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Peter Thiel y su manifiesto

Publicada el 01/05/2026 por luissabini

por Luis E. Sabini Fernández / 22 abr 2026

Peter Thiel tiene la disponibilidad de tiempo, de dinero, de auxilios y auxiliares como para atreverse, humildemente, a ayudar al mundo entero con un manifiesto de 22 puntos nodales.

Sin duda, no tengo ni tanta disponibilidad ni tanto dinero ni tantos auxilios, y me limitaré a hacer un examen liminar del punto  21.

Lo transcribo:

“21    Algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Todas las culturas son ahora iguales. Se prohíben las críticas y los juicios de valor. Sin embargo, este nuevo dogma pasa por alto el hecho de que ciertas culturas, e incluso subculturas, han producido maravillas. Otras han demostrado ser mediocres, y peor aún, regresivas y perjudiciales.” [1]

Peter Thiel (en adelante PT) está muy, pero muy satisfecho con su sociedad blanca, noreuropea. Cuando se refiere a culturas con producción “de avances vitales”, se refiere a las suyas, a las existentes en Alemania, su tierra natal, y a EE.UU. su tierra de adopción. Nos habla entonces de otras, “disfuncionales y regresivas”; las que “han demostrado ser mediocres, y peor, regresivas y perjudiciales.” Como para reafirmar esa doble vía de culturas, nos aclara que las de “los avances vitales” son ─claro─ las que “han producido maravillas”. Y ya vimos la porquería que generan las mediocres y disfuncionales.

El maniqueísmo no es nuevo, y siempre ha funcionado del mismo modo; para escamotear la realidad. No hay culturas maravillosas y al lado, mediocres.

El mundo, nuestro planeta, siempre ha sido, sigamos el método sencillo, solo uno.

Uno que se ha ido expandiendo con cada nueva cultura, con cada nuevo agrupamiento humano incorporado al torrente único de la sociedad humana.

También hay sociedades que se han expandido mediante la conquista y sociedades que se han abroquelado en sus territorios y recintos, renuentes al contacto.

En general las sociedades habidas, las históricas, se han constituido como sistemas unidos e interrelacionados. Donde sí ha habido ganadores y perdedores. Como, por ejemplo, con los diversos (y abundantes) casos de colonialismo; es decir de la colonización de unos por otros. De los más sobre los menos, de los mejor armados sobre los menos armados o los que tienen alguna ventaja coyuntural o estructural sobre contrapartes en ocasional (o permanente) desventaja.

Y eso, la colonización y su construcción inmediata, el colonialismo, nos brinda las sociedades que habitamos, todos, PT incluido.

Imaginar que alguna de tales sociedades es superior por sí misma no deja de ser una convicción narcisista, que no explica desarrollo histórico alguno.

EE.UU. se construye desde un puñado de cristianos protestantes que abandona Inglaterra, Escocia, Holanda, hastiados de dogmas vencidos, para hacer una nueva Jerusalén en tierra americana. En los primeros inviernos sobreviven gracias a la hospitalidad natural, espontánea, de los que luego se llamarán indios norteamericanos. Pero una vez asentados, estos neocristianos ambicionarán todas estas tierras americanas e iniciarán prestos el despojo valiéndose de un armamento metálico que resultará más mortífero que del que disponían los nativoamericanos.

El proceso de apropiación llevará siglos pese a la enorme desventaja técnica y numérica de los oriundos (porque demostraron una tenacidad y fortaleza muy superior a sus fuerzas meramente materiales), pero ese proceso se cumplirá hasta el punto que los sectarios protestantes definieron. Siempre asumiéndose como “los buenos”, “los mejores”, ya que no los únicos.

Como PT hoy, entonces un vate en pleno siglo xix, trazará un poema de autoglorificación; Canto de mí mismo, de fuerza y pujanza excepcionales, de enorme libertad espiritual, hermoso. Particularmente, un reconocimiento tácito a la tierra que ahora habitaban, la robada, extraordinariamente más grata que aquella de donde venían. Whitman está gozoso de toda la tierra que ahora es suya.

De algún modo ese poema es como el eslabón entre el universo anterior y el que PT procura encarnar hoy. Olvidada, borrada toda otredad.

El cuadro de PT es cruda y brutalmente falso, escamoteador.

No es que Israel sea mejor que Palestina como cualquier racista eurocentrado alegará.

Es una sociedad de diseño, racista, de supremacistas que lograrán asentarse con dinero, armas y designios sobre una sociedad espontánea, apenas histórica, que laboriosamente abandonaba formas feudales para asentar una sociedad menos injusta, que fue intervenida por el sionismo y sus empresas en el cambio del siglo xix al xx, y luego, en 1948, por la articulación político-policial de los aparatos “públicos” al servicio del sionismo.[2]

PT parece padecer una ceguera a medias, una suerte de escotoma mediante la cual solo percibe los cambios sociales en estados como Alemania o EE.UU. (y en general del llamado Primer Mundo). Y qué cambios: el que le permitió a Alemania convertirse en “la locomotora de Europa” (alguna vez), el que le permitió a Estados Unidos liderar los vertiginosos desarrollos tecnológicos del mundo entero.

Pero PT pasa por alto el daño increíble que se ha ido procesando con el presunto avance de la tecnologización galopante. Sin ir más lejos: estamos hoy, todos los seres vivos del planeta, plastificados. Sin tener la menor idea del grado de daño que seguramente ocasiona en nuestros organismos.  Cuando hablo de los seres vivos del planeta, me refiero a que, las placentas humanas, por ejemplo, ya tienen microplásticos (y no sabemos cómo pueden incidir). Y cuando decimos placentas, podemos incluir como penosa generalidad a las de seguramente la mayoría de mamíferos.

Y cuando decimos seres vivos, es porque ya se ha verificado la presencia de plásticos, no precisamente saludables, en microorganismos marítimos.

Falta investigar ─obviamente, no hay mucho interés en los consorcios transnacionales que diseñan nuestra vida y consumos y la de la naturaleza─ en saber cuánto influye la presencia de tales corpúsculos en los tejidos vivos. Pero en lo poco investigado por científicos independientes ajenos al universo de las transnacionales, ya sabemos de los efectos teratogénicos de una cantidad enorme, cada vez más inabarcable, de productos industriales íntimamente relacionados con muchos de los “deslumbrantes” adelantos tecnológicos que los inversores ponen ─nos dicen─ a nuestro servicio. Cómo los “mejoradores” alimentarios han generado todo un capítulo de nuevas enfermedades; ya sabemos que la iatrogenia es el capítulo principal de la medicina hoy. Y que la iatrogenia se hizo protagónica en nuestras vidas y enfermedades, con el American Way of Life como eje de semejantes trastornos.

Sopesar los avances de la racionalidad humana y sus frutos civilizatorios a caballo de una tecnologización en progresión geométrica, divorciada del suelo ─de ese suelo que es el fundamento del gozo de Whitman con el nuevo continente (nuevo para los europeos americanizados; para las poblaciones que suponemos euroasiátcas que lo habitaban desde decenas de miles de años antes, era un suelo “eterno”)─ no nos está haciendo más sabios, ni mucho menos, más felices.

Basta ver el decrecimiento poblacional para advertir que la alegría de vivir se nos está escapando.

Así que, entiendo que el placer y la satisfacción de PT y los símiles que se van haciendo legión, se construye y se basa en un juego tipo ruleta rusa. No sabemos si dándose un tiro en el pie, en los órganos sexuales, en la cabeza, o en el corazón.

A los efectos, poco importa. El daño es siempre daño. Y su dimensión, inabarcable.□


[1]  https://www.ambito.com/negocios/los-22-puntos-del-manifiesto-palantir-los-ejes-mas-oscuros-la-empresa-del-magnate-que-se-reunio-milei-n6270497, 24 de abril 2026.3+

[2][2][2]  Nos dice Leon Tolstoi en 1906 ─obsérvese la fecha─ hablando del sionismo: “Pero lo más terrible es que este movimiento no es ni progresista ni nacional, ni despierta ningún sentimiento.

La roca de Jacob y el camino de Abraham [que invocan sionistas en sus alegatos colonizadores] son cosas tan lejanas que no pueden conmover a un pueblo ni impulsarlo a emprender el viaje. Una nación no es arqueóloga, y para explorar nuevos territorios no irá en masa desde los lugares donde ha vivido durante siglos, donde se siente más a gusto que entre las rocas de Jacob y los caminos de Abraham. Esto se observa en quienes emigran a América y, atormentados por la nostalgia y exhaustos, regresan y besan la tierra de su patria, el suelo negro de la misma Rusia que aún aman, a pesar de que los terribles opresores intentan descaradamente convertir la vida de los judíos en un infierno de sufrimiento. [se refiere a los pogromos de los tiempos zaristas].

Si su recuerdo de los lugares sagrados de Palestina fuera realmente tan fuerte y su anhelo de vivir allí fuera inherente al pueblo judío, habrían tenido numerosas oportunidades durante estos 1800 años para regresar y vivir allí, aunque solo fuera una vez, en esos lugares ancestrales.

Pero el pueblo, conscientemente, nunca lo deseó.”

Y prosigue: “Creyendo que la fuerza de Europa reside en su imperialismo —es decir, en su pólvora, con todos los horrores del militarismo—, han decidido vestir a su anciano líder con la armadura de un guerrero y darle un fusil en la mano. Les apetecía crear un nuevo Estado judío.”

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