Roger Waters en Uruguay: ¡Bienvenido!

por Luis E. Sabini Fern{andez

Roger Waters en Uruguay movió el avispero.

Desde su llegada, el viernes 2 de noviembre, en un  vuelo privado suyo, con su equipo y custodia, Waters ha dejado, voluntaria o involuntariamente, su huella.

Tanto con su ”conversatorio” centrado en la cuestión palestina como en su concierto trayendo al presente al inolvidable Pink Floyd, en la música y en algo más.

Justamente la labor de Waters, aun siendo básicamente un músico, ha logrado trascender y problematizar mucho más que la música; en este mismo momento en algunos países europeos se han disparado juicios contra Waters mediante la carambola de considerar que su defensa de los palestinos y la consiguiente, inevitable crítica al Estado de Israel, es antisemita y como en países como Francia, Alemania y varios otros europeos el antisemitismo es delito (ya no es sólo una cuestión de opinión), enjuiciarlo por ello. Todavía no sabemos si llegarán a las multas o a los pedidos de prisión, pero ese vendaval revela la sensatez de Waters de tratar de cuidarse él mismo.

Pensemos cómo gasta Occidente sus medidas contra quienes han hecho mella en la red de poder vigente; Edward Snowden, que debió buscar refugio en Rusia, Julian Assange que debió refugiarse en la embajada londinense de Ecuador y sigue allí sitiado desde hace 7 años.

Y Waters, cuyo comportamiento lo ha llevado a enfrentar a uno de los poderes planetarios más significativo y extendido; el de Israel, tiene toda la sensatez de cuidarse.

El minué jugado aquí, en Montevideo, ha tenido sus aristas. Alguien, seguramente muy poco avisado de quiénes favorecen a Israel (diciéndolo o no) propuso El Galpón como sede del encuentro.

Funcionó el control ideológico y El G adujo que no estimula “enfrentamientos, sin importar contra quién.” No sabíamos que el marxismoleninismo había sido sustituido o superado por el nirvana con un largo ooooom. Habría que advertirles a los galponeros que el chovinismo, el racismo, el supremacismo, la explotación, el saqueo, como en su momento la industria concentracionaria, siguen existiendo y que casualmente son encarnados por quienes… lo encarnan.

Una maravilla casi acrobática es haber podido registrar que PIT-CNT, que el año pasado envió una delegación de visita fraternal, camaraderil, a la central sindical israelí, sionista, obrero-patronal (modelo fascista), pasado apenas unos meses pudo decidir albergar en su seno a un irreductible crítico del racismo israelí, un refractario total a la política tentacular del sionismo dedicado a captar apoyos por doquier, y obteniéndolos de personajes como A. Behring Breivik, el noruego que hizo un frío y preciso plan con el que terminó matando a varias decenas de seres humanos, noruegos en la ciudad y una abrumadora cantidad de jóvenes socialdemócratas provenientes de países árabes (asesinó a unos 70) en una isla, o Jair Bolsonaro, últimamente.

RW movió incluso el avispero “interior”, y no hay sino que agradecerle: tuvo la limpidez, la lucidez y la osadía de repudiar la primera pregunta de un panel hiperintelectualizado, sentir que le exigían como académico cuando él aclaró que es músico, y finalmente rompió con el burocratizado protocolo y pidió preguntas del público. Fueron pocas, exiguas, porque el tiempo, la escasez de tiempo, malogró ese momento, pero igualmente nos mostró la frescura intelectual  de este “joven” de 75 años.

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ONU, UNSCOP, padres putativos de Israel – I

por Luis E. Sabini Fernández – 

GUATEMALA, EL PRIMER ESTADO MUNDIAL QUE SIGUE LA “PROPUESTA” DE EE.UU. DE INSTALAR SU EMBAJADA EN JERUSALÉN

El presidente Donald Trump ha procurado un jaque demoledor a la resistencia palestina trasladando la capital sionista a Jerusalén, la ciudad “de las tres religiones monoteístas” que ONU procurara en su momento internacionalizar y preservar de la avidez territorial judía.

Las declaraciones y los pasos dados por la dirigencia guatemalteca, con oídos tan receptivos a la mudanza estadounidense fueron llamativos. Con orgullo se proclamaron los primeros en seguir a EE.UU., es decir, los segundos.

Guatemala (así como Uruguay) tuvo un sitial peculiar en la comisión de la ONU diseñada para atender el diferendo judeo-palestino; UNSCOP (por su sigla en inglés), Comisión Especial de las Naciones Unidas para Palestina, y en el surgimiento del Estado de Israel.

Antes de entrar al caso particular, una ojeada histórica al surgimiento de la UNSCOP, 1947.  Y antes, todavía, al surgimiento de la ONU, 1945. Como se ve,  “nacen” casi simultáneamente, aunque una sea “hija” de la otra. Esto quiere decir que surgieron en la misma coyuntura histórica.

El fin de la 2GM dejó un único vencedor neto: EE.UU. Esto cambiaría notoriamente a principios de la década de los ’50, cuando la URSS detona su primera bomba de hidrógeno (una especie de atómica, recargada). Allí queda establecido lo que se ve como “las dos superpotencias”; EE.UU. (1945) y URSS (1952). Poco antes, ya se había acabado el idilio de posguerra (entre los 4 Grandes; EE.UU., URSS, Reino Unido y Francia), con el comienzo de la Guerra Frìa, alrededor de 1949.

Hay un período entonces, de incontrastable poder único mundial, estadounidense, aproximadamente del 45 al 50.[1]

De la Sociedad de las Naciones a la Organización de las Naciones Unidas

La disolución de la malograda Sociedad de las Naciones, creada sobre la base del oprobioso Tratado de Versalles (cuna del nazismo) en 1919 fue cumplimentada en 1946, pero ya se había agotado con la misma guerra. Tanto es así que a fines de 1945 se crea la ONU que hasta en el sitio de la sede −Nueva York− reconoce al nuevo amo. Y como resultado de la guerra, se crea el Consejo de Seguridad con cinco miembros permanentes, los Big Five: EE.UU., URSS, Reino Unido, China, Francia.

Estamos acostumbrados a asociar a la ONU con los cinco continentes, con conferencias afroasiáticas, a ver secretarios de la ONU de origen asiático o africano. La ONU de nuestro tiempo dista mucho de la inicial. Aquel Consejo de Seguridad tenía otra China en su Consejo Permanente de Seguridad; polo opuesto a la que hoy ocupa ese sitio. El redactor del Preámbulo de aquella ONU fue Jan Smuts, el dirigente máximo de la Unión Sudafricana, supremacista blanco y partidario del apartheid. Que contaba con toda la confianza de la dirigencia política estadounidense.

Smuts tenía una estrecha relación con Chaim Weizman, el primer presidente del Estado de Israel y que antes había sido su diplomático más encumbrado.

Ambos compartían una ideología racista y se sentían compenetrados con la labor colonialista de asentamiento [settlercolonialism]. En ambos casos, sin considerar en absoluto los derechos de las poblaciones desplazadas. Para ambos contaban los derechos de los blancos, únicamente. La relación Sudáfrica-Israel será privilegiada durante prácticamente toda la segunda mitad del s XX hasta que, ante el quiebre político del apartheid sudafricano, su inviabilidad, Israel le retirará prestamente su apoyo.

Smuts y Weizman se conocieron en 1917 en Londres, ‘la capital del mundo’, adonde Smuts concurrió como delegado sudafricano en el asunto de la guerra y Weizman, químico, habiendo logrado fabricar acetona sintética en cantidades industriales, material escaso para la fabricación de explosivos –tan necesaria para la expansión colonial−, ya era el presidente de una red sionista inglesa también muy comprometida con la victoria militar británica. Smuts y Weizman consolidaron una relación de gran camaradería que durará 30 años (hasta la muerte de Smuts, en 1950).[2] Weizman consideraba al sionismo como avanzada civilizatoria, como ya lo afirmara Theodor Herzl en su libro clave, El estado judío (1896), estrategia que compartía Arthur James Balfour, el supremacista blanco a cargo de la cancillería británica y autor de la Declaración de  noviembre de 1917 conocida por su nombre.

Para  calibrar el espíritu de época y confrontarlo con las ideas hoy en día de recibo, una cita apenas de Smuts, que expresaba su estrategia:

Si se concediera igualdad de sufragio a todos los humanos, los blancos quedarían anegados en toda Sudáfrica por los negros y habría que renunciar a toda posición  por la cual los blancos han bregado durante doscientos años o más.” (de la Conferencia Imperial, Londres, agosto 1921)

Comparemos la idea de este forjador ideológico de la ONU con la de Nelson Mandela, otro sudafricano, contemporáneo de Smuts, que a la vez se nos hizo contemporáneo nuestro: “Detesto el racismo, porque lo veo como algo barbárico, venga de un hombre negro o un hombre blanco”.

El contraste entre aquella ONU de los ’40 y nuestro presente se agiganta si lo referimos a la cuestión palestino-israelí.

Ya vimos a Smuts preocupado por “la marea negra” en África y en su hermandad con Weizman, a su vez otro confeso racista; aquí una cita de Mandela: “Sabemos muy bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad del pueblo palestino” (en alocución, noviembre 1997).

El unicato de EE.UU., 1945-1950

En resumen, la ONU en esos primerísimos años estaba impregnada de un triunfalismo eurocéntrico muy alejado del espíritu “democrático” que al menos se predica hoy en las labores de la ONU.

El historiador británico Mark Mazower, por ejemplo, rememora que cuando la Conferencia de San Francisco [preparatoria de la ONU], 1945, muchos de los presentes advirtieron “que la nueva institución estaba marcada por la hipocresía. Para ellos, detrás de la retórica internacionalista de libertad y de derechos se escondía una alianza de los grandes poderes inserta en una organización universal.” Incluso, en palabras del historiador británico, este discurso enmascaraba “la consolidación de un directorio de grandes potencias que no era tan diferente del poder del Eje”, sobre todo en aspectos como “su imperiosa actitud de determinar cómo los débiles y los pobres del mundo debían ser gobernados.” [3]

Luego de la orgía de racismo explícito del nazismo, aunque los mismos ideólogos nazis se habían reconocido discípulos de los teóricos racistas anglosajones (y franceses), los racistas dominantes en las direcciones políticas victoriosas aprendieron  un nuevo estilo; no predicar lo que se ejerciera, cuando se tocaban zonas sensibles de los imaginarios colectivos. El apartheid, por ejemplo, era profundamente racista, pero hasta su designación señalaba una idea de separación, no de segregación, encarnada en aquella consigna, falsa, de “iguales pero separados”.

Jorge Ramos Tolosa[4] lo resume, citando al ya mencionado Mazower: “Todo encajaba: los colonos blancos requerían la protección del imperio, mientras que los sujetos colonizados se beneficiaban de su ‘tarea civilizadora’. Mazower relaciona este factor con el hecho de que la Carta de las Naciones Unidas omitió cualquier mención a los derechos de los pueblos colonizados, algo que escandalizó en San Francisco al intelectual estadounidense William Edward Burghardt Du Bois: “Hemos conquistado Alemania […] pero no sus ideas. Todavía creemos en la supremacía blanca, manteniendo a los negros ‘donde deben estar’ y mintiendo sobre la democracia cuando nos referimos al control imperial de setecientos cincuenta millones de personas en las colonias”. (ibíd.)

Vemos que la ONU no es lo que aparenta ni expresa; las relaciones de poder subsisten por debajo de lo expresado. Por ejemplo, ¿cuál fue el norte de la actividad política de Smuts para Mazower? […] “recurría a una retórica ‘humanista’ y ‘democrática’ al mismo tiempo que pensaba que la institución internacional podía ser el mecanismo perfecto para adaptar el dominio mundial blanco. El medio pasaba por reforzar la alianza entre las potencias euroamericanas e intentar prolongar la vida del imperio a través de la ‘cooperación internacional’. Según el autor británico, el pensamiento de Smuts representaba una metáfora de la Organización de las Naciones Unidas.” (ibíd.)

Otro dato clave para entender el interés de EE.UU. en la cuestión palestina surge del cónclave sionista mundial de 1942, en Nueva York, en el Hotel Biltmore,[5] donde expresamente la dirección sionista decide abandonar la protección de que gozaba hasta entonces de Inglaterra, ahora exhausta por la guerra, y adoptar por decisión propia el padrinazgo de EE.UU. Tamaña capacidad de maniobra se explica porque la minoría judía radicada en EE.UU. era significativa, numéricamente, pero sobre todo económicamente.[6]

El papel protagónico de EE.UU. en la ONU será asordinado por la composición que ya vimos del equipo permanente del Consejo de Seguridad.

Cuando se aborda la cuestión palestino-israelí, EE.UU. aludiendo neutralidad, logrará una serie significativa de avances. Así describe el ya citado historiador valenciano Ramos Tolosa [7]  el proceso de nombramientos de UNSCOP:[8]

Ninguno de ellos era miembro del Consejo de Seguridad. La Administración Truman […] insistió en que el UNSCOP debía estar formado por representantes de países ‘neutrales’ que no tuvieran ‘intereses vitales’ en Oriente próximo […]. El deseo estadounidense de neutralidad en el UNSCOP debe entenderse en dos claves.”

Por un lado, EE.UU. quería evitar el peso ruso-soviético contactando directamente con representaciones latinoamericanas que EE.UU. tenía “en gatera”. La URSS presentaba un problema porque El Vaticano rechazaba con vehemencia toda presencia ‘comunista en Tierra Santa’. Pero Ramos Tolosa nos habla de dos razones y la segunda se refiere a nosotros, sudacas: proteger “la propia capacidad de influencia de Washington […] las dinámicas internas de la ONU favorables a EE.UU, puesto que su delegación había conseguido que la mayor parte de los países elegidos para tener representantes en la UNSCOP perteneciera al ámbito occidental o tuviera más vínculos con el país norteamericano que con los estados de influencia soviética. […] Veinte de los cincuenta miembros fundadores de la ONU en 1945 eran latinoamericanos. En UNSCOP, tres delegados pertenecían a ese ámbito, pero si se suman los representantes americanos a los de Europa Occidental y a los del Commonwealth, su número ascendía a 8 de los 11 totales.” [9]

Ya vamos viendo los quilates, ausentes, de UNSCOP: la tarea para la que fue designado; no para atender “objetivamente” la cuestión, sino para aplicar una política.       

EL  INFORME DE MAYORÍA DE UNSCOP, SETIEMBRE 1947

Los representantes nacionales de Canadá, Checoeslovaquia, Suecia, Holanda, Perú, Uruguay y Guatemala plantearán una partición del territorio palestino. proponiendo adjudicarle a la minoría judeosionista el 55% del territorio y a la mayoría árabe-palestina el 43% (leyó bien: a la minoría una porción mayor de “la torta” y a la mayoría, oriunda, la porción más chica (un 2% en el área jerosolimitana quedaría internacionalizado y bajo control de la ONU).

La sola presentación de estos porcentajes revela el sesgo que estos comisionados tenían. Como señala Ramos Tolosa los miembros del Commonwealth británico más los países europeos occidentales más los mal llamados latinoamericanos (continente indoafrolatino) eran mayoría absoluta en UNSCOP. Reforzada por el voto del único representante comunista soviético; Australia termina absteniéndose.

Es interesante de dónde, de qué situación, proviene el voto de los otros tres miembros de UNSCOP; India, Yugoeslavia e Irán, que no aceptaron el informe de mayoría, que hicieron uno de minoría  (que fue rápidamente soslayado).

La India era un país, casi un continente, que había conseguido la independencia el año anterior, tras la brega y el asesinato de Mahatma Gandhi quien se había opuesto tenazmente a la colonización europea de Palestina;[10] Yugoeslavia era el único país socialista que NO se alineó con la política de EE.UU. ni con los estados comunistas;  era el único país socialista fuera de la férula estaliniana; Irán también había conseguido cierta independencia –también en su caso, recientemente al igual que la India, como expresión de la descomposición aunque no absoluta del British Empire−. Desde mucho tiempo atrás había estado sometido a presiones de Inglaterra y Rusia. Esa reciente independencia le permitió decidir no renovar las concesiones petrolíferas a la Anglo-Iranian Co., en un proceso de nacionalización llevado adelante por el ministro del Sha, Mohammad Mossadegh. El Sha, entonces, 1949, decidió darlo de baja pero la reacción popular fue tan mayúscula que el Sha terminó abandonando el país y refugiándose… en EE.UU. Fue durante la corta primavera nacionalista que el representante iraní optó  en UNSCOP por defender la sociedad palestina establecida y rechazar el proyecto colonial, antes británico, ahora sionista. [11]

Son tres estados fuera de la influencia norteamericana los que procuraron preservar la sociedad palestina.

LA RESOLUCIÓN no 181 DE LA ONU, NOVIEMBRE 1947

Sobre el futuro gobierno de Palestina.

No faltarán las palabras, tan ajenas a la realidad, como nos recuerda Mazower.

De ese modo podemos leer una serie de buenos propósitos: ‘No serán denegados ni vulnerados los derechos existentes respecto a los lugares sagrados y a los santuarios o edificios religiosos… en lo que respeta a los lugares sagrados, se garantizarán las libertades de acceso, visita y tránsito, de conformidad con los derechos existentes, a todos los residentes o ciudadanos del otro Estado y de la Ciudad de Jerusalén, como también [a] los extranjeros, sin distinción de nacionalidad, sin perjuicio de las exigencias de la seguridad nacional, del orden público y del decoro.’

Otras disposiciones: ‘se garantizará a todos la libertad de conciencia y el libre ejercicio de todas las formas de culto, compatibles con el mantenimiento del orden público y de la moral.’

No se hará discriminación de ninguna clase entre los habitantes por motivos de raza, religión, idioma o sexo’…

Hay una de estas disposiciones que contrastará con lo que deparó el futuro inmediato: ‘no se permitirá ninguna expropiación de tierras poseídas por un árabe en el Estado judío (o por un judío en el Estado árabe), excepto para fines de utilidad pública. En todos los casos de expropiación, se pagará totalmente la indemnización que haya fijado la Corte Suprema con anterioridad al desposeimiento.’  (la Corte Suprema no sabemos si Internacional, palestina, israelí, británica o qué, brillará por su ausencia). Porque muy pocos meses después, las fuerzas militares sionistas desencadenarán una campaña de terror, con propaganda, violaciones y asesinatos incluso colectivos, que les permitirá apropiarse de buena parte de las tierras palestinas, quebrando además el tejido social palestino. Mayo 1948.

La resolución no 181  fue aprobada en la Asamblea General de la ONU por 33 estados y votada en contra por 13.

Los 33 países (58% de la composición de entonces) que votaron a favor de la resolución 181 fueron: Australia, Bélgica, Bielorrusia, Bolivia, Brasil, Canadá, Checoslovaquia, Costa Rica, Dinamarca, República Dominicana, Ecuador, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guatemala, Haití, Holanda, Islandia, Liberia, Luxemburgo, Nueva Zelanda, Nicaragua, Noruega, Panamá, Paraguay, Perú, Polonia, Suecia, Sudáfrica, URSS, Ucrania, Uruguay y Venezuela.

En resumen: todos los países de impronta eurocentrada (europeos, EE.UU., Canadá, Australia, N. Zelandia), 12; más dos tercios de los países centro- y sudamericanos, 13; más el bloque soviético, 5. Completaron los votos afirmativos Filipinas, Sudáfrica y un estado que está en la órbita de EE.UU, aunque no sea eurocentrado; su vástago racial, Liberia.

Los 13 países (23%) que votaron contra la Resolución 181 fueron: Afganistán, Arabia Saudí, Cuba, Egipto, Grecia, India, Irán, Irak, Líbano, Pakistán, Siria, Turquía y Yemen. Solo un estado iberoamericano, Cuba, más los 10 países islámicos que por entonces integraban la ONU y Grecia e India.

Los países que se abstuvieron fueron 10 (el 18%): Argentina, Colombia, Chile, China, El Salvador, Etiopía, Honduras, México, Reino Unido y Yugoslavia.

Tailandia estuvo ausente en la sesión plenaria.

Los estados geográficamente cercanos votaron TODOS en contra, lo que auguraba conflicto; los conflictos que efectivamente se desencadenaron.

Por entonces, apenas había comenzado el fin de la colonización formal de África (la real parece mucho más dura de erradicar), y apenas 57 estados eran miembros de las Naciones Unidas (actualmente son 193). El mayor bloque lo constituían los veinte estados iberoamericanos, seguido de los países árabes e islámicos (diez), los de Europa Occidental (ocho) y los comunistas (seis).

Fue, en resumen, un enfrentamiento entre el bloque eurocéntrico y el comunista por un lado, y por el otro, el islámico (árabe o no). Anticipo impensable de lo que iba a sobrevenir luego del colapso soviético, desde los ’90.

Las disposiciones de la resolución son muy extensas y detalladas. Se ve allí un diseño de dos estados paralelos con una cierta cantidad de áreas y tareas de coordinación. Buena parte de las disposiciones son transitorias como para que el Mandato [británico] sobre Palestina terminara lo antes posible, “en ningún caso después del 1º de agosto de 1948”. Eso incluía el retiro de tropas con la misma fecha.

El presunto estado independiente palestino y el Régimen Internacional especial para la Ciudad de Jerusalén, establecido en la Parte III de este Plan, se proyecta que empezarán a existir en Palestina, dos meses después de concluida la retirada de las fuerzas armadas de la Potencia Mandataria, en ningún caso después del 1º de octubre de 1948. Los límites del estado árabe-palestino, del estado judío y de la Ciudad de Jerusalén son los señalados en las Partes II y III de la resolución.

Observemos que durante un largo medio año, ni los palestinos ni el régimen administrativo internacional para Jerusalén serán establecidos, pero ahora sabemos que el Estado de Israel resultará proclamado bastante antes; el 14 de mayo de 1948. Desde esa fecha no queda ni policía ni militares británicos, ni ciertamente autoridad alguna de la ONU, pero sí habrá en Palestina, policía y ejército israelí. Con todas las tensiones ya sufridas, los rechazos, huelgas, represiones sangrientas (como la de 1936-1939 con diez mil palestinos matados), la ONU deja al zorro a cuidar a las gallinas…

Ni el presunto estado palestino ni la jurisdicción internacional jerosolimitana tendrán concreción.

Papel tutorial de EE.UU. en la Europa de posguerra y en los países “latinoamericanos”

Guatemala

Para Julio Castro, maestro e historiador, asesinado por la dictadura militar uruguaya (1973-1984), Jorge Ubico fue el dictador prototípico, el peor, si así puede medirse, que tuvo América  al sur del río Bravo durante todo el siglo XX.

Modernizó el país con obras de infraestructura y terror político y policial (aunque con fuerte apoyo social, bueno es tenerlo en cuenta, dándole al país su materialidad vigente: Palacio Nacional (del ejecutivo), el Legislativo, el de la Policía Nacional, todos palacios, como se ve. Entregó el país a la United Fruit, construía carreteras con “vagos”, es decir con cualquiera, y aplicó “ley de fugas” a disidentes…

En 1944, Ubico debe renunciar; como si sectores ahora significativos no aguantaran más tanta tiranía. Ante movilizaciones, otra presidencia fuerte pasa a ser ejercida por otro general, Federico Ponce Valdez. Fugazmente. Entre los apoyos militares que respaldan a este último, figura un capitán, Jacobo Arbenz.

Con la movilidad política no cuaja el estilo ni la continuidad del nuevo general-presidente y una movilización civil, unida a militares decepcionados del “nuevo curso” (que era tan idéntico al anterior de Ubico), entraron en desobediencia directa contra el gobierno. Algunos destacamentos o regimientos guatemaltecos todavía bajo las órdenes oficiales de Ponce, se “dieron vuelta” y el 20 de noviembre de 1944, sectores universitarios  y de las capas adineradas desconocen los mandos militares. Entre los que cuestionan al nuevo general está el ya mencionado  Arbenz, inicialmente de la constelación golpista. En noviembre de 1944 se vota y sale elegido Juan J. Arévalo.

Así como Ubico fue el hombre de los EE.UU. de Teddy Roosevelt, su garrote y su empresa United Fruit, Juan J. Arévalo fue el hombre de Franklin D. Roosevelt y su política de buena vecindad. Apostó a la educación y a una autonomía ante los tonos más cerriles del EE.UU.; trató de que la United Fruit no se llevara el 100% de las ganancias sino que dejara un porcentaje para el país del que se llevaban tanta riqueza. Era una demanda hasta amistosa con el Gran Hermano (aunque quebrándole la costumbre de “llevarse “todo”).

Observe el paciente lector que en “la aldea” centroamericana se produce una suavización del saqueo y el verticalismo tradicional así como en “el mundo” el fin de la 2GM produjo una dulcificación de los modos de dominación.  Nadie sería tan pueril para decir que se habían abolido, pero sí que habían cambiado las modalidades del dominio.

Así, Guatemala siguió ligada al Gran Hermano, en tanto que los sectores locales más recalcitrantes tildaban al país de comunista. El período “nacionalista”, basado en la política  “de buena vecindad”, con Arévalo, Arbenz, resultó demasiado para la política de coloniaje y saqueo directo de EE.UU. y en 1954 termina, con el desembarco de Castillo Armas, que con pocos cientos de mercenarios derriban y clausuran el paréntesis “democrático”.

Observemos que es en ese corto período, 1944-1954, que se crea UNSCOP, 1947.

Durante lo que llamamos  “paréntesis”, el país siguió siendo eurocéntrico,  aunque adueñado del “espíritu de época” dejó de negar toda importancia a lo indígena (Guatemala es, junto con Bolivia, los dos estados americanos que cuentan con mayoría absoluta indígena en el siglo XX).

Por su contextura sociopolítica, Guatemala era un candidato “excelente” para encarar el diferendo judeo-palestino. Es sugerido en la ONU y se designa representante a una de sus figuras mayores, Jorge García Granados (con genealogía presidencial) que no conoce un átimo de la cuestión judeo-palestina, como él mismo reconoce.[12]

Un claro exponente de la dependencia de Guatemala respecto del líder planetario en los ‘40 es la mismísima edición del libro recién mencionado, muy famoso en su momento, que Jorge García Granados redactó con motivo de su participación en UNSCOP. No hemos podido saber si su autor lo escribió directamente en inglés, pero su primera edición de cualquier modo fue hecha en EE.UU. y en inglés. A cargo de la casa editora Knopf, en Nueva York en 1948, bajo el título The Birth of Israel. Al año siguiente se edita en castellano, en Buenos Aires, a través de un ignoto sello, Ediciones Oriente, que aparece gestionado por una firma gerencial estadounidense. Se trata de una traducción directa del original inglés antes señalado. No deja de ser peculiar el trámite: indudablemente la edición y la geopolítica estadounidense tenían prioridad sobre otras pertenencias.

En su libro, JGG comenta el sinsentido que a alguien se le pueda ocurrir consultar a los aborígenes, a los indígenas, a los que mantienen un asentamiento inmemorial en una tierra, para definir a quién le corresponde… dicha tierra:

“[…] los árabes sostenían que Palestina fue cedida a la parte interesada: la población del país para ellos.[13] Pero el artículo 1 del Tratado de Lausana establecía la renuncia de los turcos a todos sus derechos. No existe ninguna referencia que sugiera la cesión en favor de los habitantes, ni en parte alguna se establece que ellos son la parte interesada; ni se especifica tampoco quién es la parte interesada.[…] en los principios generales del derecho internacional nos hallamos con que sólo los estados soberanos pueden ser sujetos en el derecho internacional [sic]. Los individuos y los pueblos que no gozan del estatuto legal de gobierno soberano sólo pueden ser objetos del derecho internacional.” [14]

Con verba jurídica impecable, ni Stalin, ni Churchill, ni Hitler podrían haberlo dicho mejor.

Los Arévalo, los Arbenz, los García Giménez podían discutir el saqueo de los empresarios (y los ejércitos yanquis) sobre las tierras centroamericanas, pero de ninguna manera plantearse de quiénes eran las tierras usurpadas por las empresas norteamerica-nas. “Ellos”, los titulares de la patria guatemalteca, se bastaban a sí mismos para decidir.

Y si así pensaban en América Central, en ese país con mayoría maya políticamente ignorada, ¿por qué iban a pensar de otro modo cuando son convocados al caso palestino-israelí? Al contrario, son convocados porque pensaban y actuaban como pensaban y actuaban, como piensan y actúan.

Guatemala hoy

Israel ha sabido retribuir aquellos favores. Cuando la represión arreció a principios de la década de los ’80 en América Central y países como Guatemala, Honduras, El Salvador tenían dictaduras directamente asesinas sustentadas en “asesoramiento” estadounidense, esa agresión, tan violatoria de los derechos humanos, fue encontrando resistencia dentro de EE.UU. cuyo gobierno finalmente tuvo que abandonar su “protección y asesoramiento” a esas dictaduras, delegando en regímenes de su confianza esa tarea. Fue la Argentina de los desaparecedores (dictadura Galtieri) y el colonialista Estado de Israel quienes tomaron la posta.[15] Hay así una liga ideológica entre Israel y Guatemala.

Y llegamos al día de hoy. Nos cuenta Jimmy [sic] Morales, el evangélico presidente actual de Guatemala, con motivo de la instalación de la embajada guatemalteca en Jerusalén, que han dado “un paso hacia el amor, la prosperidad, la paz”… Lo de prosperidad tiene un retintín menos espiritual que los otros anuncios. De cualquier modo, el remate de sus “buenos deseos” nos da una orientación precisa: “[…] y puedo afirmar que traerá un legado de enormes beneficios para nosotros”. No especifica el monto del legado, pero bien podríamos decir en este caso, sin temor a equivocarnos, en lugar del tradicional “Cherchez la femme”, un “Cherchez l’argent.” 

Un catedrático israelí, comentando esto de las instalaciones diplomáticas en Jerusalén, en particular la de Guatemala, que no se trata solamente de la tan invocada amistad guatemalteco-israelí sino de “su gran dependencia de EE. UU.”  Se agradece la franqueza, aunque era ya totalmente innecesaria.

notas:

[1]  Así lo resume James Burnham (La revolución de los directores, Editorial Sudamericana, Bs. As.,1967, originalmente The Managerial Revolution, 1941), analista del pasaje de la sociedad capitalista tradicional (que tuviera en el British Empire su árbitro mundial) a la corporativo-gerencial al estallar la 2GM: “Si miramos el mapa económico  indicando las ocupaciones de la humanidad de inmediato salta a la vista un hecho decisivo. La industrialización avanzada se concentra en tres regiones y sólo en tres, relativamente pequeñas: EE.UU. y en especial sus zonas nordeste y centroseptentrional; Europa, especialmente en la zona central norte (Alemania, Holanda, Bélgica, el norte de Francia, Inglaterra), y las islas del Japón, con parte del este de China, […] que el sistema político mundial cristalice en tres superestados [… no] implica necesariamente que esos tres superestados  sean EE.UU., Alemania y el Japón tales como hoy los conocemos.” 

Burnham describió ese estado de situación en 1940. En 1945, Japón y Alemania no eran los que habían sido, estaban devastados y ocupados por Los Aliados, básicamente por EE.UU. Que no sólo se había consolidado regionalmente, poniendo a su servicio al resto del continente americano sino que disponía del control militar e industrial de la Cuenca del Ruhr y del Extremo Oriente. Aquellos “tres superestados”, como la Santísima Trinidad, eran uno solo…

Está el incipiente poder industrial ruso-soviético que Burnham no mencionara. Pero este último, el único que no está bajo control estadounidense, dista mucho por sus dimensiones de poder competir o aminorar el dominio norteamericano mundial.

[2]  Datos extraídos de Richard P. Stevens, “South Africa, Zionism and Israel. Smuts and Weizman”, Israel & SouthAfrica. The progression of a Relationship, Richard Stevens & Abdelwahab Elmessiri (comp.), New World Press, N.Y., 1976.

[3]  Mark Mazower, No Enchanted Palace: The End of Empire and the Ideological Origins of the United Nations, cit. p. Ramos Tolosa, Jorge, ¿“Las Naciones Unidas no son nada”? Pablo de azcárate y el fracaso de la onu en palestina (1947-1952), Universidad de Valencia, Valencia, 2016.

[4]  Jorge Ramos Tolosa, ob. cit.

[5]  Biltmore, 1942. En la Conferencia declaran que Palestina debía constituirse como una “Commonwealth judía”. Significativa identificación con una experiencia colonial.

[6]  La presencia judía en EE.UU. era tan significativa que dio lugar a la elección de EE.UU. como aliado y protector, y a la vez a una fuerte oposición de eminentes judíos neoyorquinos antisionistas, entre ellos el dueño del Washington Post y el editor del New York Times, que fundan entonces la ACJ (American Council on Judaism) para oponerse al proyecto de crear un estado judío en Palestina. Su tesis era que lo judío, el judaísmo es una religión, no una política.

[7]  Ramos Tolosa, ob. cit.

[8]  Australia, Canadá, Checoeslovaquia, Guatemala, Holanda, Honduras, India, Perú, Suecia, Uruguay, Yugoeslavia.

[9]  Ibíd., p. 192.

[10]  “Palestina pertenece a los árabes en el mismo sentido que Inglaterra a los ingleses… es inhumano imponer a los árabes la aceptación de los judíos. Sería un crimen contra la humanidad someter a los orgullosos árabes con la finalidad que Palestina pueda ser restaurada como hogar nacional judío. […] Los judíos nacidos en Francia son franceses, en el mismo sentido que los cristianos nacidos en Francia son franceses. Si los judíos tienen como hogar sólo a Palestina, ¿les gustará la idea de ser forzados a abandonar las otras regiones del mundo en las que se han establecido? Harijan, India, nov. 1938.

[11] En 1953 recordemos que EE.UU. invade Irán, encarcela, previa humillación pública a Mossadegh y restaura en el trono a su chirolita el Sha quien se hará tristemente famoso por haber convertido a Irán en asiento de una de las más temibles policías políticas del planeta: la SAVAK.

[12]  Lo cual no le impide escribir un libro donde jamás logra distinguir los conceptos de judío y sionista; Así nació Israel.

[13]  Suponemos, no hay referencia, que alude a las promesas de Lawrence (de Arabia).

[14]  Así nació Israel, Biblioteca Oriente, Bs. As, 1949, p. 76.

[15]  Chomsky, Noam, La quinta libertad, Editorial Crítica, Barcelona, 1988, p. 250.

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Hambre y obesidad

por Luis E. Sabini Fernández

Con motivo del Día Mundial de la Alimentación, 16 de octubre, que patrocina la FAO, esta red mundial perteneciente a la ONU ha hecho públicos los guarismos de hambre y obesidad mundiales: 811 millones de seres humanos y 665 millones, respectivamente.

Podríamos decir, que si antes teníamos un gran problema –el hambre− ahora tenemos dos.

En el penoso tema del hambre, se puede, en rigor es necesario, distinguir el hambre endémica, tradicional, que castigaba a todas las poblaciones humanas (y en general vivas) del hambre moderna, resultado de la interrrelación asimétrica entre sociedades y pueblos, lo que se conoce históricamente como colonialismo e imperialismo.

La primera hambre histórica tiene que ver con la escasez de nutrientes y la humanidad la ha ido resolviendo con sus piernas, en una primera y muy prolongada era, de migraciones, y con su propia inventiva, poco a poco, que le fue permitiendo reconocer alimentos saludables y facilitar su crecimiento; la agricultura y la cría de animales domésticos. Si el recurso de las piernas fue usado durante un millón de años, el de la cría de animales y cultivos no tiene más de diez mil años.

En ninguno de tales momentos, la obesidad fue un problema; al contrario; basta ver lo que nos ha permitido conocer la fotografía desde mediados del s. XIX, apenas desde hace 150 años, para advertir que los oriundos o establecidos de cualquier lado tenían cuerpos sin grasa, piernas musculosas.

La segunda variante del hambre, poco tiene que ver con la escasez y mucho con la rapacidad humana: el colonialismo fue un proceso mediante el cual un pueblo dominando se apropia de excedentes, o no tanto, de un pueblo dominado. Frances Moore Lappé,[1] una investigadora norteamericana, ha registrado que los años de mayor hambruna en la India a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX, coinciden con los años de mejores cosechas. ¿Cómo es eso? Porque los años de cosechas excelentes eran los que aprovechaban los ingleses para cargar sus barcos y llevarse “a casa” tal producción.

Así que el hambre moderna tiene que ver mucho con el poder y la política. Veamos lo que pasa con la obesidad.

Lars Berg,[2] un estudioso sueco nos habla que el pasaje del mundo de las migraciones a la sedentarización significó una primera revolución alimentaria.

No hay empero un corte entre la sociedad más primitiva y la asentada, porque actividades como el cuidado de animales domésticos se va gestando en aquel mundo nómade, y por ese lado, el ingreso de lácteos y de carnes de animales domésticos en la dieta humana  estaba ya presente antes de la sedentarización y la agricultura.

De todos modos, lo que Berg caracteriza como primera revolución alimentaria es el pasaje de una dieta basada en la recolección de frutos, vegetales y animales, pesca y caza, a una alimentación más bien basada en cereales y lácteos (y carne, cada vez menos de caza y más de animales domésticos, domesticados).

Y Berg nos dice que con la modernidad a pleno, en el cambio de siglo del XIX a XX, y fundamentalmente en EE.UU., se produjo una segunda revolución alimentaria. Ya no regida por la escasez sino por la abundancia. Las dietas de los habitantes romanos, medievales y decimonónicos se parecían más entre sí que con la dieta que se va imponiendo en la modernidad tardía, american. Esta dieta, hoy día la nuestra, se caracteriza por disponer de mucha más grasas y azúcares.

Esos ingredientes, aclara Berg, son muy apetitosos. La gente se tienta más.  En EE.UU., para promover el consumo, para agrandar ganancias de los productores, se ha empleado la política; por ejemplo, se ha dispuesto el agrandamiento de  los diámetros de los platos a 30 cm, para dar “sitio” a porciones mayores.

Con esta “segunda revolución alimentaria” empezamos a comprender más fácilmente el origen de la obesidad moderna.

Pero ahora tenemos, como dijimos, dos problemas. ¿Por qué se nos suman, complicando un cuadro de por sí ya atroz?

Aquí entra en juego cada vez más clara y decisivamente la cuestión de la rentabilidad y la tecnología. La modernidad nos muestra que el capital se agranda y expande con el uso de tecnología. La tecnología usada al servicio de la rentabilidad. Se trata de producir alimentos rentables, no (necesariamente) sanos. Incluso más, si la tecnología produce alimentos insanos, pero de mayor rendimiento, ¡adelante! El criterio declarado será la salud, pero el practicado será la rentabilidad.

Si los aditivos que prolongan la durabilidad de un alimento, son tóxicos, se usarán igual. Si los empaques que se usan para transportar alimentos para extender su alcance, son tóxicos, se usarán igual. Si los ingredientes que se agregan a un alimento para facilitar determinados procesos (de estiba, de conservación, de apariencia de frescura) son tóxicos, se usarán igual, si mejoran la rentabilidad.

¿Cómo es eso posible, admisible? Desde hace décadas lo conocemos: mediante la asignación de “límites de seguridad”. Si el veneno es chiquitito, se podrá usar, hasta determinado límite.

Claro que nuestros cuerpos van a ir recibiendo pequeñísimas magnitudes de cada tóxico, pero una cantidad inimaginable de veces y tóxicos en todos y cada uno de nuestros alimentos.

Esa sinergia no se mide. Ahí está una al menos de las trampas que le permite a cada industrializador de alimentos mantener su conciencia tranquila y sobre todo, no sentirse un delincuente, que es la tipificación de cualquier ser humano dedicado a intoxicar a otros.

¿Qué está pasando en nuestras sociedades (un proceso que con diferente intensidad y tiempos distintos abarca a todo el planeta)? En primer lugar, un proceso que hemos llamado de campesinicidio. La eliminación progresiva de quienes están dedicados a la producción rural en unidades pequeñas. Y su sustitución por la agroindustria que en nuestro país se atribuye la calidad de “agricultura inteligente”, una forma elegante de decir que la cultura campesina es de imbéciles.

Aunque justamente la agricultura de los pequeños cultivadores y granjeros da lugar a la producción de alimentos con menos agregados químicos, y es la agroindustria −que se considera “inteligente”− la que se ha “casado” con los desarrollos tecnológicos de mayor avanzada, valida de una enorme batería de productos químicos, que cada vez más, está imposibilitando una alimentación sana. Porque lo que los progresistas creen “parte de la solución” ha resultado también parte del problema. Porque se ha tratado de un desarrollo tecnológico movido por la rentabilidad y no, por ejemplo, por la salud planetaria.

La expansión desenfrenada de la agroindustria, que nuestros políticos progresistas ven natural y positiva, es la que nos está dando alimentos cada vez más problemáticos, pero eso sí, con abundancia de grasas y azúcares. Lo que los dietólogos denominan “comida chatarra” y, podríamos agregar, el “mundillo de las golosinas”.

El avance de comida con enorme peso de productos químicos, de cultivos transgénicos, de uso cada vez mayor de plaguicidas y fertilizantes, ha ido generando una cultura de la góndola, y quebrando la cultura de lo artesanal (maduraciones y desecados, por ejemplo, naturales, en lugar de procesos estimulados y ayudados con aditivos y “maravillas” tecnológicas).

En muchas familias de origen rural es fácil rastrear ese proceso: cuando muere quien hacía los dulces caseros, los embutidos caseros, los encurtidos, las pasas de frutas y verduras, el secado de hongos, quienes han vivido en esa familia, si son jóvenes, suelen abandonar todo ese trajinar y pasan a comprar, a buscar en la góndola “lo mismo”. El detalle es que lo que ofrece la agroindustria y los grandes consorcios transnacionales dedicados a la alimentación, no es lo mismo.

El abuelo hacía en casa pan fresco. Dos días después, hacía otra vez pan fresco. Grandes transnacionales te ofrecen “pan fresco” todos los días, elaborado hace semanas o meses… ¿cómo pan fresco? Porque no es pan fresco, pero parece. Está igualmente tierno, ¿entonces? ¿Magia? No,  aditivos. ¿Saludables? No tanto, pero es legal, porque está por debajo de los límites de seguridad que las autoridades bromatológicas han establecido.

¿Pero entonces, ¿es tan saludable?

A la obesidad me remito. Para abrir siquiera una discusión celosamente escamoteada por reformistas, progresistas y tantos titulares de la fraseología burocrática de  organizaciones tipo FAO, que en cada encuentro mundial parecen haber descubierto la piedra filosofal de la cuestión alimentaria que tendrán que sustituir en un próximo encuentro…

[1]  Frances Moore Lappé, L’industrie de la faim, Éditions L’etincelle, Quebec, Canadá, 1978.

[2]  Lars Berg, “El estómago, los alimentos y el poder”, futuros, no 6, Río de la Plata, 2004.

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Ser y no ser del socialismo

por Luis E. Sabini Fernández

Estamos a un siglo del  cambio político que dio lugar a la Unión Soviética, para muchos  –y sobre todo en la llamada izquierda− a la instauración del socialismo en el planeta.

Parece fecha propicia para reexaminar una cuestión que ha sido abordada reiteradamente, aunque en general sin mayores resultados; ya veremos que la iconografía socialista es pertinaz (lo cual, por otra parte, no tiene porqué ser un defecto).

El socialismo ha sido una de las principales corrientes de pensamiento de la modernidad. Tras el Renacimiento y el acceso a todos los océanos por parte de la  navegación de origen europeo, el mundo cambia.

La globalización, el sistema de intercomunicación humana que nos dejara a las puertas de esa modernidad, en los siglos XIV y XV tenía como Mare Nostrum, el viejo mar de los romanos; el Mediterráneo, entre África y Europa. En sus costas estaban los principales centros culturales y comerciales de lo que ahora llamamos el Mundo Antiguo, que se denominaba el Poniente, o en árabe el Magreb. Hacia el Asia, entonces, estaba el Levante, el Masriq árabe, las Célebes,  el Mar de China.

Así, las bibliotecas de Alejandría en Egipto y la de Timbuctú en el actual Mali constituían centros de irradiación cultural, al que concurrían los intelectuales de la época. Por su parte, Gaza (actual Palestina), Fenicia (actual Líbano) eran nexos, portuarios, entre el Levante y el Poniente.

Con el arribo de la Corona Española a Abya Yala, en 1492, y la consiguiente toma de posesión que lleva a cabo Colón, asombrado de lo fácilmente esclavizables que son sus habitantes ─lo cual nos dice mucho sobre la mirada europea─, se va configurando una nueva globalización, ahora con el Atlántico Norte como nuevo Mare Nostrum.

En el nuevo eje Viejo Mundo-Nuevo Mundo, África es subalternizada, y Asia dejada a un lado.

Aquellas universidades que se habían ido forjando en Europa desde los siglos XII y XIII con un pensamiento cada vez menos teológico, iban dando lugar a un pensamiento civil y laico. La primera, la de Bologna, en el siglo XII y las de París, Oxford, Montpellier, Cambridge, Salamanca, Padua, Nápoles. Toulouse, Orleans, Siena, Valladolid y Lisboa en el siglo XIII, irán cambiando el eje de las preocupaciones intelectuales e ideológicas, alejándonos del pensamiento teocrático y acercándonos al abordaje de la realidad y la sociedad, el mundo de los vivos y carnales.[1]

Con el Renacimiento, la Ilustración, los enciclopedistas y el enorme empujón material que significa el aprovechamiento de las riquezas del Nuevo Continente, junto a una navegación que se independiza de las costas, se va configurando  una actualización de la actividad intelectual, reconociendo e incorporando los avances científicos, en astronomía, física, química, biología, antropología, arqueología, medicina.

Los descubrimientos geográficos, gestan  nuevos intereses en crónicas de viajes que van a su vez ampliando el conocimiento de las nuevas realidades sociales; en tales relatos se despliegan diversos planes o sueños de nuevas sociedades; en 1516 Thomas Moro, teólogo,  crea Utopía y en 1602 tenemos a Tommaso Campanella, monje domínico,  creando su Ciudad del Sol.

Se va socializando un ansia de vida diferente; lo que genéricamente conocemos como socialismo utópico ─del cual son ejemplos  pioneros los relatos de Moro y Campanella─ irá configurando la cuestión política cada vez con mayor fuerza. Un rasgo común a esos sueños o ensueños sociales es un acentuadísimo autoritarismo; “liberar” al género humano será visualizado como el reino de lo exacto, el control absoluto, las decisiones objetivas, la regimentación total de la vida cotidiana.[2]

Así llegamos al s XIX. Para entonces, los planteos y aportes de Karl Marx resultan protagónicos dentro de las corrientes socialistas, en medio de un multitud de variantes, algunas incluso muy enfrentadas con los desarrollos marxianos o marxistas, como es el caso, sin ser las únicas, de las corrientes ácratas o antiautoritarias.[3]

El aporte de Marx, enfrentado al socialismo utópico, fue una nueva mirada sobre el acontecer social; las transformaciones sociales no son fruto de la voluntad de políticos, magnates o reyes; Marx fue contundente en explicar que existen causas ajenas a la voluntad que modifican y transforman las sociedades.

Después de Marx ya no se pudo insistir en el voluntarismo para las modificaciones políticas y sociales (aunque se siguió insistiendo), algo que había caracterizado a los socialistas utópicos pero no sólo a ellos. El aprender a ver, el tratar de analizar causas objetivas es su aporte fundacional para otra forma de entender la realidad y sus transformaciones. Pero Marx dio otro paso; algo habitual cuando se siente haber alcanzado una verdad fuerte, nueva; no limitarse al análisis de la realidad presente, sino inferir científicamente “el camino” que la sociedad habrá de tomar, según esas legalidades “independientes de la voluntad”. Por ello, con la audacia propia del pionero tachó a su diseño político de “socialismo científico”; una denominación que iba a tener fuerte impronta en un momento en que los desarrollos científicos estaban tomando enorme vuelo.

El abordaje que hizo Marx colocó en un mundo por venir la realización de las transformaciones socialistas.

A diferencia del debate político entonces existente en que se analizaba el pasado para entender el presente, Marx (y Engels) se plantean analizar, criticar y entender el pasado para conocer (inferir) lo futuro, lo que no existía entonces. Lo que otorgaba a esos “conocedores” un papel mucho más trascendente que el mero conocer; la undécima tesis contra Feuerbach, aun al margen de la dimensión temporal, apunta a una pretensión más incisiva: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

Junto entonces con la idea de un compromiso total con la transformación de la sociedad, todo fundido en un magma único −realidad, conocimiento de la realidad, protagonistas−, el pensamiento moderno –marxismo, positivismo− introdujo la idea de cognoscibilidad de lo futuro. Algo que desde el universo burgués, en ascenso, tuvo buena acogida.

Vale decir que en tiempos modernos, posmedievales y posrenacentistas, adueñarse de lo por venir empezó a ser concebible, deseable, sentido al alcance del discernimiento humano y tal aspiración se hizo común entre pensadores tanto burgueses como antiburgueses (tratando de ser fiel al espíritu de Marx, habría que decir posburgueses, puesto que Marx siempre apoyó el desarrollo burgués, sólo que no aceptó quedarse en él como el non plus ultra, característico de los intelectuales del novel capitalismo, como habría sido el caso de su maestro, G. W. F. Hegel).

La lucha de pobres contra ricos, por ejemplo, tan característica de tiempos medievales, perdía validez a ojos de Marx; ahora había que asumir, aceptar, propender que el rico fuera más rico para mejor desarrollar a su “enterrador”; el proletariado.

El conocimiento de lo futuro

La dimensión de futuro había sido aceptada hasta ahora, únicamente desde la magia, la cábala, la astrología. O en todo caso, “captada” desde lo mítico.

Pero Marx trajo la dimensión futura al más acá, a nuestro mundo. Consideró que había inteligido procesos, momentos, y que el desarrollo burgués, que provenía históricamente del medioevo, iba a desembocar, ineluctablemente, en el socialismo.

Esos momentos históricos se vehiculizaban con respectivas clases sociales y así como atribuyó el ascenso capitalista por sobre las viejas sociedades agrarias a los burgueses, análogamente atribuyó al proletariado el protagonismo de esa nueva, entrevista sociedad; la socialista.

En pleno siglo XX, el historiador suizo Bernhard Gröthuysen hizo un jugoso análisis del ascenso burgués en Francia, en los siglos XVII y XVIII. Que a mi modo de ver inhabilita toda la construcción histórica, marxiana o marxista, de secuencia aristocracia-burguesía-proletariado (que tanto se propagó en manuales de divulgación marxista militante como asumido por la intelectualidad socialista en general).

Gröthuysen se dedicó a analizar los sermones de los púlpitos de las parroquias provinciales francesas de esa época y advirtió ciertas legalidades: los sacerdotes estaban a menudo inquietos por la presencia, mejor dicho la ausencia, de unos vecinos que “olvidaban” los deberes religiosos… por trabajar. Eran señores, cristianos, pero tibios, que en lugar de cazar y dedicarse a las armas (como la aristocracia) o a la vida ultraterrena (como el clero), centraban su actividad en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres; el trabajo.

Allí estaban estos anómalos, con sus aparatos, de mensura, de óptica, de relojería…

Eran el núcleo burgués que se estaba configurando. No eran los aristócratas que vivían de sus heredades. O al menos, no solamente de ellas. Estaban gestando nuevos comportamientos. Pasado el tiempo, la banca, el comercio y las nuevas ramas técnicas generaron nuevas capas dirigentes que finalmente sustituyeron a la aristocracia… y en buena medida al clero.

Este ascenso burgués poco y nada tiene que ver con las profecías del ascenso socialista. Mediante la política. Porque lo que rastrea Gröthuysen no es un cambio político y masivo de una clase por otra; es más bien el surgimiento desde adentro de un nuevo tejido social y material dentro del viejo y carcomido, en vías de caducidad…

Sin embargo, la espera del socialismo a lo largo de todo el siglo XIX fue ganando terreno. Su advenimiento ─ése solía ser uno de los calificativos más usuales─ denotaba el carácter religioso, bíblico, de tales expectativas. Pero imaginado desde cambios más bien rotundos en las clases. Y materiales. No es raro; generalmente lo nuevo y lo viejo se entretejen y a menudo se hace difícil discernir lo nuevo dentro de lo viejo.

Pero lo decisivo de la investigación de Gröthuysen  es la diferencia radical  entre el surgimiento registrado por él y el advenimiento imaginado por la militancia socialista.

Tantas fueron las ansias depositadas en “el mundo nuevo” que cada episodio más o menos significativo fue entrevisto como el dichoso advenimiento. Así, la Comuna de París de 1871, después del ensayo general de la comuna de la misma ciudad en 1848, se sobreentendió como plasmación del proyecto socialista que significativamente se calificó como “primer asalto al cielo” (volvemos al mito redentor, propio de la religión en este caso cristiana o, mejor dicho, judeocristiana…).

La creencia en el advenimiento del socialismo se fue extendiendo por las sociedades europeas de finales del s XIX y principios del s XX a tal punto que intelectuales reaccionarios y antisocialistas compartían dicho visión (sólo que lamentándolo y no ansiándolo como los “socialistas”).

No es por lo tanto extraño que el enorme cimbronazo político que acabó con el zarismo en febrero de 1917, con el establecimiento de un gobierno “moderno”, antimonárquico, partidario de una actualización política democrática, que tuviera un andar agónico, incapaz de satisfacer las demandas populares, que incluían reclamos obreros como la ley de 8 horas, pero sobre todo, alimentos; enfrentar el problema del hambre cada vez más generalizada, que semejante gobierno pretendiera como finalidad, el socialismo.

Se podría decir que casi todo 1917 (febrero a octubre) fue el de una Rusia ya no imperial, pero carente de firmeza para seguir una política satisfactoria para masas cada vez más hambrientas y crecientemente conscientes de sus derechos.

Y en octubre [4] de ese año, propiamente revolucionario, tuvo lugar una suerte de golpe de estado (Lenin diciéndole a sus camaradas: ‘un día antes puede ser prematuro y fallido, un día después, resultar demasiado tarde’) donde los bolcheviques se hacen cargo de los principales resortes del estado ruso y del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional, casi sin disparar un tiro.

Los bolcheviques avanzan inmediatamente suprimiendo instancias democráticas, como el Parlamento ruso, la Duma, donde los socialistas revolucionarios de izquierda tenían la mayor bancada, que ideológicamente se identificaba con el campesinado ruso en tanto los bolcheviques, con su impronta marxista, creían encarnar al proletariado y se sentían totalmente alejados del universo campesino (esa impronta perdurará durante las siete décadas de gobierno “comunista” soviético…).

Así que una vez más, como en 1871, un sacudón social fue interpretado como  advenimiento del socialismo; el cumplimiento à la lettre de la profecía de Marx.

Tanto es así, que pasados los setenta y tantos días de la toma de poder bolchevique, Lenin, pese a su habitual severidad, bailará conmemorando que ya habían sobrepasado los “días que había durado la Comuna” sin haber sido derribados… el ‘segundo asalto al cielo’ parecía mejor encaminado…

Y así, se sobreentendió que lo que se había instaurado en Rusia, con el golpe de mano bolchevique era un gobierno socialista. Y prácticamente la humanidad empezó a contar los días de la “Revolución Rusa” como pertenecientes al nuevo mundo socialista.

Es increíble con qué facilidad se puede generalizar, planetariamente, una confusión, un enredo semántico, una “verdad”…

Sin embargo, y más allá de toda fraseología revolucionaria, lo que se fue instaurando en Rusia ya con los zares decapitados, fue un régimen de creciente dureza y control social, no de obreros y campesinos, ni siquiera de obreros y soldados, sino de una dirección supremacista, que no admitía críticas ni diferencias, con el carácter inflexible de un Calvino, un Robespierre en acción, con la rigidez mental de las utopías archiautoritarias.

Con una pretensión totalitaria de enorme fuerza. Panait Istrati, indio, una visita pionera a la URSS a principios de los ’20, testimoniará la furia obsesiva de las primeras autoridades soviéticas de “registrarlo todo”, medirlo todo; los humanos, las vacas, pero también los árboles, ¡las lombrices! Con el presupuesto cientificista de que llegarían a soluciones “perfectas” teniendo todos los elementos a disposición. Algo que abonaba la idea de “mecanismo”.

Esos “datos” vendrían bien para los personajes “cientificistas” que ridiculizaba Gustave Flaubert en pleno siglo XIX −Bouvard y Pécuchet−, pero aquella “fiebre” a caballo del “socialismo científico” seguirá conformando la idea de lo por venir −embretándonos−ya bastante entrado el siglo XX…

El concepto de temporalidad en el socialismo

La experiencia histórica de los llamados estados socialistas, plantea una problemática filosófica que nos obliga a observar los conceptos propios de la temporalidad.

Todo el edificio soviético y las ampliaciones socialistas consiguientes se basan o se basaron en lo podríamos llamar la ‘profecía del socialismo científico’.

En política, en nuestras sociedades y vidas, colectivas y particulares, la cognoscibilidad de lo futuro no existe. Y su pretensión no nos guía a mayor conocimiento sino a mayor desnorteo.

Fueron el positivismo y el marxismo, sus teorías del conocimiento, las que introdujeron cierta equidistancia, una simetría dentro de lo temporal entre pasado y futuro.

Hace un siglo, los cursos de idioma castellano, al menos en España, enseñaban los artículos gramaticales de un modo altamente significativo en esta cuestión de la temporalidad, y con un enorme valor filosófico: se hablaba de el pasado y lo futuro. Justamente rompiendo toda “equivalencia” temporal, toda pretensión de tratamiento comparable. El pasado fue. Objetiva y categóricamente. Nuestra dificultad en todo caso consiste en asirlo, conocerlo. Por eso la complejidad de la labor de historiadores y todas sus ramas y actividades conexas. Por su extraordinaria diversidad, podríamos incluso sostener que el pasado es inabarcable y su conocimiento siempre perfectible.

De lo futuro, nada podemos inferir, registrar; en todo caso, abrir hipótesis, a veces muy fuertes. Pero aun en tales casos, es más que frecuente que “la liebre salte por donde menos se piensa”. Es un dicho popular, llano, de conocimiento empírico, pero no por ello menos sabio.

Pasado el auge filosófico del positivismo y el marxismo, desde fines del s XX se va fortaleciendo la conciencia de lo que designamos la incognoscibilidad de lo futuro; hay más y más filósofos que adscriben a esa idea, a tal punto que podríamos decir que, culturalmente ya pertenece a nuestro presente. Pienso en referentes culturales del peso del recientemente fallecido Zygmunt Bauman, por ejemplo, o Ernest Garcia, filósofo catalán, Ivonne Gebara, monja y filósofa brasileña, y hasta Joaquín Miras, que aun marxista sostiene, como los antes mencionados,  el carácter incognoscible de lo por venir.

Como que ya no es el tiempo de las “etapas” que “nos” iban a conducir para desembocar en el socialismo; pienso en Pléjanov, en Lenin, Lefebvre… y tantos otros marxólogos y diamatistas. Ese tiempo, con el horizonte socialista “a la vista”, ha sido, culturalmente, borrado. Enhorabuena.

URSS

Tempranas visitas, como las de Fernando de los Ríos, socialista burgués y de Ángel Pestaña, anarcosindicalista, en 1919, españoles invitados para ir gestando una nueva Internacional diferenciada de la Segunda [5] mostraron que era idiota hablar de ‘control obrero de la revolución’ cuando lo visible y evidente era el control sobre los obreros…                                 

Las manifestaciones opositoras fueron siendo ahogadas mediante la represión directa de la policía política (Tcheka o Cheka). Viktor Serge, un bolchevique, exanarquista, que curiosamente no adoptó el comportamiento del recién llegado y conservó el carácter díscolo, que probablemente tuviera en tiempos ácratas, recordará que la última manifestación política callejera, con críticas públicas al gobierno bolchevique, será el entierro de Piotr Kropotkin, octogenario, figura pública, geógrafo, zoólogo, anarquista, a principios de febrero de 1921. Se trató de una clara manifestación política bajo la forma de procesión portando un féretro, que agrupó, en lo más fiero del invierno, a decenas de miles de manifestantes (algunos estiman centenares de miles). De los anarquistas encarcelados, que ya se contaban por centenares, el gobierno bolchevique, para bajar la presión, autorizó concurrir al entierro a un puñado, menos de una veintena, mediante una excarcelación de 24 hs. Todo el acto; manifestación de hecho, entierro, estuvo vigilado por la Cheka. Al fin del día los anarquistas liberados serán reingresados a las prisiones de las cuales saldrá al exilio una exigua cantidad (algunos serán matados abiertamente y la mayoría conocerá la condición de desaparecidos…). Al mismo Kropotkin, el gobierno le rindió mínimos honores por sus trabajos como climatólogo, zoólogo[6] y hasta  prometió el nombre de una calle, pero se negó a reconocer su actuación política, crítica.[7]

En marzo de 1921, tendrá lugar la represión masiva, militar, a la rebelión del soviet de campesinos y soldados de Kronstadt, ciudad-fortaleza, al fondo del Golfo de Botnia, que se insurreccionaron para alcanzar “la Tercera Revolución” (secuenciando febrero como primera y el segundo semestre de 1917 como segunda).

 “─Mátenlos como conejos” dirá entonces el comandante en jefe del ya constituido Ejército Rojo, Lev Trotski. El ahogo de dicha desobediencia costará la vida de unos cincuenta mil insurrectos, refractarios y rebeldes.

El engendro soviético que tantos socialistas confundieron con la llegada del socialismo a la Tierra irá cosechando una pesadilla colectiva que fue anunciada permanentemente por militantes que  iban de visita, a menudo ilusionados, pero que no estaban de antemano comprometidos con privilegios de diversa índole (becas, obsequios, viajes) o por quienes se animaban a analizar esa “edificación social” sin anteojeras.

La lista de objetores y desengañados es enorme (pero sin duda la de adictos e incondicionales fue, por décadas, mucho mayor). Aparte del puñado ya nombrado, mencionemos algunos pocos más cuyos nombres nos han alcanzado: V. Volin, B. Suvarin, P. Archinoff, J. Majaiski, B. Rizzi, A. Gide, entre los que revelaron verdades en la década del ’20 y aun antes. Y en la del ’30, A. Ciliga, K. Korsch, C. Berneri… El goteo continuará década a década; V. Kravchenko, V. González, hasta enterarnos −Stalin extinto−, de las principales obras de Alexander Solzhenitsyn, ésas sí muy difundidas en Occidente por el bien provisto campo anticomunista pro-occidental, por geopolítica, no por respeto a la verdad.

En los ’70, ya no estaban, muchos matados, los críticos del 17 y los de la generación revolucionaria de la década del ’20. En un pasado más reciente −nuestro presente para los veteranos actuales−, la URSS internaba en psiquiátricos a disidentes y refractarios al sistema soviético. Así se había modernizado, actualizado, “suavizado”, el sistema represivo que procuraba ahora simular su regulación total(itaria). Fruto posestalinista, la modernización escondía el ritmo terrorista de cárceles, internaciones concentracionarias y juicios sumarísimos para internación psiquiátrica.

Habiendo alcanzado el paraíso proletario o estando a punto de lograrlo, o mejor dicho, haciendo como si estuvieran a punto de, repitiendo mutatis mutandis las bambalinas de Potemkin, los dirigentes soviéticos no podían entender, o por mero afán de conservación de privilegios, aceptar, que alguien se rebelara ante el ordenamiento (llamado) socialista. Si alguien tenía tales planteos era porque estaba sencillamente loco.

Así, fueron internados en psiquiátricos algunos de los llamados disidentes, como Andrei Siniavski –el extraordinario analista, pulverizador del realismo socialista. En 1978, por ejemplo, es finalmente expulsado de la URSS un exinternado psiquiátrico, Piotr Bukovsvki, acogido en el país que también a mí me había aceptado como “refugiado político”; Suecia.

Bukovski, que estaba todo menos loco, vaticina en su presentación en su país de acogida, la inviabilidad a largo plazo de la URSS, explica sus trabazones internas, el estado anímico de la población, el papel devastador de la burocracia soviética y por todo ello vaticina que no puede durar más de seis años.

Imagino que muy pocos de los que lo escuchamos puedan haber aceptado, acordado, con semejante vaticinio. Bukovski jugaba con la fecha de Orwell, 1984. Sin embargo, muy poco tiempo después empecé a entender la justeza de su vaticinio. Por cierto que erró la fecha, pero si pensamos en las siete largas décadas del régimen soviético, que el mismo haya implosionado en 1991 y no en el pronosticado 1984 es apenas una minucia de siete años (y aun menos, porque el derribo del Muro de Berlín, en 1989, ya prefiguraba todo el desenlace).

El colapso soviético no significó la desaparición lisa y llana del llamado, mal llamado, “mundo socialista”. En esa década y en el resto del siglo XX, vimos regímenes socialistas como el albanés, el cubano, el norcoreano, el vietnamita, el intento moldavo, los proyectos bolivarianos. Y Cuba. Entrando ya en el siglo XXI, son muy pocas las formaciones estatales que se proclaman socialistas. Y cada vez a más distancia de lo que se denominara “socialismo real”.

Tirando el bebito con el agua sucia

Hecho este sucinto itinerario por los estados socialistas, entendemos fundamental diferenciar esa acepción de socialista, atada a los estados que se proclamaran tales, de otra que se atenga a diferenciar la propiedad privada  de los medios de producción, por ejemplo, de la producción colectiva o social de esos mismos medios. El sentido del socialismo estriba en negar el sentido de la propiedad privada para entender los procesos materiales, biológicos, económicos y hoy diríamos ecológicos. ¿Se puede pretender, que tenga sentido la propiedad privada de la tierra, el agua, el aire? Y yendo incluso a aspectos más parciales, ¿se puede entender, aceptar circunscribir a la propiedad privada áreas como las de la salud o la atención de los pequeñuelos y los discapacitados?

La que entró definitivamente en crisis, entendemos, es la idea de socialismo anclada en el  conocido “campo socialista”,  países socialistas. Pero eso no inhabilita hacer una crítica radical, socialista, a la idea de propiedad privada.

Porque ya sabemos que la propiedad socialista estatal es abusiva. Pero ya sabemos que la propiedad privada es también abusiva.

¿Socialismo o socialismo?

¿Podríamos decir que “el mundo ha vivido equivocado”? Es aterrador, puede resultar presuntuoso proponerlo. Sin embargo, la humanidad ha vivido a menudo, en grandes porciones de la especie, de ese modo. Las creencias en el alma, en el infierno, en el dominio viril, varonil o masculino, han sido “ideas” compartidas por una mayoría, a menudo aplastante en amplios sectores de la humanidad. Sin embargo, cada vez nos suenan más falsas.

El socialismo fue una idea motriz de enorme propagación y trascendencia que se basa en una verdad de a puño, que ya hemos abordado: la propiedad privada daña el ambiente, la naturaleza y por consiguiente a todos nosotros. Pero la dura experiencia nos ha señalado que la propiedad colectiva, comunal, comunitaria, pública ─elíjase la preferida─ también daña al ambiente, a la naturaleza y, transitivamente, a nosotros mismos.

¿Qué recursos tenemos los humanos para distinguir verdad y falsedad, justicia e injusticia, olvido y memoria, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la libertad y el terror?

Lo más escalofriante del experimento soviético no es solo haberle atribuido un carácter ideológico pre-determinado sino que, durante décadas, en la humanidad hubo un gran contingente de población ─los comunistas─ convencido que allí se había instaurado el mejor de los mundos y aunque millones de tales cultores jamás pisaron los territorios “emancipados” constituyendo así un fenómeno de pura creencia, hubo sí varios, miles a lo largo de los años, y desde los más diversos rincones del planeta, que visitaron y convivieron con el universo soviético y testimoniaron convencidos que ése era el mejor mundo posible o al menos el camino hacia ese mundo. Aunque hubo quienes vivieron ese universo, o lo conocieron, y estaban exactamente convencidos de lo contrario.

En esa segunda humanidad, renuente al “logro revolucionario”, tenemos que distinguir entre quienes rechazan el experimento soviético luego de haber participado en él directamente, a veces como sostenedores, a veces como convivientes; población rusa, por ejemplo, o sindicalistas y socialdemócratas o luchadores antizaristas; gente como el ya citado Anton Ciliga, croata, con su formidable alegato El País del silencio y la gran mentira. Y quienes también repudiarán la URSS a partir de la propaganda anticomunista que desde Occidente y en particular, luego de 1945, desde usinas de poder en EE.UU. y Europa Occidental descargarán furibundas críticas anticomunistas. Estos segundos fueron en general reclutados por los aparatos ideológicos “occidentales”, como el Congreso por la Libertad de la Cultura, y su crítica al “campo socialista” aun, cuando llegaban a emplear buenos argumentos, obedecía a una estrategia de enfrentamiento del capital cada vez más mundializado contra un competidor, supuestamente anómalo.

Eran otros “cretinos útiles” tan penosamente idiotas como los que fabricara la maquina propagandística soviética. Una cosa es Ciliga; otra Commentary.

El capitalismo mundializado trató de unificar la oposición a la URSS. Pero los que conocieron 1917, los que pasaron por la experiencia traumática de Ucrania dividida en cuatro sectores político-militares (bolcheviques, machnovistas, petlurianos y zaristas, al menos entre 1917 y 1921), enfrentados entre sí, los que procesaron el levantamiento rebelde de Kronstadt en 1921 por la “Tercera Revolución socialista”, contra el viejo régimen y contra los bolcheviques; los que conocerán las prisiones que le hará decir a Ciliga que en 1930 los únicos lugares con debate político dentro de la URSS eran las cárceles, puesto que la vida social, económica, política de la URSS, estaba ahogada en terror, nada tienen que ver con el anticomunismo pos 2GM.

Cuento una cortísima anécdota personal para ver si puedo traslucir el grado de abyección en que se fue cayendo, tal vez lentamente.

Comienzos de la década de los ’80, reinado de las dictaduras militares occidentalistas en el Cono Sur americano. Mi situación entonces era la de refugiado político en Suecia.  Europa era “chica” para nuestras medidas geopolíticas, y el nivel de ingresos generoso mirado con ojos rioplatenses.

Fui a conocer París. Algo que en los cuarenta largos años previos ni siquiera había estado en agenda. Allí residía una uruguaya hermana de un gran amigo. Refugiada política ella también. Fui a visitarla y resultó en pareja con un joven, también uruguayo y comunista como ella. Lo más llamativo para mí era que el consorte era un “rentado” .

Conocía y bastante concienzudamente  el penoso y cómplice papel del PCU con los militares, torturadores, aunque la jerga partidaria los considerara “patrióticos”. Ese conocimiento  estaba, para mejor, reforzado con el penosísimo y vergonzante papel que el PCA había tenido ante la dictadura militar argentina, en 1976 (antes y después). Tuve varios episodios, por mano propia, sobre todo en el universo carcelario, donde la política estaba mucho más explícita (como contara Anton Ciliga de las cárceles soviéticas de las décadas del ’20 y ’30).

En París, entonces, nos saludamos, nos presentamos y entramos a hablar de política. En las primeras de cambio, le confesé al funcionario que tenía una duda, que quería saber cómo se planteaba él, y podríamos decir hoy el PC(U), frente a la terrible realidad de la actividad concentracionaria soviética, el papel y el destino de los que habían ido a parar “a los campos”, de su vigencia, si persistían o si eran historia.

Era una pregunta que, hasta 1956 e incluso alguna década después, habría sido contestada con un arrebatado: −¡sos un agente de la CIA! o –¡sos un provocador!, ¿quién dirige tu voz de chirolita? Pero con el posestalinismo y cierto pesado aprendizaje democrático à la occidental, también podría haber sobrevenido un: “−Terrible problema que sufrió la URSS a causa del estalinismo; pero hemos aprendido que fue un error gravísimo, un horror inaceptable, y al día de hoy se han desmantelado todos los campos [no es de estilo seguir llamándolos de concentración].”

Tales eran las respuestas que esperaba según fuera más o menos eurocomunista, y pensaba como más probable la segunda estando “refugiados” en Europa… El rentado contesta: “─No te puedo decir, nada, es un tema que no conozco, no tengo la menor idea…

A lo que no tuve más remedio que contestarle: ─Entonces no tenemos mucho más que hablar. Porque te hice un pregunta medular y vos estás profesionalmente integrado a la organización responsable de semejantes comportamientos, de millones de seres humanos que me temo fueron masacrados por esa maquinaria ideológica que me decís que no conocés. No tengo idea cómo compaginás tu carácter de rentado con semejante prescindencia. Pero es cosa tuya. Pero entonces, no tenemos nada más que hablar.

Me levanté, y me fui. Contrariado por su total indiferencia, irresponsabilidad, aparatismo… la facilidad que tenemos los seres humanos para proteger hasta los comportamientos más miserables, crueles, atroces, si contamos con una coartada, un amparo, un taparrabos ideológico que apenas guarde nuestras “vergüenzas”….

Y esto es lo peor del siglo XX socialista. El desprecio por la verdad  y la dignidad de nuestras vidas. Tal vez algo peor; nuestra aquiescencia, nuestra indiferencia. El abuso y cierta comodidad generalizada.[8]

Para remate, tanto el nazismo como el sionismo han  invocado el socialismo en sus banderas… y el cuidado de sus prójimos.

Qué es lo nuestro, qué vamos a cuidar para no dañarnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos…

La propiedad común respeta continuos naturales y culturales, pero no parece fácil ni seguro empeñarnos en esa senda.

Y de todos modos, los planteos ecologistas, gaianos, nos llevan a desconfiar radicalmente de la propiedad privada. Lynn White, Frederick Soddy, Andrew Kimbrall, Nicholas Georgescu-Roegen, Rachel Carson, Lars Berg, Joan Martínez Allier, Dahr Jamail nos llevan, nos señalan, si todavía queremos conservar el nombre, otro socialismo.

notas:

[1]  Interesante anotar que la primera universidad noruega, país del primerísimo mundo, data del s. XIX; 1811, en Christiania, poco antes de que se fundara la primera en Uruguay, 1849. 

[2]  Escasa minoría de utopías no autoritarias dejarán también su marca en este nuevo universo ideológico; valga el Notices of Nowhere (que podría leerse como Notices of Now Here; es decir en lugar de Noticias de ninguna parte, Noticias de aquí y ahora), de William Morris. Y pocas más…

[3]  Se le atribuye a K. Marx un deslinde, elemental y sin embargo significativo: habría dicho que él no era marxista, rompiendo lanzas por un pensamiento original.

[4] La “Revolución de Octubre” tuvo lugar el 7 de noviembre según el calendario desde entonces adoptado.

[5] Y de otros proyectos como la llamada Segunda y media Internacional…

[6]  Autor de El apoyo mutuo, un abordaje de las relaciones interespecies e intraespecies que constituyó un enfoque diametralmente enfrentado al de Charles Darwin con su Origen de las especies. Con el capitalismo en auge y el industrialismo en su marcha triunfal, las tesis de Darwin se acomodaron mucho mejor al clima imperante; una forma “científica” de Homo homini lupus, de Thomas Hobbes, del capitalismo temprano de mediados del s. XVII. Con la mirada que hemos ido elaborando con la crisis ambiental a lo largo del s. XX, tiendo a considerar mucho más respetables y acertadas las tesis kropotkinianas. Carente de apoyos institucionales El apoyo mutuo ha quedado mucho más en la sombra. Sin embargo, la biología más reciente, ha captado la calidad científica de muchas de sus observaciones en tanto el darwinismo, vampirizado por el sistema dominante, ha sido usado como una suerte de neo-hobbesianismo.

[7]  Kropotkin le escribió un par de cartas abiertas a Lenin criticando “el nuevo curso” y cabe pensar que al verticalismo bolchevique no le cayó bien, aunque se cuidó de reprimir a un octogenario famoso. El tributo institucional de la nueva dictadura se cumplió: efectivamente una calle moscovita recibió el nombre de Kropotkin. Ironía de la historia: ha sido el asiento de las juventudes bolcheviques (Komsomol)  durante la era soviética.

[8] Un fenómeno de identificación y racionalización de  similar ‘ceguera voluntaria’ podríamos rastrear en el fascismo y el nazismo, y hoy en día, en el sionismo.

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Acerca de la ideología de los que prescinden de toda ideología

“El siglo corto” que va desde la ruptura de la ilusión del progreso con la Gran Guerra en 1914 hasta la del comunismo en 1989/1991 (Iván Berend, cit. p. Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, p. 10) ha terminado con la caída del Muro —simbólicamente— o con la URSS —literalmente—, pero la sociedad actual —salvo sus capas más recientes, casi adolescentes— ha conocido, ha convivido con aquel mundo ahora fenecido; el de “capitalismo y socialismo”. Junto con aquella realidad fuimos nutridos, o malnutridos, por una serie de lugares comunes como el de la existencia de dos sistemas económico-sociales filosóficamente contrapuestos, con una serie de roles atribuidos a cada “actor” en aquel escenario mundial que prácticamente ocupó todo el siglo XX. Derecha e izquierda, idealismo vs. materialismo, justicia o libertad.

Por Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

Por cierto que, al lado de aquellos ethos dominantes, el burgués y el presuntamente socialista, coexistieron multitud de actitudes mentales y sociales, que encarnaban otras filosofías de la vida, y se pueden así considerar diversos ethos; cristiano, nazi, musulmán, budista, libertario, existencial, la multitud de configuraciones tradicionales, a menudo cruzadas con diversos ethos de los precedentes, así como aquellos entre sí, y otras innumerables, pero que no ocuparon —salvo esporádicamente— el centro de la escena política mundial.

Lo burgués y lo socialista se atribuyeron a sí mismos o a su oponente, características que, examinadas, devienen demasiado a menudo, significativamente, en su opuesto.

Vamos a procurar abordar este “juego de espejos” en un territorio delimitado —con las imperfecciones de todo límite en este terreno—, el de la ideología o falta de, en ese enfrentamiento que hemos aceptado como fundamental de todo nuestro pasado reciente, tan reciente, que pervive en nuestras categorías conceptuales y en nuestras actitudes políticas. Y lo hacemos porque sus estrategias de poder están asimismo plenamente vigentes en la realidad política actual, aunque ya no bajo la forma de enfrentamiento entre “dos verdades” sino como lo que ha dado en llamarse “pensamiento único”.

Una constante de aquella confrontación —capitalismo-socialismo—, que presentó siempre como su expresión más aguda la de los EE.UU. vs. la URSS, ha sido, que el campo occidental se ha presentado sin ideología alguna, o con ideologías débiles, secundarias (como las expresadas a través de diversas iglesias o campañas moralizadoras) y, en cambio, ha cargado las tintas respecto del carácter ideológico de la penetración comunista, en tanto que “el campo socialista” sí se ha atribuido un contenido ideológico; el verdadero, el bueno, el materialista, el del lado progresivo de la historia.

Ambos enfoques han estado curiosamente travestidos: el bolcheviquismo en particular y el marxismo en general han constituido un movimiento ideológico de tipo religioso (en el sentido etimológico del término religare; que otorga una comunidad entre humanos; véase, p. ej. la filmografía del germanooriental Frank Breyer), cuyos rasgos dominantes han sido la negación de lo material (“vulgar”) como guía de la acción y cierto voluntarismo intrusivo, tan caro a todos los salvacionismos. Por el contrario, desde la red de poder dominante en los EE.UU. se ha hecho un culto público de lo ético, lo religioso, lo espiritual, tan idealista todo ello, aunque su práctica ha sido crudamente material. Pero para intentar entender estos discursos inversores de la verdad, precisemos conceptos.

Aproximación al concepto de ideología

Una definición fuerte y generalmente aceptada, ya usada por el mismo Marx, es la de ideología como “enmascaramiento de la realidad”.

Otra definición, más “blanda” y más afín al uso común del concepto, es la de constituir una base más o menos racional para la toma de decisiones políticas, sustrato instrumental para el análisis de lo social que respondería más a la etimología de la palabra; estudio de la idea. En ambos casos, empero, la ideología política es concebida como principio de solución para la cuestión social, como vía de superación o salvación ante un estado de cosas que se considera deficiente.

Bueno es observar que, pese a su aparente oposición, ambos conceptos de ideología se pueden percibir, procesalmente, como lo mismo. Lo ideológico se va constituyendo como sustrato racional para interpretar la realidad social, y a su vez se va consolidando, para caer, insensiblemente en lo que Carlos Vaz Ferreira calificaba “pensar por sistemas”, y de ese modo se accede a un segundo momento, en el cual la realidad va siendo adaptada, incluida en los análisis ideológicos, que de ese modo van constituyéndose cada vez más como previos, parti-pris, respecto de la realidad que se procura entender y modificar.

W. E. H. Lecky resumió magistralmente, en 1876, esta idea: “[…] siempre que es creída y practicada la doctrina de la salvación exclusiva, se formarán en torno de ella hábitos mentales diametralmente opuestos al espíritu de investigación y absolutamente incompatibles con el progreso humano. La indiferencia a la verdad, un espíritu de credulidad ciega y al mismo tiempo voluntariosa, recibirá estímulos que multiplicarán las ficciones de toda clase, asociará a la investigación las ideas de peligro y pecado, hará que los hombres reputen por cosa impía la imparcialidad de juicio y el estudio que son el alma misma de la verdad, y castrará así sus facultades hasta producir un embotamiento general en todos los individuos.” (cit. p. Eric Roll, p. 273). Procuraremos ver cómo se ha aplicado esta malformación a los sistemas de pensamiento dominantes en el siglo XX.

Génesis económica del capitalismo, génesis política del socialismo

Que lo ideológico era atributo exclusivo del campo socialista, y que en la década del 30 lo compartía con la otra gran alternativa política del momento, el nazifascismo, lo suponía el mismísimo Hitler: “[…] en esta guerra se están enfrentando entre sí la burguesía y los estados revolucionarios. Nos ha resultado fácil derribar a los estados burgueses porque eran completamente inferiores a nosotros en su preparación y en su actitud. Los países con ideología son superiores a los estados burgueses [… en el este] nos enfrentamos con un adversario al que también alienta una ideología, aunque sea equivocada” (del Diario de Goebbels, año 1943, p. 355, de su edición de Nueva York, 1948, cit. p. Hannah Arendt, p. 426).

Hay una explicación histórica, empero, para que el campo socialista se haya sentido protagonista de la lucha ideológica y titular de “la ideología científica por excelencia”. El ascenso burgués tiene, históricamente, una contextura muy distinta, opuesta, a la del “ascenso socialista”. El ascenso burgués se hizo antes de su ideologización, se trató de un desarrollo o una “maduración objetiva”, para decirlo en términos caros al marxismo.(1) El advenimiento, en cambio, del “primer país socialista” fue precedido por su anuncio a todo lo largo del siglo XIX (que dicho advenimiento haya tenido lugar en un país de los que menos se ajustaba a la “profecía” socialista es otra cuestión).

Pero esa diferencia constitucional, de origen, entre los dos sistemas que parecieron disputarse todo el siglo XX, y que terminara a comienzos de su última década con el knock out técnico de uno de sus contendientes, dista mucho de legitimar las caracterizaciones que hemos calificado como oficiales.

¡Con qué afanes, los ideólogos del campo socialista han procurado atribuir el denostado idealismo al mundo burgués, reclamando para sí el materialismo! El Diccionario Filosófico de Iudin y Rosenthal, vaca sagrada de la teoría marxosoviética reza en su entrada “Behaviorismo”, lúcidamente ubicado como nervio motor de la ideología norteamericana dominante: “[…] sustituyeron las bases materialistas pavlovianas por el operacionalismo y el positivismo lógico [… y mantiene]” Por su parte, V. Afanasiev en su intemporal manual de escolástica marxosoviética, Fundamentos de filosofía, comienza con esta frasecilla: “La filosofía marxista, como cualquier otra ciencia, tiene su objeto de estudio.” (p. 5) Ya tenemos la ciencia de nuestro lado. Ahora, el error o el horror, a la vereda de enfrente: “El problema fundamental de la filosofía. Contrariedad [sic: indudablemente una mala traducción de contradicción] del materialismo y el idealismo. […] El materialismo moderno es una concepción del mundo verdaderamente científica. Al ofrecer un cuadro verdadero del mundo, presentándolo tal y como es en realidad,(2) el materialismo es un fiel aliado de la ciencia […]. El materialismo es un enemigo inconciliable de la religión: en el mundo donde no existe sino materia en movimiento no queda lugar para Dios.” (p. 7)

Afanasiev, así como el marxismo en general, llega a atisbar el fondo materialista del universo burgués, pero se ve obligado a borrar ese rasgo ante la necesidad de su apropiación exclusiva: “En el período de establecimiento del capitalismo sirvió como arma ideológica a la burguesía en sus batallas contra los feudales y la Iglesia. En nuestros días, el materialismo es un poderoso medio de lucha de la parte progresista de la sociedad contra las fuerzas de la reacción […]” (p. 8).

Veamos “el otro lado”: la realidad de los EE.UU. revela una poderosa religiosidad. Noam Chomsky anota que es el único país en el mundo donde una fuerte industrialización no ha aparejado una merma de religiosidad (La quinta…, p. 365), por el contrario existe una verdadera exaltación de la actividad religiosa. Creemos que esta realidad se ajusta como el guante a la mano a la explicación que el historiador George Sabine da para el florecimiento estoico durante la pax romana: “Ninguna concepción política estaba tan bien cualificada como la doctrina estoica del estado universal para introducir un cierto idealismo en el negocio, demasiado sórdido, de la conquista romana.” (p. 137)

Confrontemos la versión soviética antes reseñada con las del behaviorista, conductista, Burrhus F. Skinner, tal vez el ideólogo más representativo del sistema de dominación que tiene como eje la civilización estadounidense: “Lo que necesitamos es una tecnología de la conducta. Podríamos solucionar nuestros problemas con la rapidez suficiente si pudiéramos ajustar, por ejemplo, el crecimiento de la población mundial con la misma exactitud con que determinamos el curso de una aeronave; o si pudiéramos mejorar la agricultura y la industria con el mismo grado de seguridad con que aceleramos partículas de alta energía […]” (p. 3). Aquí tenemos una deliberada identificación de las ciencias exactas o “duras” con las llamadas ciencias sociales. Pero no en el sentido de una flexibilización epistemológica, sino de todo lo contrario: la sociedad comparable a una ecuación, a un movimiento celeste.

Skinner insiste en su pretensión de omnicontrol: “El problema no estriba en liberar al hombre de todo control sino de ciertas clases de control. Y este problema sólo puede ser resuelto si nuestro análisis tiene en cuenta todo tipo de consecuencias” (p. 40).

Pero es tal su altanería intelectual que jamás colocaría sus lucubraciones sobre el control de los acontecimientos y de las personas dentro de ningún esquema ideológico. Lo suyo es ciencia pura. Valga un par de ejemplos tomados, casi al azar, entre epígonos. Representantes de sociedades y asociaciones conductistas del país, SUATEC, ALAMOC, sostienen: “No es posible relacionar con régimen de gobierno alguno, o posición política, una ciencia y su filosofía.” (Brecha, Montevideo, 20/8/95). Una frase digna de Afanasiev. Y la sociedad conductista uruguaya, SUAMOC, a través de varios de sus integrantes sostiene: “Por ser una disciplina científica, la psicología conductista no tiene relación con postura ideológica alguna […]” (ibidem).

Pese a semejante apodicticidad, que debería enmudecer las réplicas, el docente Rolando Ojeda, ajustándose a la tesis de Skinner, precisamente, una crítica: “Promover la formación de caracteres dóciles y sumisos. Eso está implícito en el conductismo que considera primordial predecir y controlar conductas. Esa es su base ideológica.” (Brecha, 24/5/91).

Es muy ilustrativo ver el método conductista en acción, pues revela las formas de homogeneizar y licuar los datos de la realidad. Elizabeth Koppitz, otra connotada docente de la misma escuela, enrolada en ese esfuerzo de “conocerlo todo” no tiene mejor que establecer tablas de maduración etaria, según las cuales un chico débil mental de, por ejemplo, once años se equipara con uno normal de cuatro. Por cierto, sus investigaciones le deben haber permitido establecer correspondencias de motricidad y alcances pictóricos entre esas dos situaciones. Pero el hecho definitivo, irreductible, es que un niño con retraso mental de once años no es (como) un niño de cuatro años con desarrollo normal.

Para rematar el carácter ideológico de la interpretación conductista, tan atada al control del estímulo y la respuesta, vale esta observación de Jean-Michel Vappereau: “A diferencia del psicoanálisis, las técnicas surgidas del conductismo descuidan esa dimensión, que es la del deseo, esa inconsistencia, y pretenden ir derecho a la solución, como si hubiera un camino directo.” (Página 12, Buenos Aires, 19/9/96)

Juegos de espejos

Resulta curioso, y penoso, advertir que el ser humano es a menudo mucho más simple de lo que imagina. Miles de intelectuales sostuvieron durante décadas el carácter socialista de la formación engendrada en Rusia a partir de 1917, y gastaron ríos de tinta y de saliva cumpliendo con el mecanismo de la profecía autocumplida,“revelando” su superioridad respecto del capitalismo (también hablaron o escribieron sobre sus desventajas o perjuicios, pero, en general poco, y más bien mantenido como secreto de alcoba de la nueva iglesia). Todos los reparos y observaciones que lúcidos y osados como Jan Majaiski, Bruno Rizzi, Anton Ciliga, expusieron para patentar el abismo que separaba esa realidad de los anuncios, la teoría y la imaginería socialista precedentes, fueron arrumbados a un lado.

Del mismo modo, otros miles y miles de excelentes (3) burgueses o de sus voceros intelectuales, han estado convencidos y han procurado convencer al resto de la humanidad, de que el capitalismo era un sistema objetivo, real, sin connotación ideológica. Las agorerías sobre “la muerte de las ideologías” ha sido una cantinela recurrente de los especímenes más representativos de la ideología dominante. Y cuando estos ideólogos —Daniel Bell en los ‘50, Francis Fukuyama en los ‘90 bajo la forma del “fin de la historia”— han anunciado semejante muerte, por cierto han dado por descontado que las estructuras mentales en donde ellos se movían carecían de ideología, eran objetividad pura.

Esa negación de lo ideológico por parte del sistema de dominación con epicentro en el Atlántico Norte, ha significado un escamoteo mucho mayor y mayor dificultad para su tratamiento, su reconocimiento. Cada sistema ha enmascarado sus realidades con modalidades distintas. La ideología socialista era y es directa, expresamente ideológica. Analiza y critica lo político, lo asumido como tal. La ideología y la acción ideológica del sistema dominante en los EE.UU. y Occidente en general, es indirecta, se transmite a través de las actividades generales de la sociedad y no se ve siquiera necesitada de invocar su carácter de representación (y de inevitable falsificación) de la realidad. Para sentirse re-presentada, el sistema de poder dominante en los EE.UU. tiene el pensamiento pío.

Los comunistas se identificaban separándose del resto de los humanos, a quienes, proselitismo mediante, se procuraba ganar, persuadir, convertir. Semejante situación engendra todo un perfil, en donde las figuras del converso, del militante, del esclarecido, de la vanguardia, eran fundamentales.

El modelo madeinUSA hace exactamente lo contrario: se presenta como algo común o propio para todos. Esa universalidad proclamada contrabandea un sistema de valores y de materialidades que únicamente se puede realizar si está restringido, es decir, invoca una universalidad irrealizable. La condición para que la población de los EE.UU. y la del Primer Mundo en general (o, como se dice en la actualidad, sus tercios integrados) disponga del nivel de vida que goza, es precisamente que buena parte de la humanidad carezca de él. Lo interesante es que la imagen que recibimos es la invertida: en los EE.UU. se vive como si todos pudiéramos hacerlo, y tuviéramos que. Y la fuerza ideológica del mensaje es tal, que cada vez más son los que quieren hacer y vivir como en los EE.UU.

Occidente, ha ido afinando sus mediaciones y conciencias, su idealismo ético (4) y su conciencia de sí al mismo tiempo que ha incrementado la miseria cultural y material de los pueblos y sociedades periféricos o ajenos a su universo, no ya mediante el despojo característico de las primeras etapas de europeización del mundo, sino mediante la heteronomía creciente. Ese desarrollo impulsado desde los centros de poder de Occidente, ha sido crudamente material.

La ideología en los EE.UU. se cuela, por así decirlo, en el modo de vida. En el modo cotidiano de vida. Cuando la propaganda de una bebida sin alcohol proclama que “es un modo de vivir”, dice precisamente una verdad (más allá de la falsedad del mensaje o de su inanidad lógica). Dice la verdad en el sentido que el modo de vida dominante se dirige a una juventud (cada vez más toda la humanidad) que no necesita pensar políticamente. ¿Por qué semejante apoliticidad de ese puro “vivir”? Porque ya está todo pensado (políticamente). Porque hay quienes se dedican a eso. Y porque no tiene sentido cuestionarlo.

Lo que caracteriza al sistema ideológico norteamericano es que, a diferencia del que otrora encarnara la URSS y en general, el socialismo, se trata de un sistema tácito, nutrido por una ideología no asumida como tal. Esa es una de las causas de su vigor.

El sistema de ideas dominante en Occidente, con centro irradiador principal desde los EE.UU., ha revelado su potencia como conformador de las representaciones colectivas, de una manera mucho más radical y amplia que la penetración ideológica socialista o soviética en cualquier momento de la historia. Esta última siempre se limitó a la esfera racional, política y en cambio, la primera, se nos ha ido filtrando por toda nuestra existencia cotidiana. Y ni siquiera se ha presentado como modelo ideológico.

No han sido textos de dialéctica ni prácticas colectivistas ni ha exigido conversiones más o menos apasionadas, más o menos lúcidas. Ha sido el automóvil, (5) el pelo rubio, la coca-cola, el western, el rock, la comida-basura, el inglés, el confort, Walt Disney, time is money.

Se ha presentado “apenas” como LA realidad. El satisfecho materialismo cientificista de su intelectualidad técnica los lleva a pensar que las representaciones del mundo imperantes dentro del sistema vigente no reflejan sino la realidad, sin mediación ni velos, sin atender coartadas políticas, sin valerse de una visión política de la realidad y el mundo; como si no defendieran una estructura de poder (ella sí, totalmente contingente, parcial, interesada).

Pero es una realidad muy bien fabricada, “productora de consenso” como lo califican N. Chomsky y E. Herman en The Political…. El cine es paradigmático. El Código Hays de producción cinematográfica hollywoodense, de 1934 —tan paralelo a las disposiciones del Proletkult soviético contemporáneo—, que fijaba el tenor de cada escena, el margen de personaje en cama autorizado, la duración de los besos, la necesidad del final feliz, da la pauta del cuidado que pusieron los titulares del poder norteamericano en pautar su industria cinematográfica, es decir, en transmitir la ideología correcta a sus múltiples espectadores (que con el fin de la segunda guerra mundial y el apogeo del modelo american en todo el orbe hayan cambiado sustancialmente las técnicas de transmisión cinematográfica no desmiente lo precedente; únicamente que los titulares del poder en los EE.UU. descubrieron que se podían controlar las representaciones públicas de muy otra manera; el control restrictivo y taxativo, parecido al del viejo sistema de dominación monacal, irá cediendo lugar a otra modalidad de control, a través de la paralizante plétora comunicacional junto con los dictámenes económicos, ésos sí “únicos”).

Son archiconocidas las inflexiones políticas a las que se vio sometido Eisenstein a lo largo de su labor como cineasta. De ‘la estética innovadora de Potemkin a la construcción mítica y legendaria de Nevski o Iván en los cuales el relato se torna hierático’ (B. C. Crisorio, Ciclos, p. 178). Hablamos con facilidad de la carga ideológica del cine soviético, algo indudable, pero ¿qué ha pasado con la producción fílmica norteamericana? Hollywood ha sido la máquina ideológica de producción cinematográfica, propagandística y cultural más formidable que conoció el siglo XX. La máquina de sueños norteamericana no nombra lo innombrable. Se presenta como una producción “natural” y apolítica, hija del mercado, de las cabezas pensantes, del azar de las cuentas corrientes de los productores.

No deja de ser paradójico. Los titulares del agit-prop soviético no podían presentar una película sin que los exégetas descubrieran mensajes ocultos: la bolchevización era una constante contra la cual se erigían todos los refractarios de lo foráneo. Y sin embargo, aparecen películas norteamericanas con mensajes ideológicos clarísimos, como La guerra de las galaxias, El día de la independencia o Viva América y el aspecto ideológico de esas construcciones pasa inadvertido en la generalidad de los discursos. Nadie considera tales películas como de propaganda, cuando manifiestamente lo son.

Es interesante además diferenciar dos pasos básicos de la labor ideológica en el cine: al primer momento de ‘fabricación de sueños’ sobreviene un segundo momento, el de la distribución. Las empresas estadounidenses son las dueñas virtuales de todos los mercados locales significativos en el mundo occidental (al menos), con el resultado que las demás cinematografías entran a dichos mercados de modo residual, con un goteo más bien miserable. Sólo así se entiende que al Río de la Plata llegue una película de Chabrol cada quince años o que no podamos acceder a todas las películas de Goretta o de Loach, por nombrar apenas algunos ejemplos. ¿Por qué no conocemos cine turco o noruego o de la India (que lo hay y muy bueno)?

Si la fabricación de cine revela una actividad ideológica fuerte, ¿qué decir del control deliberado de la distribución asfixiante de las películas ajenas, no ya dentro de fronteras sino por encima de ellas? (6)

¿Por qué una ideología que no se reconoce como tal es más peligrosa, más insidiosa? Porque la ideología tiene de por sí, por su calidad de discurso pretendida y sentidamente coherente, una capacidad autopersuasiva prácticamente ilimitada. Armado de ideología el individuo, el grupo, la iglesia, el estado, puede llegar a cometer los actos más aberrantes sin problemas éticos, sin que les “duela la conciencia”. Una ideología expresa está siempre más expuesta a su desmontaje, a la crítica que la inhabilite total o parcialmente; una ideología que no se expresa como tal tiene más bloqueada la senda de la crítica, sus caminos de acceso se hacen más dificultosos (en las mentes de sus adherentes).

Nos dice el ensayista norteamericano John Nef: “La filosofía moral exalta el lugar que ocupa el intelecto en los asuntos humanos, en una época en que los norteamericanos han negado que la mente tenga un papel que desempeñar en una existencia civilizada, independiente del interés privado o del experimento y la observación científica.” (p. 257). En la medida en que la sociedad norteamericana le niega a la razón cualquier papel relevante —más allá de la racionalidad tecnológica y a lo sumo tecnocientífica que implique el desarrollo material, y de una racionalidad mercantil digna del rey Midas— y le otorga únicamente ese papel instrumental, podemos definir a la cultura norteamericana como una cultura sin valores éticos o trascendentes en el sentido de comunes a los hombres de distintas coyunturas históricas o de distintas sociedades. Una cultura con valores atentos a la utilidad, no a la verdad. La razón, con un papel meramente vasallo.

Esta descripción tiene una coda, similar a los diversos momentos que viéramos con el producto cinematográfico: todo dista de ser tan natural; los EE.UU. tienen la mayor red policial y militar del mundo entero, la mayor red mundial de centros de tortura fue norteamericana en los ‘70, como nítidamente la relevaron Chomsky y Hermann (op. cit.).

Para apreciar los aspectos policiacos del control del consenso baste la siguiente referencia: “El gobierno se dedica a infiltrarse subrepticiamente en las iglesias y en las sesiones de culto, utilizando informadores y agentes secretos para que graben cintas de conversaciones o de oficios religiosos, […] una práctica habitual en las sociedad totalitarias que los ‘conservadores’ han adoptado como modelo.” (Daniel Yankelovich, Issues in Science and Technology, 1984, cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 365). Algo que el conocimiento “vulgar” sabía atribuir, sin esfuerzo y con razón, al universo soviético, pero que hay que aplicar, con mayor énfasis, al “sueño americano”.

Neoliberalismo: una vieja ofensiva ideológica con fuerza renovada

La década del 90, con la proclama del fin de la historia, y de la muerte de las ideologías, ha sido en rigor, teatro de una ofensiva ideológica sin precedentes, sobre todo por la falta de oposición.

Uno de los rasgos que otorgan peligrosidad a los contenidos ideológicos es el de su unicidad. Su carácter de verdad exclusiva y salvadora (Lecky, ut supra). Ese fue un rasgo constante del socialismo diz que científico: todos recordamos la suficiencia con que “la ideología del proletariado” apostrofaba sobre etapas históricas necesarias, sobre procesos de transición (a ningún teórico, empero, se le ocurrió la transición históricamente verificada hace pocos años del socialismo al capitalismo; claramente en el esquema entonces vigente en las cabezas de los ideólogos socialistas, esta realidad no cabía). El auge del liberalismo y la democracia liberal en los ‘90, indudablemente ligado al crash soviético, se ha presentado a su vez como único, sin alternativa, unidireccional.

En rigor, este neoliberalismo revitalizado no es sino un neoconservadurismo porque liga las tesis más caras del liberalismo —el estado mínimo, la sospecha hacia “lo social”, las consiguientes privatizaciones— con la cuarentena de lo público y el despotismo de lo privado, que por operar sin mediar ningún tipo de transformación social, constituye la mera confirmación del dominio de las viejas capas dominantes.

La tópica utopía no era sólo socialista

Cualquier persona atenta al acontecer histórico es consciente de la densidad política con que fue gestada la URSS. Allí, en su formación y en su mantenimiento, hubo una indisimulable cuota de voluntad. “El primer estado socialista” del mundo fue “un hijo encargado”. Tiene todas las virtudes que para el pensamiento revolucionario, conlleva semejante origen, buscado, elaborado, expresamente gestado. Para otros podría tener los vicios de toda obra programada, faltante de ese ir constituyéndose desde la necesidad de la gente y la sociedad, carente del rasgo de naturalidad con que se constituyeron tantos países antiguos y modernos.

La reflexión política que ha sabido captar los rasgos frankensteinianos del experimento soviético no ha reparado, sin embargo, en el origen, curiosamente simétrico, de los EE.UU., también como experimento, también como origen buscado, como acto de voluntad política (y religiosa) de grupos humanos que se sintieron llamados a realizar un destino exclusivo en la Tierra, un mandato divino.

“Los filántropos como William Jay, en los EE.UU. y Joseph Sturge, en Inglaterra, corroboraban la creencia muy extendida de que los ingleses y los norteamericanos tenían el deber especial de velar por el mejoramiento de los hombres.” (F. Thistlethwaite, El gran experimento, p. 106). Ese afán de “mejoramiento de los hombres” parece muy pronto circunscribirse: “[…] al fijar nuestros límites debemos tener en cuenta el porvenir inmenso y glorioso que nos impone el Destino Manifiesto de la raza anglosajona. Brindo por los EE.UU. limitando al norte por el Polo Norte, al sur por el Polo Sur, al este por el sol naciente y al oeste por el sol poniente.” (brindis de Jonh Fiske entre “notables de la Unión”, Ideas políticas americanas, Buenos Aires, Peuser, 1902, cit. p. Rafael San Martín, Biografía del Tío Sam, p. 413). Como se desprende de las citas, se restringe el mejoramiento a algunos humanos; lo que no parece restringirse es su intención apropiadora. Para completar la idea que los “buenos norteamericanos” tienen de sí, no hay como acompañarla de la idea que de ellos tienen los “latinoamericanos buenos”: “La invariable e inalterable política de mi gobierno será siempre favorable a la actitud civilizadora de los EE.UU. respecto de los países americanos, cuya libertad defienden y cuyo progreso protegen sin motivos ulteriores o egoístas. Creo que las intervenciones no constituyen un peligro para América sino una ayuda para las naciones débiles.” Así rubricaba su “límpido” pensamiento Augusto Leguía, dictador peruano de la década del ‘20 (La Nación, 9/3/1928, cit. p. G. Selser, Sandino, p. 185).

La “dictadura del proletariado” ha sido a los rusos lo que “el destino manifiesto” ha sido a los norteamericanos. La “construcción del socialismo” en la URSS tiene su correspondiente en el ilustrativo título de Lawrence Friedman sobre el origen de los EE.UU: Inventors of the Promised Land [Inventores de la Tierra Prometida].(7)

La carga ideológica en la construcción de los EE.UU. ha sido extraordinaria. Y extraordinaria y omnipresente como ha sido, todavía más extraordinario ha sido la poca relevancia que semejante configuración ideológica ha merecido. Cuando impregna tan profundamente el comportamiento individual de la población de ese país, (8) y el comportamiento público como estado (y como imperio), esta omisión parece doblemente significativa.

Allan Bloom en la Introducción de The closing of American mind nos presenta a los EE.UU. “como un experimento totalmente nuevo en política [..]”. No hay de qué extrañarse. Los peregrinos del Mayflower abandonaban la impía Inglaterra para cumplir más cabalmente con la Biblia en la Tierra. Bien es cierto que empezaron nutriéndose de los alimentos que los americanos nativos les ofrecieron, enseñándoles a los recién llegados incluso a sembrar el maíz que ellos tenían como alimento principal (contra el clisé imperialista y eurocentrado según el cual los cultivos fueron algo que los europeos otorgaron a los americanos); cierto es asimismo que muy poco después, les arrebatarían sus tierras a los indios mediante el cómodo y radical recurso de incendiar sus campos, y sus aldeas con las mujeres y los niños adentro (Noam Chomsky, Man kan inte…, p. 703). Pero eso es de escasa importancia, nos diría Tikkanen. Los ingleses trasplantados compartían con otros europeos, españoles y portugueses, la seguridad de su propia excelencia respecto de esos otros hombres de segunda que tuvieron a bien hacer desaparecer de la vista —no muy misericordiosa, parece— del Creador.

Con la conciencia limpia en su proceder de fundadores de una nación única, llevaron adelante ese experimento tan especial.

“Los EE.UU. no eran simplemente otro estado nacional sino un experimento nuevo de gobierno […] hasta cierto punto los ciudadanos norteamericanos eran ciudadanos del mundo.” (Thistlewaite, p. 90). Confirmando la especial construcción de esta utopía piadosa, el mismo autor agrega: “Los barcos […] llevaban a los EE.UU. a viajeros […que] deseaban satisfacer su curiosidad acerca del experimento norteamericano.” (A ese título Alexis de Tocqueville nos dejará su inolvidable La démocratie en Amérique.). Conocemos las consecuencias del brindis de don Fiske.

Semejanzas y diferencias: el mesianismo

John Pittman, miembro del buró político del partido comunista norteamericano tuvo alguna vez la desfachatez de iniciar su artículo “Orígenes del mesianismo norteamericano”: “El mesianismo es un rasgo tradicional de la ideología de los círculos gobernantes de EE.UU. Es la fe en la misión histórica de Norteamérica y en la absoluta legitimidad de las aspiraciones expansionistas de estos círculos.” (p. 23). La cita no tiene desperdicio y es correcta punto por punto. Lo extraordinario es que seguiría siendo igualmente correcta si sustituyéramos el nombre de “Norteamérica” por el de “Unión Soviética”. Con el condimento justo de que hasta la misma expresión “misión histórica” permanecería inalterada, acorde con el marxismo, a su pesar teleológico.

Sin embargo, justo es destacar que el carácter del mesianismo es radicalmente diverso. El mesianismo proletario, aun pasado por las horcas caudinas de “la dictadura del proletariado”, es indudablemente universalista; el mesianismo norteamericano es expresamente limitacionista, noreuropeísta y francamente racista. Y la configuración primigenia dista de ser irrelevante. Cabe recordar, siguiendo la ley de Murphy, que cuando las cosas empiezan bien, terminan mal, ni pensar cómo terminan cuando empiezan mal.

Es que la teoría a la que una práctica política se debe, opera de algún modo sobre ésta. Y la coherencia interna, o la ausencia de ella, en un mensaje ideológico tiene su peso; no se reclama con el mismo valor político contra un despojo ejercido ilegítimamente que contra un despojo que “cumple” con los preceptos teóricos de sus perpetradores. La situación es políticamente distinta, tanto para las víctimas como para los victimarios del acto.

Semejanzas y diferencias: el imperialismo

La promesa del socialismo para todo el planeta galvanizaba a los propietarios de los medios de producción, de difusión, de control ideológico occidental y, en verdad a muchos trabajadores e intelectuales que adquirían conciencia cabal de los aspectos pesadillescos de un mundo totalmente regido desde centros únicos e investidos del poder absoluto que otorgaba “el conocimiento científico de las leyes de la sociedad y el progreso”. Los cuadros políticos (y a veces militares) del campo socialista difundían a los cuatro vientos las bondades de la inminente e inevitable dictadura proletaria. No es una casualidad que semejante ansia de universalidad, semejante arrogancia y todas sus consecuencias prácticas, hayan sido tantas veces tipificada como imperialismo, aunque sus voceros la denominasen “internacionalismo proletario”. Ya hemos visto los magros resultados de esta profecía; el historiador francés François Furet, recientemente fallecido, definía al comunismo como “una catástrofe inútil” (Página 12, 15/7/97). Desde los EE.UU. también se ha procurado negar lo imperial.

No es novedoso. La Italia fascista en 1935 justificó su invasión a Etiopía sosteniendo que iba a destruir “el último bastión de la esclavitud” (Baravelli titula así su obra). Y cuando el Japón expansionista de las décadas del ‘30 y ‘40 instala su red de expoliación sobre las naciones del sudeste asiático lo hace bajo el nombre de “Esfera de Co-propiedad de la Gran Asia Oriental” (Hobsbawm, p. 48). Del mismo modo, la AID, Programa de Ayuda de EE.UU., podría llevar a creer que se trata de ayudar a los países donde actúa, cuando en realidad, se trata de un organismo de “autoayuda” norteamericano (gestiona “préstamos atados”, otorga “facilidades” para que las mercaderías norteamericanas ingresen a un mercado ajeno, etcétera). La USAID podría ser leída más literalmente, Agencia Internacional de Desarrollo de los EE.UU. (como vemos, no hace falta que se lo lea en el Pravda). El expansionismo imperial american ha inhibido en su propio discurso toda idea imperialista, e incluso durante largos períodos ha pregonado hasta una política de aislamiento.(9)

El ciudadano de los EE.UU. se siente a sí mismo como un cultor más de un excelente modo de vida. Si van a Vietnam es porque “los amigos” allí, reclaman su ayuda para “defender la libertad”. Ese es el “pensamiento espontáneo” del norteamericano promedio. El sistema de desinformación dominante no permitirá que se afecte tamaña buena conciencia. La Guerra del Golfo Pérsico la verán —la veremos gracias a la americanization— como un entretenimiento en la pantalla, y sin imágenes, valga la paradoja (la Guerra de Vietnam dejó la enseñanza de los inconvenientes de las imágenes crudas para manipular con tranquilidad el consentimiento; dándole prioridad a los intereses del poder sobre la libertad de información, la de Irak se presentó de otra manera, es decir, no se informó de la realidad de los acontecimientos).

Y los marines proseguirán sus entrenamientos con ideológicamente cuidadas canciones en que prometen a las dictaduras que pululan en la Tierra su visita justiciera (Academia de Maryland para supermanes).

Sin embargo, el discurso latente existe y no permite malos entendidos: “Poseemos cerca del 50% de la riqueza mundial pero sólo el 6,3% de su población. En esta situación, no podemos evitar ser objeto de envidias y resentimientos. Nuestra tarea principal en el próximo período consiste en diseñar un sistema de relaciones que nos permita mantener esta disposición de disparidad sin ningún detrimento positivo de nuestra seguridad nacional. Para hacer eso tenemos que prescindir de todo sentimentalismo […] no debemos engañarnos a nosotros mismos pensando que hoy en día nos podemos permitir el lujo del altruismo […] hemos de dejar de hablar de objetivos vagos e irreales para el Lejano Oriente tales como los derechos humanos, el aumento del nivel de vida y la democratización.” George Kennan, jefe de planificación del Depto. de Estado, 1948 (cit. p. Chomsky, La quinta…, p. 80). Y hablando de América Latina, el mismo consejero sostiene que una de las mayores preocupaciones de la política exterior debe ser “la protección de nuestras materias primas” [¡sic!], los recursos materiales y humanos que “nos pertenecen” y remata, combatiendo ‘la peligrosa herejía’ dice Chomsky, de “la amplia aceptación de la idea [en América Latina] según la cual el gobierno tiene una responsabilidad directa en el bienestar del pueblo.” (id., p. 83). Esta preocupación, medio siglo después, el señor Kennan se la puede sacar de encima. Los gobiernos ya han abdicado totalmente de semejante locura.(10)

Lavado de cerebro, lavados de cerebros

En muchas cuestiones, a lo largo del siglo corto hemos aprendido a percibir los horrores de la configuración soviética sin advertir sus equivalentes, a veces peores, en la meca de la democracia.

La actitud básica de quien procuraba ser lúcido y no estaba enrolado, ha sido a menudo atribuir los daños del imperialismo económico a los EE.UU. y al colonialismo europeo, con razón, y atribuir los vicios ideológicos al que fuera el emergente campo socialista. La expoliación de materia prima, a las transnacionales; las privaciones y miserias del discurso único, a la URSS.

Si hablamos de lavado de cerebro, aparte del nítido ejercicio de las sectas religiosas de todo tipo, pensamos en la falta de libertades públicas, típicas del modelo soviético, con una prensa única (el estalinismo nos quería hacer creer que “la libertad de expresión” se salvaguardaba con las dimensiones de los tirajes). ¿Qué mejor ejemplo de ideología opresiva que la que remite a los psiquiátricos a los disidentes? Es la posición de Cornelius Castoriadis en Devant la guerre: el imperialismo joven y temible, la URSS; el imperialismo gastado, obsoleto, los EE.UU.

Y sin embargo, los EE.UU. ostentan sin duda, el dudoso privilegio de tener el sistema de lavado de cerebros más fuerte que se conoce. Y que se ha conocido a todo lo largo del siglo corto. Programadores de comportamiento animal y humano, moldeadores de conducta, administradores del talante, construcción de nuevas personalidades, producción de gente más vivaz o más chata, control de los pasos dados por la gente, formación de superconsumistas, superatletas o superasalariados, bebes en probeta encargados de acuerdo con “los deseos” de los progenitores, úteros alquilados, modificación de estructuras genéticas de los fetos, control de calidad de seres humanos, producción de individuos de capacidad “superior”, reajustes cronobiológicos, desarrollo de una formidable y omnipresente ingeniería humana (de la cual los trasplantes son un único capítulo, el más ventilado, tal vez por su parentesco con la sangre, que siempre es noticia), formación de humanos más vigorosos (cuando hay cada vez indicios más significativos sobre pérdida de vigor, por ejemplo espermático), moldeo ad infinitum del hombre considerado plástico, es apenas un resumen incompleto de la agenda de temas que trata Vance Packard en Los moldeadores de hombres.

Y esta reseña dista de ser antojadiza: Robert Hutchins en su fermentaria La Universidad de Utopía nos dice: “En los EE.UU. existe una tremenda presión hacia el conformismo.” Y el especialista Edward Bernays, prócer de los EE.UU. por haber ideado la disciplina de las “relaciones públicas” lo declara abiertamente: “La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y de las opiniones de las masas son un elemento importante en una sociedad democrática… las minorías inteligentes son las que necesitan utilizar la propaganda continua y sistemáticamente. El progreso y el desarrollo de los EE.UU. radica en la realización de un proselitismo activo en el que coinciden los intereses egoístas con los públicos.” (cit. p. Thomas McCann, An American Company, p. 45, a quien a su vez cita Chomsky en La quinta…, p. 370).

Como sostenía Alvin Achenbaum, “Hacer que la gente sienta o actúe de una manera determinada no es manipularla.” (cit. p. V. Packard, p. 125). Significativo neohabla. El sistema político imperante resulta todo menos casual, espontáneo.

En 1965 William Ebenstein, un analista norteamericano dedicado a examinar el totalitarismo en su libro homónimo nos dice: “El totalitarismo necesita una eficiente red de transporte (carreteras, líneas férreas y aviones). Aún más importante, tal vez, es que necesita comunicaciones eficaces (teléfonos, telégrafo, radio y últimamente televisión). Todo ello, junto a los más recientes métodos administrativos [la computación, entonces, comparativamente, en pañales] provee los medios para que […] un gobierno totalitario mantenga el control de las operaciones en todo nivel […]”. He suprimido ex profeso los pasajes en los cuales el autor adosaba obviamente a la URSS el cuadro descrito. A Ebenstein —un Pittman travestido— ni le pasa por las mientes que acaba de enumerar todos los elementos de que dispone el sistema de poder establecido en los EE.UU. Como en el caso anterior, no se trata de que su descripción sea falsa, sino sencillamente insensata, inconducente. Porque la cuestión aquí es preguntarse si el establecimiento de semejantes elementos no expresa o conduce a una red de control más bien totalitaria. ¿La televisión —su núcleo fundamental; un emisor único, una multitud multimillonaria de receptores—, un “adelanto técnico” desarrollado en los EE.UU., no en la URSS (como podríamos haber supuesto sobre la base de 1984), no ha sido acaso concebido dentro de un determinada estructura de poder, en donde “la necesidad de guiar a las masas” era un asunto primordial?

Cada vez que un discurso sobre la verdad se nos presenta como único, excluyente, que no da lugar a alternativas, debiera despertar nuestras más profundas sospechas. Cuando ese discurso además se constituye en el lugar común de un determinado momento histórico, su peligrosidad, su toxicidad adquiere características de metástasis.

notas:
1) Es muy ilustrativo al respecto el recorrido que el historiador Bernhard Groethuysen realiza en su análisis del ascenso burgués en los siglos XVII y XVIII, a través de los sermones que los párrocos de provincia hacían en Francia desde mediados del 1600 aproximadamente, alarmados por la presencia inesperada de un “hombre nuevo” en sus parroquias, que apostaba al trabajo como su actividad principal —no ya a la caza y a las armas como la vieja y conocida aristocracia, ni a los ruegos y a la vida ultraterrena, como los monjes y los creyentes fervientes en general—. Los párrocos advertían que se trataba de cristianos, pero tibios, que concurrían a los oficios casi por inercia o por obligación, y que centraban su vida en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres.
2) Cuando uno lee semejante monserga, no puede menos que recordar el modo en que la “verdad” soviética se constituía, y que, ya veremos, no difiere tanto de la verdad made in USA. Contaba el humor de la época que en una competencia de élite entre el mejor corredor ruso y el number one norteamericano, corrida en Moscú, el periódico Pravda, vocero del Partido Comunista de la URSS, cuyo título significa en ruso “verdad”, describía así el resultado de la competencia: “Nuestro representante ocupó un glorioso segundo puesto; el norteamericano a gatas llegó penúltimo.”
3) Excelentes en el sentido griego del término: que no necesita probar su virtud. Al estilo del filósofo finlandés Tikkanen, generalmente conocido como humorista, uno de cuyos aforismos reza: “Mi moral es tan, pero tan buena, que puedo hacer cualquier cosa sin que se dañe.”
4) La carga piadosa del modelo american siempre ha sido significativa, también off shore: la dictadura más sanguinaria de América, tomando en consideración la cantidad de muertos en relación con la población general, la de Guatemala en los recientes años ‘70 y ‘80, fue presidida por un pío miembro de una iglesia cristiana que tiene su cuartel general en los EE.UU.; asimismo, Fujimori ascendió al poder apoyándose en otra secta cristiana protestante.
5) Se habla de la “era del automóvil”, denominación precisa si las hay. El automóvil constituye una síntesis de la concepción ideológica en la cual se inscribe: un cierto protagonismo de la “gente como uno” (porque el automóvil fue pensado para minorías, para “inmensas minorías”, pero minorías al fin), una expansión de la autonomía individual —la sensación de dominio que otorga el volante—, una afirmación individualista y agresiva (reparemos que el auto ha tenido más parentesco con el tanque, acorazado, que con la bicicleta, despojada), un desprecio radical por las consecuencias ambientales devastadoras, algunas de las cuales se supieron desde muy temprano (década del ‘20), la atracción irresistible por la velocidad y, cada vez más, las consecuencias trágicas para los mismos usuarios (el automovilismo se ha constituido, en algunos países en diversos tramos etarios, en la principal causa de muerte).
6) No sólo capitales estadounidenses han ocupado muchísimos mercados cinematográficos locales luego de la destrucción de las viejas redes de distribución, desembarco que han hecho acompañando las exhibiciones con maíz acaramelado, coca-cola y sonrisas forzadas de los acomodadores, sino que es fundamental confrontar esta nueva invasión con lo que pasa dentro de EE.UU.: a los extranjeros les está vedado adquirir salas de cine. Un detalle más para desnudar el carácter político: durante 2 años desde EE.UU. se “brindò” al público ruso recién “liberado” películas gratis. Ahora el cine ruso está quebrado y las películas yanquis ya no son gratis…
7) Con ominosas referencias bíblicas.
8) Dicho esto, claro está, en general, y teniendo en cuenta que la generalidad, cuando hablamos de los habitantes de un país, rara vez excede de una minoría; cuando se alega, y con motivo, que los orientales tenemos una marcada conciencia del ridículo, no quiere decir que todos y cada uno de nosotros dependa de ese rasgo tan penoso, pero basta que, por ejemplo, un 10 o un 20 % lo tenga de modo fuerte y otro 10 o 20 % como modalidad débil, para que lo sintamos por doquier.
9) Un buen ejemplo de la falta de universalismo, de sus rasgos limitacionistas y en última instancia, del racismo del sistema político norteamericano es la política de aislamiento, vigente durante largos tramos de la primera mitad del s XX. Tan invocada como negada con la diplomacia cañonera. Para la mentalidad norteamericana dominante, esa política, sin embargo, conservó su coherencia: el aislamiento constituyó una política respecto de Europa, y de las potencias continentales con las que podía lidiar el poder norteamericano; las intervenciones a menudo violentas en que siguió incurriendo en ”el patio trasero” o en otras áreas del mundo, no violaban la política de aislamiento porque dichas intervenciones no pertenecían al orden de la política (de la “alta política”, la que se tramitaba entre caballeros) sino sencillamente al orden fáctico de las necesidades materiales (minerales, materias primas, mano de obra, etcétera).
10) “Las violaciones sistemáticas [a la libertad de información] después de la Segunda Guerra Mundial comenzaron el 24 de setiembre de 1951, cuando el presidente Truman ordenó a los departamentos y agencias federales que reservasen y retuviesen las noticias, tal como ya lo venían haciendo los departamentos de Estado y de Defensa, aplicando categorías de ‘reservado’, ‘muy secreto’, ‘secreto’, ‘confidencial’ y ‘restringido’. Bajo la presión de las organizaciones periodísticas, el presidente Eisenhower eliminó la categoría ‘restringido’, lo cual no tuvo mucho efecto ni sentido pues la de ‘reservado’ absorbía casi todo.” (Curtis McDougall, p. 61) [la anglificación de la lengua castellana que apenas expresa el avasallamiento cultural y político imperial ha llevado a popularizar la insensata expresión “clasificado” ─que en castellano significa otra cosa─ para traducir “classified” en lugar de nuestro “reservado”].

Referencias:
· Afanasiev, V., Fundamentos de filosofía, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s/f.
· Arendt, Hannah, Los orígenes del totalitarismo 3.Totalitarismo, Madrid, Alianza, 1982
· Baravelli, G. C., Le dernier rempart de l’esclavage, Roma, Società Editrice di “Novissima”, 1935.
· Bloom, Allan, The closing of American mind, s/d, 1987.
· Castoriadis, Cornelius, Devant la guerre, París, Fayard, 1981.
· Ciliga, Anton, El país del miedo y la gran mentira, s/d, 1934.
· Crisorio, Beatriz Carolina, “El problema de las nacionalidades en la ex-URSS”, Ciclos, n° 10, Buenos Aires, 1996.
· Chomsky, Noam, La quinta libertad, Barcelona, Crítica, 1988.
· Man kan inte mörda historien, Gotemburgo, Epsilon, 1995. [Hay traducción al castellano del libro de la cita, bajo los títulos Año 501: la conquista continúa. y El miedo a la democracia
· Edward Herman, The Political Economy of Human Rights, Boston, South End Press, 1979.
· Ebenstein, William, El totalitarismo, Buenos Aires, Paidós, 1965.
· Groethuysen, Bernhard, La formación de la conciencia burguesa en Francia durante el siglo XVIII, 1927.
· Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1996.
· Iudin, P. F. y M. M. Rosenthal, Diccionario Filosófico, Montevideo, E.P.U., 1965
· MacDougall, Curtis, Reportaje interpretativo, México, Diana, 1983.
· Majaiski, Jan Wacklav, Le socialisme des intellectuels, París, Éditions du Seuil, 1979.
· Nef, John, EE.UU. y la civilización, Buenos Aires, Paidós, 1971.
· Packard, Vance, Los moldeadores de hombres, Buenos Aires, Crea/Huemul, 1980.
· Pittman, John, “Orígenes del mesianismo norteamericano”, Revista Internacional, Moscú, 1986 n° 3.
· Rizzi, Bruno, Da ‘il collettivismo burocratico’, 1939.
· Roll, Eric, Historia de las doctrinas económicas, México, FCE, 1955.
· Sabine, George, Historia de la teoría política, Madrid, FCE, 1994.
· San Martín, Rafael, Biografía del Tío Sam, Buenos Aires, Argonauta, 1988.
· Selser, Gregorio, Sandino, general de hombres libres, Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
· Skinner, Burrhus F., Bortom frihet och värdighet, Estocolmo, Norstedts, 1971 (hay edición en castellano, Más allá de la libertad y la dignidad, Barcelona, Salvat, 1987, de donde provienen los números de página citados).
· Thistlethwaite, Frank, El gran experimento, México, Editorial Letras, 1959.
· Tikkanen, Dagens Nyheter, Estocolmo, 1983
· Vaz Ferreira, Carlos, Lógica viva, Montevideo, 1910.

Editado por primera vez, Cuadernos de Marcha, nº 130, Montevideo, agosto 1997.

fuente: https:revistafuturos.noblogs.org

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