Declaraciones de Alejandro Nario ¿Una maravillosa contaminación?

por Luis E. Sabini Fernández

En recientes declaraciones Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente de nuestro país[1] expresó que “el plástico es una pandemia mundial”. Una afirmación certera que desnuda uno de los roles básicos de los productos plásticos.

Nos dice que “el 90% del agua que se toma a nivel global contiene microplástico”.[2] Tanto potable como mineral.

Hasta aquí, las apreciaciones de Nario son comprensibles y compartibles.

Dice luego que “aún es difícil determinar sus efectos en la salud de los seres humanos”. Arriesgada afirmación; desde hace décadas hay investigaciones que han verificado la causante de partículas plásticas en enfermedades de muy diverso tipo (desde alteraciones hormonales hasta malformaciones congénitas).[3]

Nario compara la situación con la del plomo al que “se le reconoció muchas virtudes hasta que se descubrió la plombemia.”  Suponemos que se refiere al Uruguay y al escándalo que surgió hace unos diez años, cuando se “descubrió” que el plomo en sangre y huesos afectaba a una enorme proporción de nuestra población.

Pero si hablamos del plomo, hace algo más de 2000 años, su contaminación y efecto nocivo sobre los cuerpos humanos ya se conocía, como “saturnismo”. Médicos romanos comprobaron su presencia entre los trabajadores de las minas de plomo. Y las virtudes eran tan pocas como para que Vitruvio, arquitecto romano a cargo de la canalización de agua corriente para Roma y Pompeya, descartara cañerías de plomo (optó por acueductos de piedra, algunos todavía en pie, y cerámica).

Nario nos cuenta entonces que “con el plástico ocurre un proceso similar; era una salida maravillosa para sustituir el vidrio, porque es liviano y moldeable, pero luego se descubrieron todos los problemas que conlleva.”

Una versión rosa de la historia. Porque el motivo por el cual el vidrio fue desplazado por el plástico no fue por ser algo “maravilloso”, o por su liviandad (real).

Desde el primer momento se descubrió algo ominoso en los envases plásticos: no eran inertes, a diferencia del vidrio, por ejemplo. Los envases plásticos “cedían” partículas a sus contenidos. Y ese proceso −migración− se acentúa ante contenidos grasos  o alcohólicos.

Ante el carácter no inerte de los envases plásticos, la industria petroquímica encontró la fórmula salvadora; los “límites de seguridad”: se puede ingerir plásticos pero solo hasta cierto punto, pasado el cual sería dañino y por lo tanto prohibido.

La fórmula que la petroquímica y los envasadores encontraron para ese “enroque” fue el PADI: Packaging Admissible Daily Intake. La dosis admisible de empaque diario. Leyó bien: lo que se puede incorporar, del empaque, a nuestros cuerpos.

Y fue gracias al PADI que los envases plásticos desplazaron, por ejemplo al vidrio, y no a causa de una “salida maravillosa”.

Pero hemos visto, al principio, que Nario ve cierta problematicidad con el plástico. “Pandemia global”. ¿Cómo enfoca nuestro hombre su solución?

Quitándole la gratuidad a las bolsas de plástico: “En el mundo, el cobro de las bolsas plásticas es el método más efectivo.” Y “que el ‘sobreprecio’ se lo quedarán los comerciantes que vendan las bolsas.” Los comerciantes no bregarán por achicar la pandemia; cobrarán por sostenerla (y hasta aumentarla). Es cierto que un sector de la población optará por llevar sus bolsas para ahorrarse unos pesos. Esta política abre en el tiempo dos estilos; los que eviten pagar el sobreprecio de las bolsas llevando sus propios envoltorios y los que se permitan “la comodidad” de seguir como hasta ahora. Cobrar las bolsas, en lugar de combatir “la pandemia global”, la elude. Y si el derroche mengua, será por falta de dinero…

Esa transición de consumo irrestricto a consumo cobrado es para Nario una medida de ayuda a “la industria nacional del plástico”; “hay que darle tiempo para que se reconvierta […], hablamos de miles de puestos de trabajo, no podemos de un día para el otro que  la gente quede sin trabajo.” Tanto sentimiento es casi emocionante. Lástima que cuando la industria petroquímica despedazara a la del vidrio ese asunto no se tuviera en cuenta; al contrario, se adujo la bondad de la renovación, la modernización, los adelantos tecnológicos. No solo se desplazó a los envases de vidrio, se acabó con la misma industria del vidrio en el país.

Más adelante Mizrahi abunda sobre  el carácter “compostable biodegradable”. No entendemos bien a qué se refiere. Esperemos que no se trate de plásticos oxodegradables; un invento reciente que no biodegrada el plástico pero lo desmenuza más rápidamente, para que pase desapercibido a más corto plazo. En realidad, con la apariencia de solución, es  una vuelta de tuerca en contra de la salud ambiental.

Nario se refiere al agua: “Un tema de debate. El agua en envase de plástico cobró prestigio y el agua de la ‘canilla’ se supo que tenía problemas de potabilidad.” Naturalizando una peculiar coyuntura. Si nos referimos al agua potable de Laguna del Sauce del año 2015, es tal como dice Nario. Pero la investigación que WCA (Waste Collection Authority) llevó a cabo en Gran Bretaña en 1997, ofrece un resultado muy distinto. Dado el auge entonces del consumo de agua en botellas plásticas, hicieron una investigación sobre costos y niveles bacterianos. Estimaron que el consumo de toda la vida de agua de la canilla de un habitante era de casi 30 libras esterlinas; el mismo  consumo usando botellitas de plástico era de algo más de 20.500 mil libras esterlinas.

Sanitariamente, el agua corriente ofrecía una calidad del 99,7% respecto de presencia bacteriana. El agua embotellada arrojó un 98% de aprobación.

Así que si el agua embotellada “cobró prestigio”  pudo deberse a no examinar su calidad, o a que el agua del circuito público uruguayo, de la canilla, se deterioró marcadamente.

Mientras, el municipio romano de la Roma actual, del s XXI, asegura la calidad del agua de todas sus fuentes para que el habitante romano pueda saciar su sed con confianza en plazas públicas evitando andar con su agua a cuestas y, sobre todo, para no recargar los desechos de la ciudad con una cantidad multimillonaria de envases vacíos, gastados, inútiles… y no biodegradables.

[1]  La Red 21, entrevistado  por Ana M. Mizrahi, 11 jun 2018.

[2]  Dado el carácter no biodegradable de los plásticos, con el paso del tiempo, la erosión y otros desgastes las partículas plásticas reducen sus dimensiones. Pero no se biodegradan.

[3]  Véase Our Stolen Future, 1996, la investigación que tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, llevaron a cabo rastreando la presencia de micropartículas de policarbonato, poliestireno, PVC, en el origen de una serie atroz de enfermedades.

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Sobre el arte de quedar bien… actuando mal

por Luis E. Sabini Fernández –

Hay algo peor que contaminar. Y es proclamar un comportamiento limpio… mientras se contamina.

Hay algo peor que producir elementos cancerígenos. Y es producirlos mientras se proclama luchar contra el cáncer.

Esto que así planteado suena casi grotesco es, sin embargo, un comportamiento absolutamente generalizado en nuestro mundo empresario, institucional, público y/o privado.

La revista Noticias, un verdadero faro cultural del hipercapitalismo en el país, ha aplicado una docena de líneas a “informar” que “el campo apoya la lucha contra el cáncer”.[1]

¿Y qué es “el campo”? Si el campo fuera lo que conocimos tradicionalmente; el asiento de la producción de alimentos, nutrientes, agentes de salud para quienes los ingerimos, podríamos aceptar que desde el campo se enfrente la lucha contra una enfermedad… aunque hablando de cánceres, sabemos que no son deficiencias alimentarias o nutricionales  las causantes de cáncer…

Sí sabemos, en cambio, que los cánceres provienen en abrumadora mayoría de la contaminación. Y que el mundo que vivimos, que ha visto disminuir y perder relevancia a enfermedades infecciosas (hoy controlables), se ve enfrentado a  la proliferación de los más diversos casos de cánceres, así como alergias, alteraciones autoinmunes, diabetes, afecciones respiratorias, parkinson y otras alteraciones neurales, leucemias, celiaquía, obesidad, malformaciones congénitas, epilepsias e incluso enfermedades psiquiátricas; un desolador panorama sanitario fuera de control que ha coincidido con el ingreso a la posmodernidad…

Muchas de tales enfermedades, provienen directamente de los métodos de fabricación de alimentos que caracterizan nuestra “modernidad”, que reemplaza nutrientes naturales por aditivos y que “quimiquiza” todos los procesos alimentarios.

Uno de los varios pilares de la comida moderna ha sido, precisamente, la agroindustria. La agroindustria se basa en venenos, de muy variado orden, para producir alimentos. Cualquier mentalidad tradicional, la de mi abuela, por ejemplo, se horrorizaría de querer elaborar alimentos con venenos.[2]

Pero la agroindustria, junto con los reguladores públicos y el mundo empresario tecnoindustrial se valen de un recurso para poder usar venenos y sostener, a voz en cuello, la total inocuidad de tales alimentos, más aun, su carácter salutífero…: el empleo de “límites de seguridad”.

Tabulados por agencias debidamente investidas como “los que saben”, estas agencias, mejor dicho sus integrantes dirigentes, establecen que, por ejemplo, usar más de 0,8% de agar-agar en horno o 2% en merengues resulta intolerable.[3] O que hasta 100 microgramos de plomo, 50 de arsénico, 10 de cadmio o 45 mil de nitratos son aceptables en alimentos, como los de MacDonald’s.[4]

Pero, ¿dónde radica la verdad que un merengue con 1% de agar-agar sea sano y otro con 3% tóxico? O que una hamburguesa con 30 microgramos de arsénico sea saludable y otra con 60 microgramos de la misma sustancia sea tóxica?

Entendemos que la mera formulación denota su arbitrariedad. Y muy poca ciencia.

 

Y bien. Tenemos, según Noticias, a “el campo” luchando contra el cáncer…

¿Qué campo? Precisemos un poco. Noticias nos dice que se trata de una empresa “del campo argentino”: IPESA. IPESA es la gran fábrica productora de artículos plásticos, desde las celebradas silobolsas hasta sachets para leche y diversos envases, generalmente de polietileno (expandido).

IPESA es por lo tanto un agente protagónico de la plastificación de los campos y de los alimentos.

Cooperar en la lucha contra el cáncer parece plausible. Pero que la pretendan llevar adelante empresarios que basan su rentabilidad en un producto, el plástico, tan sospechado de estar en el origen de una serie atroz de enfermedades de origen ambiental, incluidos los cánceres más diversos, parece un poco demasiado. Hay algo grotesco en semejante gesto.

Hay una creciente conciencia sobre el daño que ha causado y está causando a la naturaleza la llegada de desechos plásticos en los más variados tipos, dimensiones, intensidad. Cualquier observador, profano, advierte los restos de bolsas de plástico entreveradas en ramas de árboles, a lo largo de rutas, por ejemplo; las islas “continentales” de basura plástica en todos los mares del planeta y el daño consiguiente a animales que ingieren  plásticos (tortugas lo confunden con medusas, pelícanos lo confunden con semillas) son materia periódica de información masiva.

Lo que tal vez no se dice tan a menudo es que el plástico es material no biodegradable. El idioma hasta carece de una palabra para aludir a esa condición. Su no biodegradabilidad plantea un verdadero nudo problemático a la humanidad: porque la erosión, el viento, el agua (a veces el fuego) “pulveriza” los objetos plásticos, pero persisten partículas que al no ser biodegradables siguen girando en nuestro medio físico. Y así, diminutas, microscópicas, se van alojando en cualquier sitio; incluidos nuestros tejidos corporales y los de animales. Desde hace años, algunos investigadores (no, por cierto, los empleados por Monsanto, Bayer, Syngenta) han ido comprobando el atroz papel de tales micropartículas de plásticos en el origen de una serie espeluznante de enfermedades y alteraciones.[5]

Nos suena más bien a coartada: seguir envenenando los campos y, Relaciones Públicas mediante, “quedar bien”   con una contribución monetaria a FUNDALEU. Tampoco es cuestión de exagerar: Noticias nos cuenta que se trata otorgar a dicha fundación 10 dólares por bolsa; las silobolsas cotizan en el mercado a varios cientos de dólares cada una.  Si estimamos una de 400 dólares, se trataría de un 2,5%. Lo que se dice quedar bien con poco.

Es significativo el destinatario elegido por IPESA. FUNDALEU es una fundación dedicada a combatir la leucemia. Este tipo de cáncer es, precisamente, uno de los más asociados con intoxicaciones de origen ambiental.

Leyendo la noticia de Noticias, uno se pregunta acerca de la calidad ética e incluso intelectual de pretender cultivar la  “imagen” que acabamos de analizar, pero también acerca de la frivolidad del “periodismo” que transmite “noticias” sin el menor recaudo sobre su legitimidad, sentido o finalidad.

  

 

 

[1]  Contra el cáncer”, p. 138, Buenos Aires, 27 abr 2018.

[2]  Lo podía hacer, pero por ignorancia, nunca deliberadamente.

[3]  Code of Federal Regulations (CFR), norma federal sobre alimentos en EE.UU.

[4]  Tolerancias máximas admitidas por la  OMS.

[5]  Véase Our Stolen Future, 1996, una investigaciòn de tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, que han rastreado, por ejemplo, la presencia de policarbonato, poliestireno y PVC en casos de feminización de peces, aves y mamíferos machos, disfunciones tiroideas, disminución de fertilidad y un largo, atroz etcétera.

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