Comentario sobre leones

por Luis E. Sabini Fernández

Ante el anuncio de un viejísimo conocido, que por lo visto me tiene en sus registros electrónicos, El león que ruge en mi paladar, me veo obligado a hacer una puntualización.

Pocas veces la sinceridad, la soberbia, permiten visualizar lo que se esconde detrás de las proclamas revolucionarias, las ansias de un mundo nuevo siempre proclamado justo, libre y sin clases.

Pocas veces. Pero mi ocasional corresponsal, un tupa, ha sido persistente y prístino en su mensaje, sus mensajes.

Llamado Cristo por su apariencia de postal, autocalificándose león por su actitud ante la vida, ha sido siempre, desde antes de hacerse tupa, un poeta.

Siendo poeta y todo, hasta a la poesía desprecia o apichona: “la poesía es un león de papel” nos dice en el mensaje.

Porque lo suyo es “saltar / morder/clavar las garras / los colmillos

devorar

devorarse a sí mismo

y

re-nacer

en el rugido

y

en la acción.

Escucho el sonido, la proclama de la fiereza patriótica,  revolucionaria o subversiva que es propia de tanto sionista, de tanto leninista, tanto nazi, tanto guerrillero vanguardista, proclamando las virtudes del león, y pienso en la sabiduría de ese italiano que en el otoño de su vida  resumió su “aventura de vivir” contentándose (apenas) con “no haber sido nunca cordero ni león”.

Tan poco

Apenas eso.

No andar balando, tampoco rugiendo.

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Sternhell visualiza en el sionismo algo del “nazismo incipiente”

por Luis E. Sabini Fernández

Zeev Sternhell ha escrito una nota removedora en Le Monde sobre el drama palestino-israelí.[1]En Israel crece un racismo cercano al del nazismo en sus comienzos.’ La sola mención al nazismo, la mera asociación de la trayectoria sionista con la del nazismo, aunque se limite a sus primeros pasos, es lo que explica la conmoción.

ZS es docente e historiador del mundo académico israelí, crítico al menos de las últimas etapas del proceso histórico del Estado de Israel.

Se lo conoce por trabajos eruditos como Los orígenes de Israel,[2] entre otros.

Zeev Sternhell hace un buen contraste con Israel Shahak, otro judío, investigador, denunciador y traductor de obras escritas en hebreo que tradujo al inglés porque observó el papel de “reserva informacional” de dichas obras como legibles solo por israelíes, concebidas como instrumento de dominación. También llegado adolescente al Israel de la primera hora, encarnó una conciencia crítica ente el desempeño del sionismo, con su deliberada liga con lo religioso.

Sternhell, en cambio, ha reafirmado siempre, no ya su sionismo; “No soy sólo un sionista, soy un supersionista”. “Para mí, el sionismo es y sigue siendo el derecho de los judíos a controlar su propio destino y su futuro.” [3]

Tenemos así en estos dos adolescentes judíos llegados al flamante Israel en 1951 dos actitudes diametralmente opuestas.

Shahak recuerda un hecho decisivo en su ruptura con el sionismo y la religión, cuando es testigo del rechazo de un judío piadoso a usar su teléfono para salvar la vida de alguien en emergencia, puesto que era sábado, sabbath. No se trataba de un judío necesitando auxilio, lo cual revela que para Shahak el compromiso de asistencia no era para la propia comunidad sino para todos, un prójimo humano a secas.

Sternhell  ha entrevisto en el gabinete inigualado de Bibi Netanyahu una serie de síntomas nazificantes.[4] Chocolate por la noticia. ¿Cuánto hace que el gobierno y el elenco dominante en Israel se ha ido identificando con posiciones racistas, supremacistas, de fuerte desprecio hacia los ocupados y desplazados palestinos?

Basta ver la cantidad de niños encarcelados, detenidos en la noche, en pleno sueño, método que en cualquier otro estado calificaría como de atroz y abusiva tiranía, o el maltrato y ninguneo sistemático y programado que los soldados israelíes imponen en los puestos de control sobre la población originaria palestina. Que esos jóvenes conscriptos hagan esas bajezas bajo órdenes o por impulso propio tiene escasa importancia, medida en los cuerpos de los victimados…

Sternhell cree ver un dramático parentesco entre los comportamientos sionistas del presente con los del nazismo de la primera hora.

Preguntas: ¿cómo hace para preservar su fe supersionista?; ¿qué parentesco vislumbra?; ¿por qué lo descubre tan tardíamente?

Sternhell se atreve a una comparación en el título de su nota con la cual, a mi modo de ver, procura atemperar el daño que el sionismo ocasiona. Porque el sionismo depredando el territorio palestino ya ha sobrepasado el nazismo incipiente.

Hay rasgos, además, en “el nazismo incipiente”, distintos, a los iniciales del sionismo (así como hay diferencias entre sionismo y nazismo en etapas ya no incipientes).

Cuando el gobierno nazi inicia la política de traslado y reasentamiento de la población judía, en la segunda mitad de la década del ’30 y se van estableciendo los guetos y el control policial aumenta sobre la población judía, hay escenas −que fueron incluso filmadas−, en que vecinos con cierto sentido del humor son reverenciales, demasiado reverenciales, ante “las nuevas autoridades”, y algún capitanejo nazi, engreído, se lo cree.

Eso revela falta de miedo, por ejemplo; necesidad de sujetarse a las nuevas normas nazis, pero sin la existencia de terror, y todavía sobrellevado con cierto humor.

A comienzos de los ’40 esos mismos barrios o guetos judíos estarán llenos de famélicos, niños enfermos en las calles, incluso cadáveres abandonados, señal del brutal deterioro que estableciera el régimen nazi –ya nada incipiente− sobre esa población.

En Palestina, no existe, no existió, nada semejante. En ningún momento la colonización dio espacio a la burla ante el ocupante. Tal vez por la idiosincrasia de cada población, lo cierto es que el dominio sionista se fue estableciendo,  ocupando “legalmente” tierras habitadas y trabajadas por palestinos, donde las expulsiones siempre fueron dramáticas y algunas veces resistidas con violencia. Lo que dio lugar a oleadas incluso de asesinatos de judíos recién llegados, aunque a la larga hubo cada vez más represión y asesinatos organizados contra palestinos resistentes por parte de sionistas y británicos; “los señores”, cada vez más unidos entre sí.

Esa “primera” etapa de asentamiento sionista, cuando incluso zanjan a sangre y fuego las diferencias entre el antiguo yishuv y el moderno o nuevo yishuv, ¿qué tiene que ver con el asentamiento “incipiente” nazi?

 

¿Çómo logra Sternhell defender el establecimiento de Israel condenando como muy preocupante el desarrollo en sus etapas más recientes, y sólo en ellas? Mediante el cómodo y conocido método de glorificar el pasado y condenar el presente, advirtiendo de paso, un futuro preocupante.

Sternhell es muy indulgente con todos los síntomas que permitieron a algunos judíos, y por cierto, a una enorme cantidad de árabes, palestinos y no judíos, calibrar como ominoso el camino emprendido por los teóricos y dirigentes sionistas, desde los orígenes, a fines del s XIX.

Las reacciones juveniles suelen ser muy intensas y definitorias. Con 30 años de diferencia respecto a Sternhell (y a su contemporáneo Shahak), Gilad Atzmon, nieto de un sionista militante seguidor del fascista Zeev Jabotinski, de armas tomar, inicia el servicio militar con enorme fe sionista y fascista. Desprecio por los palestinos que había conocido en la sociedad israelí.

Durante el servicio militar le toca conocer palestinos presos. Y allí descubre algo inesperado, algo que lo confunde y deslumbra: dignidad, presos con dignidad. Cuando en uno de sus trajines le toca llegar a un cuartel donde ve una cantidad de casuchas, de metro y medio por metro y medio o más chicas, imaginó que se trataba de casillas para perros. Pero burlona y despectivamente los veteranos le “informan” que ‘allí los ponen un tiempo y que salen ablandaditos…’

Su rechazo, su oprobio, su vergüenza, fueron tan inmensos que abandonó el sionismo que lo había enardecido como adolescente ignorante. Advirtió donde estaba realmente: “diablos, ¡es que estoy viviendo en territorio palestino!‘  Optó por abandonar Israel… y el judaísmo.

Atzmon ha desarrollado observaciones muy precisas acerca de la instauración del sionismo en el Estado de Israel. Y cómo, articulado con los dramáticos episodios del tiempo nazi, ante los cuales seguramente acuerda con la observación del mismo Sternhell, de que “prácticamente todos los judíos y judías de Alemania y Austria pudieron salir a tiempo” [5] sostiene que: “Desarrollando la conversión del ‘Holocausto’ en religión, se ha hecho innecesaria la presencia de un dios como Yahvé: ‘En vez de requerir un dios abstracto para que designe a los judíos como Pueblo Elegido, en la religión del Holocausto los judíos suprimen a este intermediario divino y simplemente, se eligen a sí mismos.’˝[6]

 

El sionismo se ha nutrido, desde sus raíces, de una visión eurocéntrica –baste recordar el papel que su fundador Theodore Herzl le asigna a los sionistas como ‘ariete de la civilización europea en la bárbara Asia’−, algo que podríamos captar infundió los pasos de EE.UU. y “el mundo occidental” en Irán, en Afganistán, en Iraq, en Siria (y ni hablar del África…) y en general, en el planeta.

El sionismo se propuso habitar, mejor dicho rehabitar una tierra habitada. Su consigna tan inmortallzada como falsa acerca de Palestina como “una tierra sin hombres para hombres sin tierra” no es sino, como ocurre tantas veces, la inversión de la verdad: justamente porque se trata de negar lo real es que se invoca su inexistencia. Pero habitar la tierra de otro es precisamente el nervio de todo colonialismo. Y el colonialismo, por definición, no puede ser sino racista: solamente una visión racista, supremacista, soberbia, permite autorizarse a faltarle tan decisivamente el respeto al otro. Al punto de negar su existencia.

Para reasegurar ese mecanismo mental, nada mejor que negar la existencia del otro, una existencia que merezca el nombre de tal, su dignidad. Por eso el colonialista, racista menoscaba la humanidad, la dignidad del ocupado, del colonizado, del invadido.

Para que ese mecanismo haya funcionado tan impecablemente como funcionó con la forja del Estado de Israel, hay que negar todo rango humano al ocupado. ¿Y qué mejor para tomar esa distancia que provenir del mismísimo dios, que no suele tener tantos prosélitos en el mundo? Eso podría explicar de por qué un movimiento político nacionalista, inicialmente laico, prescindente en materia religiosa como el sionismo, termina ligado con la Biblia de la forma penosamente inconsecuente con que lo hizo: −‘somos laicos porque no creemos las fábulas religiosas pero Yahvé nos dio esta tierra en usufructo y por eso venimos a adueñarnos de ella.’

Validos de tamaño salvoconducto moral, que verificamos en los escritos de los “padres fundadores” de Israel, los que fueran perseguidos como víctimas en 1943, 1944, 4 o 5 años después, apenas, los vemos atareados como victimarios, en 1948, 1950, 1952…

Victimarios con una enorme impunidad moral: los palestinos despojados –la Nakba− volvían por la noche con sus herramientas de campo, azadas, palas, a seguir cuidando sus cultivos –no les cabía que el despojo fuera definitivo− y los sionistas, sonrientes, jugaban tiro al blanco con ellos. Morían, eran asesinados en medio de la mayor inconsciencia de lo que estaba en juego.

El peso de tanta bajeza ha llevado a algunos judíos veteranos, más o menos exsionistas, a arrepentirse y entrar al infierno de la conciencia.

Por qué, ¿qué cobertura ideológica hay que tener, qué coartadas morales, qué enceguecimiento para pasar de la condición de torturado, víctima, a la de torturador, victimario?

¿Qué mecanismo de enorme impunidad moral puede haber gestado esa especie de ley transitiva para castigar en un tercero el daño que uno ha recibido de otro?

Porque en Palestina no cabe siquiera el ajuste de cuentas, más allá del nazismo declarado de algún dirigente palestino, como Husseini.

En rigor, nos equivocamos si procuramos rastrear en el nazismo el arranque sionista. La cronología nos ayuda y no nos permite semejante error: el sionismo no es respuesta al nazismo. Y la existencia de cierto paralelismo entre el despojo de nazis sobre judíos y de sionistas sobre palestinos es totalmente secundaria; sin relación causal alguna. El sionismo encaró desde el vamos una colonización, mediante usurpación de tierra ajena, pero bíblicamente sagrada. Lo bíblico fue más pesante que lo social. Y lo bíblico permitió un estilo tiránico, pero consagrado;  un despojo de campesinado pobre (y por eso mismo más fácilmente expropiable): el mandato bíblico permitía no ver la humanidad de los despojados.

Vimos cómo Sternhell paga un alto precio para defender la propagación del sionismo.

Vimos también que las semejanzas del sionismo con el nazismo incipiente son  más difíciles de asir que de declararlo.

Por el contrario, se pueden rastrear también diferencias. Primera y principal, su alojamiento en momentos históricos distintos. Pero también, por ejemplo, que el sionismo ha buscado, históricamente, un padrino; el Gran Turco, el Imperio Británico, EE.UU., y el nazismo, en su momento, por el contrario, procuró desasirse de toda constelación de ese tipo, reivindicando un protagonismo más absoluto que es lo que seguramente le permitió, con insensatez, apostar a una guerra mundial con una relación en contra de 6 habitantes a 1, de 6 soldados por x 1… Otro rasgo diferencial: el nazismo reivindicó la calidad de los retoños humanos al estilo de Esparta, e Israel, en cambio, ha generado una red de apoyo a minusválidos, haciendo gala de “bondad” (por cierto, exclusivamente con judíos ‘con capacidades diferentes’).

Más allá de diferencias, como las anotadas, la lista de elementos comunes es sobrecogedora; esa afirmación de la comunidad propia al margen y por encima del resto de los mortales; ese espíritu etimológicamente aristocrático, de sentirse “los mejores” y actuar, necesaria e inevitablemente en consecuencia, parecen rasgos francamente comunes.

De todos modos, hay que agradecerle a Sternhell que, como sionista, se rebele contra algunas falsas verdades de vieja circulación entre sionistas,  como por ejemplo la pregonada diferencia radical entre nazismo y sionismo. Que su lucidez pueda permitirnos nuevos aportes.

No conocemos estadísticas de nazis suicidas. Los datos sobre militares judíos suicidas revelan que aumentan en número. No sabemos si es una diferencia con nazis; en todo caso, podría revelar un límite al supremacismo, un reencuentro con lo humano.

[1] París, 28 feb. 2018, “En Israel pousse un racisme proche du nazisme à ses debuts. Traducción de Laurent Cohen Medina, <kaosenlared.net>.

[2]  Traducido y editado en castellano por LMd, en su colección Capital Intelectual, Buenos Aires, 2013.

[3]  Haaretz, 2001.

[4]  Véase mi nota “Racismo, nervio motor del sionismo”, 18 nov. 2015, publicada en diversos medios-e, donde señalo que el gabinete de Netanyahu está integrado por asesinos de palestinos confesos y orgullosos, con un descaro ideológico y ético inigualado.

[5]  Sternhell, artículo citado de Le Monde.

[6]   La identidad errante, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2013, p. 186.

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Destino de país. Uruguay 2018, Qué comienzo!…

por Luis E. Sabini Fernández –

Esquemáticamente, hay dos formas de enfrentar las dificultades que se han presentado “inopinadamente” este enero y febrero; el cuestionamiento a la política del gobierno hacia “el campo” y el recrudecimiento de violencia en las calles.

El gobierno ha desechado los reclamos inicialmente y luego se avino a alivios fiscales en el primer caso y en el segundo, ha sopesado cómo atender y/o enfrentar a pobres embravecidos por las privaciones o estropeados por la droga.

Otra opción es rastrear orígenes. Ver así la clave de estos dos problemas en una causa. Casi todos los habitantes de barrios empobrecidos de la capital, vienen o han venido “del campo”. “−Mi viejo laburaba con ovejas, las esquilaba, las cuereaba… pero quedó sin trabajo… se  acabaron los asados de cordero y anduvimos yirando… en Guichón, en Paysandú y ahora en el Manga…

Con el sacudón de Durazno en enero se ha repetido hasta el cansancio: en los últimos diez años  han desaparecido 11 000 producciones agropecuarias; el 90% pequeñas y con ello, han desaparecido entre 100 000 y 200 000 pobladores rurales.

¿Dónde están? En Montevideo, en Casavalle, Piedras Blancas, Manga, Conciliación, Casabó, Maroñas, Marconi, Malvín Norte…

¿Qué es lo que expulsa la población del campo? Desde tiempo inmemorial: la gran propiedad. Antes era el latifundio. Ahora, las agroindustrias. Aquél, alambrando campos, expulsaba población que no “necesitaba”; éstas, mediante tecnificación, globalización, mercado mundial.

Pero ahora se ha presentado un nuevo factor en juego: la agroindustria acrecienta productividades “racionalizando” mano de obra, pero sobre todo, contaminando suelos y aguas.

Es el estado actual del Uruguay: uno de los países mejor irrigados del planeta, pero como un reconverso rey Midas, la agroindustria hace mierda el agua que toca.

Pero no es mierda. La mierda, en un organismo sano, es apenas el residuo del cual se desprenden los organismos vivos; la tierra agrícola se prepara como potrero de vacas, cabras u ovejas: ese estiércol favorecerá los cultivos.

La agroindustria es un rey Midas que no hace ni mierda ni oro; hace dólares y veneno. Lo segundo es un subproducto inevitable. Por eso es tan peligroso exaltar “las virtudes” de “la revolución tecnológica”: como con las vaquitas de Yupanqui, los dólares son para los agroindustriales y el estado; el veneno, para el pobrerío.

De los acontecimientos sonados en enero y en febrero de 2018 pasar a causas mediatas no significa ignorar eslabones intermedios, desde los cuales a menudo hay que operar sobre la realidad. Pero con este abordaje optamos por tratar de ir al fondo de los problemas, no arar en el mar.

 

 

La intensificación decisiva de la agroindustria fue impulsada desde las usinas ideológicas del USDA (Ministerio de Agricultura de EE.UU., por su sigla en inglés), a mediados de los ’90 para, “las praderas norteamericanas y las pampas argentinas”.[1] Ésa es la razón por la cual durante el siglo XX hubo solo dos países con cultivos “industriales” de soja transgénica en todo el mundo; EE.UU. y Argentina, en ese orden. La bandera de sumisión pirata fue la de Monsanto.

La alta rentabilidad que tanto seduce a productores modernos y gobiernos ávidos de dólares tiene, tiene esa gravosa contracara: la contaminación, un verdadero pacto fáustico.

¿No vemos acaso cada vez más niños, o adultos, en la calle, en paradas de ómnibus, con deformaciones óseas, pelo ralo, niños con manos sin dedos? ¿No vemos acaso cada vez más seres humanos con miradas erráticas, extraviadas (las enfermedades mentales también figuran entre las producidas por la contaminación)? Si los que aquí vivimos no nos damos cuenta, basta preguntar a forasteros, que se asombran de la frecuencia de tales presencias.

Los que vivimos permanentemente en un sitio normalizamos situaciones que pueden resultar absolutamente anormales; el periodista italiano Gaetano Pecoraro visitó a fines de 2016 las zonas sojeras argentinas y ha vuelto a Italia espantado haciendo un informe sobre las atroces secuelas de la agroindustria.[2] En Argentina, los medios de incomunicación de masas apenas si lo han registrado.

Ese proceso, que vimos desarrollado por el USDA, ese círculo vicioso, empezó en Argentina en 1996. En Uruguay, en 2002. Ya estamos ingresando al  mismo espanto.

Junto con ese proceso de “desarrollo tecnológico” tenemos también la tasa de suicidio más alta de América Latina. Los suicidios no brotan de la depresión sino de la exclusión, el desarraigo, la crisis de las relaciones socio-afectivas (y en muchos casos, también causados por  la contaminación).

La alternativa, entonces,  no es incrementar la agroindustria con monocultivos forestales o sojeros, con su acompañamiento inevitable de fertilizantes y plaguicidas. Algo que vemos como “solución”, para tantos referentes de los nucleados en Durazno, en enero. Para éstos, las “mochilas” pasan por los costos altos, los ahogos crediticios, los endeudamientos, el precio asfixiante de la energía. Todas esas objeciones son certeras, pero hay que asumir que encarar tales “mochilas” sirve para afianzar la agroindustria; seguir contaminando y despoblando el campo.

El éxito de los feed-lot en Argentina, donde se puede producir carne concentrando mil vacas en 1 ha convertida en un lago de excrementos las 24 hs., con las consiguientes enfermedades y matanza de vaquillonas (porque la sobrevida en esas condiciones es corta), no ha podido reproducirse (con tanto éxito) en Uruguay. Alegrémonos. Tenemos óptimas condiciones naturales para apostar a otro tipo de producción en lugar de commodities. Están las specialities, que exigen mucha mano de obra y no necesitan contaminación, ni tanto suelo.[3]

El FAEPNM acentuó la política de “modernización” y extranjerización de la tierra de la mano de una filosofía presuntamente científica, en rigor regida por los desarrollos de emporios tecnológicos transnacionales.

Durante los últimos años de la primera década del s. XXI la Bolsa Agrícola de Chicago mantuvo como estrella a la soja transgénica− su “viento de cola” aparejó un cierto éxito para gobiernos inclusionistas, como el FAEPNM, el kirchnerismo, el PT y su “hambre cero”. Ese ciclo se ha evaporado.

El FAEPNM acentuó la geopolítica de dependencia al capital monopólico transnacional que llevaban adelante los partidos “tradicionales”, en particular el Colorado, tan identificado con el centro geopolítico estadounidense. El imperio, globalizador, es insaciable.

En los ’70 se expandieron las zonas francas, reencarnación de las economías de enclave del viejo colonialismo. Otra forma  de “prestar” o ceder población a empresas extranjeras. Y no solo población. Ahora también rolos…

¿Tenemos que aceptar el avance de enfermedades por contaminación, el de la locura de los frustrados, el de la pobreza sobre los desplazados del proceso de concentración económica, quebrando el espinazo del proyecto de país que, como sociedad, tanto hemos valorado?

[1]  Dennis Avery, Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, Hudson Institute, Indianapolis, Indiana, EE.UU., 1995.

[2]  Hay traducción: “Italia difunde la tragedia argentina de los agroquímicos”, El Federal, Bs. As., 3/11/2016.

[3]  Ya lo explicó César Vega, agrónomo: plantando ajo se gana tanto como con soja o maíz transgénicos, pero con la centésima parte de la tierra.

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