¿Por qué 1967 no y 1948 sí?

por Luis E. Sabini Fernández

Una vez más Gideon Levy[1] aborda una cuestión lacerante: la crueldad, el despojo a despojables amparados en la impunidad (de hecho y de derecho), en este caso por colonos implantados en Cisjordania o Samaria y Judea, según sea denominación palestina y moderna o judía y bíblica.

Una mujer de una de tales “colonias”, embarazada, resultó herida de bala y como resultado su bebé murió. Y Levy nos habla de  oleadas de apoyo a la víctima.

Levy rechaza esa actitud: “No tengo compasión alguna por los colonos, ni siquiera cuando los golpea una tragedia. […] Ellos son culpables, no yo, del hecho de que no pueda sentir el más humano sentido de solidaridad y dolor. No es sólo porque son colonos, violadores del derecho internacional y de la justicia universal; no es sólo por la violencia de algunos de ellos, y el asentamiento colonial de todos ellos; es también el chantaje con el que responden a cada tragedia […].”

Levy se despacha con una serie de apreciaciones condenatorias de los llamados colonos que han ido ensanchando el mapa israelí: de la apropiación de las tierras con abuso, violencia y bajo protección armada que estamos viendo y viviendo en el último medio siglo. Refiriéndose a esos abusos: “No les alcanza con el castigo colectivo impuesto por el ejército y el servicio de seguridad Shin Bet, ejercido con crueldad y a menudo criminalmente. La sed de venganza de los colonos nunca se satisface. ¿Cómo es posible identificarse con el dolor de personas que se comportan así?” Concede con lo dicho una continuidad  entre el Estado de Israel y el comportamiento de estos colonos que con “sus propias milicias salvajes atacan a la población palestina, lanzan piedras a sus vehículos, prenden fuego sus campos y aterrorizan sus aldeas.

Y surge la pregunta: ¿qué diferencia el comportamiento de estos colonos, pos-67 a los que se implantaran en Palestina y fundaran el Estado de Israel mediante el robo, el abuso, las violaciones y matanzas colectivas en 1948?

El “puño de hierro” que nos señala Levy, hoy, en 2018, que “debe estar siempre apretado para torturarlos aún más”, ¿no es acaso del mismo hierro que el muro que blandía Zeev Jabotinski en las décadas del ’30 y ’40? Jabotinski y su secretario y asociado más directo, Benzion Netanyahu, al frente del sionismo fascista (apoyados cálidamente por Benito Mussolini, quien les cedió campos de entrenamiento cerca de Roma) fueron los que organizaron cantidad de actos irrefutablemente terroristas, como volar el Hotel David en 1946 con decenas de muertos, o asesinar a ciertos “obstáculos” a la vorágine sionista como el conde Folke Bernadotte, mediador designado por la ONU en Palestina, que pretendía que existían derechos para judíos y para palestinos… Benzion Netanyahu es el padre del actual primer ministro que ha constituido un gabinete de asesinos confesos de natives.[2]

Levy se niega radicalmente a sentir simpatía por esa mujer y por los colonos en general, deslindando: “Debajo del velo de la unidad santurrona e hipócrita, y la falsa muestra de dolor nacional por parte de los medios para avanzar en sus propios objetivos comerciales, hay que decir la verdad: su tragedia no es nuestra.

Sin embargo, a renglón seguido empieza a reconocer el entresijo entre esos colonos, precisamente, y el Estado de Israel: “Es cierto que la culpa principal es de los gobiernos que cedieron ante ellos, ya sea con entusiasmo o por debilidad; pero los colonos tampoco pueden ser absueltos de culpa.”

Ese entresijo es muchísimo mayor que el que Levy apunta al decir que el gobierno cediera, haya cedido ante el empuje colonialista. Es un verbo escamoteador: ¿cuándo, dónde, actuaron los colonos al margen del EdI? A lo sumo, como tábanos, aguijoneando al experimento sionista que a lo sumo, los fue llevando a rienda corta en un pas de deux de décadas. La dirección militar del EdI los tuvo cada vez más como aliados; fuerzas de choque.

Levy los califica en un pasaje como “generaciones nacidas en tierras robadas, niñas y niños criados en una existencia de apartheid”. ¿Cree acaso que habla exclusivamente de los colonos y sus hijos? ¿Dónde se asientan los ciudadanos israelíes, es cierto que bajo bendición de la ONU (pero una bendición a medias, porque el sionismo se asentó en 1948 sobre el 78% de las tierras palestinas, aunque la ONU había “concedido” un 53%, de algo que por lo demás no le correspondía conceder) si no en tierras robadas?[3] ¿Acaso hoy los niños israelíes no viven prácticamente en apartheid con los natives sobrevivientes en el EdI?

El planteo de Levy escotomiza la historia. Claro que hay diferencias entre lo sobrevenido con la Nakba, en 1948, y la colonización de los territorios en 1967. Así lo resume el periodista catalán Joan Cañete Bayle:[4]Israel se declara al mismo tiempo la única democracia de Oriente Medio y un Estado judío pese a que más de un millón de sus ciudadanos no lo son y no tienen plenos derechos de ciudadanía, pese a que se basa en una ideología que da superioridad al judío sobre la población nativa que no lo es, pese a que nació con un acto de desposesión y expulsión que ha continuado a lo largo de las décadas. Desde la guerra de 1967, Israel gestiona la vida de millones de palestinos que no son ni judíos ni ciudadanos, es un Estado ocupante que ha construido un sistema democrático sólo para los judíos.” Y lo de “gestiona” es un verbo excesivamente suave; sigue el puño de hierro.

Mientras los judíos israelíes o los israelíes judíos nieguen esto, seguiremos en problemas trágicos, que expían, sobre todo, los palestinos.

[1]  “No siento compasión por los colonos”, www.rebelion.org, 19/12/2018;  original inglés, Haaretz,   16/12/2018.

[2]  Véase mi nota “Sensibilidad repentina o cómo esquivar responsabilidad ante lo indefendible”, donde repaso currículos sangrientos, 4 ago 2015, en diversos sitios-e; rebelión, alai, futuros, etcétera.

[3]  ¡Y de qué modo! ¿Qué decir acerca de los relatos sobre “tiro al blanco” que soldados sionistas ensayaban sobre los cuerpos de los incautos palestinos que venían en la noche, desarmados, con palas o cardillos, a procurar seguir labrando la tierra, su tierra?

[4]  “Lieberman, el puño de hierro sin guante”, ctxt, Revista Contexto, Madrid, 25/5/2016.

¿Qué Argentina ve El OBSERVADOR uruguayo?

por Luis E. Sabini Fernández

Cuando uno lee evaluaciones de un acontecimiento cualquiera, el G20 en este caso, tan alejadas de la realidad, tan sesgadas, tan escamoteadoras de lo acontecido y el autor de semejante estropicio es un medio periodístico no propio del país anfitrión pero sí de tal vez el estado más próximo, cultural, histórica, idiomática y geopolíticamente considerado, como es el caso del Uruguay ante Argentina, inmediatamente se atropellan hipótesis sobre el porqué de semejante acto. ¿Pretende ser una información apenas o existe algún elemento que desde el país analizado descontrola totalmente a los autores de la “evaluación”, los vuelve literalmente locos, los enajena de la realidad…

El editorialista de El Observador [en adelante El O][1] sostiene que la realización del G20 en Buenos Aires “ha logrado poner a Argentina en la escena mundial”, como si Argentina fuera desconocida fuera de fronteras. Argentina, nos pese o no, es uno de los países periféricos más conocidos y reconocidos del mundo entero.

Pero de inmediato se ve el hilo rojo del autor: “[…] poco a poco, empieza a dejar de ser considerado un paria en los mercados internacionales luego de vivir décadas a espaldas de la realidad por las políticas de la versión kirchnerista del peronismo que erosionaron las reglas de juego inherentes a un estado de derecho.”

La tirada deja en claro el planteo: para el autor los mercados internacionales no son, ciertamente los mercados internacionales sino los mercados regidos por la idea de “estado de derecho” que tiene la elite gobernante de EE.UU. y direcciones próximas y satélites. El gobierno kirchnerista resistió y cuestionó el latrocinio organizado desde los centros financieros internacionales, aunque lo hizo con un estilo peronista, sin cuestionar al establishment financiero que lo vertebra. La deuda externa argentina fabricada durante la dictadura desaparecedora y el menemato era lo que el gobierno de EE.UU. a principios del s. XX calificara como “deuda odiosa” refiriéndose a la deuda contraída por Cuba ante España. “Pongamos un ejemplo más reciente: Tomemos el caso de Indonesia. En este momento la economía está destruida por el hecho de que la deuda es algo así como el 140% del PNB. Si Ud. rastrea la deuda hacia atrás, parece ser que los que pidieron prestado son unos 100 o 200 individuos del entorno de la dictadura militar que nosotros [EE.UU.] sustentamos, y sus adictos. Mucha de esa deuda está ahora socializada. Los prestamistas eran bancos internacionales. Mucha de esa deuda ha sido ahora socializada a través del FMI […] ¿Qué pasó con el dinero? Se enriquecieron ellos mismos. […] los que pidieron prestado no son tenidos por los responsables; es el pueblo de Indonesia quien tiene que pagar. Y esto significa vivir bajo programas de opresiva austeridad, pobreza severa y sufrimiento. […]  ¿Qué pasa con los prestamistas? Los prestamistas están protegidos del riesgo. Ésta es una de las funciones principales del FMI, proveer seguro de riesgo gratis a gente que presta e invierte en préstamos riesgosos. […]. El sistema total es uno en el cual los que piden prestado están liberados de responsabilidad.[…]. Hay opciones ideológicas, no económicas.[…].[2]

Chomsky remata aclarando que deuda como las contraídas en Argentina, como la de Indonesia, son claramente “deuda odiosa”. 

Hubo economistas argentinos que analizaron y fundamentaron la impugnación a semejante endeudamiento.[3]  Pero Néstor Kirchner “simplificó” el asunto y le ofreció a todos los acreedores un pago reducidísimo. La jugarreta habría sido brillante si hubiera aceptado el 100% pero un puñado siguió la conducta Singer, teniendo siempre, claro, el amparo de las instancias del “mundo desarrollado”.

Todo eso parece escapársele al editorialista de El O. Porque para este editorial “el estado de derecho” es el que establece el FMI, EE.UU., la Reserva Federal, el BM y redes afines.

Con el segundo párrafo, lo que fue escamoteo y negación en el primero se convierte en una simplificación que nos presenta un mundo de ficción, apenas parangonable con las tradiciones del estalinismo o el nazismo: “la organización impecable de un encuentro”. Aunque parezca mentira para quien vive en Buenos Aires, el editorialista califica al encuentro de “impecable”, cara expresión de los uruguayos.

¿No le llama la atención a semejante descriptor de la realidad que en el enkilombado país de enfrente no haya pasado nada pero nada nada durante los días del G20? Si uno escucha los informativos radiales o lee los diarios, cada día hay decenas de bloqueos de calles o rutas, encuentros callejeros en plazas y parques, protestas diversas, y sin embargo, ante la presencia de presuntos representantes del 85 % de la economía mundial, todo el caudal protestatario se llamó a silencio…  ¿no es extraño?

No lo es porque el gobierno y su seguridad montó un cerco de control tan ceñido y amenazante (la ministra Bullrich de Seguridad convocaba a los vecinos a abandonar la ciudad esos tres días al tiempo que advertía que cualquier enturbiamiento sería tratado con guante de hierro) que desanimó a muchos de acercarse. Y los que lo hicieron, organizaciones como partidos políticos de izquierda, lo hicieron introduciéndose en el anillo de seguridad de las diversas fuerzas de seguridad (decenas de miles de policías, gendarmes, prefectos), quedando totalmente rodeados, con puertas de salida y entrada entre las vallas, controladas ceñidamente por la “seguridad”. No es de extrañar que “no haya pasado nada, no se los escuchó ni chistar….

Rafael Spregelburd, en su crónica “Dónde estamos sentados” confronta dos situaciones humorales del presidente argentino: ‘Macri no lloró ante miles de ocasiones pintadas para la ocasión: la muerte de Santiago, el dolor de los familiares del submarino, el cierre de los ministerios, el ajuste. Y sin embargo, una representación teatral patética, un bailando por un sueño flúo y for export, una broma regional de identidad y cachivaches lo pudieron.

Spregelburd se refiere a la fiesta de presentación de Argentina ante el G20. Al editorialista de El O esto le parece tan ajeno como la presencia de un entendido en contaminación en un cónclave empresario.

Los resultados que el editorialista tanto realza brillan por su ausencia: Argentina debió abdicar de construir dos centrales nucleares, una con tecnología rusa, otra con china, por el diktat estadounidense. Pero no porque la tecnología rusa pueda no ser la mejor o porque la energía nuclear no sea aconsejable; de ninguna manera. Porque sencillamente situaría a Argentina menos dependiente de EE.UU.

El editorialista sigue pintando su mundo: “Hace casi tres años, cuando Macri llegó a la Casa Rosada, Argentina era un país prácticamente quebrado […]”. Penoso ejercicio proyectivo: el país está AHORA casi quebrado, porque Macri y sus acólitos gerentes de industria (generalmente ajena) lo han endeudado como pocas veces antes. El gobierno de CFK tampoco presentaba grandes auspicios, pero al menos no tenía la deuda tremenda que ha sido contraída en estos últimos tres años.

Lejos de ser el encuentro del G20 un éxito argentino, un analista de ese mismo país,[4] informando para la BBC, concluye que se espera apenas: “divergencias sustantivas maquilladas como ‘avances graduales’.”

Viendo el papel de dueño de estancia del sr. Trump, arrastrando al apichonado Macri a que lo siga, afirmando que la actividad económica china es “depredadora” (otra vez lo proyectivo; ¿qué es sino depredador el avance de las empresas estadounidenses en el mundo?), hay que ser ciego o cómplice para festejar este cónclave. Como El O.

[1]  8 dic. 2018.

[2]  Entrevista radial de D. Basanian a Noam Chomsky transcrita por The Nation, 24/4/2000.

[3]  Alejandro Olmos, entre otros.

[4]  Juan G. Tokatlian.

El desnorteo de la guía progresista

por Luis E. Sabini Fernández –

El ascenso “irresistible” de Donald Trump debió ponernos sobreaviso. Tal vez antes, el ascenso aparentemente, tan impune como el de Trump, del discrecionalismo sionista, un ejercicio de absolutismo políticomilitar tan sofisticado y en permanente expansión. Pero la inercia es una constante de nuestros corazones. Y a menudo nos corroe el entendimiento.

Ahora con el ascenso, igualmente irresistible de Jair Bolsonaro, se nos presenta una vez más el signo de los tiempos.

Algunos hablan de neoabsolutismo, una buena aproximación.

Abandono de la universalidad

Urge entender que hemos entrado en un cono de sombra planetario. ¿Qué es lo que queda en la sombra? La contaminación cada vez más omnipresente; la democracia tal vez (aunque no necesariamente toda cáscara democrática; algunas servirán a nuevas estrategias); los derechos humanos universales; el calentamiento global cada vez más generalizado; aquel nuevo espíritu de época que vino con valores terrenales, oponiéndose a los tradicionales del espíritu a secas.

Con la modernidad vimos el surgimiento del jusnaturalismo, el desarrollo de las ciencias,  y luego, con el prestigio de la cientificidad,  el de las  llamadas  ciencias sociales, que procurarán ajustarse a cánones probabilísticos, aunque nuestra temporalidad no permite el mismo tratamiento ni el mismo conocimiento que el logrado con las llamadas ciencias duras.

Ese nuevo mundo se nos presentaba enarbolando justicia y libertad. O si se quiere, libertad, igualdad, fraternidad.

Todo este corpus de ideas, con el liberalismo primero e inmediatamente después con el socialismo como eje o protagonista ideológico, es lo que aparece ahora abandonándose, junto con el desbarajuste ambiental, que acompaña como su sombra los “milagros” tecnológicos.

Por cierto, no se trata de una tormenta en cielo sereno, todo lo contrario. Recordemos a Hillary Clinton, la que perdiera la carrera presidencial con Trump, cuando, todavía al “mando” del viejo mundo, hoy trastabillando, festejó con un gorjeo el asesinato vil, desnudo, mercenario de Muammar Gaddafi. Un asesinato del peor calibre en el mundo de la modernidad, el universalismo, la democracia, la justicia, la libertad. Ése, que Hillary “representaba”. Es apenas un ejemplo de que “las cosas” no iban bien en el mundo que hoy vemos en proceso de disolución ante el cono de sombra al que hice referencia inicialmente.

Auge de una dureza absolutista (neoabsolutismo)

Esta furia de intolerancia tuvo sus adelantados, como Meir Kahane, A. Behring Breivik, el ISIS y, ¿por qué no? toda la caterva de asesinos enloquecidos y anónimos que transitan ─con total tranquilidad, es cierto─ las calles y los colegios estadounidenses, y muy particularmente en  la floración de paramilitares, maras y policías especiales que han ido haciendo pesadillas en la vida cotidiana en tantos países al sur del río Bravo, para mencionar  lo que conocemos o al menos atisbamos un poco más, aunque seguramente en Asia y sobre todo en África, esos rasgos se presentan de modo  todavía más intensos, mortales, atroces.

Resquebrajamiento de un sistema-mundo  (¿neofeudalización?)

Todo lo cual nos permitiría y hasta nos llevaría a pensar en lo que parece ser un neoabsolutismo ─descaecimiento de los resortes decisorios más o menos institucionales─  como si se tratara de una “nueva edad media”, en los términos de disloque cultural  de lo establecido, de crisis de la globalización (de la mundialización como dicen los franceses), como la presentaran, hace por lo menos 40 años, Umberto Eco[1] o Furio Colombo,[2] por ejemplo, o como se presentara el colapso soviético, hace ya casi tres décadas.

Escribía Colombo en su ensayo: “[…]  el poder se ha desplazado fuera del proceso normal de decisión a una zona que no está clara ni se conoce.” ¿Qué es lo que vemos hoy? El ordenamiento  internacional no tiene la menor vigencia real; un estado o conjunto de estados desencadena una invasión contra otro estado, presunto infractor de vaya uno a saber qué leyes (como pasó con Francia e Inglaterra sobre Libia en 2011 o EE.UU y “su” coalición sobre Irak en 2003, o también EE.UU. sobre Afganistán en 2001, o Israel sobre El Líbano en 1982, o el mismo Israel, asaltando “preventivamente” a Egipto en 1967, por ejemplo). Para tales decisiones no se “necesitaron” instancias legislativas, ni siquiera judiciales, y mucho menos el peso y la actitud de las sociedades cuyos gobiernos actuaron así; ha sido el “puro” poder ejecutivo el asiento de la decisión.

Pero cuando pensamos en el ejecutivo, pensamos todavía en instancias políticas. Incluso, para algunos,  “la política” por excelencia.

Pero Colombo nos acerca un poco más a lo real (y pensemos que estamos citando un texto anterior a 1973…). Plantea que estamos ante “una redefinición de los modos de decisión.[3] Una nueva constelación que se caracteriza por la invisibilidad del gobierno real, porque “el poder se ha desplazado  fuera del proceso normal de decisión a una zona que no está clara ni se conoce.” Difícil de precisar el quién, y Colombo anota un par de rasgos significativos de tales intervenciones: su carácter privado (“es decir relativo a los intereses exclusivos de los grupos incluidos”)  y con una connotación militar (“rápida, secreta, indiscutible, disuasora, ejemplar”).

Si retornamos a las intervenciones que hemos señalado a título de ejemplos; las de Israel, EE.UU., Francia, el Reino Unido, vemos que esos dos requisitos se han cumplido al pie de la letra, aun invocando todos los “deberes” públicos o cívicos imaginables.

Los ejemplos que acabo de enumerar, empero, tienen todos el mismo rango, ocupan el mismo alvéolo, militar, de invasiones más o menos en regla.

Pero el planteo de Colombo nos permite otros desarrollos, percibir otros sitios donde el poder se ejerce fuera de los ámbitos institucionales invocados o previstos; observar el desplazamiento de las instancias expresas y/u oficiales de gobierno hacia muchos otros ámbitos; ¿cómo se resuelven las inversiones transnacionales, por ejemplo? El territorio receptor es apenas eso. Las tratativas son secretas, ocultas. So pretexto de “secretos comerciales”, lo que se hace secreto es el trámite de usurpación territorial, de señorío y adueñamiento de las riquezas a las que los respectivos consorcios transnacionales le han echado el ojo.[4]

Crisis de valores de “las luces”, sí, ¿pero neofeudalización?

Tenemos así un desvalimiento progresivo y cada vez mayor para encarar este estado de cosas. Porque solemos retener las viejas fórmulas de un legalismo caduco y de valoraciones que han dejado de ser compartidas.

¿Qué le importa a Bolsonaro la libertad de expresión, la de investigación, la de cátedra?

¿Qué le importa la igualdad racial por la cual luchamos, lucharon negros como Patrice

Lumumba, Franz Fanon, Malcolm X, Desmond Tutu, Muhammad Alí o  Nelson Mandela, y blancos como John Pilger, Roger Waters, y tantos otros, desconocidos (en ese torrente me incluyo)?

Sin embargo, la hipótesis de una neofeudalización, encarada por los autores citados (y otros) en la década de los ’70 no se adecua al estado actual de situación, por cuanto si algo caracteriza a la constelación vigente y actuante de poder es su cada vez mayor entrelazamiento, lo que Frei Betto ha calificado como “globocolonización” y la expansión de un “mundo unificado”.

Neofeudalización señala una pulverización de los centros de poder; ni siquiera la disputa creciente entre EE.UU. y China por el control de los recursos planetarios nos permitiría llegar a la idea de neofeudalización; en todo caso, a una reedición de la lucha “entre potencias” aunque el listado de “actores” se haya modificado un tanto (en la segunda posguerra, EE.UU. y URSS; hoy más bien un eje EE.UU.-Reino Unido-Israel con Occidente detrás, vs. China que de todos modos parece a su vez unida o aliada a los réprobos de Occidente; Rusia e Irán).

¿La cabe alguna responsabilidad a la izquierda progresista?

Tenemos por delante llegar a entender ese dato que apuntamos como “crisis de las luces”.

Mi hipótesis: que el populismo “inclusivo”, de izquierda, el llamado progresismo, ha coope-rado ─con total ignorancia del desenlace─ con esta aparición de hombres nuevos tan atroces.

Porque el progresismo, declamatoriamente solidario, confundió las cartas. Deliberada, tácticamente.

El progresismo fue la carta de los doctores socialistas para seguir siendo “socialistas” sin tener que ser anticapitalistas (escamoteando esa metamorfosis). El progresismo empezó a valorar determinados objetivos, alegando realismo ─lo mejor es enemigo de lo bueno─, mediante un cambio del lenguaje, procurando cierta conciliación con el capital que de todos modos beneficiara a los desposeídos, y cada vez más apostando a la rentabilidad que guía el comportamiento empresarial, ignorando deliberadamente que el lucro no atiende las necesidades sociales, biológicas, ecológicas.

Hay que tener en cuenta que con el surgimiento de la URSS, una experiencia de política hiperrepresiva, de absolutismo político, que cuestionó radicalmente las nociones de derecha e izquierda provenientes de la Revolución Francesa al instaurar un régimen de control político total que sin embargo se proclamaba revolucionario, vanguardia de izquierda ─y que arrastró consigo a buena parte del caudal político de la izquierda tradicional─ surgieron nuevas composiciones políticas, en un sentido más sofisticadas o de doble lenguaje; con la desaparición de la URSS, tuvo lugar el fenómeno, casi mágico, de convertir a referentes socialistas en titulares capitalistas…

En países como el nuestro, la “conversión” no tuvo que ser tan intensa; a lo sumo una actualización doctrinaria, realzando aspectos que no habían fructificado hasta entonces.  En Argentina, peronismo mediante, ni siquiera se necesitó un salto ideológico mortal; el peronismo siempre fue, al menos de palabra, antioligárquico y procapitalista.

Crisis de la idea de progreso

La actualización doctrinaria que estamos procurando desentrañar se basa en la ideología del progreso. Se dibujan con facilidad dos campos: un campo previo, tradicional; el retardatario que los manuales de ideología asignaban a la Iglesia Católica, al medievalismo, a la tradición oscurantista. Y enfrentado dialécticamente con él, otro campo, de avanzada con el acceso a “las luces” de la modernidad,  deísmo (masonería), desarrollo tecnocientífico, liberalismo, laicidad, socialismo.

Con ese maniqueísmo, no es tan arduo el pasaje de la intelectualidad que proclamaba hace medio siglo el socialismo, a la defensa de lo estatuido, al mundo-tal-cual-es  (aunque siempre procurando evitar ser confundida con  “lo viejo”).

Pero el desastre planetario pone al progreso bajo otra luz: darle carta abierta, luz verde al capital, confiar en “acuerdos de caballeros” con semejante partner, está destrozando el planeta.

El desarrollismo parece apenas un viaje de ida. El capital, dejado a sí mismo es un pacman planetario, sin tasa ni límite. Pero el planeta, empero, tiene límites. Igual que las vidas de los seres, cualesquiera que ellos sean; microscópicos o humanos; todos tenemos límites.

Solo actitudes obtusas como las que encarna hoy Donald  Trump pueden seguir sosteniendo que la contaminación generalizada, adueñándose de mares, suelos y atmósfera, no tiene importancia; que la plastificación de nuestro hábitat protagonizada por un material no biodegradable, no tiene consecuencias… Estamos esperando que la FDA nos diga cuántas partículas microscópicas de polietileno, polivinilcloruro y poliamida, podremos ingerir con nuestros peces, por ejemplo, para que el pescado siga siendo GRAS (sigla en inglés que se refiere a alimentos considerados seguros dada su inocuidad)…

Estamos jugando con fuego: porque el calentamiento global es ya insoslayable, porque la pérdida de protección a la radiactividad aumenta, porque las aguas frías y los hielos se achican en todo el planeta y los necios se alegrarán pudiendo plantar duraznos cerca del casquete polar, sin preguntarse qué hará la población de las franjas tórridas ecuatoriales del planeta (las zonas de mayor densidad humana…).

Tenemos, afortunadamente, una gama creciente de recursos médicos y de sabiduría científica para enfrentar enfermedades. Pero el dato fuerte en cuestiones de salud no es ése, sino el aumento irrefrenable de enfermedades. Alergias, cánceres, parkinson,  de comportamiento, de la piel, respiratorias, psíquicas, nerviosas, reumas, articulares, diabetes, obesidad…

Como bien explicara el oncólogo estadounidense Samuel Epstein, las principales redes médicas de atención al cáncer en EE.UU. no están dedicadas a luchar contra la proliferación del cáncer[5] sino a conseguir el diagnóstico precoz y achicar así los índices de mortalidad. Con “madurez” institucional,  no pretender incursionar en las causas de cánceres que escapan a los marcos médicos establecidos. Lo otro, ya sería querer cambiar la sociedad… ¿dónde se ha visto?

Tácticas progresistas. Un ejemplo

Lula presentó su candidatura presidencial tres o cuatro veces, antes de, finalmente ganar. Lo hizo entonces, aliado con una fuerza retardataria, de evangelistas, con lo cual fue malogrando sus propias reivindicaciones iniciales.

¿Qué fuerza liberatoria puede tener la Biblia? Desmond Tutu, pastor anglicano, lo expresa claramente: ‘Llegaron con la Biblia, nosotros estábamos en la tierra. Cerramos los ojos. Pasado un tiempo, abrimos los ojos, nosotros teníamos la Biblia y ellos la tierra”.

Hoy vemos, ya a la luz del día, un proceso que lleva décadas, de creciente implantación de iglesias llamadas genéricamente protestantes: evangélicas, pentescostales, nazarenas,  neoapostólicas, puritanas, sabatistas, anabaptistas, asamblearias, anglicanas, luteranas, calvinistas, presbiterianas, congregacionistas, cuáqueras, mormonas, metodistas, pietistas, neoapostólicas, adventistas y hasta valdenses (que constituyen una suerte de protestantismo anterior al movimiento histórico que recibe ese nombre).

Hay enorme diversidad tales iglesias. Las más recientes suelen ser las más vociferantes y una prueba de su alegado espiritualismo y descarado materialismo es la apelación a la prosperidad, verdadero eje ideológico para atraer “necesitados”.

El creciente papel del Estado de Israel y el sionismo en esa constelación antiliberal, racista, excluyente

Buena parte de estas iglesias, sobre todo las surgidas en EE.UU. en el siglo XX y más aún en el presente siglo, han ido generando una creciente identificación con el Estado de Israel. A tal punto que muchas de ellas, fundamentalistas y ortodoxas, mantienen un antisemitismo radical (depositado en tiempos apocalípticos, es decir futuros) y al mismo tiempo encarnan un ferviente apoyo al sionismo. Tal vez el caso paradigmático hoy sea el de la IURD, iglesia universal del reino de dios, que hace culminar la pleitesía de sus miembros mediante un viaje “de elevación espiritual” hasta los sitios sagrados, en Israel, precisamente.

El casamiento ideológico, de doctrina, entre las iglesias protestantes más fundamentalistas y el sionismo es un fenómeno de larga data, pero que ha tomado peculiar vuelo en los últimos tiempos, coincidiendo con la expansión israelí en diversos terrenos fuera de fronteras, particularmente en Europa y las Américas.

El  sionismo ha apelado a un fondo ideológico común; el Antiguo Testamento, una retahíla de relatos agresivos, racistas, puristas, que coexisten con otros que hacen al fondo común de la sabiduría humana. Hay allí una voz común para su entrelazamiento con tantas iglesias protestantes.  Algunos cristianos han sabido ponderar tales valores, realzando los del Nuevo Testamento como principales, pero muchas sectas protestantes, salvacionistas, increíblemente ombliguistas, al contrario, han legitimado el Antiguo Testamento.

Las iglesias vociferantes, carismáticas, pentecostales, ponen el acento en el papel que la Biblia le atribuye al pueblo judío. El elegido por dios. El conectado  directamente (¿a un paso de decir, ‘el único conectado?)

Porque el sionismo, inicialmente laico y hasta irreligioso, ha ido elaborando su proyecto de dominación cada vez más absoluta con la Biblia en la mano, en su caso la Torah. Y de allí proviene su íntima alianza con sectas protestantes, de enorme influencia en EE.UU.

Y EE.UU. es el único estado industrializado, no periférico, del mundo donde el papel de lo religioso no ha decrecido, como en Suecia, Holanda, Escocia, Italia, Francia, etcétera, sino aumentado. Incluso más: mientras la adhesión a las religiones ha decrecido algo en la población, se mantiene “al tope” en los elencos políticos. [6] El papel de las iglesias se ve así  claramente en el Congreso de EE.UU. (un sitio donde se reconoce la influencia proverbial de la AIPAC, American Israel Public Affairs Committee, Comité de Asuntos Públicos de EE.UU e Israel), que Wikipedia define como “lobby pro-israelí en EE.UU. Lo de “asuntos públicos” es una licencia… ¿poética?

De todos modos, la acción del sionismo excede ese “derrame” sobre sectas protestantes  (sobre todo americanas y más bien americans) así como también ha sobrepasado su “destino” inicial; el “pueblo judío”.

En el mundo árabe ha incursionado de varios modos, a cada cual más cruento. Sucintamente podríamos hablar de tres modalidades o momentos: 1)  reprimiendo con cerebral crueldad la vida y sobrevida de palestinos; 2) aliándose con la secta wahabita de los saudíes, la rama más retrógrada y bestial del Islam [7] y 3) prohijando, fabricando, sosteniendo al ISIS, y probablemente a Al Qaeda y otras muy diversas formas de terrorismo islámico que demasiado a menudo han recibido el nombre de freedom fighters desde los medios occidentales de incomunicación de masas.

Baste esta única cita para percibir la escalofriante geopolítica sionista actual: “Me gustaría ver que ISIS gobierne toda Siria; ISIS y sus ramificaciones no representan una amenaza para el estado israelí.[8] Lo proclamó este año el ministro de Defensa israelí, del gabinete más agresivo que ha tenido nunca Israel (lo cual es decir…). Su autor es Moshe Ya’alon, ministro de “Defensa” [sic] israelí. Apenas sinceró lo que ya sabíamos: Netanyahu visitando terroristas islámicos heridos que Israel ha internado en hospitales para “recauchutarlos” (y largarlos otra vez a la pelea); que ni el DAESH ni el EI ni el ISIS han hecho alguna vez un atentado contra “el estado judío”.

Queda negro sobre blanco que  buena parte de la mortandad intraislámica es madeinIsrael.

Resumiendo

Estamos ante un panorama amenazante. El eje EE.UU.-Reino Unido-Israel se va engrosando con la proliferación de gobiernos de mucha o extrema derecha, del cual ya mencionamos  en el continente americano al más significativo por sus dimensiones y por sus posiciones; el de Brasil.[9] Pero ya conocemos la situación de Honduras, Paraguay, Colombia en tierras americanas y podríamos extender el collar reaccionario por varias “perlas” europeas (Polonia, Hungría, República Checa…).

La coacción sobre las sociedades africanas es inenarrable pero merece un tratamiento expreso que no me siento en condiciones de abordar.

notas:

[1] “La Edad Media ha comenzado ya”, La nueva Edad Media, Alianza Editorial, Madrid, 1984 (1a. edic., 1974).

[2]  “Poder, grupos y conflicto en la sociedad posfeudal”, en La nueva Edad Media, ob. cit.

[3]  “Poder, grupos…,  ob. cit.

[4]  Así, por ejemplo, se tramita el establecimiento de una procesadora de celulosa en Uruguay, sin que los habitantes estén siquiera medianamente informados de los trastornos ambientales de los que van a ser destinatarios y menos todavía, de las condiciones de explotación territorial, donde la empresa extranjera dispone, legisla y establece qué debe acompasarse a la estrategia empresaria, modificando, por ejemplo, sus redes viales e incursionando hasta en los planes pedagógicos del país receptor… todo esto para que finalmente el país-asiento pierda un poco más de soberanía y autonomía y sea despojado “legalmente” de sus recursos naturales.

[5]  The Breast Cancer Prevention Program, MacMillan, N.Y., 1998. Coautor: David Steinman.

[6]  Más del 90% de los congresales se declaran cristianos (dos tercios aprox. protestantes, un tercio católico).

[7] El tratamiento dado a Jamal Khashoggi, pariente real saudí, disputante de poder y periodista en un cotidiano estadounidense, en las fauces, propiamente dichas, de la monarquía saudí es una expresión atrozmente veraz del comportamiento de estos sátrapas, que brutalizan a sus jóvenes mediante ejercicios mnemotécnicos masivos con las suras islámicas, mientras martirizan geopolíticamente al vecino arábigo del sur que se desvía de su credo: Yemen ha sufrido la mayor matanza de las últimas décadas.

[8] Richard Galustian, “Israel y la conexión yihadista”, Global Research, 1/12/2018.

[9] Dos de los tres hijos varones, adultos, de Jair Bolsonaro no tuvieron nada mejor que festejar a su padre desfilando como hombres-sandwich por calles israelíes con emblemas a pecho o espalda del ejército israelí  o de su ya tan atrozmente famoso servicio de seguridad, el MOSSAD.

Una incursión donde los atacantes son los defensores y los agredidos los victimarios

por Luis E. Sabini Fernández – 

El papel de los medios de incomunicación de masas

12 nov. 2018 – Información muy entrecortada y fragmentaria lleva a pensar que un equipo de asesinos profesionales de la seguridad israelí ingresó con un vehículo civil a territorio de la Franja de Gaza y que habrían alcanzado su objetivo, por cuanto declaran haber terminado con la vida de un jefe de Hamas. El episodio parece haber cosechado la muerte de ese treintañero y de una media docena más de palestinos, veinteañeros, que suponemos formarían parte de la organización atacada. Y la de un comando israelí. El vehículo israelí fue perseguido por vehículos palestinos, pero lograron concretar su huida cubiertos por drones y material de aviación israelí, que indudablemente apoyaban el operativo en tierra.

Ante semejante acontecimiento, redes de defensa palestina descargaron cientos de cohetes sobre el territorio que ocupa Israel, los medios de incomunicación de masas repiten 200. A menudo informan de “misiles”, aunque la imprecisión de los disparos permite inferir que la mayoría siguen siendo cohetes tipo Kassam o similares, de muy menor impacto.

El (contra) ataque gazatí abruma a Israel. En Israel se refieren a un muerto en el operativo israelí y otro (no sabemos si el mismo) en territorio israelí. Y leemos en las “noticias del día” (EFE, 12/11 2018): <Los voluntarios de los equipos de emergencias israelí United Hatzalá intentan dar cobertura al gran número de llamadas que reciben “por heridas o ataques de ansiedad como resultado del disparo de cohetes y de las sirenas antiaéreas”.>

Los palestinos atacan tanto que hasta “ataques de ansiedad” producen. Los israelíes se defienden tanto y tan bien que en cada escaramuza quedan decenas de palestinos muertos y a menudo miles de heridos, en tanto las fuerzas israelíes no reciben ni un rasguño y ocasionalmente, un herido o un muerto.

Pero la población israelí no tolera ni siquiera eso, por haberse adueñado de la tierra de otros. Quieren la verdadera paz (de los cementerios) para los que molesten y recuerden. Léase esta info de El confidencial, cotidiano español, (12/11/2018): <El ministro de Defensa israelí, Avigdor Liebeman, celebró una reunión de urgencia en la sede principal del Ejército en Tel Aviv, la Kiriá, con comandantes militares y con el director del Servicio de Seguridad Interior para analizar la situación. Smadar Shvilovich residente de la comunidad de Ein Hashloshá, del Consejo Regional de Eshkol, y miembro del consejo de emergencia de su comunidad, ha informado de que los niños de la región no irán a la escuela mañana por orden del Ejército. “Estamos acostumbrados a vivir en estado de emergencia, pero le pedimos al Gobierno que lleve a cabo una acción puntual para que no vivamos más en estado de emergencia sino en estado de normalidad”, ha declarado Shvilovich a la televisión pública Kan.>

Una acción puntual, ¿entendió lector?

El 12 de noviembre habían hecho una incursión comandos israelíes en la Franja de Gaza. Varios matados, incluido un comando israelí.

El 13 de noviembre, nos enteramos por la prensa que el gobierno de Israel acusa a Hamas: “del sufrimiento de civiles inocentes”,[1] refiriéndose, suponemos, a la población israelí que ha recibido la cohetería. Dudamos que el gobierno israelí trate de “inocentes” a civiles palestinos. Porque son palestinos.

 

[1] Perfil, Bs. As., 13 nov. 2018. Este diario da completa la versión del gobierno israelí. Pero ni siquiera aparece en su “info” la secuencia cronológica.

El asesinato pedagógico de Jamal Khashoggi

por Luis E. Sabini Fernández – 

Analizando el asesinato de Jamal Khashoggi, recuerda Daniel Shapiro[1]  cómo fue considerado otro asesinato político ordenado a su vez por Napoleón Bonaparte: “Algo peor que un crimen; un error”.

Shapiro  analiza las consecuencias de lo acontecido por orden del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, sobre la política de EE.UU. e Israel.

Y nos muestra cómo funciona la estrecha alianza entre la dirección político-militar estadounidense y la saudí (y la israelí, jugando en todas las bazas).

Shapiro se alarma acerca de la infiltración, imparable, de los detalles del asesinato, digno de una novela nórdica de los últimos tiempos con lesiones previas a la muerte, atrocidades varias, dedos seccionados estando todavía vivo y corte final de cabeza para darle otro destino que al tronco de lo que fuera Khashoggi, al parecer competidor en el marco de la realeza, periodista, espía y/o contraespía, vaya uno a saber al servicio de qué servicio.

Sabemos que lo acontecido en territorio turco no contó con la complicidad de las autoridades anfitrionas que, por el contrario, hicieron todo lo posible para desnudar el “affaire”.

Shapiro nos dice que este strip-tease macabro malogra una provechosa alianza de décadas entre EE.UU. y Arabia saudí por un lado e Israel y EE.UU. por otro (y por encima o por debajo, la misma curiosa alianza entre dos estados hiperconfesionales; Israel y Arabia saudí).

Shapiro entiende que “Mohammad bin Salman no calibró el efecto de este tipo de asesinato haciendo trizas todo margen de aceptabilidad para el público estadounidense y para todo el elenco de ambos partidos en el Congreso”.[2] Pone como ejemplo que congresales tan de derecha como Marco Rubio hayan puesto el grito en el cielo.

Estamos entonces −cada vez importa menos la muerte por asesinato− ante la atención a brindar a la pudorosa opinión pública estadounidense. El alma del ciudadano norteamericano no puede oír, sin estremecerse, la peripecia vivida por Khashoggi.

Shapiro lo dice sin pelos en la lengua: “La represión saudí no es algo nuevo y probablemente el sistema político de EE.UU. podría acomodarse si mantenemos un cierto nivel bajo de visibilidad.” [sic]

Bin Salman no advirtió el efecto en el alma norteamericana de hacer lo que se le hizo a un periodista del establishment (Khashoggi era redactor habitual de Washington Post).

Shapiro, abundando sobre el efecto devastador de la imagen de tamaño asesinato sobre el público norteamericano y transitivamente sobre las decisiones políticas, nos confiesa que el terremoto obligará… −observe el lector el abismo que se abre− a vender algunas menos armas a Arabia saudí, que generalmente se ha provisto más que generosamente de los avances de la industria militar estadounidense.

Shapiro considera que “tal vez el fallo mayor del asesinato de Khashoggi proviene de la obsesión de ben Salman por silenciar a sus críticos, con lo cual se pierde fuerza en el intento de construir un consenso internacional para presionar a Irán.”

Es decir, a Shapiro le preocupa no el método empleado para eliminar a Khashoggi, y menos todavía la cuestión misma de la eliminación de competidores; apenas los dólares (millones) que no pasarán de las arcas saudíes a las estadounidenses o que debilita la presión para desmantelar a Irán.

Todo se instrumentaliza. En rigor, volviendo a la anécdota con Napoleón, no se trata de asesinar menos, se trata de que se note menos. La opinión pública, en tal caso, no ofrecerá dificultades y las correas de transmisión funcionarán fluidamente.

No hay que herir los oídos de gente sensible. Hay que hacer las cosas “a la chita callando”. ¿Por qué esa obsesión por deshacer un ser humano en vida y registrarlo? Hay un aspecto, fabril, de dejar constancia y confirmar la calidad de un “trabajo”, es cierto, pero si eso llega a manos indebidas, “nos” perjudica.

 

Shapiro replantea, sin decirlo, lo que pasó con E. Snowden, con B. Manning, con J. Assange, para mencionar apenas a los tres más famosos violadores de “obediencia debida” más recientes. Ellos revelaron consciente y voluntariamente lo que el cuerpo mutilado de Khashoggi una vez más nos muestra. Por eso, lo que tememos con Snowden, Manning, Assange, y ellos también,  es que quieran matarlos (o pudrirlos en la cárcel).

Porque lo malo no es hacer algo malo.  Lo malo es que se sepa. Y cierto estilo sádico, afiebrado, patoteril, grupal –como por lo visto es el de MBS (el apodo o sigla con que se conoce a Mohammad bin Salman−, tiene mayor riesgo de filtraciones.

La mezcla en Shapiro de lucidez y amoralidad, de pragmatismo, en suma, es tal vez más aterradora que el terrorismo expreso (que a veces es torpe).

Bueno es advertir que esto es lo que tenemos como diseño de la cosa política hoy enfrente nuestro (y por encima y a nuestras espaldas… por doquier).

Tendremos que agradecer a la patota sagrada e imbécil de los sunnitas más fanáticos de ese estado que es de una familia, llegar a otear la sordidez de nuestro presente.

La búsqueda de la verdad era el viejo motto de periodistas, y antes, de filósofos.

Aunque cueste pensarlo o se sienta uno pasado de moda, sigue siendo la cuestión clave, ardua, casi inalcanzable.

Podríamos transformar la vieja consigna que se atribuye a Pompeyo para arengar a los marineros temerosos ante la tormenta, “navigare necesse est, afirmando: veritas necesse est.

[1]  Daniel B. Shapiro, “Why Khashoggi Murder is a Disaster for Israel”, Haaretz, Tel-Aviv, 21 oct. 2018. Como puede advertir el lector, ya en el título Shapiro expresa lo que le importa; no la vida sino los perjuicios (para Israel).

[2]  Ibíd.