El estómago, los alimentos y el poder*

No comemos la comida para la que genéticamente estamos preparados.

Por Lasse Berg

Durante cien mil generaciones, la estirpe humana ha vivido como recolectora. Nuestros cuerpos se fueron conformando para digerir distintas clases de raíces, frutas y frutos de cáscara dura así como para digerir carne, caracú, vísceras, y por cierto, animales y plantas de mares y ríos.

Todo esto tiene estricta correspondencia con nuestro sistema digestivo, que aprovecha, por ejemplo, las largas cadenas moleculares de ácido graso ω3 provenientes de los cerebros de los animales, de los peces y los crustáceos y los transporta directamente a nuestro cerebro, la más complicada estructura que se conoce en el planeta.

La primera gran transformación que no tiene más de unas quinientas generaciones fue cuando el hombre comenzó la agricultura y la cría de ganado y el tiempo pasado es tan corto que no hemos tenido el suficiente para las adaptaciones orgánicas pertinentes.

La ciencia avanza trabajosamente para poder discernir [… El] conocimiento hasta ahora es más bien difuso. La última adquisición desmiente la anterior. Sin embargo, sí sabemos para lo que no estamos biológicamente preparados. No estamos preparados para comer cereales ni lácteos. Hoy en día, sin embargo, por lo menos un 70% de nuestras nutrientes provienen de alimentos que no pertenecen a nuestra dieta natural.

Por lo visto, funciona. Hemos llegado incluso a sobrepasar los seis mil millones de humanos en el planeta. La tecnología, las mejoras en la higiene y los medicamentos han elevado nuestro promedio de vida (aunque no la longevidad).

Sin embargo se acrecientan sin pausa las enfermedades vinculadas con formas no adecuadas de vida y mantenimiento. En EE.UU., el 60% de los adultos tiene tanta grasa que se ha convertido en un problema de salud nacional. Es que hemos ingresado a la era del azúcar y a la comida rápida y rica en grasas. Se trata de la segunda gran transformación alimentaria que vive la humanidad. Que estamos viviendo ahora.

Greg Critser ha descrito en Fat Land [País gordo] el frente de combate estadounidense en esta guerra de la industria de la alimentación contra la naturaleza humana. Las enormes subvenciones que recibieron los agricultores estadounidenses fueron llevando a un enorme excedente cerealero, en particular de maíz. Así se diseñaron nuevos mercados mediante la extracción de un endulzante del maíz que de inmediato fue usado por los productores gigantes de comestibles y refrescos, a la cabeza de ellos, Coca y Pepsi [jarabe de maíz de alta fructosa, jmaf; n. del trad.].

La grasa saturada del coco fue el otro gran ingrediente para la elaboración de las comidas rápidas que ha invadido todos los rincones del planeta. Nuestros cuerpos no están hechos ni para las grasas ni los azúcares de este tipo, pero sin duda desencadenan con mucha efectividad el apetito al que nos ha condicionado nuestra evolución, de tanto dulce y tanta grasa como sean posibles. Critser nos muestra cómo las porciones se han ido agrandando. Estamos en la era de los baldes para el maíz acaramelado con cada entrada al cine, del taco de dos kilos, de la hamburguesa triple.

Nosotros, europeos, estamos en la misma rueda. Con sobornos a través de los subsidios a la agricultura. Con cereales financiados desde el fisco viven también nuestras gallinas, cerdos, salmones, perros y gatos. Pero ni los peces ni los rumiantes ni los carniceros tienen sus cuerpos hechos para este tipo de comida. Este problema se resuelve con enormes dosis de antibióticos.

Desde el verano pasado, mi compañera y yo hemos hecho un experimento absolutamente no científico, con nuestros cuerpos, procurando vivir con dieta de la edad de piedra. Comemos todo lo que no está hecho con cereales o leche, y que no esté ni frito ni salteado. Comemos crudo, ahumado o cocido. No nos ponemos ninguna restricción en cuanto a cantidades. Tampoco nos limitamos en el vino o el aceite de oliva (de presión en frío).

Queríamos saber si de este modo podríamos influir en la artritis de mi mujer. Después de un par de meses, Ingrid, que tenía dificultades hasta para subir un piso por escalera, podía escalar sin dolor el volcán Virunga y visitar así el territorio de los gorilas. Era la primera vez que lo podíamos hacer en los dos años que hace que vivimos en Rwanda. Después de seis meses, ha podido desprenderse de una medicación bastante pesada. Para mí, el resultado más visible es que no ronco más, y que no he vuelto a tener aquellas migrañas que me habían acompañado toda la vida. Tampoco me he resfriado ni una sola vez, y el dolor articular y el de garganta han desaparecido como por encanto. Mi presión que era más bien alta, se ha vuelto normal, el cuerpo y la cabeza, más livianos.

No creo, sin embargo, que se pueda sacar muchas conclusiones con tan escasos datos. Es más que probable que los cambios que he experimentado tengan que ver con que he terminado con mis caros quesos y patés que se han ido así escurriendo de mi cuerpo. Fui rebajando muy, muy lentamente, a razón de unos cien gramos diarios, durante más de cien días y luego he quedado en ese peso sin hacer ninguna gimnasia especial. La desaparición de síntomas artríticos puede ser algo temporal, no lo sé.

Y pese a todo, me parece lógico que tanto el reumatismo como otras enfermedades autoinmunes y un montón de otras porquerías tengan que ver con todo lo que metemos en nuestras células.

Por cierto, resulta impensable el retorno de seis mil millones de seres humanos a una vida recolectora, a través de los incontables senderos del pasado. También resulta difícil que el hombre pueda comer tan variado como comía antes. Habrá que aceptar complementar la comida de que disponemos ahora con vitaminas, minerales, oligoelementos. […]. Hoy en día no comemos la comida para la que nuestros cuerpos están hechos. Comemos lo que comemos para que los presidentes de EE.UU. y Francia (1) sea reelegidos ininterrumpidamente.

notas:
* ”Magen, maten och makten”, Ordfront, Estocolmo, n° 6, junio 2003. Traducción del sueco: Luis E. Sabini Fernández.
1) El autor alude seguramente a la fuerte influencia francesa luego de la liquidación del colonialismo clásico en Rwanda (alemán primero, belga después).

artículo publicado en Revista futuros nº6 / Río de la Plata

fuente: http://archivo.argentina.indymedia.org/news/2008/10/634878.php

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Hambre y obesidad

por Luis E. Sabini Fernández

Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, 16 de octubre, que patrocina la FAO, esta red mundial perteneciente a la ONU ha hecho públicos los guarismos de hambre y obesidad mundiales: 811 millones de seres humanos y 665 millones, respectivamente.

Podríamos decir, que si antes teníamos un gran problema –el hambre− ahora tenemos dos.

En el penoso tema del hambre, se puede, en rigor es necesario, distinguir el hambre endémica, tradicional, que castigaba a todas las poblaciones humanas (y en general vivas) del hambre moderna, resultado de la interrrelación asimétrica entre sociedades y pueblos, lo que se conoce históricamente como colonialismo e imperialismo.

La primera hambre histórica tiene que ver con la escasez de nutrientes y la humanidad la ha ido resolviendo con sus piernas, en una primera y muy prolongada era, de migraciones, y con su propia inventiva, poco a poco, que le fue permitiendo reconocer alimentos saludables y facilitar su crecimiento; la agricultura y la cría de animales domésticos. Si el recurso de las piernas fue usado durante un millón de años, el de la cría de animales y cultivos no tiene más de diez mil años.

En ninguno de tales momentos, la obesidad fue un problema; al contrario; basta ver lo que nos ha permitido conocer la fotografía desde mediados del s. XIX, apenas desde hace 150 años, para advertir que los oriundos o establecidos de cualquier lado tenían cuerpos sin grasa, piernas musculosas.

La segunda variante del hambre, poco tiene que ver con la escasez y mucho con la rapacidad humana: el colonialismo fue un proceso mediante el cual un pueblo dominando se apropia de excedentes, o no tanto, de un pueblo dominado. Frances Moore Lappé,[1] una investigadora norteamericana, ha registrado que los años de mayor hambruna en la India a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, coinciden con los años de mejores cosechas. ¿Cómo es eso? Porque los años de cosechas excelentes eran los que aprovechaban los ingleses para cargar sus barcos y llevarse “a casa” tal producción.

Así que el hambre moderna tiene que ver mucho con el poder y la política. Veamos lo que pasa con la obesidad.

Lars Berg,[2] un estudioso sueco nos habla que el pasaje del mundo de las migraciones a la sedentarización significó una primera revolución alimentaria.

No hay empero un corte entre la sociedad más primitiva y la asentada, porque actividades como el cuidado de animales domésticos se va gestando en aquel mundo nómade, y por ese lado, el ingreso de lácteos y de carnes de animales domésticos en la dieta humana  estaba ya presente antes de la sedentarización y la agricultura.

De todos modos, lo que Berg caracteriza como primera revolución alimentaria es el pasaje de una dieta basada en la recolección de frutos, vegetales y animales, pesca y caza, a una alimentación más bien basada en cereales y lácteos (y carne, cada vez menos de caza y más de animales domésticos, domesticados).

Y Berg nos dice que con la modernidad a pleno, en el cambio de siglo del XIX a XX, y fundamentalmente en EE.UU., se produjo una segunda revolución alimentaria. Ya no regida por la escasez sino por la abundancia. Las dietas de los habitantes romanos, medievales y decimonónicos se parecían más entre sí que con la dieta que se va imponiendo en la modernidad tardía, american. Esta dieta, hoy día la nuestra, se caracteriza por disponer de mucha más grasas y azúcares.

Esos ingredientes, aclara Berg, son muy apetitosos. La gente se tienta más.  En EE.UU., para promover el consumo, para agrandar ganancias de los productores, se ha empleado la política; por ejemplo, se ha dispuesto el agrandamiento de  los diámetros de los platos a 30 cm, para dar “sitio” a porciones mayores.

Con esta “segunda revolución alimentaria” empezamos a comprender más fácilmente el origen de la obesidad moderna.

Pero ahora tenemos, como dijimos, dos problemas. ¿Por qué se nos suman, complicando un cuadro de por sí ya atroz?

Aquí entra en juego cada vez más clara y decisivamente la cuestión de la rentabilidad y la tecnología. La modernidad nos muestra que el capital se agranda y expande con el uso de tecnología. La tecnología usada al servicio de la rentabilidad. Se trata de producir alimentos rentables, no (necesariamente) sanos. Incluso más, si la tecnología produce alimentos insanos, pero de mayor rendimiento, ¡adelante! El criterio declarado será la salud, pero el practicado será la rentabilidad.

Si los aditivos que prolongan la durabilidad de un alimento, son tóxicos, se usarán igual. Si los empaques que se usan para transportar alimentos para extender su alcance, son tóxicos, se usarán igual. Si los ingredientes que se agregan a un alimento para facilitar determinados procesos (de estiba, de conservación, de apariencia de frescura) son tóxicos, se usarán igual, si mejoran la rentabilidad.

¿Cómo es eso posible, admisible? Desde hace décadas lo conocemos: mediante la asignación de “límites de seguridad”. Si el veneno es chiquitito, se podrá usar, hasta determinado límite.

Claro que nuestros cuerpos van a ir recibiendo pequeñísimas magnitudes de cada tóxico, pero una cantidad inimaginable de veces y tóxicos en todos y cada uno de nuestros alimentos.

Esa sinergia no se mide. Ahí está una al menos de las trampas que le permite a cada industrializador de alimentos mantener su conciencia tranquila y sobre todo, no sentirse un delincuente, que es la tipificación de cualquier ser humano dedicado a intoxicar a otros.

¿Qué está pasando en nuestras sociedades (un proceso que con diferente intensidad y tiempos distintos abarca a todo el planeta)? En primer lugar, un proceso que hemos llamado de campesinicidio. La eliminación progresiva de quienes están dedicados a la producción rural en unidades pequeñas. Y su sustitución por la agroindustria que en nuestro país se atribuye la calidad de “agricultura inteligente”, una forma elegante de decir que la cultura campesina es de imbéciles.

Aunque justamente la agricultura de los pequeños cultivadores y granjeros da lugar a la producción de alimentos con menos agregados químicos, y es la agroindustria −que se considera “inteligente”− la que se ha “casado” con los desarrollos tecnológicos de mayor avanzada, valida de una enorme batería de productos químicos, que cada vez más, está imposibilitando una alimentación sana. Porque lo que los progresistas creen “parte de la solución” ha resultado también parte del problema. Porque se ha tratado de un desarrollo tecnológico movido por la rentabilidad y no, por ejemplo, por la salud planetaria.

La expansión desenfrenada de la agroindustria, que nuestros políticos progresistas ven natural y positiva, es la que nos está dando alimentos cada vez más problemáticos, pero eso sí, con abundancia de grasas y azúcares. Lo que los dietólogos denominan “comida chatarra” y, podríamos agregar, el “mundillo de las golosinas”.

El avance de comida con enorme peso de productos químicos, de cultivos transgénicos, de uso cada vez mayor de plaguicidas y fertilizantes, ha ido generando una cultura de la góndola, y quebrando la cultura de lo artesanal (maduraciones y desecados, por ejemplo, naturales, en lugar de procesos estimulados y ayudados con aditivos y “maravillas” tecnológicas).

En muchas familias de origen rural es fácil rastrear ese proceso: cuando muere quien hacía los dulces caseros, los embutidos caseros, los encurtidos, las pasas de frutas y verduras, el secado de hongos, quienes han vivido en esa familia, si son jóvenes, suelen abandonar todo ese trajinar y pasan a comprar, a buscar en la góndola “lo mismo”. El detalle es que lo que ofrece la agroindustria y los grandes consorcios transnacionales dedicados a la alimentación, no es lo mismo.

El abuelo hacía en casa pan fresco. Dos días después, hacía otra vez pan fresco. Grandes transnacionales te ofrecen “pan fresco” todos los días, elaborado hace semanas o meses… ¿cómo pan fresco? Porque no es pan fresco, pero parece. Está igualmente tierno, ¿entonces? ¿Magia? No,  aditivos. ¿Saludables? No tanto, pero es legal, porque está por debajo de los límites de seguridad que las autoridades bromatológicas han establecido.

¿Pero entonces, ¿es tan saludable?

A la obesidad me remito. Para abrir siquiera una discusión celosamente escamoteada por reformistas, progresistas y tantos titulares de la fraseología burocrática de  organizaciones tipo FAO, que en cada encuentro mundial parecen haber descubierto la piedra filosofal de la cuestión alimentaria que tendrán que sustituir en un próximo encuentro…

[1]  Frances Moore Lappé, L’industrie de la faim, Éditions L’etincelle, Quebec, Canadá, 1978.

[2]  Lars Berg, “El estómago, los alimentos y el poder”, futuros, no 6, Río de la Plata, 2004.

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Declaraciones de Alejandro Nario ¿Una maravillosa contaminación?

por Luis E. Sabini Fernández

En recientes declaraciones Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente de nuestro país[1] expresó que “el plástico es una pandemia mundial”. Una afirmación certera que desnuda uno de los roles básicos de los productos plásticos.

Nos dice que “el 90% del agua que se toma a nivel global contiene microplástico”.[2] Tanto potable como mineral.

Hasta aquí, las apreciaciones de Nario son comprensibles y compartibles.

Dice luego que “aún es difícil determinar sus efectos en la salud de los seres humanos”. Arriesgada afirmación; desde hace décadas hay investigaciones que han verificado la causante de partículas plásticas en enfermedades de muy diverso tipo (desde alteraciones hormonales hasta malformaciones congénitas).[3]

Nario compara la situación con la del plomo al que “se le reconoció muchas virtudes hasta que se descubrió la plombemia.”  Suponemos que se refiere al Uruguay y al escándalo que surgió hace unos diez años, cuando se “descubrió” que el plomo en sangre y huesos afectaba a una enorme proporción de nuestra población.

Pero si hablamos del plomo, hace algo más de 2000 años, su contaminación y efecto nocivo sobre los cuerpos humanos ya se conocía, como “saturnismo”. Médicos romanos comprobaron su presencia entre los trabajadores de las minas de plomo. Y las virtudes eran tan pocas como para que Vitruvio, arquitecto romano a cargo de la canalización de agua corriente para Roma y Pompeya, descartara cañerías de plomo (optó por acueductos de piedra, algunos todavía en pie, y cerámica).

Nario nos cuenta entonces que “con el plástico ocurre un proceso similar; era una salida maravillosa para sustituir el vidrio, porque es liviano y moldeable, pero luego se descubrieron todos los problemas que conlleva.”

Una versión rosa de la historia. Porque el motivo por el cual el vidrio fue desplazado por el plástico no fue por ser algo “maravilloso”, o por su liviandad (real).

Desde el primer momento se descubrió algo ominoso en los envases plásticos: no eran inertes, a diferencia del vidrio, por ejemplo. Los envases plásticos “cedían” partículas a sus contenidos. Y ese proceso −migración− se acentúa ante contenidos grasos  o alcohólicos.

Ante el carácter no inerte de los envases plásticos, la industria petroquímica encontró la fórmula salvadora; los “límites de seguridad”: se puede ingerir plásticos pero solo hasta cierto punto, pasado el cual sería dañino y por lo tanto prohibido.

La fórmula que la petroquímica y los envasadores encontraron para ese “enroque” fue el PADI: Packaging Admissible Daily Intake. La dosis admisible de empaque diario. Leyó bien: lo que se puede incorporar, del empaque, a nuestros cuerpos.

Y fue gracias al PADI que los envases plásticos desplazaron, por ejemplo al vidrio, y no a causa de una “salida maravillosa”.

Pero hemos visto, al principio, que Nario ve cierta problematicidad con el plástico. “Pandemia global”. ¿Cómo enfoca nuestro hombre su solución?

Quitándole la gratuidad a las bolsas de plástico: “En el mundo, el cobro de las bolsas plásticas es el método más efectivo.” Y “que el ‘sobreprecio’ se lo quedarán los comerciantes que vendan las bolsas.” Los comerciantes no bregarán por achicar la pandemia; cobrarán por sostenerla (y hasta aumentarla). Es cierto que un sector de la población optará por llevar sus bolsas para ahorrarse unos pesos. Esta política abre en el tiempo dos estilos; los que eviten pagar el sobreprecio de las bolsas llevando sus propios envoltorios y los que se permitan “la comodidad” de seguir como hasta ahora. Cobrar las bolsas, en lugar de combatir “la pandemia global”, la elude. Y si el derroche mengua, será por falta de dinero…

Esa transición de consumo irrestricto a consumo cobrado es para Nario una medida de ayuda a “la industria nacional del plástico”; “hay que darle tiempo para que se reconvierta […], hablamos de miles de puestos de trabajo, no podemos de un día para el otro que  la gente quede sin trabajo.” Tanto sentimiento es casi emocionante. Lástima que cuando la industria petroquímica despedazara a la del vidrio ese asunto no se tuviera en cuenta; al contrario, se adujo la bondad de la renovación, la modernización, los adelantos tecnológicos. No solo se desplazó a los envases de vidrio, se acabó con la misma industria del vidrio en el país.

Más adelante Mizrahi abunda sobre  el carácter “compostable biodegradable”. No entendemos bien a qué se refiere. Esperemos que no se trate de plásticos oxodegradables; un invento reciente que no biodegrada el plástico pero lo desmenuza más rápidamente, para que pase desapercibido a más corto plazo. En realidad, con la apariencia de solución, es  una vuelta de tuerca en contra de la salud ambiental.

Nario se refiere al agua: “Un tema de debate. El agua en envase de plástico cobró prestigio y el agua de la ‘canilla’ se supo que tenía problemas de potabilidad.” Naturalizando una peculiar coyuntura. Si nos referimos al agua potable de Laguna del Sauce del año 2015, es tal como dice Nario. Pero la investigación que WCA (Waste Collection Authority) llevó a cabo en Gran Bretaña en 1997, ofrece un resultado muy distinto. Dado el auge entonces del consumo de agua en botellas plásticas, hicieron una investigación sobre costos y niveles bacterianos. Estimaron que el consumo de toda la vida de agua de la canilla de un habitante era de casi 30 libras esterlinas; el mismo  consumo usando botellitas de plástico era de algo más de 20.500 mil libras esterlinas.

Sanitariamente, el agua corriente ofrecía una calidad del 99,7% respecto de presencia bacteriana. El agua embotellada arrojó un 98% de aprobación.

Así que si el agua embotellada “cobró prestigio”  pudo deberse a no examinar su calidad, o a que el agua del circuito público uruguayo, de la canilla, se deterioró marcadamente.

Mientras, el municipio romano de la Roma actual, del s XXI, asegura la calidad del agua de todas sus fuentes para que el habitante romano pueda saciar su sed con confianza en plazas públicas evitando andar con su agua a cuestas y, sobre todo, para no recargar los desechos de la ciudad con una cantidad multimillonaria de envases vacíos, gastados, inútiles… y no biodegradables.

[1]  La Red 21, entrevistado  por Ana M. Mizrahi, 11 jun 2018.

[2]  Dado el carácter no biodegradable de los plásticos, con el paso del tiempo, la erosión y otros desgastes las partículas plásticas reducen sus dimensiones. Pero no se biodegradan.

[3]  Véase Our Stolen Future, 1996, la investigación que tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, llevaron a cabo rastreando la presencia de micropartículas de policarbonato, poliestireno, PVC, en el origen de una serie atroz de enfermedades.

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Sobre el arte de quedar bien… actuando mal

por Luis E. Sabini Fernández –

Hay algo peor que contaminar. Y es proclamar un comportamiento limpio… mientras se contamina.

Hay algo peor que producir elementos cancerígenos. Y es producirlos mientras se proclama luchar contra el cáncer.

Esto que así planteado suena casi grotesco es, sin embargo, un comportamiento absolutamente generalizado en nuestro mundo empresario, institucional, público y/o privado.

La revista Noticias, un verdadero faro cultural del hipercapitalismo en el país, ha aplicado una docena de líneas a “informar” que “el campo apoya la lucha contra el cáncer”.[1]

¿Y qué es “el campo”? Si el campo fuera lo que conocimos tradicionalmente; el asiento de la producción de alimentos, nutrientes, agentes de salud para quienes los ingerimos, podríamos aceptar que desde el campo se enfrente la lucha contra una enfermedad… aunque hablando de cánceres, sabemos que no son deficiencias alimentarias o nutricionales  las causantes de cáncer…

Sí sabemos, en cambio, que los cánceres provienen en abrumadora mayoría de la contaminación. Y que el mundo que vivimos, que ha visto disminuir y perder relevancia a enfermedades infecciosas (hoy controlables), se ve enfrentado a  la proliferación de los más diversos casos de cánceres, así como alergias, alteraciones autoinmunes, diabetes, afecciones respiratorias, parkinson y otras alteraciones neurales, leucemias, celiaquía, obesidad, malformaciones congénitas, epilepsias e incluso enfermedades psiquiátricas; un desolador panorama sanitario fuera de control que ha coincidido con el ingreso a la posmodernidad…

Muchas de tales enfermedades, provienen directamente de los métodos de fabricación de alimentos que caracterizan nuestra “modernidad”, que reemplaza nutrientes naturales por aditivos y que “quimiquiza” todos los procesos alimentarios.

Uno de los varios pilares de la comida moderna ha sido, precisamente, la agroindustria. La agroindustria se basa en venenos, de muy variado orden, para producir alimentos. Cualquier mentalidad tradicional, la de mi abuela, por ejemplo, se horrorizaría de querer elaborar alimentos con venenos.[2]

Pero la agroindustria, junto con los reguladores públicos y el mundo empresario tecnoindustrial se valen de un recurso para poder usar venenos y sostener, a voz en cuello, la total inocuidad de tales alimentos, más aun, su carácter salutífero…: el empleo de “límites de seguridad”.

Tabulados por agencias debidamente investidas como “los que saben”, estas agencias, mejor dicho sus integrantes dirigentes, establecen que, por ejemplo, usar más de 0,8% de agar-agar en horno o 2% en merengues resulta intolerable.[3] O que hasta 100 microgramos de plomo, 50 de arsénico, 10 de cadmio o 45 mil de nitratos son aceptables en alimentos, como los de MacDonald’s.[4]

Pero, ¿dónde radica la verdad que un merengue con 1% de agar-agar sea sano y otro con 3% tóxico? O que una hamburguesa con 30 microgramos de arsénico sea saludable y otra con 60 microgramos de la misma sustancia sea tóxica?

Entendemos que la mera formulación denota su arbitrariedad. Y muy poca ciencia.

 

Y bien. Tenemos, según Noticias, a “el campo” luchando contra el cáncer…

¿Qué campo? Precisemos un poco. Noticias nos dice que se trata de una empresa “del campo argentino”: IPESA. IPESA es la gran fábrica productora de artículos plásticos, desde las celebradas silobolsas hasta sachets para leche y diversos envases, generalmente de polietileno (expandido).

IPESA es por lo tanto un agente protagónico de la plastificación de los campos y de los alimentos.

Cooperar en la lucha contra el cáncer parece plausible. Pero que la pretendan llevar adelante empresarios que basan su rentabilidad en un producto, el plástico, tan sospechado de estar en el origen de una serie atroz de enfermedades de origen ambiental, incluidos los cánceres más diversos, parece un poco demasiado. Hay algo grotesco en semejante gesto.

Hay una creciente conciencia sobre el daño que ha causado y está causando a la naturaleza la llegada de desechos plásticos en los más variados tipos, dimensiones, intensidad. Cualquier observador, profano, advierte los restos de bolsas de plástico entreveradas en ramas de árboles, a lo largo de rutas, por ejemplo; las islas “continentales” de basura plástica en todos los mares del planeta y el daño consiguiente a animales que ingieren  plásticos (tortugas lo confunden con medusas, pelícanos lo confunden con semillas) son materia periódica de información masiva.

Lo que tal vez no se dice tan a menudo es que el plástico es material no biodegradable. El idioma hasta carece de una palabra para aludir a esa condición. Su no biodegradabilidad plantea un verdadero nudo problemático a la humanidad: porque la erosión, el viento, el agua (a veces el fuego) “pulveriza” los objetos plásticos, pero persisten partículas que al no ser biodegradables siguen girando en nuestro medio físico. Y así, diminutas, microscópicas, se van alojando en cualquier sitio; incluidos nuestros tejidos corporales y los de animales. Desde hace años, algunos investigadores (no, por cierto, los empleados por Monsanto, Bayer, Syngenta) han ido comprobando el atroz papel de tales micropartículas de plásticos en el origen de una serie espeluznante de enfermedades y alteraciones.[5]

Nos suena más bien a coartada: seguir envenenando los campos y, Relaciones Públicas mediante, “quedar bien”   con una contribución monetaria a FUNDALEU. Tampoco es cuestión de exagerar: Noticias nos cuenta que se trata otorgar a dicha fundación 10 dólares por bolsa; las silobolsas cotizan en el mercado a varios cientos de dólares cada una.  Si estimamos una de 400 dólares, se trataría de un 2,5%. Lo que se dice quedar bien con poco.

Es significativo el destinatario elegido por IPESA. FUNDALEU es una fundación dedicada a combatir la leucemia. Este tipo de cáncer es, precisamente, uno de los más asociados con intoxicaciones de origen ambiental.

Leyendo la noticia de Noticias, uno se pregunta acerca de la calidad ética e incluso intelectual de pretender cultivar la  “imagen” que acabamos de analizar, pero también acerca de la frivolidad del “periodismo” que transmite “noticias” sin el menor recaudo sobre su legitimidad, sentido o finalidad.

  

 

 

[1]  Contra el cáncer”, p. 138, Buenos Aires, 27 abr 2018.

[2]  Lo podía hacer, pero por ignorancia, nunca deliberadamente.

[3]  Code of Federal Regulations (CFR), norma federal sobre alimentos en EE.UU.

[4]  Tolerancias máximas admitidas por la  OMS.

[5]  Véase Our Stolen Future, 1996, una investigaciòn de tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, que han rastreado, por ejemplo, la presencia de policarbonato, poliestireno y PVC en casos de feminización de peces, aves y mamíferos machos, disfunciones tiroideas, disminución de fertilidad y un largo, atroz etcétera.

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Del optimismo tecnocrático a la conciencia planetaria

por Luis E. Sabini Fernández

El estado real de las cosas en la agricultura hoy pasa por la implantación generalizada de la agroindustria, su expansión permanente mediante el proceso de “acaparamiento de tierras” (en todo el mundo, pero sobre en África, con su secuela de despojo, exclusión y hambreamiento).  Y por lo que acabamos de recordar sobre condenas y absoluciones al glifosato, el socio siamés de los OGM, verificamos el muy menguado efecto del reconocimiento de su extrema peligrosidad, como si las estructuras socioinstitucionales tuvieran tanta inercia como para hacer muy arduo el volver sobre sus pasos.

Esto significa que aumenta el conocimiento y consiguientemente la conciencia sobre algunas dificultades y problemas, que eran más difíciles de discernir tiempo atrás (aunque no imposibles; a menudo los caminos tomados, por ejemplo con un desarrollo tecnológico, tuvieron no solo sus cultores sino también sus  críticos).

Vayamos a ejemplos. En 1942 Paul Müller descubre en Suiza  el diclorodifeniltricloroetano, DDT, mejor dicho descubre su efecto insecticida. Intensas investigaciones sobre cómo enfrentar a los piojos en las trincheras, que habían sido un enorme problema durante la primera guerra mundial, culminaron con ese “polvo mágico”. Aunque ya no hubo trincheras en la guerra mundial entonces desatada y por lo mismo los piojos ya no resultaron plaga.

Es un movimiento interesante del conocimiento y la ignorancia humana: se planifica alcanzar un conocimiento nuevo para aplicar a una situación imaginada… que nunca se concreta y el diseño científico y todo, termina aplicándose a algo totalmente inesperado…

Müller estaba convencido que se trataba de un veneno para insectos, inocuo  para plantas y animales de sangre caliente. Fue probado con efectos tan contundentes para conjurar epidemias de fiebre amarilla, paludismo, tifus, que en 1948 Müller recibió el premio Nobel de Química.

Poco a poco sobrevino “el rebote”, un coletazo imprevisto: en 1953,  Morton Biskind, físico norteamericano, denuncia los efectos deletéreos, no físicos sino psíquicos, del DDT particularmente en nuestra forma de pensar. Biskind describe la situación refiriéndose a un nuevo, revolucionario, principio toxicológico: “Todos los aparatos de comunicación masivos, legos y científicos se dedicaron a negar, ocultar, suprimir, distorsionar […] y un nuevo principio de toxicología arraigó con fuerza: no importa cuan letal pueda resultar un veneno para todas las formas de vida, vegetal o animal; si no mata a un humano instantáneamente, entonces es seguro.” [1]

Un pragmatismo miope, un optimismo necio, que pasaba por alto que el DDT no mataba solo a los insectos dañinos sino a todos ellos, incluidos los que predaban a los insectos que el hombre quería combatir. Tampoco se advirtió  su carácter acumulativo. El DDT, veneno estable, iba pasando por las cadenas alimentarias “hacia arriba”, por lo cual dosis incluso muy leves para matar insectos como larvas de mosquitos, llegaban a concentrarse en dosis como para provocar muerte inmediata o mediante  intoxicación crónica, en animales “superiores”; aves o mamíferos.

 

* Epílogo a la segunda edición de Transgénicos: la guerra en el plato. Buenos Aires, 2017

Y tal vez lo más importante: los recién enunciados principios de toxicología ignoraron olímpicamente las enfermedades y las muertes producidas mediante dosis no letales, las que generan alteraciones crónicas. Mediante nuevas políticas sanitarias los agentes que mataban y matan instantáneamente a seres humanos se achicaron hasta hacerse insignificantes pero creció monstruosamente el caudal de enfermedades, sufrimiento y muerte por estados no agudos.

Tuvieron que pasar décadas para que las organizaciones públicas de control sanitario de EE.UU. (fundamentalmente, FDA y EPA) se rindieran a la evidencia de la enorme toxicidad del DDT. Que fue finalmente prohibido.[2]

Porque, como bien explica Evaggelos Vallianatos: “La prohibición del DDT en EE.UU. en 1972 no trajo consigo ninguna reconsideración acerca de la industrialización de las granjas y de su adicción a pesticidas mortales. En los hechos, las grandes plantas agroindustriales totalmente dependientes del uso de pesticidas son ahora legión en todo el planeta.” [3]

Y un ejemplo desoladoramente práctico de la observación de Vallianatos es que prohibido el DDT en 1972, en 1974 las mismas “autoridades” registran y aprueban el glifosato, con enorme aceptación “general”.

El glifosato fue el herbicida de muy amplio espectro, que resultó ideal, veinte años después, para aplicar a los cultivos transgénicos, ideados por los laboratorios de ingeniería genética.

Como en su momento el DDT, se lo sintetizó sin utilidad directa y décadas después, un nuevo laboratorista le encuentra una utilidad precisa y “deslumbrante”. En el caso del glifosato es John Franz, en los ’70, empleado de Monsanto, quien descubre sus cualidades herbicidas.

En la actualidad hay más de 2000 productos para la protección de plantas que contienen glifosato autorizados en Europa para uso en tierras cultivables. Su eficacia de amplio espectro y el fácil control de las malezas lo han convertido en uno de los herbicidas más populares en la agricultura, para los jardines y en las áreas no cultivadas.”  [4]

Fue santificado por Monsanto que lo patentó como lo más inocuo para el mundo entero, por no decir beneficioso…  Esta corporación, que fue su usufructuaria hasta vencida la patente alrededor del 2000, “probaba” a través de múltiples “investigaciones”, la presunta  inocuidad total del herbicida.

Sin embargo, por lo menos a partir de su ligazón con los alimentos transgénicos, el glifosato tuvo sus “Morton Biskind”. Hubo investigadores que reclamaron mejores controles y evaluaciones del “paquete tecnológico” que unía semilla transgénica y herbicida (bajo la forma comercial de Roundup).

En el 2000, se edita el ajuste de cuentas de la bioquímica Mae-Wan Ho contra el avance arrasador de la agroindustria. [5] Trabajo en el cual Ho cuestiona tanto los aspectos epistemológicos de los avances técnicos ingenieriles como lo que Ho consideraba sus descuidos metodológicos: ya está claro que la ciencia está  servilizada a los intereses corporativos.

Durante la primera década del nuestro siglo, se verán cada vez más críticas a los comportamientos empresariales que llevan adelante la implantación urbi et orbi de los transgénicos, vegetales y animales.

Un militar estadounidense dedicado a la guerra biológica, de la Universidad de Purdue, Don Huber, conocedor del efecto de los pesticidas sobre los sistemas vivos, da también una alarma.

Huber afirma: “El glifosato promueve patógenos del suelo y está ya relacionado con más de 40 enfermedades de plantas.”  Sostiene incluso que “el glifosato  desmantela las defensas vegetales”  porque la planta en crecimiento se ve privada de los nutrientes que le sirven para defenderse ella misma de enfermedades y para resultar nutritiva. Huber sostiene  que tales cultivos, biológicamente empobrecidos, son la causa de “desórdenes animales”. [6]

En el artículo de Vallianatos, luego de repasar, como apunta su título, las consecuencias atroces de los agrotóxicos, sistemáticamente presentados como “la” solución y una solución tranquilizadora, que nos lleva a un mundo mejor, el autor critica las falacias de la agroindustria: “Sus propietarios invocan una guerra al hambre pero en la práctica su guerra está dirigida contra el mundo natural y los pequeños agricultores y granjeros.  Y pese a toda su propaganda  de que están para alimentar al mundo, apenas producen un tercio de los alimentos de todo el mundo. Campesinos, no agroindustriales son los que mayormente alimentan  la población del mundo (Douwe van der Ploeg, 2014). Pero los agroindustriales son sí responsables del enorme daño hecho al mundo natural y a la humanidad. El daño nos llega en la forma de calentamiento global y de envenenamiento de la vida silvestre, el agua potable y los alimentos.[7]

El tiempo, el mero transcurso del tiempo, nos ha permitido captar problemas que los forjadores de la combinación de siembra directa y agrotóxicos jamás imaginaron (nosotros, sus críticos, tampoco, pero al menos podemos verificar, cada vez más, que teníamos una desconfianza genuina y certera, que la invocación del “principio de precaución” para ser muy cauteloso con tales “milagros” tecnológicos, estaba basada en  buenas razones).

Vamos perfilando problemas: hoy en día se ha hecho evidente una problemática con las inundaciones: no se puede desmontar para cultivar grandes extensiones sin hacerle perder al suelo gran capacidad de absorción; esto se agrava con la técnica de siembra directa que necesita menos agua e “invita” al escurrimiento de la caída “sobrante”  de agua. Por su parte, los campos con pasturas naturales tienen a su vez una retención mucho mayor que aquellos campos con praderas cultivadas. Los “pastos” naturales tienen raíces hasta a 4 metros bajo tierra; los pastos plantados por el hombre difícilmente sobrepasen raíces de medio metro de profundidad…

 

Diversas investigaciones, como la de Andrés Carrasco en Argentina o Gilles-Eric Séralini en Francia demostraron los peligros mayúsculos del glifosato pese a toda la campaña sobre su inocuidad promovida por Monsanto y laboratorios conexos siempre con la anuencia cómplice de los organismos estatales de control.

Séralini llevó a cabo una ingeniosa investigación: siguió escrupulosamente los protocolos de investigación de Monsanto, los que habían revelado, según Monsanto, la inocuidad “científicamente probada” del herbicida. Solo que en lugar de llevar a cabo el experimento con ratas de laboratorio, durante tres meses, como informara Monsanto, prosiguió el mismo tratamiento, sobre las mismas ratas, más tiempo. Ya en el cuarto mes, los síntomas de alteraciones e intoxicación se hicieron patentes y al cabo de pocos meses –encima de los tres controlados por los técnicos de Monsanto− los daños eran múltiples, irreversibles y llevaron a la muerte a buena parte de los cobayos.

Los trabajos de Séralini, Carrasco, los análisis e investigaciones de Arpad Pusztai, Mae-Wan Ho, Don Huber y tantos otros no hacen sino verificar y desnudar  lo que parece una constante de los fundamentalistas tecnófilos; su optimismo a prueba de realidad.

Así, mientras el planeta se va deshaciendo literalmente, con el avance incontenido de CO2 en la atmósfera; con el derretimiento de los hielos y el aumento del nivel del mar; a través de una pérdida galopante de biodiversidad, con la tropicalización del clima en nuestras latitudes y el daño producido por el calor solar (¡algo inimaginable pocas décadas atrás!); mediante la presencia cada vez más insoslayable de temporales e inundaciones; por la proliferación de enfermedades cutáneas, respiratorias, autoinmunes, cánceres, tenemos la “buena nueva”, la profecía de otro personero de la agroindustria, Dennis Avery, en su momento funcionario del Dpto. de Estado, EE.UU., y think tank acreditado de la agroindustria, que nos tranquiliza con su Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos.

Esta Biblia del capitalismo tecnocrático, esta propaganda corporocrática, merece un análisis aparte.

 

[1]   Cit. p. Evaggelos Vallianatos, ob. ict.

[2]  Aunque persistan quienes, como el “periodista científico argentino” Leonardo Moledo, ya fallecido, en plena década de los ’90 zanjara la calidad periodística por un eje preciso: si se defendía al DDT. Quien lo cuestionara, no podía integrar un boletín científico como futuro, de Página 12. Quien esto escribe debió experimentarlo en carne propia.

[3]  “Ruthless Power and Deleterious Politics: From DDT to Roundup” [Poder despiadado y política dañina] Independent Science News, ISN, Ithaca, Nueva York, 17/7/2015.

[4]  “Glifosato” © Copyright 2013. Industry Task Force on Glyphosate [Grupo de Tareas de la industria para el glifosato].

[5]  Genetic Ingeneering: Dream or Nightmare? Turning the Tide on the Brave New World of Bad Science and Big Business  [Ingeniería genética: ¿sueño o pesadilla? Revirtiendo el mundo feliz de mala ciencia y buenos negocios], Continuum, Londres, 2000.

[6]  Cit. p. Evaggelos Vallianatos, “Ruthless Power and Deleterious…

[7]  Vallianatos, ob. cit.

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