Caderas femeninas

por Luis E. Sabini Fernández.

Algo no termina de ensamblar en nuestro tan modernizado mundo, pletórico de derechos o tal vez de declaraciones de derechos, y en singular combate contra la cosificación de la mujer, el sexo por puro sexo, y con adquisiciones culturales tan trascendentes y superadoras de lo animal, lo tradicional…

Los piropos están empezando a resultar “abuso de poder”, acoso. Y mirar, por ejemplo, el trasero de una mujer, cimbreante, rítmico, “cadeiras bamboleanchis”, como dicen Les Luthiers, es, para la inmensa mayoría de las mujeres hiperaggiornadas, una mirada cosificadora, una mirada de res, diría siguiendo a Bo, Armando, y su Carne.

Hay allí, escondida, agazapada, un aporía. Porque al mismo tiempo que avanza la lucha contra el machismo (y sus derivaciones o manifestaciones más degeneradas, como la violencia, la violación y el asesinato de mujeres), la mujer ha ido desplegando su corporeidad, en general acentuando la mostración de sus curvas.

Hay quienes con acierto observan la fijación de la mirada (masculina) en el culo. Pasan por alto la exhibición cada vez más marcada del trasero femenino en la calle. Para no decir en la playa, donde los glúteos finalmente se han liberado, con mucha mayor “libertad” que los senos.

¿Cómo conciliar dos sentidos tan contradictorios? ¿Tenemos que “ver” cada vez menos como “animales” a quienes se nos presentan, cada vez más como hembras?

Por descontado que es libertad de la mujer aceptar o no la mirada, alguna forma de encuentro. Mostrar curvas agradables no implica ponerlas a disposición de cualquier macho deslumbrado.

Aceptando este punto de partida, no deja de ser igualmente conflictiva la contradicción que señalamos antes; aquello de una mostración cada  vez más libre (y sugerente agregaría, sabiendo “los palos” que podré recibir) y de una crítica, muy feminista, a la mirada cosificadora del hombre.

Así miradas las cosas, constelaciones culturales tan ajenas y tenidas muy en menos en Occidente, como la islámica, tienen en este punto un lenguaje, una intercomunicación más directa y sincera: las mujeres que tienen su hombre, muestran la cabellera sólo a él ─y conociendo el valor erógeno de esa parte del cuerpo se entiende─, las mujeres con sus ropas talares no envían mensajes eróticos, al menos generalizados y a toda hora. Con tantas coberturas al cuerpo, los ojos se van convirtiendo en el vehículo de los mensajes amorosos. Lo que no sé es si tal intercomunicación ha hecho más felices a sus titulares… y titularas.

Lo cierto es que nuestro mundo cotidiano, digamos rioplatense, nos tiene a mal traer. Porque a los varones nos hace incluso anhelar mujeres que ya sabemos muy bien relacionadas con su pareja, sus hijos, pero deslumbrantes en su andar, en su presencia, al punto que no podemos menos que admirarlas. Y lamentar no tener ni un reojo de consuelo.

Una aporía sexual

Por Luis E. Sabini Fernández – Ha trascendido en los circuitos mediáticos que un trans ha cumplido su deseo de ser madre. Lo ha logrado con su pareja, también trans, originariamente un varón que ha adoptado, decidido, asumido, una condición femenina que entendió la suya.

La concreción del embarazo y el posterior nacimiento del vástago de la pareja, hace un año, se logró porque ambos trans resultaron refractarios a todo tipo de cirugía acompañando su cambio de sexo.

Ella, la advenida mujer, una ecuatoriana bellísima (que era también un apuesto varón, inicialmente), Diane, explica con mucho tino que siempre resistió el plan de una vaginoplastia (extirpación de sus genitales originales y creación quirúrgica de una “vagina”) porque no confía en soluciones quirúrgicas ; ejemplifica con intervenciones de ese tipo que se practicaran tiempo atrás: “Yo lo equiparo con la lobotomía: hubo un momento en que la respuesta terrorífica que se dio a los desórdenes mentales fue hacer cirugías cerebrales y dejar a la persona desconectada del mundo.[1]

Revelando la lucidez de su abordaje, completa: “Así yo me haga la vagina más hermosa del mundo o me den las mejores hormonas artificiales no voy a ser mujer biológica nunca, por más mentiras que me pueda decir a mí misma.

Y este planteo la/lo lleva a una conclusión que entiendo conmocionante para el universo LGBTT: “Si yo hubiera pensado en esto antes es probable que no hubiese intervenido mi cuerpo y ni siquiera me hubiera puesto mamas.

Hasta aquí, cómo ha enfrentado Diane el engendramiento de un vástago. Nos cuenta que al conocerse se sintieron muy unidos, tal vez por la simetría de sus situaciones y/o destinos con el venezolano Fernando, hombre trans.

Y un buen día, mientras iba de gira con su empeño en la difusión de lo LGBTT, estando en Tegucigalpa, Honduras, le llega un mensaje: “Estoy embarazado de mi novia Diane. Tengo un vientre maravilloso que es la cuna donde crece día a día nuestra bendición. Soy el papá más feliz que existe y ella la mejor mamá, la mujer más bella.

El masculino de la pareja, con su formación sexual femenina intacta, le anuncia a su pareja que es “la mujer más bella” y que ha conservado sus atributos sexuales  masculinos, que tenìan un embarazo entrambos.

Pero, ¿cómo lo hicieron?: ¿como hombre trans y mujer trans o como mujer y hombre bien tradicionales y primarios; el varón converso, con espléndidas tetas (aunque sin lactancia posible) penetrando con su pene  a su pareja, mujer que se considera (y eventualmente es considerada/o) varón?

¿Fue entonces un coito, como primigenios macho y hembra? ¿y cómo se sintieron? ¿qué gozo sintieron? ¿el varón, como varón y la mujer como mujer?

Y si así fuera, cuál es el papel, el significado de lo trans?

¿O se encontraron los cuerpos con reluctancia, sintiéndose impropios en los roces de sus zonas erógenas?

¿Cuál es el sustrato más profundo?

La resistencia de Diane y Fernando a mutilar sus sexos originarios (o si se prefiere, sus aparatos sexuales originarios, aunque la idea de “aparato” es impropia para aplicar a nuestros cuerpos) revela que ninguno de los dos pretendía matar al sexo que tienen en sí; en todo caso reconfigurarlo socialmente. La pregunta es por qué.

Y se prometen más hijos.

[1]  En países nórdicos hay lobotomizados que tendrían ahora unos 90 años, porque fueron intervenidos hace medio siglo o poco más.