El desnorteo de la guía progresista

por Luis E. Sabini Fernández –

El ascenso “irresistible” de Donald Trump debió ponernos sobreaviso. Tal vez antes, el ascenso aparentemente, tan impune como el de Trump, del discrecionalismo sionista, un ejercicio de absolutismo políticomilitar tan sofisticado y en permanente expansión. Pero la inercia es una constante de nuestros corazones. Y a menudo nos corroe el entendimiento.

Ahora con el ascenso, igualmente irresistible de Jair Bolsonaro, se nos presenta una vez más el signo de los tiempos.

Algunos hablan de neoabsolutismo, una buena aproximación.

 

Abandono de la universalidad

Urge entender que hemos entrado en un cono de sombra planetario. ¿Qué es lo que queda en la sombra? La contaminación cada vez más omnipresente; la democracia tal vez (aunque no necesariamente toda cáscara democrática; algunas servirán a nuevas estrategias); los derechos humanos universales; el calentamiento global cada vez más generalizado; aquel nuevo espíritu de época que vino con valores terrenales, oponiéndose a los tradicionales del espíritu a secas.

Con la modernidad vimos el surgimiento del jusnaturalismo, el desarrollo de las ciencias,  y luego, con el prestigio de la cientificidad,  el de las  llamadas  ciencias sociales, que procurarán ajustarse a cánones probabilísticos, aunque nuestra temporalidad no permite el mismo tratamiento ni el mismo conocimiento que el logrado con las llamadas ciencias duras.

Ese nuevo mundo se nos presentaba enarbolando justicia y libertad. O si se quiere, libertad, igualdad, fraternidad.

Todo este corpus de ideas, con el liberalismo primero e inmediatamente después con el socialismo como eje o protagonista ideológico, es lo que aparece ahora abandonándose, junto con el desbarajuste ambiental, que acompaña como su sombra los “milagros” tecnológicos.

Por cierto, no se trata de una tormenta en cielo sereno, todo lo contrario. Recordemos a Hillary Clinton, la que perdiera la carrera presidencial con Trump, cuando, todavía al “mando” del viejo mundo, hoy trastabillando, festejó con un gorjeo el asesinato vil, desnudo, mercenario de Muammar Gaddafi. Un asesinato del peor calibre en el mundo de la modernidad, el universalismo, la democracia, la justicia, la libertad. Ése, que Hillary “representaba”. Es apenas un ejemplo de que “las cosas” no iban bien en el mundo que hoy vemos en proceso de disolución ante el cono de sombra al que hice referencia inicialmente.

 

Auge de una dureza absolutista (neoabsolutismo)

Esta furia de intolerancia tuvo sus adelantados, como Meir Kahane, A. Behring Breivik, el ISIS y, ¿por qué no? toda la caterva de asesinos enloquecidos y anónimos que transitan ─con total tranquilidad, es cierto─ las calles y los colegios estadounidenses, y muy particularmente en  la floración de paramilitares, maras y policías especiales que han ido haciendo pesadillas en la vida cotidiana en tantos países al sur del río Bravo, para mencionar  lo que conocemos o al menos atisbamos un poco más, aunque seguramente en Asia y sobre todo en África, esos rasgos se presentan de modo  todavía más intensos, mortales, atroces.

 

Resquebrajamiento de un sistema-mundo  (¿neofeudalización?)

Todo lo cual nos permitiría y hasta nos llevaría a pensar en lo que parece ser un neoabsolutismo ─descaecimiento de los resortes decisorios más o menos institucionales─  como si se tratara de una “nueva edad media”, en los términos de disloque cultural  de lo establecido, de crisis de la globalización (de la mundialización como dicen los franceses), como la presentaran, hace por lo menos 40 años, Umberto Eco[1] o Furio Colombo,[2] por ejemplo, o como se presentara el colapso soviético, hace ya casi tres décadas.

Escribía Colombo en su ensayo: “[…]  el poder se ha desplazado fuera del proceso normal de decisión a una zona que no está clara ni se conoce.” ¿Qué es lo que vemos hoy? El ordenamiento  internacional no tiene la menor vigencia real; un estado o conjunto de estados desencadena una invasión contra otro estado, presunto infractor de vaya uno a saber qué leyes (como pasó con Francia e Inglaterra sobre Libia en 2011 o EE.UU y “su” coalición sobre Irak en 2003, o también EE.UU. sobre Afganistán en 2001, o Israel sobre El Líbano en 1982, o el mismo Israel, asaltando “preventivamente” a Egipto en 1967, por ejemplo). Para tales decisiones no se “necesitaron” instancias legislativas, ni siquiera judiciales, y mucho menos el peso y la actitud de las sociedades cuyos gobiernos actuaron así; ha sido el “puro” poder ejecutivo el asiento de la decisión.

Pero cuando pensamos en el ejecutivo, pensamos todavía en instancias políticas. Incluso, para algunos,  “la política” por excelencia.

Pero Colombo nos acerca un poco más a lo real (y pensemos que estamos citando un texto anterior a 1973…). Plantea que estamos ante “una redefinición de los modos de decisión.[3] Una nueva constelación que se caracteriza por la invisibilidad del gobierno real, porque “el poder se ha desplazado  fuera del proceso normal de decisión a una zona que no está clara ni se conoce.” Difícil de precisar el quién, y Colombo anota un par de rasgos significativos de tales intervenciones: su carácter privado (“es decir relativo a los intereses exclusivos de los grupos incluidos”)  y con una connotación militar (“rápida, secreta, indiscutible, disuasora, ejemplar”).

Si retornamos a las intervenciones que hemos señalado a título de ejemplos; las de Israel, EE.UU., Francia, el Reino Unido, vemos que esos dos requisitos se han cumplido al pie de la letra, aun invocando todos los “deberes” públicos o cívicos imaginables.

Los ejemplos que acabo de enumerar, empero, tienen todos el mismo rango, ocupan el mismo alvéolo, militar, de invasiones más o menos en regla.

Pero el planteo de Colombo nos permite otros desarrollos, percibir otros sitios donde el poder se ejerce fuera de los ámbitos institucionales invocados o previstos; observar el desplazamiento de las instancias expresas y/u oficiales de gobierno hacia muchos otros ámbitos; ¿cómo se resuelven las inversiones transnacionales, por ejemplo? El territorio receptor es apenas eso. Las tratativas son secretas, ocultas. So pretexto de “secretos comerciales”, lo que se hace secreto es el trámite de usurpación territorial, de señorío y adueñamiento de las riquezas a las que los respectivos consorcios transnacionales le han echado el ojo.[4]

 

Crisis de valores de “las luces”, sí, ¿pero neofeudalización?

Tenemos así un desvalimiento progresivo y cada vez mayor para encarar este estado de cosas. Porque solemos retener las viejas fórmulas de un legalismo caduco y de valoraciones que han dejado de ser compartidas.

¿Qué le importa a Bolsonaro la libertad de expresión, la de investigación, la de cátedra?

¿Qué le importa la igualdad racial por la cual luchamos, lucharon negros como Patrice

Lumumba, Franz Fanon, Malcolm X, Desmond Tutu, Muhammad Alí o  Nelson Mandela, y blancos como John Pilger, Roger Waters, y tantos otros, desconocidos (en ese torrente me incluyo)?

Sin embargo, la hipótesis de una neofeudalización, encarada por los autores citados (y otros) en la década de los ’70 no se adecua al estado actual de situación, por cuanto si algo caracteriza a la constelación vigente y actuante de poder es su cada vez mayor entrelazamiento, lo que Frei Betto ha calificado como “globocolonización” y la expansión de un “mundo unificado”.

Neofeudalización señala una pulverización de los centros de poder; ni siquiera la disputa creciente entre EE.UU. y China por el control de los recursos planetarios nos permitiría llegar a la idea de neofeudalización; en todo caso, a una reedición de la lucha “entre potencias” aunque el listado de “actores” se haya modificado un tanto (en la segunda posguerra, EE.UU. y URSS; hoy más bien un eje EE.UU.-Reino Unido-Israel con Occidente detrás, vs. China que de todos modos parece a su vez unida o aliada a los réprobos de Occidente; Rusia e Irán).

 

¿La cabe alguna responsabilidad a la izquierda progresista?

Tenemos por delante llegar a entender ese dato que apuntamos como “crisis de las luces”.

Mi hipótesis: que el populismo “inclusivo”, de izquierda, el llamado progresismo, ha coope-rado ─con total ignorancia del desenlace─ con esta aparición de hombres nuevos tan atroces.

Porque el progresismo, declamatoriamente solidario, confundió las cartas. Deliberada, tácticamente.

El progresismo fue la carta de los doctores socialistas para seguir siendo “socialistas” sin tener que ser anticapitalistas (escamoteando esa metamorfosis). El progresismo empezó a valorar determinados objetivos, alegando realismo ─lo mejor es enemigo de lo bueno─, mediante un cambio del lenguaje, procurando cierta conciliación con el capital que de todos modos beneficiara a los desposeídos, y cada vez más apostando a la rentabilidad que guía el comportamiento empresarial, ignorando deliberadamente que el lucro no atiende las necesidades sociales, biológicas, ecológicas.

Hay que tener en cuenta que con el surgimiento de la URSS, una experiencia de política hiperrepresiva, de absolutismo político, que cuestionó radicalmente las nociones de derecha e izquierda provenientes de la Revolución Francesa al instaurar un régimen de control político total que sin embargo se proclamaba revolucionario, vanguardia de izquierda ─y que arrastró consigo a buena parte del caudal político de la izquierda tradicional─ surgieron nuevas composiciones políticas, en un sentido más sofisticadas o de doble lenguaje; con la desaparición de la URSS, tuvo lugar el fenómeno, casi mágico, de convertir a referentes socialistas en titulares capitalistas…

En países como el nuestro, la “conversión” no tuvo que ser tan intensa; a lo sumo una actualización doctrinaria, realzando aspectos que no habían fructificado hasta entonces.  En Argentina, peronismo mediante, ni siquiera se necesitó un salto ideológico mortal; el peronismo siempre fue, al menos de palabra, antioligárquico y procapitalista.

 

Crisis de la idea de progreso

La actualización doctrinaria que estamos procurando desentrañar se basa en la ideología del progreso. Se dibujan con facilidad dos campos: un campo previo, tradicional; el retardatario que los manuales de ideología asignaban a la Iglesia Católica, al medievalismo, a la tradición oscurantista. Y enfrentado dialécticamente con él, otro campo, de avanzada con el acceso a “las luces” de la modernidad,  deísmo (masonería), desarrollo tecnocientífico, liberalismo, laicidad, socialismo.

Con ese maniqueísmo, no es tan arduo el pasaje de la intelectualidad que proclamaba hace medio siglo el socialismo, a la defensa de lo estatuido, al mundo-tal-cual-es  (aunque siempre procurando evitar ser confundida con  “lo viejo”).

Pero el desastre planetario pone al progreso bajo otra luz: darle carta abierta, luz verde al capital, confiar en “acuerdos de caballeros” con semejante partner, está destrozando el planeta.

El desarrollismo parece apenas un viaje de ida. El capital, dejado a sí mismo es un pacman planetario, sin tasa ni límite. Pero el planeta, empero, tiene límites. Igual que las vidas de los seres, cualesquiera que ellos sean; microscópicos o humanos; todos tenemos límites.

Solo actitudes obtusas como las que encarna hoy Donald  Trump pueden seguir sosteniendo que la contaminación generalizada, adueñándose de mares, suelos y atmósfera, no tiene importancia; que la plastificación de nuestro hábitat protagonizada por un material no biodegradable, no tiene consecuencias… Estamos esperando que la FDA nos diga cuántas partículas microscópicas de polietileno, polivinilcloruro y poliamida, podremos ingerir con nuestros peces, por ejemplo, para que el pescado siga siendo GRAS (sigla en inglés que se refiere a alimentos considerados seguros dada su inocuidad)…

Estamos jugando con fuego: porque el calentamiento global es ya insoslayable, porque la pérdida de protección a la radiactividad aumenta, porque las aguas frías y los hielos se achican en todo el planeta y los necios se alegrarán pudiendo plantar duraznos cerca del casquete polar, sin preguntarse qué hará la población de las franjas tórridas ecuatoriales del planeta (las zonas de mayor densidad humana…).

Tenemos, afortunadamente, una gama creciente de recursos médicos y de sabiduría científica para enfrentar enfermedades. Pero el dato fuerte en cuestiones de salud no es ése, sino el aumento irrefrenable de enfermedades. Alergias, cánceres, parkinson,  de comportamiento, de la piel, respiratorias, psíquicas, nerviosas, reumas, articulares, diabetes, obesidad…

Como bien explicara el oncólogo estadounidense Samuel Epstein, las principales redes médicas de atención al cáncer en EE.UU. no están dedicadas a luchar contra la proliferación del cáncer[5] sino a conseguir el diagnóstico precoz y achicar así los índices de mortalidad. Con “madurez” institucional,  no pretender incursionar en las causas de cánceres que escapan a los marcos médicos establecidos. Lo otro, ya sería querer cambiar la sociedad… ¿dónde se ha visto?

 

Tácticas progresistas. Un ejemplo

Lula presentó su candidatura presidencial tres o cuatro veces, antes de, finalmente ganar. Lo hizo entonces, aliado con una fuerza retardataria, de evangelistas, con lo cual fue malogrando sus propias reivindicaciones iniciales.

¿Qué fuerza liberatoria puede tener la Biblia? Desmond Tutu, pastor anglicano, lo expresa claramente: ‘Llegaron con la Biblia, nosotros estábamos en la tierra. Cerramos los ojos. Pasado un tiempo, abrimos los ojos, nosotros teníamos la Biblia y ellos la tierra”.

Hoy vemos, ya a la luz del día, un proceso que lleva décadas, de creciente implantación de iglesias llamadas genéricamente protestantes: evangélicas, pentescostales, nazarenas,  neoapostólicas, puritanas, sabatistas, anabaptistas, asamblearias, anglicanas, luteranas, calvinistas, presbiterianas, congregacionistas, cuáqueras, mormonas, metodistas, pietistas, neoapostólicas, adventistas y hasta valdenses (que constituyen una suerte de protestantismo anterior al movimiento histórico que recibe ese nombre).

Hay enorme diversidad tales iglesias. Las más recientes suelen ser las más vociferantes y una prueba de su alegado espiritualismo y descarado materialismo es la apelación a la prosperidad, verdadero eje ideológico para atraer “necesitados”.

 

El creciente papel del Estado de Israel y el sionismo en esa constelación antiliberal, racista, excluyente

Buena parte de estas iglesias, sobre todo las surgidas en EE.UU. en el siglo XX y más aún en el presente siglo, han ido generando una creciente identificación con el Estado de Israel. A tal punto que muchas de ellas, fundamentalistas y ortodoxas, mantienen un antisemitismo radical (depositado en tiempos apocalípticos, es decir futuros) y al mismo tiempo encarnan un ferviente apoyo al sionismo. Tal vez el caso paradigmático hoy sea el de la IURD, iglesia universal del reino de dios, que hace culminar la pleitesía de sus miembros mediante un viaje “de elevación espiritual” hasta los sitios sagrados, en Israel, precisamente.

El casamiento ideológico, de doctrina, entre las iglesias protestantes más fundamentalistas y el sionismo es un fenómeno de larga data, pero que ha tomado peculiar vuelo en los últimos tiempos, coincidiendo con la expansión israelí en diversos terrenos fuera de fronteras, particularmente en Europa y las Américas.

El  sionismo ha apelado a un fondo ideológico común; el Antiguo Testamento, una retahíla de relatos agresivos, racistas, puristas, que coexisten con otros que hacen al fondo común de la sabiduría humana. Hay allí una voz común para su entrelazamiento con tantas iglesias protestantes.  Algunos cristianos han sabido ponderar tales valores, realzando los del Nuevo Testamento como principales, pero muchas sectas protestantes, salvacionistas, increíblemente ombliguistas, al contrario, han legitimado el Antiguo Testamento.

Las iglesias vociferantes, carismáticas, pentecostales, ponen el acento en el papel que la Biblia le atribuye al pueblo judío. El elegido por dios. El conectado  directamente (¿a un paso de decir, ‘el único conectado?)

Porque el sionismo, inicialmente laico y hasta irreligioso, ha ido elaborando su proyecto de dominación cada vez más absoluta con la Biblia en la mano, en su caso la Torah. Y de allí proviene su íntima alianza con sectas protestantes, de enorme influencia en EE.UU.

Y EE.UU. es el único estado industrializado, no periférico, del mundo donde el papel de lo religioso no ha decrecido, como en Suecia, Holanda, Escocia, Italia, Francia, etcétera, sino aumentado. Incluso más: mientras la adhesión a las religiones ha decrecido algo en la población, se mantiene “al tope” en los elencos políticos. [6] El papel de las iglesias se ve así  claramente en el Congreso de EE.UU. (un sitio donde se reconoce la influencia proverbial de la AIPAC, American Israel Public Affairs Committee, Comité de Asuntos Públicos de EE.UU e Israel), que Wikipedia define como “lobby pro-israelí en EE.UU. Lo de “asuntos públicos” es una licencia… ¿poética?

 

De todos modos, la acción del sionismo excede ese “derrame” sobre sectas protestantes  (sobre todo americanas y más bien americans) así como también ha sobrepasado su “destino” inicial; el “pueblo judío”.

En el mundo árabe ha incursionado de varios modos, a cada cual más cruento. Sucintamente podríamos hablar de tres modalidades o momentos: 1)  reprimiendo con cerebral crueldad la vida y sobrevida de palestinos; 2) aliándose con la secta wahabita de los saudíes, la rama más retrógrada y bestial del Islam [7] y 3) prohijando, fabricando, sosteniendo al ISIS, y probablemente a Al Qaeda y otras muy diversas formas de terrorismo islámico que demasiado a menudo han recibido el nombre de freedom fighters desde los medios occidentales de incomunicación de masas.

Baste esta única cita para percibir la escalofriante geopolítica sionista actual: “Me gustaría ver que ISIS gobierne toda Siria; ISIS y sus ramificaciones no representan una amenaza para el estado israelí.[8] Lo proclamó este año el ministro de Defensa israelí, del gabinete más agresivo que ha tenido nunca Israel (lo cual es decir…). Su autor es Moshe Ya’alon, ministro de “Defensa” [sic] israelí. Apenas sinceró lo que ya sabíamos: Netanyahu visitando terroristas islámicos heridos que Israel ha internado en hospitales para “recauchutarlos” (y largarlos otra vez a la pelea); que ni el DAESH ni el EI ni el ISIS han hecho alguna vez un atentado contra “el estado judío”.

Queda negro sobre blanco que  buena parte de la mortandad intraislámica es madeinIsrael.

 

Resumiendo

Estamos ante un panorama amenazante. El eje EE.UU.-Reino Unido-Israel se va engrosando con la proliferación de gobiernos de mucha o extrema derecha, del cual ya mencionamos  en el continente americano al más significativo por sus dimensiones y por sus posiciones; el de Brasil.[9] Pero ya conocemos la situación de Honduras, Paraguay, Colombia en tierras americanas y podríamos extender el collar reaccionario por varias “perlas” europeas (Polonia, Hungría, República Checa…).

La coacción sobre las sociedades africanas es inenarrable pero merece un tratamiento expreso que no me siento en condiciones de abordar.

[1] “La Edad Media ha comenzado ya”, La nueva Edad Media, Alianza Editorial, Madrid, 1984 (1a. edic., 1974).

[2]  “Poder, grupos y conflicto en la sociedad posfeudal”, en La nueva Edad Media, ob. cit.

[3]  “Poder, grupos…,  ob. cit.

[4]  Así, por ejemplo, se tramita el establecimiento de una procesadora de celulosa en Uruguay, sin que los habitantes estén siquiera medianamente informados de los trastornos ambientales de los que van a ser destinatarios y menos todavía, de las condiciones de explotación territorial, donde la empresa extranjera dispone, legisla y establece qué debe acompasarse a la estrategia empresaria, modificando, por ejemplo, sus redes viales e incursionando hasta en los planes pedagógicos del país receptor… todo esto para que finalmente el país-asiento pierda un poco más de soberanía y autonomía y sea despojado “legalmente” de sus recursos naturales.

[5]  The Breast Cancer Prevention Program, MacMillan, N.Y., 1998. Coautor: David Steinman.

[6]  Más del 90% de los congresales se declaran cristianos (dos tercios aprox. protestantes, un tercio católico).

[7] El tratamiento dado a Jamal Khashoggi, pariente real saudí, disputante de poder y periodista en un cotidiano estadounidense, en las fauces, propiamente dichas, de la monarquía saudí es una expresión atrozmente veraz del comportamiento de estos sátrapas, que brutalizan a sus jóvenes mediante ejercicios mnemotécnicos masivos con las suras islámicas, mientras martirizan geopolíticamente al vecino arábigo del sur que se desvía de su credo: Yemen ha sufrido la mayor matanza de las últimas décadas.

[8] Richard Galustian, “Israel y la conexión yihadista”, Global Research, 1/12/2018.

[9] Dos de los tres hijos varones, adultos, de Jair Bolsonaro no tuvieron nada mejor que festejar a su padre desfilando como hombres-sandwich por calles israelíes con emblemas a pecho o espalda del ejército israelí  o de su ya tan atrozmente famoso servicio de seguridad, el MOSSAD.

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El asesinato pedagógico de Jamal Khashoggi

por Luis E. Sabini Fernández – 

Analizando el asesinato de Jamal Khashoggi, recuerda Daniel Shapiro[1]  cómo fue considerado otro asesinato político ordenado a su vez por Napoleón Bonaparte: “Algo peor que un crimen; un error”.

Shapiro  analiza las consecuencias de lo acontecido por orden del príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman, sobre la política de EE.UU. e Israel.

Y nos muestra cómo funciona la estrecha alianza entre la dirección político-militar estadounidense y la saudí (y la israelí, jugando en todas las bazas).

Shapiro se alarma acerca de la infiltración, imparable, de los detalles del asesinato, digno de una novela nórdica de los últimos tiempos con lesiones previas a la muerte, atrocidades varias, dedos seccionados estando todavía vivo y corte final de cabeza para darle otro destino que al tronco de lo que fuera Khashoggi, al parecer competidor en el marco de la realeza, periodista, espía y/o contraespía, vaya uno a saber al servicio de qué servicio.

Sabemos que lo acontecido en territorio turco no contó con la complicidad de las autoridades anfitrionas que, por el contrario, hicieron todo lo posible para desnudar el “affaire”.

Shapiro nos dice que este strip-tease macabro malogra una provechosa alianza de décadas entre EE.UU. y Arabia saudí por un lado e Israel y EE.UU. por otro (y por encima o por debajo, la misma curiosa alianza entre dos estados hiperconfesionales; Israel y Arabia saudí).

Shapiro entiende que “Mohammad bin Salman no calibró el efecto de este tipo de asesinato haciendo trizas todo margen de aceptabilidad para el público estadounidense y para todo el elenco de ambos partidos en el Congreso”.[2] Pone como ejemplo que congresales tan de derecha como Marco Rubio hayan puesto el grito en el cielo.

Estamos entonces −cada vez importa menos la muerte por asesinato− ante la atención a brindar a la pudorosa opinión pública estadounidense. El alma del ciudadano norteamericano no puede oír, sin estremecerse, la peripecia vivida por Khashoggi.

Shapiro lo dice sin pelos en la lengua: “La represión saudí no es algo nuevo y probablemente el sistema político de EE.UU. podría acomodarse si mantenemos un cierto nivel bajo de visibilidad.” [sic]

Bin Salman no advirtió el efecto en el alma norteamericana de hacer lo que se le hizo a un periodista del establishment (Khashoggi era redactor habitual de Washington Post).

Shapiro, abundando sobre el efecto devastador de la imagen de tamaño asesinato sobre el público norteamericano y transitivamente sobre las decisiones políticas, nos confiesa que el terremoto obligará… −observe el lector el abismo que se abre− a vender algunas menos armas a Arabia saudí, que generalmente se ha provisto más que generosamente de los avances de la industria militar estadounidense.

Shapiro considera que “tal vez el fallo mayor del asesinato de Khashoggi proviene de la obsesión de ben Salman por silenciar a sus críticos, con lo cual se pierde fuerza en el intento de construir un consenso internacional para presionar a Irán.”

Es decir, a Shapiro le preocupa no el método empleado para eliminar a Khashoggi, y menos todavía la cuestión misma de la eliminación de competidores; apenas los dólares (millones) que no pasarán de las arcas saudíes a las estadounidenses o que debilita la presión para desmantelar a Irán.

Todo se instrumentaliza. En rigor, volviendo a la anécdota con Napoleón, no se trata de asesinar menos, se trata de que se note menos. La opinión pública, en tal caso, no ofrecerá dificultades y las correas de transmisión funcionarán fluidamente.

No hay que herir los oídos de gente sensible. Hay que hacer las cosas “a la chita callando”. ¿Por qué esa obsesión por deshacer un ser humano en vida y registrarlo? Hay un aspecto, fabril, de dejar constancia y confirmar la calidad de un “trabajo”, es cierto, pero si eso llega a manos indebidas, “nos” perjudica.

 

Shapiro replantea, sin decirlo, lo que pasó con E. Snowden, con B. Manning, con J. Assange, para mencionar apenas a los tres más famosos violadores de “obediencia debida” más recientes. Ellos revelaron consciente y voluntariamente lo que el cuerpo mutilado de Khashoggi una vez más nos muestra. Por eso, lo que tememos con Snowden, Manning, Assange, y ellos también,  es que quieran matarlos (o pudrirlos en la cárcel).

Porque lo malo no es hacer algo malo.  Lo malo es que se sepa. Y cierto estilo sádico, afiebrado, patoteril, grupal –como por lo visto es el de MBS (el apodo o sigla con que se conoce a Mohammad bin Salman−, tiene mayor riesgo de filtraciones.

La mezcla en Shapiro de lucidez y amoralidad, de pragmatismo, en suma, es tal vez más aterradora que el terrorismo expreso (que a veces es torpe).

Bueno es advertir que esto es lo que tenemos como diseño de la cosa política hoy enfrente nuestro (y por encima y a nuestras espaldas… por doquier).

Tendremos que agradecer a la patota sagrada e imbécil de los sunnitas más fanáticos de ese estado que es de una familia, llegar a otear la sordidez de nuestro presente.

La búsqueda de la verdad era el viejo motto de periodistas, y antes, de filósofos.

Aunque cueste pensarlo o se sienta uno pasado de moda, sigue siendo la cuestión clave, ardua, casi inalcanzable.

Podríamos transformar la vieja consigna que se atribuye a Pompeyo para arengar a los marineros temerosos ante la tormenta, “navigare necesse est, afirmando: veritas necesse est.

[1]  Daniel B. Shapiro, “Why Khashoggi Murder is a Disaster for Israel”, Haaretz, Tel-Aviv, 21 oct. 2018. Como puede advertir el lector, ya en el título Shapiro expresa lo que le importa; no la vida sino los perjuicios (para Israel).

[2]  Ibíd.

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ONU, UNSCOP, padres putativos de Israel – I

por Luis E. Sabini Fernández – 

GUATEMALA, EL PRIMER ESTADO MUNDIAL QUE SIGUE LA “PROPUESTA” DE EE.UU. DE INSTALAR SU EMBAJADA EN JERUSALÉN

El presidente Donald Trump ha procurado un jaque demoledor a la resistencia palestina trasladando la capital sionista a Jerusalén, la ciudad “de las tres religiones monoteístas” que ONU procurara en su momento internacionalizar y preservar de la avidez territorial judía.

Las declaraciones y los pasos dados por la dirigencia guatemalteca, con oídos tan receptivos a la mudanza estadounidense fueron llamativos. Con orgullo se proclamaron los primeros en seguir a EE.UU., es decir, los segundos.

Guatemala (así como Uruguay) tuvo un sitial peculiar en la comisión de la ONU diseñada para atender el diferendo judeo-palestino; UNSCOP (por su sigla en inglés), Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, y en el surgimiento del Estado de Israel.

Antes de entrar al caso particular, una ojeada histórica al surgimiento de la UNSCOP, 1947.  Y antes, todavía, al surgimiento de la ONU, 1945. Como se ve,  “nacen” casi simultáneamente, aunque una sea “hija” de la otra. Esto quiere decir que surgieron en la misma coyuntura histórica.

El fin de la 2GM dejó un único vencedor neto: EE.UU. Esto cambiaría notoriamente a principios de la década de los ’50, cuando la URSS detona su primera bomba de hidrógeno (una especie de atómica, recargada). Allí queda establecido lo que se ve como “las dos superpotencias”; EE.UU. (1945) y URSS (1952). Poco antes, ya se había acabado el idilio de posguerra (entre los 4 Grandes; EE.UU., URSS, Reino Unido y Francia), con el comienzo de la Guerra Frìa, alrededor de 1949.

Hay un período entonces, de incontrastable poder único mundial, estadounidense, aproximadamente del 45 al 50.[1]

De la Sociedad de las Naciones a la Organización de las Naciones Unidas

La disolución de la malograda Sociedad de las Naciones, creada sobre la base del oprobioso Tratado de Versalles (cuna del nazismo) en 1919 fue cumplimentada en 1946, pero ya se había agotado con la misma guerra. Tanto es así que a fines de 1945 se crea la ONU que hasta en el sitio de la sede −Nueva York− reconoce al nuevo amo. Y como resultado de la guerra, se crea el Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes, los Big Five: EE.UU., URSS, Reino Unido, China, Francia.

Estamos acostumbrados a asociar a la ONU con los cinco continentes, con conferencias afroasiáticas, a ver secretarios de la ONU de origen asiático o africano. La ONU de nuestro tiempo dista mucho de la inicial. Aquel Consejo de Seguridad tenía otra China en su Consejo Permanente de Seguridad; polo opuesto a la que hoy ocupa ese sitio. El redactor del Preámbulo de aquella ONU fue Jan Smuts, el dirigente máximo de la Unión Sudafricana, supremacista blanco y partidario del apartheid. Que contaba con toda la confianza de la dirigencia política estadounidense.

Smuts tenía una estrecha relación con Chaim Weizman, el primer presidente del Estado de Israel y que antes había sido su diplomático más encumbrado.

Ambos compartían una ideología racista y se sentían compenetrados con la labor colonialista de asentamiento [settlercolonialism]. En ambos casos, sin considerar en absoluto los derechos de las poblaciones desplazadas. Para ambos contaban los derechos de los blancos, únicamente. La relación Sudáfrica-Israel será privilegiada durante prácticamente toda la segunda mitad del s XX hasta que, ante el quiebre político del apartheid sudafricano, su inviabilidad, Israel le retirará prestamente su apoyo.

Smuts y Weizman se conocieron en 1917 en Londres, ‘la capital del mundo’, adonde Smuts concurrió como delegado sudafricano en el asunto de la guerra y Weizman, químico, habiendo logrado fabricar acetona sintética en cantidades industriales, material escaso para la fabricación de explosivos –tan necesaria para la expansión colonial−, ya era el presidente de una red sionista inglesa también muy comprometida con la victoria militar británica. Smuts y Weizman consolidaron una relación de gran camaradería que durará 30 años (hasta la muerte de Smuts, en 1950).[2] Weizman consideraba al sionismo como avanzada civilizatoria, como ya lo afirmara Theodor Herzl en su libro clave, El estado judío (1896), estrategia que compartía Arthur James Balfour, el supremacista blanco a cargo de la cancillería británica y autor de la Declaración de  noviembre de 1917 conocida por su nombre.

Para  calibrar el espíritu de época y confrontarlo con las ideas hoy en día de recibo, una cita apenas de Smuts, que expresaba su estrategia:

Si se concediera igualdad de sufragio a todos los humanos, los blancos quedarían anegados en toda Sudáfrica por los negros y habría que renunciar a toda posición  por la cual los blancos han bregado durante doscientos años o más.” (de la Conferencia Imperial, Londres, agosto 1921)

Comparemos la idea de este forjador ideológico de la ONU con la de Nelson Mandela, otro sudafricano, contemporáneo de Smuts, que a la vez se nos hizo contemporáneo nuestro: “Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, venga de un hombre negro o un hombre blanco”.

El contraste entre aquella ONU de los ’40 y nuestro presente se agiganta si lo referimos a la cuestión palestino-israelí.

Ya vimos a Smuts preocupado por “la marea negra” en África y en su hermandad con Weizman, a su vez otro confeso racista; aquí una cita de Mandela: “Sabemos muy bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad del pueblo palestino” (en alocución, noviembre 1997).

El unicato de EE.UU., 1945-1950

En resumen, la ONU en esos primerísimos años estaba impregnada de un triunfalismo eurocéntrico muy alejado del espíritu “democrático” que al menos se predica hoy en las labores de la ONU.

El historiador británico Mark Mazower, por ejemplo, rememora que cuando la Conferencia de San Francisco [preparatoria de la ONU], 1945, muchos de los presentes advirtieron “que la nueva institución estaba marcada por la hipocresía. Para ellos, detrás de la retórica internacionalista de libertad y de derechos se escondía una alianza de los grandes poderes inserta en una organización universal.” Incluso, en palabras del historiador británico, este discurso enmascaraba “la consolidación de un directorio de grandes potencias que no era tan diferente del poder del Eje”, sobre todo en aspectos como “su imperiosa actitud de determinar cómo los débiles y los pobres del mundo debían ser gobernados.” [3]

Luego de la orgía de racismo explícito del nazismo, aunque los mismos ideólogos nazis se habían reconocido discípulos de los teóricos racistas anglosajones (y franceses), los racistas dominantes en las direcciones políticas victoriosas aprendieron  un nuevo estilo; no predicar lo que se ejerciera, cuando se tocaban zonas sensibles de los imaginarios colectivos. El apartheid, por ejemplo, era profundamente racista, pero hasta su designación señalaba una idea de separación, no de segregación, encarnada en aquella consigna, falsa, de “iguales pero separados”.

Jorge Ramos Tolosa[4] lo resume, citando al ya mencionado Mazower: “Todo encajaba: los colonos blancos requerían la protección del imperio, mientras que los sujetos colonizados se beneficiaban de su ‘tarea civilizadora’. Mazower relaciona este factor con el hecho de que la Carta de las Naciones Unidas omitió cualquier mención a los derechos de los pueblos colonizados, algo que escandalizó en San Francisco al intelectual estadounidense William Edward Burghardt Du Bois: “Hemos conquistado Alemania […] pero no sus ideas. Todavía creemos en la supremacía blanca, manteniendo a los negros ‘donde deben estar’ y mintiendo sobre la democracia cuando nos referimos al control imperial de setecientos cincuenta millones de personas en las colonias”. (ibíd.)

Vemos que la ONU no es lo que aparenta ni expresa; las relaciones de poder subsisten por debajo de lo expresado. Por ejemplo, ¿cuál fue el norte de la actividad política de Smuts para Mazower? […] “recurría a una retórica ‘humanista’ y ‘democrática’ al mismo tiempo que pensaba que la institución internacional podía ser el mecanismo perfecto para adaptar el dominio mundial blanco. El medio pasaba por reforzar la alianza entre las potencias euroamericanas e intentar prolongar la vida del imperio a través de la ‘cooperación internacional’. Según el autor británico, el pensamiento de Smuts representaba una metáfora de la Organización de las Naciones Unidas.” (ibíd.)

Otro dato clave para entender el interés de EE.UU. en la cuestión palestina surge del cónclave sionista mundial de 1942, en Nueva York, en el Hotel Biltmore,[5] donde expresamente la dirección sionista decide abandonar la protección de que gozaba hasta entonces de Inglaterra, ahora exhausta por la guerra, y adoptar por decisión propia el padrinazgo de EE.UU. Tamaña capacidad de maniobra se explica porque la minoría judía radicada en EE.UU. era significativa, numéricamente, pero sobre todo económicamente.[6]

El papel protagónico de EE.UU. en la ONU será asordinado por la composición que ya vimos del equipo permanente del Consejo de Seguridad.

Cuando se aborda la cuestión palestino-israelí, EE.UU. aludiendo neutralidad, logrará una serie significativa de avances. Así describe el ya citado historiador valenciano Ramos Tolosa [7]  el proceso de nombramientos de UNSCOP:[8]

Ninguno de ellos era miembro del Consejo de Seguridad. La Administración Truman […] insistió en que el UNSCOP debía estar formado por representantes de países ‘neutrales’ que no tuvieran ‘intereses vitales’ en Oriente próximo […]. El deseo estadounidense de neutralidad en el UNSCOP debe entenderse en dos claves.”

Por un lado, EE.UU. quería evitar el peso ruso-soviético contactando directamente con representaciones latinoamericanas que EE.UU. tenía “en gatera”. La URSS presentaba un problema porque El Vaticano rechazaba con vehemencia toda presencia ‘comunista en Tierra Santa’. Pero Ramos Tolosa nos habla de dos razones y la segunda se refiere a nosotros, sudacas: proteger “la propia capacidad de influencia de Washington […] las dinámicas internas de la ONU favorables a EE.UU, puesto que su delegación había conseguido que la mayor parte de los países elegidos para tener representantes en la UNSCOP perteneciera al ámbito occidental o tuviera más vínculos con el país norteamericano que con los estados de influencia soviética. […] Veinte de los cincuenta miembros fundadores de la ONU en 1945 eran latinoamericanos. En UNSCOP, tres delegados pertenecían a ese ámbito, pero si se suman los representantes americanos a los de Europa Occidental y a los del Commonwealth, su número ascendía a 8 de los 11 totales.” [9]

Ya vamos viendo los quilates, ausentes, de UNSCOP: la tarea para la que fue designado; no para atender “objetivamente” la cuestión, sino para aplicar una política.       

EL  INFORME DE MAYORÍA DE UNSCOP, SETIEMBRE 1947

Los representantes nacionales de Canadá, Checoeslovaquia, Suecia, Holanda, Perú, Uruguay y Guatemala plantearán una partición del territorio palestino. proponiendo adjudicarle a la minoría judeosionista el 55% del territorio y a la mayoría árabe-palestina el 43% (leyó bien: a la minoría una porción mayor de “la torta” y a la mayoría, oriunda, la porción más chica (un 2% en el área jerosolimitana quedaría internacionalizado y bajo control de la ONU).

La sola presentación de estos porcentajes revela el sesgo que estos comisionados tenían. Como señala Ramos Tolosa los miembros del Commonwealth británico más los países europeos occidentales más los mal llamados latinoamericanos (continente indoafrolatino) eran mayoría absoluta en UNSCOP. Reforzada por el voto del único representante comunista soviético; Australia termina absteniéndose.

Es interesante de dónde, de qué situación, proviene el voto de los otros tres miembros de UNSCOP; India, Yugoeslavia e Irán, que no aceptaron el informe de mayoría, que hicieron uno de minoría  (que fue rápidamente soslayado).

La India era un país, casi un continente, que había conseguido la independencia el año anterior, tras la brega y el asesinato de Mahatma Gandhi quien se había opuesto tenazmente a la colonización europea de Palestina;[10] Yugoeslavia era el único país socialista que NO se alineó con la política de EE.UU. ni con los estados comunistas;  era el único país socialista fuera de la férula estaliniana; Irán también había conseguido cierta independencia –también en su caso, recientemente al igual que la India, como expresión de la descomposición aunque no absoluta del British Empire−. Desde mucho tiempo atrás había estado sometido a presiones de Inglaterra y Rusia. Esa reciente independencia le permitió decidir no renovar las concesiones petrolíferas a la Anglo-Iranian Co., en un proceso de nacionalización llevado adelante por el ministro del Sha, Mohammad Mossadegh. El Sha, entonces, 1949, decidió darlo de baja pero la reacción popular fue tan mayúscula que el Sha terminó abandonando el país y refugiándose… en EE.UU. Fue durante la corta primavera nacionalista que el representante iraní optó  en UNSCOP por defender la sociedad palestina establecida y rechazar el proyecto colonial, antes británico, ahora sionista. [11]

Son tres estados fuera de la influencia norteamericana los que procuraron preservar la sociedad palestina.

LA RESOLUCIÓN no 181 DE LA ONU, NOVIEMBRE 1947

Sobre el futuro gobierno de Palestina.

No faltarán las palabras, tan ajenas a la realidad, como nos recuerda Mazower.

De ese modo podemos leer una serie de buenos propósitos: ‘No serán denegados ni vulnerados los derechos existentes respecto a los lugares sagrados y a los santuarios o edificios religiosos… en lo que respeta a los lugares sagrados, se garantizarán las libertades de acceso, visita y tránsito, de conformidad con los derechos existentes, a todos los residentes o ciudadanos del otro Estado y de la Ciudad de Jerusalén, como también [a] los extranjeros, sin distinción de nacionalidad, sin perjuicio de las exigencias de la seguridad nacional, del orden público y del decoro.’

Otras disposiciones: ‘se garantizará a todos la libertad de conciencia y el libre ejercicio de todas las formas de culto, compatibles con el mantenimiento del orden público y de la moral.’

No se hará discriminación de ninguna clase entre los habitantes por motivos de raza, religión, idioma o sexo’…

Hay una de estas disposiciones que contrastará con lo que deparó el futuro inmediato: ‘no se permitirá ninguna expropiación de tierras poseídas por un árabe en el Estado judío (o por un judío en el Estado árabe), excepto para fines de utilidad pública. En todos los casos de expropiación, se pagará totalmente la indemnización que haya fijado la Corte Suprema con anterioridad al desposeimiento.’  (la Corte Suprema no sabemos si Internacional, palestina, israelí, británica o qué, brillará por su ausencia). Porque muy pocos meses después, las fuerzas militares sionistas desencadenarán una campaña de terror, con propaganda, violaciones y asesinatos incluso colectivos, que les permitirá apropiarse de buena parte de las tierras palestinas, quebrando además el tejido social palestino. Mayo 1948.

La resolución no 181  fue aprobada en la Asamblea General de la ONU por 33 estados y votada en contra por 13.

Los 33 países (58% de la composición de entonces) que votaron a favor de la resolución 181 fueron: Australia, Bélgica, Bielorrusia, Bolivia, Brasil, Canadá, Checoslovaquia, Costa Rica, Dinamarca, República Dominicana, Ecuador, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guatemala, Haití, Holanda, Islandia, Liberia, Luxemburgo, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Polonia, Suecia, Sudáfrica, URSS, Ucrania, Uruguay y Venezuela.

En resumen: todos los países de impronta eurocentrada (europeos, EE.UU., Canadá, Australia, N. Zelandia), 12; más dos tercios de los países centro- y sudamericanos, 13; más el bloque soviético, 5. Completaron los votos afirmativos Filipinas, Sudáfrica y un estado que está en la órbita de EE.UU, aunque no sea eurocentrado; su vástago racial, Liberia.

Los 13 países (23%) que votaron contra la Resolución 181 fueron: Afganistán, Arabia Saudí, Cuba, Egipto, Grecia, India, Irán, Irak, Líbano, Pakistán, Siria, Turquía y Yemen. Solo un estado iberoamericano, Cuba, más los 10 países islámicos que por entonces integraban la ONU y Grecia e India.

Los países que se abstuvieron fueron 10 (el 18%): Argentina, Colombia, Chile, China, El Salvador, Etiopía, Honduras, México, Reino Unido y Yugoslavia.

Tailandia estuvo ausente en la sesión plenaria.

Los estados geográficamente cercanos votaron TODOS en contra, lo que auguraba conflicto; los conflictos que efectivamente se desencadenaron.

Por entonces, apenas había comenzado el fin de la colonización formal de África (la real parece mucho más dura de erradicar), y apenas 57 estados eran miembros de las Naciones Unidas (actualmente son 193). El mayor bloque lo constituían los veinte estados iberoamericanos, seguido de los países árabes e islámicos (diez), los de Europa Occidental (ocho) y los comunistas (seis).

Fue, en resumen, un enfrentamiento entre el bloque eurocéntrico y el comunista por un lado, y por el otro, el islámico (árabe o no). Anticipo impensable de lo que iba a sobrevenir luego del colapso soviético, desde los ’90.

Las disposiciones de la resolución son muy extensas y detalladas. Se ve allí un diseño de dos estados paralelos con una cierta cantidad de áreas y tareas de coordinación. Buena parte de las disposiciones son transitorias como para que el Mandato [británico] sobre Palestina terminara lo antes posible, “en ningún caso después del 1º de agosto de 1948”. Eso incluía el retiro de tropas con la misma fecha.

El presunto estado independiente palestino y el Régimen Internacional especial para la Ciudad de Jerusalén, establecido en la Parte III de este Plan, se proyecta que empezarán a existir en Palestina, dos meses después de concluida la retirada de las fuerzas armadas de la Potencia Mandataria, en ningún caso después del 1º de octubre de 1948. Los límites del estado árabe-palestino, del estado judío y de la Ciudad de Jerusalén son los señalados en las Partes II y III de la resolución.

Observemos que durante un largo medio año, ni los palestinos ni el régimen administrativo internacional para Jerusalén serán establecidos, pero ahora sabemos que el Estado de Israel resultará proclamado bastante antes; el 14 de mayo de 1948. Desde esa fecha no queda ni policía ni militares británicos, ni ciertamente autoridad alguna de la ONU, pero sí habrá en Palestina, policía y ejército israelí. Con todas las tensiones ya sufridas, los rechazos, huelgas, represiones sangrientas (como la de 1936-1939 con diez mil palestinos matados), la ONU deja al zorro a cuidar a las gallinas…

Ni el presunto estado palestino ni la jurisdicción internacional jerosolimitana tendrán concreción.

Papel tutorial de EE.UU. en la Europa de posguerra y en los países “latinoamericanos”

Guatemala

Para Julio Castro, maestro e historiador, asesinado por la dictadura militar uruguaya (1973-1984), Jorge Ubico fue el dictador prototípico, el peor, si así puede medirse, que tuvo América  al sur del río Bravo durante todo el siglo XX.

Modernizó el país con obras de infraestructura y terror político y policial (aunque con fuerte apoyo social, bueno es tenerlo en cuenta, dándole al país su materialidad vigente: Palacio Nacional (del ejecutivo), el Legislativo, el de la Policía Nacional, todos palacios, como se ve. Entregó el país a la United Fruit, construía carreteras con “vagos”, es decir con cualquiera, y aplicó “ley de fugas” a disidentes…

En 1944, Ubico debe renunciar; como si sectores ahora significativos no aguantaran más tanta tiranía. Ante movilizaciones, otra presidencia fuerte pasa a ser ejercida por otro general, Federico Ponce Valdez. Fugazmente. Entre los apoyos militares que respaldan a este último, figura un capitán, Jacobo Arbenz.

Con la movilidad política no cuaja el estilo ni la continuidad del nuevo general-presidente y una movilización civil, unida a militares decepcionados del “nuevo curso” (que era tan idéntico al anterior de Ubico), entraron en desobediencia directa contra el gobierno. Algunos destacamentos o regimientos guatemaltecos todavía bajo las órdenes oficiales de Ponce, se “dieron vuelta” y el 20 de noviembre de 1944, sectores universitarios  y de las capas adineradas desconocen los mandos militares. Entre los que cuestionan al nuevo general está el ya mencionado  Arbenz, inicialmente de la constelación golpista. En noviembre de 1944 se vota y sale elegido Juan J. Arévalo.

Así como Ubico fue el hombre de los EE.UU. de Teddy Roosevelt, su garrote y su empresa United Fruit, Juan J. Arévalo fue el hombre de Franklin D. Roosevelt y su política de buena vecindad. Apostó a la educación y a una autonomía ante los tonos más cerriles del EE.UU.; trató de que la United Fruit no se llevara el 100% de las ganancias sino que dejara un porcentaje para el país del que se llevaban tanta riqueza. Era una demanda hasta amistosa con el Gran Hermano (aunque quebrándole la costumbre de “llevarse “todo”).

Observe el paciente lector que en “la aldea” centroamericana se produce una suavización del saqueo y el verticalismo tradicional así como en “el mundo” el fin de la 2GM produjo una dulcificación de los modos de dominación.  Nadie sería tan pueril para decir que se habían abolido, pero sí que habían cambiado las modalidades del dominio.

Así, Guatemala siguió ligada al Gran Hermano, en tanto que los sectores locales más recalcitrantes tildaban al país de comunista. El período “nacionalista”, basado en la política  “de buena vecindad”, con Arévalo, Arbenz, resultó demasiado para la política de coloniaje y saqueo directo de EE.UU. y en 1954 termina, con el desembarco de Castillo Armas, que con pocos cientos de mercenarios derriban y clausuran el paréntesis “democrático”.

Observemos que es en ese corto período, 1944-1954, que se crea UNSCOP, 1947.

Durante lo que llamamos  “paréntesis”, el país siguió siendo eurocéntrico,  aunque adueñado del “espíritu de época” dejó de negar toda importancia a lo indígena (Guatemala es, junto con Bolivia, los dos estados americanos que cuentan con mayoría absoluta indígena en el siglo XX).

Por su contextura sociopolítica, Guatemala era un candidato “excelente” para encarar el diferendo judeo-palestino. Es sugerido en la ONU y se designa representante a una de sus figuras mayores, Jorge García Granados (con genealogía presidencial) que no conoce un átimo de la cuestión judeo-palestina, como él mismo reconoce.[12]

Un claro exponente de la dependencia de Guatemala respecto del líder planetario en los ‘40 es la mismísima edición del libro recién mencionado, muy famoso en su momento, que Jorge García Granados redactó con motivo de su participación en UNSCOP. No hemos podido saber si su autor lo escribió directamente en inglés, pero su primera edición de cualquier modo fue hecha en EE.UU. y en inglés. A cargo de la casa editora Knopf, en Nueva York en 1948, bajo el título The Birth of Israel. Al año siguiente se edita en castellano, en Buenos Aires, a través de un ignoto sello, Ediciones Oriente, que aparece gestionado por una firma gerencial estadounidense. Se trata de una traducción directa del original inglés antes señalado. No deja de ser peculiar el trámite: indudablemente la edición y la geopolítica estadounidense tenían prioridad sobre otras pertenencias.

En su libro, JGG comenta el sinsentido que a alguien se le pueda ocurrir consultar a los aborígenes, a los indígenas, a los que mantienen un asentamiento inmemorial en una tierra, para definir a quién le corresponde… dicha tierra:

“[…] los árabes sostenían que Palestina fue cedida a la parte interesada: la población del país para ellos.[13] Pero el artículo 1 del Tratado de Lausana establecía la renuncia de los turcos a todos sus derechos. No existe ninguna referencia que sugiera la cesión en favor de los habitantes, ni en parte alguna se establece que ellos son la parte interesada; ni se especifica tampoco quién es la parte interesada.[…] en los principios generales del derecho internacional nos hallamos con que sólo los estados soberanos pueden ser sujetos en el derecho internacional [sic]. Los individuos y los pueblos que no gozan del estatuto legal de gobierno soberano sólo pueden ser objetos del derecho internacional.” [14]

Con verba jurídica impecable, ni Stalin, ni Churchill, ni Hitler podrían haberlo dicho mejor.

Los Arévalo, los Arbenz, los García Giménez podían discutir el saqueo de los empresarios (y los ejércitos yanquis) sobre las tierras centroamericanas, pero de ninguna manera plantearse de quiénes eran las tierras usurpadas por las empresas norteamerica-nas. “Ellos”, los titulares de la patria guatemalteca, se bastaban a sí mismos para decidir.

Y si así pensaban en América Central, en ese país con mayoría maya políticamente ignorada, ¿por qué iban a pensar de otro modo cuando son convocados al caso palestino-israelí? Al contrario, son convocados porque pensaban y actuaban como pensaban y actuaban, como piensan y actúan.

Guatemala hoy

Israel ha sabido retribuir aquellos favores. Cuando la represión arreció a principios de la década de los ’80 en América Central y países como Guatemala, Honduras, El Salvador tenían dictaduras directamente asesinas sustentadas en “asesoramiento” estadounidense, esa agresión, tan violatoria de los derechos humanos, fue encontrando resistencia dentro de EE.UU. cuyo gobierno finalmente tuvo que abandonar su “protección y asesoramiento” a esas dictaduras, delegando en regímenes de su confianza esa tarea. Fue la Argentina de los desaparecedores (dictadura Galtieri) y el colonialista Estado de Israel quienes tomaron la posta.[15] Hay así una liga ideológica entre Israel y Guatemala.

Y llegamos al día de hoy. Nos cuenta Jimmy [sic] Morales, el evangélico presidente actual de Guatemala, con motivo de la instalación de la embajada guatemalteca en Jerusalén, que han dado “un paso hacia el amor, la prosperidad, la paz”… Lo de prosperidad tiene un retintín menos espiritual que los otros anuncios. De cualquier modo, el remate de sus “buenos deseos” nos da una orientación precisa: “[…] y puedo afirmar que traerá un legado de enormes beneficios para nosotros”. No especifica el monto del legado, pero bien podríamos decir en este caso, sin temor a equivocarnos, en lugar del tradicional “Cherchez la femme”, un “Cherchez l’argent.” 

Un catedrático israelí, comentando esto de las instalaciones diplomáticas en Jerusalén, en particular la de Guatemala, que no se trata solamente de la tan invocada amistad guatemalteco-israelí sino de “su gran dependencia de EE. UU.”  Se agradece la franqueza, aunque era ya totalmente innecesaria.

notas:

[1]  Así lo resume James Burnham (La revolución de los directores, Editorial Sudamericana, Bs. As.,1967, originalmente The Managerial Revolution, 1941), analista del pasaje de la sociedad capitalista tradicional (que tuviera en el British Empire su árbitro mundial) a la corporativo-gerencial al estallar la 2GM: “Si miramos el mapa económico  indicando las ocupaciones de la humanidad de inmediato salta a la vista un hecho decisivo. La industrialización avanzada se concentra en tres regiones y sólo en tres, relativamente pequeñas: EE.UU. y en especial sus zonas nordeste y centroseptentrional; Europa, especialmente en la zona central norte (Alemania, Holanda, Bélgica, el norte de Francia, Inglaterra), y las islas del Japón, con parte del este de China, […] que el sistema político mundial cristalice en tres superestados [… no] implica necesariamente que esos tres superestados  sean EE.UU., Alemania y el Japón tales como hoy los conocemos.” 

Burnham describió ese estado de situación en 1940. En 1945, Japón y Alemania no eran los que habían sido, estaban devastados y ocupados por Los Aliados, básicamente por EE.UU. Que no sólo se había consolidado regionalmente, poniendo a su servicio al resto del continente americano sino que disponía del control militar e industrial de la Cuenca del Ruhr y del Extremo Oriente. Aquellos “tres superestados”, como la Santísima Trinidad, eran uno solo…

Está el incipiente poder industrial ruso-soviético que Burnham no mencionara. Pero este último, el único que no está bajo control estadounidense, dista mucho por sus dimensiones de poder competir o aminorar el dominio norteamericano mundial.

[2]  Datos extraídos de Richard P. Stevens, “South Africa, Zionism and Israel. Smuts and Weizman”, Israel & SouthAfrica. The progression of a Relationship, Richard Stevens & Abdelwahab Elmessiri (comp.), New World Press, N.Y., 1976.

[3]  Mark Mazower, No Enchanted Palace: The End of Empire and the Ideological Origins of the United Nations, cit. p. Ramos Tolosa, Jorge, ¿“Las Naciones Unidas no son nada”? Pablo de azcárate y el fracaso de la onu en palestina (1947-1952), Universidad de Valencia, Valencia, 2016.

[4]  Jorge Ramos Tolosa, ob. cit.

[5]  Biltmore, 1942. En la Conferencia declaran que Palestina debía constituirse como una “Commonwealth judía”. Significativa identificación con una experiencia colonial.

[6]  La presencia judía en EE.UU. era tan significativa que dio lugar a la elección de EE.UU. como aliado y protector, y a la vez a una fuerte oposición de eminentes judíos neoyorquinos antisionistas, entre ellos el dueño del Washington Post y el editor del New York Times, que fundan entonces la ACJ (American Council on Judaism) para oponerse al proyecto de crear un estado judío en Palestina. Su tesis era que lo judío, el judaísmo es una religión, no una política.

[7]  Ramos Tolosa, ob. cit.

[8]  Australia, Canadá, Checoeslovaquia, Guatemala, Holanda, Honduras, India, Perú, Suecia, Uruguay, Yugoeslavia.

[9]  Ibíd., p. 192.

[10]  “Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido que Inglaterra a los ingleses… es inhumano imponer a los árabes la aceptación de los judíos. Sería un crimen contra la humanidad someter a los orgullosos árabes con la finalidad que Palestina pueda ser restaurada como hogar nacional judío. […] Los judíos nacidos en Francia son franceses, en el mismo sentido que los cristianos nacidos en Francia son franceses. Si los judíos tienen como hogar sólo a Palestina, ¿les gustará la idea de ser forzados a abandonar las otras regiones del mundo en las que se han establecido? Harijan, India, nov. 1938.

[11] En 1953 recordemos que EE.UU. invade Irán, encarcela, previa humillación pública a Mossadegh y restaura en el trono a su chirolita el Sha quien se hará tristemente famoso por haber convertido a Irán en asiento de una de las más temibles policías políticas del planeta: la SAVAK.

[12]  Lo cual no le impide escribir un libro donde jamás logra distinguir los conceptos de judío y sionista; Así nació Israel.

[13]  Suponemos, no hay referencia, que alude a las promesas de Lawrence (de Arabia).

[14]  Así nació Israel, Biblioteca Oriente, Bs. As, 1949, p. 76.

[15]  Chomsky, Noam, La quinta libertad, Editorial Crítica, Barcelona, 1988, p. 250.

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Acerca de la ideología de los que prescinden de toda ideología

“El siglo corto” que va desde la ruptura de la ilusión del progreso con la Gran Guerra en 1914 hasta la del comunismo en 1989/1991 (Iván Berend, cit. p. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, p. 10) ha terminado con la caída del Muro —simbólicamente— o con la URSS —literalmente—, pero la sociedad actual —salvo sus capas más recientes, casi adolescentes— ha conocido, ha convivido con aquel mundo ahora fenecido; el de “capitalismo y socialismo”. Junto con aquella realidad fuimos nutridos, o malnutridos, por una serie de lugares comunes como el de la existencia de dos sistemas económico-sociales filosóficamente contrapuestos, con una serie de roles atribuidos a cada “actor” en aquel escenario mundial que prácticamente ocupó todo el siglo XX. Derecha e izquierda, idealismo vs. materialismo, justicia o libertad.

Por Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

Por cierto que, al lado de aquellos ethos dominantes, el burgués y el presuntamente socialista, coexistieron multitud de actitudes mentales y sociales, que encarnaban otras filosofías de la vida, y se pueden así considerar diversos ethos; cristiano, nazi, musulmán, budista, libertario, existencial, la multitud de configuraciones tradicionales, a menudo cruzadas con diversos ethos de los precedentes, así como aquellos entre sí, y otras innumerables, pero que no ocuparon —salvo esporádicamente— el centro de la escena política mundial.

Lo burgués y lo socialista se atribuyeron a sí mismos o a su oponente, características que, examinadas, devienen demasiado a menudo, significativamente, en su opuesto.

Vamos a procurar abordar este “juego de espejos” en un territorio delimitado —con las imperfecciones de todo límite en este terreno—, el de la ideología o falta de, en ese enfrentamiento que hemos aceptado como fundamental de todo nuestro pasado reciente, tan reciente, que pervive en nuestras categorías conceptuales y en nuestras actitudes políticas. Y lo hacemos porque sus estrategias de poder están asimismo plenamente vigentes en la realidad política actual, aunque ya no bajo la forma de enfrentamiento entre “dos verdades” sino como lo que ha dado en llamarse “pensamiento único”.

Una constante de aquella confrontación —capitalismo-socialismo—, que presentó siempre como su expresión más aguda la de los EE.UU. vs. la URSS, ha sido, que el campo occidental se ha presentado sin ideología alguna, o con ideologías débiles, secundarias (como las expresadas a través de diversas iglesias o campañas moralizadoras) y, en cambio, ha cargado las tintas respecto del carácter ideológico de la penetración comunista, en tanto que “el campo socialista” sí se ha atribuido un contenido ideológico; el verdadero, el bueno, el materialista, el del lado progresivo de la historia.

Ambos enfoques han estado curiosamente travestidos: el bolcheviquismo en particular y el marxismo en general han constituido un movimiento ideológico de tipo religioso (en el sentido etimológico del término religare; que otorga una comunidad entre humanos; véase, p. ej. la filmografía del germanooriental Frank Breyer), cuyos rasgos dominantes han sido la negación de lo material (“vulgar”) como guía de la acción y cierto voluntarismo intrusivo, tan caro a todos los salvacionismos. Por el contrario, desde la red de poder dominante en los EE.UU. se ha hecho un culto público de lo ético, lo religioso, lo espiritual, tan idealista todo ello, aunque su práctica ha sido crudamente material. Pero para intentar entender estos discursos inversores de la verdad, precisemos conceptos.

Aproximación al concepto de ideología

Una definición fuerte y generalmente aceptada, ya usada por el mismo Marx, es la de ideología como “enmascaramiento de la realidad”.

Otra definición, más “blanda” y más afín al uso común del concepto, es la de constituir una base más o menos racional para la toma de decisiones políticas, sustrato instrumental para el análisis de lo social que respondería más a la etimología de la palabra; estudio de la idea. En ambos casos, empero, la ideología política es concebida como principio de solución para la cuestión social, como vía de superación o salvación ante un estado de cosas que se considera deficiente.

Bueno es observar que, pese a su aparente oposición, ambos conceptos de ideología se pueden percibir, procesalmente, como lo mismo. Lo ideológico se va constituyendo como sustrato racional para interpretar la realidad social, y a su vez se va consolidando, para caer, insensiblemente en lo que Carlos Vaz Ferreira calificaba “pensar por sistemas”, y de ese modo se accede a un segundo momento, en el cual la realidad va siendo adaptada, incluida en los análisis ideológicos, que de ese modo van constituyéndose cada vez más como previos, parti-pris, respecto de la realidad que se procura entender y modificar.

W. E. H. Lecky resumió magistralmente, en 1876, esta idea: “[…] siempre que es creída y practicada la doctrina de la salvación exclusiva, se formarán en torno de ella hábitos mentales diametralmente opuestos al espíritu de investigación y absolutamente incompatibles con el progreso humano. La indiferencia a la verdad, un espíritu de credulidad ciega y al mismo tiempo voluntariosa, recibirá estímulos que multiplicarán las ficciones de toda clase, asociará a la investigación las ideas de peligro y pecado, hará que los hombres reputen por cosa impía la imparcialidad de juicio y el estudio que son el alma misma de la verdad, y castrará así sus facultades hasta producir un embotamiento general en todos los individuos.” (cit. p. Eric Roll, p. 273). Procuraremos ver cómo se ha aplicado esta malformación a los sistemas de pensamiento dominantes en el siglo XX.

Génesis económica del capitalismo, génesis política del socialismo

Que lo ideológico era atributo exclusivo del campo socialista, y que en la década del 30 lo compartía con la otra gran alternativa política del momento, el nazifascismo, lo suponía el mismísimo Hitler: “[…] en esta guerra se están enfrentando entre sí la burguesía y los estados revolucionarios. Nos ha resultado fácil derribar a los estados burgueses porque eran completamente inferiores a nosotros en su preparación y en su actitud. Los países con ideología son superiores a los estados burgueses [… en el este] nos enfrentamos con un adversario al que también alienta una ideología, aunque sea equivocada” (del Diario de Goebbels, año 1943, p. 355, de su edición de Nueva York, 1948, cit. p. Hannah Arendt, p. 426).

Hay una explicación histórica, empero, para que el campo socialista se haya sentido protagonista de la lucha ideológica y titular de “la ideología científica por excelencia”. El ascenso burgués tiene, históricamente, una contextura muy distinta, opuesta, a la del “ascenso socialista”. El ascenso burgués se hizo antes de su ideologización, se trató de un desarrollo o una “maduración objetiva”, para decirlo en términos caros al marxismo.(1) El advenimiento, en cambio, del “primer país socialista” fue precedido por su anuncio a todo lo largo del siglo XIX (que dicho advenimiento haya tenido lugar en un país de los que menos se ajustaba a la “profecía” socialista es otra cuestión).

Pero esa diferencia constitucional, de origen, entre los dos sistemas que parecieron disputarse todo el siglo XX, y que terminara a comienzos de su última década con el knock out técnico de uno de sus contendientes, dista mucho de legitimar las caracterizaciones que hemos calificado como oficiales.

¡Con qué afanes, los ideólogos del campo socialista han procurado atribuir el denostado idealismo al mundo burgués, reclamando para sí el materialismo! El Diccionario Filosófico de Iudin y Rosenthal, vaca sagrada de la teoría marxosoviética reza en su entrada “Behaviorismo”, lúcidamente ubicado como nervio motor de la ideología norteamericana dominante: “[…] sustituyeron las bases materialistas pavlovianas por el operacionalismo y el positivismo lógico [… y mantiene]” Por su parte, V. Afanasiev en su intemporal manual de escolástica marxosoviética, Fundamentos de filosofía, comienza con esta frasecilla: “La filosofía marxista, como cualquier otra ciencia, tiene su objeto de estudio.” (p. 5) Ya tenemos la ciencia de nuestro lado. Ahora, el error o el horror, a la vereda de enfrente: “El problema fundamental de la filosofía. Contrariedad [sic: indudablemente una mala traducción de contradicción] del materialismo y el idealismo. […] El materialismo moderno es una concepción del mundo verdaderamente científica. Al ofrecer un cuadro verdadero del mundo, presentándolo tal y como es en realidad,(2) el materialismo es un fiel aliado de la ciencia […]. El materialismo es un enemigo inconciliable de la religión: en el mundo donde no existe sino materia en movimiento no queda lugar para Dios.” (p. 7)

Afanasiev, así como el marxismo en general, llega a atisbar el fondo materialista del universo burgués, pero se ve obligado a borrar ese rasgo ante la necesidad de su apropiación exclusiva: “En el período de establecimiento del capitalismo sirvió como arma ideológica a la burguesía en sus batallas contra los feudales y la Iglesia. En nuestros días, el materialismo es un poderoso medio de lucha de la parte progresista de la sociedad contra las fuerzas de la reacción […]” (p. 8).

Veamos “el otro lado”: la realidad de los EE.UU. revela una poderosa religiosidad. Noam Chomsky anota que es el único país en el mundo donde una fuerte industrialización no ha aparejado una merma de religiosidad (La quinta…, p. 365), por el contrario existe una verdadera exaltación de la actividad religiosa. Creemos que esta realidad se ajusta como el guante a la mano a la explicación que el historiador George Sabine da para el florecimiento estoico durante la pax romana: “Ninguna concepción política estaba tan bien cualificada como la doctrina estoica del estado universal para introducir un cierto idealismo en el negocio, demasiado sórdido, de la conquista romana.” (p. 137)

Confrontemos la versión soviética antes reseñada con las del behaviorista, conductista, Burrhus F. Skinner, tal vez el ideólogo más representativo del sistema de dominación que tiene como eje la civilización estadounidense: “Lo que necesitamos es una tecnología de la conducta. Podríamos solucionar nuestros problemas con la rapidez suficiente si pudiéramos ajustar, por ejemplo, el crecimiento de la población mundial con la misma exactitud con que determinamos el curso de una aeronave; o si pudiéramos mejorar la agricultura y la industria con el mismo grado de seguridad con que aceleramos partículas de alta energía […]” (p. 3). Aquí tenemos una deliberada identificación de las ciencias exactas o “duras” con las llamadas ciencias sociales. Pero no en el sentido de una flexibilización epistemológica, sino de todo lo contrario: la sociedad comparable a una ecuación, a un movimiento celeste.

Skinner insiste en su pretensión de omnicontrol: “El problema no estriba en liberar al hombre de todo control sino de ciertas clases de control. Y este problema sólo puede ser resuelto si nuestro análisis tiene en cuenta todo tipo de consecuencias” (p. 40).

Pero es tal su altanería intelectual que jamás colocaría sus lucubraciones sobre el control de los acontecimientos y de las personas dentro de ningún esquema ideológico. Lo suyo es ciencia pura. Valga un par de ejemplos tomados, casi al azar, entre epígonos. Representantes de sociedades y asociaciones conductistas del país, SUATEC, ALAMOC, sostienen: “No es posible relacionar con régimen de gobierno alguno, o posición política, una ciencia y su filosofía.” (Brecha, Montevideo, 20/8/95). Una frase digna de Afanasiev. Y la sociedad conductista uruguaya, SUAMOC, a través de varios de sus integrantes sostiene: “Por ser una disciplina científica, la psicología conductista no tiene relación con postura ideológica alguna […]” (ibidem).

Pese a semejante apodicticidad, que debería enmudecer las réplicas, el docente Rolando Ojeda, ajustándose a la tesis de Skinner, precisamente, una crítica: “Promover la formación de caracteres dóciles y sumisos. Eso está implícito en el conductismo que considera primordial predecir y controlar conductas. Esa es su base ideológica.” (Brecha, 24/5/91).

Es muy ilustrativo ver el método conductista en acción, pues revela las formas de homogeneizar y licuar los datos de la realidad. Elizabeth Koppitz, otra connotada docente de la misma escuela, enrolada en ese esfuerzo de “conocerlo todo” no tiene mejor que establecer tablas de maduración etaria, según las cuales un chico débil mental de, por ejemplo, once años se equipara con uno normal de cuatro. Por cierto, sus investigaciones le deben haber permitido establecer correspondencias de motricidad y alcances pictóricos entre esas dos situaciones. Pero el hecho definitivo, irreductible, es que un niño con retraso mental de once años no es (como) un niño de cuatro años con desarrollo normal.

Para rematar el carácter ideológico de la interpretación conductista, tan atada al control del estímulo y la respuesta, vale esta observación de Jean-Michel Vappereau: “A diferencia del psicoanálisis, las técnicas surgidas del conductismo descuidan esa dimensión, que es la del deseo, esa inconsistencia, y pretenden ir derecho a la solución, como si hubiera un camino directo.” (Página 12, Buenos Aires, 19/9/96)

Juegos de espejos

Resulta curioso, y penoso, advertir que el ser humano es a menudo mucho más simple de lo que imagina. Miles de intelectuales sostuvieron durante décadas el carácter socialista de la formación engendrada en Rusia a partir de 1917, y gastaron ríos de tinta y de saliva cumpliendo con el mecanismo de la profecía autocumplida,“revelando” su superioridad respecto del capitalismo (también hablaron o escribieron sobre sus desventajas o perjuicios, pero, en general poco, y más bien mantenido como secreto de alcoba de la nueva iglesia). Todos los reparos y observaciones que lúcidos y osados como Jan Majaiski, Bruno Rizzi, Anton Ciliga, expusieron para patentar el abismo que separaba esa realidad de los anuncios, la teoría y la imaginería socialista precedentes, fueron arrumbados a un lado.

Del mismo modo, otros miles y miles de excelentes (3) burgueses o de sus voceros intelectuales, han estado convencidos y han procurado convencer al resto de la humanidad, de que el capitalismo era un sistema objetivo, real, sin connotación ideológica. Las agorerías sobre “la muerte de las ideologías” ha sido una cantinela recurrente de los especímenes más representativos de la ideología dominante. Y cuando estos ideólogos —Daniel Bell en los ‘50, Francis Fukuyama en los ‘90 bajo la forma del “fin de la historia”— han anunciado semejante muerte, por cierto han dado por descontado que las estructuras mentales en donde ellos se movían carecían de ideología, eran objetividad pura.

Esa negación de lo ideológico por parte del sistema de dominación con epicentro en el Atlántico Norte, ha significado un escamoteo mucho mayor y mayor dificultad para su tratamiento, su reconocimiento. Cada sistema ha enmascarado sus realidades con modalidades distintas. La ideología socialista era y es directa, expresamente ideológica. Analiza y critica lo político, lo asumido como tal. La ideología y la acción ideológica del sistema dominante en los EE.UU. y Occidente en general, es indirecta, se transmite a través de las actividades generales de la sociedad y no se ve siquiera necesitada de invocar su carácter de representación (y de inevitable falsificación) de la realidad. Para sentirse re-presentada, el sistema de poder dominante en los EE.UU. tiene el pensamiento pío.

Los comunistas se identificaban separándose del resto de los humanos, a quienes, proselitismo mediante, se procuraba ganar, persuadir, convertir. Semejante situación engendra todo un perfil, en donde las figuras del converso, del militante, del esclarecido, de la vanguardia, eran fundamentales.

El modelo madeinUSA hace exactamente lo contrario: se presenta como algo común o propio para todos. Esa universalidad proclamada contrabandea un sistema de valores y de materialidades que únicamente se puede realizar si está restringido, es decir, invoca una universalidad irrealizable. La condición para que la población de los EE.UU. y la del Primer Mundo en general (o, como se dice en la actualidad, sus tercios integrados) disponga del nivel de vida que goza, es precisamente que buena parte de la humanidad carezca de él. Lo interesante es que la imagen que recibimos es la invertida: en los EE.UU. se vive como si todos pudiéramos hacerlo, y tuviéramos que. Y la fuerza ideológica del mensaje es tal, que cada vez más son los que quieren hacer y vivir como en los EE.UU.

Occidente, ha ido afinando sus mediaciones y conciencias, su idealismo ético (4) y su conciencia de sí al mismo tiempo que ha incrementado la miseria cultural y material de los pueblos y sociedades periféricos o ajenos a su universo, no ya mediante el despojo característico de las primeras etapas de europeización del mundo, sino mediante la heteronomía creciente. Ese desarrollo impulsado desde los centros de poder de Occidente, ha sido crudamente material.

La ideología en los EE.UU. se cuela, por así decirlo, en el modo de vida. En el modo cotidiano de vida. Cuando la propaganda de una bebida sin alcohol proclama que “es un modo de vivir”, dice precisamente una verdad (más allá de la falsedad del mensaje o de su inanidad lógica). Dice la verdad en el sentido que el modo de vida dominante se dirige a una juventud (cada vez más toda la humanidad) que no necesita pensar políticamente. ¿Por qué semejante apoliticidad de ese puro “vivir”? Porque ya está todo pensado (políticamente). Porque hay quienes se dedican a eso. Y porque no tiene sentido cuestionarlo.

Lo que caracteriza al sistema ideológico norteamericano es que, a diferencia del que otrora encarnara la URSS y en general, el socialismo, se trata de un sistema tácito, nutrido por una ideología no asumida como tal. Esa es una de las causas de su vigor.

El sistema de ideas dominante en Occidente, con centro irradiador principal desde los EE.UU., ha revelado su potencia como conformador de las representaciones colectivas, de una manera mucho más radical y amplia que la penetración ideológica socialista o soviética en cualquier momento de la historia. Esta última siempre se limitó a la esfera racional, política y en cambio, la primera, se nos ha ido filtrando por toda nuestra existencia cotidiana. Y ni siquiera se ha presentado como modelo ideológico.

No han sido textos de dialéctica ni prácticas colectivistas ni ha exigido conversiones más o menos apasionadas, más o menos lúcidas. Ha sido el automóvil, (5) el pelo rubio, la coca-cola, el western, el rock, la comida-basura, el inglés, el confort, Walt Disney, time is money.

Se ha presentado “apenas” como LA realidad. El satisfecho materialismo cientificista de su intelectualidad técnica los lleva a pensar que las representaciones del mundo imperantes dentro del sistema vigente no reflejan sino la realidad, sin mediación ni velos, sin atender coartadas políticas, sin valerse de una visión política de la realidad y el mundo; como si no defendieran una estructura de poder (ella sí, totalmente contingente, parcial, interesada).

Pero es una realidad muy bien fabricada, “productora de consenso” como lo califican N. Chomsky y E. Herman en The Political…. El cine es paradigmático. El Código Hays de producción cinematográfica hollywoodense, de 1934 —tan paralelo a las disposiciones del Proletkult soviético contemporáneo—, que fijaba el tenor de cada escena, el margen de personaje en cama autorizado, la duración de los besos, la necesidad del final feliz, da la pauta del cuidado que pusieron los titulares del poder norteamericano en pautar su industria cinematográfica, es decir, en transmitir la ideología correcta a sus múltiples espectadores (que con el fin de la segunda guerra mundial y el apogeo del modelo american en todo el orbe hayan cambiado sustancialmente las técnicas de transmisión cinematográfica no desmiente lo precedente; únicamente que los titulares del poder en los EE.UU. descubrieron que se podían controlar las representaciones públicas de muy otra manera; el control restrictivo y taxativo, parecido al del viejo sistema de dominación monacal, irá cediendo lugar a otra modalidad de control, a través de la paralizante plétora comunicacional junto con los dictámenes económicos, ésos sí “únicos”).

Son archiconocidas las inflexiones políticas a las que se vio sometido Eisenstein a lo largo de su labor como cineasta. De ‘la estética innovadora de Potemkin a la construcción mítica y legendaria de Nevski o Iván en los cuales el relato se torna hierático’ (B. C. Crisorio, Ciclos, p. 178). Hablamos con facilidad de la carga ideológica del cine soviético, algo indudable, pero ¿qué ha pasado con la producción fílmica norteamericana? Hollywood ha sido la máquina ideológica de producción cinematográfica, propagandística y cultural más formidable que conoció el siglo XX. La máquina de sueños norteamericana no nombra lo innombrable. Se presenta como una producción “natural” y apolítica, hija del mercado, de las cabezas pensantes, del azar de las cuentas corrientes de los productores.

No deja de ser paradójico. Los titulares del agit-prop soviético no podían presentar una película sin que los exégetas descubrieran mensajes ocultos: la bolchevización era una constante contra la cual se erigían todos los refractarios de lo foráneo. Y sin embargo, aparecen películas norteamericanas con mensajes ideológicos clarísimos, como La guerra de las galaxias, El día de la independencia o Viva América y el aspecto ideológico de esas construcciones pasa inadvertido en la generalidad de los discursos. Nadie considera tales películas como de propaganda, cuando manifiestamente lo son.

Es interesante además diferenciar dos pasos básicos de la labor ideológica en el cine: al primer momento de ‘fabricación de sueños’ sobreviene un segundo momento, el de la distribución. Las empresas estadounidenses son las dueñas virtuales de todos los mercados locales significativos en el mundo occidental (al menos), con el resultado que las demás cinematografías entran a dichos mercados de modo residual, con un goteo más bien miserable. Sólo así se entiende que al Río de la Plata llegue una película de Chabrol cada quince años o que no podamos acceder a todas las películas de Goretta o de Loach, por nombrar apenas algunos ejemplos. ¿Por qué no conocemos cine turco o noruego o de la India (que lo hay y muy bueno)?

Si la fabricación de cine revela una actividad ideológica fuerte, ¿qué decir del control deliberado de la distribución asfixiante de las películas ajenas, no ya dentro de fronteras sino por encima de ellas? (6)

¿Por qué una ideología que no se reconoce como tal es más peligrosa, más insidiosa? Porque la ideología tiene de por sí, por su calidad de discurso pretendida y sentidamente coherente, una capacidad autopersuasiva prácticamente ilimitada. Armado de ideología el individuo, el grupo, la iglesia, el estado, puede llegar a cometer los actos más aberrantes sin problemas éticos, sin que les “duela la conciencia”. Una ideología expresa está siempre más expuesta a su desmontaje, a la crítica que la inhabilite total o parcialmente; una ideología que no se expresa como tal tiene más bloqueada la senda de la crítica, sus caminos de acceso se hacen más dificultosos (en las mentes de sus adherentes).

Nos dice el ensayista norteamericano John Nef: “La filosofía moral exalta el lugar que ocupa el intelecto en los asuntos humanos, en una época en que los norteamericanos han negado que la mente tenga un papel que desempeñar en una existencia civilizada, independiente del interés privado o del experimento y la observación científica.” (p. 257). En la medida en que la sociedad norteamericana le niega a la razón cualquier papel relevante —más allá de la racionalidad tecnológica y a lo sumo tecnocientífica que implique el desarrollo material, y de una racionalidad mercantil digna del rey Midas— y le otorga únicamente ese papel instrumental, podemos definir a la cultura norteamericana como una cultura sin valores éticos o trascendentes en el sentido de comunes a los hombres de distintas coyunturas históricas o de distintas sociedades. Una cultura con valores atentos a la utilidad, no a la verdad. La razón, con un papel meramente vasallo.

Esta descripción tiene una coda, similar a los diversos momentos que viéramos con el producto cinematográfico: todo dista de ser tan natural; los EE.UU. tienen la mayor red policial y militar del mundo entero, la mayor red mundial de centros de tortura fue norteamericana en los ‘70, como nítidamente la relevaron Chomsky y Hermann (op. cit.).

Para apreciar los aspectos policiacos del control del consenso baste la siguiente referencia: “El gobierno se dedica a infiltrarse subrepticiamente en las iglesias y en las sesiones de culto, utilizando informadores y agentes secretos para que graben cintas de conversaciones o de oficios religiosos, […] una práctica habitual en las sociedad totalitarias que los ‘conservadores’ han adoptado como modelo.” (Daniel Yankelovich, Issues in Science and Technology, 1984, cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 365). Algo que el conocimiento “vulgar” sabía atribuir, sin esfuerzo y con razón, al universo soviético, pero que hay que aplicar, con mayor énfasis, al “sueño americano”.

Neoliberalismo: una vieja ofensiva ideológica con fuerza renovada

La década del 90, con la proclama del fin de la historia, y de la muerte de las ideologías, ha sido en rigor, teatro de una ofensiva ideológica sin precedentes, sobre todo por la falta de oposición.

Uno de los rasgos que otorgan peligrosidad a los contenidos ideológicos es el de su unicidad. Su carácter de verdad exclusiva y salvadora (Lecky, ut supra). Ese fue un rasgo constante del socialismo diz que científico: todos recordamos la suficiencia con que “la ideología del proletariado” apostrofaba sobre etapas históricas necesarias, sobre procesos de transición (a ningún teórico, empero, se le ocurrió la transición históricamente verificada hace pocos años del socialismo al capitalismo; claramente en el esquema entonces vigente en las cabezas de los ideólogos socialistas, esta realidad no cabía). El auge del liberalismo y la democracia liberal en los ‘90, indudablemente ligado al crash soviético, se ha presentado a su vez como único, sin alternativa, unidireccional.

En rigor, este neoliberalismo revitalizado no es sino un neoconservadurismo porque liga las tesis más caras del liberalismo —el estado mínimo, la sospecha hacia “lo social”, las consiguientes privatizaciones— con la cuarentena de lo público y el despotismo de lo privado, que por operar sin mediar ningún tipo de transformación social, constituye la mera confirmación del dominio de las viejas capas dominantes.

La tópica utopía no era sólo socialista

Cualquier persona atenta al acontecer histórico es consciente de la densidad política con que fue gestada la URSS. Allí, en su formación y en su mantenimiento, hubo una indisimulable cuota de voluntad. “El primer estado socialista” del mundo fue “un hijo encargado”. Tiene todas las virtudes que para el pensamiento revolucionario, conlleva semejante origen, buscado, elaborado, expresamente gestado. Para otros podría tener los vicios de toda obra programada, faltante de ese ir constituyéndose desde la necesidad de la gente y la sociedad, carente del rasgo de naturalidad con que se constituyeron tantos países antiguos y modernos.

La reflexión política que ha sabido captar los rasgos frankensteinianos del experimento soviético no ha reparado, sin embargo, en el origen, curiosamente simétrico, de los EE.UU., también como experimento, también como origen buscado, como acto de voluntad política (y religiosa) de grupos humanos que se sintieron llamados a realizar un destino exclusivo en la Tierra, un mandato divino.

“Los filántropos como William Jay, en los EE.UU. y Joseph Sturge, en Inglaterra, corroboraban la creencia muy extendida de que los ingleses y los norteamericanos tenían el deber especial de velar por el mejoramiento de los hombres.” (F. Thistlethwaite, El gran experimento, p. 106). Ese afán de “mejoramiento de los hombres” parece muy pronto circunscribirse: “[…] al fijar nuestros límites debemos tener en cuenta el porvenir inmenso y glorioso que nos impone el Destino Manifiesto de la raza anglosajona. Brindo por los EE.UU. limitando al norte por el Polo Norte, al sur por el Polo Sur, al este por el sol naciente y al oeste por el sol poniente.” (brindis de Jonh Fiske entre “notables de la Unión”, Ideas políticas americanas, Buenos Aires, Peuser, 1902, cit. p. Rafael San Martín, Biografía del Tío Sam, p. 413). Como se desprende de las citas, se restringe el mejoramiento a algunos humanos; lo que no parece restringirse es su intención apropiadora. Para completar la idea que los “buenos norteamericanos” tienen de sí, no hay como acompañarla de la idea que de ellos tienen los “latinoamericanos buenos”: “La invariable e inalterable política de mi gobierno será siempre favorable a la actitud civilizadora de los EE.UU. respecto de los países americanos, cuya libertad defienden y cuyo progreso protegen sin motivos ulteriores o egoístas. Creo que las intervenciones no constituyen un peligro para América sino una ayuda para las naciones débiles.” Así rubricaba su “límpido” pensamiento Augusto Leguía, dictador peruano de la década del ‘20 (La Nación, 9/3/1928, cit. p. G. Selser, Sandino, p. 185).

La “dictadura del proletariado” ha sido a los rusos lo que “el destino manifiesto” ha sido a los norteamericanos. La “construcción del socialismo” en la URSS tiene su correspondiente en el ilustrativo título de Lawrence Friedman sobre el origen de los EE.UU: Inventors of the Promised Land [Inventores de la Tierra Prometida].(7)

La carga ideológica en la construcción de los EE.UU. ha sido extraordinaria. Y extraordinaria y omnipresente como ha sido, todavía más extraordinario ha sido la poca relevancia que semejante configuración ideológica ha merecido. Cuando impregna tan profundamente el comportamiento individual de la población de ese país, (8) y el comportamiento público como estado (y como imperio), esta omisión parece doblemente significativa.

Allan Bloom en la Introducción de The closing of American mind nos presenta a los EE.UU. “como un experimento totalmente nuevo en política [..]”. No hay de qué extrañarse. Los peregrinos del Mayflower abandonaban la impía Inglaterra para cumplir más cabalmente con la Biblia en la Tierra. Bien es cierto que empezaron nutriéndose de los alimentos que los americanos nativos les ofrecieron, enseñándoles a los recién llegados incluso a sembrar el maíz que ellos tenían como alimento principal (contra el clisé imperialista y eurocentrado según el cual los cultivos fueron algo que los europeos otorgaron a los americanos); cierto es asimismo que muy poco después, les arrebatarían sus tierras a los indios mediante el cómodo y radical recurso de incendiar sus campos, y sus aldeas con las mujeres y los niños adentro (Noam Chomsky, Man kan inte…, p. 703). Pero eso es de escasa importancia, nos diría Tikkanen. Los ingleses trasplantados compartían con otros europeos, españoles y portugueses, la seguridad de su propia excelencia respecto de esos otros hombres de segunda que tuvieron a bien hacer desaparecer de la vista —no muy misericordiosa, parece— del Creador.

Con la conciencia limpia en su proceder de fundadores de una nación única, llevaron adelante ese experimento tan especial.

“Los EE.UU. no eran simplemente otro estado nacional sino un experimento nuevo de gobierno […] hasta cierto punto los ciudadanos norteamericanos eran ciudadanos del mundo.” (Thistlewaite, p. 90). Confirmando la especial construcción de esta utopía piadosa, el mismo autor agrega: “Los barcos […] llevaban a los EE.UU. a viajeros […que] deseaban satisfacer su curiosidad acerca del experimento norteamericano.” (A ese título Alexis de Tocqueville nos dejará su inolvidable La démocratie en Amérique.). Conocemos las consecuencias del brindis de don Fiske.

Semejanzas y diferencias: el mesianismo

John Pittman, miembro del buró político del partido comunista norteamericano tuvo alguna vez la desfachatez de iniciar su artículo “Orígenes del mesianismo norteamericano”: “El mesianismo es un rasgo tradicional de la ideología de los círculos gobernantes de EE.UU. Es la fe en la misión histórica de Norteamérica y en la absoluta legitimidad de las aspiraciones expansionistas de estos círculos.” (p. 23). La cita no tiene desperdicio y es correcta punto por punto. Lo extraordinario es que seguiría siendo igualmente correcta si sustituyéramos el nombre de “Norteamérica” por el de “Unión Soviética”. Con el condimento justo de que hasta la misma expresión “misión histórica” permanecería inalterada, acorde con el marxismo, a su pesar teleológico.

Sin embargo, justo es destacar que el carácter del mesianismo es radicalmente diverso. El mesianismo proletario, aun pasado por las horcas caudinas de “la dictadura del proletariado”, es indudablemente universalista; el mesianismo norteamericano es expresamente limitacionista, noreuropeísta y francamente racista. Y la configuración primigenia dista de ser irrelevante. Cabe recordar, siguiendo la ley de Murphy, que cuando las cosas empiezan bien, terminan mal, ni pensar cómo terminan cuando empiezan mal.

Es que la teoría a la que una práctica política se debe, opera de algún modo sobre ésta. Y la coherencia interna, o la ausencia de ella, en un mensaje ideológico tiene su peso; no se reclama con el mismo valor político contra un despojo ejercido ilegítimamente que contra un despojo que “cumple” con los preceptos teóricos de sus perpetradores. La situación es políticamente distinta, tanto para las víctimas como para los victimarios del acto.

Semejanzas y diferencias: el imperialismo

La promesa del socialismo para todo el planeta galvanizaba a los propietarios de los medios de producción, de difusión, de control ideológico occidental y, en verdad a muchos trabajadores e intelectuales que adquirían conciencia cabal de los aspectos pesadillescos de un mundo totalmente regido desde centros únicos e investidos del poder absoluto que otorgaba “el conocimiento científico de las leyes de la sociedad y el progreso”. Los cuadros políticos (y a veces militares) del campo socialista difundían a los cuatro vientos las bondades de la inminente e inevitable dictadura proletaria. No es una casualidad que semejante ansia de universalidad, semejante arrogancia y todas sus consecuencias prácticas, hayan sido tantas veces tipificada como imperialismo, aunque sus voceros la denominasen “internacionalismo proletario”. Ya hemos visto los magros resultados de esta profecía; el historiador francés François Furet, recientemente fallecido, definía al comunismo como “una catástrofe inútil” (Página 12, 15/7/97). Desde los EE.UU. también se ha procurado negar lo imperial.

No es novedoso. La Italia fascista en 1935 justificó su invasión a Etiopía sosteniendo que iba a destruir “el último bastión de la esclavitud” (Baravelli titula así su obra). Y cuando el Japón expansionista de las décadas del ‘30 y ‘40 instala su red de expoliación sobre las naciones del sudeste asiático lo hace bajo el nombre de “Esfera de Co-propiedad de la Gran Asia Oriental” (Hobsbawm, p. 48). Del mismo modo, la AID, Programa de Ayuda de EE.UU., podría llevar a creer que se trata de ayudar a los países donde actúa, cuando en realidad, se trata de un organismo de “autoayuda” norteamericano (gestiona “préstamos atados”, otorga “facilidades” para que las mercaderías norteamericanas ingresen a un mercado ajeno, etcétera). La USAID podría ser leída más literalmente, Agencia Internacional de Desarrollo de los EE.UU. (como vemos, no hace falta que se lo lea en el Pravda). El expansionismo imperial american ha inhibido en su propio discurso toda idea imperialista, e incluso durante largos períodos ha pregonado hasta una política de aislamiento.(9)

El ciudadano de los EE.UU. se siente a sí mismo como un cultor más de un excelente modo de vida. Si van a Vietnam es porque “los amigos” allí, reclaman su ayuda para “defender la libertad”. Ese es el “pensamiento espontáneo” del norteamericano promedio. El sistema de desinformación dominante no permitirá que se afecte tamaña buena conciencia. La Guerra del Golfo Pérsico la verán —la veremos gracias a la americanization— como un entretenimiento en la pantalla, y sin imágenes, valga la paradoja (la Guerra de Vietnam dejó la enseñanza de los inconvenientes de las imágenes crudas para manipular con tranquilidad el consentimiento; dándole prioridad a los intereses del poder sobre la libertad de información, la de Irak se presentó de otra manera, es decir, no se informó de la realidad de los acontecimientos).

Y los marines proseguirán sus entrenamientos con ideológicamente cuidadas canciones en que prometen a las dictaduras que pululan en la Tierra su visita justiciera (Academia de Maryland para supermanes).

Sin embargo, el discurso latente existe y no permite malos entendidos: “Poseemos cerca del 50% de la riqueza mundial pero sólo el 6,3% de su población. En esta situación, no podemos evitar ser objeto de envidias y resentimientos. Nuestra tarea principal en el próximo período consiste en diseñar un sistema de relaciones que nos permita mantener esta disposición de disparidad sin ningún detrimento positivo de nuestra seguridad nacional. Para hacer eso tenemos que prescindir de todo sentimentalismo […] no debemos engañarnos a nosotros mismos pensando que hoy en día nos podemos permitir el lujo del altruismo […] hemos de dejar de hablar de objetivos vagos e irreales para el Lejano Oriente tales como los derechos humanos, el aumento del nivel de vida y la democratización.” George Kennan, jefe de planificación del Depto. de Estado, 1948 (cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 80). Y hablando de América Latina, el mismo consejero sostiene que una de las mayores preocupaciones de la política exterior debe ser “la protección de nuestras materias primas” [¡sic!], los recursos materiales y humanos que “nos pertenecen” y remata, combatiendo ‘la peligrosa herejía’ dice Chomsky, de “la amplia aceptación de la idea [en América Latina] según la cual el gobierno tiene una responsabilidad directa en el bienestar del pueblo.” (id., p. 83). Esta preocupación, medio siglo después, el señor Kennan se la puede sacar de encima. Los gobiernos ya han abdicado totalmente de semejante locura.(10)

Lavado de cerebro, lavados de cerebros

En muchas cuestiones, a lo largo del siglo corto hemos aprendido a percibir los horrores de la configuración soviética sin advertir sus equivalentes, a veces peores, en la meca de la democracia.

La actitud básica de quien procuraba ser lúcido y no estaba enrolado, ha sido a menudo atribuir los daños del imperialismo económico a los EE.UU. y al colonialismo europeo, con razón, y atribuir los vicios ideológicos al que fuera el emergente campo socialista. La expoliación de materia prima, a las transnacionales; las privaciones y miserias del discurso único, a la URSS.

Si hablamos de lavado de cerebro, aparte del nítido ejercicio de las sectas religiosas de todo tipo, pensamos en la falta de libertades públicas, típicas del modelo soviético, con una prensa única (el estalinismo nos quería hacer creer que “la libertad de expresión” se salvaguardaba con las dimensiones de los tirajes). ¿Qué mejor ejemplo de ideología opresiva que la que remite a los psiquiátricos a los disidentes? Es la posición de Cornelius Castoriadis en Devant la guerre: el imperialismo joven y temible, la URSS; el imperialismo gastado, obsoleto, los EE.UU.

Y sin embargo, los EE.UU. ostentan sin duda, el dudoso privilegio de tener el sistema de lavado de cerebros más fuerte que se conoce. Y que se ha conocido a todo lo largo del siglo corto. Programadores de comportamiento animal y humano, moldeadores de conducta, administradores del talante, construcción de nuevas personalidades, producción de gente más vivaz o más chata, control de los pasos dados por la gente, formación de superconsumistas, superatletas o superasalariados, bebes en probeta encargados de acuerdo con “los deseos” de los progenitores, úteros alquilados, modificación de estructuras genéticas de los fetos, control de calidad de seres humanos, producción de individuos de capacidad “superior”, reajustes cronobiológicos, desarrollo de una formidable y omnipresente ingeniería humana (de la cual los trasplantes son un único capítulo, el más ventilado, tal vez por su parentesco con la sangre, que siempre es noticia), formación de humanos más vigorosos (cuando hay cada vez indicios más significativos sobre pérdida de vigor, por ejemplo espermático), moldeo ad infinitum del hombre considerado plástico, es apenas un resumen incompleto de la agenda de temas que trata Vance Packard en Los moldeadores de hombres.

Y esta reseña dista de ser antojadiza: Robert Hutchins en su fermentaria La Universidad de Utopía nos dice: “En los EE.UU. existe una tremenda presión hacia el conformismo.” Y el especialista Edward Bernays, prócer de los EE.UU. por haber ideado la disciplina de las “relaciones públicas” lo declara abiertamente: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y de las opiniones de las masas son un elemento importante en una sociedad democrática… las minorías inteligentes son las que necesitan utilizar la propaganda continua y sistemáticamente. El progreso y el desarrollo de los EE.UU. radica en la realización de un proselitismo activo en el que coinciden los intereses egoístas con los públicos.” (cit. p. Thomas McCann, An American Company, p. 45, a quien a su vez cita Chomsky en La quinta…, p. 370).

Como sostenía Alvin Achenbaum, “Hacer que la gente sienta o actúe de una manera determinada no es manipularla.” (cit. p. V. Packard, p. 125). Significativo neohabla. El sistema político imperante resulta todo menos casual, espontáneo.

En 1965 William Ebenstein, un analista norteamericano dedicado a examinar el totalitarismo en su libro homónimo nos dice: “El totalitarismo necesita una eficiente red de transporte (carreteras, líneas férreas y aviones). Aún más importante, tal vez, es que necesita comunicaciones eficaces (teléfonos, telégrafo, radio y últimamente televisión). Todo ello, junto a los más recientes métodos administrativos [la computación, entonces, comparativamente, en pañales] provee los medios para que […] un gobierno totalitario mantenga el control de las operaciones en todo nivel […]”. He suprimido ex profeso los pasajes en los cuales el autor adosaba obviamente a la URSS el cuadro descrito. A Ebenstein —un Pittman travestido— ni le pasa por las mientes que acaba de enumerar todos los elementos de que dispone el sistema de poder establecido en los EE.UU. Como en el caso anterior, no se trata de que su descripción sea falsa, sino sencillamente insensata, inconducente. Porque la cuestión aquí es preguntarse si el establecimiento de semejantes elementos no expresa o conduce a una red de control más bien totalitaria. ¿La televisión —su núcleo fundamental; un emisor único, una multitud multimillonaria de receptores—, un “adelanto técnico” desarrollado en los EE.UU., no en la URSS (como podríamos haber supuesto sobre la base de 1984), no ha sido acaso concebido dentro de un determinada estructura de poder, en donde “la necesidad de guiar a las masas” era un asunto primordial?

Cada vez que un discurso sobre la verdad se nos presenta como único, excluyente, que no da lugar a alternativas, debiera despertar nuestras más profundas sospechas. Cuando ese discurso además se constituye en el lugar común de un determinado momento histórico, su peligrosidad, su toxicidad adquiere características de metástasis.

notas:
1) Es muy ilustrativo al respecto el recorrido que el historiador Bernhard Groethuysen realiza en su análisis del ascenso burgués en los siglos XVII y XVIII, a través de los sermones que los párrocos de provincia hacían en Francia desde mediados del 1600 aproximadamente, alarmados por la presencia inesperada de un “hombre nuevo” en sus parroquias, que apostaba al trabajo como su actividad principal —no ya a la caza y a las armas como la vieja y conocida aristocracia, ni a los ruegos y a la vida ultraterrena, como los monjes y los creyentes fervientes en general—. Los párrocos advertían que se trataba de cristianos, pero tibios, que concurrían a los oficios casi por inercia o por obligación, y que centraban su vida en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres.
2) Cuando uno lee semejante monserga, no puede menos que recordar el modo en que la “verdad” soviética se constituía, y que, ya veremos, no difiere tanto de la verdad made in USA. Contaba el humor de la época que en una competencia de élite entre el mejor corredor ruso y el number one norteamericano, corrida en Moscú, el periódico Pravda, vocero del Partido Comunista de la URSS, cuyo título significa en ruso “verdad”, describía así el resultado de la competencia: “Nuestro representante ocupó un glorioso segundo puesto; el norteamericano a gatas llegó penúltimo.”
3) Excelentes en el sentido griego del término: que no necesita probar su virtud. Al estilo del filósofo finlandés Tikkanen, generalmente conocido como humorista, uno de cuyos aforismos reza: “Mi moral es tan, pero tan buena, que puedo hacer cualquier cosa sin que se dañe.”
4) La carga piadosa del modelo american siempre ha sido significativa, también off shore: la dictadura más sanguinaria de América, tomando en consideración la cantidad de muertos en relación con la población general, la de Guatemala en los recientes años ‘70 y ‘80, fue presidida por un pío miembro de una iglesia cristiana que tiene su cuartel general en los EE.UU.; asimismo, Fujimori ascendió al poder apoyándose en otra secta cristiana protestante.
5) Se habla de la “era del automóvil”, denominación precisa si las hay. El automóvil constituye una síntesis de la concepción ideológica en la cual se inscribe: un cierto protagonismo de la “gente como uno” (porque el automóvil fue pensado para minorías, para “inmensas minorías”, pero minorías al fin), una expansión de la autonomía individual —la sensación de dominio que otorga el volante—, una afirmación individualista y agresiva (reparemos que el auto ha tenido más parentesco con el tanque, acorazado, que con la bicicleta, despojada), un desprecio radical por las consecuencias ambientales devastadoras, algunas de las cuales se supieron desde muy temprano (década del ‘20), la atracción irresistible por la velocidad y, cada vez más, las consecuencias trágicas para los mismos usuarios (el automovilismo se ha constituido, en algunos países en diversos tramos etarios, en la principal causa de muerte).
6) No sólo capitales estadounidenses han ocupado muchísimos mercados cinematográficos locales luego de la destrucción de las viejas redes de distribución, desembarco que han hecho acompañando las exhibiciones con maíz acaramelado, coca-cola y sonrisas forzadas de los acomodadores, sino que es fundamental confrontar esta nueva invasión con lo que pasa dentro de EE.UU.: a los extranjeros les está vedado adquirir salas de cine. Un detalle más para desnudar el carácter político: durante 2 años desde EE.UU. se “brindò” al público ruso recién “liberado” películas gratis. Ahora el cine ruso está quebrado y las películas yanquis ya no son gratis…
7) Con ominosas referencias bíblicas.
8) Dicho esto, claro está, en general, y teniendo en cuenta que la generalidad, cuando hablamos de los habitantes de un país, rara vez excede de una minoría; cuando se alega, y con motivo, que los orientales tenemos una marcada conciencia del ridículo, no quiere decir que todos y cada uno de nosotros dependa de ese rasgo tan penoso, pero basta que, por ejemplo, un 10 o un 20 % lo tenga de modo fuerte y otro 10 o 20 % como modalidad débil, para que lo sintamos por doquier.
9) Un buen ejemplo de la falta de universalismo, de sus rasgos limitacionistas y en última instancia, del racismo del sistema político norteamericano es la política de aislamiento, vigente durante largos tramos de la primera mitad del s XX. Tan invocada como negada con la diplomacia cañonera. Para la mentalidad norteamericana dominante, esa política, sin embargo, conservó su coherencia: el aislamiento constituyó una política respecto de Europa, y de las potencias continentales con las que podía lidiar el poder norteamericano; las intervenciones a menudo violentas en que siguió incurriendo en ”el patio trasero” o en otras áreas del mundo, no violaban la política de aislamiento porque dichas intervenciones no pertenecían al orden de la política (de la “alta política”, la que se tramitaba entre caballeros) sino sencillamente al orden fáctico de las necesidades materiales (minerales, materias primas, mano de obra, etcétera).
10) “Las violaciones sistemáticas [a la libertad de información] después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron el 24 de setiembre de 1951, cuando el presidente Truman ordenó a los departamentos y agencias federales que reservasen y retuviesen las noticias, tal como ya lo venían haciendo los departamentos de Estado y de Defensa, aplicando categorías de ‘reservado’, ‘muy secreto’, ‘secreto’, ‘confidencial’ y ‘restringido’. Bajo la presión de las organizaciones periodísticas, el presidente Eisenhower eliminó la categoría ‘restringido’, lo cual no tuvo mucho efecto ni sentido pues la de ‘reservado’ absorbía casi todo.” (Curtis McDougall, p. 61) [la anglificación de la lengua castellana que apenas expresa el avasallamiento cultural y político imperial ha llevado a popularizar la insensata expresión “clasificado” ─que en castellano significa otra cosa─ para traducir “classified” en lugar de nuestro “reservado”].

Referencias:
· Afanasiev, V., Fundamentos de filosofía, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s/f.
· Arendt, Hannah, Los orígenes del totalitarismo 3.Totalitarismo, Madrid, Alianza, 1982
· Baravelli, G. C., Le dernier rempart de l’esclavage, Roma, Società Editrice di “Novissima”, 1935.
· Bloom, Allan, The closing of American mind, s/d, 1987.
· Castoriadis, Cornelius, Devant la guerre, París, Fayard, 1981.
· Ciliga, Anton, El país del miedo y la gran mentira, s/d, 1934.
· Crisorio, Beatriz Carolina, “El problema de las nacionalidades en la ex-URSS”, Ciclos, n° 10, Buenos Aires, 1996.
· Chomsky, Noam, La quinta libertad, Barcelona, Crítica, 1988.
· Man kan inte mörda historien, Gotemburgo, Epsilon, 1995. [Hay traducción al castellano del libro de la cita, bajo los títulos Año 501: la conquista continúa. y El miedo a la democracia
· Edward Herman, The Political Economy of Human Rights, Boston, South End Press, 1979.
· Ebenstein, William, El totalitarismo, Buenos Aires, Paidós, 1965.
· Groethuysen, Bernhard, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, 1927.
· Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1996.
· Iudin, P. F. y M. M. Rosenthal, Diccionario Filosófico, Montevideo, E.P.U., 1965
· MacDougall, Curtis, Reportaje interpretativo, México, Diana, 1983.
· Majaiski, Jan Wacklav, Le socialisme des intellectuels, París, Éditions du Seuil, 1979.
· Nef, John, EE.UU. y la civilización, Buenos Aires, Paidós, 1971.
· Packard, Vance, Los moldeadores de hombres, Buenos Aires, Crea/Huemul, 1980.
· Pittman, John, “Orígenes del mesianismo norteamericano”, Revista Internacional, Moscú, 1986 n° 3.
· Rizzi, Bruno, Da ‘il collettivismo burocratico’, 1939.
· Roll, Eric, Historia de las doctrinas económicas, México, FCE, 1955.
· Sabine, George, Historia de la teoría política, Madrid, FCE, 1994.
· San Martín, Rafael, Biografía del Tío Sam, Buenos Aires, Argonauta, 1988.
· Selser, Gregorio, Sandino, general de hombres libres, Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
· Skinner, Burrhus F., Bortom frihet och värdighet, Estocolmo, Norstedts, 1971 (hay edición en castellano, Más allá de la libertad y la dignidad, Barcelona, Salvat, 1987, de donde provienen los números de página citados).
· Thistlethwaite, Frank, El gran experimento, México, Editorial Letras, 1959.
· Tikkanen, Dagens Nyheter, Estocolmo, 1983
· Vaz Ferreira, Carlos, Lógica viva, Montevideo, 1910.

Editado por primera vez, Cuadernos de Marcha, nº 130, Montevideo, agosto 1997.

fuente: https:revistafuturos.noblogs.org

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Una maldecidísima trinidad: Assange, Sala, palestinos

por Luis E. Sabini Fernández

¿Qué tienen en común un periodista de investigación australiano, una coya jujeña activista polìtica del norte argentino y un pueblo tan limitado, recortado, acribillado su territorio de check-points como el palestino?

En que están despojados  de todo derecho, de todo lo que el ordenamiento jurídico suele calificar como “derechos humanos”.

La lista, el terceto, es arbitrario. Son muchísimos más los humanos expuestos a una excepcionalidad rampante; mi ignorancia me permite apenas mencionar a los yemenitas, a los saharauis, a los rohingya, a los mayas en Guatemala… tantos desamparados en el planeta.

El despojo que mencionamos golpea sobre situaciones bien distintas. En el caso de Julian Assange, vemos la impotencia de un refugio que las autoridades “occidentales y democráticas” se empeñan en recortar hasta la extenuación (un ejemplo prístino de “el gato que estrangula sin hacer sangre”); en el de Milagro Sala vemos un poder local de viejo cuño, patriarcal y despreciativo, que ha decidido castigar a Sala por su desenfado para actuar como si no hubiera por encima suyo “autoridades naturales” que es como se ven a sí mismos los que decidieron escarmentarla, no ya solo privándola de todo derecho sino destruyendo las obras y construcciones que en Jujuy sonaron a blasfemia; viviendas que merezcan el nombre de tal, una pileta para pobres (en una zona subtropical donde “los ricos” tienen pileta), locales y comedores escolares pero laicos e incluso algo peor, con fuerte presencia “originaria”; en el caso de los palestinos, luego de todos los triunfos políticos, diplomáticos, militares, que el asistidísimo Estado de Israel ha cosechado de parte de la comunidad judía mundial que se ha identificado con el fruto del sionismo, de la culposa Europa occidental y en particular del eje anglonorteamericano, en bienes materiales, en financiaciones ilimitadas y préstamos a fondo perdido, en provisión de recursos para bombas atómicas y energía nuclear en general, y en respaldo diplomático, que le ha permitido apropiarse del 78% de la Palestina histórica y de facto del restante 22%, no ha logrado sin embargo hacer d e s a p a r e c e r  a los palestinos, que se aferran con uñas y dientes a su tierra.

Invasiones, guerras han logrado expulsar mediante terror y asesinatos una cierta cantidad de palestinos. Pero el rendimiento de semejante política ha conocido la ley de rendimientos decrecientes. Y un cierto costo político, tal vez al revés, creciente…

Como los dirigentes que hoy en día son casi exclusivamente fascistas, no pueden tolerar tamaña resistencia; periódicamente personajes como Avigdor Lieberman, un continuador de los Sharon y Kahane, ha prometido una expulsión generalizada, una suerte de “tirar todos los palestinos al mar”.

Curioso momento el de nuestra cultura contemporánea. Porque estas situaciones de excepcionalidad jurídica que vemos desplegarse cada vez con mayor fuerza en nuestro presente, coexiste con una pléyade de redes, instituciones y asociaciones jurídicas dedicadas a a atender precisamente estos mismos problemas que venimos describiendo: el Tribunal Superior de La Haya, la Comisión Internacional de DD.HH., el Consejo de Administración Fiduciaria, la Asociación Internacional de Juristas, SIJ, CIADI, CIJ, etcétera, las que nos impulsarían a creer que gozamos de una alta juridicidad democrática.

Si preocupa e indigna el reinado de excepcionalidad descrito, lo que agrava la situación es la impunidad con que tales restricciones a los derechos básicos humanos se despliega en el mundo actual. Presentamos tres penosos ejemplos, dos individuales y uno que abarca a millones de seres humanos, virtualmente secuestrados, constreñidos a un régimen de vida de humillación permanente, de abuso sistemático. Solo la enorme entereza, la dignidad de un pueblo que se sabe dueño de un destino les permite vivir, no solo sobrevivir. Lo mismo podemos decir de Milagro Sala que se ha enfrentado a sus jueces y acusadores con altivez, algo imperdonable para sus cancerberos, y de Julian Assange que soporta estoicamente la reducción de espacio, la negativa a atención médica personalizada y el asedio continuo sin ceder en sus actos de denuncia contra abusos del poder mundializado.

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