El asesinato pedagógico de Jamal Khashoggi

por Luis E. Sabini Fernández – 

Analizando el asesinato de Jamal Khashoggi, recuerda Daniel Shapiro[1]  cómo fue considerado otro asesinato político ordenado a su vez por Napoleón Bonaparte: “Algo peor que un crimen; un error”.

Shapiro  analiza las consecuencias de lo acontecido por orden del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, sobre la política de EE.UU. e Israel.

Y nos muestra cómo funciona la estrecha alianza entre la dirección político-militar estadounidense y la saudí (y la israelí, jugando en todas las bazas).

Shapiro se alarma acerca de la infiltración, imparable, de los detalles del asesinato, digno de una novela nórdica de los últimos tiempos con lesiones previas a la muerte, atrocidades varias, dedos seccionados estando todavía vivo y corte final de cabeza para darle otro destino que al tronco de lo que fuera Khashoggi, al parecer competidor en el marco de la realeza, periodista, espía y/o contraespía, vaya uno a saber al servicio de qué servicio.

Sabemos que lo acontecido en territorio turco no contó con la complicidad de las autoridades anfitrionas que, por el contrario, hicieron todo lo posible para desnudar el “affaire”.

Shapiro nos dice que este strip-tease macabro malogra una provechosa alianza de décadas entre EE.UU. y Arabia saudí por un lado e Israel y EE.UU. por otro (y por encima o por debajo, la misma curiosa alianza entre dos estados hiperconfesionales; Israel y Arabia saudí).

Shapiro entiende que “Mohammad bin Salman no calibró el efecto de este tipo de asesinato haciendo trizas todo margen de aceptabilidad para el público estadounidense y para todo el elenco de ambos partidos en el Congreso”.[2] Pone como ejemplo que congresales tan de derecha como Marco Rubio hayan puesto el grito en el cielo.

Estamos entonces −cada vez importa menos la muerte por asesinato− ante la atención a brindar a la pudorosa opinión pública estadounidense. El alma del ciudadano norteamericano no puede oír, sin estremecerse, la peripecia vivida por Khashoggi.

Shapiro lo dice sin pelos en la lengua: “La represión saudí no es algo nuevo y probablemente el sistema político de EE.UU. podría acomodarse si mantenemos un cierto nivel bajo de visibilidad.” [sic]

Bin Salman no advirtió el efecto en el alma norteamericana de hacer lo que se le hizo a un periodista del establishment (Khashoggi era redactor habitual de Washington Post).

Shapiro, abundando sobre el efecto devastador de la imagen de tamaño asesinato sobre el público norteamericano y transitivamente sobre las decisiones políticas, nos confiesa que el terremoto obligará… −observe el lector el abismo que se abre− a vender algunas menos armas a Arabia saudí, que generalmente se ha provisto más que generosamente de los avances de la industria militar estadounidense.

Shapiro considera que “tal vez el fallo mayor del asesinato de Khashoggi proviene de la obsesión de ben Salman por silenciar a sus críticos, con lo cual se pierde fuerza en el intento de construir un consenso internacional para presionar a Irán.”

Es decir, a Shapiro le preocupa no el método empleado para eliminar a Khashoggi, y menos todavía la cuestión misma de la eliminación de competidores; apenas los dólares (millones) que no pasarán de las arcas saudíes a las estadounidenses o que debilita la presión para desmantelar a Irán.

Todo se instrumentaliza. En rigor, volviendo a la anécdota con Napoleón, no se trata de asesinar menos, se trata de que se note menos. La opinión pública, en tal caso, no ofrecerá dificultades y las correas de transmisión funcionarán fluidamente.

No hay que herir los oídos de gente sensible. Hay que hacer las cosas “a la chita callando”. ¿Por qué esa obsesión por deshacer un ser humano en vida y registrarlo? Hay un aspecto, fabril, de dejar constancia y confirmar la calidad de un “trabajo”, es cierto, pero si eso llega a manos indebidas, “nos” perjudica.

 

Shapiro replantea, sin decirlo, lo que pasó con E. Snowden, con B. Manning, con J. Assange, para mencionar apenas a los tres más famosos violadores de “obediencia debida” más recientes. Ellos revelaron consciente y voluntariamente lo que el cuerpo mutilado de Khashoggi una vez más nos muestra. Por eso, lo que tememos con Snowden, Manning, Assange, y ellos también,  es que quieran matarlos (o pudrirlos en la cárcel).

Porque lo malo no es hacer algo malo.  Lo malo es que se sepa. Y cierto estilo sádico, afiebrado, patoteril, grupal –como por lo visto es el de MBS (el apodo o sigla con que se conoce a Mohammad bin Salman−, tiene mayor riesgo de filtraciones.

La mezcla en Shapiro de lucidez y amoralidad, de pragmatismo, en suma, es tal vez más aterradora que el terrorismo expreso (que a veces es torpe).

Bueno es advertir que esto es lo que tenemos como diseño de la cosa política hoy enfrente nuestro (y por encima y a nuestras espaldas… por doquier).

Tendremos que agradecer a la patota sagrada e imbécil de los sunnitas más fanáticos de ese estado que es de una familia, llegar a otear la sordidez de nuestro presente.

La búsqueda de la verdad era el viejo motto de periodistas, y antes, de filósofos.

Aunque cueste pensarlo o se sienta uno pasado de moda, sigue siendo la cuestión clave, ardua, casi inalcanzable.

Podríamos transformar la vieja consigna que se atribuye a Pompeyo para arengar a los marineros temerosos ante la tormenta, “navigare necesse est, afirmando: veritas necesse est.

[1]  Daniel B. Shapiro, “Why Khashoggi Murder is a Disaster for Israel”, Haaretz, Tel-Aviv, 21 oct. 2018. Como puede advertir el lector, ya en el título Shapiro expresa lo que le importa; no la vida sino los perjuicios (para Israel).

[2]  Ibíd.

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ROGER WATERS EN URUGUAY: ¡BIENVENIDO!

por LUIS E. SABINI FERNÁNDEZ

Roger Waters en Uruguay movió el avispero.

Desde su llegada, el viernes 2 de noviembre, en un  vuelo privado suyo, con su equipo y custodia, Waters ha dejado, voluntaria o involuntariamente, su huella.

Tanto con su ”conversatorio” centrado en la cuestión palestina como en su concierto trayendo al presente al inolvidable Pink Floyd, en la música y en algo más.

Justamente la labor de Waters, aun siendo básicamente un músico, ha logrado trascender y problematizar mucho más que la música; en este mismo momento en algunos países europeos se han disparado juicios contra Waters mediante la carambola de considerar que su defensa de los palestinos y la consiguiente, inevitable crítica al Estado de Israel, es antisemita y como en países como Francia, Alemania y varios otros europeos el antisemitismo es delito (ya no es sólo una cuestión de opinión), enjuiciarlo por ello. Todavía no sabemos si llegarán a las multas o a los pedidos de prisión, pero ese vendaval revela la sensatez de Waters de tratar de cuidarse él mismo.

Pensemos cómo gasta Occidente sus medidas contra quienes han hecho mella en la red de poder vigente; Edward Snowden, que debió buscar refugio en Rusia, Julian Assange que debió refugiarse en la embajada londinense de Ecuador y sigue allí sitiado desde hace 7 años.

Y Waters, cuyo comportamiento lo ha llevado a enfrentar a uno de los poderes planetarios más significativo y extendido; el de Israel, tiene toda la sensatez de cuidarse.

El minué jugado aquí, en Montevideo, ha tenido sus aristas. Alguien, seguramente muy poco avisado de quiénes favorecen a Israel (diciéndolo o no) propuso El Galpón como sede del encuentro.

Funcionó el control ideológico y El G adujo que no estimula “enfrentamientos, sin importar contra quién.” No sabíamos que el marxismoleninismo había sido sustituido o superado por el nirvana con un largo ooooom. Habría que advertirles a los galponeros que el chovinismo, el racismo, el supremacismo, la explotación, el saqueo, como en su momento la industria concentracionaria, siguen existiendo y que casualmente son encarnados por quienes… lo encarnan.

Una maravilla casi acrobática es haber podido registrar que PIT-CNT, que el año pasado envió una delegación de visita fraternal, camaraderil, a la central sindical israelí, sionista, obrero-patronal (modelo fascista), pasado apenas unos meses pudo decidir albergar en su seno a un irreductible crítico del racismo israelí, un refractario total a la política tentacular del sionismo dedicado a captar apoyos por doquier, y obteniéndolos de personajes como A. Behring Breivik, el noruego que hizo un frío y preciso plan con el que terminó matando a varias decenas de seres humanos, noruegos en la ciudad y una abrumadora cantidad de jóvenes socialdemócratas provenientes de países árabes (asesinó a unos 70) en una isla, o Jair Bolsonaro, últimamente.

RW movió incluso el avispero “interior”, y no hay sino que agradecerle: tuvo la limpidez, la lucidez y la osadía de repudiar la primera pregunta de un panel hiperintelectualizado, sentir que le exigían como académico cuando él aclaró que es músico, y finalmente rompió con el burocratizado protocolo y pidió preguntas del público. Fueron pocas, exiguas, porque el tiempo, la escasez de tiempo, malogró ese momento, pero igualmente nos mostró la frescura intelectual  de este “joven” de 75 años.

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ONU, UNSCOP, PADRES PUTATIVOS DE ISRAEL – I

por Luis E. Sabini Fernández – 

GUATEMALA, EL PRIMER ESTADO MUNDIAL QUE SIGUE LA “PROPUESTA” DE EE.UU. DE INSTALAR SU EMBAJADA EN JERUSALÉN

El presidente Donald Trump ha procurado un jaque demoledor a la resistencia palestina trasladando la capital sionista a Jerusalén, la ciudad “de las tres religiones monoteístas” que ONU procurara en su momento internacionalizar y preservar de la avidez territorial judía.

Las declaraciones y los pasos dados por la dirigencia guatemalteca, con oídos tan receptivos a la mudanza estadounidense fueron llamativos. Con orgullo se proclamaron los primeros en seguir a EE.UU., es decir, los segundos.

Guatemala (así como Uruguay) tuvo un sitial peculiar en la comisión de la ONU diseñada para atender el diferendo judeo-palestino; UNSCOP (por su sigla en inglés), Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, y en el surgimiento del Estado de Israel.

Antes de entrar al caso particular, una ojeada histórica al surgimiento de la UNSCOP, 1947.  Y antes, todavía, al surgimiento de la ONU, 1945. Como se ve,  “nacen” casi simultáneamente, aunque una sea “hija” de la otra. Esto quiere decir que surgieron en la misma coyuntura histórica.

El fin de la 2GM dejó un único vencedor neto: EE.UU. Esto cambiaría notoriamente a principios de la década de los ’50, cuando la URSS detona su primera bomba de hidrógeno (una especie de atómica, recargada). Allí queda establecido lo que se ve como “las dos superpotencias”; EE.UU. (1945) y URSS (1952). Poco antes, ya se había acabado el idilio de posguerra (entre los 4 Grandes; EE.UU., URSS, Reino Unido y Francia), con el comienzo de la Guerra Frìa, alrededor de 1949.

Hay un período entonces, de incontrastable poder único mundial, estadounidense, aproximadamente del 45 al 50.[1]

De la Sociedad de las Naciones a la Organización de las Naciones Unidas

La disolución de la malograda Sociedad de las Naciones, creada sobre la base del oprobioso Tratado de Versalles (cuna del nazismo) en 1919 fue cumplimentada en 1946, pero ya se había agotado con la misma guerra. Tanto es así que a fines de 1945 se crea la ONU que hasta en el sitio de la sede −Nueva York− reconoce al nuevo amo. Y como resultado de la guerra, se crea el Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes, los Big Five: EE.UU., URSS, Reino Unido, China, Francia.

Estamos acostumbrados a asociar a la ONU con los cinco continentes, con conferencias afroasiáticas, a ver secretarios de la ONU de origen asiático o africano. La ONU de nuestro tiempo dista mucho de la inicial. Aquel Consejo de Seguridad tenía otra China en su Consejo Permanente de Seguridad; polo opuesto a la que hoy ocupa ese sitio. El redactor del Preámbulo de aquella ONU fue Jan Smuts, el dirigente máximo de la Unión Sudafricana, supremacista blanco y partidario del apartheid. Que contaba con toda la confianza de la dirigencia política estadounidense.

Smuts tenía una estrecha relación con Chaim Weizman, el primer presidente del Estado de Israel y que antes había sido su diplomático más encumbrado.

Ambos compartían una ideología racista y se sentían compenetrados con la labor colonialista de asentamiento [settlercolonialism]. En ambos casos, sin considerar en absoluto los derechos de las poblaciones desplazadas. Para ambos contaban los derechos de los blancos, únicamente. La relación Sudáfrica-Israel será privilegiada durante prácticamente toda la segunda mitad del s XX hasta que, ante el quiebre político del apartheid sudafricano, su inviabilidad, Israel le retirará prestamente su apoyo.

Smuts y Weizman se conocieron en 1917 en Londres, ‘la capital del mundo’, adonde Smuts concurrió como delegado sudafricano en el asunto de la guerra y Weizman, químico, habiendo logrado fabricar acetona sintética en cantidades industriales, material escaso para la fabricación de explosivos –tan necesaria para la expansión colonial−, ya era el presidente de una red sionista inglesa también muy comprometida con la victoria militar británica. Smuts y Weizman consolidaron una relación de gran camaradería que durará 30 años (hasta la muerte de Smuts, en 1950).[2] Weizman consideraba al sionismo como avanzada civilizatoria, como ya lo afirmara Theodor Herzl en su libro clave, El estado judío (1896), estrategia que compartía Arthur James Balfour, el supremacista blanco a cargo de la cancillería británica y autor de la Declaración de  noviembre de 1917 conocida por su nombre.

Para  calibrar el espíritu de época y confrontarlo con las ideas hoy en día de recibo, una cita apenas de Smuts, que expresaba su estrategia:

Si se concediera igualdad de sufragio a todos los humanos, los blancos quedarían anegados en toda Sudáfrica por los negros y habría que renunciar a toda posición  por la cual los blancos han bregado durante doscientos años o más.” (de la Conferencia Imperial, Londres, agosto 1921)

Comparemos la idea de este forjador ideológico de la ONU con la de Nelson Mandela, otro sudafricano, contemporáneo de Smuts, que a la vez se nos hizo contemporáneo nuestro: “Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, venga de un hombre negro o un hombre blanco”.

El contraste entre aquella ONU de los ’40 y nuestro presente se agiganta si lo referimos a la cuestión palestino-israelí.

Ya vimos a Smuts preocupado por “la marea negra” en África y en su hermandad con Weizman, a su vez otro confeso racista; aquí una cita de Mandela: “Sabemos muy bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad del pueblo palestino” (en alocución, noviembre 1997).

El unicato de EE.UU., 1945-1950

En resumen, la ONU en esos primerísimos años estaba impregnada de un triunfalismo eurocéntrico muy alejado del espíritu “democrático” que al menos se predica hoy en las labores de la ONU.

El historiador británico Mark Mazower, por ejemplo, rememora que cuando la Conferencia de San Francisco [preparatoria de la ONU], 1945, muchos de los presentes advirtieron “que la nueva institución estaba marcada por la hipocresía. Para ellos, detrás de la retórica internacionalista de libertad y de derechos se escondía una alianza de los grandes poderes inserta en una organización universal.” Incluso, en palabras del historiador británico, este discurso enmascaraba “la consolidación de un directorio de grandes potencias que no era tan diferente del poder del Eje”, sobre todo en aspectos como “su imperiosa actitud de determinar cómo los débiles y los pobres del mundo debían ser gobernados.” [3]

Luego de la orgía de racismo explícito del nazismo, aunque los mismos ideólogos nazis se habían reconocido discípulos de los teóricos racistas anglosajones (y franceses), los racistas dominantes en las direcciones políticas victoriosas aprendieron  un nuevo estilo; no predicar lo que se ejerciera, cuando se tocaban zonas sensibles de los imaginarios colectivos. El apartheid, por ejemplo, era profundamente racista, pero hasta su designación señalaba una idea de separación, no de segregación, encarnada en aquella consigna, falsa, de “iguales pero separados”.

Jorge Ramos Tolosa[4] lo resume, citando al ya mencionado Mazower: “Todo encajaba: los colonos blancos requerían la protección del imperio, mientras que los sujetos colonizados se beneficiaban de su ‘tarea civilizadora’. Mazower relaciona este factor con el hecho de que la Carta de las Naciones Unidas omitió cualquier mención a los derechos de los pueblos colonizados, algo que escandalizó en San Francisco al intelectual estadounidense William Edward Burghardt Du Bois: “Hemos conquistado Alemania […] pero no sus ideas. Todavía creemos en la supremacía blanca, manteniendo a los negros ‘donde deben estar’ y mintiendo sobre la democracia cuando nos referimos al control imperial de setecientos cincuenta millones de personas en las colonias”. (ibíd.)

Vemos que la ONU no es lo que aparenta ni expresa; las relaciones de poder subsisten por debajo de lo expresado. Por ejemplo, ¿cuál fue el norte de la actividad política de Smuts para Mazower? […] “recurría a una retórica ‘humanista’ y ‘democrática’ al mismo tiempo que pensaba que la institución internacional podía ser el mecanismo perfecto para adaptar el dominio mundial blanco. El medio pasaba por reforzar la alianza entre las potencias euroamericanas e intentar prolongar la vida del imperio a través de la ‘cooperación internacional’. Según el autor británico, el pensamiento de Smuts representaba una metáfora de la Organización de las Naciones Unidas.” (ibíd.)

 

Otro dato clave para entender el interés de EE.UU. en la cuestión palestina surge del cónclave sionista mundial de 1942, en Nueva York, en el Hotel Biltmore,[5] donde expresamente la dirección sionista decide abandonar la protección de que gozaba hasta entonces de Inglaterra, ahora exhausta por la guerra, y adoptar por decisión propia el padrinazgo de EE.UU. Tamaña capacidad de maniobra se explica porque la minoría judía radicada en EE.UU. era significativa, numéricamente, pero sobre todo económicamente.[6]

El papel protagónico de EE.UU. en la ONU será asordinado por la composición que ya vimos del equipo permanente del Consejo de Seguridad.

Cuando se aborda la cuestión palestino-israelí, EE.UU. aludiendo neutralidad, logrará una serie significativa de avances. Así describe el ya citado historiador valenciano Ramos Tolosa [7]  el proceso de nombramientos de UNSCOP:[8]

Ninguno de ellos era miembro del Consejo de Seguridad. La Administración Truman […] insistió en que el UNSCOP debía estar formado por representantes de países ‘neutrales’ que no tuvieran ‘intereses vitales’ en Oriente próximo […]. El deseo estadounidense de neutralidad en el UNSCOP debe entenderse en dos claves.”

Por un lado, EE.UU. quería evitar el peso ruso-soviético contactando directamente con representaciones latinoamericanas que EE.UU. tenía “en gatera”. La URSS presentaba un problema porque El Vaticano rechazaba con vehemencia toda presencia ‘comunista en Tierra Santa’. Pero Ramos Tolosa nos habla de dos razones y la segunda se refiere a nosotros, sudacas: proteger “la propia capacidad de influencia de Washington […] las dinámicas internas de la ONU favorables a EE.UU, puesto que su delegación había conseguido que la mayor parte de los países elegidos para tener representantes en la UNSCOP perteneciera al ámbito occidental o tuviera más vínculos con el país norteamericano que con los estados de influencia soviética. […] Veinte de los cincuenta miembros fundadores de la ONU en 1945 eran latinoamericanos. En UNSCOP, tres delegados pertenecían a ese ámbito, pero si se suman los representantes americanos a los de Europa Occidental y a los del Commonwealth, su número ascendía a 8 de los 11 totales.” [9]

Ya vamos viendo los quilates, ausentes, de UNSCOP: la tarea para la que fue designado; no para atender “objetivamente” la cuestión, sino para aplicar una política.       

EL  INFORME DE MAYORÍA DE UNSCOP, SETIEMBRE 1947

Los representantes nacionales de Canadá, Checoeslovaquia, Suecia, Holanda, Perú, Uruguay y Guatemala plantearán una partición del territorio palestino. proponiendo adjudicarle a la minoría judeosionista el 55% del territorio y a la mayoría árabe-palestina el 43% (leyó bien: a la minoría una porción mayor de “la torta” y a la mayoría, oriunda, la porción más chica (un 2% en el área jerosolimitana quedaría internacionalizado y bajo control de la ONU).

La sola presentación de estos porcentajes revela el sesgo que estos comisionados tenían. Como señala Ramos Tolosa los miembros del Commonwealth británico más los países europeos occidentales más los mal llamados latinoamericanos (continente indoafrolatino) eran mayoría absoluta en UNSCOP. Reforzada por el voto del único representante comunista soviético; Australia termina absteniéndose.

 

Es interesante de dónde, de qué situación, proviene el voto de los otros tres miembros de UNSCOP; India, Yugoeslavia e Irán, que no aceptaron el informe de mayoría, que hicieron uno de minoría  (que fue rápidamente soslayado).

La India era un país, casi un continente, que había conseguido la independencia el año anterior, tras la brega y el asesinato de Mahatma Gandhi quien se había opuesto tenazmente a la colonización europea de Palestina;[10] Yugoeslavia era el único país socialista que NO se alineó con la política de EE.UU. ni con los estados comunistas;  era el único país socialista fuera de la férula estaliniana; Irán también había conseguido cierta independencia –también en su caso, recientemente al igual que la India, como expresión de la descomposición aunque no absoluta del British Empire−. Desde mucho tiempo atrás había estado sometido a presiones de Inglaterra y Rusia. Esa reciente independencia le permitió decidir no renovar las concesiones petrolíferas a la Anglo-Iranian Co., en un proceso de nacionalización llevado adelante por el ministro del Sha, Mohammad Mossadegh. El Sha, entonces, 1949, decidió darlo de baja pero la reacción popular fue tan mayúscula que el Sha terminó abandonando el país y refugiándose… en EE.UU. Fue durante la corta primavera nacionalista que el representante iraní optó  en UNSCOP por defender la sociedad palestina establecida y rechazar el proyecto colonial, antes británico, ahora sionista. [11]

Son tres estados fuera de la influencia norteamericana los que procuraron preservar la sociedad palestina.

LA RESOLUCIÓN no 181 DE LA ONU, NOVIEMBRE 1947

Sobre el futuro gobierno de Palestina.

No faltarán las palabras, tan ajenas a la realidad, como nos recuerda Mazower.

De ese modo podemos leer una serie de buenos propósitos: ‘No serán denegados ni vulnerados los derechos existentes respecto a los lugares sagrados y a los santuarios o edificios religiosos… en lo que respeta a los lugares sagrados, se garantizarán las libertades de acceso, visita y tránsito, de conformidad con los derechos existentes, a todos los residentes o ciudadanos del otro Estado y de la Ciudad de Jerusalén, como también [a] los extranjeros, sin distinción de nacionalidad, sin perjuicio de las exigencias de la seguridad nacional, del orden público y del decoro.’

Otras disposiciones: ‘se garantizará a todos la libertad de conciencia y el libre ejercicio de todas las formas de culto, compatibles con el mantenimiento del orden público y de la moral.’

No se hará discriminación de ninguna clase entre los habitantes por motivos de raza, religión, idioma o sexo’…

Hay una de estas disposiciones que contrastará con lo que deparó el futuro inmediato: ‘no se permitirá ninguna expropiación de tierras poseídas por un árabe en el Estado judío (o por un judío en el Estado árabe), excepto para fines de utilidad pública. En todos los casos de expropiación, se pagará totalmente la indemnización que haya fijado la Corte Suprema con anterioridad al desposeimiento.’  (la Corte Suprema no sabemos si Internacional, palestina, israelí, británica o qué, brillará por su ausencia). Porque muy pocos meses después, las fuerzas militares sionistas desencadenarán una campaña de terror, con propaganda, violaciones y asesinatos incluso colectivos, que les permitirá apropiarse de buena parte de las tierras palestinas, quebrando además el tejido social palestino. Mayo 1948.

La resolución no 181  fue aprobada en la Asamblea General de la ONU por 33 estados y votada en contra por 13.

Los 33 países (58% de la composición de entonces) que votaron a favor de la resolución 181 fueron: Australia, Bélgica, Bielorrusia, Bolivia, Brasil, Canadá, Checoslovaquia, Costa Rica, Dinamarca, República Dominicana, Ecuador, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guatemala, Haití, Holanda, Islandia, Liberia, Luxemburgo, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Polonia, Suecia, Sudáfrica, URSS, Ucrania, Uruguay y Venezuela.

En resumen: todos los países de impronta eurocentrada (europeos, EE.UU., Canadá, Australia, N. Zelandia), 12; más dos tercios de los países centro- y sudamericanos, 13; más el bloque soviético, 5. Completaron los votos afirmativos Filipinas, Sudáfrica y un estado que está en la órbita de EE.UU, aunque no sea eurocentrado; su vástago racial, Liberia.

Los 13 países (23%) que votaron contra la Resolución 181 fueron: Afganistán, Arabia Saudí, Cuba, Egipto, Grecia, India, Irán, Irak, Líbano, Pakistán, Siria, Turquía y Yemen. Solo un estado iberoamericano, Cuba, más los 10 países islámicos que por entonces integraban la ONU y Grecia e India.

Los países que se abstuvieron fueron 10 (el 18%): Argentina, Colombia, Chile, China, El Salvador, Etiopía, Honduras, México, Reino Unido y Yugoslavia.

Tailandia estuvo ausente en la sesión plenaria.

Los estados geográficamente cercanos votaron TODOS en contra, lo que auguraba conflicto; los conflictos que efectivamente se desencadenaron.

Por entonces, apenas había comenzado el fin de la colonización formal de África (la real parece mucho más dura de erradicar), y apenas 57 estados eran miembros de las Naciones Unidas (actualmente son 193). El mayor bloque lo constituían los veinte estados iberoamericanos, seguido de los países árabes e islámicos (diez), los de Europa Occidental (ocho) y los comunistas (seis).

 

Fue, en resumen, un enfrentamiento entre el bloque eurocéntrico y el comunista por un lado, y por el otro, el islámico (árabe o no). Anticipo impensable de lo que iba a sobrevenir luego del colapso soviético, desde los ’90.

Las disposiciones de la resolución son muy extensas y detalladas. Se ve allí un diseño de dos estados paralelos con una cierta cantidad de áreas y tareas de coordinación. Buena parte de las disposiciones son transitorias como para que el Mandato [británico] sobre Palestina terminara lo antes posible, “en ningún caso después del 1º de agosto de 1948”. Eso incluía el retiro de tropas con la misma fecha.

El presunto estado independiente palestino y el Régimen Internacional especial para la Ciudad de Jerusalén, establecido en la Parte III de este Plan, se proyecta que empezarán a existir en Palestina, dos meses después de concluida la retirada de las fuerzas armadas de la Potencia Mandataria, en ningún caso después del 1º de octubre de 1948. Los límites del estado árabe-palestino, del estado judío y de la Ciudad de Jerusalén son los señalados en las Partes II y III de la resolución.

Observemos que durante un largo medio año, ni los palestinos ni el régimen administrativo internacional para Jerusalén serán establecidos, pero ahora sabemos que el Estado de Israel resultará proclamado bastante antes; el 14 de mayo de 1948. Desde esa fecha no queda ni policía ni militares británicos, ni ciertamente autoridad alguna de la ONU, pero sí habrá en Palestina, policía y ejército israelí. Con todas las tensiones ya sufridas, los rechazos, huelgas, represiones sangrientas (como la de 1936-1939 con diez mil palestinos matados), la ONU deja al zorro a cuidar a las gallinas…

Ni el presunto estado palestino ni la jurisdicción internacional jerosolimitana tendrán concreción.

Papel tutorial de EE.UU. en la Europa de posguerra y en los países “latinoamericanos”

Guatemala

Para Julio Castro, maestro e historiador, asesinado por la dictadura militar uruguaya (1973-1984), Jorge Ubico fue el dictador prototípico, el peor, si así puede medirse, que tuvo América  al sur del río Bravo durante todo el siglo XX.

Modernizó el país con obras de infraestructura y terror político y policial (aunque con fuerte apoyo social, bueno es tenerlo en cuenta, dándole al país su materialidad vigente: Palacio Nacional (del ejecutivo), el Legislativo, el de la Policía Nacional, todos palacios, como se ve. Entregó el país a la United Fruit, construía carreteras con “vagos”, es decir con cualquiera, y aplicó “ley de fugas” a disidentes…

En 1944, Ubico debe renunciar; como si sectores ahora significativos no aguantaran más tanta tiranía. Ante movilizaciones, otra presidencia fuerte pasa a ser ejercida por otro general, Federico Ponce Valdez. Fugazmente. Entre los apoyos militares que respaldan a este último, figura un capitán, Jacobo Arbenz.

Con la movilidad política no cuaja el estilo ni la continuidad del nuevo general-presidente y una movilización civil, unida a militares decepcionados del “nuevo curso” (que era tan idéntico al anterior de Ubico), entraron en desobediencia directa contra el gobierno. Algunos destacamentos o regimientos guatemaltecos todavía bajo las órdenes oficiales de Ponce, se “dieron vuelta” y el 20 de noviembre de 1944, sectores universitarios  y de las capas adineradas desconocen los mandos militares. Entre los que cuestionan al nuevo general está el ya mencionado  Arbenz, inicialmente de la constelación golpista. En noviembre de 1944 se vota y sale elegido Juan J. Arévalo.

Así como Ubico fue el hombre de los EE.UU. de Teddy Roosevelt, su garrote y su empresa United Fruit, Juan J. Arévalo fue el hombre de Franklin D. Roosevelt y su política de buena vecindad. Apostó a la educación y a una autonomía ante los tonos más cerriles del EE.UU.; trató de que la United Fruit no se llevara el 100% de las ganancias sino que dejara un porcentaje para el país del que se llevaban tanta riqueza. Era una demanda hasta amistosa con el Gran Hermano (aunque quebrándole la costumbre de “llevarse “todo”).

Observe el paciente lector que en “la aldea” centroamericana se produce una suavización del saqueo y el verticalismo tradicional así como en “el mundo” el fin de la 2GM produjo una dulcificación de los modos de dominación.  Nadie sería tan pueril para decir que se habían abolido, pero sí que habían cambiado las modalidades del dominio.

Así, Guatemala siguió ligada al Gran Hermano, en tanto que los sectores locales más recalcitrantes tildaban al país de comunista. El período “nacionalista”, basado en la política  “de buena vecindad”, con Arévalo, Arbenz, resultó demasiado para la política de coloniaje y saqueo directo de EE.UU. y en 1954 termina, con el desembarco de Castillo Armas, que con pocos cientos de mercenarios derriban y clausuran el paréntesis “democrático”.

Observemos que es en ese corto período, 1944-1954, que se crea UNSCOP, 1947.

Durante lo que llamamos  “paréntesis”, el país siguió siendo eurocéntrico,  aunque adueñado del “espíritu de época” dejó de negar toda importancia a lo indígena (Guatemala es, junto con Bolivia, los dos estados americanos que cuentan con mayoría absoluta indígena en el siglo XX).

Por su contextura sociopolítica, Guatemala era un candidato “excelente” para encarar el diferendo judeo-palestino. Es sugerido en la ONU y se designa representante a una de sus figuras mayores, Jorge García Granados (con genealogía presidencial) que no conoce un átimo de la cuestión judeo-palestina, como él mismo reconoce.[12]

Un claro exponente de la dependencia de Guatemala respecto del líder planetario en los ‘40 es la mismísima edición del libro recién mencionado, muy famoso en su momento, que Jorge García Granados redactó con motivo de su participación en UNSCOP. No hemos podido saber si su autor lo escribió directamente en inglés, pero su primera edición de cualquier modo fue hecha en EE.UU. y en inglés. A cargo de la casa editora Knopf, en Nueva York en 1948, bajo el título The Birth of Israel. Al año siguiente se edita en castellano, en Buenos Aires, a través de un ignoto sello, Ediciones Oriente, que aparece gestionado por una firma gerencial estadounidense. Se trata de una traducción directa del original inglés antes señalado. No deja de ser peculiar el trámite: indudablemente la edición y la geopolítica estadounidense tenían prioridad sobre otras pertenencias.

En su libro, JGG comenta el sinsentido que a alguien se le pueda ocurrir consultar a los aborígenes, a los indígenas, a los que mantienen un asentamiento inmemorial en una tierra, para definir a quién le corresponde… dicha tierra:

“[…] los árabes sostenían que Palestina fue cedida a la parte interesada: la población del país para ellos.[13] Pero el artículo 1 del Tratado de Lausana establecía la renuncia de los turcos a todos sus derechos. No existe ninguna referencia que sugiera la cesión en favor de los habitantes, ni en parte alguna se establece que ellos son la parte interesada; ni se especifica tampoco quién es la parte interesada.[…] en los principios generales del derecho internacional nos hallamos con que sólo los estados soberanos pueden ser sujetos en el derecho internacional [sic]. Los individuos y los pueblos que no gozan del estatuto legal de gobierno soberano sólo pueden ser objetos del derecho internacional.” [14]

Con verba jurídica impecable, ni Stalin, ni Churchill, ni Hitler podrían haberlo dicho mejor.

Los Arévalo, los Arbenz, los García Giménez podían discutir el saqueo de los empresarios (y los ejércitos yanquis) sobre las tierras centroamericanas, pero de ninguna manera plantearse de quiénes eran las tierras usurpadas por las empresas norteamerica-nas. “Ellos”, los titulares de la patria guatemalteca, se bastaban a sí mismos para decidir.

Y si así pensaban en América Central, en ese país con mayoría maya políticamente ignorada, ¿por qué iban a pensar de otro modo cuando son convocados al caso palestino-israelí? Al contrario, son convocados porque pensaban y actuaban como pensaban y actuaban, como piensan y actúan.

Guatemala hoy

Israel ha sabido retribuir aquellos favores. Cuando la represión arreció a principios de la década de los ’80 en América Central y países como Guatemala, Honduras, El Salvador tenían dictaduras directamente asesinas sustentadas en “asesoramiento” estadounidense, esa agresión, tan violatoria de los derechos humanos, fue encontrando resistencia dentro de EE.UU. cuyo gobierno finalmente tuvo que abandonar su “protección y asesoramiento” a esas dictaduras, delegando en regímenes de su confianza esa tarea. Fue la Argentina de los desaparecedores (dictadura Galtieri) y el colonialista Estado de Israel quienes tomaron la posta.[15] Hay así una liga ideológica entre Israel y Guatemala.

Y llegamos al día de hoy. Nos cuenta Jimmy [sic] Morales, el evangélico presidente actual de Guatemala, con motivo de la instalación de la embajada guatemalteca en Jerusalén, que han dado “un paso hacia el amor, la prosperidad, la paz”… Lo de prosperidad tiene un retintín menos espiritual que los otros anuncios. De cualquier modo, el remate de sus “buenos deseos” nos da una orientación precisa: “[…] y puedo afirmar que traerá un legado de enormes beneficios para nosotros”. No especifica el monto del legado, pero bien podríamos decir en este caso, sin temor a equivocarnos, en lugar del tradicional “Cherchez la femme”, un “Cherchez l’argent.” 

Un catedrático israelí, comentando esto de las instalaciones diplomáticas en Jerusalén, en particular la de Guatemala, que no se trata solamente de la tan invocada amistad guatemalteco-israelí sino de “su gran dependencia de EE. UU.”  Se agradece la franqueza, aunque era ya totalmente innecesaria.

[1]  Así lo resume James Burnham (La revolución de los directores, Editorial Sudamericana, Bs. As.,1967, originalmente The Managerial Revolution, 1941), analista del pasaje de la sociedad capitalista tradicional (que tuviera en el British Empire su árbitro mundial) a la corporativo-gerencial al estallar la 2GM: “Si miramos el mapa económico  indicando las ocupaciones de la humanidad de inmediato salta a la vista un hecho decisivo. La industrialización avanzada se concentra en tres regiones y sólo en tres, relativamente pequeñas: EE.UU. y en especial sus zonas nordeste y centroseptentrional; Europa, especialmente en la zona central norte (Alemania, Holanda, Bélgica, el norte de Francia, Inglaterra), y las islas del Japón, con parte del este de China, […] que el sistema político mundial cristalice en tres superestados [… no] implica necesariamente que esos tres superestados  sean EE.UU., Alemania y el Japón tales como hoy los conocemos.” 

Burnham describió ese estado de situación en 1940. En 1945, Japón y Alemania no eran los que habían sido, estaban devastados y ocupados por Los Aliados, básicamente por EE.UU. Que no sólo se había consolidado regionalmente, poniendo a su servicio al resto del continente americano sino que disponía del control militar e industrial de la Cuenca del Ruhr y del Extremo Oriente. Aquellos “tres superestados”, como la Santísima Trinidad, eran uno solo…

Está el incipiente poder industrial ruso-soviético que Burnham no mencionara. Pero este último, el único que no está bajo control estadounidense, dista mucho por sus dimensiones de poder competir o aminorar el dominio norteamericano mundial.

[2]  Datos extraídos de Richard P. Stevens, “South Africa, Zionism and Israel. Smuts and Weizman”, Israel & SouthAfrica. The progression of a Relationship, Richard Stevens & Abdelwahab Elmessiri (comp.), New World Press, N.Y., 1976.

[3]  Mark Mazower, No Enchanted Palace: The End of Empire and the Ideological Origins of the United Nations, cit. p. Ramos Tolosa, Jorge, ¿“Las Naciones Unidas no son nada”? Pablo de azcárate y el fracaso de la onu en palestina (1947-1952), Universidad de Valencia, Valencia, 2016.

[4]  Jorge Ramos Tolosa, ob. cit.

[5]  Biltmore, 1942. En la Conferencia declaran que Palestina debía constituirse como una “Commonwealth judía”. Significativa identificación con una experiencia colonial.

[6]  La presencia judía en EE.UU. era tan significativa que dio lugar a la elección de EE.UU. como aliado y protector, y a la vez a una fuerte oposición de eminentes judíos neoyorquinos antisionistas, entre ellos el dueño del Washington Post y el editor del New York Times, que fundan entonces la ACJ (American Council on Judaism) para oponerse al proyecto de crear un estado judío en Palestina. Su tesis era que lo judío, el judaísmo es una religión, no una política.

[7]  Ramos Tolosa, ob. cit.

[8]  Australia, Canadá, Checoeslovaquia, Guatemala, Holanda, Honduras, India, Perú, Suecia, Uruguay, Yugoeslavia.

[9]  Ibíd., p. 192.

[10]  “Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido que Inglaterra a los ingleses… es inhumano imponer a los árabes la aceptación de los judíos. Sería un crimen contra la humanidad someter a los orgullosos árabes con la finalidad que Palestina pueda ser restaurada como hogar nacional judío. […] Los judíos nacidos en Francia son franceses, en el mismo sentido que los cristianos nacidos en Francia son franceses. Si los judíos tienen como hogar sólo a Palestina, ¿les gustará la idea de ser forzados a abandonar las otras regiones del mundo en las que se han establecido? Harijan, India, nov. 1938.

[11] En 1953 recordemos que EE.UU. invade Irán, encarcela, previa humillación pública a Mossadegh y restaura en el trono a su chirolita el Sha quien se hará tristemente famoso por haber convertido a Irán en asiento de una de las más temibles policías políticas del planeta: la SAVAK.

[12]  Lo cual no le impide escribir un libro donde jamás logra distinguir los conceptos de judío y sionista; Así nació Israel.

[13]  Suponemos, no hay referencia, que alude a las promesas de Lawrence (de Arabia).

[14]  Así nació Israel, Biblioteca Oriente, Bs. As, 1949, p. 76.

[15]  Chomsky, Noam, La quinta libertad, Editorial Crítica, Barcelona, 1988, p. 250.

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Hambre y obesidad

por Luis E. Sabini Fernández

Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, 16 de octubre, que patrocina la FAO, esta red mundial perteneciente a la ONU ha hecho públicos los guarismos de hambre y obesidad mundiales: 811 millones de seres humanos y 665 millones, respectivamente.

Podríamos decir, que si antes teníamos un gran problema –el hambre− ahora tenemos dos.

En el penoso tema del hambre, se puede, en rigor es necesario, distinguir el hambre endémica, tradicional, que castigaba a todas las poblaciones humanas (y en general vivas) del hambre moderna, resultado de la interrrelación asimétrica entre sociedades y pueblos, lo que se conoce históricamente como colonialismo e imperialismo.

La primera hambre histórica tiene que ver con la escasez de nutrientes y la humanidad la ha ido resolviendo con sus piernas, en una primera y muy prolongada era, de migraciones, y con su propia inventiva, poco a poco, que le fue permitiendo reconocer alimentos saludables y facilitar su crecimiento; la agricultura y la cría de animales domésticos. Si el recurso de las piernas fue usado durante un millón de años, el de la cría de animales y cultivos no tiene más de diez mil años.

En ninguno de tales momentos, la obesidad fue un problema; al contrario; basta ver lo que nos ha permitido conocer la fotografía desde mediados del s. XIX, apenas desde hace 150 años, para advertir que los oriundos o establecidos de cualquier lado tenían cuerpos sin grasa, piernas musculosas.

La segunda variante del hambre, poco tiene que ver con la escasez y mucho con la rapacidad humana: el colonialismo fue un proceso mediante el cual un pueblo dominando se apropia de excedentes, o no tanto, de un pueblo dominado. Frances Moore Lappé,[1] una investigadora norteamericana, ha registrado que los años de mayor hambruna en la India a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, coinciden con los años de mejores cosechas. ¿Cómo es eso? Porque los años de cosechas excelentes eran los que aprovechaban los ingleses para cargar sus barcos y llevarse “a casa” tal producción.

Así que el hambre moderna tiene que ver mucho con el poder y la política. Veamos lo que pasa con la obesidad.

Lars Berg,[2] un estudioso sueco nos habla que el pasaje del mundo de las migraciones a la sedentarización significó una primera revolución alimentaria.

No hay empero un corte entre la sociedad más primitiva y la asentada, porque actividades como el cuidado de animales domésticos se va gestando en aquel mundo nómade, y por ese lado, el ingreso de lácteos y de carnes de animales domésticos en la dieta humana  estaba ya presente antes de la sedentarización y la agricultura.

De todos modos, lo que Berg caracteriza como primera revolución alimentaria es el pasaje de una dieta basada en la recolección de frutos, vegetales y animales, pesca y caza, a una alimentación más bien basada en cereales y lácteos (y carne, cada vez menos de caza y más de animales domésticos, domesticados).

Y Berg nos dice que con la modernidad a pleno, en el cambio de siglo del XIX a XX, y fundamentalmente en EE.UU., se produjo una segunda revolución alimentaria. Ya no regida por la escasez sino por la abundancia. Las dietas de los habitantes romanos, medievales y decimonónicos se parecían más entre sí que con la dieta que se va imponiendo en la modernidad tardía, american. Esta dieta, hoy día la nuestra, se caracteriza por disponer de mucha más grasas y azúcares.

Esos ingredientes, aclara Berg, son muy apetitosos. La gente se tienta más.  En EE.UU., para promover el consumo, para agrandar ganancias de los productores, se ha empleado la política; por ejemplo, se ha dispuesto el agrandamiento de  los diámetros de los platos a 30 cm, para dar “sitio” a porciones mayores.

Con esta “segunda revolución alimentaria” empezamos a comprender más fácilmente el origen de la obesidad moderna.

Pero ahora tenemos, como dijimos, dos problemas. ¿Por qué se nos suman, complicando un cuadro de por sí ya atroz?

Aquí entra en juego cada vez más clara y decisivamente la cuestión de la rentabilidad y la tecnología. La modernidad nos muestra que el capital se agranda y expande con el uso de tecnología. La tecnología usada al servicio de la rentabilidad. Se trata de producir alimentos rentables, no (necesariamente) sanos. Incluso más, si la tecnología produce alimentos insanos, pero de mayor rendimiento, ¡adelante! El criterio declarado será la salud, pero el practicado será la rentabilidad.

Si los aditivos que prolongan la durabilidad de un alimento, son tóxicos, se usarán igual. Si los empaques que se usan para transportar alimentos para extender su alcance, son tóxicos, se usarán igual. Si los ingredientes que se agregan a un alimento para facilitar determinados procesos (de estiba, de conservación, de apariencia de frescura) son tóxicos, se usarán igual, si mejoran la rentabilidad.

¿Cómo es eso posible, admisible? Desde hace décadas lo conocemos: mediante la asignación de “límites de seguridad”. Si el veneno es chiquitito, se podrá usar, hasta determinado límite.

Claro que nuestros cuerpos van a ir recibiendo pequeñísimas magnitudes de cada tóxico, pero una cantidad inimaginable de veces y tóxicos en todos y cada uno de nuestros alimentos.

Esa sinergia no se mide. Ahí está una al menos de las trampas que le permite a cada industrializador de alimentos mantener su conciencia tranquila y sobre todo, no sentirse un delincuente, que es la tipificación de cualquier ser humano dedicado a intoxicar a otros.

¿Qué está pasando en nuestras sociedades (un proceso que con diferente intensidad y tiempos distintos abarca a todo el planeta)? En primer lugar, un proceso que hemos llamado de campesinicidio. La eliminación progresiva de quienes están dedicados a la producción rural en unidades pequeñas. Y su sustitución por la agroindustria que en nuestro país se atribuye la calidad de “agricultura inteligente”, una forma elegante de decir que la cultura campesina es de imbéciles.

Aunque justamente la agricultura de los pequeños cultivadores y granjeros da lugar a la producción de alimentos con menos agregados químicos, y es la agroindustria −que se considera “inteligente”− la que se ha “casado” con los desarrollos tecnológicos de mayor avanzada, valida de una enorme batería de productos químicos, que cada vez más, está imposibilitando una alimentación sana. Porque lo que los progresistas creen “parte de la solución” ha resultado también parte del problema. Porque se ha tratado de un desarrollo tecnológico movido por la rentabilidad y no, por ejemplo, por la salud planetaria.

La expansión desenfrenada de la agroindustria, que nuestros políticos progresistas ven natural y positiva, es la que nos está dando alimentos cada vez más problemáticos, pero eso sí, con abundancia de grasas y azúcares. Lo que los dietólogos denominan “comida chatarra” y, podríamos agregar, el “mundillo de las golosinas”.

El avance de comida con enorme peso de productos químicos, de cultivos transgénicos, de uso cada vez mayor de plaguicidas y fertilizantes, ha ido generando una cultura de la góndola, y quebrando la cultura de lo artesanal (maduraciones y desecados, por ejemplo, naturales, en lugar de procesos estimulados y ayudados con aditivos y “maravillas” tecnológicas).

En muchas familias de origen rural es fácil rastrear ese proceso: cuando muere quien hacía los dulces caseros, los embutidos caseros, los encurtidos, las pasas de frutas y verduras, el secado de hongos, quienes han vivido en esa familia, si son jóvenes, suelen abandonar todo ese trajinar y pasan a comprar, a buscar en la góndola “lo mismo”. El detalle es que lo que ofrece la agroindustria y los grandes consorcios transnacionales dedicados a la alimentación, no es lo mismo.

El abuelo hacía en casa pan fresco. Dos días después, hacía otra vez pan fresco. Grandes transnacionales te ofrecen “pan fresco” todos los días, elaborado hace semanas o meses… ¿cómo pan fresco? Porque no es pan fresco, pero parece. Está igualmente tierno, ¿entonces? ¿Magia? No,  aditivos. ¿Saludables? No tanto, pero es legal, porque está por debajo de los límites de seguridad que las autoridades bromatológicas han establecido.

¿Pero entonces, ¿es tan saludable?

A la obesidad me remito. Para abrir siquiera una discusión celosamente escamoteada por reformistas, progresistas y tantos titulares de la fraseología burocrática de  organizaciones tipo FAO, que en cada encuentro mundial parecen haber descubierto la piedra filosofal de la cuestión alimentaria que tendrán que sustituir en un próximo encuentro…

[1]  Frances Moore Lappé, L’industrie de la faim, Éditions L’etincelle, Quebec, Canadá, 1978.

[2]  Lars Berg, “El estómago, los alimentos y el poder”, futuros, no 6, Río de la Plata, 2004.

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SER Y NO SER DEL SOCIALISMOQ

por Luis E. Sabini Fernández

Estamos a un siglo del  cambio político que dio lugar a la Unión Soviética, para muchos  –y sobre todo en la llamada izquierda− a la instauración del socialismo en el planeta.

Parece fecha propicia para reexaminar una cuestión que ha sido abordada reiteradamente, aunque en general sin mayores resultados; ya veremos que la iconografía socialista es pertinaz (lo cual, por otra parte, no tiene porqué ser un defecto).

El socialismo ha sido una de las principales corrientes de pensamiento de la modernidad. Tras el Renacimiento y el acceso a todos los océanos por parte de la  navegación de origen europeo, el mundo cambia.

La globalización, el sistema de intercomunicación humana que nos dejara a las puertas de esa modernidad, en los siglos XIV y XV tenía como Mare Nostrum, el viejo mar de los romanos; el Mediterráneo, entre África y Europa. En sus costas estaban los principales centros culturales y comerciales de lo que ahora llamamos el Mundo Antiguo, que se denominaba el Poniente, o en árabe el Magreb. Hacia el Asia, entonces, estaba el Levante, el Masriq árabe, las Célebes,  el Mar de China.

Así, las bibliotecas de Alejandría en Egipto y la de Timbuctú en el actual Mali constituían centros de irradiación cultural, al que concurrían los intelectuales de la época. Por su parte, Gaza (actual Palestina), Fenicia (actual Líbano) eran nexos, portuarios, entre el Levante y el Poniente.

Con el arribo de la Corona Española a Abya Yala, en 1492, y la consiguiente toma de posesión que lleva a cabo Colón, asombrado de lo fácilmente esclavizables que son sus habitantes ─lo cual nos dice mucho sobre la mirada europea─, se va configurando una nueva globalización, ahora con el Atlántico Norte como nuevo Mare Nostrum.

En el nuevo eje Viejo Mundo-Nuevo Mundo, África es subalternizada, y Asia dejada a un lado.

Aquellas universidades que se habían ido forjando en Europa desde los siglos XII y XIII con un pensamiento cada vez menos teológico, iban dando lugar a un pensamiento civil y laico. La primera, la de Bologna, en el siglo XII y las de París, Oxford, Montpellier, Cambridge, Salamanca, Padua, Nápoles. Toulouse, Orleans, Siena, Valladolid y Lisboa en el siglo XIII, irán cambiando el eje de las preocupaciones intelectuales e ideológicas, alejándonos del pensamiento teocrático y acercándonos al abordaje de la realidad y la sociedad, el mundo de los vivos y carnales.[1]

Con el Renacimiento, la Ilustración, los enciclopedistas y el enorme empujón material que significa el aprovechamiento de las riquezas del Nuevo Continente, junto a una navegación que se independiza de las costas, se va configurando  una actualización de la actividad intelectual, reconociendo e incorporando los avances científicos, en astronomía, física, química, biología, antropología, arqueología, medicina.

Los descubrimientos geográficos, gestan  nuevos intereses en crónicas de viajes que van a su vez ampliando el conocimiento de las nuevas realidades sociales; en tales relatos se despliegan diversos planes o sueños de nuevas sociedades; en 1516 Thomas Moro, teólogo,  crea Utopía y en 1602 tenemos a Tommaso Campanella, monje domínico,  creando su Ciudad del Sol.

Se va socializando un ansia de vida diferente; lo que genéricamente conocemos como socialismo utópico ─del cual son ejemplos  pioneros los relatos de Moro y Campanella─ irá configurando la cuestión política cada vez con mayor fuerza. Un rasgo común a esos sueños o ensueños sociales es un acentuadísimo autoritarismo; “liberar” al género humano será visualizado como el reino de lo exacto, el control absoluto, las decisiones objetivas, la regimentación total de la vida cotidiana.[2]

Así llegamos al s XIX. Para entonces, los planteos y aportes de Karl Marx resultan protagónicos dentro de las corrientes socialistas, en medio de un multitud de variantes, algunas incluso muy enfrentadas con los desarrollos marxianos o marxistas, como es el caso, sin ser las únicas, de las corrientes ácratas o antiautoritarias.[3]

El aporte de Marx, enfrentado al socialismo utópico, fue una nueva mirada sobre el acontecer social; las transformaciones sociales no son fruto de la voluntad de políticos, magnates o reyes; Marx fue contundente en explicar que existen causas ajenas a la voluntad que modifican y transforman las sociedades.

Después de Marx ya no se pudo insistir en el voluntarismo para las modificaciones políticas y sociales (aunque se siguió insistiendo), algo que había caracterizado a los socialistas utópicos pero no sólo a ellos. El aprender a ver, el tratar de analizar causas objetivas es su aporte fundacional para otra forma de entender la realidad y sus transformaciones. Pero Marx dio otro paso; algo habitual cuando se siente haber alcanzado una verdad fuerte, nueva; no limitarse al análisis de la realidad presente, sino inferir científicamente “el camino” que la sociedad habrá de tomar, según esas legalidades “independientes de la voluntad”. Por ello, con la audacia propia del pionero tachó a su diseño político de “socialismo científico”; una denominación que iba a tener fuerte impronta en un momento en que los desarrollos científicos estaban tomando enorme vuelo.

El abordaje que hizo Marx colocó en un mundo por venir la realización de las transformaciones socialistas.

A diferencia del debate político entonces existente en que se analizaba el pasado para entender el presente, Marx (y Engels) se plantean analizar, criticar y entender el pasado para conocer (inferir) lo futuro, lo que no existía entonces. Lo que otorgaba a esos “conocedores” un papel mucho más trascendente que el mero conocer; la undécima tesis contra Feuerbach, aun al margen de la dimensión temporal, apunta a una pretensión más incisiva: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

Junto entonces con la idea de un compromiso total con la transformación de la sociedad, todo fundido en un magma único −realidad, conocimiento de la realidad, protagonistas−, el pensamiento moderno –marxismo, positivismo− introdujo la idea de cognoscibilidad de lo futuro. Algo que desde el universo burgués, en ascenso, tuvo buena acogida.

Vale decir que en tiempos modernos, posmedievales y posrenacentistas, adueñarse de lo por venir empezó a ser concebible, deseable, sentido al alcance del discernimiento humano y tal aspiración se hizo común entre pensadores tanto burgueses como antiburgueses (tratando de ser fiel al espíritu de Marx, habría que decir posburgueses, puesto que Marx siempre apoyó el desarrollo burgués, sólo que no aceptó quedarse en él como el non plus ultra, característico de los intelectuales del novel capitalismo, como habría sido el caso de su maestro, G. W. F. Hegel).

La lucha de pobres contra ricos, por ejemplo, tan característica de tiempos medievales, perdía validez a ojos de Marx; ahora había que asumir, aceptar, propender que el rico fuera más rico para mejor desarrollar a su “enterrador”; el proletariado.

 

El conocimiento de lo futuro

La dimensión de futuro había sido aceptada hasta ahora, únicamente desde la magia, la cábala, la astrología. O en todo caso, “captada” desde lo mítico.

Pero Marx trajo la dimensión futura al más acá, a nuestro mundo. Consideró que había inteligido procesos, momentos, y que el desarrollo burgués, que provenía históricamente del medioevo, iba a desembocar, ineluctablemente, en el socialismo.

Esos momentos históricos se vehiculizaban con respectivas clases sociales y así como atribuyó el ascenso capitalista por sobre las viejas sociedades agrarias a los burgueses, análogamente atribuyó al proletariado el protagonismo de esa nueva, entrevista sociedad; la socialista.

En pleno siglo XX, el historiador suizo Bernhard Gröthuysen hizo un jugoso análisis del ascenso burgués en Francia, en los siglos XVII y XVIII. Que a mi modo de ver inhabilita toda la construcción histórica, marxiana o marxista, de secuencia aristocracia-burguesía-proletariado (que tanto se propagó en manuales de divulgación marxista militante como asumido por la intelectualidad socialista en general).

Gröthuysen se dedicó a analizar los sermones de los púlpitos de las parroquias provinciales francesas de esa época y advirtió ciertas legalidades: los sacerdotes estaban a menudo inquietos por la presencia, mejor dicho la ausencia, de unos vecinos que “olvidaban” los deberes religiosos… por trabajar. Eran señores, cristianos, pero tibios, que en lugar de cazar y dedicarse a las armas (como la aristocracia) o a la vida ultraterrena (como el clero), centraban su actividad en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres; el trabajo.

Allí estaban estos anómalos, con sus aparatos, de mensura, de óptica, de relojería…

Eran el núcleo burgués que se estaba configurando. No eran los aristócratas que vivían de sus heredades. O al menos, no solamente de ellas. Estaban gestando nuevos comportamientos. Pasado el tiempo, la banca, el comercio y las nuevas ramas técnicas generaron nuevas capas dirigentes que finalmente sustituyeron a la aristocracia… y en buena medida al clero.

Este ascenso burgués poco y nada tiene que ver con las profecías del ascenso socialista. Mediante la política. Porque lo que rastrea Gröthuysen no es un cambio político y masivo de una clase por otra; es más bien el surgimiento desde adentro de un nuevo tejido social y material dentro del viejo y carcomido, en vías de caducidad…

Sin embargo, la espera del socialismo a lo largo de todo el siglo XIX fue ganando terreno. Su advenimiento ─ése solía ser uno de los calificativos más usuales─ denotaba el carácter religioso, bíblico, de tales expectativas. Pero imaginado desde cambios más bien rotundos en las clases. Y materiales. No es raro; generalmente lo nuevo y lo viejo se entretejen y a menudo se hace difícil discernir lo nuevo dentro de lo viejo.

Pero lo decisivo de la investigación de Gröthuysen  es la diferencia radical  entre el surgimiento registrado por él y el advenimiento imaginado por la militancia socialista.

Tantas fueron las ansias depositadas en “el mundo nuevo” que cada episodio más o menos significativo fue entrevisto como el dichoso advenimiento. Así, la Comuna de París de 1871, después del ensayo general de la comuna de la misma ciudad en 1848, se sobreentendió como plasmación del proyecto socialista que significativamente se calificó como “primer asalto al cielo” (volvemos al mito redentor, propio de la religión en este caso cristiana o, mejor dicho, judeocristiana…).

La creencia en el advenimiento del socialismo se fue extendiendo por las sociedades europeas de finales del s XIX y principios del s XX a tal punto que intelectuales reaccionarios y antisocialistas compartían dicho visión (sólo que lamentándolo y no ansiándolo como los “socialistas”).

No es por lo tanto extraño que el enorme cimbronazo político que acabó con el zarismo en febrero de 1917, con el establecimiento de un gobierno “moderno”, antimonárquico, partidario de una actualización política democrática, que tuviera un andar agónico, incapaz de satisfacer las demandas populares, que incluían reclamos obreros como la ley de 8 horas, pero sobre todo, alimentos; enfrentar el problema del hambre cada vez más generalizada, que semejante gobierno pretendiera como finalidad, el socialismo.

Se podría decir que casi todo 1917 (febrero a octubre) fue el de una Rusia ya no imperial, pero carente de firmeza para seguir una política satisfactoria para masas cada vez más hambrientas y crecientemente conscientes de sus derechos.

Y en octubre [4] de ese año, propiamente revolucionario, tuvo lugar una suerte de golpe de estado (Lenin diciéndole a sus camaradas: ‘un día antes puede ser prematuro y fallido, un día después, resultar demasiado tarde’) donde los bolcheviques se hacen cargo de los principales resortes del estado ruso y del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional, casi sin disparar un tiro.

Los bolcheviques avanzan inmediatamente suprimiendo instancias democráticas, como el Parlamento ruso, la Duma, donde los socialistas revolucionarios de izquierda tenían la mayor bancada, que ideológicamente se identificaba con el campesinado ruso en tanto los bolcheviques, con su impronta marxista, creían encarnar al proletariado y se sentían totalmente alejados del universo campesino (esa impronta perdurará durante las siete décadas de gobierno “comunista” soviético…).

Así que una vez más, como en 1871, un sacudón social fue interpretado como  advenimiento del socialismo; el cumplimiento à la lettre de la profecía de Marx.

Tanto es así, que pasados los setenta y tantos días de la toma de poder bolchevique, Lenin, pese a su habitual severidad, bailará conmemorando que ya habían sobrepasado los “días que había durado la Comuna” sin haber sido derribados… el ‘segundo asalto al cielo’ parecía mejor encaminado…

Y así, se sobreentendió que lo que se había instaurado en Rusia, con el golpe de mano bolchevique era un gobierno socialista. Y prácticamente la humanidad empezó a contar los días de la “Revolución Rusa” como pertenecientes al nuevo mundo socialista.

Es increíble con qué facilidad se puede generalizar, planetariamente, una confusión, un enredo semántico, una “verdad”…

Sin embargo, y más allá de toda fraseología revolucionaria, lo que se fue instaurando en Rusia ya con los zares decapitados, fue un régimen de creciente dureza y control social, no de obreros y campesinos, ni siquiera de obreros y soldados, sino de una dirección supremacista, que no admitía críticas ni diferencias, con el carácter inflexible de un Calvino, un Robespierre en acción, con la rigidez mental de las utopías archiautoritarias.

Con una pretensión totalitaria de enorme fuerza. Panait Istrati, indio, una visita pionera a la URSS a principios de los ’20, testimoniará la furia obsesiva de las primeras autoridades soviéticas de “registrarlo todo”, medirlo todo; los humanos, las vacas, pero también los árboles, ¡las lombrices! Con el presupuesto cientificista de que llegarían a soluciones “perfectas” teniendo todos los elementos a disposición. Algo que abonaba la idea de “mecanismo”.

Esos “datos” vendrían bien para los personajes “cientificistas” que ridiculizaba Gustave Flaubert en pleno siglo XIX −Bouvard y Pécuchet−, pero aquella “fiebre” a caballo del “socialismo científico” seguirá conformando la idea de lo por venir −embretándonos−ya bastante entrado el siglo XX…

 

El concepto de temporalidad en el socialismo

La experiencia histórica de los llamados estados socialistas, plantea una problemática filosófica que nos obliga a observar los conceptos propios de la temporalidad.

Todo el edificio soviético y las ampliaciones socialistas consiguientes se basan o se basaron en lo podríamos llamar la ‘profecía del socialismo científico’.

En política, en nuestras sociedades y vidas, colectivas y particulares, la cognoscibilidad de lo futuro no existe. Y su pretensión no nos guía a mayor conocimiento sino a mayor desnorteo.

Fueron el positivismo y el marxismo, sus teorías del conocimiento, las que introdujeron cierta equidistancia, una simetría dentro de lo temporal entre pasado y futuro.

Hace un siglo, los cursos de idioma castellano, al menos en España, enseñaban los artículos gramaticales de un modo altamente significativo en esta cuestión de la temporalidad, y con un enorme valor filosófico: se hablaba de el pasado y lo futuro. Justamente rompiendo toda “equivalencia” temporal, toda pretensión de tratamiento comparable. El pasado fue. Objetiva y categóricamente. Nuestra dificultad en todo caso consiste en asirlo, conocerlo. Por eso la complejidad de la labor de historiadores y todas sus ramas y actividades conexas. Por su extraordinaria diversidad, podríamos incluso sostener que el pasado es inabarcable y su conocimiento siempre perfectible.

De lo futuro, nada podemos inferir, registrar; en todo caso, abrir hipótesis, a veces muy fuertes. Pero aun en tales casos, es más que frecuente que “la liebre salte por donde menos se piensa”. Es un dicho popular, llano, de conocimiento empírico, pero no por ello menos sabio.

Pasado el auge filosófico del positivismo y el marxismo, desde fines del s XX se va fortaleciendo la conciencia de lo que designamos la incognoscibilidad de lo futuro; hay más y más filósofos que adscriben a esa idea, a tal punto que podríamos decir que, culturalmente ya pertenece a nuestro presente. Pienso en referentes culturales del peso del recientemente fallecido Zygmunt Bauman, por ejemplo, o Ernest Garcia, filósofo catalán, Ivonne Gebara, monja y filósofa brasileña, y hasta Joaquín Miras, que aun marxista sostiene, como los antes mencionados,  el carácter incognoscible de lo por venir.

Como que ya no es el tiempo de las “etapas” que “nos” iban a conducir para desembocar en el socialismo; pienso en Pléjanov, en Lenin, Lefebvre… y tantos otros marxólogos y diamatistas. Ese tiempo, con el horizonte socialista “a la vista”, ha sido, culturalmente, borrado. Enhorabuena.

 

URSS

Tempranas visitas, como las de Fernando de los Ríos, socialista burgués y de Ángel Pestaña, anarcosindicalista, en 1919, españoles invitados para ir gestando una nueva Internacional diferenciada de la Segunda [5] mostraron que era idiota hablar de ‘control obrero de la revolución’ cuando lo visible y evidente era el control sobre los obreros…                                 

Las manifestaciones opositoras fueron siendo ahogadas mediante la represión directa de la policía política (Tcheka o Cheka). Viktor Serge, un bolchevique, exanarquista, que curiosamente no adoptó el comportamiento del recién llegado y conservó el carácter díscolo, que probablemente tuviera en tiempos ácratas, recordará que la última manifestación política callejera, con críticas públicas al gobierno bolchevique, será el entierro de Piotr Kropotkin, octogenario, figura pública, geógrafo, zoólogo, anarquista, a principios de febrero de 1921. Se trató de una clara manifestación política bajo la forma de procesión portando un féretro, que agrupó, en lo más fiero del invierno, a decenas de miles de manifestantes (algunos estiman centenares de miles). De los anarquistas encarcelados, que ya se contaban por centenares, el gobierno bolchevique, para bajar la presión, autorizó concurrir al entierro a un puñado, menos de una veintena, mediante una excarcelación de 24 hs. Todo el acto; manifestación de hecho, entierro, estuvo vigilado por la Cheka. Al fin del día los anarquistas liberados serán reingresados a las prisiones de las cuales saldrá al exilio una exigua cantidad (algunos serán matados abiertamente y la mayoría conocerá la condición de desaparecidos…). Al mismo Kropotkin, el gobierno le rindió mínimos honores por sus trabajos como climatólogo, zoólogo[6] y hasta  prometió el nombre de una calle, pero se negó a reconocer su actuación política, crítica.[7]

En marzo de 1921, tendrá lugar la represión masiva, militar, a la rebelión del soviet de campesinos y soldados de Kronstadt, ciudad-fortaleza, al fondo del Golfo de Botnia, que se insurreccionaron para alcanzar “la Tercera Revolución” (secuenciando febrero como primera y el segundo semestre de 1917 como segunda).

 “─Mátenlos como conejos” dirá entonces el comandante en jefe del ya constituido Ejército Rojo, Lev Trotski. El ahogo de dicha desobediencia costará la vida de unos cincuenta mil insurrectos, refractarios y rebeldes.

El engendro soviético que tantos socialistas confundieron con la llegada del socialismo a la Tierra irá cosechando una pesadilla colectiva que fue anunciada permanentemente por militantes que  iban de visita, a menudo ilusionados, pero que no estaban de antemano comprometidos con privilegios de diversa índole (becas, obsequios, viajes) o por quienes se animaban a analizar esa “edificación social” sin anteojeras.

La lista de objetores y desengañados es enorme (pero sin duda la de adictos e incondicionales fue, por décadas, mucho mayor). Aparte del puñado ya nombrado, mencionemos algunos pocos más cuyos nombres nos han alcanzado: V. Volin, B. Suvarin, P. Archinoff, J. Majaiski, B. Rizzi, A. Gide, entre los que revelaron verdades en la década del ’20 y aun antes. Y en la del ’30, A. Ciliga, K. Korsch, C. Berneri… El goteo continuará década a década; V. Kravchenko, V. González, hasta enterarnos −Stalin extinto−, de las principales obras de Alexander Solzhenitsyn, ésas sí muy difundidas en Occidente por el bien provisto campo anticomunista pro-occidental, por geopolítica, no por respeto a la verdad.

En los ’70, ya no estaban, muchos matados, los críticos del 17 y los de la generación revolucionaria de la década del ’20. En un pasado más reciente −nuestro presente para los veteranos actuales−, la URSS internaba en psiquiátricos a disidentes y refractarios al sistema soviético. Así se había modernizado, actualizado, “suavizado”, el sistema represivo que procuraba ahora simular su regulación total(itaria). Fruto posestalinista, la modernización escondía el ritmo terrorista de cárceles, internaciones concentracionarias y juicios sumarísimos para internación psiquiátrica.

Habiendo alcanzado el paraíso proletario o estando a punto de lograrlo, o mejor dicho, haciendo como si estuvieran a punto de, repitiendo mutatis mutandis las bambalinas de Potemkin, los dirigentes soviéticos no podían entender, o por mero afán de conservación de privilegios, aceptar, que alguien se rebelara ante el ordenamiento (llamado) socialista. Si alguien tenía tales planteos era porque estaba sencillamente loco.

Así, fueron internados en psiquiátricos algunos de los llamados disidentes, como Andrei Siniavski –el extraordinario analista, pulverizador del realismo socialista. En 1978, por ejemplo, es finalmente expulsado de la URSS un exinternado psiquiátrico, Piotr Bukovsvki, acogido en el país que también a mí me había aceptado como “refugiado político”; Suecia.

Bukovski, que estaba todo menos loco, vaticina en su presentación en su país de acogida, la inviabilidad a largo plazo de la URSS, explica sus trabazones internas, el estado anímico de la población, el papel devastador de la burocracia soviética y por todo ello vaticina que no puede durar más de seis años.

Imagino que muy pocos de los que lo escuchamos puedan haber aceptado, acordado, con semejante vaticinio. Bukovski jugaba con la fecha de Orwell, 1984. Sin embargo, muy poco tiempo después empecé a entender la justeza de su vaticinio. Por cierto que erró la fecha, pero si pensamos en las siete largas décadas del régimen soviético, que el mismo haya implosionado en 1991 y no en el pronosticado 1984 es apenas una minucia de siete años (y aun menos, porque el derribo del Muro de Berlín, en 1989, ya prefiguraba todo el desenlace).

El colapso soviético no significó la desaparición lisa y llana del llamado, mal llamado, “mundo socialista”. En esa década y en el resto del siglo XX, vimos regímenes socialistas como el albanés, el cubano, el norcoreano, el vietnamita, el intento moldavo, los proyectos bolivarianos. Y Cuba. Entrando ya en el siglo XXI, son muy pocas las formaciones estatales que se proclaman socialistas. Y cada vez a más distancia de lo que se denominara “socialismo real”.

 

Tirando el bebito con el agua sucia

Hecho este sucinto itinerario por los estados socialistas, entendemos fundamental diferenciar esa acepción de socialista, atada a los estados que se proclamaran tales, de otra que se atenga a diferenciar la propiedad privada  de los medios de producción, por ejemplo, de la producción colectiva o social de esos mismos medios. El sentido del socialismo estriba en negar el sentido de la propiedad privada para entender los procesos materiales, biológicos, económicos y hoy diríamos ecológicos. ¿Se puede pretender, que tenga sentido la propiedad privada de la tierra, el agua, el aire? Y yendo incluso a aspectos más parciales, ¿se puede entender, aceptar circunscribir a la propiedad privada áreas como las de la salud o la atención de los pequeñuelos y los discapacitados?

La que entró definitivamente en crisis, entendemos, es la idea de socialismo anclada en el  conocido “campo socialista”,  países socialistas. Pero eso no inhabilita hacer una crítica radical, socialista, a la idea de propiedad privada.

Porque ya sabemos que la propiedad socialista estatal es abusiva. Pero ya sabemos que la propiedad privada es también abusiva.

 

¿Socialismo o socialismo?

¿Podríamos decir que “el mundo ha vivido equivocado”? Es aterrador, puede resultar presuntuoso proponerlo. Sin embargo, la humanidad ha vivido a menudo, en grandes porciones de la especie, de ese modo. Las creencias en el alma, en el infierno, en el dominio viril, varonil o masculino, han sido “ideas” compartidas por una mayoría, a menudo aplastante en amplios sectores de la humanidad. Sin embargo, cada vez nos suenan más falsas.

El socialismo fue una idea motriz de enorme propagación y trascendencia que se basa en una verdad de a puño, que ya hemos abordado: la propiedad privada daña el ambiente, la naturaleza y por consiguiente a todos nosotros. Pero la dura experiencia nos ha señalado que la propiedad colectiva, comunal, comunitaria, pública ─elíjase la preferida─ también daña al ambiente, a la naturaleza y, transitivamente, a nosotros mismos.

¿Qué recursos tenemos los humanos para distinguir verdad y falsedad, justicia e injusticia, olvido y memoria, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la libertad y el terror?

Lo más escalofriante del experimento soviético no es solo haberle atribuido un carácter ideológico pre-determinado sino que, durante décadas, en la humanidad hubo un gran contingente de población ─los comunistas─ convencido que allí se había instaurado el mejor de los mundos y aunque millones de tales cultores jamás pisaron los territorios “emancipados” constituyendo así un fenómeno de pura creencia, hubo sí varios, miles a lo largo de los años, y desde los más diversos rincones del planeta, que visitaron y convivieron con el universo soviético y testimoniaron convencidos que ése era el mejor mundo posible o al menos el camino hacia ese mundo. Aunque hubo quienes vivieron ese universo, o lo conocieron, y estaban exactamente convencidos de lo contrario.

En esa segunda humanidad, renuente al “logro revolucionario”, tenemos que distinguir entre quienes rechazan el experimento soviético luego de haber participado en él directamente, a veces como sostenedores, a veces como convivientes; población rusa, por ejemplo, o sindicalistas y socialdemócratas o luchadores antizaristas; gente como el ya citado Anton Ciliga, croata, con su formidable alegato El País del silencio y la gran mentira. Y quienes también repudiarán la URSS a partir de la propaganda anticomunista que desde Occidente y en particular, luego de 1945, desde usinas de poder en EE.UU. y Europa Occidental descargarán furibundas críticas anticomunistas. Estos segundos fueron en general reclutados por los aparatos ideológicos “occidentales”, como el Congreso por la Libertad de la Cultura, y su crítica al “campo socialista” aun, cuando llegaban a emplear buenos argumentos, obedecía a una estrategia de enfrentamiento del capital cada vez más mundializado contra un competidor, supuestamente anómalo.

Eran otros “cretinos útiles” tan penosamente idiotas como los que fabricara la maquina propagandística soviética. Una cosa es Ciliga; otra Commentary.

El capitalismo mundializado trató de unificar la oposición a la URSS. Pero los que conocieron 1917, los que pasaron por la experiencia traumática de Ucrania dividida en cuatro sectores político-militares (bolcheviques, machnovistas, petlurianos y zaristas, al menos entre 1917 y 1921), enfrentados entre sí, los que procesaron el levantamiento rebelde de Kronstadt en 1921 por la “Tercera Revolución socialista”, contra el viejo régimen y contra los bolcheviques; los que conocerán las prisiones que le hará decir a Ciliga que en 1930 los únicos lugares con debate político dentro de la URSS eran las cárceles, puesto que la vida social, económica, política de la URSS, estaba ahogada en terror, nada tienen que ver con el anticomunismo pos 2GM.

Cuento una cortísima anécdota personal para ver si puedo traslucir el grado de abyección en que se fue cayendo, tal vez lentamente.

Comienzos de la década de los ’80, reinado de las dictaduras militares occidentalistas en el Cono Sur americano. Mi situación entonces era la de refugiado político en Suecia.  Europa era “chica” para nuestras medidas geopolíticas, y el nivel de ingresos generoso mirado con ojos rioplatenses.

Fui a conocer París. Algo que en los cuarenta largos años previos ni siquiera había estado en agenda. Allí residía una uruguaya hermana de un gran amigo. Refugiada política ella también. Fui a visitarla y resultó en pareja con un joven, también uruguayo y comunista como ella. Lo más llamativo para mí era que el consorte era un “rentado” .

Conocía y bastante concienzudamente  el penoso y cómplice papel del PCU con los militares, torturadores, aunque la jerga partidaria los considerara “patrióticos”. Ese conocimiento  estaba, para mejor, reforzado con el penosísimo y vergonzante papel que el PCA había tenido ante la dictadura militar argentina, en 1976 (antes y después). Tuve varios episodios, por mano propia, sobre todo en el universo carcelario, donde la política estaba mucho más explícita (como contara Anton Ciliga de las cárceles soviéticas de las décadas del ’20 y ’30).

En París, entonces, nos saludamos, nos presentamos y entramos a hablar de política. En las primeras de cambio, le confesé al funcionario que tenía una duda, que quería saber cómo se planteaba él, y podríamos decir hoy el PC(U), frente a la terrible realidad de la actividad concentracionaria soviética, el papel y el destino de los que habían ido a parar “a los campos”, de su vigencia, si persistían o si eran historia.

Era una pregunta que, hasta 1956 e incluso alguna década después, habría sido contestada con un arrebatado: −¡sos un agente de la CIA! o –¡sos un provocador!, ¿quién dirige tu voz de chirolita? Pero con el posestalinismo y cierto pesado aprendizaje democrático à la occidental, también podría haber sobrevenido un: “−Terrible problema que sufrió la URSS a causa del estalinismo; pero hemos aprendido que fue un error gravísimo, un horror inaceptable, y al día de hoy se han desmantelado todos los campos [no es de estilo seguir llamándolos de concentración].”

Tales eran las respuestas que esperaba según fuera más o menos eurocomunista, y pensaba como más probable la segunda estando “refugiados” en Europa… El rentado contesta: “─No te puedo decir, nada, es un tema que no conozco, no tengo la menor idea…

A lo que no tuve más remedio que contestarle: ─Entonces no tenemos mucho más que hablar. Porque te hice un pregunta medular y vos estás profesionalmente integrado a la organización responsable de semejantes comportamientos, de millones de seres humanos que me temo fueron masacrados por esa maquinaria ideológica que me decís que no conocés. No tengo idea cómo compaginás tu carácter de rentado con semejante prescindencia. Pero es cosa tuya. Pero entonces, no tenemos nada más que hablar.

Me levanté, y me fui. Contrariado por su total indiferencia, irresponsabilidad, aparatismo… la facilidad que tenemos los seres humanos para proteger hasta los comportamientos más miserables, crueles, atroces, si contamos con una coartada, un amparo, un taparrabos ideológico que apenas guarde nuestras “vergüenzas”….

 

Y esto es lo peor del siglo XX socialista. El desprecio por la verdad  y la dignidad de nuestras vidas. Tal vez algo peor; nuestra aquiescencia, nuestra indiferencia. El abuso y cierta comodidad generalizada.[8]

Para remate, tanto el nazismo como el sionismo han  invocado el socialismo en sus banderas… y el cuidado de sus prójimos.

Qué es lo nuestro, qué vamos a cuidar para no dañarnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos…

La propiedad común respeta continuos naturales y culturales, pero no parece fácil ni seguro empeñarnos en esa senda.

Y de todos modos, los planteos ecologistas, gaianos, nos llevan a desconfiar radicalmente de la propiedad privada. Lynn White, Frederick Soddy, Andrew Kimbrall, Nicholas Georgescu-Roegen, Rachel Carson, Lars Berg, Joan Martínez Allier, Dahr Jamail nos llevan, nos señalan, si todavía queremos conservar el nombre, otro socialismo.

 

[1]  Interesante anotar que la primera universidad noruega, país del primerísimo mundo, data del s. XIX; 1811, en Christiania, poco antes de que se fundara la primera en Uruguay, 1849. 

[2]  Escasa minoría de utopías no autoritarias dejarán también su marca en este nuevo universo ideológico; valga el Notices of Nowhere (que podría leerse como Notices of Now Here; es decir en lugar de Noticias de ninguna parte, Noticias de aquí y ahora), de William Morris. Y pocas más…

[3]  Se le atribuye a K. Marx un deslinde, elemental y sin embargo significativo: habría dicho que él no era marxista, rompiendo lanzas por un pensamiento original.

[4] La “Revolución de Octubre” tuvo lugar el 7 de noviembre según el calendario desde entonces adoptado.

[5] Y de otros proyectos como la llamada Segunda y media Internacional…

[6]  Autor de El apoyo mutuo, un abordaje de las relaciones interespecies e intraespecies que constituyó un enfoque diametralmente enfrentado al de Charles Darwin con su Origen de las especies. Con el capitalismo en auge y el industrialismo en su marcha triunfal, las tesis de Darwin se acomodaron mucho mejor al clima imperante; una forma “científica” de Homo homini lupus, de Thomas Hobbes, del capitalismo temprano de mediados del s. XVII. Con la mirada que hemos ido elaborando con la crisis ambiental a lo largo del s. XX, tiendo a considerar mucho más respetables y acertadas las tesis kropotkinianas. Carente de apoyos institucionales El apoyo mutuo ha quedado mucho más en la sombra. Sin embargo, la biología más reciente, ha captado la calidad científica de muchas de sus observaciones en tanto el darwinismo, vampirizado por el sistema dominante, ha sido usado como una suerte de neo-hobbesianismo.

[7]  Kropotkin le escribió un par de cartas abiertas a Lenin criticando “el nuevo curso” y cabe pensar que al verticalismo bolchevique no le cayó bien, aunque se cuidó de reprimir a un octogenario famoso. El tributo institucional de la nueva dictadura se cumplió: efectivamente una calle moscovita recibió el nombre de Kropotkin. Ironía de la historia: ha sido el asiento de las juventudes bolcheviques (Komsomol)  durante la era soviética.

[8] Un fenómeno de identificación y racionalización de  similar ‘ceguera voluntaria’ podríamos rastrear en el fascismo y el nazismo, y hoy en día, en el sionismo.

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