardeo: en el lugar, durante el asalto de Israel a la Franja de Gaza). El libro que escribió Mohammed Omer, palestino, periodista y habitante, con su familia, en la Franja.
Ahora, un año después de la última guerra en Gaza, me encuentro a mí mismo reflexionando acerca de mi primer encuentro con Jalal Jundia. Fue durante el verano de 2014 cuando lo vi sentado encima de las ruinas de su hogar familiar, rodeado de polvo y escombros. Aunque procuraba permanecer calmo, me di cuenta que su rostro estaba surcado por líneas de sufrimiento. Como tantos en Gaza había perdido todo durante el asalto israelí, el más reciente de una serie de ataques que llegan con frecuencia predeterminable, cada 3 o 4 años. Jalal se preguntaba qué había sido de su esposa y seis hijos. ¿Adónde podría haber ido cuando se les destruyó el hogar por completo? ¿Estarían a salvo? Estaban atrapados en Gaza y no podían abandonar la franja. Todo lo que podían hacer era esperar a que los bombardeos terminen y rogar porque venga un tiempo en que los drones no ocupen màs el cielo. Tal vez para entonces habría suficiente paz como para que su familia pudiera reconstruir e intentar un retorno a alguna suerte de vida normal.

Un año después, Jalal sigue sin hogar. Su casa no ha sido reedificada y su familia sobrevive, apenas es sobreviviente. En cuanto a mí mismo, trato de permanecer optimista, lo cual no deja de ser una proeza en esta cáscara en ruinas que alguna vez fue un enclave costero hermoso y autosuficiente. Nuestra realidad depende enteramente de la determinación de Israel de desplazarnos de nuestros hogares para siempre. Despuès de la purga de 1947 y 1948, que fue una limpieza étnica de habitantes no judíos expulsados de los territorios que Israel ansiaba para sí y que no habían sido cedidos por la ONU, la Franja de Gaza se convirtió en un territorio seguro para decenas de miles que huían de las matanzas que las bandas del Irgun, del Stern y de Lehi llevaban a cabo. Eran organizaciones que se definían a sí mismas como terroristas, y fueron las antecesoras del ejército, la policía y los servicios secretos (Shin Bet) del Israel actual. Entretanto, nuestros mayores actuales, los hombres, mujeres y niños que huyeron antes de que llegaran las milicias sionistas, todavía conservan consigo las llaves de los hogares que les fueron arrebatados. Esas llaves representan una esperanza y una determinación. Tienen la esperanza de volver un día al hogar.

En las secuelas de este último ataque, la enorme mayoría de los niños de Gaza han quedado traumatizados. Continuamos viviendo bajo estado de sitio, limitados en cuanto a qué comprar, exportar, importar. No podemos ir a otros sitios y resulta muy difícil para la gente llegar a visitarnos. Escuchamos resignadamente como activistas de derechos humanos festejan el que ’nosotros los palestinos podemos resistir la agresión’, simplemente porque hemos sobrevivido hasta ahora. Esto puede ser cierto pero plantea la cuestión: ¿por què tendríamos que estar forzados a continuar soportando esta miseria? La Segunda Guerra Mundial duró seis años; el asalto del Tercer Reich y su limpieza étnica de aquellos que condenó como indeseables duró doce años. Nuestra opresión ha durado hasta ahora 67 años, haciendo de la ocupación israelí de Palestina uno de las más largas de la historia.

Cada minuto de cada día vivimos una realidad distorsionada, una catástrofe llevada a cabo por el hombre a efectos de proteger y guardar como reliquia una peculiar manifestación de racismo abierto que garantiza privilegios y vida únicamente sobre la base de religión y raza, que niega, precisamente, que existan. Su propósito es hacer insoportables las vidas de aquellos de nosotros que pertenecemos a la raza y/o a la religión no favorecida. El objetivo que tienen es forzarnos a que “voluntariamente” abandonemos nuestro propio país, los negocios, la familia, los hogares, nuestra cultura y nuestros ancestros. La herramienta para semejante persecución es sistémica e infecta todos los aspectos de la vida. Abarca desde impedirnos que reconstruyamos nuestras viviendas hasta agresiones militares, asesinato de gente marcada, encarcelamientos, dietas para hambrearnos, reforzadas por el sitio y toda una ristra de castigos que deshumanizan y nos despojan de nuestros derechos. Y, ciertamente, los obstáculos para poder movernos; los muros y los puestos de control, por la “seguridad”.

Y pese a todo eso, nosotros estamos todavía. Es verdad. En Gaza encontramos algunos recursos para ir sobreviviendo. Nuestras mujeres reciclan los desechos de los materiales que han convertido a nuestros hogares en macetas. Los estudiantes retornan a sus escuelas deshechas por los bombardeos, igualmente empeñados en terminar su educación. Los libros retorcidos y maltrechos son rehechos, a los lapiceros se los repone juntando partes no desechadas. En la noche, los estudiantes leen sus textos a la luz de velas. El corte tan frecuente de gas, agua y electricidad es otra de las realidades cotidianas en la Franja. Y así la vamos llevando, concentrándonos en lo más básico y embarrándonos con orgullosa determinación. Somos humanos, con sueños y pesadillas, tan fuertes y tan vulnerables como todos. Nos enorgullecemos de nuestra autosuficiencia y humildemente damos gracias a Dios por la ayuda de otros en tanto mantenemos la esperanza y rogamos por justicia.

Justicia que tiene que llegar. Cada vez que Jundia me ve me pregunta cuándo Occidente, que siempre está pontificando sobre democracia y existencialismo vinculado con los derechos humanos, va a actuar haciendo respetar sus ideales. ¿No escuchan acaso los ataques de Israel a la Franja de Gaza? Sus ojos buscan en mí un poco de esperanza. Sabe que yo he estado fuera de la Franja y que he hablado a menudo con gente influyente de Occidente. A menudo, me siento incapaz de encontrarme con su mirada de asombro. Soy consciente que los poderes occidentales se preocupan poco y nada de los sufrimientos humanos si acaecen en Gaza. Aquí, se siente fácilmente que los casi dos millones de habitantes de la Franja no existen. No puedo franquearle esta verdad tan perturbadora a Jundia. Màs bien, fortalezco su esperanza asegurándole que voy a continuar compartiendo este historia con el mundo. Le prometo que su voz se va a oír.

Como Jundia, soy un residente de Gaza y sufro a través de los ataques diarios, así como los ataques mayores que sobrevienen cada pocos años. Ésta ha sido mi experiencia de vida, primero como niño, luego como joven y ahora como padre y esposo; nací unos años antes de lo que resultó la primera intifada [1987]. Al día de hoy cuatro generaciones han vivido durante esta ocupación. La mayoría de nosotros en la Franja de Gaza no han conocido nada más. Ahora, el último ataque, el mayor, está un año atrás de nuestras vidas. Durante 51 días en el verano pasado, soportamos una devastación inexpresable. Con cada ataque emergíamos màs compactamente unidos, más resilientes y determinados. Estamos unidos por esta voluntad de sobrevivir y reconstruir nuestras vidas. Hay una esperanza de que tal vez este verano pasado fue el último ataque mayor; que nunca màs la población de Gaza tendrá que ser forzada a sucumbir con tanto sufrimiento. Esperanza, pero no mucha fe.

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El callado (y peor, negado) envenenamiento del país

Por Luis E. Sabini Fernández /

En una nota reciente, “Buenos modales para atender (o escamotear) lo atroz” registramos un rasgo que entendemos caracteriza al Uruguay actual; una cierta dificultad autocrítica o incluso una cierta autocomplacencia… y cuando registramos este rasgo, procuramos desnudarlo por su inadecuación con la realidad, por su falsedad manifiesta o por su patética pretensión de creerse mejores de lo que realmente somos (elija el lector la lectura que prefiera).

Aquella nota versaba sobre el estado del agua y remataba con comentarios de otros autores apuntando a esa conducta de Public Relations y de su efecto contraproducente.

Trataré ahora de abordar el tema del envenenamiento del territorio uruguayo, algo por otra parte íntimamente relacionado con el estado de sus aguas, pero que reconoce, empero, una cierta especificidad.
Primero unos datos cronológicos, que entiendo reveladores.

Hay dos estados únicamente en el planeta que iniciaron cultivos transgénicos en el s. XX: EE.UU. y Argentina, en ese orden. El promotor en ambos fue el USDA (United States Department of Agriculture), el Ministerio de Agricultura de EE.UU., con su teoría de las ventajas comparativas.

Pasado el período soviético, los think tanks de EE.UU (y de otros centros de poder planetario) se dedicaron a diseñar una política global. Financiera, industrial, educativa, sanitaria, militar, y también una política alimentaria… mundial. La década de los ’90, que consideraron el reinicio de un unicato american, los encontró diseñando, por ejemplo, la urbanización de la India (¡proyectando el traslado de unos 500 millones de campesinos! en un país que no es el de ellos…) y diseñando el suministro global de granos “con las praderas estadounidenses y las pampas argentinas”. Afortunadamente, tanta estulticia no pudo con la realidad.

Pero obtuvo sí muchos logros parciales. Como la transgenetización generalizada de la soja primero y el maíz después, en EE.UU. y en Argentina. Aquí se inaugura la soja transgénica en 1996, aprobando “las formalidades” del caso (decretos del P. Ejecutivo), valiéndose incluso de textos escritos en inglés… tanto era el apuro por concretar. Por entonces se barajaban otros proyectos de vegetales transgénicos, como el tomate, finalmente descartados (y siempre quedó en la bruma sobre si se trataba de lácteos transgénicos el episodio trágico con la muerte de dos operarios de un tambo hipermoderno en Azul).

En 2010 se concreta en Argentina la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, fundamentalmente dedicada al relevamiento de enfermedades en las áreas sojeras. Habían pasado 14 años desde la implantación de los cultivos GM y el aumento de malformaciones congénitas, alergias, trastornos coronarios y respiratorios, y sobre todo enfermedades asentadas en la sexualidad de los más pequeños era ya inocultable. En los órganos sexuales se podía registrar cáncer de testículos, de ovarios y úteros; hipospadias, baja de los niveles de testoterona, baja de calidad espermática en el caso de los varoncitos y endometriosis, abortos espontáneos y anencefalias en el sexo femenino. Y en general, pérdida de capacidad de concentración, cánceres de los más diversos.

La frecuencia de la aparición de tales anormalidades se hizo altísima, a veces duplicando, triplicando, quintuplicando las estadísticas “tradicionales” (cuando las había). Hay poblaciones que se han hecho tristemente célebres por la invasión de la fumigación aérea: La Leonesa (Chaco), Ituzaingo (Córdoba), Salta… En dicha provincia, en 2013, se registraba el increíble porcentaje de 19% de abortos espontáneos… para humanos y “en algunas zonas”• hasta un 100% de abortos espontáneos en cabras.

Pero ya sabemos que en los países periféricos, mentalmente colonizados, como nos enseñaba Carlos Vaz Ferreira, las verdades periféricas tienen menos valor que las mentiras metropolitanas:
«El pasado primero de mayo [2013], la Agencia de Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos [EPA] aumentó el nivel aceptable de residuos de glifosato en alimentos tras llegar a la conclusión, basada en estudios presentados por la empresa, de que “hay una certeza razonable de que no causará perjuicios en la población en general ni en los bebés y niños por su exposición acumulada”.»

Este llamativo pasaje en el artículo escrito por dos corresponsales levantados por la prensa argentina contrasta con el testimonio que también se recoge en la misma nota, de una médica chaqueña: “María del Carmen Seveso, quien dirige desde hace 33 años las unidades de terapia intensiva y comisiones de ética en hospitales del Chaco, [y que] se alarmó al ver que, según certificados de nacimiento, los defectos congénitos de los bebés se habían cuadruplicado, de 19,1 a 85,3 por cada 10.000 nacimientos, desde que se aprobó la siembra de cultivos modificados genéticamente hace una década.” (ibíd.)

La Organización Mundial de la Salud de la ONU, OMS, terminó aceptando, en 2015, que el glifosato es cancerígeno… algo que había negado reiteradamente siguiendo la “doctrina EPA-Monsanto” de su inocuidad, como acabamos de ver con la cita de la nota de Warren y Psiarenko.

La soja transgénica y la consiguiente difusión del paquete agrotóxico data en Uruguay de 2002. La fumigación de los monocultivos forestales para fabricar celulosa es anterior.

Con lo cual, los plazos de contaminación nos están alcanzando. O ya nos alcanzaron. Con ese perverso mecanismo según el cual cuando se la descubre ya es tarde para remediarla.

Y con un agravante: Uruguay carece de la “generosidad” territorial que tiene Argentina. Entre nosotros, está todo más cerca… los cultivos fumigados y las poblacio-nes. Ya hemos visto penosos ejemplos como el de Toledo con su cantera casi en el patio de los vecinos, para sufrir un miniensayo de minería de gran porte a cielo abierto.

Pero claro que en “el paisito” tenemos nuestras defensas, como señala un crítico: “[…] no hay registro de enfermedades que podrían estar relacionadas con la actividad industrial, porque no se hacen conocer los datos de cáncer relevados en los últimos años, u otras enfermedades, glandulares, respiratorias, sus causas posibles.”

Esta omisión de estudios epidemiológicos, que en Argentina constituyó una política, no tenemos porqué pensar que en Uruguay obedece a otros motivos; por el contrario, pensamos que obedece al mismo cuidadoso descuido, a la misma deliberada negligencia, a calificar, por ejemplo, el paro cardiorrespiratorio como “causa de muerte” cuando es claramente consecuencia.

Pero en lugar de alarmarnos por la ausencia de elementos de análisis, hay quienes se sienten orgullosos: “[…] Uruguay está en un proceso dinámico de transformación, con aumentos notables de productividad en algunos rubros más que en otros. Nuestro país se especializa cada vez más en actividades intensivas en el uso de recursos naturales. Ésa es la clave de la inserción internacional del Uruguay.” Así nos arenga el actual ministro de Agricultura y Ganadería, Tabaré Aguerre. (ibíd.)

Pocas veces más ajena la consigna, tan frecuentemente invocada, “Uruguay país natural”.
El acento que el ministro neomenemista Aguerre pone en la productividad (en dólares) nos permite dimensionar cuán lejos estamos de las coordenadas culturales de la década del ’60, cuando llegaran al Uruguay los pollos “doble pechuga”, inflados con hormonas –gran invento made in USA− que la sociedad resiste, o cuando aparece, aproximadamente en la misma época, un edulcorante “revolucionario”, el ciclamato, y nuestros bromatólogos piden la prohibición de tal aditivo porque ya entonces había numerosos informes (EE.UU., Suecia) que lo consideraban cancerígeno.

Sin embargo, el abajo se está moviendo… Cuando hace apenas un mes, el gobierno exhibe su gabinete de trabajo en la ciudad de Dolores, Soriano, vecinos plantean su inquietud por el avance de cánceres y alergias, enfermedades cuyo aumento es típico precisamente en los casos de contaminación por agrotóxicos.
Hay un cambio significativo en los destinatarios de las intoxicaciones. Hasta no hace mucho se registraban intoxicaciones entre los operarios con agrotóxicos. Hoy, nos lo dice Eduardo Egaña a cargo del laboratorio de Residuos de Plaguicidas de la Intendencia de Montevideo, “más que afectarse al trabajador que coloca el plaguicida hay una contaminación ambiental.” Lo cual significa que el uso de agrotóxicos se ha ampliado “industrialmente”, sus efectos alcanzan ahora más directamente a todo el ambiente, humanos incluidos.
En Guichón, nada menos que 15 mujeres perdieron sus embarazos durante una única zafra… sojera. Pero las autoridades no han logrado establecer como causa la creciente difusión de agrotóxicos. Federico Gyurkovits registra que los vecinos, con sorna mencionan dos “industrias pujantes” en Guichón. Pero no la sojera y la forestal. Sino la de purificadores y agua embotellada. Vecinos de Guichón presentaron a las autoridades nacionales un escrito explicando las características tanto de la soja GM como de las plantaciones de árboles para la elaboración de celulosa: “todo este paquete viene de la mano de un gigantesco cóctel de uso masivo e indiscriminado de agrotóxicos.”

Tales “cultivos llegan hasta escasos metros de las cuencas y microcuencas hídricas, que es desde donde se toma agua para las UPA [usinas potabilizadoras de agua][…] las mismas tienen un sistema de piletas de decantación que se encuentra a cielo abierto. Las plantaciones llegan hasta 40 metros de la planta potabilizadora y 30 metros del arroyo del que se toma el agua, no existiendo legislación al respecto que regule esta situación, que es por demás preocupante, dado que no se hace desde los organismos competentes análisis que detecte residuos de agrotóxicos en agua”.

DINAMA contestó tranquilizadoramente: “No existe traza de contaminación, esto no significa que tengamos el 100 por ciento de seguridad de que no haya contaminación. Por eso se harán nuevos controles en los períodos de preparación de los cultivos y cuando éstos requieran aplicaciones de agroquímicos.” En buen romance, ¡tomaron las muestras cuando no hay descargas de agrotóxicos! Así da fácil, y por eso tan precautoriamente se cubrieron con lo de “no significa que tengamos el 100% de seguridad”…

“La cuenca del Río Santa Lucía tiene una enorme importancia estratégica para la sociedad uruguaya, ya que es la principal fuente de abastecimiento hídrico: provee de agua potable al 60% de la población de todo el país. Desde hace varios años, muchos expertos han advertido sobre el exceso de nutrientes (especialmente fósforo y nitrógeno) en los cursos de agua de la cuenca del Río Santa Lucía. A raíz de esto, se ha dado un fenómeno llamado floración de cianobacterias, que podría potencialmente perjudicar la salud de la población. […] Ahora estamos frente a un proceso, en el cual la agroindustria ha generado una contaminación tan grande del ambiente, […] y a su vez los controles que hay fallan permanentemente.”

Quien esto afirma es Federico López Romanelli, documentalista, entrevistado por Ma. Eugenia Nuñez. Entonces, ¿fallas de DINAMA?
López Romanelli, continúa con este testimonio: “En el último canotaje que hice en lo que va del tramo de San Ramón hasta Rincón de Conde, encontré 32 cubiertas de vehículos adentro del agua e infinidad de bolsas. En Semana de Turismo, desde Fray Marcos a San Ramón, encontré 15 trasmallos. El trasmallo está prohibido y ésa es otra forma de agredir el ambiente […] contribuyendo a la desaparición de la fauna marina”.
Nuñez comenta a continuación: «la OSE se equivocó en no aclarar y ocultar lo que realmente pasaba con el agua del río. “Yo sé que la OSE tiene que lidiar con todo esos productos químicos que hay en al agua, y a veces no tiene la infraestructura para hacerlo”, señala. Y agrega: “Yo no culpo a la OSE, pero no tendría que haber dicho que no había ningún problema. Ese fue el gravísimo error que cometió la OSE para con todos nosotros. Nos mintieron.»

Vecinos se agrupan en asambleas locales, regionales reclamando agua potable porque no se confía en el agua disponible (¡en un país que contaba con tener entre las mejores corrientes de agua del planeta!) y ante este reclamo, lógico tras tener que recibir como agua corriente o potable, agua en mal estado, contaminada o con mal olor, “las autoridades” aseguran que “El cuidado ambiental es irrenunciable para el gobierno”.
Y encontramos hasta delirios uruguayocéntricos que nos acunan con que “afuera todo es oscuridad y turbulencias; Uruguay puede dar otro ejemplo” […] Uruguay puede mostrar al mundo […] cómo construir una sociedad desarrollada con la mejor calidad de aire y agua del planeta.”

Eso que tuvimos, y que no tenemos, que seguramente estaba entre lo mejor del planeta, ¿no sería bueno mostrárselo al Uruguay y a sus habitantes primero? Y evitar lo que Carlos Reherman califica como “práctica del elogio desbocado”.

Notas:

1 Que había sido tan fugaz en su período anterior, desde 1945 hasta muy a principios de la década del ’50…

2 Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos [sic, sic], Hudson Institute.

3 El Intransigente, Salta, “Intoxicación por fumigación en los cultivos, el asesino silencioso”, 27/5/2013.

4 Michael Warren y Natacha Psiarenko, “Argentina: mal uso de los agroquímicos provoca problemas de salud”, infobae, Buenos Aires, 21/10/2013.

5 Aunque en Argentina los OGMs se implantaron hace casi 20 años en algunas provincias, como en Chaco o Salta, los comienzos transgénicos fueron más tarde.

6 Marco Rojo, “De estos polvos… futuros lodos. Medio ambiente. Informe opinativo”. Reunión/charla de difusión en Minas. 15 junio 2015 (posta portenia, no.1425, 30/6/2015).

7 Véanse investigaciones de Darío Gianfelici, médico, en Entre Ríos. Como, por ejemplo, “El impacto del monocultivo de soja y los agroquímicos sobre la salud”, en futuros, no 12, Río de la Plata, 2008.

8 Tomer Urwicz, “Una plaga dura de tragar”, El País, Montevideo, 20 jun 2015.

9 La Diaria, 29 julio 2014.

10 El Telégrafo, Paysandú, 31 diciembre 2012.

11 http://apiculturauruguay.blogspot.com.ar/, Ma. Eugenia Nuñez, “Nueva advertencia sobre la altísima contaminación de la cuenca del río Santa Lucía” 21 jun 2015. .

12 Ministra Eneida de León, La República, 6 jun 2015. 

13 Eduardo Blasina, “El reloj del apocalipsis”, El Observador, 31 enero 2015.

14 “Imperativo de la gestión cultural”, henciclopedia, 2015.

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“Lo que nos da ‘El sionismo en el tiempo presente’ de Gadi Algazi y lo que nos falta

Por Luis E. Sabini Fernández.

El artículo de Gadi Algazi “El sionismo en el presente” (Zionism in the Present Tense) analiza el sionismo tal cual es, es decir descartando cualquier abordaje ideológico o doctrinario concentrándose, como declara su autor, en “las formas que utiliza las estructuras de poder existentes”.

El autor tiene además la honestidad intelectual de encarar un período posterior a 1967 y otro anterior.
Y nos demuestra como la ideología sionista, en manos de un sacerdocio laico (e innombrable, o en todo caso recubierto de fraseología “socialista” o puramente sionista) ha ido creando una oscura trama de poder, inalcanzable para toda institucionalidad democrática.

Nos revela así que el Estado de Israel es hoy una plutocracia carente de controles democráticos, donde los que toman decisiones −sobre la política agraria y urbana, por ejemplo (y nada menos)−, van “eludiendo la responsabilidad de la participación política y democrática”, tejiendo una “alianza informal estrecha entre funcionarios oficiales estatales y las organizaciones sionistas, una alianza que mina el control democrático”. Eso le permita a organizaciones como la Organización Sionista Mundial, la Agencia Judía y el Keren Kayemet (Fondo Nacional Judío) “renunciar a la responsabilidad para externalizar los costos y mantener la discriminación [contra palestinos en primer lugar, pero también, con menos contundencia, contra mizrajis y falashas] oculta.”

Con este abordaje, Algazi no toma siquiera en consideración el presunto valor de la Kneset y su cuerpo de leyes y nos revela en cambio la escasísima democraticidad del Estado de Israel, que se autodistingue proclamando ser, precisamente “lo democrático” de la región. Quienes entendemos que el engendro sionista ha devenido un verdadero y temible monstruo ético, político, ideológico, podríamos agradecer el trabajo de Algazi.

Ocurre sin embargo, que algunos de sus enfoques carecen, a mi modo de ver, de suficiente claridad o tal vez pagan tributo a cierta benevolencia con el hecho israelí, que afortunadamente no es propia de muchos judíos que han tomado radical distancia del experimento sionista (pienso en historiadores desenmascaradores como Ilan Pappé o Israel Shahak, en los Neturei Carta, en otros religiosos judíos como Yeshayahu Leibovitz o Jakov Rabkin y tantos, tantos otros).

Algazi nos dice, por ejemplo, luego de desentrañar esos mecanismos de poder ocultos que han pergeñado el invento sionista, que “para lograr la reconciliación histórica con el pueblo palestino, la colonización debe parar, tanto en los territorios ocupados como dentro de Israel.” Y continúa: “Las instituciones que la motorizan [a la colonización], como la Agencia Judía, la OSM y el KKL [Fondo Nacional Judío, que a veces en hebreo se denomina con una tercera palabra; Keren Kayemet Leisrael], deben irse.“

Algazi remata su análisis impugnando la lógica de las redes sionistas adosadas al estado israelí que bloquean toda democraticidad, proponiendo en cambio “alianzas sociales que estén por encima de divisiones étnicas, alianzas que ofrezcan a los palestinos plena igualdad”.

Tal vez este camino habría sido el apropiado cuando el sionismo, en las primeras décadas del s XX, aunque no se conformaba con un hogar judío dentro de un estado ajeno, aceptaba una convivencia de facto, y luchaba por implantarse. Pero hoy en día, el estado sionista no sólo asesina, sigue asesinando, a miles de palestinos, los machaca a diario mediante un régimen de doble vara todavía más opresivo que el del apartheid como lo han advertido algunos sudafricanos; lleva adelante desde hace décadas una cerebral política de humillación, maltrato, abuso, un etnocidio en suma.

Baste algún ejemplo de este ya longevo tratamiento con doble rasero: el agua está racionada a razón de 300 litros por israelí y 70 o 40 litros por palestino, según las regiones. El resultado es que, como lo han denunciado entre incrédulos e indignados varios periodistas como Genaro Carotenuto, los israelíes disponen de piscinas en el desierto o lavan sus autos con generosidad, en tanto los palestinos tienen un racionamiento extremo, con algunas “vueltas de tuerca”, como que les llega contaminada (porque los ataques sionistas tienen entre sus primeros objetivos, arruinar las instancias de potabilización). Prohíben a la población nativa hasta recoger el agua de lluvia (los militares rompen las piletas que algún vecino construya), pero además, mientras el estado destruye depósitos para lluvia (las muy ocasionales lluvias de un clima reseco), los colonos perforan a balazos los ocasionales depósitos del vital y escaso elemento cerrando el círculo infernal con envidiable espontaneidad [foto]. No conformes con ello, en el sur desde tierras próximas a Bersheva o Qiriat Gat se “organizan” los efluentes de sus poblaciones para que fluyan hacia la Franja de Gaza; los palestinos tienen que encargarse de derivar esos efluentes hacia el Mediterráneo luego de ver cómo se contaminan sus escasas tierras.

Con tanto vejamen, con tanto abuso, con tanto deterioro de la vida cotidiana de la población palestina; lo que le insume a un israelí 20 minutos de traslado, le lleva a un palestino 4, 5 o 6 horas pasando por quebradísimas calles en pésimo estado, plagada de puestos militares de control.

Acosados a diario y baleados o bombardeados con pavorosa frecuencia (2000, 2006, 2009, 2012, 2014…), ¿cómo podemos imaginar que los palestinos sobrevivientes estarán encantados de encarar una relación en “plena igualdad” con los judíos, como postula Algazi?

Lo que necesitamos ahora es que judíos se decidan a parar, con todo el peso de la ley, esa política racista, supremacista. Que se visualicen delitos y que se empiece a juzgar a torturadores, cerebrales o físicos. Porque es un delito matar jugando al blanco con natives pero también es un delito desgajar àrboles (frutales, olivos), despojar a familias de su vivienda y adueñarse de ella, dejando a los desalojados en la calle, a pocos metros; es un delito la política del agua de la hicimos una sucinta presentaciòn.

Las propuestas de Algazi son, ante la tragedia edificada por el sionismo (con las mejores intenciones, claro), totalmente insuficientes. Como si Algazi, aun lúcido desnudando la trama del poder oculto sionista, no advirtiera la profundidad del daño moral y material que ese sionismo ha hecho colonizando Palestina.
Han hecho demasiado daño para poder recuperar la sonrisa y el diálogo. El sionismo ha creado, demasiados “hechos consumados” (una política de la que varios dirigentes del estado sionista −a cual más halcón− se han vanagloriado).

Sus atrocidades no cuestionan ni remiten al último abuso, sino, como dice el mismo Algazi, se remontan al hecho colonial. Con lo cual, nuestro autor llega en 2015 a lo que Maxime Rodinson −francés, judío, comunista− había llegado en la década de los ‘60 : que la empresa sionista era colonialista. Algo que desesperó a sionistas que se sintieron “traicionados” por un judío cuando tanta progresía los apoyaba y que fue claramente entendido por árabes. El planteo de Rodinson despejó la cuestión respecto de si se trataba de una lucha religiosa o racial, como se había pretendido hasta entonces, tantas veces…

Por cierto que aquí nos encontramos con una dificultad mayor. El colonialismo ha sido la llave de implantación de muchos de los principales estados contemporáneos. Todos los países americanos, del norte y del sur, provienen del despojo, y a menudo del genocidio de las poblaciones aborígenes. Atrocidades del mismo carácter aunque no necesariamente del mismo orden, se han procesado en África o en Asia (en esos continentes las poblaciones autóctonas, en la mayor parte de los casos, mantuvieron, mal que bien, la representación política).

Los judíos sionistas no han hecho, para apropiarse de la tierra cananea sino planes similares al establecimiento (settlement) que a los británicos, por ejemplo, les permitiera hacer su nueva Inglaterra en América o su nueva Gales del Sur en Australia o su Sudán Anglo-Egipcio en África…

¿Por qué no podría el sionismo llevar a cabo similar establecimiento? (lo han hecho, sólo que la crítica a tal empresa ha sido y es muy fuerte, y está hoy muy presente…). Porque hay por los menos dos diferencias sustanciales entre la colonización sionista y la expansión europea. Una puramente temporal o cronológica, la otra tiene que ver con lo que llamaríamos filosóficamente una cuestión de universalidad virtual.

1. El ensanche europeo se fue llevando a cabo, destrozando culturas y cuerpos aborígenes, entre los siglos XV y fines del XIX. Hasta entonces, se repartían territorios y seres humanos como si fueran objetos o animales. En Argentina, por ejemplo, en 1879 se consuma “la conquista del desierto” que es el sometimiento de nativos al orden de la nación de origen europeo, bajo la forma de la servidumbre, el trabajo forzado y la muerte. Ni en la designación del operativo militar aparece un nombre, un calificativo humano para tales poblaciones.
2. El sionismo encara su empresa colonizadora [settlement] sin agregar el rasgo redentor que solía exhibir la colonización europea apelando a la “cristianización”. Se trata de un rasgo, que al menos invoca una universalidad que no cabe con el judaísmo sionista (aun cuando en el pasado haya habido, ciertamente un judaísmo proselitista). Para asentarse en Palestina, “la tierra de Israel”, el sionismo necesitaba judíos y solo judíos.

Un requisito que ab ovo echa por la borda toda convivencia. Por eso es que, con el tiempo, el mal llamado apartheid en Palestina-Israel es, como dijimos, peor, que el implantado en Sudáfrica: aquí se quería el apartheid porque se contaba con la población aborigen. Claro que como sirvienta, como subalterna, como mano de obra. Pero como algo. Los racistas blancos que se impusieron en Sudáfrica, no soñaban con un país blanco sino con dos países; uno blanco, encima y otro negro, debajo.

El sueño sionista es otro. El ejemplo de la central sindical fundada en Palestina en la década del ’20 es ilustrativo: sólo admite la afiliación de obreros judíos. Cuando en esos comienzos, antes del destrozo sistemático y generalizado de la sociedad palestina, existía un proletariado palestino, a menudo tan apto como el judío (o más), la Histadrut percibió que muchos patEl artículo de Gadi Algazi “El sionismo en el presente” (Zionism in the Present Tense) analiza el sionismo tal cual es, es decir descartando cualquier abordaje ideológico o doctrinario concentrándose, como declara su autor, en “las formas que utiliza las estructuras de poder existentes”

El autor tiene además la honestidad intelectual de encarar un período posterior a 1967 y otro anterior.
Y nos demuestra como la ideología sionista, en manos de un sacerdocio laico (e innombrable, o en todo caso recubierto de fraseología “socialista” o puramente sionista) ha ido creando una oscura trama de poder, inalcanzable para toda institucionalidad democrática.

Nos revela así que el Estado de Israel es hoy una plutocracia carente de controles democráticos, donde los que toman decisiones −sobre la política agraria y urbana, por ejemplo (y nada menos)−, van “eludiendo la responsabilidad de la participación política y democrática”, tejiendo una “alianza informal estrecha entre funcionarios oficiales estatales y las organizaciones sionistas, una alianza que mina el control democrático”. Eso le permita a organizaciones como la Organización Sionista Mundial, la Agencia Judía y el Keren Kayemet (Fondo Nacional Judío) “renunciar a la responsabilidad para externalizar los costos y mantener la discriminación [contra palestinos en primer lugar, pero también, con menos contundencia, contra mizrajis y falashas] oculta.”

Con este abordaje, Algazi no toma siquiera en consideración el presunto valor de la Kneset y su cuerpo de leyes y nos revela en cambio la escasísima democraticidad del Estado de Israel, que se autodistingue proclamando ser, precisamente “lo democrático” de la región. Quienes entendemos que el engendro sionista ha devenido un verdadero y temible monstruo ético, político, ideológico, podríamos agradecer el trabajo de Algazi.

Ocurre sin embargo, que algunos de sus enfoques carecen, a mi modo de ver, de suficiente claridad o tal vez pagan tributo a cierta benevolencia con el hecho israelí, que afortunadamente no es propia de muchos judíos que han tomado radical distancia del experimento sionista (pienso en historiadores desenmascaradores como Ilan Pappé o Israel Shahak, en los Neturei Carta, en otros religiosos judíos como Yeshayahu Leibovitz o Jakov Rabkin y tantos, tantos otros).

Algazi nos dice, por ejemplo, luego de desentrañar esos mecanismos de poder ocultos que han pergeñado el invento sionista, que “para lograr la reconciliación histórica con el pueblo palestino, la colonización debe parar, tanto en los territorios ocupados como dentro de Israel.” Y continúa: “Las instituciones que la motorizan [a la colonización], como la Agencia Judía, la OSM y el KKL [Fondo Nacional Judío, que a veces en hebreo se denomina con una tercera palabra; Keren Kayemet Leisrael], deben irse.“

Algazi remata su análisis impugnando la lógica de las redes sionistas adosadas al estado israelí que bloquean toda democraticidad, proponiendo en cambio “alianzas sociales que estén por encima de divisiones étnicas, alianzas que ofrezcan a los palestinos plena igualdad”.

Tal vez este camino habría sido el apropiado cuando el sionismo, en las primeras décadas del s XX, aunque no se conformaba con un hogar judío dentro de un estado ajeno, aceptaba una convivencia de facto, y luchaba por implantarse. Pero hoy en día, el estado sionista no sólo asesina, sigue asesinando, a miles de palestinos, los machaca a diario mediante un régimen de doble vara todavía más opresivo que el del apartheid como lo han advertido algunos sudafricanos; lleva adelante desde hace décadas una cerebral política de humillación, maltrato, abuso, un etnocidio en suma.

Baste algún ejemplo de este ya longevo tratamiento con doble rasero: el agua está racionada a razón de 300 litros por israelí y 70 o 40 litros por palestino, según las regiones. El resultado es que, como lo han denunciado entre incrédulos e indignados varios periodistas como Genaro Carotenuto, los israelíes disponen de piscinas en el desierto o lavan sus autos con generosidad, en tanto los palestinos tienen un racionamiento extremo, con algunas “vueltas de tuerca”, como que les llega contaminada (porque los ataques sionistas tienen entre sus primeros objetivos, arruinar las instancias de potabilización). Prohíben a la población nativa hasta recoger el agua de lluvia (los militares rompen las piletas que algún vecino construya), pero además, mientras el estado destruye depósitos para lluvia (las muy ocasionales lluvias de un clima reseco), los colonos perforan a balazos los ocasionales depósitos del vital y escaso elemento cerrando el círculo infernal con envidiable espontaneidad [foto]. No conformes con ello, en el sur desde tierras próximas a Bersheva o Qiriat Gat se “organizan” los efluentes de sus poblaciones para que fluyan hacia la Franja de Gaza; los palestinos tienen que encargarse de derivar esos efluentes hacia el Mediterráneo luego de ver cómo se contaminan sus escasas tierras.

Con tanto vejamen, con tanto abuso, con tanto deterioro de la vida cotidiana de la población palestina; lo que le insume a un israelí 20 minutos de traslado, le lleva a un palestino 4, 5 o 6 horas pasando por quebradísimas calles en pésimo estado, plagada de puestos militares de control.

Acosados a diario y baleados o bombardeados con pavorosa frecuencia (2000, 2006, 2009, 2012, 2014…), ¿cómo podemos imaginar que los palestinos sobrevivientes estarán encantados de encarar una relación en “plena igualdad” con los judíos, como postula Algazi?

Lo que necesitamos ahora es que judíos se decidan a parar, con todo el peso de la ley, esa política racista, supremacista. Que se visualicen delitos y que se empiece a juzgar a torturadores, cerebrales o físicos. Porque es un delito matar jugando al blanco con natives pero también es un delito desgajar àrboles (frutales, olivos), despojar a familias de su vivienda y adueñarse de ella, dejando a los desalojados en la calle, a pocos metros; es un delito la política del agua de la hicimos una sucinta presentaciòn.

Las propuestas de Algazi son, ante la tragedia edificada por el sionismo (con las mejores intenciones, claro), totalmente insuficientes. Como si Algazi, aun lúcido desnudando la trama del poder oculto sionista, no advirtiera la profundidad del daño moral y material que ese sionismo ha hecho colonizando Palestina.
Han hecho demasiado daño para poder recuperar la sonrisa y el diálogo. El sionismo ha creado, demasiados “hechos consumados” (una política de la que varios dirigentes del estado sionista −a cual más halcón− se han vanagloriado).

Sus atrocidades no cuestionan ni remiten al último abuso, sino, como dice el mismo Algazi, se remontan al hecho colonial. Con lo cual, nuestro autor llega en 2015 a lo que Maxime Rodinson −francés, judío, comunista− había llegado en la década de los ‘60 : que la empresa sionista era colonialista. Algo que desesperó a sionistas que se sintieron “traicionados” por un judío cuando tanta progresía los apoyaba y que fue claramente entendido por árabes. El planteo de Rodinson despejó la cuestión respecto de si se trataba de una lucha religiosa o racial, como se había pretendido hasta entonces, tantas veces…

Por cierto que aquí nos encontramos con una dificultad mayor. El colonialismo ha sido la llave de implantación de muchos de los principales estados contemporáneos. Todos los países americanos, del norte y del sur, provienen del despojo, y a menudo del genocidio de las poblaciones aborígenes. Atrocidades del mismo carácter aunque no necesariamente del mismo orden, se han procesado en África o en Asia (en esos continentes las poblaciones autóctonas, en la mayor parte de los casos, mantuvieron, mal que bien, la representación política).

Los judíos sionistas no han hecho, para apropiarse de la tierra cananea sino planes similares al establecimiento (settlement) que a los británicos, por ejemplo, les permitiera hacer su nueva Inglaterra en América o su nueva Gales del Sur en Australia o su Sudán Anglo-Egipcio en África…
¿Por qué no podría el sionismo llevar a cabo similar establecimiento? (lo han hecho, sólo que la crítica a tal empresa ha sido y es muy fuerte, y está hoy muy presente…). Porque hay por los menos dos diferencias sustanciales entre la colonización sionista y la expansión europea. Una puramente temporal o cronológica, la otra tiene que ver con lo que llamaríamos filosóficamente una cuestión de universalidad virtual.

1. El ensanche europeo se fue llevando a cabo, destrozando culturas y cuerpos aborígenes, entre los siglos XV y fines del XIX. Hasta entonces, se repartían territorios y seres humanos como si fueran objetos o animales. En Argentina, por ejemplo, en 1879 se consuma “la conquista del desierto” que es el sometimiento de nativos al orden de la nación de origen europeo, bajo la forma de la servidumbre, el trabajo forzado y la muerte. Ni en la designación del operativo militar aparece un nombre, un calificativo humano para tales poblaciones.
2. El sionismo encara su empresa colonizadora [settlement] sin agregar el rasgo redentor que solía exhibir la colonización europea apelando a la “cristianización”. Se trata de un rasgo, que al menos invoca una universalidad que no cabe con el judaísmo sionista (aun cuando en el pasado haya habido, ciertamente un judaísmo proselitista). Para asentarse en Palestina, “la tierra de Israel”, el sionismo necesitaba judíos y solo judíos.

Un requisito que ab ovo echa por la borda toda convivencia. Por eso es que, con el tiempo, el mal llamado apartheid en Palestina-Israel es, como dijimos, peor, que el implantado en Sudáfrica: aquí se quería el apartheid porque se contaba con la población aborigen. Claro que como sirvienta, como subalterna, como mano de obra. Pero como algo. Los racistas blancos que se impusieron en Sudáfrica, no soñaban con un país blanco sino con dos países; uno blanco, encima y otro negro, debajo.

El sueño sionista es otro. El ejemplo de la central sindical fundada en Palestina en la década del ’20 es ilustrativo: sólo admite la afiliación de obreros judíos. Cuando en esos comienzos, antes del destrozo sistemático y generalizado de la sociedad palestina, existía un proletariado palestino, a menudo tan apto como el judío (o más), la Histadrut percibió que muchos patrones judíos preferían asalariados palestinos. Seguían las leyes del capital y la ganancia, no las ideológicas; al obrero árabe-palestino se le pagaba hasta un tercio del pago legal (a judíos). La Histadrut encontró “la solución”: el tomador de trabajo, el capitalista, tenía que pagarles a todos el salario legal; sólo que el obrero judío lo recibía en la mano, al palestino la diferencia (a veces, dos tercios) le era retenido por el patrón y vertido a la Histadrut, directamente. En la Histadrut los árabes no tenían cabida, pero buena parte de la “obra social”, deportiva, de salud de la central sindical para sus afiliados judíos se edificó con esos fondos “palestinos”… Toda una alegoría de la relación forjada por el sionismo con los natives.

Patrones judíos preferían asalariados palestinos. Seguían las leyes del capital y la ganancia, no las ideológicas; al obrero árabe-palestino se le pagaba hasta un tercio del pago legal (a judíos). La Histadrut encontró “la solución”: el tomador de trabajo, el capitalista, tenía que pagarles a todos el salario legal; sólo que el obrero judío lo recibía en la mano, al palestino la diferencia (a veces, dos tercios) le era retenido por el patrón y vertido a la Histadrut, directamente. En la Histadrut los árabes no tenían cabida, pero buena parte de la “obra social”, deportiva, de salud de la central sindical para sus afiliados judíos se edificó con esos fondos “palestinos”… Toda una alegoría de la relación forjada por el sionismo con los natives.

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