Transgénicos: veinte años después [1]

por Luis E. Sabini Fernández –

Han pasado casi veinte años, un período considerable para enjuiciar efectos, y podríamos ser optimistas si pensamos en la impunidad con que a fines del siglo pasado se exaltaba en el periodismo comercial argentino, en los medios de incomunicación de masas en general, el “tecnodesarrollo” de productos transgénicos; la inocencia y/o la “docta ignorancia” con que se hablaba entonces de las fórmulas de la agroindustria y de las virtudes “milagrosas” del glifosato  –el herbicida apto para la sobrevida de plantas transgénicas, mejor dicho el ‘matatodo’ salvo la planta que tiene un gen protector propio u obtenido mediante transgénesis que es lo más común─, y lo que dio lugar a una nueva industria; la ingeniería genética, prestamente rebautizada biotecnología; el prefijo “vida” vende mucho, los laboratorios  bien lo saben.

Seguimos acumulando “bombas de tiempo”; el papel de Argentina como el de la inmensa mayoría de los estados “nacionales” sigue siendo nefando, anodino o cómplice en las conferencias mundiales sobre biodiversidad u otras de índole similar organizadas desde la ONU, para atender la problemática ambiental.[2]

Durante los primeros quince años del nuevo siglose registra un avance sostenido, aunque persistan los bolsones de resistencia. Es el ingreso paso a paso de más y más estados, de más y más regiones al universo de la siembra directa, de la quimiquización de los campos, al reino de la agroindustria.

En América del Sur, luego del aposentamiento de las transnacionales agroindustriales en la “República Unida de la Soja” (Argentina Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia), avanza lentamente la sojización  y la transgenetización en el norte sudamericano. Es cuando Gustavo Grobocopatel, un campesino ”sin tierra” y políticamente chavista según sus propias definiciones, inicia su operación de implante del modelo agroindustrial en Venezuela. Conflicto a la vista, porque Chávez, políticamente advertido de los procesos del capitalismo globocolonizador se había opuesto terminantemente al ingreso de OGM en el campo venezolano.

Colombia y su gobierno, orientado desde Israel y EE.UU., acepta sin mayores dificultades la modernización rampante que nos sigue revelando que la tecnología de gran escala es parte del problema, no de la solución, como procuran hacernos creer desde las usinas ideológicas del régimen, incluidos  los personales regulatorios públicos.

En este aspecto seguimos como hace veinte años. La FDA, por ejemplo, prosigue su política prescindente, su cesión de responsabilidad, depositándola en las empresas, que ya sabemos no se rigen por la responsabilidad social sino por la rentabilidad y a secas.

En 2010 se forja una red en Argentina, la de Médicos de Pueblos Fumigados. La actividad, la investigación y la denuncia de médicos comprometidos ante la contaminación ambiental y la consiguiente producción de enfermedades venía de tiempo atrás, pero en ese año se concreta la red, en buen medida como resultado de la valiente gesta vecinal en Barrio Ituzaingo, en la provincia de Córdoba, que logra se compruebe finalmente  la acción contaminante de la agroindustria.

Una coyuntura territorial, física, hizo una diferencia decisiva como para que el aparato judicial pudiera actuar (o no tuviera más remedio que hacerlo): muchas ciudades han ido perdiendo su cinturón de quintas, las que proveían tradicionalmente de verdura y fruta a las ciudades; la agroindustrialización ha ido desplazando y desmontando la pequeña producción rural y la ciudad se provee así desde megacircuitos; por ello se produce a menudo el fenómeno de que la producción rural en base a baterías químicas llega hasta los lindes de una ciudad; eso fue lo que pasó con Barrio Ituzaingo en Córdoba. Al principio, eso significó la risueña novedad para los niños de ver sobrevolar las avionetas descargando… su veneno. Pero muy pronto los vecinos más perspicaces empezaron a unir la ola de enfermedades que arreciaba entre ellos con aquellos sobrevuelos. Finalmente se pudo verificar que, por ejemplo, el agua de los depósitos hogareños estaba totalmente contaminada con los herbicidas con los que rociaban y “preservaban” los cultivos de soja. Se logró finalmente, 2012, una ordenanza prohibiendo el vuelo rasante o incluso el uso de mosquitos fumigadores a menos de 500 metros para glifosato y 1500 m. para endosulfán. Además fueron procesados productores y aviadores por daño consciente.

De más está señalar la insuficiencia patética de tales restricciones.

En 2015 han sobrevenido algunos hitos que podrían tener significación mundial para la implantación de OGM (o su prohibición);  Steven Druker, un estadounidense que viene bregando por frenar la transgenetización acrítica de los cultivos,  publica, en EE.UU., un nuevo libro, Altered Genes, Twisted Truth (Genes alterados, verdades en entredicho). Druker representa una red de refractarios a los alimentos GM que mantiene un juicio contra la FDA desde hace por lo menos 15 años.

En marzo de ese mismo año  la OMS declara, a través de su IARC (International Agency for Research on Cancer, Agencia Internacional para la investigación sobre cáncer)  que el glifosato es “probablemente cancerígeno”. Estamos hablando del herbicida que ha sido desde mediados de la década de los ’90 hasta ahora la llave maestra para la implantación de vegetales transgénicos. Cuya toxicidad fue advertida hace mucho. Veinte años demorando el juicio.

Monsanto-Bayer no quedó conforme, claro está, con el dictamen del IARC, que pateaba en contra de los intereses de las transnacionales y  sus apoyos gubernamentales.  No bien salido el informe de la IARC, los comentarios desde los laboratorios afectados fueron del tipo: ‘No es tan peligroso, el alcohol lo es más”. Con lo cual no negaban ─observemos esto─ la toxicidad del herbicida pero a la vez le daban algo así como el rostro risueño de “una copita”. Magistral maniobra, habría comentado Macchiavello.

Entonces, otro ente asesor, el JMPR (Joint Meeting FAO-WHO of Pesticide Residues, Comité Conjunto  sobre Residuos de Pesticidas), otro ente asesor de la OMS, devolvió la tranquilidad a los fabricantes de glifosato y a la agroindustria en general, dictaminando que  “es poco probable que haya riesgo de que el glifosato sea carcinógeno para los seres humanos, en una exposición a través de la dieta.”  En mayo de 2016, entonces, es decir 14 meses después, la OMS da marcha atrás con su dictamen de un año antes: el sistema de “puertas giratorias” revelaba su funcionamiento (una vez más, obviamente).

El JMPR desplaza el foco de atención: estima las “ingestas diarias admisibles” (IDA) de plaguicidas para las personas, dejando a un lado la atención sobre quienes trabajan y trajinan a diario con un veneno, concentrando la atención en los consumidores. Y respecto de éstos, se establece una suerte de “hacer de necesidad virtud”: los laboratorios no sólo emplean, y abundantemente, tóxicos para ofrecernos alimentos sino que nos quieren hacer creer que eso es admisible (es la jerga que emplean), aceptable, acercándonos peligrosamente a la idea de lo saludable.

Observe el lector cuáles son las funciones que la misma JMPR presenta como propias; “recomendar límites máximos para residuos de plaguicidas […].” Está fuera del análisis si puede haber producción de alimentos sin plaguicidas.

Cuando declaran que “es poco probable que haya riesgo […] en una exposición a través de una dieta”,  no sólo ignoran a los que trabajan con dicha sustancia, sino también a los miles de campesinos que se han suicidado (especialmente en India) con  un vaso de glifosato (porque las políticas crediticias los han fundido).

“Ingesta diaria admisible” IDA. Ingesta diaria resultado de una determinada forma de producir alimentos. Que si fuera necesaria, en todo caso habría que reconocer que es tóxica, pero con Public Relations nos quieren hacer creer que no genera enfermedad.

Esta comisión, JMPR asesora a la FAO,  a la OMS y a sus estados miembros. Tal vez lo más significativo esté en cómo se integra la JMPR.

Dice su folletería oficial en internet: “Selección de los miembros. Los expertos desempeñan sus funciones a título personal, y no como representantes de su país u organización.” En una palabra, no responden sino a su visión e interés personal, que es seguramente muy, pero muy bien atendido por laboratorios que ganan miles de millones de dólares anuales. Constituido entonces  el JMPR por una casta de profesionales cooptados.

Se trata de una comisión organizada desde el mundo empresario,  pero investida de autoridad a través de las redes de la ONU como para que se presenten como “ciencia”. En rigor, se dedica a calibrar cuanto veneno, cuántos tóxicos podemos ingerir… sin caer fulminados tan de inmediato como para que se rastree la causa.

Con el minué del IARC-JMPR, podemos verificar que estamos lejos de haber superado el tecnooptimismo con el cual se implantara la agroindustria basada en productos químicos. No sólo la de alimentos transgénicos, ciertamente, sino desde antes  la llamada agricultura a gran escala.

Este movimiento del capital (de la industria y de la  tecnología) sigue, al parecer, gozando de buena salud, valga la paradoja de usar tamaña expresión para agentes de las más extendidas y atroces enfermedades fuera de control.

De cualquier modo, en estos veinte años el ensanche de la resistencia a la invasión química parece haber crecido, porque se advierten más los ‘efectos no buscados’ de tantos desarrollos “promisorios”.

La advertencia de Rachel Carson, de hace más de medio siglo, Primavera silenciosa, sigue en pie.

Porque ya conocemos el origen de algunas manifestaciones de esa invasión química, porque hemos verificado transformaciones relevantes a nivel planetario, como la temible plastificación de los mares y el depósito de milimétricas o micrométricas partículas de plástico sobre los fondos marinos, ahogando los ciclos vitales allí existentes (tengamos presente que el fondo oceánico es ─tal vez era─ el mayor almácigo planetario…).

Porque la humanidad se está adueñando, mejor dicho haciéndose esclava de toda una gama de enfermedades nuevas ─como las autoinmunes─ a las cuales muchas hipótesis asocian con productos químicos desconocidos actuando en nuestros cuerpos.

Porque la cuestión de los alimentos transgénicos y su implantación depende de agentes químicos protectores de tales cultivos mediante la eliminación del resto de “la competencia” (un crudo mentís agrícola al liberalismo filosófico, por cierto…).

En 2015 sobreviene la prohibición total de OGM en Filipinas. Ignoramos cómo se procesará esta última política con un presidente filipino como el actual, partidario acérrimo del asesinato público de narcotraficantes y de mano dura contra el delito, con acentos xenófobos. Claro ejemplo que los transgénicos sirven para un barrido o para un fregado. En ese mismo año registramos la lucha por ingresar con OGM en “el granero de Europa”, la rica tierra ucraniana. Europa ha sido hasta ahora el continente con menor producción transgénica, a partir de una resistencia social bastante amplia (muy pocos países han autorizado OGM, como España).

En 2016, al lado del escalofriante retroceso en el ámbito de la OMS que ya vimos, sobrevino otro episodio de potencial amplitud y posible alcance mundial: los militares de la provincia china de Heilongjiang han dispuesto la prohibición de soja GM durante cinco años. Es “apenas” una provincia, pero china, es decir, se trata de una población de más de 40 millones de habitantes.

No queda claro si la prohibición de soja GM rige únicamente para sus militares o cubre el consumo provincial. La decisión proviene de la sospecha que tienen sus investigadores de que una serie de enfermedades nuevas o multiplicadas tienen que ver con el hasta ahora intenso consumo de soja GM o de alimentos confeccionados con dicha soja (origen EE.UU., Brasil, Argentina).

Aunque transitoria  y parcial la medida, coloca un gran interrogante sobre el porvenir de la soja GM. Fundamentalmente, porque se suma a otras muchas advertencias.

Aunque por las latitudes platenses sigamos ajenos y en el mejor de los mundos. Los 20 millones de ton. del 2000 son ahora más de 50 y los 70 millones de lts. de glfosato de entonces son ahora unos 350 millones (la diferente proporción en los aumentos de cultivo y herbicida revelan que cada vez se aplica más agrotóxico por unidad de suelo).

Esa impavidez es fronteras adentro. Estuvo de visita en febrero de 2017 un periodista italiano, Gaetano Pecoraro,[3] que quedó asombrado y atemorizado por el estado sanitario del país en las zonas fumigadas (un tercio aproximado de toda la Argentina), donde registró una inusitada cantidad de casos de cánceres, malformaciones congénitas, anencefalias y otras enfermedades vinculadas con toxicidad.

Pero de esto hablará Pecoraro en Italia. Porque aquí ni nos enteramos.

notas:

[1] Este texto se presentó como prólogo a la segunda ediciòn de Transgénicos: la guerra en el plato, Buenos Aires, 2000 y 2017.

[2] Vale la pena recordar que en dichos encuentros ha habido algunas voces de alerta como aconteció con la delegación boliviana que no acordó en la cumbre mundial de cambio climático de 2010, en Cancún la aceptación del límite de 2 grados centígrados para el calentamiento planetario recordándonos que ya 1 constituía una alteración de consecuencias gravísimas.

[3]  https://youtu.be/ZFzmkI8I5iE.

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Lo que está en juego con el 23 enero 2018

por Luis E. Sabini Fernández –

DETONANTE

Como era inevitable los reclamos planteados en Durazno alrededor de la cuestión agropecuaria han disparado enfrentamientos ya conocidos y rastreables a través de los partidos políticos.

Aunque sea con otros enroques, es indudable que se ha manifestado la puja interpartidaria. Hay incluso pasajes del documento final (“Un solo Uruguay. Proclama y propuesta”) que la abona, como referirse a “ideologías absurdas” o a “razones ideológicas de otros tiempos” en obvia referencia al entramado ideológico del Frente Amplio Encuentro Progresista Nueva Mayoría (en adelante FAEPNM). En ese aspecto, un cierto apoyo de Unidad Popular al encuentro rompe tales simetrías porque ese agrupamiento, escindido del FAEPNM, se reivindica aún más puro heredero de esa “ideología de otros tiempos”…

Pero no es la puja ni la chicana político-partidaria lo que importa de lo acontecido el 23 de enero en Durazno.

A mi modo de ver, lo sustantivo es en primer término el afloramiento social de una crítica a la política del gobierno, algo sin precedentes, socialmente hablando con el FAEPNM y –lo más relevante− no tanto la crítica que ha salido a la luz sino el perfil de la crítica ausente. Porque de los Reclamos solo queda claro que los movilizados del 23/1 han percibido el achique de sus ingresos y ganancias. Los que “la hacían con pala” advierten baja en la tasa de ganancias; los que pelechaban con lo justo, están cada vez más ahorcados, pasándola insoportablemente mal.

El documento final centra su crítica en el estado manirroto e ineficiente con que cuenta el Uruguay, y cómo esos rasgos se habrían acentuado, precisamente con el FAEPNM que se supone venía a no repetir los desgobiernos blanquicolorados sino a ejercer un gobierno más racional, técnico y más justiciero y con mejor tonicidad democrática.

Los sucesivos gobiernos frenteamplistas han cometido demasiados errores para no percibirlos como una política. Como sus aciertos. Ha habido, por ejemplo, una persistente política de inclusión social, que ha permitido mejorar niveles de vida de algún sector de la población; para lo que se ha valido de blanquear ingresos, lo que ha permitido, con lo recaudado extender prestaciones. Buena parte de los aciertos de esa política ha sido fruto de una coyuntura de buenos precios para commodities producidas en el país.[1] Pero esa bonanza que desde 2014 se ha ido haciendo cada vez más precaria y reversible, ha sido acompañada por su contracara. Como todo pacto con Mefistófeles, tenía un reverso: creciente satelización de la economía del país, creciente contaminación, creciente extranjerización de la tierra, creciente expulsión de población rural, aumento sostenido de empleos públicos como reiteración de una trama cultural del país; la de hacer “la fácil”. Por algo Benedetti designó a nuestro país como “la primera oficina pública elevada al rango de república.” En este aspecto, el FAEPNM apenas continuó al batllismo, en todo caso superando sus marcas.

Entendemos que los grandes fiascos de SOYP-FRIPUR, PLUNA, la gasificadora, Aratirí, para mencionar apenas las más recientes, más la hipoteca de soberanía que significa la entrega de zonas  francas o la concesión a papeleras, no hacen sino proseguir una política que nos viene de “afuera”, que no inició el FAEPNM, pero que continuó y acentuó. Una política  pautada desde el centro planetario ante el cual hemos sido sumisos y sin chistar (algo que podría parecer paradójico pensando en el origen del FAEPNM. Pero solo parecer).

Por algo el Financial Times hace pocos años designó al ministro Danilo Astori como el “mejor ministro de Hacienda del mundo entero”. Más allá de lo llamativo que semejante designación se la lleve el ministro de un estado con las dimensiones económicas mínimas del Uruguay, lo cierto es que eso revela lo conforme que ha estado el gran capital globalizador[2] (en adelante, globocolonizador) con nuestro país y el papel modélico que le asigna.

Sin negar que la queja del 23/1 contra el estado despilfarrador sea comprensible y correcta, lo que falta es la crítica, no a la superestructura estatal sino a la política económica. Que sigue punto por punto lo que decide e impulsa el consorcio globocolonizador.

Ese poder mundializado opera con redes transnacionales “asesoras” y “lazarillos” como el BM, la OMC, el FMI, la USAID.[3] Y los estados nacionales  más acordes o más integrados con esa globocolonización y los que con su legislación la llevan adelante, constituyen, a nuestro entender, un eje supracontinental; EE.UU., Reino Unido e Israel. Todo ese conglomerado de fuerzas, estrictamente organizadas, tiene diversas entidades operativas, como el USDA (Dpto. de Agricultura de EE.UU.), la FDA y la EPA, entidades reguladoras de ese mismo origen, y la red de laboratorios que han pasado a ser primordiales en los nuevos modelos agrícolas, como Monsanto, Bayer, Syngenta, Nidera y pocos más.

 

LAS HERRAMIENTAS DEL ENEMIGO NO PERMITEN HACER CAMINO AMIGO

El llamado del 23 de enero arrastra una dificultad originaria y es elaborar un planteo, crítico, con las ideas contra las que precisamente, al menos algunos,  quieren rebelarse. Pensar con categorías prestadas justamente del pensamiento globocolonizador. Algo que inevitablemente embarulla (claro que eso puede responder a motivos muy diversos, contradictorios entre sí: algunos bien pudieran querer seguir usando el “diccionario” de la agroindustria rampante porque no tienen ningún interés en abandonarla y toda la fricción proviene de ver menguada su otrora altísima rentabilidad que reclaman recuperar; otros, en cambio están movidos por el endeudamiento y la desesperación).

Vayamos a ejemplos para evaluar estas escaramuzas semánticas. El uso del concepto de “agricultura inteligente”. Es una consigna acuñada por la agroindustria y los emporios del “último grito tecnológico” con el que se quiere significar, aunque no se lo diga expresamente, que la agricultura, que lleva milenios, ha sido hecha por gente no inteligente. Campesinos.

Como si el campesinado no hubiese tenido inteligencia. Como si hubiera podido desarrollar la agricultura que conocimos hasta mediados del siglo XX sin inteligencia. Como si los injertos, las rotaciones, los cruzamientos, el control biológico de plagas, el conocimiento de siembras, cultivos y cosechas, el de las fases lunares, el ciclo de las estaciones, se pudiera haber hecho tontamente, sin conocimiento, sin racionalidad, sin ciencia, en suma.

Hay un desprecio tácito hacia el conocimiento campesino en las “cocinas ideológicas” del actual centro planetario. Por eso prosigue una campaña y un empeño campesinicida, en nuestro tiempo. Aterciopelado en la modalidad uruguaya, mucho más rústico y militarizado en el Paraguay, y en muchas regiones africanas o del sudeste asiático.[4]

Mencionar algo tan atroz, como un campesinicidio merece una explicación. Aunque no se diga la verdadera razón, el motivo del gran cambio en los usos y costumbres agrícolas y ganaderos que caracteriza nuestra contemporaneidad  −que nos permite decir que hay más diferencias en su ejercicio entre lo que se hacía un siglo atrás y hoy que lo que se hacía en milenios anteriores hasta hace menos de cien años−  obedece no tanto al alegado progreso y superación de ignorancias que toda propaganda institucional nos insufla, sino a la autonomía rural, ésa que permite que un ser humano pueda alimentarse por sí mismo o con intercambios locales. Una autonomía que conspira contra el mercado global a través de las góndolas, articulado con los desarrollos tecnocientíficos.[5]

Otro ejemplo: cuando se alcanza la capacidad tecnocientífica para reconocer y operar con e  incidir en genes con diferentes agentes modificadores, se habló, lógicamente, de “ingeniería genética”. Es lo que fue prosperando entre las décadas del ’70 y del ’90, cuando finalmente esta disciplina arriba a los alimentos. Entonces, se advierte la resonancia seca, rechazable, de lo ingenieril aplicado a alimentos, a vegetales o animales que habrán de ser presentados, y embellecidos, en las góndolas.

Y con los debidos asesoramientos de Public Relations se rebautiza la ingeniería genética como biotecnología. Aunque su significado sea mucho menos exacto. Porque la humanidad se valía de recursos biotecnológicos desde tiempo inmemorial: todos los fermentos, los hongos, las levaduras, los mohos con que la humanidad aprendió a hacer vinos, panes, cervezas, quesos, como el roquefort, emplean procesos biotecnológicos. Pero no transgénicos, claro.

Pero el USDA, Monsanto y demás piezas del conglomerado globocolonizador usurparon esa denominación como propia,  por cuestiones de imagen.

 

LA AGROINDUSTRIA NO NOS LLEVA AL PARAÍSO SINO AL DESPEÑADERO PLANETARIO

Lo que hay que entender es que los titulares de la autoproclamada “agricultura inteligente”, los partidarios del uso de biotecnología (biotech) son los titulares de la “agroindustria”.

La agroindustria pretende ser una forma de “modernizar” la agricultura. Ostenta lo que brilla, no su contracara. Escamotea que hay una cierta irreductibilidad entre lo industrial, fabricación de productos inertes, y el cuidado de seres vivos. No es lo mismo atender ladrillos que peces o tomates. Hay semejanzas, claro, pero la calidad de viviente es una diferencia cualitativa para tener en cuenta.

Con la agroindustria se acentúa lo industrial y languidece lo agrícola o agricultural.

¿Sobre qué basa su fuerza de persuasión lo agroindustrial? En los rendimientos a gran escala. El primer diseño de ingeniería genética para alimentos programada por el USDA (mediados de los ’90) fue “para las praderas norteamericanas y las pampas argentinas” (textual, en el Hudson Institute).[6]

La agroindustria se basa en dos aspectos decisivos e íntimamente relacionados: 1) ahorro de mano de obra y 2) uso irrestricto de plaguicidas y de “fertilizantes” químicos (que justamente por su uso intensivo devienen también agrotóxicos; las aguas de nuestros ríos son el más claro aunque mudo testigo.

En este punto se revela la sabiduría de los tercos campesinos de la India de la década de los ’60 que reseñamos en la nota 1. Cuando Rachel Carson, bióloga estadounidense, escribe Primavera silenciosa (1962), estaba advirtiendo, finalmente, el resultado de soluciones sobre la base de muertes generalizadas: la de los pájaros (y de la minifauna que los nutría).

 

Luego de ese sucinto recorrido planetario, volvamos al Reclamo del 23 de enero.

SIGNIFICADO DE LA SUPRESION “MODERNA” DE LA MANO DE OBRA

En Uruguay se habla de “pequeños productores” agrarios como titulares de, pongamos,  500 ha. Es la más feroz comprobación que más allá de las chácharas campesinistas del FAEPNM (como las de la vicepresidenta Lucía Topolansky), estamos inmersos en la agroindustria. Que se va “comiendo” a los productores pequeños, a los campesinos. Que en el mejor de los casos los renta y en el peor, los despoja y arrumba en los cordones periféricos urbanos.

El proceso de agroindustrialización es un proceso donde “el pez grande se come al chico”. Porque basa su rentabilidad en los grandes números. Las grandes extensiones uniformizables (el campo uruguayo, acuchillado, no se presta por cierto tanto como las pampas argentinas, pero igual, algo se logra…).

Ese aumento de escala y de aparente productividad externaliza los verdaderos costos planetarios, ambientales: la contaminación, cada vez más generalizada. El patético asunto de nuestras aguas debería ser un buen punto de referencia. ¡Y eso que todavía no hemos entrado en la espiral de contaminación progresiva e incontenible con la “tercera celulosera”!

¿Por qué el Uruguay tiene los índices más altos de cáncer en el continente americano? Junto con EE.UU. y Canadá (en ese patético primer grupo están, fuera de las Tres Américas, prácticamente toda Europa Occidental y Australia). Esa franja primera se constituye con países que tienen más de 243 enfermos por cada cien mil habitantes por año. Una segunda franja, constituida en América por Argentina y Brasil y que tiene otros países como Rusia y Polonia, se establece con quienes tienen una tasa de cánceres entre 172 y 243 casos por cada cien mil hab.

Sin embargo, en los índices de mortalidad por cáncer la situación de Uruguay empeora: en el grupo con los índices más altos solo queda un país americano: Uruguay (junto con Rusia, Polonia, Turquía y otros, por encima de 116 muertos anuales por cada cien mil habitantes). Los otros dos países americanos que señalábamos con la mayor tasa de casos de cáncer, se sitúan un escalón más bajo, junto con Argentina y Brasil; entre 100 y 116 muertos por cada cien mil hab. Hay otras franjas con tasas de mortalidad menores: una con muertes entre 90 y 100, donde se sitúa Bolivia, Suecia, Noruega, Australia, etcétera. Y otra franja de menor tasa de mortalidad (entre 73 y 90) donde se sitúa Venezuela y Finlandia, por ejemplo.[7]

Más grave, si cabe: ¿Por qué Uruguay tiene la tasa de suicidios más alta de las Américas (a la par de Cuba)? En tablas mundiales anda por el vigésimo puesto entre los cien estados que declaran cifras al respecto. Existen estudios que asocian suicidios con ciertos grados de conta-minación por agrotóxicos que afectan nuestros cerebros. Otra hipótesis sombría: la plombemia, reconocida en un sector tan amplio de la población uruguaya, también podría estar relacionada.

LA ESCALA Y LA DISPONIBLIDAD TERRITORIAL

Los commodities,  como eje productivo necesitan de grandes extensiones. Así mirada, Argentina o Brasil tienen potencialidades (aunque también en esos casos, los costos y pasivos ambientales aumenten proporcionalmente).

Pero no es el caso nuestro. En ese sentido, la apuesta a la agroindustria tiene, para nuestro país, patas cortas. Porque no sólo se contaminan los suelos y todos los seres vivos que sobre (o dentro de) él vivimos, y lo hace con relativa velocidad, sino porque el suelo del Uruguay es limitado… 16 millones de ha.

Por eso, una apuesta que procure ser realmente inteligente tendería a lo que en economía hoy se llaman specialities y no commodities.

Porque las specialities sí tienen un mercado seguro, creciente y bien pago. Así como ha ido entrando en crisis la comida chatarra, la comida rápida y demás versiones gastronómicas made in USA, análoga y correspondientemente crece un movimiento a favor de la comida saludable (p. ej. búsqueda de dietas sanas, demanda por alimentos orgánicos, la moda del slow food). Europa está ávida de esos alimentos. Y no sólo Europa (la salud, diríamos, está ávida).

Y Uruguay tiene, al menos tenía, uno de los territorios mejor irrigados del planeta. Con lo cual, si evitáramos descalabros y atrocidades como las producidas por la contaminación agroindustrial, tendríamos potencialidades óptimas.

Ya lo explicó el agrario orgánico César Vega, que plantando ajos en apenas una centésima del área que se usa para commodities se podía obtener más dinero (y mejores cultivos). Pero, para ello, hay que trabajar. Y ésa es una dificultad para un país adormecido con dólares y electrodomésticos, reales o ilusorios.

PAPEL AUSENTE DEL ESTADO

Como algo lacerante tenemos el episodio en la cuenca del Canelón Chico de hace un año, en Sauce: un agroindustrial derramando ponzoña por toda la región, arruinando cultivos para el consumo local. Y cómo esos agroindustriales, que probablemente en su país de origen pudieran tener alguna dificultad para seguir contaminando, aquí con “el estado bobo” que deja y deja y deja hacer, no tienen problema en reincidir: acaba de ser denunciado un segundo episodio con similares características, con los mismos actores haciendo el daño, con los mismos agrotóxicos; sólo se han renovado las víctimas y apenas el escenario; ahora en Mangangá, Tala (informe de Tania Ferreira y Betania Nuñez).

El nervio motor que une a la agroindustria con la contaminación y la difusión fuera de control de enfermedades graves pasa por la difusión de agrotóxicos y por la escala.

Con la gran escala, se pierden los cuidados, se pierde la noción de los tachos con agrotóxicos  (o con restos de), por ejemplo, se hace muy difícil “cuidar los desechos con respeto” (Mae-Wan Ho), reabsorberlos cuando son reabsorbibles, hacerse cargo de lo irrecuperable y darle un destino aceptable.

La gran escala constituye una escuela de irresponsabilidad, de pagadiós; que la naturaleza se haga cargo. Sabemos que no es cierto. Que eso significa lisa y llanamente contaminar-nos.

¿Cómo afrontar los mensajes masivos que nos invitan al consumo inmediato y permanente, como si el dinero fuera maná?

Apostar a las specialities significa trabajar. Trabajar con las manos, con empeño. Pero, sobre todo, con conocimiento. Reemprender el cuidado de los suelos implica recuperar los estudios agronómicos que muestran qué plaga es espantada por cuál aroma, qué especie es predador benéfico de plagas nuestras… Sobre todo eso hay mucha cultura acumulada (hoy en día en vías de desaparición, porque los laboratorios resuelven “todos” los problemas con agentes químicos, salvo los problemas que ellos han generado: enfermedades nuevas, debilitamiento de la riqueza biológica de los suelos, extinción masiva de especies, pérdida de biodiversidad, alteraciones climáticas, malformaciones congénitas.

Nuestra apuesta, pensamos, debería ser, contar con menos dólares y aprender a vivir con menos enfermedades. Preparados –como sociedad− no estamos. ¿Dispuestos?

[1]  Pese al rechazo terminante de todo parentesco entre kirchnerismo y vazque-mujiquismo que se observa en Uruguay, los recientes gobiernos simultáneos del Plata han aprovechado la misma coyuntura de buenos precios internacionales de commodities,  impulsados desde el centro planetario, para sus respectivas políticas distribucionistas… coincidentes.

[2]  En francés a la modalidad económica actual, dominante, se la denomina mondialisation. Entendemos que el ajuste semántico de Frei Betto mejora la comprensión del fenómeno: globocolonización.

[3]  En la periferia los análisis suelen distinguir organizaciones supranacionales como la OMC o el BM de organizaciones directamente estadounidenses como USAID. Pero los manuales del centro planetario no hacen tan “innecesarios” distingos.

[4]  En la década del ’60, cuando irrumpen los plaguicidas químicos, los grandes laboratorios líderes enfilaron sus baterías hacia la India, uno de los países con mayor cantidad de campesinos de todo el mundo.  Y se tropezaron con inesperada dificultad para colocar sus soluciones “maravillosas”: que los campesinos, se negaban a querer matar a los insectos que predaban sus cultivos. “Un 10% de lo que producimos es para ellos”, alegaban. Los promotores de la solución tóxica a la presencia de insectos y plagas en general trataban de persuadir que lo mejor era quedarse también con ese 10%. Claro que no tomaban en cuenta para esa ganancia extra, el costo que habría de salirle a los campesinos la compra y la administración de tales venenos. Ni hablar del costo social, sanitario, ambiental, que hace medio siglo no estimaban ni los laboratorios ni el estado ni los políticos… (cit. p. Frances Moore Lappé y Joseph Collins, L’industrie de la faim, 1977).

[5]  Que tiene por cierto su contracara; el consabido y opresivo peso de lo tradicional. Esa difícil dialéctica que nos permite ver a la vez lo progresivo y lo regresivo en una misma situación.

[6] Al capital mundializado le importa poco diferencias nacionales, fronteras de soberanía y esa batería de leyes nacionales “obsoletas”…  Por eso diseñaron un modelo agrícola para –simultáneamente− EE.UU. y Argentina. Que entonces hubiera un presidente argentino partidario de “las relaciones carnales” facilitaba, claro, el ensamble…

[7]   http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160203_cancer_graficos_impacto_men

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La filosofía no dicha de Alejandro Nario

por Luis E. Sabini Fernández

Alejandro Nario: aprobación de nuevos transgénicos fue “un error importante”. Montevideo Portal.

El director de DINAMA, Alejandro Nario, ha lamentado la aprobación de algunos nuevas variedades transgénicas sin aplicar el principio precautorio, sin atender necesidades propias del país, como p. ej. en el caso de la aprobación de un maíz que se sembrará solo para atender un mercado exterior, que poco y nada dejará al Uruguay, salvo, eso sí, los residuos químicos propios de los cultivos agroindustriales.

Nario lamenta pero aclara, apresurado, que él no está en contra de los transgénicos. Análoga actitud cuando habla de la calidad del agua, por ejemplo en el río Negro, ante el uso proyectado de UPM de esa corriente; quiere estar atento a la calidad del agua, y aclara que lo hace porque se trata de una corriente pequeña, que si se tratara de una celulosera al borde del Atlántico, no le importaría −lo dice risueñamente− que vertiera al océano la cantidad de tóxicos sin preocuparse de ello.

Nario nos aclara así que no es ecologista ni lo quiere ser. Y que es, en cambio,  un partidario de los desarrollos de la agroindustria. Acepta dicho desarrollo pero lo quiere hacer con cierta prolijidad. Sus fundamentos ideológicos, los del FA, no le permiten ni vislumbrar la trampa ecológica en que la tecnoindustria, ésa sí fundamentalista, nos ha ido encajonando a prácticamente a toda la humanidad y muy particularmente a nuestro país.

Ni se le pasa por las mientes que la catástrofe ambiental que el planeta está viviendo, con una pérdida de biodiversidad planetaria ya muy perceptible, que el daño generalizado al mar océano que todos los investigadores y oceanógrafos testimonian con dolor y desesperación,[1] con todos los trastornos climáticos (como que nieve en el Sahara y que el casquete polar ártico esté a punto de desaparecer), que todo el aumento de radiactividad que está afectando a todos los seres biológicos, incluidos los humanos; que la aparición de enfermedades nuevas o la expansión de otra no nuevas; que la ya comprobada crisis de fertilidad de incontables especies incluida la humana, no son bendiciones bíblicas como algún optimista quisiera creer, tampoco son todas medidas arbitrables y dominables mediante los avances tecnológicos (que existen, ciertamente, y mejoran muchos aspectos, pero que son totalmente insuficientes y hasta contraproducentes ante otros).

Nuestro hombre quiere mejorar los procedimientos productivos. Pero en rigor, sus recaudos no resultan sino una coartada para poder aceptar con elegancia la ofensiva de la agroindustria. Que no es por cierto, local; proviene del centro planetario.

Concretamente los cultivos transgénicos se implantan a mediados de los ’90[2] y eso se lleva a cabo por el USDA, el Ministerio de Agricultura de EE.UU. (con su gerente de tareas, Monsanto). Y desde allí se difunde la orientación general, universal. Desde esa red de organizaciones tecnocientíficas surgirá la cantidad de papers suficientes para atiborrar los recaudos de Nario.

 

Un buen ejemplo es lo que ha pasado con cierta toxicidad del glifosato, el herbicida más usado del mundo entero. Durante años, desde fines del s. XX, diversos investigadores han estado advirtiendo sobre su toxicidad, carácter cancerígeno incluido. Finalmente, en marzo de 2015 el IARC (Agencia Internacional para la Investigación sobre Cáncer, por su sigla en inglés) que es un ente asesor de la OMS, declara: “que el glifosato es probablemente cancerígeno”. Con esa medida observación se le quita al glifosato su aura de inocuidad tan cuidadosamente cultivada por Monsanto y el USDA durante tantos años.

¡Para qué! Monsanto salió de inmediato –pese a que se ha comprobado judicialmente que varias de sus aserciones han resultado falsas o más bien fraudulentas− con el comentario que el glifosato era menos peligroso que el alcohol (una curiosa manera de hablar de su inocuidad).

Observe el lector: la OMS aceptó tipificar al glifosato como peligroso luego de más de 15 años de reclamos fundamentados en diversas investigaciones. Un año más tarde –apenas uno− la OMS da marcha atrás con su dictamen.

¿Cómo es posible?  Porque en los meses posteriores a la bendita declaración de no inocuidad, un Comité Conjunto sobre Residuos de Pesticidas (JMPR, por su sigla en inglés), que también es un ente asesor de la OMS, desechó el dictamen de IARC.

Pero ¿qué es el JMPR? Un ente reconocido por la OMS,  constituido por técnicos a título personal, que se dedican a “recomendar límites máximos para residuos de plaguicidas” [sic]. Reparemos en cuán lejos estamos de una agricultura que promueva la salud: el  JMPR se limita a promover, en todo caso, el menor envenenamiento posible.

JMPR es la coartada que tiene la industria para contaminar legalmente. De ella se vale, ciertamente Monsanto (y tantos otros consorcios con envenenamiento “bajo control”). Con técnicos reconocidos institucionalmente pero designados por su interés o posición personal.

No podemos dudar de su funcionalidad. Y de la fineza auditiva del USDA para remolonear con las críticas al glifosato y tener tanta presteza ante los “sobreseimientos”…

 

Con el avance de la globalización, que reconoció un fuerte empuje con el colapso soviético, la orientación general y las particulares de cada estado nacional han quedado cada vez más incluidas, o sumidas, en lo que algunos llamamos globocolonización.

Basta ver cómo los alimentos transgénicos entraron manu militari en Paraguay o en Brasil para reconocer la escasa autonomía política que hemos tenido en la periferia para decidir. El llamado a la modernización, a la tecnificación, a la integración, implica el pasaje de una agricultura de pequeña o mediana escala a una de grandes dimensiones.  Y el apuro para esa conversión ha sido tanto que, por ejemplo, en Argentina, en 1996, se aprueban los primeros “eventos transgénicos” en idioma inglés, aunque el idioma oficial del país seguía siendo  –oh maravilla− el castellano.[3]

La agroindustria, el fruto más ponderado de la modernización, fue concebida en términos económicos acordes con las necesidades de una sociedad de grandes dimensiones y con muchos intereses fuera de fronteras (lo que en lenguaje tradicional se denominaba, imperiales). Consiste en la aplicación de grandes baterías de máquinas de gran porte, que cosechan y separan los granos; que requieren de grandes llanuras (el modelo fue diseñado en EE.UU. pensando precisamente, ‘en las praderas norteamericanas y las pampas argentinas’).[4]

En un país ondulado, como el nuestro, los rendimientos de tal modelo bajan sensiblemente (por eso el gobierno uruguayo se aviene a recibir sojeros agroindustriales argentinos y los tratan con guante de seda, para que no pierdan tanto de sus draconianas ganancias… lo hacen “regalando” nuestra tierra y agua, a precio vil). Es la misma razón por la cual los campos de concentración para vacunos que se han “popularizado” en Argentina (con el nombre, inglés, claro, de feed-lot) no han prosperado tanto en Uruguay.

Nuestro país podría lograr grandes rendimientos no adoptando la modalidad de escala de la agroindustria sino adaptándonos a nuestras propias dimensiones, apostando más a  establecimientos más pequeños y con cuidados más personalizados. Transformando la consigna turística “Uruguay natural” en un objetivo socioeconómico (y político, cultural y, sobre todo ambientalmente amigable).

El ejemplo de lo acontecido en 2017 en Canelón Chico, Canelones, donde un productor agroindustrial contaminó haciendo uso de “sus” herbicidas una corriente de agua que envenenó a todos los agricultores de medio porte aguas abajo, dedicados a la producción local de alimentos debería funcionar de contraejemplo para nosotros.

¿Qué sentido tiene apostar en Uruguay a commodities que Argentina o Brasil pueden decuplicar o centuplicar respecto de nuestros volúmenes casi sin esfuerzo? Apostar en cambio a specialities nos facilitaría los rendimientos, la calidad alimentaria  y nos aseguraría un mercado sabiendo que, por empezar, todo el mercado europeo está muy sensibilizado ante la contaminación alimentaria, y que pagan de muy buena gana precios mucho más altos con alimentos más sanos.

Claro que para eso, tendríamos que recuperar la calidad del agua que teníamos antes del ingreso “al mercado global”, cuando el agua en nuestro país era de buena calidad y el suelo uruguayo era uno de los territorios mejor irrigados del planeta (Uruguay tiene un porcentaje de fertilidad de la tierra entre un 84% y un 93%, según estimaciones; uno de los más altos del mundo; pensemos que a China se le atribuye un 10%).

La irrigación todavía, grosso modo, la tenemos. Pero, ya sabemos, no alcanza.

Apostar a las specialities no nos permitirá recibir los dólares que “abundan”, pero que en rigor suelen recaer en yates puntaesteños, en apartamentos neoyorquinos. Porque a la inmensa mayoría, apenas si nos llegan.

Dejar de beneficiar a la agroindustria es no apostar a que el dinero trabaje por nos, apostando al trabajo y de pequeña escala. Claro que eso nos impele al trabajo de calidad y, paso previo, a la formación profesional correspondiente.[5]

El precio político, cultural, que significa la apuesta a la agroindustria masiva es la satelización que, como sociedad uruguaya, sufrimos. No es en absoluto un fenómeno o un rasgo particular nuestro; es característico de las economías periféricas u subalternas.

La pregunta es si con el modelo globocolonial, podemos mejorar la calidad de vida de la mayoría, es decir de todos nosotros, los uruguayos. Si cada vez vivimos mejor, nos expresamos mejor, comemos mejor, tenemos mejor asistencia sanitaria.

O si por el contrario, se ensancha la brecha y estamos construyendo una sociedad con hiperricos y privilegiados (que son, cada vez más extranjeros) y una creciente porción de la población cada vez más segregada o excluida, con bajos ingresos, aun entre los que tienen trabajo…

Ya vimos que, por lo visto, no bebemos mejor.

 

[1] Julia Whitty, oceanógrafa estadounidense, “The Fate of the Ocean”.

[2]  En los ’70 en EE.UU. se inicia experimentación transgénica pero inicialmente para producir medicamentos en gran escala.

[3]  Argentina tiene el dudoso privilegio de haber sido el único estado nacional que acompañó a EE.UU. en la producción de alimentos transgénicos en el siglo XX.

[4]  Dennis Avery, Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, Hudson Institute. El título no encierra la menor ironía.

[5] El primer censo universitario del país, 1968, reveló una estructura profesional e “intelectual” que es suicida para un país integrado: Uruguay disponía entonces de 8000 estudiantes de abogacía (el ejercicio profesional daba trabajo a una octava o décima parte) y 300 estudiantes de agronomía, que era entonces, como ahora y tal vez más, el eje de nuestra actividad económica.

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La brutalizaciòn de Israel: ley de hierro del colonialismo

por Luis E. Sabini Fernández

El Estado de Israel se encuentra en un proceso de brutalización progresiva y en expansión.

Muchos analistas han observado 1967, cuando el estado sionista decide ocupar el resto de la Palestina histórica que no había deglutido en 1948, como momento clave, de inflexión en  el proceso de despojo del territorio palestino, cuando el ejército de “Defensa” israelí pasa a ser el de ocupación. Un momento en el que Israel, la ocupación, el ejército, pasan a tener un papel mucho más asfixiante y abusivo, por tratarse sencillamente de una ocupación militar. Pero semejante agravamiento puede ser entendido únicamente si tenemos en cuenta que la verdadera ocupación empezó, al menos formalmente, en 1948 y que la población palestina fue desde entonces despojada,[1] a través de la expulsión de cientos de miles de habitantes, el asesinato, a menudo colectivo, de miles, la violación y la usurpación de sus hogares y habitaciones, a veces hasta con los juegos de té tendidos en las mesas de las casas invadidas y ocupadas.

Expulsiones, asesinatos, violaciones, motorizados por la idea de un  “colonialismo de asentamientos [que] ‘destruye para reemplazar’. La invasión del territorio indígena busca borrar la presencia indígena sobre la tierra de forma permanente.” [2]

1967 es aceptable como atroz mojón de la acentuación del despojo siempre que no caigamos en la tentación, socialdemócrata, de creer que allí empezó “el mal comportamiento”  israelí. Como si hasta entonces Israel hubiera sido “la democracia modelo” del Cercano Oriente que tantos occidentales aplaudieron.

Si mojones temporales significativos necesitáramos, podríamos invocar, por ejemplo, 1946, cuando el sionismo hace estallar el Hotel David en Jerusalén con decenas de muertos árabes, ingleses, palestinos, judíos, seres humanos de los más diversos orígenes (el ala sionista fascista a cargo de ese atentado es precisamente la que gobierna Israel en las últimas décadas y constituye el gobierno actual encabezado por Beniamin Netanyahu).

Pero tal vez, el más significativo es que cuando el sionismo recibe el espaldarazo del colonialismo británico, que opta por usar los pujos sionistas como ariete occidental contra el mundo árabe (el “bárbaro Oriente”), en 1917, el primer enemigo con que tropieza el sionismo ya “en el territorio”, son los judíos establecidos en Palestina desde tiempo inmemorial (lo que se denominaba el Antiguo Yishuv).

Porque los sionistas empiezan a establecerse creando una sociedad aparte, en rigor una sociedad encima de la existente. Y los judíos no sionistas, anteriores, vivían dentro de la sociedad palestina. Y resisten la consigna que reciben como judíos: ningún trato con “los árabes”.

Los sionistas zanjan esa resistencia con una modalidad que ya veremos se irá propagando en el siglo XX con el nazismo, el fascismo, el comunismo y que ha caracterizado a todas las dictaduras de todos los tiempos: asesinan a Jakob de Haan, un poeta judío refractario a los planes sionistas, que encabezara la resistencia judía al nuevo planteo. 1924. Primer asesinato político de la amarga historia de la sionización de Palestina. No será el único sino apenas el primero de una larga lista de asesinatos que vemos ensancharse continuamente.

El gobierno fascista actual de Israel (que evita esa denominación, que desde 1945 ha quedado “quemada”) no ha hecho sino profundizar esa senda. Pero no ha innovado nada, sustancialmente hablando. Israel, ya sea con gobiernos democráticos (pero sionistas) o con gobiernos sionistas menos diplomáticos, jamás ha variado en su proyecto histórico: “redimir” la tierra “sagrada”. ¿Ha sobrevenido alguna vez un convenio para reconocerle algo, a los palestinos? No se conocen. Ni una vez.

Con las “tratativas” de Oslo, desde 1993, cuando Israel decide evitar otro estallido como la intifada de 1987, la OLP se aviene a “conversaciones” con las que cede y termina reconociendo al EdI con la expectativa de que en un futuro más o menos próximo, el engendro sionista habría de reconocer “algo” palestino; para muchos una soberanía de las dimensiones de una cabina telefónica. La OLP, exhausta con su lucha de tipo vanguardista, sustituyendo la actividad de un pueblo por el de sus destacamentos-más-destacados, termina cediendo, con la esperanza de que a Arafat se le reconocería una presidencia virtual sobre un territorio o territorito… un bantustán, en suma.

Destruida su estrategia político-militar, Arafat, empero, no termina de claudicar porque cuando un levantamiento en las calles vuelva a revelar el sentimiento generalizado de tantos palestinos que se sienten robados, ultrajados, invadidos, desplazados, humillados −la intifada Al-Aqsa− que el régimen sionista reprime con mano durísima, Arafat, ya vencido en la mesa de negociaciones, no aceptará seguir siendo cómplice del poder sionista cada vez más ensoberbecido y denunciará el atropello militar con su infame cosecha de lisiados y muertos. Después de eso, Arafat dejará de ser “interlocutor válido”, quedará virtualmente cercado en La Mukata, en Ramallah, y tendrá una sospechosa muerte por irradiación de la cual que ya sabemos quiénes la administraron…[3] Israel buscará otro cipayo más confiable, y lo encontrará.

1936, 1947-1948, 1967, 1982, 1987, 2000, 2005, 2008-2009 y tantas otras fechas pesadillescas, donde cada vez más son los palestinos muertos, lisiados y prisioneros.

En ningún momento, desde el asentamiento sionista en Palestina, se puede reconocer a Israel cediendo. En todo caso, suspendiendo la presión, el embate, para luego reemprender la conquista con mayor énfasis si cabe: la ocupación ha sido un viaje de ida.

A medida que la relación de fuerzas se ha hecho más favorable al sionismo protegido como socio presuntamente menor del “amo geopolítico del planeta”, EE.UU., su desenfado para aherrojar a la población palestina se ha acrecentado.

Cada vez leyes más draconianas.

Los palestinos no tienen jamás, década tras década, un permiso para construir. Década tras década, las familias han tenido que ir redimensionando sus habitaciones para dar cabida a nuevos miembros, achicando el espacio familiar. Los palestinos no tienen la posibilidad de adquirir, readquirir tierras.

Han sido sistemáticamente reducidos, al mejor estilo del colonialismo español en las Américas (“reducciones de indios”).

La “reducción” territorial tiene otras causas: que un miembro de la familia haya actuado en alguna acción que el poder sionista califique como “terrorista” alcanza para derribar toda la vivienda familiar. Sin posibilidad de reconstrucción; que el estado sionista necesite un suelo para un emprendimiento alcanza para que se le confisque ese suelo a cualquier palestino.

La pérdida territorial es, por una razón u otra, continua.  Nunca falta un diferendo, la decisión de un nuevo aeropuerto, una carretera, la “necesidad” de un puesto de control, para proceder a recortar esos ya tan recortados territorios. Porque Israel jamás cede tierras “propias” para tales obras; siempre las hace a expensas de las tierras palestinas.

A veces, ni siquiera eso. Alcanza la llegada de una patota de colonos sionistas que, armados hasta los dientes y/o protegidos por el ejército de “Defensa”, proceden a arrancar de cuajo vides, olivos, higueras, plantas centenarias de la milenaria agricultura de la región.

En Palestina, los judíos pueden matar impunemente a cualquier palestino. Lo han declarado algunos con chutzpah,[4] como el ministro de Economía del actual gabinete; Naftali Bennet: “He matado a muchísimos árabes en mi vida, y no he tenido ningún problema por ello”. [5]

La historia del colonialismo siempre ha mostrado lo mismo: una penetración racista, basada en la presunta superioridad civilizatoria, que permite a los colonialistas actuar con desprecio por todas las reglas de convivencia y respeto, que, a lo sumo, preservan para “los suyos”.

Esa es la única, atroz explicación para que un soldado judío, que atendería solícito a su hermana, a su madre, a su esposa, a su vecina, en situación de preparto, se permita darle largas a tantas, tantas palestinas que llegan a los “check-points” angustiadas con pérdida de aguas o de sangre o con pujos y que se desentienden en lugar de franquearles el paso al hospital más próximo, o que les ordenan regresar a sus casas y consignas por el estilo y que se traducen en que esas palestinas, solas o acompañadas, se acuclillan lo más fuera de la vista del retén y den a luz, con falta total de atención y de higiene y que se registre tan alta cantidad de bebes  muertos en esas condiciones: el soldadito ha cumplido con su deber, impedir que “crezca” la población de la cual el colonialismo se quiere desembarazar.

Con el cambio de año (2017 a  2018) registramos otra forma de supresión de la población usurpada y negada: el gobierno fascista de Netanyahu, Bennet, Ayelet, Lieberman, propone instaurar la pena de muerte también para actos de resistencia a la ocupación.

Se los denomina terroristas por defenderse.

El disparador probablemente ha sido Ahed Tamimi, 16 años, la adolescente palestina que indignada por la balacera con que soldados israelíes habían matado y malherido a hermano y primo suyos (niños de 14 y 15 años), los increpó y procuró abofetearlos.

La pervertida opinión pública, a través de sus medios más oficialistas, ha admirado a esos “estoicos soldados judíos”  por su profesionalidad, por no haber respondido ametrallando, suponemos, a la joven. Y dado que dicha “profesionalidad” es replicada por jóvenes como Ahed y su prima Nur, para defenderlos de tales bofetadas, el Parlamento fascistizado israelí está tramitando el establecimiento de la pena de muerte ante actos “terroristas”. Con ese calificativo, el juez y el poder de ocupación pueden disponer la condena de muerte por todo acto de resistencia, incluidos los “vejámenes” que le habrían propinado Ahed y Nur a los soldados en el patio de su hogar.

Como dice una sucursal mediática del sionismo en Montevideo: “Los medios israelíes, por su parte, la describen como una ‘provocadora que sabe cómo publicitar sus actos” (El País, Montevideo, 29 dic. 2017). Un instructivo ejercicio de periodismo canalla.

[1]  Hubo desde antes un despojo, una política de despojo, solo que hasta 1948 mantuvo formas “legales”, como la compra de tierras a un propietario rentista ausente y “como consecuencia”, el desalojo por la policía (turca primero, inglesa después) de campesinos sin títulos…

[2]  Nadera Shalhoub-Kervorkian, Sarah Ihmoud y Suhad Dahir-Nashif, http://www.resumenlatinoamericano.org/2014/12/02/palestina-la-violencia-sexual-el-cuerpo-de-la-mujer-y-los-asentamientos-coloniales-de-israel/.

Por eso estas autoras nos dicen que: “La violencia sexual es fundamental en la estructura global del poder colonial, en su maquinaria de dominación de carácter racial. […]. David Ben Gurion, al igual que otros dirigentes sionistas, habló abiertamente sobre la violación y tortura sexual de las mujeres palestinas en las anotaciones que hizo en su diario durante 1948. Al mismo tiempo que abogaba por la matanza de mujeres y niños palestinos, les representaba como una amenaza para la política de asentamientos coloniales judíos y premiaba a todas las madres judías cuando tenían su décimo hijo.”

Las autores citan además a una joven judía que publicó en Facebook un mensaje sobre el placer sexual que se sentía contemplando el linchamiento colectivo: “¡Qué orgasmo ver a las Fuerzas de Defensa de Israel bombardear edificios en Gaza con niños y familias dentro. Boom, boom!”  [ibíd.]

[3]  La viuda verificó mediciones en las últimas ropas de Arafat envidas a control; una anormalísima intensidad de radiactividad.

[4]  Voz de origen hebreo, desplegada en el yiddish, que significa desenfado, descaro, insolencia.

[5] Publicado por Yediot Ahronot, periódico israelí y traducido y puesto en internet por http://www.palestinalibre.org/articulo.php?a=46297, 31 julio 2013.

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