La peste plástica está tomando nuestros órganos

Por Luis E. Sabini Fernández.

Monsanto… hasta de sus últimas sílabas se podría extraer una filosofía de la inversión de la verdad, de que todo resulta opuesto a lo proclamado…

Monsanto es el agente clave para la expansión de la agrondustria que le ha signficado a la humanidad, el campesinicidio más generalizado (lo cual en cifras no tiene parangón con ningún otro trastorno demográfico y ocupacional en la historia humana; baste pensar que hace un siglo las sociedades podían tener un 75% o un 90% de población dedicada a tareas rurales y hoy se estima en 2%, 4%, 10% la población “dedicada al campo” en la inmensa mayoría de los estados del orbe).

Esa “extirpación” del campesinado no es el mero avance de la humanidad; no es el canto al progreso-siempre-mejor que nos insuflan desde los centros de poder; es una suma algebraica de avances y retrocesos de los cuales la historia oficial solo nos muestra, siempre, “los avances”.

Hay un formidable avance en los medios de comunicación y en los de transporte, pero también una pérdida de experiencia y conocmiento para tratar a la naturaleza, por ejemplo.

Pero Monsanto dista mucho de haber sido –y seguir siendo− únicamente  el pivlote de la “La Revolución Verde”, la agroindustria y la contaminación de los campos.

Durante la guerra que EE.UU. desencadenó para imponer la democracia en Vietnam  (y que tras 14 años tuviera que abandonar), por métodos, no precisa-mente  muy democráticos, el papel de Monsanto fue protagónico: proveedor, aunque no exclusivo, de Agente Naranja; el agrotóxico que la aviación de EE.UU. diseminó masivamente en los campos vietnamitas para  “quitar el agua al pez”.[1]

Pero las contribuciones monsantianas vienen de tiempo atrás. Fundada en 1901 para elaborar productos químicos inicialmente dedicados a sustituir alimentos naturales,  −los cada vez más conocidos y difundidos aditivos alimentarios−  como, por ejemplo, vainilina para cortar la dependencia culinaria hacia las islas Célebes de donde se la extraía tradicionalmente.

Tal comienzo debía haber abierto los ojos de los contemporaáneos. La sacarina, uno de los primeros producos de Monsanto, de la primera década del s.XX, ha sido desechada por tóxica. Con su extremo dulzor con dejo amargo.

Con el paso del tiempo, su capacidad de incidir en el “desarrollo tecnológico” se fue ampliando y la consiguiente toxicidad de su producción también. Desde la década del ’20 produce PCBs, los temidos polibifenilclorados que luego de décadas de uso “inocente”, o más bien impune, se iban a revelar con una altísma toxicidad generando innumerables cánceres infantiles.

 En la década del ’30, significativa y sintomáticamente Monsanto se convierte en productor de primera línea de otro gran triunfo de la modernidad ciega y soberbia, derrochando venenos en el planeta, expandiendo el uso de los termoplásticos, encontrándose así en los puestos de “vanguardia” para el envenenamiento planetario.  Estos plásticos, como los anteriores (rígidos) tenían un rasgo que debía haber hecho reflexionar un tanto: eran materiales no biodegradables. El idioma humano no tenía siquiera una palabra para enunciar semejante realidad. Hasta los “logros” de la petroquímica, nuestros materiales, nuestros objetos, eran naturaleza. Y por lo tanto, a la corta o a la larga, “volvían” a ella; una suerte de reciclado (a veces muy complejo, pero siempre total). Pero con los plásticos se rompen los ciclos naturales (para no mencionar los bióticos, ahora amenazados). La naturaleza no puede reabsorber, reasimilar productos engendrados de tal modo que han perdido todo parentesco con el mundo natural.

Lo que podía haber sido una advertencia sobre un camino ominoso fue en cambio muy bien recibido para abaratar costos, mejor dicho para abaratar los costos del capital. Que prefiere productos baratos en lugar de buenos. Una cuestión de rentabilidad, pero empresaria, no social, aunque todos sus argumentos se basan en que se trataría de rentabilidades de la sociedad.

Con el horizonte de una guerra inminente y el recuerdo de la anterior con sus peripecias en las trincheras, los soldados asolados por chinches y piojos, investigadores se dedicaron a pergeniar insecticidas. Así Monsanto trajo al mercado el DDT (descubierto por un técnico suizo alemán en 1939), una solución radical a las vicisitudes provocadas por insectos. Sin embargo, la guerra que se desata en 1939 no tendrá trincheras;  la aviación y los bombardeos cambiarán el panorama y la estructura de las guerras, y los insecticidas quedarán arrumbados. Por eso, en la posguerra, los laboratorios buscarán empecinadamente nuevos usos a sus investigaciones y aplicaciones  y empezará así la aplicación de insecticidas a la agricultura. Será el momento del combate químico a “las plagas”. Que hasta entonces se atendían y enfrentaban mediante usos físicos o biológicos. Así llegaremos a la Revolución Verde.

Monsanto resultó, una vez más, pieza clave, pivot del Ministerio de Agricultura de EE.UU. (USDA) cuando en los ’90 el gobierno norteamericano decide un plan alimentario mundial, “basado en las pampas argentinas y las praderas norteamiericanas”.[2]  Cuando  los emporios de la agroindustria  estadounidense se sintieron fuertes como para adminstrar los alimentos del planeta.[3] Este plan se desencadena a partir del recurso de la ingeniería genética aplicada a alimentos, con la producción masiva y en permanente expansión de alimentos transgénicos.

Antes, Monsanto había tenido el dudoso honor de patentar otro edulcorante, probablemente más tóxico que la problemática sacarina: el aspartame.

Son varios, entonces, los “aportes” a una alimentación degradada, tóxica, como por ejemplo la somatotropina bovina, una hormona que ha sido rechazada de plano en los mercados europeos, por ejemplo (aunque en EE.UU. se la consume libremente). Fue diseñada para aumentar la produccion de leche y los reparos provienen de que diversas investigaciones la asocian fuertemente con cánceres de mama y de próstata.

La “perla” de tantos nefastos aportes, siempre tolerados por la autoridades sanitarias de EE.UU. y sus satélites y claramente adoptados y aplaudidos por el mundo empresarial “moderno”, ha sido el tratamiento y el procesamiento de los plásticos que no son alimento pero que tienen una  insidiosa cualidad y están muy vinculados a los alimentos.  Como ya es de público conocimiento, las montañas de plásticos; los basureros gigantescos compuestos en un 90% de material plástico, las islas oceánicas, flotantes, con superficies mayores a las de los más grandes países del planeta, constituyen un problema de creciente actualidad.

Pero se trata de un problema menor, pese a su envergadura, ante la cuestión de otro aspecto descuidado de los desechos plásticos: sus micropartículas. Que están urbi et orbi.

Como lo plástico, ya dijimos, no es biodegradable, la erosión va achicando, rompiendo, despedazando los envases,  las bolsas, hasta perderse de vista. Pero así, microscópicas, siguen siendo partículas. Que no se biodegradan, que respiramos e ingerimos a diario.

Una cancha de fútbol de pasto sintérico, debido a la fricción a que su superficie es sometida, es un sitio “ideal” para la producción de micropartículas plásticas.

La erosión en general; el agua y el viento producen permanentemente micropartículas plásticas.

Hay quienes empiezan a preguntarse a dónde van las partículas que se desprenden permanentemente de los materiales plásticos que están prácticamente en toda nuestra vida cotidiana. La pregunta es, como siempre, tardía. Porque el sentido común ha cedido el paso al lavado de cerebro que nos encanta y cautiva con lo novedoso, lo moderno.

Finalmente, la Universidad de Newcastle, Australia, tras laboriosos conteos de material “iivisible a los ojos” ha establecido magnitudes aproximadas de consumo involuntario de micropartículas plásticas: unas cien mil al año, que traducido  en peso equivaldría a unos 250 gramos. Otra estimación que han hecho con semejante ingestión: unas 50 tarjetas de crédito al año (a razón de un peso de 5 gr. por tarjeta, lo que equivale a una tarjeta ingerida por semana, por vías respiratoria y disgestiva).[4]  Porque las principales fuentes de ingreso a nuestros cuerpos de tales micropartículas es mediante alimentos, agua y aire.

Se ha verificado, por ejemplo, que el agua potable en EE.UU. tiene el doble de tales micropartículas respecto de la correspondiente europea. (ibídem)  Pensemos, un minuto apenas, cuántas de tales partículas  puede haber en las aguas potables de países como Uruguay, Argentina, Brasil…

El mundo médico ha sido más bien remiso en informar qué puede ocurrir en nuestros cuerpos con los microplásticos. Y sin embargo, hay investigaciones de biológos como los norteamericanos  Théo Colborn, John Peterson Myers y Diane Dumanovsky[5] , por ejemplo, que a mediados de los ’90 relevaron la presencia de partículas plásticas invisibles de policarbonato (PC), de polivinilcloruro (PVC), en numerosos animales que presentaban, junto con estos “alteradores endócrinos” diversas malformaciones o trastornos en la vida sexual y reproductiva. Y, por ejemplo, rastrearon la presencia de Bisfenol A (ingrediente del PC), un reconocido alterador endócrino, en bebes (sus biberones estaban hechos de PC).

Nuestra estulticia, no sabemos si tiene precio, nos tememos que sí. Pero lo que es indudable es que es inmensa.

notas:

[1]  Técnica de las llamadas contrainsurgentes empeñadas en debilitar los apoyos a los guerrilleros clandestinos. Eliminar naturaleza y boscajes para quitar lugares de escondites y protección. De paso, arruinar también la provisión de alimentos…

[2] Dennis Avery, Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, Hudson Institute, Washington, 1995.

[3]  El plan, por suerte, resultó insuficiente, sobrepasado por un planeta y una población indudablemente mayor y más compleja que el diseño del USDA. Poco después, los pretendidos diseñadores norteamericanos de la alimentación mundial iban a tener que incluir a Canadá, Australia y finalmente Brasil más zonas menores en el diseño del plan mundial de control alimentario. (Véase Paul Nicholson, “Los alimentos son un arma de destrucción masiva”, 2008, www.rebelion.org/noticia.php?id=178160).

[4] Kala Senathiarajah y Thava Palanisami, “How Much Micropolastics Are We Ingesting”, 11 junio 2019. Cit. p. J. Elcacho, kaosenlared, 13 jun. 2019.

[5]  Our Stolen Future, Dutton, Nueva York, 1996. Hay edición en castellano, España, 2006.

Ahogándonos en un mar de microondas. ¿Tecnologías vs. salud?

Por Mae-Wan Ho

Ser o no ser inalámbrico

Ser “inalámbrico” ha reemplazado el estar “cableado” para estar conectado y a la moda. El Wi-fi (wireless fidelity; fidelidad inalámbrica, juega con el consagrado Hi-fi, en rigor conexión inalámbrica) está ahora en hoteles, salas de espera o embarque de aeropuertos, universidades, escuelas, hogares y ciudades enteras.

Usted no puede librarse de ello. Estamos todos sumergidos en un mar de microondas ya sea que optemos por ser inalámbricos o no. Pronto, todo lo que se podrá hacer es encerrarse en un cuarto blindado, un submarino amarillo a prueba de electro-smog. A diferencia del humo de cigarrillo, la exposición pasiva, involuntaria, a la radiación electromagnética no puede evitarse fácilmente.

Explosión inalámbrica fuera de control

Hay ahora más de 250 000 “sitios calientes” públicos para tales conexiones en el mundo entero. Se dispone de conexión inalámbrica en millones de hogares, corporaciones y universidades. Según una estimación, el uso de conexiones inalámbricas ha aumentado un 74% en Europa y un 75% en el Reino Unido entre la primera y la segunda mitad de 2006.

Birmingham tendrá la primera comunicación inalámbrica en toda la ciudad en Gran Bretaña, y Manchester está planeando la zona de c.i. más grande de Europa, que abarcará unos mil km2. Otras ciudades los siguen. Lo más preocupante: la red ha sido instalada en las escuelas primarias exponiendo a las poblaciones más vulnerables a la irradiación.

La creciente popularidad de tales conexiones sobreviene inmediatamente después del crecimiento exponencial de los celulares y en medio de las crecientes preocupaciones respecto de sus riesgos para la salud. Niveles corrientes de exposición a microondas se relacionan con daño cerebral, daño al ADN, tumores cerebrales, cánceres, enfermedad por microondas, deterioro de funciones cognitivas, deterioro en fertilidad, que afecta tanto a seres humanos como a roedores, aves y abejas (véase Riesgos para la salud…)

Sir William Stewart, presidente de la Agencia de Protección de la Salud y ex-asesor científico jefe del gobierno británico, ha emitido una advertencia sobre celulares en informes sucesivos y declaraciones a la prensa que han sido ignoradas por el gobierno. Se está preocupando crecien-temente por la difusión de las conexiones sin hilos y está ejerciendo privadamente presión para que se efectúe una investigación oficial sobre los riesgos. No está solo entre los científicos. Ian Gibson, médico ex-presidente del Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes, ha exhortado al Dpto. de Salud para que lleve a cabo una investigación sobre los riesgos potenciales para la salud de las redes de computadoras inalámbricas. Gibson es profesor honorario y ex-decano de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de East Anglia.

Rechazo creciente a las conexiones inalámbricas

Mientras tanto, está creciendo el rechazo a las instalaciones de conexiones inalámbricas. Los maestros están encabezando los llamamientos por más investigación sobre las redes de comunicación sin hilos en Gran Bretaña; temen que pueden llegar a ser “el amianto del siglo XXI”. La Asociación Profesional de Maestros, con 35 000 miembros, escribió al secretario de Educación expresando profunda preocupación. Uno maestro se enfermó después de instalarse la red en la Stowe School, Buckinghamshire, donde enseñó durante 28 años. Sufrió náuseas, dolores de cabeza y falta de concentración, síntomas típicos de la enfermedad por microondas (véase recuadro más abajo). La Unión Alemana de Educación y Ciencia ya había advertido a sus miembros que resistieran la instalación de wLAN en sus escuelas, en marzo de 2006.

Se han producido numerosos informes médicos acerca de que las estaciones-base de telefonía móvil se asocian con una serie de síntomas de salud en gente que vive cerca de ellas: dolores de cabeza, fatiga, desórdenes del sueño, deterioro de la memoria, lo que se conoce colectivamente como “síndrome de enfermedad de microondas o electro-hipersensibilidad. Algo documentado en varios estudios recientes.

Un estudio francés halló que gente que vive dentro de los 100 metros de una estación transmisora de telefonía celular, sufría de irritabilidad , depresión y mareos, en tanto que los que vivían dentro de los 200 metros sufrían de cansancio. En Austria, los investigadores detectaron una correlación entre la intensidad del campo electromagnético y síntomas cardiovasculares en población que vivía cerca de estaciones de telefonía móvil. Un estudio en España confirmó que la radiación de microondas estaba ligada a una cantidad de síntomas como los ya señalados más pérdida de apetito.

A fin de contrarrestar la crítica de que los síntomas fueran de origen psicosomático científicos de la Universidad de Viena realizaron un nuevo estudio sobre áreas rurales y urbanas, tomando a 365 sujetos en diez localidades. Se solicitó a dos proveedores de redes que identificaran aproximadamente cinco estaciones-base dentro de ambas regiones que hayan estado operando durante por lo menos dos años y que no haya habido protestas contra la estación por parte de los residentes. Estas estaciones no tienen ninguna otra estación-base cerca y la transmisión se halla mayormente sólo en la banda de 900 MHz. Los resultados mostraron que la exposición a microondas desde las estaciones de base de teléfonos móviles está por debajo de los niveles límites actuales, que en Austria son dd 4.1 mW/m2. Pero la gente sigue sufriendo de dolor de cabeza y dificultad de concentración. La OMS, por su parte, niega que la radiación electromagnética tenga algún impacto sobre la salud.

Una serie de escuelas en Gran Bretaña han desmantelado sus redes inalámbricas después de recibir presiones de padres preocupados, otras están para hacer lo mismo… La Universidad de Lakehead, en Ontario, Canadá, con 7 400 estudiantes, ha eliminado las conexiones inalámbricas en razón de lo que el vicerrector considera “el peso de las pruebas que demuestran efectos de comportamiento e impactos fisiológicos en tejidos y células.”

Gerd Oberfeld del Dpto. de Salud Pública de Salzburgo, Austria, escribió en diciembre de 2005 una carta abierta a todo el mundo, dirigida al gobernador-maestro principal-padre pero-cupado, advirtiéndoles desde su área de no usar wLAN o celulares en escuelas o jardines de infantes. En setiembre de 2006, más de treinta científicos de todo el mundo firmaron la Resolu-ción de Benevento, Italia sobre seguridad electromagnética: “hay pruebas de efectos adversos para la salud, incluido cáncer y EHS (electro-hipersensibilidad )” por radiación de microondas a los niveles actuales de exposición y que se debería adoptar un enfoque precautorio.

Medidas precautorias y defensivas

Est{an surgiendo pruebas de que los riesgos para la salud, asociados con microondas inalámbricos son al menos comparables, si no peores, que los asociados con fumar cigarrillos. A diferencia de esto último, la exposición pasiva a microondas es difìcil de evitar si tales ondas devienen omnipresentes. Ahora que las prohibiciones de fumar se han puesto en marcha en todo el mundo, parece no haber motivo para no hacer lo mismo con las conexiones inalámbricas.[…]

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¿Qué es conexión inalámbrica?

Este tipo de conexión se desarrolló inicialmente para ser alojada en una red local (wLAN) usada en dispositivos de computación móviles tales como laptops, pero ahora se usa crecientemente en más servicios que incluyen internet y la conexión a electrónica del consumidor, como televisión, reproductor de DVD y cámara digital. Un usuario puede conectarse a internet vía un dispositivo habilitado tal como una computadora personal cuando está adentro del alcance (área de cobertura) de un punto de acceso (PA). Una región cubierta por uno o más PAs se llama “sitio caliente”. Tales sitios pueden abarcar una sola habitación hasta muchas km2 con PAs superpuestos. También puede usarse para crear una red de mallas y permitir que los dispositivos se conecten directamente entre sí en el modo par-a-par (ad hoc), como en las aplicaciones de electrónica a consumidor y a juegos-e.

Un wi-fi típico consiste en uno o más PAs y uno o más clientes. Un PA propaga su SSID (Service Set Identifier, Identificador de Conjunto de Servicios) en pequeños envíos (de duración breve), llamados señales luminosas, que luego reconstituye. Las redes inalámbricas operan en bandas no licenciadas de microondas, de 2,4 y 5 G Hz, con una velocidad de transmisión de datos de 11 megabytes por segundo, o de 54, o de ambas (banda dual) y los clientes pueden elegir.

La conexión inalámbrica tiene la ventaja que opera sin cables y está incluida en la mayoría de los laptops modernos y se expande rápidamente a otros dispositivos a medida que los precios siguen bajando. Opera sobre un conjunto global de normas, de modo que puede operar en países distintos. Empero, las limitaciones operacionales no son congruentes en todo el mundo y el consumo de potencia es bastante alto. No es segura, y las preocupaciones sobre riesgos de salud por microondas de celulares aumentan.

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Riesgos para la salud por radiación de microondas

Ratas expuestas a radiación de microondas de celulares durante dos horas mostraron señales de daño cerebral debido a derrames que persistían 50 días después. Roturas en el ADN y anormalidades cromosómicas se hallaron en células animales y humanas expuestas a bajos niveles de microondas.

Riesgo de cánceres de pecho, de próstata, intestinales, melanoma, de pulmones y leucemias, triplicados por exposición a microondas en el pueblo del sur alemán Naila, 5 a 10 años después de instalado el transmisor de celulares.

Riesgo de cánceres cuadruplicado en área expuesta a radiación por microondas en Netanya, cánceres femeninos decuplicados en comparación con la población general de Israel.

Riesgo de neuroma acústico y glioma: aumentó entre 2 y 3 veces con 10 años o más de uso de celulares. Hombres que usan celulares más de 4 horas diarias se les verificó un recuento espermá-tico menor y un esperma de peor calidad respecto de los que no usaban celulares.

Un estudio en Grecia mostró que ratones expuestos a microondas de celulares a 1,68 mW/m2 se tornaban completamente estériles después de cinco generaciones, en tanto los expuestos a 10,53 mW/m2 lo hacían después de tres generaciones.

El éxito en reproducción y cría de gorriones y cigueñas blancas se reduce cerca de transmisores de telefonía móvil y la exposición a microondas en el laboratorio causó altas tasas de mortalidad entre embriones de pollos.

Abejas no vuelven a sus colmenas cuando se han instalado estaciones de telefonía sin hilos en las inmediaciones, originando la fuerte sospecha de que la radiación emergente puede ser responsable del colapso de las colonias, algo que está devastando ahora a los apicultores y campesinos en EE.UU. y Europa.

Hasta un 3,5 % de la población sufre, cuando están cerca de transmisores de telefonía móvil, una gama de síntomas que incluyen dolor de cabeza, náuseas, falta de concentración, depresión, alergias, lo que se conoce como “enfermedad por microondas.

Artículo publicado en revista futuros n°11, primavera-verano, 2007.

Declaraciones de Alejandro Nario ¿Una maravillosa contaminación?

por Luis E. Sabini Fernández

En recientes declaraciones Alejandro Nario, director nacional de Medio Ambiente de nuestro país[1] expresó que “el plástico es una pandemia mundial”. Una afirmación certera que desnuda uno de los roles básicos de los productos plásticos.

Nos dice que “el 90% del agua que se toma a nivel global contiene microplástico”.[2] Tanto potable como mineral.

Hasta aquí, las apreciaciones de Nario son comprensibles y compartibles.

Dice luego que “aún es difícil determinar sus efectos en la salud de los seres humanos”. Arriesgada afirmación; desde hace décadas hay investigaciones que han verificado la causante de partículas plásticas en enfermedades de muy diverso tipo (desde alteraciones hormonales hasta malformaciones congénitas).[3]

Nario compara la situación con la del plomo al que “se le reconoció muchas virtudes hasta que se descubrió la plombemia.”  Suponemos que se refiere al Uruguay y al escándalo que surgió hace unos diez años, cuando se “descubrió” que el plomo en sangre y huesos afectaba a una enorme proporción de nuestra población.

Pero si hablamos del plomo, hace algo más de 2000 años, su contaminación y efecto nocivo sobre los cuerpos humanos ya se conocía, como “saturnismo”. Médicos romanos comprobaron su presencia entre los trabajadores de las minas de plomo. Y las virtudes eran tan pocas como para que Vitruvio, arquitecto romano a cargo de la canalización de agua corriente para Roma y Pompeya, descartara cañerías de plomo (optó por acueductos de piedra, algunos todavía en pie, y cerámica).

Nario nos cuenta entonces que “con el plástico ocurre un proceso similar; era una salida maravillosa para sustituir el vidrio, porque es liviano y moldeable, pero luego se descubrieron todos los problemas que conlleva.”

Una versión rosa de la historia. Porque el motivo por el cual el vidrio fue desplazado por el plástico no fue por ser algo “maravilloso”, o por su liviandad (real).

Desde el primer momento se descubrió algo ominoso en los envases plásticos: no eran inertes, a diferencia del vidrio, por ejemplo. Los envases plásticos “cedían” partículas a sus contenidos. Y ese proceso −migración− se acentúa ante contenidos grasos  o alcohólicos.

Ante el carácter no inerte de los envases plásticos, la industria petroquímica encontró la fórmula salvadora; los “límites de seguridad”: se puede ingerir plásticos pero solo hasta cierto punto, pasado el cual sería dañino y por lo tanto prohibido.

La fórmula que la petroquímica y los envasadores encontraron para ese “enroque” fue el PADI: Packaging Admissible Daily Intake. La dosis admisible de empaque diario. Leyó bien: lo que se puede incorporar, del empaque, a nuestros cuerpos.

Y fue gracias al PADI que los envases plásticos desplazaron, por ejemplo al vidrio, y no a causa de una “salida maravillosa”.

Pero hemos visto, al principio, que Nario ve cierta problematicidad con el plástico. “Pandemia global”. ¿Cómo enfoca nuestro hombre su solución?

Quitándole la gratuidad a las bolsas de plástico: “En el mundo, el cobro de las bolsas plásticas es el método más efectivo.” Y “que el ‘sobreprecio’ se lo quedarán los comerciantes que vendan las bolsas.” Los comerciantes no bregarán por achicar la pandemia; cobrarán por sostenerla (y hasta aumentarla). Es cierto que un sector de la población optará por llevar sus bolsas para ahorrarse unos pesos. Esta política abre en el tiempo dos estilos; los que eviten pagar el sobreprecio de las bolsas llevando sus propios envoltorios y los que se permitan “la comodidad” de seguir como hasta ahora. Cobrar las bolsas, en lugar de combatir “la pandemia global”, la elude. Y si el derroche mengua, será por falta de dinero…

Esa transición de consumo irrestricto a consumo cobrado es para Nario una medida de ayuda a “la industria nacional del plástico”; “hay que darle tiempo para que se reconvierta […], hablamos de miles de puestos de trabajo, no podemos de un día para el otro que  la gente quede sin trabajo.” Tanto sentimiento es casi emocionante. Lástima que cuando la industria petroquímica despedazara a la del vidrio ese asunto no se tuviera en cuenta; al contrario, se adujo la bondad de la renovación, la modernización, los adelantos tecnológicos. No solo se desplazó a los envases de vidrio, se acabó con la misma industria del vidrio en el país.

Más adelante Mizrahi abunda sobre  el carácter “compostable biodegradable”. No entendemos bien a qué se refiere. Esperemos que no se trate de plásticos oxodegradables; un invento reciente que no biodegrada el plástico pero lo desmenuza más rápidamente, para que pase desapercibido a más corto plazo. En realidad, con la apariencia de solución, es  una vuelta de tuerca en contra de la salud ambiental.

Nario se refiere al agua: “Un tema de debate. El agua en envase de plástico cobró prestigio y el agua de la ‘canilla’ se supo que tenía problemas de potabilidad.” Naturalizando una peculiar coyuntura. Si nos referimos al agua potable de Laguna del Sauce del año 2015, es tal como dice Nario. Pero la investigación que WCA (Waste Collection Authority) llevó a cabo en Gran Bretaña en 1997, ofrece un resultado muy distinto. Dado el auge entonces del consumo de agua en botellas plásticas, hicieron una investigación sobre costos y niveles bacterianos. Estimaron que el consumo de toda la vida de agua de la canilla de un habitante era de casi 30 libras esterlinas; el mismo  consumo usando botellitas de plástico era de algo más de 20.500 mil libras esterlinas.

Sanitariamente, el agua corriente ofrecía una calidad del 99,7% respecto de presencia bacteriana. El agua embotellada arrojó un 98% de aprobación.

Así que si el agua embotellada “cobró prestigio”  pudo deberse a no examinar su calidad, o a que el agua del circuito público uruguayo, de la canilla, se deterioró marcadamente.

Mientras, el municipio romano de la Roma actual, del s XXI, asegura la calidad del agua de todas sus fuentes para que el habitante romano pueda saciar su sed con confianza en plazas públicas evitando andar con su agua a cuestas y, sobre todo, para no recargar los desechos de la ciudad con una cantidad multimillonaria de envases vacíos, gastados, inútiles… y no biodegradables.

[1]  La Red 21, entrevistado  por Ana M. Mizrahi, 11 jun 2018.

[2]  Dado el carácter no biodegradable de los plásticos, con el paso del tiempo, la erosión y otros desgastes las partículas plásticas reducen sus dimensiones. Pero no se biodegradan.

[3]  Véase Our Stolen Future, 1996, la investigación que tres biólogos estadounidenses, Dianne Dumanoski, John Peterson Myers y Theo Colborn, llevaron a cabo rastreando la presencia de micropartículas de policarbonato, poliestireno, PVC, en el origen de una serie atroz de enfermedades.

Transgénicos: veinte años después [1]

por Luis E. Sabini Fernández –

Han pasado casi veinte años, un período considerable para enjuiciar efectos, y podríamos ser optimistas si pensamos en la impunidad con que a fines del siglo pasado se exaltaba en el periodismo comercial argentino, en los medios de incomunicación de masas en general, el “tecnodesarrollo” de productos transgénicos; la inocencia y/o la “docta ignorancia” con que se hablaba entonces de las fórmulas de la agroindustria y de las virtudes “milagrosas” del glifosato  –el herbicida apto para la sobrevida de plantas transgénicas, mejor dicho el ‘matatodo’ salvo la planta que tiene un gen protector propio u obtenido mediante transgénesis que es lo más común─, y lo que dio lugar a una nueva industria; la ingeniería genética, prestamente rebautizada biotecnología; el prefijo “vida” vende mucho, los laboratorios  bien lo saben.

Seguimos acumulando “bombas de tiempo”; el papel de Argentina como el de la inmensa mayoría de los estados “nacionales” sigue siendo nefando, anodino o cómplice en las conferencias mundiales sobre biodiversidad u otras de índole similar organizadas desde la ONU, para atender la problemática ambiental.[2]

Durante los primeros quince años del nuevo siglose registra un avance sostenido, aunque persistan los bolsones de resistencia. Es el ingreso paso a paso de más y más estados, de más y más regiones al universo de la siembra directa, de la quimiquización de los campos, al reino de la agroindustria.

En América del Sur, luego del aposentamiento de las transnacionales agroindustriales en la “República Unida de la Soja” (Argentina Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia), avanza lentamente la sojización  y la transgenetización en el norte sudamericano. Es cuando Gustavo Grobocopatel, un campesino ”sin tierra” y políticamente chavista según sus propias definiciones, inicia su operación de implante del modelo agroindustrial en Venezuela. Conflicto a la vista, porque Chávez, políticamente advertido de los procesos del capitalismo globocolonizador se había opuesto terminantemente al ingreso de OGM en el campo venezolano.

Colombia y su gobierno, orientado desde Israel y EE.UU., acepta sin mayores dificultades la modernización rampante que nos sigue revelando que la tecnología de gran escala es parte del problema, no de la solución, como procuran hacernos creer desde las usinas ideológicas del régimen, incluidos  los personales regulatorios públicos.

En este aspecto seguimos como hace veinte años. La FDA, por ejemplo, prosigue su política prescindente, su cesión de responsabilidad, depositándola en las empresas, que ya sabemos no se rigen por la responsabilidad social sino por la rentabilidad y a secas.

En 2010 se forja una red en Argentina, la de Médicos de Pueblos Fumigados. La actividad, la investigación y la denuncia de médicos comprometidos ante la contaminación ambiental y la consiguiente producción de enfermedades venía de tiempo atrás, pero en ese año se concreta la red, en buen medida como resultado de la valiente gesta vecinal en Barrio Ituzaingo, en la provincia de Córdoba, que logra se compruebe finalmente  la acción contaminante de la agroindustria.

Una coyuntura territorial, física, hizo una diferencia decisiva como para que el aparato judicial pudiera actuar (o no tuviera más remedio que hacerlo): muchas ciudades han ido perdiendo su cinturón de quintas, las que proveían tradicionalmente de verdura y fruta a las ciudades; la agroindustrialización ha ido desplazando y desmontando la pequeña producción rural y la ciudad se provee así desde megacircuitos; por ello se produce a menudo el fenómeno de que la producción rural en base a baterías químicas llega hasta los lindes de una ciudad; eso fue lo que pasó con Barrio Ituzaingo en Córdoba. Al principio, eso significó la risueña novedad para los niños de ver sobrevolar las avionetas descargando… su veneno. Pero muy pronto los vecinos más perspicaces empezaron a unir la ola de enfermedades que arreciaba entre ellos con aquellos sobrevuelos. Finalmente se pudo verificar que, por ejemplo, el agua de los depósitos hogareños estaba totalmente contaminada con los herbicidas con los que rociaban y “preservaban” los cultivos de soja. Se logró finalmente, 2012, una ordenanza prohibiendo el vuelo rasante o incluso el uso de mosquitos fumigadores a menos de 500 metros para glifosato y 1500 m. para endosulfán. Además fueron procesados productores y aviadores por daño consciente.

De más está señalar la insuficiencia patética de tales restricciones.

En 2015 han sobrevenido algunos hitos que podrían tener significación mundial para la implantación de OGM (o su prohibición);  Steven Druker, un estadounidense que viene bregando por frenar la transgenetización acrítica de los cultivos,  publica, en EE.UU., un nuevo libro, Altered Genes, Twisted Truth (Genes alterados, verdades en entredicho). Druker representa una red de refractarios a los alimentos GM que mantiene un juicio contra la FDA desde hace por lo menos 15 años.

En marzo de ese mismo año  la OMS declara, a través de su IARC (International Agency for Research on Cancer, Agencia Internacional para la investigación sobre cáncer)  que el glifosato es “probablemente cancerígeno”. Estamos hablando del herbicida que ha sido desde mediados de la década de los ’90 hasta ahora la llave maestra para la implantación de vegetales transgénicos. Cuya toxicidad fue advertida hace mucho. Veinte años demorando el juicio.

Monsanto-Bayer no quedó conforme, claro está, con el dictamen del IARC, que pateaba en contra de los intereses de las transnacionales y  sus apoyos gubernamentales.  No bien salido el informe de la IARC, los comentarios desde los laboratorios afectados fueron del tipo: ‘No es tan peligroso, el alcohol lo es más”. Con lo cual no negaban ─observemos esto─ la toxicidad del herbicida pero a la vez le daban algo así como el rostro risueño de “una copita”. Magistral maniobra, habría comentado Macchiavello.

Entonces, otro ente asesor, el JMPR (Joint Meeting FAO-WHO of Pesticide Residues, Comité Conjunto  sobre Residuos de Pesticidas), otro ente asesor de la OMS, devolvió la tranquilidad a los fabricantes de glifosato y a la agroindustria en general, dictaminando que  “es poco probable que haya riesgo de que el glifosato sea carcinógeno para los seres humanos, en una exposición a través de la dieta.”  En mayo de 2016, entonces, es decir 14 meses después, la OMS da marcha atrás con su dictamen de un año antes: el sistema de “puertas giratorias” revelaba su funcionamiento (una vez más, obviamente).

El JMPR desplaza el foco de atención: estima las “ingestas diarias admisibles” (IDA) de plaguicidas para las personas, dejando a un lado la atención sobre quienes trabajan y trajinan a diario con un veneno, concentrando la atención en los consumidores. Y respecto de éstos, se establece una suerte de “hacer de necesidad virtud”: los laboratorios no sólo emplean, y abundantemente, tóxicos para ofrecernos alimentos sino que nos quieren hacer creer que eso es admisible (es la jerga que emplean), aceptable, acercándonos peligrosamente a la idea de lo saludable.

Observe el lector cuáles son las funciones que la misma JMPR presenta como propias; “recomendar límites máximos para residuos de plaguicidas […].” Está fuera del análisis si puede haber producción de alimentos sin plaguicidas.

Cuando declaran que “es poco probable que haya riesgo […] en una exposición a través de una dieta”,  no sólo ignoran a los que trabajan con dicha sustancia, sino también a los miles de campesinos que se han suicidado (especialmente en India) con  un vaso de glifosato (porque las políticas crediticias los han fundido).

“Ingesta diaria admisible” IDA. Ingesta diaria resultado de una determinada forma de producir alimentos. Que si fuera necesaria, en todo caso habría que reconocer que es tóxica, pero con Public Relations nos quieren hacer creer que no genera enfermedad.

Esta comisión, JMPR asesora a la FAO,  a la OMS y a sus estados miembros. Tal vez lo más significativo esté en cómo se integra la JMPR.

Dice su folletería oficial en internet: “Selección de los miembros. Los expertos desempeñan sus funciones a título personal, y no como representantes de su país u organización.” En una palabra, no responden sino a su visión e interés personal, que es seguramente muy, pero muy bien atendido por laboratorios que ganan miles de millones de dólares anuales. Constituido entonces  el JMPR por una casta de profesionales cooptados.

Se trata de una comisión organizada desde el mundo empresario,  pero investida de autoridad a través de las redes de la ONU como para que se presenten como “ciencia”. En rigor, se dedica a calibrar cuanto veneno, cuántos tóxicos podemos ingerir… sin caer fulminados tan de inmediato como para que se rastree la causa.

Con el minué del IARC-JMPR, podemos verificar que estamos lejos de haber superado el tecnooptimismo con el cual se implantara la agroindustria basada en productos químicos. No sólo la de alimentos transgénicos, ciertamente, sino desde antes  la llamada agricultura a gran escala.

Este movimiento del capital (de la industria y de la  tecnología) sigue, al parecer, gozando de buena salud, valga la paradoja de usar tamaña expresión para agentes de las más extendidas y atroces enfermedades fuera de control.

De cualquier modo, en estos veinte años el ensanche de la resistencia a la invasión química parece haber crecido, porque se advierten más los ‘efectos no buscados’ de tantos desarrollos “promisorios”.

La advertencia de Rachel Carson, de hace más de medio siglo, Primavera silenciosa, sigue en pie.

Porque ya conocemos el origen de algunas manifestaciones de esa invasión química, porque hemos verificado transformaciones relevantes a nivel planetario, como la temible plastificación de los mares y el depósito de milimétricas o micrométricas partículas de plástico sobre los fondos marinos, ahogando los ciclos vitales allí existentes (tengamos presente que el fondo oceánico es ─tal vez era─ el mayor almácigo planetario…).

Porque la humanidad se está adueñando, mejor dicho haciéndose esclava de toda una gama de enfermedades nuevas ─como las autoinmunes─ a las cuales muchas hipótesis asocian con productos químicos desconocidos actuando en nuestros cuerpos.

Porque la cuestión de los alimentos transgénicos y su implantación depende de agentes químicos protectores de tales cultivos mediante la eliminación del resto de “la competencia” (un crudo mentís agrícola al liberalismo filosófico, por cierto…).

En 2015 sobreviene la prohibición total de OGM en Filipinas. Ignoramos cómo se procesará esta última política con un presidente filipino como el actual, partidario acérrimo del asesinato público de narcotraficantes y de mano dura contra el delito, con acentos xenófobos. Claro ejemplo que los transgénicos sirven para un barrido o para un fregado. En ese mismo año registramos la lucha por ingresar con OGM en “el granero de Europa”, la rica tierra ucraniana. Europa ha sido hasta ahora el continente con menor producción transgénica, a partir de una resistencia social bastante amplia (muy pocos países han autorizado OGM, como España).

En 2016, al lado del escalofriante retroceso en el ámbito de la OMS que ya vimos, sobrevino otro episodio de potencial amplitud y posible alcance mundial: los militares de la provincia china de Heilongjiang han dispuesto la prohibición de soja GM durante cinco años. Es “apenas” una provincia, pero china, es decir, se trata de una población de más de 40 millones de habitantes.

No queda claro si la prohibición de soja GM rige únicamente para sus militares o cubre el consumo provincial. La decisión proviene de la sospecha que tienen sus investigadores de que una serie de enfermedades nuevas o multiplicadas tienen que ver con el hasta ahora intenso consumo de soja GM o de alimentos confeccionados con dicha soja (origen EE.UU., Brasil, Argentina).

Aunque transitoria  y parcial la medida, coloca un gran interrogante sobre el porvenir de la soja GM. Fundamentalmente, porque se suma a otras muchas advertencias.

Aunque por las latitudes platenses sigamos ajenos y en el mejor de los mundos. Los 20 millones de ton. del 2000 son ahora más de 50 y los 70 millones de lts. de glfosato de entonces son ahora unos 350 millones (la diferente proporción en los aumentos de cultivo y herbicida revelan que cada vez se aplica más agrotóxico por unidad de suelo).

Esa impavidez es fronteras adentro. Estuvo de visita en febrero de 2017 un periodista italiano, Gaetano Pecoraro,[3] que quedó asombrado y atemorizado por el estado sanitario del país en las zonas fumigadas (un tercio aproximado de toda la Argentina), donde registró una inusitada cantidad de casos de cánceres, malformaciones congénitas, anencefalias y otras enfermedades vinculadas con toxicidad.

Pero de esto hablará Pecoraro en Italia. Porque aquí ni nos enteramos.

notas:

[1] Este texto se presentó como prólogo a la segunda ediciòn de Transgénicos: la guerra en el plato, Buenos Aires, 2000 y 2017.

[2] Vale la pena recordar que en dichos encuentros ha habido algunas voces de alerta como aconteció con la delegación boliviana que no acordó en la cumbre mundial de cambio climático de 2010, en Cancún la aceptación del límite de 2 grados centígrados para el calentamiento planetario recordándonos que ya 1 constituía una alteración de consecuencias gravísimas.

[3]  https://youtu.be/ZFzmkI8I5iE.