El asesinato pedagógico de Jamal Khashoggi

por Luis E. Sabini Fernández – 

Analizando el asesinato de Jamal Khashoggi, recuerda Daniel Shapiro[1]  cómo fue considerado otro asesinato político ordenado a su vez por Napoleón Bonaparte: “Algo peor que un crimen; un error”.

Shapiro  analiza las consecuencias de lo acontecido por orden del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, sobre la política de EE.UU. e Israel.

Y nos muestra cómo funciona la estrecha alianza entre la dirección político-militar estadounidense y la saudí (y la israelí, jugando en todas las bazas).

Shapiro se alarma acerca de la infiltración, imparable, de los detalles del asesinato, digno de una novela nórdica de los últimos tiempos con lesiones previas a la muerte, atrocidades varias, dedos seccionados estando todavía vivo y corte final de cabeza para darle otro destino que al tronco de lo que fuera Khashoggi, al parecer competidor en el marco de la realeza, periodista, espía y/o contraespía, vaya uno a saber al servicio de qué servicio.

Sabemos que lo acontecido en territorio turco no contó con la complicidad de las autoridades anfitrionas que, por el contrario, hicieron todo lo posible para desnudar el “affaire”.

Shapiro nos dice que este strip-tease macabro malogra una provechosa alianza de décadas entre EE.UU. y Arabia saudí por un lado e Israel y EE.UU. por otro (y por encima o por debajo, la misma curiosa alianza entre dos estados hiperconfesionales; Israel y Arabia saudí).

Shapiro entiende que “Mohammad bin Salman no calibró el efecto de este tipo de asesinato haciendo trizas todo margen de aceptabilidad para el público estadounidense y para todo el elenco de ambos partidos en el Congreso”.[2] Pone como ejemplo que congresales tan de derecha como Marco Rubio hayan puesto el grito en el cielo.

Estamos entonces −cada vez importa menos la muerte por asesinato− ante la atención a brindar a la pudorosa opinión pública estadounidense. El alma del ciudadano norteamericano no puede oír, sin estremecerse, la peripecia vivida por Khashoggi.

Shapiro lo dice sin pelos en la lengua: “La represión saudí no es algo nuevo y probablemente el sistema político de EE.UU. podría acomodarse si mantenemos un cierto nivel bajo de visibilidad.” [sic]

Bin Salman no advirtió el efecto en el alma norteamericana de hacer lo que se le hizo a un periodista del establishment (Khashoggi era redactor habitual de Washington Post).

Shapiro, abundando sobre el efecto devastador de la imagen de tamaño asesinato sobre el público norteamericano y transitivamente sobre las decisiones políticas, nos confiesa que el terremoto obligará… −observe el lector el abismo que se abre− a vender algunas menos armas a Arabia saudí, que generalmente se ha provisto más que generosamente de los avances de la industria militar estadounidense.

Shapiro considera que “tal vez el fallo mayor del asesinato de Khashoggi proviene de la obsesión de ben Salman por silenciar a sus críticos, con lo cual se pierde fuerza en el intento de construir un consenso internacional para presionar a Irán.”

Es decir, a Shapiro le preocupa no el método empleado para eliminar a Khashoggi, y menos todavía la cuestión misma de la eliminación de competidores; apenas los dólares (millones) que no pasarán de las arcas saudíes a las estadounidenses o que debilita la presión para desmantelar a Irán.

Todo se instrumentaliza. En rigor, volviendo a la anécdota con Napoleón, no se trata de asesinar menos, se trata de que se note menos. La opinión pública, en tal caso, no ofrecerá dificultades y las correas de transmisión funcionarán fluidamente.

No hay que herir los oídos de gente sensible. Hay que hacer las cosas “a la chita callando”. ¿Por qué esa obsesión por deshacer un ser humano en vida y registrarlo? Hay un aspecto, fabril, de dejar constancia y confirmar la calidad de un “trabajo”, es cierto, pero si eso llega a manos indebidas, “nos” perjudica.

 

Shapiro replantea, sin decirlo, lo que pasó con E. Snowden, con B. Manning, con J. Assange, para mencionar apenas a los tres más famosos violadores de “obediencia debida” más recientes. Ellos revelaron consciente y voluntariamente lo que el cuerpo mutilado de Khashoggi una vez más nos muestra. Por eso, lo que tememos con Snowden, Manning, Assange, y ellos también,  es que quieran matarlos (o pudrirlos en la cárcel).

Porque lo malo no es hacer algo malo.  Lo malo es que se sepa. Y cierto estilo sádico, afiebrado, patoteril, grupal –como por lo visto es el de MBS (el apodo o sigla con que se conoce a Mohammad bin Salman−, tiene mayor riesgo de filtraciones.

La mezcla en Shapiro de lucidez y amoralidad, de pragmatismo, en suma, es tal vez más aterradora que el terrorismo expreso (que a veces es torpe).

Bueno es advertir que esto es lo que tenemos como diseño de la cosa política hoy enfrente nuestro (y por encima y a nuestras espaldas… por doquier).

Tendremos que agradecer a la patota sagrada e imbécil de los sunnitas más fanáticos de ese estado que es de una familia, llegar a otear la sordidez de nuestro presente.

La búsqueda de la verdad era el viejo motto de periodistas, y antes, de filósofos.

Aunque cueste pensarlo o se sienta uno pasado de moda, sigue siendo la cuestión clave, ardua, casi inalcanzable.

Podríamos transformar la vieja consigna que se atribuye a Pompeyo para arengar a los marineros temerosos ante la tormenta, “navigare necesse est, afirmando: veritas necesse est.

[1]  Daniel B. Shapiro, “Why Khashoggi Murder is a Disaster for Israel”, Haaretz, Tel-Aviv, 21 oct. 2018. Como puede advertir el lector, ya en el título Shapiro expresa lo que le importa; no la vida sino los perjuicios (para Israel).

[2]  Ibíd.

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Hambre y obesidad

por Luis E. Sabini Fernández

Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, 16 de octubre, que patrocina la FAO, esta red mundial perteneciente a la ONU ha hecho públicos los guarismos de hambre y obesidad mundiales: 811 millones de seres humanos y 665 millones, respectivamente.

Podríamos decir, que si antes teníamos un gran problema –el hambre− ahora tenemos dos.

En el penoso tema del hambre, se puede, en rigor es necesario, distinguir el hambre endémica, tradicional, que castigaba a todas las poblaciones humanas (y en general vivas) del hambre moderna, resultado de la interrrelación asimétrica entre sociedades y pueblos, lo que se conoce históricamente como colonialismo e imperialismo.

La primera hambre histórica tiene que ver con la escasez de nutrientes y la humanidad la ha ido resolviendo con sus piernas, en una primera y muy prolongada era, de migraciones, y con su propia inventiva, poco a poco, que le fue permitiendo reconocer alimentos saludables y facilitar su crecimiento; la agricultura y la cría de animales domésticos. Si el recurso de las piernas fue usado durante un millón de años, el de la cría de animales y cultivos no tiene más de diez mil años.

En ninguno de tales momentos, la obesidad fue un problema; al contrario; basta ver lo que nos ha permitido conocer la fotografía desde mediados del s. XIX, apenas desde hace 150 años, para advertir que los oriundos o establecidos de cualquier lado tenían cuerpos sin grasa, piernas musculosas.

La segunda variante del hambre, poco tiene que ver con la escasez y mucho con la rapacidad humana: el colonialismo fue un proceso mediante el cual un pueblo dominando se apropia de excedentes, o no tanto, de un pueblo dominado. Frances Moore Lappé,[1] una investigadora norteamericana, ha registrado que los años de mayor hambruna en la India a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, coinciden con los años de mejores cosechas. ¿Cómo es eso? Porque los años de cosechas excelentes eran los que aprovechaban los ingleses para cargar sus barcos y llevarse “a casa” tal producción.

Así que el hambre moderna tiene que ver mucho con el poder y la política. Veamos lo que pasa con la obesidad.

Lars Berg,[2] un estudioso sueco nos habla que el pasaje del mundo de las migraciones a la sedentarización significó una primera revolución alimentaria.

No hay empero un corte entre la sociedad más primitiva y la asentada, porque actividades como el cuidado de animales domésticos se va gestando en aquel mundo nómade, y por ese lado, el ingreso de lácteos y de carnes de animales domésticos en la dieta humana  estaba ya presente antes de la sedentarización y la agricultura.

De todos modos, lo que Berg caracteriza como primera revolución alimentaria es el pasaje de una dieta basada en la recolección de frutos, vegetales y animales, pesca y caza, a una alimentación más bien basada en cereales y lácteos (y carne, cada vez menos de caza y más de animales domésticos, domesticados).

Y Berg nos dice que con la modernidad a pleno, en el cambio de siglo del XIX a XX, y fundamentalmente en EE.UU., se produjo una segunda revolución alimentaria. Ya no regida por la escasez sino por la abundancia. Las dietas de los habitantes romanos, medievales y decimonónicos se parecían más entre sí que con la dieta que se va imponiendo en la modernidad tardía, american. Esta dieta, hoy día la nuestra, se caracteriza por disponer de mucha más grasas y azúcares.

Esos ingredientes, aclara Berg, son muy apetitosos. La gente se tienta más.  En EE.UU., para promover el consumo, para agrandar ganancias de los productores, se ha empleado la política; por ejemplo, se ha dispuesto el agrandamiento de  los diámetros de los platos a 30 cm, para dar “sitio” a porciones mayores.

Con esta “segunda revolución alimentaria” empezamos a comprender más fácilmente el origen de la obesidad moderna.

Pero ahora tenemos, como dijimos, dos problemas. ¿Por qué se nos suman, complicando un cuadro de por sí ya atroz?

Aquí entra en juego cada vez más clara y decisivamente la cuestión de la rentabilidad y la tecnología. La modernidad nos muestra que el capital se agranda y expande con el uso de tecnología. La tecnología usada al servicio de la rentabilidad. Se trata de producir alimentos rentables, no (necesariamente) sanos. Incluso más, si la tecnología produce alimentos insanos, pero de mayor rendimiento, ¡adelante! El criterio declarado será la salud, pero el practicado será la rentabilidad.

Si los aditivos que prolongan la durabilidad de un alimento, son tóxicos, se usarán igual. Si los empaques que se usan para transportar alimentos para extender su alcance, son tóxicos, se usarán igual. Si los ingredientes que se agregan a un alimento para facilitar determinados procesos (de estiba, de conservación, de apariencia de frescura) son tóxicos, se usarán igual, si mejoran la rentabilidad.

¿Cómo es eso posible, admisible? Desde hace décadas lo conocemos: mediante la asignación de “límites de seguridad”. Si el veneno es chiquitito, se podrá usar, hasta determinado límite.

Claro que nuestros cuerpos van a ir recibiendo pequeñísimas magnitudes de cada tóxico, pero una cantidad inimaginable de veces y tóxicos en todos y cada uno de nuestros alimentos.

Esa sinergia no se mide. Ahí está una al menos de las trampas que le permite a cada industrializador de alimentos mantener su conciencia tranquila y sobre todo, no sentirse un delincuente, que es la tipificación de cualquier ser humano dedicado a intoxicar a otros.

¿Qué está pasando en nuestras sociedades (un proceso que con diferente intensidad y tiempos distintos abarca a todo el planeta)? En primer lugar, un proceso que hemos llamado de campesinicidio. La eliminación progresiva de quienes están dedicados a la producción rural en unidades pequeñas. Y su sustitución por la agroindustria que en nuestro país se atribuye la calidad de “agricultura inteligente”, una forma elegante de decir que la cultura campesina es de imbéciles.

Aunque justamente la agricultura de los pequeños cultivadores y granjeros da lugar a la producción de alimentos con menos agregados químicos, y es la agroindustria −que se considera “inteligente”− la que se ha “casado” con los desarrollos tecnológicos de mayor avanzada, valida de una enorme batería de productos químicos, que cada vez más, está imposibilitando una alimentación sana. Porque lo que los progresistas creen “parte de la solución” ha resultado también parte del problema. Porque se ha tratado de un desarrollo tecnológico movido por la rentabilidad y no, por ejemplo, por la salud planetaria.

La expansión desenfrenada de la agroindustria, que nuestros políticos progresistas ven natural y positiva, es la que nos está dando alimentos cada vez más problemáticos, pero eso sí, con abundancia de grasas y azúcares. Lo que los dietólogos denominan “comida chatarra” y, podríamos agregar, el “mundillo de las golosinas”.

El avance de comida con enorme peso de productos químicos, de cultivos transgénicos, de uso cada vez mayor de plaguicidas y fertilizantes, ha ido generando una cultura de la góndola, y quebrando la cultura de lo artesanal (maduraciones y desecados, por ejemplo, naturales, en lugar de procesos estimulados y ayudados con aditivos y “maravillas” tecnológicas).

En muchas familias de origen rural es fácil rastrear ese proceso: cuando muere quien hacía los dulces caseros, los embutidos caseros, los encurtidos, las pasas de frutas y verduras, el secado de hongos, quienes han vivido en esa familia, si son jóvenes, suelen abandonar todo ese trajinar y pasan a comprar, a buscar en la góndola “lo mismo”. El detalle es que lo que ofrece la agroindustria y los grandes consorcios transnacionales dedicados a la alimentación, no es lo mismo.

El abuelo hacía en casa pan fresco. Dos días después, hacía otra vez pan fresco. Grandes transnacionales te ofrecen “pan fresco” todos los días, elaborado hace semanas o meses… ¿cómo pan fresco? Porque no es pan fresco, pero parece. Está igualmente tierno, ¿entonces? ¿Magia? No,  aditivos. ¿Saludables? No tanto, pero es legal, porque está por debajo de los límites de seguridad que las autoridades bromatológicas han establecido.

¿Pero entonces, ¿es tan saludable?

A la obesidad me remito. Para abrir siquiera una discusión celosamente escamoteada por reformistas, progresistas y tantos titulares de la fraseología burocrática de  organizaciones tipo FAO, que en cada encuentro mundial parecen haber descubierto la piedra filosofal de la cuestión alimentaria que tendrán que sustituir en un próximo encuentro…

[1]  Frances Moore Lappé, L’industrie de la faim, Éditions L’etincelle, Quebec, Canadá, 1978.

[2]  Lars Berg, “El estómago, los alimentos y el poder”, futuros, no 6, Río de la Plata, 2004.

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Una maldecidísima trinidad: Assange, Sala, palestinos

por Luis E. Sabini Fernández

¿Qué tienen en común un periodista de investigación australiano, una coya jujeña activista polìtica del norte argentino y un pueblo tan limitado, recortado, acribillado su territorio de check-points como el palestino?

En que están despojados  de todo derecho, de todo lo que el ordenamiento jurídico suele calificar como “derechos humanos”.

La lista, el terceto, es arbitrario. Son muchísimos más los humanos expuestos a una excepcionalidad rampante; mi ignorancia me permite apenas mencionar a los yemenitas, a los saharauis, a los rohingya, a los mayas en Guatemala… tantos desamparados en el planeta.

El despojo que mencionamos golpea sobre situaciones bien distintas. En el caso de Julian Assange, vemos la impotencia de un refugio que las autoridades “occidentales y democráticas” se empeñan en recortar hasta la extenuación (un ejemplo prístino de “el gato que estrangula sin hacer sangre”); en el de Milagro Sala vemos un poder local de viejo cuño, patriarcal y despreciativo, que ha decidido castigar a Sala por su desenfado para actuar como si no hubiera por encima suyo “autoridades naturales” que es como se ven a sí mismos los que decidieron escarmentarla, no ya solo privándola de todo derecho sino destruyendo las obras y construcciones que en Jujuy sonaron a blasfemia; viviendas que merezcan el nombre de tal, una pileta para pobres (en una zona subtropical donde “los ricos” tienen pileta), locales y comedores escolares pero laicos e incluso algo peor, con fuerte presencia “originaria”; en el caso de los palestinos, luego de todos los triunfos políticos, diplomáticos, militares, que el asistidísimo Estado de Israel ha cosechado de parte de la comunidad judía mundial que se ha identificado con el fruto del sionismo, de la culposa Europa occidental y en particular del eje anglonorteamericano, en bienes materiales, en financiaciones ilimitadas y préstamos a fondo perdido, en provisión de recursos para bombas atómicas y energía nuclear en general, y en respaldo diplomático, que le ha permitido apropiarse del 78% de la Palestina histórica y de facto del restante 22%, no ha logrado sin embargo hacer d e s a p a r e c e r  a los palestinos, que se aferran con uñas y dientes a su tierra.

Invasiones, guerras han logrado expulsar mediante terror y asesinatos una cierta cantidad de palestinos. Pero el rendimiento de semejante política ha conocido la ley de rendimientos decrecientes. Y un cierto costo político, tal vez al revés, creciente…

Como los dirigentes que hoy en día son casi exclusivamente fascistas, no pueden tolerar tamaña resistencia; periódicamente personajes como Avigdor Lieberman, un continuador de los Sharon y Kahane, ha prometido una expulsión generalizada, una suerte de “tirar todos los palestinos al mar”.

Curioso momento el de nuestra cultura contemporánea. Porque estas situaciones de excepcionalidad jurídica que vemos desplegarse cada vez con mayor fuerza en nuestro presente, coexiste con una pléyade de redes, instituciones y asociaciones jurídicas dedicadas a a atender precisamente estos mismos problemas que venimos describiendo: el Tribunal Superior de La Haya, la Comisión Internacional de DD.HH., el Consejo de Administración Fiduciaria, la Asociación Internacional de Juristas, SIJ, CIADI, CIJ, etcétera, las que nos impulsarían a creer que gozamos de una alta juridicidad democrática.

Si preocupa e indigna el reinado de excepcionalidad descrito, lo que agrava la situación es la impunidad con que tales restricciones a los derechos básicos humanos se despliega en el mundo actual. Presentamos tres penosos ejemplos, dos individuales y uno que abarca a millones de seres humanos, virtualmente secuestrados, constreñidos a un régimen de vida de humillación permanente, de abuso sistemático. Solo la enorme entereza, la dignidad de un pueblo que se sabe dueño de un destino les permite vivir, no solo sobrevivir. Lo mismo podemos decir de Milagro Sala que se ha enfrentado a sus jueces y acusadores con altivez, algo imperdonable para sus cancerberos, y de Julian Assange que soporta estoicamente la reducción de espacio, la negativa a atención médica personalizada y el asedio continuo sin ceder en sus actos de denuncia contra abusos del poder mundializado.

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Declaraciones de Alejandro Nario ¿Una maravillosa contaminación?

por Luis E. Sabini Fernández

En recientes declaraciones Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente de nuestro país[1] expresó que “el plástico es una pandemia mundial”. Una afirmación certera que desnuda uno de los roles básicos de los productos plásticos.

Nos dice que “el 90% del agua que se toma a nivel global contiene microplástico”.[2] Tanto potable como mineral.

Hasta aquí, las apreciaciones de Nario son comprensibles y compartibles.

Dice luego que “aún es difícil determinar sus efectos en la salud de los seres humanos”. Arriesgada afirmación; desde hace décadas hay investigaciones que han verificado la causante de partículas plásticas en enfermedades de muy diverso tipo (desde alteraciones hormonales hasta malformaciones congénitas).[3]

Nario compara la situación con la del plomo al que “se le reconoció muchas virtudes hasta que se descubrió la plombemia.”  Suponemos que se refiere al Uruguay y al escándalo que surgió hace unos diez años, cuando se “descubrió” que el plomo en sangre y huesos afectaba a una enorme proporción de nuestra población.

Pero si hablamos del plomo, hace algo más de 2000 años, su contaminación y efecto nocivo sobre los cuerpos humanos ya se conocía, como “saturnismo”. Médicos romanos comprobaron su presencia entre los trabajadores de las minas de plomo. Y las virtudes eran tan pocas como para que Vitruvio, arquitecto romano a cargo de la canalización de agua corriente para Roma y Pompeya, descartara cañerías de plomo (optó por acueductos de piedra, algunos todavía en pie, y cerámica).

Nario nos cuenta entonces que “con el plástico ocurre un proceso similar; era una salida maravillosa para sustituir el vidrio, porque es liviano y moldeable, pero luego se descubrieron todos los problemas que conlleva.”

Una versión rosa de la historia. Porque el motivo por el cual el vidrio fue desplazado por el plástico no fue por ser algo “maravilloso”, o por su liviandad (real).

Desde el primer momento se descubrió algo ominoso en los envases plásticos: no eran inertes, a diferencia del vidrio, por ejemplo. Los envases plásticos “cedían” partículas a sus contenidos. Y ese proceso −migración− se acentúa ante contenidos grasos  o alcohólicos.

Ante el carácter no inerte de los envases plásticos, la industria petroquímica encontró la fórmula salvadora; los “límites de seguridad”: se puede ingerir plásticos pero solo hasta cierto punto, pasado el cual sería dañino y por lo tanto prohibido.

La fórmula que la petroquímica y los envasadores encontraron para ese “enroque” fue el PADI: Packaging Admissible Daily Intake. La dosis admisible de empaque diario. Leyó bien: lo que se puede incorporar, del empaque, a nuestros cuerpos.

Y fue gracias al PADI que los envases plásticos desplazaron, por ejemplo al vidrio, y no a causa de una “salida maravillosa”.

Pero hemos visto, al principio, que Nario ve cierta problematicidad con el plástico. “Pandemia global”. ¿Cómo enfoca nuestro hombre su solución?

Quitándole la gratuidad a las bolsas de plástico: “En el mundo, el cobro de las bolsas plásticas es el método más efectivo.” Y “que el ‘sobreprecio’ se lo quedarán los comerciantes que vendan las bolsas.” Los comerciantes no bregarán por achicar la pandemia; cobrarán por sostenerla (y hasta aumentarla). Es cierto que un sector de la población optará por llevar sus bolsas para ahorrarse unos pesos. Esta política abre en el tiempo dos estilos; los que eviten pagar el sobreprecio de las bolsas llevando sus propios envoltorios y los que se permitan “la comodidad” de seguir como hasta ahora. Cobrar las bolsas, en lugar de combatir “la pandemia global”, la elude. Y si el derroche mengua, será por falta de dinero…

Esa transición de consumo irrestricto a consumo cobrado es para Nario una medida de ayuda a “la industria nacional del plástico”; “hay que darle tiempo para que se reconvierta […], hablamos de miles de puestos de trabajo, no podemos de un día para el otro que  la gente quede sin trabajo.” Tanto sentimiento es casi emocionante. Lástima que cuando la industria petroquímica despedazara a la del vidrio ese asunto no se tuviera en cuenta; al contrario, se adujo la bondad de la renovación, la modernización, los adelantos tecnológicos. No solo se desplazó a los envases de vidrio, se acabó con la misma industria del vidrio en el país.

Más adelante Mizrahi abunda sobre  el carácter “compostable biodegradable”. No entendemos bien a qué se refiere. Esperemos que no se trate de plásticos oxodegradables; un invento reciente que no biodegrada el plástico pero lo desmenuza más rápidamente, para que pase desapercibido a más corto plazo. En realidad, con la apariencia de solución, es  una vuelta de tuerca en contra de la salud ambiental.

Nario se refiere al agua: “Un tema de debate. El agua en envase de plástico cobró prestigio y el agua de la ‘canilla’ se supo que tenía problemas de potabilidad.” Naturalizando una peculiar coyuntura. Si nos referimos al agua potable de Laguna del Sauce del año 2015, es tal como dice Nario. Pero la investigación que WCA (Waste Collection Authority) llevó a cabo en Gran Bretaña en 1997, ofrece un resultado muy distinto. Dado el auge entonces del consumo de agua en botellas plásticas, hicieron una investigación sobre costos y niveles bacterianos. Estimaron que el consumo de toda la vida de agua de la canilla de un habitante era de casi 30 libras esterlinas; el mismo  consumo usando botellitas de plástico era de algo más de 20.500 mil libras esterlinas.

Sanitariamente, el agua corriente ofrecía una calidad del 99,7% respecto de presencia bacteriana. El agua embotellada arrojó un 98% de aprobación.

Así que si el agua embotellada “cobró prestigio”  pudo deberse a no examinar su calidad, o a que el agua del circuito público uruguayo, de la canilla, se deterioró marcadamente.

Mientras, el municipio romano de la Roma actual, del s XXI, asegura la calidad del agua de todas sus fuentes para que el habitante romano pueda saciar su sed con confianza en plazas públicas evitando andar con su agua a cuestas y, sobre todo, para no recargar los desechos de la ciudad con una cantidad multimillonaria de envases vacíos, gastados, inútiles… y no biodegradables.

[1]  La Red 21, entrevistado  por Ana M. Mizrahi, 11 jun 2018.

[2]  Dado el carácter no biodegradable de los plásticos, con el paso del tiempo, la erosión y otros desgastes las partículas plásticas reducen sus dimensiones. Pero no se biodegradan.

[3]  Véase Our Stolen Future, 1996, la investigación que tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, llevaron a cabo rastreando la presencia de micropartículas de policarbonato, poliestireno, PVC, en el origen de una serie atroz de enfermedades.

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Carta abierta. Peripecias bancarias para cobrar chirolas del exterior

por Luis E. Sabini Fernández

Estoy jubilado desde hace unos diez años en la Caja de Jubilaciones de Suecia (por el corto período laboral que tuviera en ese país). Se trata de una jubilación que no alcanza a los 5 mil pesos argentinos, que he cobrado regularmente desde entonces.

Dado que los gastos por tarjeta eran tan altos, al cabo de pocos meses decidí tramitar giros semestrales achicando los gastos bancarios. Eso estamos haciendo, están haciendo los bancos, desde hace una década o casi.

El banco (sueco) receptor de mi jubilación y eslabón necesario para yo recibir en Buenos Aires mis monedas me envía por correo postal resúmenes de cuenta trimestrales.

Siempre ha sido farragoso cobrar estos giros en Argentina. Porque el BNA tiene duda de la procedencia de los giros; se me ha hecho firmar cartas de intención en que aclaro que no muevo más de tres millones de dólares (mensuales o anuales; ya no recuerdo y me resulta totalmente irrelevante la frecuencia); he tenido que responder al interrogatorio de porqué los papeles del banco sueco se refieren a dos números de cuenta relacionadas conmigo (tengo una sola cuenta y los movimientos contables del banco sueco ─o de cualquier país─ me resultan desconocidos, pero sé que muchos bancos tienen una cuenta para direccionar los fondos al receptor y otra, con otro número, para moverlos a un banco corresponsal); jamás han resultado suficientes los papeles propios de la operación de giro, junto a mi identificación; a menudo he tenido que agregar cartas testimoniales sobre el carácter de esos “fondos”.

Una especie de rendición de cuentas permanente, perpetua.  Siempre tratado como reo pero sin el in dubbio pro.

Esto es propio de un país sin la más mínima confianza. Al menos respecto de los titulares de cuentas bajísimas, de muy poca estofa, del chiquitaje. Otro gallo canta cuando se trata de cuentas que mueven realmente varios millones de dólares (anuales o mensuales o, claro, semanales). En ese plano, sí existe confianza o al menos planificadores y asesores de gestiones y declaraciones.

 

Por vigésima vez recibo el aviso de una “orden de pago simple” a mi favor. La semestral de la primera mitad de 2016. Los  resúmenes de cuenta enviados por “mi banco” sueco presentan las seis mensualidades acreditadas (la última, el 17 de junio) con las cuales, de rutina, proceden al giro. El giro le llega al BNA el 6 de julio.

El BNA quiere saber qué ha pasado entre el 17 de junio y el 6 de julio. Una funcionaria me explica que yo bien podría haber retirado los fondos acreditados y antes del 6 de julio, podría haberlos repuesto para habilitar el giro. Pero si tal hipotética operación se hubiese llevado a cabo luego del 26 de junio, los fondos ahora girados no tendrían necesariamente la garantía de depósito de 10 días con los cuales en Argentina se combate la especulación financiera. Porque la ley dice que giros de fondos con menos de 10 días depositados podrían ser fruto de especulación. Depósitos de 11, 13 o 25 días, por ejemplo, no son sospechables de manejos especulativos [sic]: conmovido por el freno a la especulación.

Los resúmenes de cuenta expedidos en Suecia nos revelan que una parte (el monto mensual de mi jubilación) estuvo “descansando” en la cuenta 6 meses, otra sexta parte del giro unos 150 días, otro  sexto más aparece depositado desde hace unos 4 meses… y así sucesivamente hasta que hay un sexto depósito (la última sexta parte) del 17 de junio. Con el cual el banco vio “completado” el monto acordado para efectuar el giro…. se demoran un poco, con ritmo sueco, y lo envían el 6 de julio.

Y allí la ventana del horror, de la sospecha insondable, del 17 de junio al 6 de julio.

No tengo pruebas materiales para demostrar que los fondos siguieron descansando. Aparecerán con el próximo resumen de cuenta, en setiembre. No tengo acceso desde hace un año a home banking porque se me ha trabado el PIN.

Traté de aclararle a la funcionaria con poder de decisión que si mira, hurga, estudia, se toma el trabajo de verificar las órdenes de pago efectuadas hasta la fecha, siempre semestralmente, va a ver siempre el mismo modus operandi: con rigor nórdico, al llegar a seis mensualidades se gira un monto dejando apenas un saldo para no cerrar la cuenta. En ningún caso hubo una extracción de coronas entre la sexta mensualidad acumulada y el giro.

La réplica ha sido: cada operación es ella por sí misma. Lo cual nadie niega.

Pero la relación basada en la desconfianza más radical, aparte de lesiva porque te está diciendo que no te creen nada, en los hechos es paralizante. Para el movimiento del  capital, para la circulación económica. Tales circuitos trabajan y operan sobre la base de la confianza. Claro que así  pasa que alguna vez sobreviene una trapisonda. Como dicen Les Luthiers… el exceso de confianza embaraza a la mujer.

Entonces  se extreman, allí sí,  los recaudos. O deberían. Pero ninguna circulación económica se basa en la radical falta de confianza. No se podría actuar, sería paralizante.

Es sistémicamente inaceptable.  Inapropiada. Solo explicable porque con estas trabas se lesiona a agente económicos  que no tenemos importancia.

Si durante veinte veces se ha repetido el mismo esquema de giro y cobro, ¿por qué suponer que en éste se va a producir un misterioso desvío de fondos (que sin embargo, muy pronto habría que reponer)?

Es afortunado para el sistema bancario argentino y para la economía y la cordura nacional que haya muy pocos jubilados en el exterior… porque si hubiera un porcentaje apreciable (digamos un 15 % o un 35 %) entonces, todo el andamiaje oficinesco estallaría.

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