Declaraciones de Alejandro Nario ¿Una maravillosa contaminación?

por Luis E. Sabini Fernández

En recientes declaraciones Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente de nuestro país[1] expresó que “el plástico es una pandemia mundial”. Una afirmación certera que desnuda uno de los roles básicos de los productos plásticos.

Nos dice que “el 90% del agua que se toma a nivel global contiene microplástico”.[2] Tanto potable como mineral.

Hasta aquí, las apreciaciones de Nario son comprensibles y compartibles.

Dice luego que “aún es difícil determinar sus efectos en la salud de los seres humanos”. Arriesgada afirmación; desde hace décadas hay investigaciones que han verificado la causante de partículas plásticas en enfermedades de muy diverso tipo (desde alteraciones hormonales hasta malformaciones congénitas).[3]

Nario compara la situación con la del plomo al que “se le reconoció muchas virtudes hasta que se descubrió la plombemia.”  Suponemos que se refiere al Uruguay y al escándalo que surgió hace unos diez años, cuando se “descubrió” que el plomo en sangre y huesos afectaba a una enorme proporción de nuestra población.

Pero si hablamos del plomo, hace algo más de 2000 años, su contaminación y efecto nocivo sobre los cuerpos humanos ya se conocía, como “saturnismo”. Médicos romanos comprobaron su presencia entre los trabajadores de las minas de plomo. Y las virtudes eran tan pocas como para que Vitruvio, arquitecto romano a cargo de la canalización de agua corriente para Roma y Pompeya, descartara cañerías de plomo (optó por acueductos de piedra, algunos todavía en pie, y cerámica).

Nario nos cuenta entonces que “con el plástico ocurre un proceso similar; era una salida maravillosa para sustituir el vidrio, porque es liviano y moldeable, pero luego se descubrieron todos los problemas que conlleva.”

Una versión rosa de la historia. Porque el motivo por el cual el vidrio fue desplazado por el plástico no fue por ser algo “maravilloso”, o por su liviandad (real).

Desde el primer momento se descubrió algo ominoso en los envases plásticos: no eran inertes, a diferencia del vidrio, por ejemplo. Los envases plásticos “cedían” partículas a sus contenidos. Y ese proceso −migración− se acentúa ante contenidos grasos  o alcohólicos.

Ante el carácter no inerte de los envases plásticos, la industria petroquímica encontró la fórmula salvadora; los “límites de seguridad”: se puede ingerir plásticos pero solo hasta cierto punto, pasado el cual sería dañino y por lo tanto prohibido.

La fórmula que la petroquímica y los envasadores encontraron para ese “enroque” fue el PADI: Packaging Admissible Daily Intake. La dosis admisible de empaque diario. Leyó bien: lo que se puede incorporar, del empaque, a nuestros cuerpos.

Y fue gracias al PADI que los envases plásticos desplazaron, por ejemplo al vidrio, y no a causa de una “salida maravillosa”.

Pero hemos visto, al principio, que Nario ve cierta problematicidad con el plástico. “Pandemia global”. ¿Cómo enfoca nuestro hombre su solución?

Quitándole la gratuidad a las bolsas de plástico: “En el mundo, el cobro de las bolsas plásticas es el método más efectivo.” Y “que el ‘sobreprecio’ se lo quedarán los comerciantes que vendan las bolsas.” Los comerciantes no bregarán por achicar la pandemia; cobrarán por sostenerla (y hasta aumentarla). Es cierto que un sector de la población optará por llevar sus bolsas para ahorrarse unos pesos. Esta política abre en el tiempo dos estilos; los que eviten pagar el sobreprecio de las bolsas llevando sus propios envoltorios y los que se permitan “la comodidad” de seguir como hasta ahora. Cobrar las bolsas, en lugar de combatir “la pandemia global”, la elude. Y si el derroche mengua, será por falta de dinero…

Esa transición de consumo irrestricto a consumo cobrado es para Nario una medida de ayuda a “la industria nacional del plástico”; “hay que darle tiempo para que se reconvierta […], hablamos de miles de puestos de trabajo, no podemos de un día para el otro que  la gente quede sin trabajo.” Tanto sentimiento es casi emocionante. Lástima que cuando la industria petroquímica despedazara a la del vidrio ese asunto no se tuviera en cuenta; al contrario, se adujo la bondad de la renovación, la modernización, los adelantos tecnológicos. No solo se desplazó a los envases de vidrio, se acabó con la misma industria del vidrio en el país.

Más adelante Mizrahi abunda sobre  el carácter “compostable biodegradable”. No entendemos bien a qué se refiere. Esperemos que no se trate de plásticos oxodegradables; un invento reciente que no biodegrada el plástico pero lo desmenuza más rápidamente, para que pase desapercibido a más corto plazo. En realidad, con la apariencia de solución, es  una vuelta de tuerca en contra de la salud ambiental.

Nario se refiere al agua: “Un tema de debate. El agua en envase de plástico cobró prestigio y el agua de la ‘canilla’ se supo que tenía problemas de potabilidad.” Naturalizando una peculiar coyuntura. Si nos referimos al agua potable de Laguna del Sauce del año 2015, es tal como dice Nario. Pero la investigación que WCA (Waste Collection Authority) llevó a cabo en Gran Bretaña en 1997, ofrece un resultado muy distinto. Dado el auge entonces del consumo de agua en botellas plásticas, hicieron una investigación sobre costos y niveles bacterianos. Estimaron que el consumo de toda la vida de agua de la canilla de un habitante era de casi 30 libras esterlinas; el mismo  consumo usando botellitas de plástico era de algo más de 20.500 mil libras esterlinas.

Sanitariamente, el agua corriente ofrecía una calidad del 99,7% respecto de presencia bacteriana. El agua embotellada arrojó un 98% de aprobación.

Así que si el agua embotellada “cobró prestigio”  pudo deberse a no examinar su calidad, o a que el agua del circuito público uruguayo, de la canilla, se deterioró marcadamente.

Mientras, el municipio romano de la Roma actual, del s XXI, asegura la calidad del agua de todas sus fuentes para que el habitante romano pueda saciar su sed con confianza en plazas públicas evitando andar con su agua a cuestas y, sobre todo, para no recargar los desechos de la ciudad con una cantidad multimillonaria de envases vacíos, gastados, inútiles… y no biodegradables.

[1]  La Red 21, entrevistado  por Ana M. Mizrahi, 11 jun 2018.

[2]  Dado el carácter no biodegradable de los plásticos, con el paso del tiempo, la erosión y otros desgastes las partículas plásticas reducen sus dimensiones. Pero no se biodegradan.

[3]  Véase Our Stolen Future, 1996, la investigación que tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, llevaron a cabo rastreando la presencia de micropartículas de policarbonato, poliestireno, PVC, en el origen de una serie atroz de enfermedades.

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Del optimismo tecnocrático a la conciencia planetaria

por Luis E. Sabini Fernández

El estado real de las cosas en la agricultura hoy pasa por la implantación generalizada de la agroindustria, su expansión permanente mediante el proceso de “acaparamiento de tierras” (en todo el mundo, pero sobre en África, con su secuela de despojo, exclusión y hambreamiento).  Y por lo que acabamos de recordar sobre condenas y absoluciones al glifosato, el socio siamés de los OGM, verificamos el muy menguado efecto del reconocimiento de su extrema peligrosidad, como si las estructuras socioinstitucionales tuvieran tanta inercia como para hacer muy arduo el volver sobre sus pasos.

Esto significa que aumenta el conocimiento y consiguientemente la conciencia sobre algunas dificultades y problemas, que eran más difíciles de discernir tiempo atrás (aunque no imposibles; a menudo los caminos tomados, por ejemplo con un desarrollo tecnológico, tuvieron no solo sus cultores sino también sus  críticos).

Vayamos a ejemplos. En 1942 Paul Müller descubre en Suiza  el diclorodifeniltricloroetano, DDT, mejor dicho descubre su efecto insecticida. Intensas investigaciones sobre cómo enfrentar a los piojos en las trincheras, que habían sido un enorme problema durante la primera guerra mundial, culminaron con ese “polvo mágico”. Aunque ya no hubo trincheras en la guerra mundial entonces desatada y por lo mismo los piojos ya no resultaron plaga.

Es un movimiento interesante del conocimiento y la ignorancia humana: se planifica alcanzar un conocimiento nuevo para aplicar a una situación imaginada… que nunca se concreta y el diseño científico y todo, termina aplicándose a algo totalmente inesperado…

Müller estaba convencido que se trataba de un veneno para insectos, inocuo  para plantas y animales de sangre caliente. Fue probado con efectos tan contundentes para conjurar epidemias de fiebre amarilla, paludismo, tifus, que en 1948 Müller recibió el premio Nobel de Química.

Poco a poco sobrevino “el rebote”, un coletazo imprevisto: en 1953,  Morton Biskind, físico norteamericano, denuncia los efectos deletéreos, no físicos sino psíquicos, del DDT particularmente en nuestra forma de pensar. Biskind describe la situación refiriéndose a un nuevo, revolucionario, principio toxicológico: “Todos los aparatos de comunicación masivos, legos y científicos se dedicaron a negar, ocultar, suprimir, distorsionar […] y un nuevo principio de toxicología arraigó con fuerza: no importa cuan letal pueda resultar un veneno para todas las formas de vida, vegetal o animal; si no mata a un humano instantáneamente, entonces es seguro.” [1]

Un pragmatismo miope, un optimismo necio, que pasaba por alto que el DDT no mataba solo a los insectos dañinos sino a todos ellos, incluidos los que predaban a los insectos que el hombre quería combatir. Tampoco se advirtió  su carácter acumulativo. El DDT, veneno estable, iba pasando por las cadenas alimentarias “hacia arriba”, por lo cual dosis incluso muy leves para matar insectos como larvas de mosquitos, llegaban a concentrarse en dosis como para provocar muerte inmediata o mediante  intoxicación crónica, en animales “superiores”; aves o mamíferos.

 

* Epílogo a la segunda edición de Transgénicos: la guerra en el plato. Buenos Aires, 2017

Y tal vez lo más importante: los recién enunciados principios de toxicología ignoraron olímpicamente las enfermedades y las muertes producidas mediante dosis no letales, las que generan alteraciones crónicas. Mediante nuevas políticas sanitarias los agentes que mataban y matan instantáneamente a seres humanos se achicaron hasta hacerse insignificantes pero creció monstruosamente el caudal de enfermedades, sufrimiento y muerte por estados no agudos.

Tuvieron que pasar décadas para que las organizaciones públicas de control sanitario de EE.UU. (fundamentalmente, FDA y EPA) se rindieran a la evidencia de la enorme toxicidad del DDT. Que fue finalmente prohibido.[2]

Porque, como bien explica Evaggelos Vallianatos: “La prohibición del DDT en EE.UU. en 1972 no trajo consigo ninguna reconsideración acerca de la industrialización de las granjas y de su adicción a pesticidas mortales. En los hechos, las grandes plantas agroindustriales totalmente dependientes del uso de pesticidas son ahora legión en todo el planeta.” [3]

Y un ejemplo desoladoramente práctico de la observación de Vallianatos es que prohibido el DDT en 1972, en 1974 las mismas “autoridades” registran y aprueban el glifosato, con enorme aceptación “general”.

El glifosato fue el herbicida de muy amplio espectro, que resultó ideal, veinte años después, para aplicar a los cultivos transgénicos, ideados por los laboratorios de ingeniería genética.

Como en su momento el DDT, se lo sintetizó sin utilidad directa y décadas después, un nuevo laboratorista le encuentra una utilidad precisa y “deslumbrante”. En el caso del glifosato es John Franz, en los ’70, empleado de Monsanto, quien descubre sus cualidades herbicidas.

En la actualidad hay más de 2000 productos para la protección de plantas que contienen glifosato autorizados en Europa para uso en tierras cultivables. Su eficacia de amplio espectro y el fácil control de las malezas lo han convertido en uno de los herbicidas más populares en la agricultura, para los jardines y en las áreas no cultivadas.”  [4]

Fue santificado por Monsanto que lo patentó como lo más inocuo para el mundo entero, por no decir beneficioso…  Esta corporación, que fue su usufructuaria hasta vencida la patente alrededor del 2000, “probaba” a través de múltiples “investigaciones”, la presunta  inocuidad total del herbicida.

Sin embargo, por lo menos a partir de su ligazón con los alimentos transgénicos, el glifosato tuvo sus “Morton Biskind”. Hubo investigadores que reclamaron mejores controles y evaluaciones del “paquete tecnológico” que unía semilla transgénica y herbicida (bajo la forma comercial de Roundup).

En el 2000, se edita el ajuste de cuentas de la bioquímica Mae-Wan Ho contra el avance arrasador de la agroindustria. [5] Trabajo en el cual Ho cuestiona tanto los aspectos epistemológicos de los avances técnicos ingenieriles como lo que Ho consideraba sus descuidos metodológicos: ya está claro que la ciencia está  servilizada a los intereses corporativos.

Durante la primera década del nuestro siglo, se verán cada vez más críticas a los comportamientos empresariales que llevan adelante la implantación urbi et orbi de los transgénicos, vegetales y animales.

Un militar estadounidense dedicado a la guerra biológica, de la Universidad de Purdue, Don Huber, conocedor del efecto de los pesticidas sobre los sistemas vivos, da también una alarma.

Huber afirma: “El glifosato promueve patógenos del suelo y está ya relacionado con más de 40 enfermedades de plantas.”  Sostiene incluso que “el glifosato  desmantela las defensas vegetales”  porque la planta en crecimiento se ve privada de los nutrientes que le sirven para defenderse ella misma de enfermedades y para resultar nutritiva. Huber sostiene  que tales cultivos, biológicamente empobrecidos, son la causa de “desórdenes animales”. [6]

En el artículo de Vallianatos, luego de repasar, como apunta su título, las consecuencias atroces de los agrotóxicos, sistemáticamente presentados como “la” solución y una solución tranquilizadora, que nos lleva a un mundo mejor, el autor critica las falacias de la agroindustria: “Sus propietarios invocan una guerra al hambre pero en la práctica su guerra está dirigida contra el mundo natural y los pequeños agricultores y granjeros.  Y pese a toda su propaganda  de que están para alimentar al mundo, apenas producen un tercio de los alimentos de todo el mundo. Campesinos, no agroindustriales son los que mayormente alimentan  la población del mundo (Douwe van der Ploeg, 2014). Pero los agroindustriales son sí responsables del enorme daño hecho al mundo natural y a la humanidad. El daño nos llega en la forma de calentamiento global y de envenenamiento de la vida silvestre, el agua potable y los alimentos.[7]

El tiempo, el mero transcurso del tiempo, nos ha permitido captar problemas que los forjadores de la combinación de siembra directa y agrotóxicos jamás imaginaron (nosotros, sus críticos, tampoco, pero al menos podemos verificar, cada vez más, que teníamos una desconfianza genuina y certera, que la invocación del “principio de precaución” para ser muy cauteloso con tales “milagros” tecnológicos, estaba basada en  buenas razones).

Vamos perfilando problemas: hoy en día se ha hecho evidente una problemática con las inundaciones: no se puede desmontar para cultivar grandes extensiones sin hacerle perder al suelo gran capacidad de absorción; esto se agrava con la técnica de siembra directa que necesita menos agua e “invita” al escurrimiento de la caída “sobrante”  de agua. Por su parte, los campos con pasturas naturales tienen a su vez una retención mucho mayor que aquellos campos con praderas cultivadas. Los “pastos” naturales tienen raíces hasta a 4 metros bajo tierra; los pastos plantados por el hombre difícilmente sobrepasen raíces de medio metro de profundidad…

 

Diversas investigaciones, como la de Andrés Carrasco en Argentina o Gilles-Eric Séralini en Francia demostraron los peligros mayúsculos del glifosato pese a toda la campaña sobre su inocuidad promovida por Monsanto y laboratorios conexos siempre con la anuencia cómplice de los organismos estatales de control.

Séralini llevó a cabo una ingeniosa investigación: siguió escrupulosamente los protocolos de investigación de Monsanto, los que habían revelado, según Monsanto, la inocuidad “científicamente probada” del herbicida. Solo que en lugar de llevar a cabo el experimento con ratas de laboratorio, durante tres meses, como informara Monsanto, prosiguió el mismo tratamiento, sobre las mismas ratas, más tiempo. Ya en el cuarto mes, los síntomas de alteraciones e intoxicación se hicieron patentes y al cabo de pocos meses –encima de los tres controlados por los técnicos de Monsanto− los daños eran múltiples, irreversibles y llevaron a la muerte a buena parte de los cobayos.

Los trabajos de Séralini, Carrasco, los análisis e investigaciones de Arpad Pusztai, Mae-Wan Ho, Don Huber y tantos otros no hacen sino verificar y desnudar  lo que parece una constante de los fundamentalistas tecnófilos; su optimismo a prueba de realidad.

Así, mientras el planeta se va deshaciendo literalmente, con el avance incontenido de CO2 en la atmósfera; con el derretimiento de los hielos y el aumento del nivel del mar; a través de una pérdida galopante de biodiversidad, con la tropicalización del clima en nuestras latitudes y el daño producido por el calor solar (¡algo inimaginable pocas décadas atrás!); mediante la presencia cada vez más insoslayable de temporales e inundaciones; por la proliferación de enfermedades cutáneas, respiratorias, autoinmunes, cánceres, tenemos la “buena nueva”, la profecía de otro personero de la agroindustria, Dennis Avery, en su momento funcionario del Dpto. de Estado, EE.UU., y think tank acreditado de la agroindustria, que nos tranquiliza con su Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos.

Esta Biblia del capitalismo tecnocrático, esta propaganda corporocrática, merece un análisis aparte.

 

[1]   Cit. p. Evaggelos Vallianatos, ob. ict.

[2]  Aunque persistan quienes, como el “periodista científico argentino” Leonardo Moledo, ya fallecido, en plena década de los ’90 zanjara la calidad periodística por un eje preciso: si se defendía al DDT. Quien lo cuestionara, no podía integrar un boletín científico como futuro, de Página 12. Quien esto escribe debió experimentarlo en carne propia.

[3]  “Ruthless Power and Deleterious Politics: From DDT to Roundup” [Poder despiadado y política dañina] Independent Science News, ISN, Ithaca, Nueva York, 17/7/2015.

[4]  “Glifosato” © Copyright 2013. Industry Task Force on Glyphosate [Grupo de Tareas de la industria para el glifosato].

[5]  Genetic Ingeneering: Dream or Nightmare? Turning the Tide on the Brave New World of Bad Science and Big Business  [Ingeniería genética: ¿sueño o pesadilla? Revirtiendo el mundo feliz de mala ciencia y buenos negocios], Continuum, Londres, 2000.

[6]  Cit. p. Evaggelos Vallianatos, “Ruthless Power and Deleterious…

[7]  Vallianatos, ob. cit.

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Una inauguración made in Hollywood

21:o CAMPEONATO MUNDIAL DE FÚTBOL – JUNIO 2018

por Luis E. Sabini Fernández

Voy a  ver, y escuchar, la inauguración del vigésimoprimer campeonato mundial de fútbol. Estoy en fecha, jueves 14 de junio, así que mi primera impresión al conectarme es estar presenciando un remedo hollywoodense, al que por otra parte son tan afectos en el país eje de la globocolonización planetaria…

Todo en inglés; un cantor que pensé era tipically yanqui, resultó británico, Robbie Williams, guarnecido por un plantel de mujeres automatizadas, que ahora están tan de moda en las coreografías en EE.UU. Practican el disloque sincopado y la mirada fija, como caracterizando una industria robótica primitiva…

Pero estoy equivocado. Nadie usurpó, al estilo Orson Welles, la transmisión del Mundial desde Rusia. Es un video, en directo, oficial y simultáneo desde la mismísima Rusia.

Un espectáculo totalmente hollywoodizado; le faltan únicamente las porristas. Pero están generosamente sustituidas por todos los demás recursos habituales: como  el cantor-estrella del mundo en technicolor con su corte, que en rigor es una cohorte, todo eso que nos “brinda” sin pausa la industria del espectáculo madeinUSA.

Como para probarnos que no estábamos en San Francisco u Orlando sino en Moscú, el protagónico Robbie llama a una beldad rusa a que lo acompañe. Una dulce belleza rusa, que ensaya un gorjeo inicial… pero que termina cantando en inglés.

El numerito termina con la pareja recién constituida retirándose… y aunque no haya happy end llevándola en brazos, el significado de la universalización del espectáculo estadounidense nos muestra a las claras, no lo que dicen los periodistas deportivos, de que se trata de un encuentro de todas las culturas de la Tierra, sino únicamente de una jugada geopolítica mundial para que todos tengamos esa sola mirada…como la de Robbie.

Su mirada y su idioma. El inglés como lingua franca. Como si fuera la que entendemos todos. Porque los “servicios televisivos” ni siquiera se preocuparon por traducir. La cobertura fue tan penosa, mezquina, narcisista, que lo que dijo Putin, que tuvo la osadía de leerlo en su idioma materno, no fue traducido.

¿Para qué? se preguntará la vanguardia globocolonialista. Lo importante no necesita de palabras. Alcanzan los pasos de baile, los vestidos estrafalarios, los contorneos coreográficos; el espectáculo no se piensa a sí mismo y tampoco quiere verse pensado ni siquiera pensable.

Tomar contacto con las delegaciones nacionales, conocer siquiera algunos de sus rasgos, brilló por su ausencia; apenas se visualizaron la delegación rusa y las de su grupo  (el A; saudíes, uruguayos, iraníes)  y poco más. Había 32 “naciones” presentes, apenas si nos enteramos.

Se dijo que a Putin no le gustó esta máquina de espectacularizar. Vaya uno a saber.

Pese al desmoronamiento de la URSS, Rusia no habría decidido convertirse en un arrabal de la villa planetaria Finanzas.

Y algunos resistimos ese rasgo básico de nuestro universo mediático unidimensional; un simbolismo gratuito de no se sabe bien qué, pero eso sí, un persistente horror a la reflexión.

 

 

 

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Transgénicos: veinte años después [1]

por Luis E. Sabini Fernández –

Han pasado casi veinte años, un período considerable para enjuiciar efectos, y podríamos ser optimistas si pensamos en la impunidad con que a fines del siglo pasado se exaltaba en el periodismo comercial argentino, en los medios de incomunicación de masas en general, el “tecnodesarrollo” de productos transgénicos; la inocencia y/o la “docta ignorancia” con que se hablaba entonces de las fórmulas de la agroindustria y de las virtudes “milagrosas” del glifosato  –el herbicida apto para la sobrevida de plantas transgénicas, mejor dicho el ‘matatodo’ salvo la planta que tiene un gen protector propio u obtenido mediante transgénesis que es lo más común─, y lo que dio lugar a una nueva industria; la ingeniería genética, prestamente rebautizada biotecnología; el prefijo “vida” vende mucho, los laboratorios  bien lo saben.

Seguimos acumulando “bombas de tiempo”; el papel de Argentina como el de la inmensa mayoría de los estados “nacionales” sigue siendo nefando, anodino o cómplice en las conferencias mundiales sobre biodiversidad u otras de índole similar organizadas desde la ONU, para atender la problemática ambiental.[2]

Durante los primeros quince años del nuevo siglose registra un avance sostenido, aunque persistan los bolsones de resistencia. Es el ingreso paso a paso de más y más estados, de más y más regiones al universo de la siembra directa, de la quimiquización de los campos, al reino de la agroindustria.

En América del Sur, luego del aposentamiento de las transnacionales agroindustriales en la “República Unida de la Soja” (Argentina Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia), avanza lentamente la sojización  y la transgenetización en el norte sudamericano. Es cuando Gustavo Grobocopatel, un campesino ”sin tierra” y políticamente chavista según sus propias definiciones, inicia su operación de implante del modelo agroindustrial en Venezuela. Conflicto a la vista, porque Chávez, políticamente advertido de los procesos del capitalismo globocolonizador se había opuesto terminantemente al ingreso de OGM en el campo venezolano.

Colombia y su gobierno, orientado desde Israel y EE.UU., acepta sin mayores dificultades la modernización rampante que nos sigue revelando que la tecnología de gran escala es parte del problema, no de la solución, como procuran hacernos creer desde las usinas ideológicas del régimen, incluidos  los personales regulatorios públicos.

En este aspecto seguimos como hace veinte años. La FDA, por ejemplo, prosigue su política prescindente, su cesión de responsabilidad, depositándola en las empresas, que ya sabemos no se rigen por la responsabilidad social sino por la rentabilidad y a secas.

En 2010 se forja una red en Argentina, la de Médicos de Pueblos Fumigados. La actividad, la investigación y la denuncia de médicos comprometidos ante la contaminación ambiental y la consiguiente producción de enfermedades venía de tiempo atrás, pero en ese año se concreta la red, en buen medida como resultado de la valiente gesta vecinal en Barrio Ituzaingo, en la provincia de Córdoba, que logra se compruebe finalmente  la acción contaminante de la agroindustria.

Una coyuntura territorial, física, hizo una diferencia decisiva como para que el aparato judicial pudiera actuar (o no tuviera más remedio que hacerlo): muchas ciudades han ido perdiendo su cinturón de quintas, las que proveían tradicionalmente de verdura y fruta a las ciudades; la agroindustrialización ha ido desplazando y desmontando la pequeña producción rural y la ciudad se provee así desde megacircuitos; por ello se produce a menudo el fenómeno de que la producción rural en base a baterías químicas llega hasta los lindes de una ciudad; eso fue lo que pasó con Barrio Ituzaingo en Córdoba. Al principio, eso significó la risueña novedad para los niños de ver sobrevolar las avionetas descargando… su veneno. Pero muy pronto los vecinos más perspicaces empezaron a unir la ola de enfermedades que arreciaba entre ellos con aquellos sobrevuelos. Finalmente se pudo verificar que, por ejemplo, el agua de los depósitos hogareños estaba totalmente contaminada con los herbicidas con los que rociaban y “preservaban” los cultivos de soja. Se logró finalmente, 2012, una ordenanza prohibiendo el vuelo rasante o incluso el uso de mosquitos fumigadores a menos de 500 metros para glifosato y 1500 m. para endosulfán. Además fueron procesados productores y aviadores por daño consciente.

De más está señalar la insuficiencia patética de tales restricciones.

En 2015 han sobrevenido algunos hitos que podrían tener significación mundial para la implantación de OGM (o su prohibición);  Steven Druker, un estadounidense que viene bregando por frenar la transgenetización acrítica de los cultivos,  publica, en EE.UU., un nuevo libro, Altered Genes, Twisted Truth (Genes alterados, verdades en entredicho). Druker representa una red de refractarios a los alimentos GM que mantiene un juicio contra la FDA desde hace por lo menos 15 años.

En marzo de ese mismo año  la OMS declara, a través de su IARC (International Agency for Research on Cancer, Agencia Internacional para la investigación sobre cáncer)  que el glifosato es “probablemente cancerígeno”. Estamos hablando del herbicida que ha sido desde mediados de la década de los ’90 hasta ahora la llave maestra para la implantación de vegetales transgénicos. Cuya toxicidad fue advertida hace mucho. Veinte años demorando el juicio.

Monsanto-Bayer no quedó conforme, claro está, con el dictamen del IARC, que pateaba en contra de los intereses de las transnacionales y  sus apoyos gubernamentales.  No bien salido el informe de la IARC, los comentarios desde los laboratorios afectados fueron del tipo: ‘No es tan peligroso, el alcohol lo es más”. Con lo cual no negaban ─observemos esto─ la toxicidad del herbicida pero a la vez le daban algo así como el rostro risueño de “una copita”. Magistral maniobra, habría comentado Macchiavello.

Entonces, otro ente asesor, el JMPR (Joint Meeting FAO-WHO of Pesticide Residues, Comité Conjunto  sobre Residuos de Pesticidas), otro ente asesor de la OMS, devolvió la tranquilidad a los fabricantes de glifosato y a la agroindustria en general, dictaminando que  “es poco probable que haya riesgo de que el glifosato sea carcinógeno para los seres humanos, en una exposición a través de la dieta.”  En mayo de 2016, entonces, es decir 14 meses después, la OMS da marcha atrás con su dictamen de un año antes: el sistema de “puertas giratorias” revelaba su funcionamiento (una vez más, obviamente).

El JMPR desplaza el foco de atención: estima las “ingestas diarias admisibles” (IDA) de plaguicidas para las personas, dejando a un lado la atención sobre quienes trabajan y trajinan a diario con un veneno, concentrando la atención en los consumidores. Y respecto de éstos, se establece una suerte de “hacer de necesidad virtud”: los laboratorios no sólo emplean, y abundantemente, tóxicos para ofrecernos alimentos sino que nos quieren hacer creer que eso es admisible (es la jerga que emplean), aceptable, acercándonos peligrosamente a la idea de lo saludable.

Observe el lector cuáles son las funciones que la misma JMPR presenta como propias; “recomendar límites máximos para residuos de plaguicidas […].” Está fuera del análisis si puede haber producción de alimentos sin plaguicidas.

Cuando declaran que “es poco probable que haya riesgo […] en una exposición a través de una dieta”,  no sólo ignoran a los que trabajan con dicha sustancia, sino también a los miles de campesinos que se han suicidado (especialmente en India) con  un vaso de glifosato (porque las políticas crediticias los han fundido).

“Ingesta diaria admisible” IDA. Ingesta diaria resultado de una determinada forma de producir alimentos. Que si fuera necesaria, en todo caso habría que reconocer que es tóxica, pero con Public Relations nos quieren hacer creer que no genera enfermedad.

Esta comisión, JMPR asesora a la FAO,  a la OMS y a sus estados miembros. Tal vez lo más significativo esté en cómo se integra la JMPR.

Dice su folletería oficial en internet: “Selección de los miembros. Los expertos desempeñan sus funciones a título personal, y no como representantes de su país u organización.” En una palabra, no responden sino a su visión e interés personal, que es seguramente muy, pero muy bien atendido por laboratorios que ganan miles de millones de dólares anuales. Constituido entonces  el JMPR por una casta de profesionales cooptados.

Se trata de una comisión organizada desde el mundo empresario,  pero investida de autoridad a través de las redes de la ONU como para que se presenten como “ciencia”. En rigor, se dedica a calibrar cuanto veneno, cuántos tóxicos podemos ingerir… sin caer fulminados tan de inmediato como para que se rastree la causa.

Con el minué del IARC-JMPR, podemos verificar que estamos lejos de haber superado el tecnooptimismo con el cual se implantara la agroindustria basada en productos químicos. No sólo la de alimentos transgénicos, ciertamente, sino desde antes  la llamada agricultura a gran escala.

Este movimiento del capital (de la industria y de la  tecnología) sigue, al parecer, gozando de buena salud, valga la paradoja de usar tamaña expresión para agentes de las más extendidas y atroces enfermedades fuera de control.

De cualquier modo, en estos veinte años el ensanche de la resistencia a la invasión química parece haber crecido, porque se advierten más los ‘efectos no buscados’ de tantos desarrollos “promisorios”.

La advertencia de Rachel Carson, de hace más de medio siglo, Primavera silenciosa, sigue en pie.

Porque ya conocemos el origen de algunas manifestaciones de esa invasión química, porque hemos verificado transformaciones relevantes a nivel planetario, como la temible plastificación de los mares y el depósito de milimétricas o micrométricas partículas de plástico sobre los fondos marinos, ahogando los ciclos vitales allí existentes (tengamos presente que el fondo oceánico es ─tal vez era─ el mayor almácigo planetario…).

Porque la humanidad se está adueñando, mejor dicho haciéndose esclava de toda una gama de enfermedades nuevas ─como las autoinmunes─ a las cuales muchas hipótesis asocian con productos químicos desconocidos actuando en nuestros cuerpos.

Porque la cuestión de los alimentos transgénicos y su implantación depende de agentes químicos protectores de tales cultivos mediante la eliminación del resto de “la competencia” (un crudo mentís agrícola al liberalismo filosófico, por cierto…).

En 2015 sobreviene la prohibición total de OGM en Filipinas. Ignoramos cómo se procesará esta última política con un presidente filipino como el actual, partidario acérrimo del asesinato público de narcotraficantes y de mano dura contra el delito, con acentos xenófobos. Claro ejemplo que los transgénicos sirven para un barrido o para un fregado. En ese mismo año registramos la lucha por ingresar con OGM en “el granero de Europa”, la rica tierra ucraniana. Europa ha sido hasta ahora el continente con menor producción transgénica, a partir de una resistencia social bastante amplia (muy pocos países han autorizado OGM, como España).

En 2016, al lado del escalofriante retroceso en el ámbito de la OMS que ya vimos, sobrevino otro episodio de potencial amplitud y posible alcance mundial: los militares de la provincia china de Heilongjiang han dispuesto la prohibición de soja GM durante cinco años. Es “apenas” una provincia, pero china, es decir, se trata de una población de más de 40 millones de habitantes.

No queda claro si la prohibición de soja GM rige únicamente para sus militares o cubre el consumo provincial. La decisión proviene de la sospecha que tienen sus investigadores de que una serie de enfermedades nuevas o multiplicadas tienen que ver con el hasta ahora intenso consumo de soja GM o de alimentos confeccionados con dicha soja (origen EE.UU., Brasil, Argentina).

Aunque transitoria  y parcial la medida, coloca un gran interrogante sobre el porvenir de la soja GM. Fundamentalmente, porque se suma a otras muchas advertencias.

Aunque por las latitudes platenses sigamos ajenos y en el mejor de los mundos. Los 20 millones de ton. del 2000 son ahora más de 50 y los 70 millones de lts. de glfosato de entonces son ahora unos 350 millones (la diferente proporción en los aumentos de cultivo y herbicida revelan que cada vez se aplica más agrotóxico por unidad de suelo).

Esa impavidez es fronteras adentro. Estuvo de visita en febrero de 2017 un periodista italiano, Gaetano Pecoraro,[3] que quedó asombrado y atemorizado por el estado sanitario del país en las zonas fumigadas (un tercio aproximado de toda la Argentina), donde registró una inusitada cantidad de casos de cánceres, malformaciones congénitas, anencefalias y otras enfermedades vinculadas con toxicidad.

Pero de esto hablará Pecoraro en Italia. Porque aquí ni nos enteramos.

notas:

[1] Este texto se presentó como prólogo a la segunda ediciòn de Transgénicos: la guerra en el plato, Buenos Aires, 2000 y 2017.

[2] Vale la pena recordar que en dichos encuentros ha habido algunas voces de alerta como aconteció con la delegación boliviana que no acordó en la cumbre mundial de cambio climático de 2010, en Cancún la aceptación del límite de 2 grados centígrados para el calentamiento planetario recordándonos que ya 1 constituía una alteración de consecuencias gravísimas.

[3]  https://youtu.be/ZFzmkI8I5iE.

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Lo que está en juego con el 23 enero 2018

por Luis E. Sabini Fernández –

DETONANTE

Como era inevitable los reclamos planteados en Durazno alrededor de la cuestión agropecuaria han disparado enfrentamientos ya conocidos y rastreables a través de los partidos políticos.

Aunque sea con otros enroques, es indudable que se ha manifestado la puja interpartidaria. Hay incluso pasajes del documento final (“Un solo Uruguay. Proclama y propuesta”) que la abona, como referirse a “ideologías absurdas” o a “razones ideológicas de otros tiempos” en obvia referencia al entramado ideológico del Frente Amplio Encuentro Progresista Nueva Mayoría (en adelante FAEPNM). En ese aspecto, un cierto apoyo de Unidad Popular al encuentro rompe tales simetrías porque ese agrupamiento, escindido del FAEPNM, se reivindica aún más puro heredero de esa “ideología de otros tiempos”…

Pero no es la puja ni la chicana político-partidaria lo que importa de lo acontecido el 23 de enero en Durazno.

A mi modo de ver, lo sustantivo es en primer término el afloramiento social de una crítica a la política del gobierno, algo sin precedentes, socialmente hablando con el FAEPNM y –lo más relevante− no tanto la crítica que ha salido a la luz sino el perfil de la crítica ausente. Porque de los Reclamos solo queda claro que los movilizados del 23/1 han percibido el achique de sus ingresos y ganancias. Los que “la hacían con pala” advierten baja en la tasa de ganancias; los que pelechaban con lo justo, están cada vez más ahorcados, pasándola insoportablemente mal.

El documento final centra su crítica en el estado manirroto e ineficiente con que cuenta el Uruguay, y cómo esos rasgos se habrían acentuado, precisamente con el FAEPNM que se supone venía a no repetir los desgobiernos blanquicolorados sino a ejercer un gobierno más racional, técnico y más justiciero y con mejor tonicidad democrática.

Los sucesivos gobiernos frenteamplistas han cometido demasiados errores para no percibirlos como una política. Como sus aciertos. Ha habido, por ejemplo, una persistente política de inclusión social, que ha permitido mejorar niveles de vida de algún sector de la población; para lo que se ha valido de blanquear ingresos, lo que ha permitido, con lo recaudado extender prestaciones. Buena parte de los aciertos de esa política ha sido fruto de una coyuntura de buenos precios para commodities producidas en el país.[1] Pero esa bonanza que desde 2014 se ha ido haciendo cada vez más precaria y reversible, ha sido acompañada por su contracara. Como todo pacto con Mefistófeles, tenía un reverso: creciente satelización de la economía del país, creciente contaminación, creciente extranjerización de la tierra, creciente expulsión de población rural, aumento sostenido de empleos públicos como reiteración de una trama cultural del país; la de hacer “la fácil”. Por algo Benedetti designó a nuestro país como “la primera oficina pública elevada al rango de república.” En este aspecto, el FAEPNM apenas continuó al batllismo, en todo caso superando sus marcas.

Entendemos que los grandes fiascos de SOYP-FRIPUR, PLUNA, la gasificadora, Aratirí, para mencionar apenas las más recientes, más la hipoteca de soberanía que significa la entrega de zonas  francas o la concesión a papeleras, no hacen sino proseguir una política que nos viene de “afuera”, que no inició el FAEPNM, pero que continuó y acentuó. Una política  pautada desde el centro planetario ante el cual hemos sido sumisos y sin chistar (algo que podría parecer paradójico pensando en el origen del FAEPNM. Pero solo parecer).

Por algo el Financial Times hace pocos años designó al ministro Danilo Astori como el “mejor ministro de Hacienda del mundo entero”. Más allá de lo llamativo que semejante designación se la lleve el ministro de un estado con las dimensiones económicas mínimas del Uruguay, lo cierto es que eso revela lo conforme que ha estado el gran capital globalizador[2] (en adelante, globocolonizador) con nuestro país y el papel modélico que le asigna.

Sin negar que la queja del 23/1 contra el estado despilfarrador sea comprensible y correcta, lo que falta es la crítica, no a la superestructura estatal sino a la política económica. Que sigue punto por punto lo que decide e impulsa el consorcio globocolonizador.

Ese poder mundializado opera con redes transnacionales “asesoras” y “lazarillos” como el BM, la OMC, el FMI, la USAID.[3] Y los estados nacionales  más acordes o más integrados con esa globocolonización y los que con su legislación la llevan adelante, constituyen, a nuestro entender, un eje supracontinental; EE.UU., Reino Unido e Israel. Todo ese conglomerado de fuerzas, estrictamente organizadas, tiene diversas entidades operativas, como el USDA (Dpto. de Agricultura de EE.UU.), la FDA y la EPA, entidades reguladoras de ese mismo origen, y la red de laboratorios que han pasado a ser primordiales en los nuevos modelos agrícolas, como Monsanto, Bayer, Syngenta, Nidera y pocos más.

 

LAS HERRAMIENTAS DEL ENEMIGO NO PERMITEN HACER CAMINO AMIGO

El llamado del 23 de enero arrastra una dificultad originaria y es elaborar un planteo, crítico, con las ideas contra las que precisamente, al menos algunos,  quieren rebelarse. Pensar con categorías prestadas justamente del pensamiento globocolonizador. Algo que inevitablemente embarulla (claro que eso puede responder a motivos muy diversos, contradictorios entre sí: algunos bien pudieran querer seguir usando el “diccionario” de la agroindustria rampante porque no tienen ningún interés en abandonarla y toda la fricción proviene de ver menguada su otrora altísima rentabilidad que reclaman recuperar; otros, en cambio están movidos por el endeudamiento y la desesperación).

Vayamos a ejemplos para evaluar estas escaramuzas semánticas. El uso del concepto de “agricultura inteligente”. Es una consigna acuñada por la agroindustria y los emporios del “último grito tecnológico” con el que se quiere significar, aunque no se lo diga expresamente, que la agricultura, que lleva milenios, ha sido hecha por gente no inteligente. Campesinos.

Como si el campesinado no hubiese tenido inteligencia. Como si hubiera podido desarrollar la agricultura que conocimos hasta mediados del siglo XX sin inteligencia. Como si los injertos, las rotaciones, los cruzamientos, el control biológico de plagas, el conocimiento de siembras, cultivos y cosechas, el de las fases lunares, el ciclo de las estaciones, se pudiera haber hecho tontamente, sin conocimiento, sin racionalidad, sin ciencia, en suma.

Hay un desprecio tácito hacia el conocimiento campesino en las “cocinas ideológicas” del actual centro planetario. Por eso prosigue una campaña y un empeño campesinicida, en nuestro tiempo. Aterciopelado en la modalidad uruguaya, mucho más rústico y militarizado en el Paraguay, y en muchas regiones africanas o del sudeste asiático.[4]

Mencionar algo tan atroz, como un campesinicidio merece una explicación. Aunque no se diga la verdadera razón, el motivo del gran cambio en los usos y costumbres agrícolas y ganaderos que caracteriza nuestra contemporaneidad  −que nos permite decir que hay más diferencias en su ejercicio entre lo que se hacía un siglo atrás y hoy que lo que se hacía en milenios anteriores hasta hace menos de cien años−  obedece no tanto al alegado progreso y superación de ignorancias que toda propaganda institucional nos insufla, sino a la autonomía rural, ésa que permite que un ser humano pueda alimentarse por sí mismo o con intercambios locales. Una autonomía que conspira contra el mercado global a través de las góndolas, articulado con los desarrollos tecnocientíficos.[5]

Otro ejemplo: cuando se alcanza la capacidad tecnocientífica para reconocer y operar con e  incidir en genes con diferentes agentes modificadores, se habló, lógicamente, de “ingeniería genética”. Es lo que fue prosperando entre las décadas del ’70 y del ’90, cuando finalmente esta disciplina arriba a los alimentos. Entonces, se advierte la resonancia seca, rechazable, de lo ingenieril aplicado a alimentos, a vegetales o animales que habrán de ser presentados, y embellecidos, en las góndolas.

Y con los debidos asesoramientos de Public Relations se rebautiza la ingeniería genética como biotecnología. Aunque su significado sea mucho menos exacto. Porque la humanidad se valía de recursos biotecnológicos desde tiempo inmemorial: todos los fermentos, los hongos, las levaduras, los mohos con que la humanidad aprendió a hacer vinos, panes, cervezas, quesos, como el roquefort, emplean procesos biotecnológicos. Pero no transgénicos, claro.

Pero el USDA, Monsanto y demás piezas del conglomerado globocolonizador usurparon esa denominación como propia,  por cuestiones de imagen.

 

LA AGROINDUSTRIA NO NOS LLEVA AL PARAÍSO SINO AL DESPEÑADERO PLANETARIO

Lo que hay que entender es que los titulares de la autoproclamada “agricultura inteligente”, los partidarios del uso de biotecnología (biotech) son los titulares de la “agroindustria”.

La agroindustria pretende ser una forma de “modernizar” la agricultura. Ostenta lo que brilla, no su contracara. Escamotea que hay una cierta irreductibilidad entre lo industrial, fabricación de productos inertes, y el cuidado de seres vivos. No es lo mismo atender ladrillos que peces o tomates. Hay semejanzas, claro, pero la calidad de viviente es una diferencia cualitativa para tener en cuenta.

Con la agroindustria se acentúa lo industrial y languidece lo agrícola o agricultural.

¿Sobre qué basa su fuerza de persuasión lo agroindustrial? En los rendimientos a gran escala. El primer diseño de ingeniería genética para alimentos programada por el USDA (mediados de los ’90) fue “para las praderas norteamericanas y las pampas argentinas” (textual, en el Hudson Institute).[6]

La agroindustria se basa en dos aspectos decisivos e íntimamente relacionados: 1) ahorro de mano de obra y 2) uso irrestricto de plaguicidas y de “fertilizantes” químicos (que justamente por su uso intensivo devienen también agrotóxicos; las aguas de nuestros ríos son el más claro aunque mudo testigo.

En este punto se revela la sabiduría de los tercos campesinos de la India de la década de los ’60 que reseñamos en la nota 1. Cuando Rachel Carson, bióloga estadounidense, escribe Primavera silenciosa (1962), estaba advirtiendo, finalmente, el resultado de soluciones sobre la base de muertes generalizadas: la de los pájaros (y de la minifauna que los nutría).

 

Luego de ese sucinto recorrido planetario, volvamos al Reclamo del 23 de enero.

SIGNIFICADO DE LA SUPRESION “MODERNA” DE LA MANO DE OBRA

En Uruguay se habla de “pequeños productores” agrarios como titulares de, pongamos,  500 ha. Es la más feroz comprobación que más allá de las chácharas campesinistas del FAEPNM (como las de la vicepresidenta Lucía Topolansky), estamos inmersos en la agroindustria. Que se va “comiendo” a los productores pequeños, a los campesinos. Que en el mejor de los casos los renta y en el peor, los despoja y arrumba en los cordones periféricos urbanos.

El proceso de agroindustrialización es un proceso donde “el pez grande se come al chico”. Porque basa su rentabilidad en los grandes números. Las grandes extensiones uniformizables (el campo uruguayo, acuchillado, no se presta por cierto tanto como las pampas argentinas, pero igual, algo se logra…).

Ese aumento de escala y de aparente productividad externaliza los verdaderos costos planetarios, ambientales: la contaminación, cada vez más generalizada. El patético asunto de nuestras aguas debería ser un buen punto de referencia. ¡Y eso que todavía no hemos entrado en la espiral de contaminación progresiva e incontenible con la “tercera celulosera”!

¿Por qué el Uruguay tiene los índices más altos de cáncer en el continente americano? Junto con EE.UU. y Canadá (en ese patético primer grupo están, fuera de las Tres Américas, prácticamente toda Europa Occidental y Australia). Esa franja primera se constituye con países que tienen más de 243 enfermos por cada cien mil habitantes por año. Una segunda franja, constituida en América por Argentina y Brasil y que tiene otros países como Rusia y Polonia, se establece con quienes tienen una tasa de cánceres entre 172 y 243 casos por cada cien mil hab.

Sin embargo, en los índices de mortalidad por cáncer la situación de Uruguay empeora: en el grupo con los índices más altos solo queda un país americano: Uruguay (junto con Rusia, Polonia, Turquía y otros, por encima de 116 muertos anuales por cada cien mil habitantes). Los otros dos países americanos que señalábamos con la mayor tasa de casos de cáncer, se sitúan un escalón más bajo, junto con Argentina y Brasil; entre 100 y 116 muertos por cada cien mil hab. Hay otras franjas con tasas de mortalidad menores: una con muertes entre 90 y 100, donde se sitúa Bolivia, Suecia, Noruega, Australia, etcétera. Y otra franja de menor tasa de mortalidad (entre 73 y 90) donde se sitúa Venezuela y Finlandia, por ejemplo.[7]

Más grave, si cabe: ¿Por qué Uruguay tiene la tasa de suicidios más alta de las Américas (a la par de Cuba)? En tablas mundiales anda por el vigésimo puesto entre los cien estados que declaran cifras al respecto. Existen estudios que asocian suicidios con ciertos grados de conta-minación por agrotóxicos que afectan nuestros cerebros. Otra hipótesis sombría: la plombemia, reconocida en un sector tan amplio de la población uruguaya, también podría estar relacionada.

LA ESCALA Y LA DISPONIBLIDAD TERRITORIAL

Los commodities,  como eje productivo necesitan de grandes extensiones. Así mirada, Argentina o Brasil tienen potencialidades (aunque también en esos casos, los costos y pasivos ambientales aumenten proporcionalmente).

Pero no es el caso nuestro. En ese sentido, la apuesta a la agroindustria tiene, para nuestro país, patas cortas. Porque no sólo se contaminan los suelos y todos los seres vivos que sobre (o dentro de) él vivimos, y lo hace con relativa velocidad, sino porque el suelo del Uruguay es limitado… 16 millones de ha.

Por eso, una apuesta que procure ser realmente inteligente tendería a lo que en economía hoy se llaman specialities y no commodities.

Porque las specialities sí tienen un mercado seguro, creciente y bien pago. Así como ha ido entrando en crisis la comida chatarra, la comida rápida y demás versiones gastronómicas made in USA, análoga y correspondientemente crece un movimiento a favor de la comida saludable (p. ej. búsqueda de dietas sanas, demanda por alimentos orgánicos, la moda del slow food). Europa está ávida de esos alimentos. Y no sólo Europa (la salud, diríamos, está ávida).

Y Uruguay tiene, al menos tenía, uno de los territorios mejor irrigados del planeta. Con lo cual, si evitáramos descalabros y atrocidades como las producidas por la contaminación agroindustrial, tendríamos potencialidades óptimas.

Ya lo explicó el agrario orgánico César Vega, que plantando ajos en apenas una centésima del área que se usa para commodities se podía obtener más dinero (y mejores cultivos). Pero, para ello, hay que trabajar. Y ésa es una dificultad para un país adormecido con dólares y electrodomésticos, reales o ilusorios.

PAPEL AUSENTE DEL ESTADO

Como algo lacerante tenemos el episodio en la cuenca del Canelón Chico de hace un año, en Sauce: un agroindustrial derramando ponzoña por toda la región, arruinando cultivos para el consumo local. Y cómo esos agroindustriales, que probablemente en su país de origen pudieran tener alguna dificultad para seguir contaminando, aquí con “el estado bobo” que deja y deja y deja hacer, no tienen problema en reincidir: acaba de ser denunciado un segundo episodio con similares características, con los mismos actores haciendo el daño, con los mismos agrotóxicos; sólo se han renovado las víctimas y apenas el escenario; ahora en Mangangá, Tala (informe de Tania Ferreira y Betania Nuñez).

El nervio motor que une a la agroindustria con la contaminación y la difusión fuera de control de enfermedades graves pasa por la difusión de agrotóxicos y por la escala.

Con la gran escala, se pierden los cuidados, se pierde la noción de los tachos con agrotóxicos  (o con restos de), por ejemplo, se hace muy difícil “cuidar los desechos con respeto” (Mae-Wan Ho), reabsorberlos cuando son reabsorbibles, hacerse cargo de lo irrecuperable y darle un destino aceptable.

La gran escala constituye una escuela de irresponsabilidad, de pagadiós; que la naturaleza se haga cargo. Sabemos que no es cierto. Que eso significa lisa y llanamente contaminar-nos.

¿Cómo afrontar los mensajes masivos que nos invitan al consumo inmediato y permanente, como si el dinero fuera maná?

Apostar a las specialities significa trabajar. Trabajar con las manos, con empeño. Pero, sobre todo, con conocimiento. Reemprender el cuidado de los suelos implica recuperar los estudios agronómicos que muestran qué plaga es espantada por cuál aroma, qué especie es predador benéfico de plagas nuestras… Sobre todo eso hay mucha cultura acumulada (hoy en día en vías de desaparición, porque los laboratorios resuelven “todos” los problemas con agentes químicos, salvo los problemas que ellos han generado: enfermedades nuevas, debilitamiento de la riqueza biológica de los suelos, extinción masiva de especies, pérdida de biodiversidad, alteraciones climáticas, malformaciones congénitas.

Nuestra apuesta, pensamos, debería ser, contar con menos dólares y aprender a vivir con menos enfermedades. Preparados –como sociedad− no estamos. ¿Dispuestos?

[1]  Pese al rechazo terminante de todo parentesco entre kirchnerismo y vazque-mujiquismo que se observa en Uruguay, los recientes gobiernos simultáneos del Plata han aprovechado la misma coyuntura de buenos precios internacionales de commodities,  impulsados desde el centro planetario, para sus respectivas políticas distribucionistas… coincidentes.

[2]  En francés a la modalidad económica actual, dominante, se la denomina mondialisation. Entendemos que el ajuste semántico de Frei Betto mejora la comprensión del fenómeno: globocolonización.

[3]  En la periferia los análisis suelen distinguir organizaciones supranacionales como la OMC o el BM de organizaciones directamente estadounidenses como USAID. Pero los manuales del centro planetario no hacen tan “innecesarios” distingos.

[4]  En la década del ’60, cuando irrumpen los plaguicidas químicos, los grandes laboratorios líderes enfilaron sus baterías hacia la India, uno de los países con mayor cantidad de campesinos de todo el mundo.  Y se tropezaron con inesperada dificultad para colocar sus soluciones “maravillosas”: que los campesinos, se negaban a querer matar a los insectos que predaban sus cultivos. “Un 10% de lo que producimos es para ellos”, alegaban. Los promotores de la solución tóxica a la presencia de insectos y plagas en general trataban de persuadir que lo mejor era quedarse también con ese 10%. Claro que no tomaban en cuenta para esa ganancia extra, el costo que habría de salirle a los campesinos la compra y la administración de tales venenos. Ni hablar del costo social, sanitario, ambiental, que hace medio siglo no estimaban ni los laboratorios ni el estado ni los políticos… (cit. p. Frances Moore Lappé y Joseph Collins, L’industrie de la faim, 1977).

[5]  Que tiene por cierto su contracara; el consabido y opresivo peso de lo tradicional. Esa difícil dialéctica que nos permite ver a la vez lo progresivo y lo regresivo en una misma situación.

[6] Al capital mundializado le importa poco diferencias nacionales, fronteras de soberanía y esa batería de leyes nacionales “obsoletas”…  Por eso diseñaron un modelo agrícola para –simultáneamente− EE.UU. y Argentina. Que entonces hubiera un presidente argentino partidario de “las relaciones carnales” facilitaba, claro, el ensamble…

[7]   http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160203_cancer_graficos_impacto_men

CompartirShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page