La peste plástica está tomando nuestros órganos

Por Luis E. Sabini Fernández.

Monsanto… hasta de sus últimas sílabas se podría extraer una filosofía de la inversión de la verdad, de que todo resulta opuesto a lo proclamado…

Monsanto es el agente clave para la expansión de la agrondustria que le ha signficado a la humanidad, el campesinicidio más generalizado (lo cual en cifras no tiene parangón con ningún otro trastorno demográfico y ocupacional en la historia humana; baste pensar que hace un siglo las sociedades podían tener un 75% o un 90% de población dedicada a tareas rurales y hoy se estima en 2%, 4%, 10% la población “dedicada al campo” en la inmensa mayoría de los estados del orbe).

Esa “extirpación” del campesinado no es el mero avance de la humanidad; no es el canto al progreso-siempre-mejor que nos insuflan desde los centros de poder; es una suma algebraica de avances y retrocesos de los cuales la historia oficial solo nos muestra, siempre, “los avances”.

Hay un formidable avance en los medios de comunicación y en los de transporte, pero también una pérdida de experiencia y conocmiento para tratar a la naturaleza, por ejemplo.

Pero Monsanto dista mucho de haber sido –y seguir siendo− únicamente  el pivlote de la “La Revolución Verde”, la agroindustria y la contaminación de los campos.

Durante la guerra que EE.UU. desencadenó para imponer la democracia en Vietnam  (y que tras 14 años tuviera que abandonar), por métodos, no precisa-mente  muy democráticos, el papel de Monsanto fue protagónico: proveedor, aunque no exclusivo, de Agente Naranja; el agrotóxico que la aviación de EE.UU. diseminó masivamente en los campos vietnamitas para  “quitar el agua al pez”.[1]

Pero las contribuciones monsantianas vienen de tiempo atrás. Fundada en 1901 para elaborar productos químicos inicialmente dedicados a sustituir alimentos naturales,  −los cada vez más conocidos y difundidos aditivos alimentarios−  como, por ejemplo, vainilina para cortar la dependencia culinaria hacia las islas Célebes de donde se la extraía tradicionalmente.

Tal comienzo debía haber abierto los ojos de los contemporaáneos. La sacarina, uno de los primeros producos de Monsanto, de la primera década del s.XX, ha sido desechada por tóxica. Con su extremo dulzor con dejo amargo.

Con el paso del tiempo, su capacidad de incidir en el “desarrollo tecnológico” se fue ampliando y la consiguiente toxicidad de su producción también. Desde la década del ’20 produce PCBs, los temidos polibifenilclorados que luego de décadas de uso “inocente”, o más bien impune, se iban a revelar con una altísma toxicidad generando innumerables cánceres infantiles.

 En la década del ’30, significativa y sintomáticamente Monsanto se convierte en productor de primera línea de otro gran triunfo de la modernidad ciega y soberbia, derrochando venenos en el planeta, expandiendo el uso de los termoplásticos, encontrándose así en los puestos de “vanguardia” para el envenenamiento planetario.  Estos plásticos, como los anteriores (rígidos) tenían un rasgo que debía haber hecho reflexionar un tanto: eran materiales no biodegradables. El idioma humano no tenía siquiera una palabra para enunciar semejante realidad. Hasta los “logros” de la petroquímica, nuestros materiales, nuestros objetos, eran naturaleza. Y por lo tanto, a la corta o a la larga, “volvían” a ella; una suerte de reciclado (a veces muy complejo, pero siempre total). Pero con los plásticos se rompen los ciclos naturales (para no mencionar los bióticos, ahora amenazados). La naturaleza no puede reabsorber, reasimilar productos engendrados de tal modo que han perdido todo parentesco con el mundo natural.

Lo que podía haber sido una advertencia sobre un camino ominoso fue en cambio muy bien recibido para abaratar costos, mejor dicho para abaratar los costos del capital. Que prefiere productos baratos en lugar de buenos. Una cuestión de rentabilidad, pero empresaria, no social, aunque todos sus argumentos se basan en que se trataría de rentabilidades de la sociedad.

Con el horizonte de una guerra inminente y el recuerdo de la anterior con sus peripecias en las trincheras, los soldados asolados por chinches y piojos, investigadores se dedicaron a pergeniar insecticidas. Así Monsanto trajo al mercado el DDT (descubierto por un técnico suizo alemán en 1939), una solución radical a las vicisitudes provocadas por insectos. Sin embargo, la guerra que se desata en 1939 no tendrá trincheras;  la aviación y los bombardeos cambiarán el panorama y la estructura de las guerras, y los insecticidas quedarán arrumbados. Por eso, en la posguerra, los laboratorios buscarán empecinadamente nuevos usos a sus investigaciones y aplicaciones  y empezará así la aplicación de insecticidas a la agricultura. Será el momento del combate químico a “las plagas”. Que hasta entonces se atendían y enfrentaban mediante usos físicos o biológicos. Así llegaremos a la Revolución Verde.

Monsanto resultó, una vez más, pieza clave, pivot del Ministerio de Agricultura de EE.UU. (USDA) cuando en los ’90 el gobierno norteamericano decide un plan alimentario mundial, “basado en las pampas argentinas y las praderas norteamiericanas”.[2]  Cuando  los emporios de la agroindustria  estadounidense se sintieron fuertes como para adminstrar los alimentos del planeta.[3] Este plan se desencadena a partir del recurso de la ingeniería genética aplicada a alimentos, con la producción masiva y en permanente expansión de alimentos transgénicos.

Antes, Monsanto había tenido el dudoso honor de patentar otro edulcorante, probablemente más tóxico que la problemática sacarina: el aspartame.

Son varios, entonces, los “aportes” a una alimentación degradada, tóxica, como por ejemplo la somatotropina bovina, una hormona que ha sido rechazada de plano en los mercados europeos, por ejemplo (aunque en EE.UU. se la consume libremente). Fue diseñada para aumentar la produccion de leche y los reparos provienen de que diversas investigaciones la asocian fuertemente con cánceres de mama y de próstata.

La “perla” de tantos nefastos aportes, siempre tolerados por la autoridades sanitarias de EE.UU. y sus satélites y claramente adoptados y aplaudidos por el mundo empresarial “moderno”, ha sido el tratamiento y el procesamiento de los plásticos que no son alimento pero que tienen una  insidiosa cualidad y están muy vinculados a los alimentos.  Como ya es de público conocimiento, las montañas de plásticos; los basureros gigantescos compuestos en un 90% de material plástico, las islas oceánicas, flotantes, con superficies mayores a las de los más grandes países del planeta, constituyen un problema de creciente actualidad.

Pero se trata de un problema menor, pese a su envergadura, ante la cuestión de otro aspecto descuidado de los desechos plásticos: sus micropartículas. Que están urbi et orbi.

Como lo plástico, ya dijimos, no es biodegradable, la erosión va achicando, rompiendo, despedazando los envases,  las bolsas, hasta perderse de vista. Pero así, microscópicas, siguen siendo partículas. Que no se biodegradan, que respiramos e ingerimos a diario.

Una cancha de fútbol de pasto sintérico, debido a la fricción a que su superficie es sometida, es un sitio “ideal” para la producción de micropartículas plásticas.

La erosión en general; el agua y el viento producen permanentemente micropartículas plásticas.

Hay quienes empiezan a preguntarse a dónde van las partículas que se desprenden permanentemente de los materiales plásticos que están prácticamente en toda nuestra vida cotidiana. La pregunta es, como siempre, tardía. Porque el sentido común ha cedido el paso al lavado de cerebro que nos encanta y cautiva con lo novedoso, lo moderno.

Finalmente, la Universidad de Newcastle, Australia, tras laboriosos conteos de material “iivisible a los ojos” ha establecido magnitudes aproximadas de consumo involuntario de micropartículas plásticas: unas cien mil al año, que traducido  en peso equivaldría a unos 250 gramos. Otra estimación que han hecho con semejante ingestión: unas 50 tarjetas de crédito al año (a razón de un peso de 5 gr. por tarjeta, lo que equivale a una tarjeta ingerida por semana, por vías respiratoria y disgestiva).[4]  Porque las principales fuentes de ingreso a nuestros cuerpos de tales micropartículas es mediante alimentos, agua y aire.

Se ha verificado, por ejemplo, que el agua potable en EE.UU. tiene el doble de tales micropartículas respecto de la correspondiente europea. (ibídem)  Pensemos, un minuto apenas, cuántas de tales partículas  puede haber en las aguas potables de países como Uruguay, Argentina, Brasil…

El mundo médico ha sido más bien remiso en informar qué puede ocurrir en nuestros cuerpos con los microplásticos. Y sin embargo, hay investigaciones de biológos como los norteamericanos  Théo Colborn, John Peterson Myers y Diane Dumanovsky[5] , por ejemplo, que a mediados de los ’90 relevaron la presencia de partículas plásticas invisibles de policarbonato (PC), de polivinilcloruro (PVC), en numerosos animales que presentaban, junto con estos “alteradores endócrinos” diversas malformaciones o trastornos en la vida sexual y reproductiva. Y, por ejemplo, rastrearon la presencia de Bisfenol A (ingrediente del PC), un reconocido alterador endócrino, en bebes (sus biberones estaban hechos de PC).

Nuestra estulticia, no sabemos si tiene precio, nos tememos que sí. Pero lo que es indudable es que es inmensa.

notas:

[1]  Técnica de las llamadas contrainsurgentes empeñadas en debilitar los apoyos a los guerrilleros clandestinos. Eliminar naturaleza y boscajes para quitar lugares de escondites y protección. De paso, arruinar también la provisión de alimentos…

[2] Dennis Avery, Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, Hudson Institute, Washington, 1995.

[3]  El plan, por suerte, resultó insuficiente, sobrepasado por un planeta y una población indudablemente mayor y más compleja que el diseño del USDA. Poco después, los pretendidos diseñadores norteamericanos de la alimentación mundial iban a tener que incluir a Canadá, Australia y finalmente Brasil más zonas menores en el diseño del plan mundial de control alimentario. (Véase Paul Nicholson, “Los alimentos son un arma de destrucción masiva”, 2008, www.rebelion.org/noticia.php?id=178160).

[4] Kala Senathiarajah y Thava Palanisami, “How Much Micropolastics Are We Ingesting”, 11 junio 2019. Cit. p. J. Elcacho, kaosenlared, 13 jun. 2019.

[5]  Our Stolen Future, Dutton, Nueva York, 1996. Hay edición en castellano, España, 2006.

5G: ¿Pasaje al cielo comunicacional o al infierno climático y sanitario?

por Luis E. Sabini Fernández –

Últimamente hemos tenido varias advertencias ambientales.

Con el retardo propio de nuestros medios de incomunicación de masas, podríamos decir que el último mes, o mes y medio, nos ha provisto de dos de esas advertencias.

  1. En enero, Greta Thunberg anunció una huelga suya en su secundario hasta tanto los adultos no tomen en serio el calentamiento global; “No quiero que tengas esperanzas, quiero que entres en pánico. Quiero que sientas el miedo que siento todos los días y luego quiero que actúes.” Tiene 16 años, es sueca y gracias a su ubicación en el mundo, pudo hacer un discurso en la ONU. Con la repercusión consiguiente. Al menos la mediática.
  2. En febrero, salió a luz un informe de Francisco Sánchez Bayo, de la universidad australiana de Sydney sobre la escalofriante desaparición planetaria de insectos. Hay dudas sobre el origen de esta extinción en proceso de generalización, pero se trata de dudas muy acotadas. Dos son los factores que se consideran decisivos (y solo hay discusión sobre el porcentaje de incidencia de cada uno). La agroindustria hiperquimiquizada y la contaminación electromagnética expandiéndose en progresión geométrica con el correspondiente proceso de generalización del uso de celulares.

Precisamente por este último factor, una serie de investigadores y médicos de muy diverso origen nacional, que no tienen vinculaciones profesionales con las empresas de telecomunicaciones[1] habían hecho un llamado en setiembre de 2017, que en nuestras tierras pasó más bien inadvertido. Se habían nucleado en una fundación para la protección ante la radiación, y los estados en donde se asienta la mayoría de sus integrantes son, por orden alfabético: Alemania, Armenia, Australia, Brasil, Canadá, China, Chipre, Corea del Sur, EE.UU., Eslovaquia, España, Finlandia, Francia, Grecia, India, Irán, Israel, Italia, Reino Unido, Rusia, Suecia, Suiza, Turquía, Ucrania.

Ninguno de “nuestra” América hispana…

El llamado tiene por título “5G” [2] y tenemos el triste honor en Uruguay de constituir el tercer país en el planeta que proyecta implantar en su territorio la tecnología inalámbrica 5G siguiendo los pasos del primer país en el mundo que ha instalado 5G en todo su territorio; Corea del Sur. En EE.UU. a su vez se está instalando pero localmente en dos áreas; Chicago y Minneapolis, por lo menos por ahora. En Uruguay, como en Corea del Sur, en todo el territorio.

Un “techado” de ondas electromagnéticas que cientos de biólogos y médicos se han apresurado en aclarar que es sumamente grave para la microfauna. Y no tan micro, incluso. Porque la magnitud de ondas electromagnéticas van a interferir, con su enorme potencia, las debilísimas ondas electromagnéticas que caracterizan los vuelos de los insectos, p. ej. Pero interferirán también emisiones de cuerpos vivos de mayor tamaño, incluidos los nuestros.

¿De dónde proviene esta preocupación?

De que para el tendido de una red 5G, con una enorme, hasta ahora desconocida capacidad de carga, velocidad y respuesta, no valdrán los actuales sistemas de retransmisión basados en grandes antenas colocadas a distancia sino una red muchísimo más tupida, densa, de pequeñas antenas, que reproducirán los mensajes mediante ondas rectas que pueden llegar a destino si no topan con obstáculos. Para asegurar la llegada de miles, millones de mensajes, en un área determinada, se tendrá que contar con que los mensajes no se topen con obstáculos. Y la única forma de esquivar los muchos obstáculos siempre existentes tiene que ser que las emisiones se disparen desde los ángulos más diversos y múltiples para asegurar éxito en la transmisión.

Donde hasta ahora se podía hablar de decenas de antenas en un radio reducido, digamos de pocas hectáreas, tendremos que hablar ahora, tendremos que erigir un “bosque” de miles de antenas.

Esa multiplicidad extraordinaria de mensajes, esa metástasis comunicacional, es la que preocupa a los firmantes del llamado contra la implantación de 5G.

No deja de ser penoso que Uruguay acepte alegremente el papel de conejillo de Indias para este nuevo avance tecnológico.

Interpela nuestro colonialismo mental. Nuestra confianza panglossiana. De que estamos dispuestos a sacrificar un poco más todavía, nuestra maltrecha naturaleza.

Que ya ha perdido microfauna en cantidades de catástrofe, amén de nuestra crisis con el agua.

 

Los biólogos, investigadores y médicos firmantes del llamado contra la instauración de las redes 5G cometen un error, empero.

En un momento de su Llamado exhortando a tomar medidas para reducir la exposición electromagnética sobre jóvenes y niños que tienen riesgo mayor para contraer gliomas recomiendan la aplicación del principio precautoria ALARA (As Low as Reasonable Achievable; Tan bajo como razonablemente se pueda alcanzar).

Ignoran los firmantes que este “principio” no merece ese nombre. Puesto que su fundamento es pragmático, no principista. Su propia enunciación nos lo dice. ALARA se reduce a pedir a las industrias que tengan cuidado y hagan el menor daño posible, el menor  daño que puedan hacer. Los consorcios y las oficinas regulatorias públicas agradecen la recomendación…  y siguen adelante, con sus propias pautas de seguridad.

Si observamos históricamente esa aplicación, ni los consorcios transnacionales ni las instancias regulatorias estatales han logrado torcer el rumbo de los tecnodesarrollos que afectan la salud ambiental. A lo sumo, ha bajado el ritmo, la aceleración, pero el sentido del proceso no ha cambiado un ápice: sigue el calentamiento global, sin pausa, sigue la extinción de especies, desde las mamíferas  silvestres hasta los grandes animales marinos, sigue la merma generalizada de biodiversidad, sigue el desmonte arruinando ecosistemas, sigue la plastificación de mares y suelos, sigue la destrucción de la capa de ozono, sigue la proliferación de enfermedades producidas por contaminación ambiental..  

Es cierto que se logran, permanentemente, respuestas, contraofensivas que permiten a los humanos defenderse mejor ante tales desarrollos, pero siempre “corriendo de atrás”.

¿Qué imaginan nuestros positivistas tecnocientíficos? ¿Que gozaremos de triplicar alergias, cuadruplicar cánceres, quintuplicar deformaciones congénitas, porque tendremos siempre un celular a mano para comunicar eso o cualquier otra novedad y que presentizando nuestras vidas, desprendiéndonos de toda temporalidad, viviendo al instante, seremos mejores, estaremos mejor?

En rigor, cuando apelamos a ALARA, es porque ya estamos vencidos.

Ante un desarrollo tecnológico que ofreciendo una nueva ventaja, una comodidad, y porte consigo una contaminación nueva o acrecentada, una secuela que siempre tardíamente se percibe como inesperadamente gravosa, no conocemos de algún rechazo.

El daño es cada vez mayor aun cuando las ventajas y mejoras a su vez eleven y mejoren calidades y cantidades de vida.

¿El proceso de contaminación progresivamente acelerado podrá romper el equilibrio que hasta ahora nos ha resultado, aparentemente, ganancioso?

Estamos mejor y peor al mismo tiempo. ¿Qué hay que esperar? Como diría Thunberg: “No quiero que tengas esperanzas, quiero que entres en pánico […] y quiero que actúes.”

En lugar de ALARA, los que consideramos que el planeta se está arruinando por razones antropogénicas, debemos elegir entre ventajas materiales y comodidad… o la salud planetaria.

notas:

[1]  Para evitar, sin duda, la trampa de las puertas giratorias mediante las cuales, los responsables empresariales de las técnicas agroindustriales que han devastado la tierra, han sido designados, al renunciar a sus puestos empresariales, en puestos gubernamentales (y viceversa) aprobando desde la función pública los mismos productos, tóxicos, que habían pergeñado en el ámbito privado. Epítome de ese fenómeno ha sido Monsanto, en EE.UU.

[2]  Alude al último eslabón tecnológico alcanzado en el empleo y recursos de los celulares, que han sido precedidos por sucesivos avances,  2G, 3G, 3,5 G, 4 G, cada vez con más dispositivos al alcance de sus usuarios… y mayor irradiación.

La biomasa, ¿es tan “bio” como declaran los “recuperadores energéticos”?

por Luis E. Sabini Fernández.

En Suecia hasta importan basura para alimentar sus plantas de valorización energética de los residuos… Porque los desechos propios no permiten optimizar el rendimiento de tales plantas. ¡Viva la exacerbación del consumo!

Cada vez surgen más voces, a izquierda y derecha, todas inscriptas en el llamado progresismo, para obtener energía de la combustión de los desechos domiciliarios (y probablemente otros). Los que han encarado tal “solución” al problema de la basura están radiantes porque resuelven dos asuntos a la vez, quemantes asuntos de las sociedades modernas: la escasez de energía y el exceso de desechos.

En rigor, esta “solución” con que hoy en día se nos apabulla no es sino una variación sobre la “modesta proposición” que hiciera Jonathan Swift a la sociedad irlandesa para solucionar problemas que entonces, pleno siglo XVII, la aquejaban. Como es sabido, mediante el carneo de bebes, Swift proponía simplificar las perentorias necesidades de los indigentes que, explicaba, eran legión en la empobrecida Irlanda y a la vez satisfacer el paladar de los escasos ricos: con carne tierna, “nutritiva y sana”, “tanto cocida como dorada, asada, hervida, en fricasé o en guisado.”
En el caso de nuestros rescatistas energéticos, lo que se le ofrece al mercado son desechos casi indiferenciados (con una quita previa −en el caso de los proyectos más prolijos− de cartón, papel, vidrio, algunos metales), para que “nuestro paladar” acepte alimentos en putrefacción, restos de roturas domésticas, plásticos indiferenciados, ramajes, agendas viejas, tijeras, cubiertos o herramientas rotas, restos de todos los tubos y envases de pegamento, dentífricos, comestibles vencidos o resecos, juguetes rotos, burletes gastados, prendas de vestir fuera de uso, cajitas ya inservibles, artefactos eléctricos o electrónicos rotos u obsoletos, pilas, accesorios del auto, del hogar o del jardín, llaves, ceniceros, biromes y toda la sarta de adminículos que uno deposita en “la bolsa de basura”…

Ese revoltijo recibe una denominación santificante: lo bio, vida, tiene una carga semántica enorme, y muy positiva. “Bio-masa” es el bautismo más adecuado para “vender” o colocar algo en el mercado de ideas y representaciones.

¿BIOMASA O NECROMASA?

Para descifrar mejor el asunto, vale la pena rastrear. Biomasa se refiere a sólidos de origen biológico. Y es el nombre que tradicionalmente ha tenido el aserrín, por ejemplo, y los descartes de la industria maderera, y el bagazo de la caña de azúcar y el orujo de la uva para mencionar apenas algunos ejemplos de biomasa. Es el nombre que también ha tenido el estiércol y el follaje de descarte de la actividad agrícola propiamente dicha; las plantas o las hojas que no van al consumo, por ejemplo o las raíces en el caso de plantas de las que se consume sólo lo que está por encima de la tierra.

Tales restos orgánicos tienen un alto valor energético. Por ejemplo, en Suecia, muchos poblados pequeños que tienen en su seno actividad maderera, suelen proveerse de toda la energía que emplean mediante la combustión de biomasa (y Suecia es un país que tiene un alto consumo energético porque el clima no la ayuda a vivir del sol).

Los agricultores orgánicos a menudo alcanzan su total autonomía energética (luz, electricidad y agua caliente) mediante un biodigestor que le provee el metano suficiente, desprendido de los restos orgánicos provenientes de su actividad. No sólo energía. El compost que queda de esa combustión anaeróbica constituye un excelente abono sin pesticidas. Si además lo pueden enriquecer proteicamente con estiércol, aun mejor.

Pero lo que tenemos ahora “en la agenda ambiental” es otra cosa. Es aquel revoltijo apenas insinuado poco antes. Poner en combustión ese “revoltijo” nos asegura una contaminación aérea ingobernable por más que nos aseguren que los filtros de todas las chimeneas imaginables habrán de bloquear tales escapes. Pero no solo al aire. Al agua también.

Juan Luis Berterreche, en su excelente ”Incinerando el futuro”,(1) nos recuerda que la combustión propiamente dicha tiene un rasgo preocupante: en su proceso se forman sustancias nuevas, diferentes a las de los elementos combustionados, y generalmente aun más tóxicas: dioxinas y furanos, por ejemplo. Y nos advierte: “Todas estas sustancias no son detectables y controlables con facilidad ya que varias de ellas se mueven en el campo de las nanopartículas. Sus dimensiones son menores a un micrón (milésima de milímetro).”

Como la incineración es un método de “eliminación” de los desechos que se usa desde tiempo inmemorial −recordemos que EE.UU. ha dispuesto con total impunidad y durante décadas la quema en alta mar de desechos de la industria química y otros considerados sumamente tóxicos, tirando “al mar” las cenizas consiguientes− en tiempos en que ni siquiera se podían medir sustancias en micrones, podemos ahora comprobar que esas quemas de productos industriales han estado contaminando la atmósfera y por consiguiente envenenándonos a todos (aunque en diferente medida, contando los ambientes diferentes).

Tengo en mi retina el paisaje alrededor de una usina de recuperación energética en el norte alemán, cerca de Bremerhaven, en 1984: por su atmósfera, de subidos tonos rojizos,(2) el aire totalmente impregnado de partículas rodeando la planta como si fuera una campana de aire oscuro, es lo más semejante que recuerdo a la implosión de los edificios del Warnes en Buenos Aires.

Tales plantas estaban y seguramente están, con perspicacia, en zonas abso-lutamente despobladas, Tanto “la política” de quemar en altamar los productos con-taminantes que ha practicado (¿sigue practicando?) “la administración” de EE.UU. como la combustión con recuperación energética que conocimos en Alemania revelan que jamás se ha tenido en consideración la contaminación resultante. La externalización de costos ha sido la real política del capitalismo tecnocrático.

La desaparición de los RSU (residuos sólidos urbanos) ha sido la política del sistema realmente existente, condenada al fracaso, necesariamente, sólo que el fracaso genera víctimas entre las que sus gestores tratan de evitar estar.

Lo que ha fallado entonces ha sido “apenas” el concepto de externalización. Puesto que el fondo del mar océano, la atmósfera terrestre, nos resultan íntimamente necesarios, forman parte de nuestro hábitat casi tanto como nuestros dormitorios y cocinas de hogar…

Como bien dice Josep Marti Valls, “la incineración transforma los residuos en gases, partículas en suspensión, aguas contaminadas, cenizas y escorias; estos productos resultantes son más tóxicos que los residuos originales, es decir, la incineración no “elimina” los residuos sino que los concentra.” (3)

INCINERADORES, ¿INOCUOS O CONTAMINANTES?

Los partidarios de la “valorización energética de los residuos” insisten en que los desarrollos tecnológicos permiten hoy en día librar a la atmósfera aire poco menos que puro, puesto que los filtros y una combustión a muy alta temperatura garantizarían la retención de todas las sustancias tóxicas imaginables. Pero entre la afirmación de los partidarios de la incineración con todos “los adelantos tecnológicos” (retención de partículas, precipitación controlada de gases tóxicos antes de su salida al exterior, vitrificación de los restos para anular su capacidad contaminante, etcétera) y la de quienes critican la incineración por su capacidad contaminante, está la realidad. Y la realidad es que los incineradores en acción “crean” un ambiente muy, pero muy poco saludable.

Aquí, en Argentina, entre tantos otros, hemos tenido la experiencia del incinerador de Marcos Paz. Que no es de RSU sino de algo todavía peor, restos de pinturas. Pero aun así, fue aprobado con todos los recaudos tecnológicos (claro que durante el menemato, que es como decir, desde el punto de vista de la salud ambiental, que no se tomó medida alguna; recordemos que un personaje como M. J. Alsogaray importaba desechos del Primer Mundo y basaba su inocuidad en las “declaraciones juradas” de los “exportadores”…). Por el celoso cuidado que suelen poner las “autoridades” en evitar todo estudio epidemiológico, no se tienen datos sanitarios de Marcos Paz luego de la puesta en funcionamiento del incinerador. Pero los vecinos tienen una “sensación”: “estamos convencidos que la muertes por cáncer en Marcos Paz exceden por lejos las normales y que algún tipo de relevamiento epidemiológico podría dar resultados impresionantes” (4)

Basta ver un detalle de emisiones de plantas de este tipo para advertir que las sustancias “liberadas” al aire por las chimeneas son todo menos tranquilizadoras. El informe reciente presentado por Greenpeace sobre las diez plantas de este tipo funcionando en España (Sogama, Meruelo, Zabalgasti, Tirmadrid, Remesa, Tirme y las cuatro catalanas cercanas entre sí; Sirusa, Tersa, TRM y Trargisa) revela que emiten durante el período 1975-2007 (en 1975 se cuenta la primera de estas plantas en funcionamiento), amén de los inevitables dióxido de carbono y vapor de agua, una serie de gases o partículas metálicas que constituyen toda una “sinfonía” de diversas contaminaciones: ácido sulfuroso, óxidos de nitrógeno, cobalto, cadmio, plomo, cromo, níquel, mercurio, dioxinas y otra cantidad de partículas contaminantes (genéricamente designadas como PM25).
Con lo cual, una vez más comprobamos que las profecías de soluciones perfectas esconden o más bien revelan penosos errores o groseras estimaciones que siempre pecan de optimistas.

El informe sobre incineración de RSU realizado por GP en España señala que si bien volumétricamente la merma es fuerte (puesto que el volumen de cenizas y escorias se estima alrededor del 10% del volumen original de “la basura” así tratada, desde el punto de vista de su peso, la merma no es tanta, puesto que se estima queda tras el proceso de combustión alrededor de un tercio del peso original. En 2012, la fuente indica que hubo que darle destino a 23 500 ton. de cenizas tóxicas y escorias varias. (5) Volvemos a lo que dijera el basurólogo Valls: la basura no desaparece, sólo se concentra. En resumen, de cada tres toneladas originales de desechos, después de todo un procesamiento problemático por su toxicidad, nos queda todavía resolver qué hacemos con la tonelada remanente. El problema no parece muy bien resuelto (salvo, claro, para los empresarios del rubro de incineración…)

Hay otro aspecto, empero, que señala nuestro ya citado Berterreche, que podríamos considerar aun más grave, y que es de carácter absolutamente político. Es decir que incumbe al área de las decisiones humanas. Toda apuesta a la incineración se da de bruces contra los planes de reducción de los desechos, los de reciclamiento, reuso y recuperación de residuos. Porque todas esas “políticas” le quitan el agua al pez incinerante…

Así plantea ACUMAR “el nuevo enfoque” sobre los RSU: “Los parques de valorización energética son espacios donde se llevan adelante diferentes procesos de tratamiento de los Residuos Sólidos Urbanos, con el objetivo de valorizarlos por métodos tradicionales o a través de la aplicación de nuevas tecnologías para su transformación energética […]”.(6)

Al respecto señala Berterreche en su nota ya citada algo sumamente ilustra-tivo: “[…] cuando se destapó que los exportadores de basura italianos eran de la mafia. Los ciudadanos indignados de Mallorca dicen: «No queremos ser el vertedero de Europa». Pero el contrato que los ata a la incineradora va hasta el 2041.” Observe el paciente lector: los incinerantes se han asegurado plazos brutales; éste seguramente de 30 años (denunciado, en principio 27 años antes del vencimiento).
Esos contratos, leoninos, llevan a los municipios así entrampados a perversiones complementarias, como en el caso mallorquín a importar durante largos períodos desechos de Irlanda para “sostener” el contrato…

Como detalle complementario a lo aportado por Berterreche, vale la pena saber que la Mafia, que controla el tráfico de desechos de Italia y de, buena parte del Mediterráneo, se encargó de depositar o esconder tales desechos en sitios inermes como el territorio somalí, devastado como consecuencia del colonialismo y su contracara el tradicionalismo cerril. El tsunami que afectara hace unos años el océano Índico (que arrojara miles de muertos) literalmente desenterró los depósitos clandestinos de desechos de origen europeo hechos sin ninguna previsión a lo largo de las costas somalíes (enterramientos bien superficiales), lo cual reveló la causa de la enorme contaminación y mortandad presente en la región.

COMPOSTADO… TÓXICO

Todo un capítulo sobre algo que denominan compost o compostado. Así bautizan empresas que se proclaman ambientalistas a lo que queda de los residuos luego de quitarle papel, cartón, vidrio, algunos plásticos. El revoltijo ya mencionado recibe el nombre de compostado. Y se procede a prepararlo como si lo fuera. Sin embargo, se trata de un compostado… tóxico. Perversión semántica con que tenemos que lidiar. Los ideadores de semejante tratamiento explican que el destino posible para tal conglomerado es la cubierta de vertederos más o menos ex, la parquización en zonas donde no puedan plantarse comestibles y el corto etcétera donde se pueda disponer de semejante mezcla.

Ligeros de equipaje, nos proponen tener dos paisajes, dos realidades, dos tierras, dos cultivos; uno, el plantar para alimentarnos (o no) y otro donde de ninguna manera sería sensato cultivar alimentos puesto que ese compost tiene entremezclado los restos más inimaginables, tóxicos, de la “bolsa de basura” que cada vecino se saca de encima cada día…

La agroindustria ha introducido un principio de esquizofrenia al usar el campo, la tierra, para cultivos basados en el uso de tóxicos y venenos, que nos aseguran alimentos problemáticos, coexistiendo con cultivos alimentarios (orgánicos, sin uso de venenos). La fabricación de compostado tóxico eleva el nivel de esquizofrenia a nuevas marcas…

ATANDO MOSCAS POR EL RABO

Quieras que no, el avance de la conciencia ecológica y de los peligros resultantes del abuso sobre la naturaleza, avanza.

Veamos como plantea la Agenda 21 de la Cumbre de Río 92 el abordaje a la problemática de los RSU, una instancia que alcanzó tal vez la más alta resonancia internacional, cuyos postulados “fueran retomados y enfatizados” por la Cumbre de Johannesburgo en 2002:
• minimización de la generación;
• maximización de la reutilización y el reciclado;
• tecnologías de eliminación, tratamiento y disposición final ambientalmente adecuadas, que incluyan recuperación de energía;
• tecnologías de producción limpia y consumo sustentable;
• investigación, experimentación, desarrollo e innovación tecnológica sobre el reciclado, abono orgánico y recuperación de energía;
• educación pública, participación y apoyo de la comunidad en la gestión de los residuos. (7)

A primera vista, media docena de plausibles medidas. Sin embargo, en el quinto punto, al final, aparece algo que desbarata las intenciones previas: la noción misma de “recuperación de energía” conspira contra la “minimización de la generación”, es decir el achique de residuos, va igualmente en contra de la maximización de la reutilización y el reciclado y así por el estilo.

La recuperación de energía tiene una dinámica propia, que surge por el capital inmovilizado para su desarrollo: una vez que se hace una planta de este tipo, es insensato retirarle su “materia prima”; al contrario, se produce un movi-miento de atracción de RSU; cuantos más se consigan, mejor será “la gestión”. Es lo que vemos con el desarrollo de las plantas “recuperadoras” suecas; ya no les alcanza la basura propia y lejos de achicar el giro, buscan más de otros países…

En rigor, la recuperación energética no hace sino reafirmar el sistema de dilapidación material del que algunos nos proponemos salir. La quema de residuos como fuente de energía no contradice ninguno de los puntales del sistema; al contrario los refuerza.

Por eso, los planteos del IGÉ, aun cuando procuran atender la cuestión ambiental, es decir atender la problemática de los desechos con un prisma ecológico, vuelven a la “omnisolución” de la ONU en su Agenda 21 postulando “el reciclaje, la recuperación, la valoración energética, la ley de envases, el compostaje, la producción de biogás pero nunca el enterramiento de residuos.” (Instituto IGÉ).vii
Este mismo informe hace hincapié en la separación de los residuos. Éste es un aspecto crucial. Pero en general, las campañas, las escuelas, los sitios-e dedicados al reciclaje, arrancan con lo que nos llega. Con lo que sería el consumo.

SEPARAR NO ES COMO SOPLAR Y HACER BOTELLAS

La primera medida de orden ecológico que una sociedad debería tomar sería conformar, mejor dicho reconfigurar la producción, ese momento de las cosas que muy pronto pasan a ser consumidas.
Es la producción, fabril, empresaria, la que crea dificultades a menudo insuperables para tareas de reuso, reciclado y recuperación. Tendríamos que aprender a producir ecológicamente, con arreglo a dispositivos que permitan luego una recuperación aceptable. Es decir, que no sea de “valorización energética” porque por esa vía, quemamos todo y nos importa poco cómo se confeccionan nuestros objetos de uso cotidiano.

Pero cambiar las pautas de producción nos lleva a cuestionar la producción tal cual existe, el capitalismo en acto, la mismísima noción de ganancia…

Una de las principales dificultades para una recuperación saludable de materiales pasa por la mezcla deliberada y planificada de tales que lleva adelante el mundo empresario optimizando sus rindes en detrimento de la salud planetaria: envases de vidrio con tapas de plástico bien adheridas que impiden o dificultan a veces mucho la separación por parte de los consumidores o los recuperadores; blixters, que se crean con metal y plástico, igualmente difíciles o imposibles de separar; presencia de etiquetas, a menudo impresas con tintas sumamente tóxicas y que van adheridas a envases plásticos o de vidrio…

Sobres de papel del mundo empresario con ventanas transparentes de plástico, papeles plastificados, que no sirven para recuperar como plástico y aun menos como papel. La intromisión de partículas plásticas en la elaboración de papel es tan gravosa, que papeleras en países como Suecia o Finlandia no permiten a su personal andar con biromes, pues en las ocasiones en que una birome se ha desprendido de algún bolsillo y caído en las mezcladoras de pulpa de papel, la rotura de la trama del papel puede llegar a estropear toneladas de material…

Sabemos los motivos de muchas de estas “amalgamas”: la mejora de algún factor; por ejemplo, en el caso de los papeles plastificados, para envolver, su mayor y mejor resistencia a la humedad. Una producción que atienda a la dismi-nución e incluso a la supresión de desechos intratables obliga a buscar otros méto-dos para impedir el daño que pueda provocar la humedad; por ejemplo, mejores locales, más cuidadosos estacionamientos en estantería a mejor altura, etcétera.

Separar desechos no es tarea menor ni fácil. Tal es la impresión que recibimos oyendo a los encargados y a las autoridades perorar sobre esto. Demasiado a menudo, que no saben de qué hablan. Si realmente queremos cuidar y preservar, tedríamos que separar el papel impreso del no impreso; el vidrio incoloro del coloreado, además de las separaciones que ya señalamos; no hay buena solución al mezclar polipropileno con poliestireno… esas mezclas dan única-mente un conglomerado plástico apenas apto para hacer postes o bancos de plaza. Allí hay cierta recuperación insensatamente baja, apenas mejor que producir contaminación a corto plazo mediante quema o a largo plazo mediante enterramiento.

La CABA tiene un circuito de biomasa energéticamente aprovechable a partir de los árboles de parques, plazas y calles arboladas (casi todas) y jardines particulares. Que debidamente recogidos puede dar lugar a una energía limpia. Para ello, tienen que implementarse los hornos correspondientes y los mecanismos de aprovechamiento calórico o energéticos correspondientes. Y lo mismo con la recolección: evitar la contaminante costumbre de atar con bolsas plásticas el ramaje, por ejemplo. Y recuperar la recolección diferenciada.

Los contenedorcitos callejeros han hecho estragos con el trabajoso proceso de separación de residuos.
Hay material de sobra para hacer también compost. Pensemos que práctica-mente la mitad del peso de los RSU son restos orgánicos. Pero su elaboración es mucho más exigente. Por lo mismo, un plan de recuperación de orgánicos, aparte de la biomasa directamente usable como combustible, tendría que establecer pautas para la recolección, también diferenciada, de material orgánico composta-ble. Y dada su complejidad y delicadeza, habría que empezar por plantear su formación en la población que dispone de un trozo de tierra, situación que se expande y acrecienta alejándose del centro de la megalópolis porteña. En zonas densas, como en la capital federal, tal vez sea más sensato empezar un plan de recuperación con grandes usuarios, como restaurantes, escuelas, para elaborar compost. Buen curso de capacitación mediante. Que lo orgánico no tenga vasitos o bandejitas de plástico ni colillas, ni servilletas impresas…

La tarea es dura. Pero es la que tenemos por delante si queremos ir achicando el envenenamiento planetario.

notas:
1) En posta portenia nro. 1174, 27/5/2014.
2) que ver con propaganda de vinos.
3) “Incineraciòn de residuos, medio ambiente y salud”, en Diagonal, Madrid, 11/5/2014, https://www.diagonalperiodico.net/cuerpo/22853-incineracion-residuos-medio-ambiente-y-salud.html
4) Jorge Rulli, Informe sobre la situación de contaminación por incineración de residuos tóxicos en Marcos Paz, 31 diciembre 2001.
5) Aprovechamiento energético de residuos sólidos urbanos
6) Complejo Ambiental de Recomposición Energética (C.A.R.E) en el Partido de La Matanza
7) Citado por Instituto IGÉ, “Capacidad autárquica de la Comuna 5”, Bs. As., 2011-2012.

El papel de los intelectuales ante las semillas

Por Luis E. Sabini Fernández.

La Biblioteca Nacional se ha presentado como anfitrión lógico, “natural” (si se me permite la grosería cuasimedieval), para el  abordaje de la Ley sobre Semillas, actualmente en trámite parlamentario, que se presenta como una revolución copernicana para la agricultura, mejor dicho −modernizándonos− para la agroindustria.

Lo que ha dado en llamarse la Ley de Semillas (hay más de un proyecto en danza) versa sobre una legislación modificatoria particularmente llamativa ya que en este mismo momento hay proyectos de Ley de Semillas en las instancias legislativas en México, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina, Brasil y probablemente en varios otros países del sur americano. Basta un tecleo en internet para comprobarlo…

Con un aditamento de clara prosapia, la institución anfitriona alberga este Encuentro sobre semillas y legislación respectiva, invocando la “Argenética”. Disciplina ardua y esquiva si las hay. De doble riqueza pues tenemos una ética argentina o igualmente, una genética argentina…

Desde el vamos, el papel de una institución como la BN, dirigida por un intelectual reconocido como Horacio González, tendría que haber sido, a mi modo de ver, el de un abordaje radical, es decir desde las raíces de la cuestión: entender de dónde proviene una ley de semillas, auscultar los fundamentos epistemológicos de sus desarrollos tecnocientíficos, abordar lo acontecido con todo el proceso laboratoril y agroindustrial para el cual se estaría ahora implementando dicha ley; analizar la Argentina de antes y después de la invasión transgénica y la consiguiente sojización…

Pero la propia presentación corre el eje de estas cuestiones vitales hacia otras, secuencialmente mucho pasos adelante, concretamente mucho más prácticas. Aunque califica a la BN como “el ámbito ideal para el diálogo” –que inmediatamente asociamos con la reflexión filosófica−, inmediatamente agrega  otro momento, que bien puede complementar el anterior… o sustituirlo: “y para la difusión del conocimiento”: –ya no necesitamos buscar la verdad, que damos por nuestra, y sólo nos queda propagarla−.

Por ello se permite:  “Conformar un grupo interdisciplinario de líderes de opinión que promuevan la difusión y reflexión sobre la convergencia de las tecnologías vinculadas a la vida.” Un remate con fraseología monsantiana que trasunta cómo se plantan los convocantes. Y a qué llaman. En rigor, nos revela que ya está todo “cocinado”. Como cuando se llama a “audiencia pública” aunque ya “todo el mundo” sabe cómo se va a aprobar esa resolución o disposición…

Porque lo que falta en Argentina es una discusión sobre los motivos políticos de los desarrollos tecnocientíficos que la Ley de Semillas vendría a legislar. Porque se trata de toda una “movida” política, geopolítica, que lleva décadas, y en Argentina, una vez más, se va a tomar el rábano por las hojas.

¿Por qué la argenética apenas puede servir para cohonestar la labor tecnocientífica realizada hasta este momento, con el peso de la gran transformación sufrida por el campo argentino? La estructura agropecuaria de exportación administrada por los “dueños de la tierra” que le fuera despojada a las poblaciones nativas y con la que constituyeran  “el país del ganado y las mieses”, ha sufrido un enorme reajuste, una suerte de contrarreforma agraria que ha ido configurando esta agroindustria altamente concentrada, con rindes cuantitativos sin precedentes. Una nueva ruralidad, la de “una agricultura sin agricultores”, por ejemplo.

Antes que analizar y discutir los diversos proyectos de Ley de Semillas en danza, lo que hay que abordar es la etiología del fenómeno. El origen. La procedencia. Por empezar, es curioso que prácticamente tantos países del glacis american hayan empezado a elaborar casi simultáneamente sus “leyes de semillas”.

Así como cuando se inició el ciclo de las dictaduras militares de la década del ’70 en la América sureña fue inevitable atribuir esa “solución” a una fuente única o principal de “decisiones” –la respuesta de los intereses dominantes de EE.UU. al peligro de una segunda Cuba− o cuando fue clausurado el ciclo de esas mismas dictaduras pasado el boom guerrillerista, en los ’80, ’90, y sobrevino una llamativa ola de democratizadora según la cual, Argentina, Bolivia, Brasil, Uruguay y hasta las dictaduras consolidada una, eterna la otra, en Chile y Paraguay se redescubren demócratas… análogamente, han aparecido en los distintos recintos parlamentarios de la América sureña de estos 2013, 2012, esta tropilla de proyectos de Ley de Semillas, todas con un pertinaz elemento común; cuidar los derechos de los obtentores.

Este nuevo o no tan nuevo oficio de semillero, especializado ahora en el área biotech al parecer acomoda las primeras fichas del juego de derechos de autor y reembolsos de dividendos, vinculadísimos a los grandes laboratorios biotech ¿Por qué quiere el establishment avanzar con estas reglamentaciones? Porque parte de la base que ya se ha estudiado todo cuidadosa y responsablemente por parte de las autoridades “correspondientes”.

Pero sucede que NO hay tales autoridades correspondientes. Que la ingeniería genética, luego rebautizada por sus protagonistas como biotecnología (que suena mucho más simpática y menos aparato), se aprueba política, no científicamente.  Es  aprobada por el ejecutivo del gobierno de EE.UU., Bush padre, y un congreso que deja correr todo con el fast track (sobre tablas).

Porque venía aprobada de antemano. No por haber pasado por las lógicas instancias científicas, sino porque se la habían presentado a quienes aspiraban a regir los destinos del mundo, como el arma más adecuada para ello. Un arma de destrucción masiva, aunque no dispare un solo tiro.

El epicentro de este diseño no estuvo en Monsanto, como se dice a me-nudo, sino en el Ministerio de Agricultura de EE.UU., esa máquina de triturar estómagos llamado el USDA… Que diseñó su plan de conquista del mundo entero, a mediados de los ’90, basándose en “la teoría de las ventajas comparativas”. Y probablemente en estrecha colaboración con los gigantes de la industria alimentaria; Cargill, ADM, Monsanto…

Gran jugada, llamar a esta baza de naipes cargados, teoría. Y teoría de la mayor alcurnia en la pretendida ciencia económica. Esa teoría esconde la verdad brutal de la dependencia de la inmensa mayoría del planeta a los centros de suministro más ricos.

Como bien ha señalado el analista indio Devinder Sharma, la “teoría de las ventajas comparativas” al inhibir a tantos pueblos a autosustentarse, los condena al régimen abyecto “del barco a la boca”, en el cual la población recibe sus alimentos, sus mendrugos,  cuando el barco atraca y lo descargan…  que puede ser luego de días o semanas de privaciones. El régimen “del barco a la boca” cumple escrupulosamente con la teoría de las ventajas comparativas pero no con la dignidad de la autonomía alimentaria que hoy tiene un par conceptual de designaciones igualmente valiosas: soberanía alimentaria y seguridad alimentaria.

La Ley de Semillas hoy en día tan promovida desde centros de poder asentados en el USDA, en la FAO, en la ONU, en el BM, en organismos “nacionales” argentinos como CASAFE, ASA, AAPRESID y varios más, responde a necesidades de una industria transnacional que ha prometido ya varias veces resolver el hambre del mundo. Que persiste. Es decir que ha reiterado un cumplido demagógico. Industria que da por descontado que ejerce una actividad científica, cuando apenas tiene una operatividad tecnológica (relativamente) precisa.

Ante la enorme problematicidad que la “revolución tecnocientífica” nos presenta, con el avance totalmente fuera de control de enfermedades del más variado tipo y sobre todo ante la cada vez más clara percepción de que los alimentos transgénicos accedieron al mercado por razones geopolíticas y no alimentarias o sanitarias, ¿qué papel le cabe a la Biblioteca Nacional con su filosófica dirección?

Lo que quisimos expresar: encarar críticamente la cuestión. Analizar sus presupuestos, las causas.
Pero en lugar de eso, la argenética instaurada parece ser una herramienta ad hoc para “difundir”, como lo explicita la proclama de los encuentros.(1) Si el neologismo quiso valorar aspectos filosóficos naufraga con el publicitario prefijo.

Se nos presentaron distintas mesas, donde están los personeros de la serie de organizaciones, públicas, privadas, consustanciadas y comprometidas con los transgénicos, con la agroindustria y totalmente ensambladas con el modelo instaurado inicialmente desde EE.UU. hace ya décadas. Está AAPRESID, ASA,  INASE,  INTA  y organismos públicos que, ciertamente también acompañan el pedido de esta nueva Ley de Semillas, que muchos tememos cercenará  derechos ancestrales de las poblaciones rurales (so pretexto de beneficiarlas, claro) al bloquear la circulación voluntaria de semillas, al proyectar privatizar el derecho a su disposición, etcétera.

Por cierto que, como corresponde a pluralistas, las diversas mesas tienen, en general, todas ellas, voces críticas, periodísticas, gremiales o de ONGs que no comulgan con la sojización del país (por ejemplo MNCI, GRAIN, UBA, Red Argentina de Periodismo Científico, etcétera).

Pero no se puede abordar en términos geopolíticos y menos epistemológicos la cuestión, si se ha hecho una mesa sobre “Propiedad intelectual”.  Tampoco si hay otra mesa de “Economías regionales”. O en la  dedicada al “Sector Privado. Industria semillera y cámaras”.

En una palabra, la BN ha perdido la oportunidad de haber encarado como correspondía la tremenda cuestión del modelo de país, de la dependencia tecnoideológica, del juego geopolítico en que el país fue metido en tiempos del menemato. Porque eso había que haberlo hecho antes que estas campañas de difusión acorde con la línea de gobierno.

Querer hacerlo junto con la difusión no es sino confundir planos, niveles, entreverar situaciones o momentos incompatibles entre sí.

Querer quedar bien con  la ética, con la política, con la economía… con las transnacionales de la agroindustria, con el ambiente y con el oficialismo. Parece demasiado.

nota:
1) Que tuvieron lugar el 4 y 5 de diciembre de 2013 en un salón del tercer piso de la BN.