Pluralidad electrónica sesgada y el retorno permanente al pensamiento dominante

por Luis E. Sabini Fernández –

La experiencia histórica nos ha enseñado que ”todo es relativo”, que toda comprobación debe resistir la prueba del tiempo (es decir, que a la corta o a  larga falla, cede), que no hay verdades eternas, ‘el reino de lo efímero’…

Sin embargo, hay algo que despierta nuestra confianza, nuestra fe: resolver cualquier duda, cualquier bache del conocimiento, en internet.

La falta de diálogo, −por otra parte obvia entre un máquina cibernética y una mente humana− no ha resultado, sin embargo, bastante para aminorar aquella confianza de “encontrarlo todo” en internet.

Sin embargo, cualquier usuario sabe  que “internet” responde a mucho más que a lo que se le pregunta.

O a mucho menos.

He puesto en internet:

«Bruno Bauer, La cuestión judía, publicado en 1843″, para ser remitido, obviamente,  a Bruno Bauer.

La devolución, en décimas de segundos, me ofrece como cinco mil entradas.

He aquí la primera:

Sobre la cuestión judía (traducido del alemán: Zur Judenfrage), es un ensayo escrito por Karl Marx en el otoño de 1843, y publicado por primera vez en febrero de 1844 en el Deutsch-Französische Jahrbücher.

Diálogo de sordos. Buscaba en internet a Bauer, no a Marx. Yhvé Marx, que parece estar en todas partes.

Otra entrada reza: Sobre la cuestión judía – Wikipedia, la enciclopedia libre». El detallecito del calificativo libre es particularmente significativo.

La entrada siguiente: «Sobre La cuestión judía. Karl Marx. Escrito en otoño de 1843, y publicado en febrero de 1844 en el Deutsch-Französische Jahrbücher.

Otra entrada: «La Cuestión Judía | Marx desde Cero»

Otra: «Sobre la cuestión judía es un texto filosófico donde Marx discute con Bruno … el error de Bruno Bauer». Agradecido. Pero me gustaría conocer «el error» de Bauer… de puño y letra del mismísimo Bauer, y con mis ojos.

Y siguen otra entradas: «Marx y el antisemitismo en la izquierda | Letras Libres.

«www.letraslibres.com › mexico-espana › marx-y-el-antisemitismo-en-l…30 mar. 2015 – En 1843, […]

la cuestión judía – Revista da Faculdade de Direito

www.revistadireito.ufc.br

por P. Aragão – ‎2013 – ‎Artículos relacionados

los hermanos Bauer, de los cuales Bruno es el autor del escrito sobre la cuestión … perfecto, un sueño embasado teóricamente, (Marx lo escribió en 1843, a fin…[…]. Y ya encarrilamos para Marx.

Otra entrada: «figurando entre ellos los hermanos Bauer, de los cuales Bruno es el autor del escrito sobre la cuestión judaica, el que dio origen a la obra título de este breve trabajo»… ya nos dimos cuenta; el de Karl Marx.

En entrada de books: «Karl Marx. PARTE I [Respuesta a Bruno Bauer]-.Etcétera.

Y más abajo, Ñángara y la cuestión judía (de Marx, obviamente)…

El Frente Amplio y la cuestión judía (ídem)

«¿Para qué sirve la filosofía?” – Página 123 – Resultado de Google Booksbooks.google.com.uy › books

Paco Fernández Mengual – 2005 – ‎Philosophy

Sobre la cuestión judía, texto redactado en el invierno de 1843-1844, es un comentario crítico al texto de Bruno Bauer […] Obviamente, sin remitir a fuente alguna. Ya tenemos «la» fuente…

Bajo la misma entrada aparece (a continuación): «La libertad en el pensamiento de Marx». books.google.com.uy › books

Ángel Prior Olmos – 1988

Parecería que es importante defender la libertad de pensamiento. La de Marx, obviamente, no la de Bauer o la nuestra.

«Marx utiliza el ensayo de Bauer como una ocasión para su propio análisis de los derechos liberales», dice otra entrada. Chocolate por la noticia.

Sobre la cuestión judía – UVwww.uv.es › ivorra › Historia › SXIX › CuestionJudia

La mayor parte del ensayo está dedicada a exponer las ideas que Bruno Bauer presenta en su trabajo «La cuestión judía» según las entiende Marx, junto con …

Después de decenas o centenas de entradas “marxianas” encontré una con la obra de Bruno Bauer. Pero en alemán.

Primera comprobación, ya archisabida: internet no contesta, no dialoga.

En castellano no apareció el texto buscado, pero sí, a trancas y barrancas, en alemán (su lengua original).

¿Qué apreciamos aquí? ¿Límites culturales o límites electrónicos de nuestra comarca hispanohablante (que sin embargo no es tan pequeña…)?

¿Será que a los que leemos castellano nos alcanza con llegar a Marx?

La búsqueda no era baladí o erudita: leyendo a Laurent Guyènot surgía una diferencia, un contraste entre Marx y Bauer por demás signficativo (véase mi apunte “A vueltas y revueltas con la cuestión judía”).

“Salvar al planeta o salvar a los seres humanos” Una disyuntiva errada presentada por Pablo Hernández Parra

por Luis E. Sabini Fernández – 

Los problemas complejos tienen soluciones erróneas que son sencillas y fáciles de comprender.” Ley de Murphy.

Pese a que todos conocemos el humor de las famosas “leyes de Murphy”, hay que reconocerles algo muy serio; en este caso, evitar caer en el maniqueísmo de dos posiciones únicas.

O algo peor: llegar a la presunta solución de un problema mediante otro, en rigor mediante el recurso de quitarle problematicidad a uno concentrando el asunto en otro.

Es indudable que Pablo Hernández Parra, en adelante PHP, aborda dos cuestiones tremendas y con las derivaciones correspondientes, más ominosas todavía.

Hay una contaminación planetaria que está atentando contra nuestra propia vida y la vida en general en el planeta y de la cual, las sociedades humanas sobre todo las que más han contribuido a esta calamidad, están adquiriendo, tarde y mal, conciencia (incorporo a esta nota, con mínimos ajustes de léxico, un comentario que ya le había formulado al mismo PHP con motivo de otra nota suya criticando, con razón, cierto profetismo ecologista, que envié entonces a una publicación abierta, postaportenia, anteponiendo aquí la fecha de ese texto).

14 OCT. 2019 – Aunque yo no soy amigo suyo ni defensor del cambio climático, me permito señalar ciertas falencias a su comentario.

Muy bien elegidas las profecías. Todas equivocadas, como era de esperar. ¿Es que cuando alguien es tan necio como para “establecer” una presunta realidad futura, y le pone fecha, puede acaso acertar?

La idea de lo profético, entrañable a toda religión, se casa poco y mal con nuestro concepto, humano, de temporalidad. Algo más racional y menos místico.

El positivismo y el marxismo mezclaron las cartas, pretendiendo conocer “científicamente” lo futuro. Lucubraron planes “racionales” para ese futuro. Trataron de fundamentarlos filosóficamente.

Pero luego del revolcón sufrido por el socialismo, el científico; el colapso soviético,  precisamente, parece difícil pretender seguir conociendo y preestableciendo lo que vendrá.

Lo que hay que evitar −algo que no veo en Hernández Parra− es negar una cuestión porque ha sido mal vista una y cien veces.

Todo profetismo histórico, climático e incluso ramplonamente personal es no solo falso, sino insensato.

Es decir, volviendo a términos de temporalidad, lo futuro es incognoscible. Por eso es estúpido o necio hablar de “el” futuro.

El pasado, en cambio, es, irreversiblemente, único. Solo que no es tan fácil de conocer como estar seguro de qué existió. Es tan arduo conocerlo, que nunca terminamos de saber qué es lo que existió. Pero esto es un problema del conocer, no del ser.

Y el presente, siempre fugaz, siempre deviniendo pasado, es lo suficientemente complejo como para que nunca terminemos de adueñarnos de él.

Podemos a gatas conocer el pasado. Y más a gatas, todavía, nuestro presente.

Y en estas condiciones, entiendo podemos hablar de cierto conocimiento: la fauna del planeta, salvo la estrechamente  conectada con la especie humana, como cerdos, vacas, ovejas, cabras, gatos, perros, cucarachas, ratas, está siendo exterminada.

Lo mismo pasa con la flora planetaria; salvo trigo, soja, arroz, eucaliptos y algunas pocas especies también vinculadas con la actividad humana, el tan diverso mundo vegetal, está siendo masivamente raleado, exterminado.

El agua planetaria está siendo progresivamente contaminada. Están los filtros purificadores de carbono, pero para el 5% de la población privilegiada, o tal vez apenas para el 5 o/oo…

Estamos ingiriendo plásticos, sin precedentes en nuestros tubos digestivos, ni en los de todas las especies que están ingiriendo lo mismo, particularmente las marinas que lo están haciendo cotidiana y permanentemente (en tierra, ingerimos partículas plásticas a menudo en la comida, pero no siempre; mediante la ingestión aérea, estamos “adquiriendo” plásticos más permanentemente, aunque tal vez ni siquiera así tanto como lo que “brinda” hoy el mar…).

Estamos desequilibrando el planeta como nunca antes. Toda sobrepoblación biológica “lograba”, dentro de la naturaleza, el correspondiente mazazo biológico, para perder población. La especie humana ha aprendido a defenderse, de hambrunas, de enfermedades, de guerras, y aumentar su tamaño cada vez más ininterrumpidamente, cada vez abarcando más territorio, más biota, más circuitos de recuperación y renovación.

Pero ¿cómo ensamblar un crecimiento indefinido y progresivo con un hábitat limitado (el planeta Tierra)?

No lo veo. Y eso me parece problemático. Y algunos gritos ecológicos, no necesariamente los más estúpidos, provienen de ese estado de situación.

También es cierto que la especie humana ha invadido casi toda la biosfera, la ha contaminado y la ha reducido haciendo cada vez más certera la advertencia del cacique suwamish, Seattle (que en realidad no fue sólo de él, en 1855, sino también de quien le actualizó la filípica, un ecologista estadounidense del s XX): “¿Qué será del hombre sin los animales? Si todos los animales desaparecieran, el hombre  moriría  de  una  gran  soledad  espiritual,  porque  cualquier  cosa  que  le  pase  a  los animales también le pasa al hombre. Todas las cosas están relacionadas. Todo lo que hiere a la  tierra,  herirá  también  a  los  hijos  de  la  tierra. 

Pero este estado de cosas, apenas esbozado, porque se trata de muchos factores críticos; el aumento del CO2, el destrozo del ozono estratosférico, las plastificación de los mares, la destrucción de la biodiversidad, no le otorga ningún derecho a las élites planetarias; el Grupo Bliderberg, la Reserva Federal (de EE.UU.), la OTAN, el foro de Davos, la Casa Blanca, la City de Londres, el Pentágono, o alguna otra más o menos secreta red de grandes corporaciones, a resolver nada, puesto que son los principales causantes de este progresivo deterioro planetario, como bien apunta PHP.

Es inadmisible que los principales causantes de la crisis planetaria quieran disponer de las políticas para enfrentarla y solucionar lo solucionable; conociendo sus rasgos –los de los poderosos del planeta– nos consta que, como afirma  PHP, descargarán en “el resto de la humanidad” el sacrificio y la muerte para viabilizar una solución a escala para ellos. como la minoría privilegiada de siempre.

Pero una atroz política promovida por estos think tanks, no significa que no exista el problema que estos privilegiados visualizan. O que no haya que encararlo políticamente. O pretender que ni siquiera existe puesto que quienes lo muestran son los grandes y atroces privilegiados de la humanidad y el planeta. O que se trate de un “fraude del cambio climático […] de falsa bandera”. 

O antojadizamente atribuir, como hace PHP a algunos investigadores “formas de solución” de la cuestión demográfica que al menos esos autores no plantean como tales. MPM atribuye a  Corel Bradshaw y Barry Brook considerar “el impacto de guerras mundiales y pandemias globales que acaben con la vida de 6 mil millones de personas, como posibles métodos de lucha contra la superpoblación que amenaza el medio ambiente”, cuando lo que afirman los mencionados es que ni siquiera tales cataclismos llevarían a la población humana a reducciones demográficas significativas, y en ningún momento lo sugieren como método “de reducción”.[1]

Esta problemática sobreviene con la modernidad, solo que al principio nadie la imaginó. La modernidad se afirmó como un optimismo tecnológico, porque un desarrollo progresivamente acelerado otorgó una serie de ventajas y comodidades  jamás conocidas antes por la humanidad, y a nadie le dio por estimar entonces la suma algebraica de lo que se ganaba y se perdía.

Mejor  dicho, nadie entre los cultores gananciosos del nuevo rumbo, porque muchos humanos de las sociedades tradicionales “atrasadas” percibieron una problematicidad.

Hubo tenaz resistencia. Por ejemplo, ante un crecimiento de la miseria humana con las nuevas maquinarias del industrialismo moderno, los ludditas ensayaron una fuerte crítica y una resistencia, bien material, por cierto. No se negaban a todas las máquinas como reza el pensamiento dominante, sino a aquellas que destrozaban sus formas de vida social. Ahogada a sangre y fuego por el capitalismo abriéndose paso.

Y antes, aun, con el proceso cruento de la conquista y la colonización europea de territorios habitados por sociedades como las africanas y las americanas, hubo también procesos de resistencia. Guerra de guerrillas. A muerte. Porque el nuevo mundo industrial, occidental, venía con ella, precisamente, con la muerte bajo el brazo, para rehacer “un nuevo mundo”.

Sus armas fueron, las “máquinas de matar”, por cierto, las que usaron indiscriminadamente en la América del Norte, por ejemplo, para acabar con nativos y búfalos. Pero también el desarrollo tecnocientífico “pacífico”, la Biblia y un cambio de mirada. En lugar de la vieja mirada panteísta hacia la Madre Naturaleza, por ejemplo, la mirada hacia lo muy pequeño y lo muy grande, valido de bastones visuales; el telescopio y el microscopio (ambos forjados en el s. XVII). El hombre moderno llegará ver un mundo hasta entonces radicalmente desconocido. Lo cual es indudablemente un  avance, un adelanto, una ventaja de la modernidad ante todo el ensamble tradicional.

Salvo en un sentido: que el hombre moderno, el de la mirada micro- y telescópica, perdió la mirada, llamemos tradicional. Una mirada que sabía ver interrelaciones.

Porque de modo insensible dejaron de ver seres vivos, con la carga emocional y de empatía que a ello le es inherente, y empezaron a ver dimensiones físicas, manifestaciones químicas. Confiado cada vez más en su acrecentado instrumental, el hombre moderno confió en esas miradas para examinar el mundo, el universo y su propia huella. El epítome de esta actitud es la de René Descartes preguntándose si el animal es una máquina, y concluyendo categóricamente, que sí.

En lugar de una suerte de panteísmo viendo vida en todas partes, la mirada occidental moderna se hizo inerte, y ajena al mundo observado. Empezó a ver componentes físicos y químicos y a actuar sobre ellos. De allí, estamos a un paso de la contaminación planetaria. Este último giro de mi frase es excesivo: ya estamos en plena contaminación.

Un ejemplo histórico, ilustrativo. Cuando las compañías fabricantes de plaguicidas, en la década del ’60, habían ya asentado sus reales en todo Occidente, en pleno proceso de agroindustrialización, les faltaba, empero, mundializar “la demanda”. La India tenía entonces unos 500 millones de campesinos… tradicionales. Allá fueron los equipos de venta de tales laboratorios, y luego los think tanks, sorprendidos, para ver de perforar la caparazón cultural de ese campesinado retardatario… que se negaba a usar venenos contra sabandijas. Arguían que los bichitos también tenìan derechos. Y que ya estaba más o menos establecido, que se llevaban un 10% de las cosechas.

Los vendedores trataban de convencerlos, tramposamente, de quedarse con ese 10% para mejorar ganancias. Tramposamente, porque los venenos ofrecidos iban a costar algo, tal vez más que ese mismo 10% plus… Con el diario del lunes podemos afirmar que los campesinos indios analfabetos eran sabios y los vendedores transnacionales estúpidos, necios y miopes.

El desarrollo tecnocientífico

La modernización, entonces, trasmutó el desarrollo tecnocientífico con una escala de valores que no es en absoluto objetiva, aunque prefiera verse a sí misma como tal; laica, ecuánime, racional, científica: el optimismo tecnológico.

Y es gracias a este proceso de modernización, occidental, que hemos desencadenado un proceso monstruoso y metastásico de contaminación planetaria.

Con el cual, ahora llegamos a un estado de imposible ignorancia.

Los ojos de la soberbia fáustica fueron los ojos ciegos que creían ver tanto. Que efectivamente vieron tanto de lo que no se conocía antes, pero  no vieron  algunas relaciones entre las cosas de la naturaleza que sí se conocía… y se olvidaron.

Durante un par de siglos, por lo menos, avanzamos arrasando tradiciones, creencias (las más de ellas, es cierto, falsas). El hombre de la modernidad, fundamentalmente varón, blanco, europeo,  arrasó formas de vida y, dentro de la especie, vidas concretas de, sobre todo, varones no blancos no europeos.

Mejoras casi fortuitas, como la higiene aplicada a la salud y la enfermedad, permitió un crecimiento vegetativo sin precedentes y consiguientemente un aumento formidable de población, de modo totalmente imprevisto.

Mediante la soberbia occidental y su ignorancia supina (y el racismo, que ha acompañado como su sombra a la occidentalización del mundo), hemos introducido en la biosfera planetaria una crisis sin precedentes. El mar océano, planetario, está totalmente contaminado. Las grandes embarcaciones “recuperadoras” que el ambientalismo tardío y remendón encara,  operan a un nivel absolutamente ineficiente, porque el daño está más “adentro” de una mancillada naturaleza.

Pero a PHP esta cuestión le parece ajena por completo, concentrado en denunciar ‘los planes políticos del imperialismo’. Su optimismo tecnológico lo lleva a denunciar a la burocracia de la ONU con un argumento peculiar: “Uno de cada 20 habitantes del planeta debe ser echado al mar […]  en el momento que la producción de bienes materiales esenciales para la vida y la prestación de servicios a todos los habitantes del mundo supera con creces las necesidades de los 7500 millones de habitantes de este planeta.” [2]

PHP nos está presentando la producción actual como si se tratara del mejor de los mundos. Como si “la prestación de servicios a todos los habitantes del mundo” se hiciera sin daño ni contaminación; como si el sistema de poder de las transnacionales en el mundo al cual predan dañando a los oscuros del planeta y beneficiando con consumos rumbosos a minorías, fuera un proceso normal, ecuánime. Todo el acero crítico que pone PHP para hablar de Trump o la ONU, lo abandona para tragarse el cuento del desarrollo económico que proviene de ese mismo sitio.

La especie y nosotros, sus individualidades conscientes, está cada vez más incapacitada para medir sus propios pasos. Quienes están a cargo de las verdades oficiales del calentamiento global, por ejemplo, advierten que somos demasiados. Muchos datos abonan esa hipótesis, aunque PHP se escandalice.

Sabemos que hay una sociedad, al menos, la china, que encara el control vegetativo. Y China no es ni la red de los privilegiados, asentados en Manhattan, San Francisco, Londres o Montreal, ni tampoco la población de las urbes megalopolizadas, despojadas, arrasadas, de Dacca, Manila, Djakarta, Sao Paulo, Lagos, Calcuta o Mumbai.

Alguna forma de control, autorregulación poblacional, deberemos encarar. Desde abajo hacia arriba, desde afuera hacia adentro. 

Si no encaramos políticas con nuestras conciencias, magras conciencias… lo harán los poderosos por nosotros… o el calentamiento global, sin avisar y pese a negacionistas contumaces, empeñados en ver solo un ardid de los poderosos en la cuestión.

notas:

[1] “Human population reduction is not a quick fix for environmental problems”, https://www.pnas.org/content/111/46/16610.short, 18 nov. 2014. El hecho que este abordaje de universitarios australianos haya sido publicado por el más oficialista canal en EE.UU., da pie a la suspicacia de MPM. Pero hay que atenerse a los hechos para establecer causales.

[2] Pablo Hernández Parra, “2020: el verdadero dilema de la humanidad. Salvar al planeta o salvar a los seres humanos / 1”, 19 jul.2019, < http://infoposta.com.ar/notas/10663/2020-el-verdadero-dilema-de-la-humanidad-salvar-al-planeta-o-salvar-a-los-seres-humanos/>

La peste plástica está tomando nuestros órganos

Por Luis E. Sabini Fernández.

Monsanto… hasta de sus últimas sílabas se podría extraer una filosofía de la inversión de la verdad, de que todo resulta opuesto a lo proclamado…

Monsanto es el agente clave para la expansión de la agrondustria que le ha signficado a la humanidad, el campesinicidio más generalizado (lo cual en cifras no tiene parangón con ningún otro trastorno demográfico y ocupacional en la historia humana; baste pensar que hace un siglo las sociedades podían tener un 75% o un 90% de población dedicada a tareas rurales y hoy se estima en 2%, 4%, 10% la población “dedicada al campo” en la inmensa mayoría de los estados del orbe).

Esa “extirpación” del campesinado no es el mero avance de la humanidad; no es el canto al progreso-siempre-mejor que nos insuflan desde los centros de poder; es una suma algebraica de avances y retrocesos de los cuales la historia oficial solo nos muestra, siempre, “los avances”.

Hay un formidable avance en los medios de comunicación y en los de transporte, pero también una pérdida de experiencia y conocmiento para tratar a la naturaleza, por ejemplo.

Pero Monsanto dista mucho de haber sido –y seguir siendo− únicamente  el pivlote de la “La Revolución Verde”, la agroindustria y la contaminación de los campos.

Durante la guerra que EE.UU. desencadenó para imponer la democracia en Vietnam  (y que tras 14 años tuviera que abandonar), por métodos, no precisa-mente  muy democráticos, el papel de Monsanto fue protagónico: proveedor, aunque no exclusivo, de Agente Naranja; el agrotóxico que la aviación de EE.UU. diseminó masivamente en los campos vietnamitas para  “quitar el agua al pez”.[1]

Pero las contribuciones monsantianas vienen de tiempo atrás. Fundada en 1901 para elaborar productos químicos inicialmente dedicados a sustituir alimentos naturales,  −los cada vez más conocidos y difundidos aditivos alimentarios−  como, por ejemplo, vainilina para cortar la dependencia culinaria hacia las islas Célebes de donde se la extraía tradicionalmente.

Tal comienzo debía haber abierto los ojos de los contemporaáneos. La sacarina, uno de los primeros producos de Monsanto, de la primera década del s.XX, ha sido desechada por tóxica. Con su extremo dulzor con dejo amargo.

Con el paso del tiempo, su capacidad de incidir en el “desarrollo tecnológico” se fue ampliando y la consiguiente toxicidad de su producción también. Desde la década del ’20 produce PCBs, los temidos polibifenilclorados que luego de décadas de uso “inocente”, o más bien impune, se iban a revelar con una altísma toxicidad generando innumerables cánceres infantiles.

 En la década del ’30, significativa y sintomáticamente Monsanto se convierte en productor de primera línea de otro gran triunfo de la modernidad ciega y soberbia, derrochando venenos en el planeta, expandiendo el uso de los termoplásticos, encontrándose así en los puestos de “vanguardia” para el envenenamiento planetario.  Estos plásticos, como los anteriores (rígidos) tenían un rasgo que debía haber hecho reflexionar un tanto: eran materiales no biodegradables. El idioma humano no tenía siquiera una palabra para enunciar semejante realidad. Hasta los “logros” de la petroquímica, nuestros materiales, nuestros objetos, eran naturaleza. Y por lo tanto, a la corta o a la larga, “volvían” a ella; una suerte de reciclado (a veces muy complejo, pero siempre total). Pero con los plásticos se rompen los ciclos naturales (para no mencionar los bióticos, ahora amenazados). La naturaleza no puede reabsorber, reasimilar productos engendrados de tal modo que han perdido todo parentesco con el mundo natural.

Lo que podía haber sido una advertencia sobre un camino ominoso fue en cambio muy bien recibido para abaratar costos, mejor dicho para abaratar los costos del capital. Que prefiere productos baratos en lugar de buenos. Una cuestión de rentabilidad, pero empresaria, no social, aunque todos sus argumentos se basan en que se trataría de rentabilidades de la sociedad.

Con el horizonte de una guerra inminente y el recuerdo de la anterior con sus peripecias en las trincheras, los soldados asolados por chinches y piojos, investigadores se dedicaron a pergeniar insecticidas. Así Monsanto trajo al mercado el DDT (descubierto por un técnico suizo alemán en 1939), una solución radical a las vicisitudes provocadas por insectos. Sin embargo, la guerra que se desata en 1939 no tendrá trincheras;  la aviación y los bombardeos cambiarán el panorama y la estructura de las guerras, y los insecticidas quedarán arrumbados. Por eso, en la posguerra, los laboratorios buscarán empecinadamente nuevos usos a sus investigaciones y aplicaciones  y empezará así la aplicación de insecticidas a la agricultura. Será el momento del combate químico a “las plagas”. Que hasta entonces se atendían y enfrentaban mediante usos físicos o biológicos. Así llegaremos a la Revolución Verde.

Monsanto resultó, una vez más, pieza clave, pivot del Ministerio de Agricultura de EE.UU. (USDA) cuando en los ’90 el gobierno norteamericano decide un plan alimentario mundial, “basado en las pampas argentinas y las praderas norteamiericanas”.[2]  Cuando  los emporios de la agroindustria  estadounidense se sintieron fuertes como para adminstrar los alimentos del planeta.[3] Este plan se desencadena a partir del recurso de la ingeniería genética aplicada a alimentos, con la producción masiva y en permanente expansión de alimentos transgénicos.

Antes, Monsanto había tenido el dudoso honor de patentar otro edulcorante, probablemente más tóxico que la problemática sacarina: el aspartame.

Son varios, entonces, los “aportes” a una alimentación degradada, tóxica, como por ejemplo la somatotropina bovina, una hormona que ha sido rechazada de plano en los mercados europeos, por ejemplo (aunque en EE.UU. se la consume libremente). Fue diseñada para aumentar la produccion de leche y los reparos provienen de que diversas investigaciones la asocian fuertemente con cánceres de mama y de próstata.

La “perla” de tantos nefastos aportes, siempre tolerados por la autoridades sanitarias de EE.UU. y sus satélites y claramente adoptados y aplaudidos por el mundo empresarial “moderno”, ha sido el tratamiento y el procesamiento de los plásticos que no son alimento pero que tienen una  insidiosa cualidad y están muy vinculados a los alimentos.  Como ya es de público conocimiento, las montañas de plásticos; los basureros gigantescos compuestos en un 90% de material plástico, las islas oceánicas, flotantes, con superficies mayores a las de los más grandes países del planeta, constituyen un problema de creciente actualidad.

Pero se trata de un problema menor, pese a su envergadura, ante la cuestión de otro aspecto descuidado de los desechos plásticos: sus micropartículas. Que están urbi et orbi.

Como lo plástico, ya dijimos, no es biodegradable, la erosión va achicando, rompiendo, despedazando los envases,  las bolsas, hasta perderse de vista. Pero así, microscópicas, siguen siendo partículas. Que no se biodegradan, que respiramos e ingerimos a diario.

Una cancha de fútbol de pasto sintérico, debido a la fricción a que su superficie es sometida, es un sitio “ideal” para la producción de micropartículas plásticas.

La erosión en general; el agua y el viento producen permanentemente micropartículas plásticas.

Hay quienes empiezan a preguntarse a dónde van las partículas que se desprenden permanentemente de los materiales plásticos que están prácticamente en toda nuestra vida cotidiana. La pregunta es, como siempre, tardía. Porque el sentido común ha cedido el paso al lavado de cerebro que nos encanta y cautiva con lo novedoso, lo moderno.

Finalmente, la Universidad de Newcastle, Australia, tras laboriosos conteos de material “iivisible a los ojos” ha establecido magnitudes aproximadas de consumo involuntario de micropartículas plásticas: unas cien mil al año, que traducido  en peso equivaldría a unos 250 gramos. Otra estimación que han hecho con semejante ingestión: unas 50 tarjetas de crédito al año (a razón de un peso de 5 gr. por tarjeta, lo que equivale a una tarjeta ingerida por semana, por vías respiratoria y disgestiva).[4]  Porque las principales fuentes de ingreso a nuestros cuerpos de tales micropartículas es mediante alimentos, agua y aire.

Se ha verificado, por ejemplo, que el agua potable en EE.UU. tiene el doble de tales micropartículas respecto de la correspondiente europea. (ibídem)  Pensemos, un minuto apenas, cuántas de tales partículas  puede haber en las aguas potables de países como Uruguay, Argentina, Brasil…

El mundo médico ha sido más bien remiso en informar qué puede ocurrir en nuestros cuerpos con los microplásticos. Y sin embargo, hay investigaciones de biológos como los norteamericanos  Théo Colborn, John Peterson Myers y Diane Dumanovsky[5] , por ejemplo, que a mediados de los ’90 relevaron la presencia de partículas plásticas invisibles de policarbonato (PC), de polivinilcloruro (PVC), en numerosos animales que presentaban, junto con estos “alteradores endócrinos” diversas malformaciones o trastornos en la vida sexual y reproductiva. Y, por ejemplo, rastrearon la presencia de Bisfenol A (ingrediente del PC), un reconocido alterador endócrino, en bebes (sus biberones estaban hechos de PC).

Nuestra estulticia, no sabemos si tiene precio, nos tememos que sí. Pero lo que es indudable es que es inmensa.

notas:

[1]  Técnica de las llamadas contrainsurgentes empeñadas en debilitar los apoyos a los guerrilleros clandestinos. Eliminar naturaleza y boscajes para quitar lugares de escondites y protección. De paso, arruinar también la provisión de alimentos…

[2] Dennis Avery, Salvando el planeta con plásticos y plaguicidas, Hudson Institute, Washington, 1995.

[3]  El plan, por suerte, resultó insuficiente, sobrepasado por un planeta y una población indudablemente mayor y más compleja que el diseño del USDA. Poco después, los pretendidos diseñadores norteamericanos de la alimentación mundial iban a tener que incluir a Canadá, Australia y finalmente Brasil más zonas menores en el diseño del plan mundial de control alimentario. (Véase Paul Nicholson, “Los alimentos son un arma de destrucción masiva”, 2008, www.rebelion.org/noticia.php?id=178160).

[4] Kala Senathiarajah y Thava Palanisami, “How Much Micropolastics Are We Ingesting”, 11 junio 2019. Cit. p. J. Elcacho, kaosenlared, 13 jun. 2019.

[5]  Our Stolen Future, Dutton, Nueva York, 1996. Hay edición en castellano, España, 2006.

Ser y no ser del socialismo

por Luis E. Sabini Fernández

Estamos a un siglo del  cambio político que dio lugar a la Unión Soviética, para muchos  –y sobre todo en la llamada izquierda− a la instauración del socialismo en el planeta.

Parece fecha propicia para reexaminar una cuestión que ha sido abordada reiteradamente, aunque en general sin mayores resultados; ya veremos que la iconografía socialista es pertinaz (lo cual, por otra parte, no tiene porqué ser un defecto).

El socialismo ha sido una de las principales corrientes de pensamiento de la modernidad. Tras el Renacimiento y el acceso a todos los océanos por parte de la  navegación de origen europeo, el mundo cambia.

La globalización, el sistema de intercomunicación humana que nos dejara a las puertas de esa modernidad, en los siglos XIV y XV tenía como Mare Nostrum, el viejo mar de los romanos; el Mediterráneo, entre África y Europa. En sus costas estaban los principales centros culturales y comerciales de lo que ahora llamamos el Mundo Antiguo, que se denominaba el Poniente, o en árabe el Magreb. Hacia el Asia, entonces, estaba el Levante, el Masriq árabe, las Célebes,  el Mar de China.

Así, las bibliotecas de Alejandría en Egipto y la de Timbuctú en el actual Mali constituían centros de irradiación cultural, al que concurrían los intelectuales de la época. Por su parte, Gaza (actual Palestina), Fenicia (actual Líbano) eran nexos, portuarios, entre el Levante y el Poniente.

Con el arribo de la Corona Española a Abya Yala, en 1492, y la consiguiente toma de posesión que lleva a cabo Colón, asombrado de lo fácilmente esclavizables que son sus habitantes ─lo cual nos dice mucho sobre la mirada europea─, se va configurando una nueva globalización, ahora con el Atlántico Norte como nuevo Mare Nostrum.

En el nuevo eje Viejo Mundo-Nuevo Mundo, África es subalternizada, y Asia dejada a un lado.

Aquellas universidades que se habían ido forjando en Europa desde los siglos XII y XIII con un pensamiento cada vez menos teológico, iban dando lugar a un pensamiento civil y laico. La primera, la de Bologna, en el siglo XII y las de París, Oxford, Montpellier, Cambridge, Salamanca, Padua, Nápoles. Toulouse, Orleans, Siena, Valladolid y Lisboa en el siglo XIII, irán cambiando el eje de las preocupaciones intelectuales e ideológicas, alejándonos del pensamiento teocrático y acercándonos al abordaje de la realidad y la sociedad, el mundo de los vivos y carnales.[1]

Con el Renacimiento, la Ilustración, los enciclopedistas y el enorme empujón material que significa el aprovechamiento de las riquezas del Nuevo Continente, junto a una navegación que se independiza de las costas, se va configurando  una actualización de la actividad intelectual, reconociendo e incorporando los avances científicos, en astronomía, física, química, biología, antropología, arqueología, medicina.

Los descubrimientos geográficos, gestan  nuevos intereses en crónicas de viajes que van a su vez ampliando el conocimiento de las nuevas realidades sociales; en tales relatos se despliegan diversos planes o sueños de nuevas sociedades; en 1516 Thomas Moro, teólogo,  crea Utopía y en 1602 tenemos a Tommaso Campanella, monje domínico,  creando su Ciudad del Sol.

Se va socializando un ansia de vida diferente; lo que genéricamente conocemos como socialismo utópico ─del cual son ejemplos  pioneros los relatos de Moro y Campanella─ irá configurando la cuestión política cada vez con mayor fuerza. Un rasgo común a esos sueños o ensueños sociales es un acentuadísimo autoritarismo; “liberar” al género humano será visualizado como el reino de lo exacto, el control absoluto, las decisiones objetivas, la regimentación total de la vida cotidiana.[2]

Así llegamos al s XIX. Para entonces, los planteos y aportes de Karl Marx resultan protagónicos dentro de las corrientes socialistas, en medio de un multitud de variantes, algunas incluso muy enfrentadas con los desarrollos marxianos o marxistas, como es el caso, sin ser las únicas, de las corrientes ácratas o antiautoritarias.[3]

El aporte de Marx, enfrentado al socialismo utópico, fue una nueva mirada sobre el acontecer social; las transformaciones sociales no son fruto de la voluntad de políticos, magnates o reyes; Marx fue contundente en explicar que existen causas ajenas a la voluntad que modifican y transforman las sociedades.

Después de Marx ya no se pudo insistir en el voluntarismo para las modificaciones políticas y sociales (aunque se siguió insistiendo), algo que había caracterizado a los socialistas utópicos pero no sólo a ellos. El aprender a ver, el tratar de analizar causas objetivas es su aporte fundacional para otra forma de entender la realidad y sus transformaciones. Pero Marx dio otro paso; algo habitual cuando se siente haber alcanzado una verdad fuerte, nueva; no limitarse al análisis de la realidad presente, sino inferir científicamente “el camino” que la sociedad habrá de tomar, según esas legalidades “independientes de la voluntad”. Por ello, con la audacia propia del pionero tachó a su diseño político de “socialismo científico”; una denominación que iba a tener fuerte impronta en un momento en que los desarrollos científicos estaban tomando enorme vuelo.

El abordaje que hizo Marx colocó en un mundo por venir la realización de las transformaciones socialistas.

A diferencia del debate político entonces existente en que se analizaba el pasado para entender el presente, Marx (y Engels) se plantean analizar, criticar y entender el pasado para conocer (inferir) lo futuro, lo que no existía entonces. Lo que otorgaba a esos “conocedores” un papel mucho más trascendente que el mero conocer; la undécima tesis contra Feuerbach, aun al margen de la dimensión temporal, apunta a una pretensión más incisiva: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”

Junto entonces con la idea de un compromiso total con la transformación de la sociedad, todo fundido en un magma único −realidad, conocimiento de la realidad, protagonistas−, el pensamiento moderno –marxismo, positivismo− introdujo la idea de cognoscibilidad de lo futuro. Algo que desde el universo burgués, en ascenso, tuvo buena acogida.

Vale decir que en tiempos modernos, posmedievales y posrenacentistas, adueñarse de lo por venir empezó a ser concebible, deseable, sentido al alcance del discernimiento humano y tal aspiración se hizo común entre pensadores tanto burgueses como antiburgueses (tratando de ser fiel al espíritu de Marx, habría que decir posburgueses, puesto que Marx siempre apoyó el desarrollo burgués, sólo que no aceptó quedarse en él como el non plus ultra, característico de los intelectuales del novel capitalismo, como habría sido el caso de su maestro, G. W. F. Hegel).

La lucha de pobres contra ricos, por ejemplo, tan característica de tiempos medievales, perdía validez a ojos de Marx; ahora había que asumir, aceptar, propender que el rico fuera más rico para mejor desarrollar a su “enterrador”; el proletariado.

El conocimiento de lo futuro

La dimensión de futuro había sido aceptada hasta ahora, únicamente desde la magia, la cábala, la astrología. O en todo caso, “captada” desde lo mítico.

Pero Marx trajo la dimensión futura al más acá, a nuestro mundo. Consideró que había inteligido procesos, momentos, y que el desarrollo burgués, que provenía históricamente del medioevo, iba a desembocar, ineluctablemente, en el socialismo.

Esos momentos históricos se vehiculizaban con respectivas clases sociales y así como atribuyó el ascenso capitalista por sobre las viejas sociedades agrarias a los burgueses, análogamente atribuyó al proletariado el protagonismo de esa nueva, entrevista sociedad; la socialista.

En pleno siglo XX, el historiador suizo Bernhard Gröthuysen hizo un jugoso análisis del ascenso burgués en Francia, en los siglos XVII y XVIII. Que a mi modo de ver inhabilita toda la construcción histórica, marxiana o marxista, de secuencia aristocracia-burguesía-proletariado (que tanto se propagó en manuales de divulgación marxista militante como asumido por la intelectualidad socialista en general).

Gröthuysen se dedicó a analizar los sermones de los púlpitos de las parroquias provinciales francesas de esa época y advirtió ciertas legalidades: los sacerdotes estaban a menudo inquietos por la presencia, mejor dicho la ausencia, de unos vecinos que “olvidaban” los deberes religiosos… por trabajar. Eran señores, cristianos, pero tibios, que en lugar de cazar y dedicarse a las armas (como la aristocracia) o a la vida ultraterrena (como el clero), centraban su actividad en algo que hasta entonces sólo había sido una maldición que tenían que sobrellevar los pobres; el trabajo.

Allí estaban estos anómalos, con sus aparatos, de mensura, de óptica, de relojería…

Eran el núcleo burgués que se estaba configurando. No eran los aristócratas que vivían de sus heredades. O al menos, no solamente de ellas. Estaban gestando nuevos comportamientos. Pasado el tiempo, la banca, el comercio y las nuevas ramas técnicas generaron nuevas capas dirigentes que finalmente sustituyeron a la aristocracia… y en buena medida al clero.

Este ascenso burgués poco y nada tiene que ver con las profecías del ascenso socialista. Mediante la política. Porque lo que rastrea Gröthuysen no es un cambio político y masivo de una clase por otra; es más bien el surgimiento desde adentro de un nuevo tejido social y material dentro del viejo y carcomido, en vías de caducidad…

Sin embargo, la espera del socialismo a lo largo de todo el siglo XIX fue ganando terreno. Su advenimiento ─ése solía ser uno de los calificativos más usuales─ denotaba el carácter religioso, bíblico, de tales expectativas. Pero imaginado desde cambios más bien rotundos en las clases. Y materiales. No es raro; generalmente lo nuevo y lo viejo se entretejen y a menudo se hace difícil discernir lo nuevo dentro de lo viejo.

Pero lo decisivo de la investigación de Gröthuysen  es la diferencia radical  entre el surgimiento registrado por él y el advenimiento imaginado por la militancia socialista.

Tantas fueron las ansias depositadas en “el mundo nuevo” que cada episodio más o menos significativo fue entrevisto como el dichoso advenimiento. Así, la Comuna de París de 1871, después del ensayo general de la comuna de la misma ciudad en 1848, se sobreentendió como plasmación del proyecto socialista que significativamente se calificó como “primer asalto al cielo” (volvemos al mito redentor, propio de la religión en este caso cristiana o, mejor dicho, judeocristiana…).

La creencia en el advenimiento del socialismo se fue extendiendo por las sociedades europeas de finales del s XIX y principios del s XX a tal punto que intelectuales reaccionarios y antisocialistas compartían dicho visión (sólo que lamentándolo y no ansiándolo como los “socialistas”).

No es por lo tanto extraño que el enorme cimbronazo político que acabó con el zarismo en febrero de 1917, con el establecimiento de un gobierno “moderno”, antimonárquico, partidario de una actualización política democrática, que tuviera un andar agónico, incapaz de satisfacer las demandas populares, que incluían reclamos obreros como la ley de 8 horas, pero sobre todo, alimentos; enfrentar el problema del hambre cada vez más generalizada, que semejante gobierno pretendiera como finalidad, el socialismo.

Se podría decir que casi todo 1917 (febrero a octubre) fue el de una Rusia ya no imperial, pero carente de firmeza para seguir una política satisfactoria para masas cada vez más hambrientas y crecientemente conscientes de sus derechos.

Y en octubre [4] de ese año, propiamente revolucionario, tuvo lugar una suerte de golpe de estado (Lenin diciéndole a sus camaradas: ‘un día antes puede ser prematuro y fallido, un día después, resultar demasiado tarde’) donde los bolcheviques se hacen cargo de los principales resortes del estado ruso y del Palacio de Invierno, sede del gobierno provisional, casi sin disparar un tiro.

Los bolcheviques avanzan inmediatamente suprimiendo instancias democráticas, como el Parlamento ruso, la Duma, donde los socialistas revolucionarios de izquierda tenían la mayor bancada, que ideológicamente se identificaba con el campesinado ruso en tanto los bolcheviques, con su impronta marxista, creían encarnar al proletariado y se sentían totalmente alejados del universo campesino (esa impronta perdurará durante las siete décadas de gobierno “comunista” soviético…).

Así que una vez más, como en 1871, un sacudón social fue interpretado como  advenimiento del socialismo; el cumplimiento à la lettre de la profecía de Marx.

Tanto es así, que pasados los setenta y tantos días de la toma de poder bolchevique, Lenin, pese a su habitual severidad, bailará conmemorando que ya habían sobrepasado los “días que había durado la Comuna” sin haber sido derribados… el ‘segundo asalto al cielo’ parecía mejor encaminado…

Y así, se sobreentendió que lo que se había instaurado en Rusia, con el golpe de mano bolchevique era un gobierno socialista. Y prácticamente la humanidad empezó a contar los días de la “Revolución Rusa” como pertenecientes al nuevo mundo socialista.

Es increíble con qué facilidad se puede generalizar, planetariamente, una confusión, un enredo semántico, una “verdad”…

Sin embargo, y más allá de toda fraseología revolucionaria, lo que se fue instaurando en Rusia ya con los zares decapitados, fue un régimen de creciente dureza y control social, no de obreros y campesinos, ni siquiera de obreros y soldados, sino de una dirección supremacista, que no admitía críticas ni diferencias, con el carácter inflexible de un Calvino, un Robespierre en acción, con la rigidez mental de las utopías archiautoritarias.

Con una pretensión totalitaria de enorme fuerza. Panait Istrati, indio, una visita pionera a la URSS a principios de los ’20, testimoniará la furia obsesiva de las primeras autoridades soviéticas de “registrarlo todo”, medirlo todo; los humanos, las vacas, pero también los árboles, ¡las lombrices! Con el presupuesto cientificista de que llegarían a soluciones “perfectas” teniendo todos los elementos a disposición. Algo que abonaba la idea de “mecanismo”.

Esos “datos” vendrían bien para los personajes “cientificistas” que ridiculizaba Gustave Flaubert en pleno siglo XIX −Bouvard y Pécuchet−, pero aquella “fiebre” a caballo del “socialismo científico” seguirá conformando la idea de lo por venir −embretándonos−ya bastante entrado el siglo XX…

El concepto de temporalidad en el socialismo

La experiencia histórica de los llamados estados socialistas, plantea una problemática filosófica que nos obliga a observar los conceptos propios de la temporalidad.

Todo el edificio soviético y las ampliaciones socialistas consiguientes se basan o se basaron en lo podríamos llamar la ‘profecía del socialismo científico’.

En política, en nuestras sociedades y vidas, colectivas y particulares, la cognoscibilidad de lo futuro no existe. Y su pretensión no nos guía a mayor conocimiento sino a mayor desnorteo.

Fueron el positivismo y el marxismo, sus teorías del conocimiento, las que introdujeron cierta equidistancia, una simetría dentro de lo temporal entre pasado y futuro.

Hace un siglo, los cursos de idioma castellano, al menos en España, enseñaban los artículos gramaticales de un modo altamente significativo en esta cuestión de la temporalidad, y con un enorme valor filosófico: se hablaba de el pasado y lo futuro. Justamente rompiendo toda “equivalencia” temporal, toda pretensión de tratamiento comparable. El pasado fue. Objetiva y categóricamente. Nuestra dificultad en todo caso consiste en asirlo, conocerlo. Por eso la complejidad de la labor de historiadores y todas sus ramas y actividades conexas. Por su extraordinaria diversidad, podríamos incluso sostener que el pasado es inabarcable y su conocimiento siempre perfectible.

De lo futuro, nada podemos inferir, registrar; en todo caso, abrir hipótesis, a veces muy fuertes. Pero aun en tales casos, es más que frecuente que “la liebre salte por donde menos se piensa”. Es un dicho popular, llano, de conocimiento empírico, pero no por ello menos sabio.

Pasado el auge filosófico del positivismo y el marxismo, desde fines del s XX se va fortaleciendo la conciencia de lo que designamos la incognoscibilidad de lo futuro; hay más y más filósofos que adscriben a esa idea, a tal punto que podríamos decir que, culturalmente ya pertenece a nuestro presente. Pienso en referentes culturales del peso del recientemente fallecido Zygmunt Bauman, por ejemplo, o Ernest Garcia, filósofo catalán, Ivonne Gebara, monja y filósofa brasileña, y hasta Joaquín Miras, que aun marxista sostiene, como los antes mencionados,  el carácter incognoscible de lo por venir.

Como que ya no es el tiempo de las “etapas” que “nos” iban a conducir para desembocar en el socialismo; pienso en Pléjanov, en Lenin, Lefebvre… y tantos otros marxólogos y diamatistas. Ese tiempo, con el horizonte socialista “a la vista”, ha sido, culturalmente, borrado. Enhorabuena.

URSS

Tempranas visitas, como las de Fernando de los Ríos, socialista burgués y de Ángel Pestaña, anarcosindicalista, en 1919, españoles invitados para ir gestando una nueva Internacional diferenciada de la Segunda [5] mostraron que era idiota hablar de ‘control obrero de la revolución’ cuando lo visible y evidente era el control sobre los obreros…                                 

Las manifestaciones opositoras fueron siendo ahogadas mediante la represión directa de la policía política (Tcheka o Cheka). Viktor Serge, un bolchevique, exanarquista, que curiosamente no adoptó el comportamiento del recién llegado y conservó el carácter díscolo, que probablemente tuviera en tiempos ácratas, recordará que la última manifestación política callejera, con críticas públicas al gobierno bolchevique, será el entierro de Piotr Kropotkin, octogenario, figura pública, geógrafo, zoólogo, anarquista, a principios de febrero de 1921. Se trató de una clara manifestación política bajo la forma de procesión portando un féretro, que agrupó, en lo más fiero del invierno, a decenas de miles de manifestantes (algunos estiman centenares de miles). De los anarquistas encarcelados, que ya se contaban por centenares, el gobierno bolchevique, para bajar la presión, autorizó concurrir al entierro a un puñado, menos de una veintena, mediante una excarcelación de 24 hs. Todo el acto; manifestación de hecho, entierro, estuvo vigilado por la Cheka. Al fin del día los anarquistas liberados serán reingresados a las prisiones de las cuales saldrá al exilio una exigua cantidad (algunos serán matados abiertamente y la mayoría conocerá la condición de desaparecidos…). Al mismo Kropotkin, el gobierno le rindió mínimos honores por sus trabajos como climatólogo, zoólogo[6] y hasta  prometió el nombre de una calle, pero se negó a reconocer su actuación política, crítica.[7]

En marzo de 1921, tendrá lugar la represión masiva, militar, a la rebelión del soviet de campesinos y soldados de Kronstadt, ciudad-fortaleza, al fondo del Golfo de Botnia, que se insurreccionaron para alcanzar “la Tercera Revolución” (secuenciando febrero como primera y el segundo semestre de 1917 como segunda).

 “─Mátenlos como conejos” dirá entonces el comandante en jefe del ya constituido Ejército Rojo, Lev Trotski. El ahogo de dicha desobediencia costará la vida de unos cincuenta mil insurrectos, refractarios y rebeldes.

El engendro soviético que tantos socialistas confundieron con la llegada del socialismo a la Tierra irá cosechando una pesadilla colectiva que fue anunciada permanentemente por militantes que  iban de visita, a menudo ilusionados, pero que no estaban de antemano comprometidos con privilegios de diversa índole (becas, obsequios, viajes) o por quienes se animaban a analizar esa “edificación social” sin anteojeras.

La lista de objetores y desengañados es enorme (pero sin duda la de adictos e incondicionales fue, por décadas, mucho mayor). Aparte del puñado ya nombrado, mencionemos algunos pocos más cuyos nombres nos han alcanzado: V. Volin, B. Suvarin, P. Archinoff, J. Majaiski, B. Rizzi, A. Gide, entre los que revelaron verdades en la década del ’20 y aun antes. Y en la del ’30, A. Ciliga, K. Korsch, C. Berneri… El goteo continuará década a década; V. Kravchenko, V. González, hasta enterarnos −Stalin extinto−, de las principales obras de Alexander Solzhenitsyn, ésas sí muy difundidas en Occidente por el bien provisto campo anticomunista pro-occidental, por geopolítica, no por respeto a la verdad.

En los ’70, ya no estaban, muchos matados, los críticos del 17 y los de la generación revolucionaria de la década del ’20. En un pasado más reciente −nuestro presente para los veteranos actuales−, la URSS internaba en psiquiátricos a disidentes y refractarios al sistema soviético. Así se había modernizado, actualizado, “suavizado”, el sistema represivo que procuraba ahora simular su regulación total(itaria). Fruto posestalinista, la modernización escondía el ritmo terrorista de cárceles, internaciones concentracionarias y juicios sumarísimos para internación psiquiátrica.

Habiendo alcanzado el paraíso proletario o estando a punto de lograrlo, o mejor dicho, haciendo como si estuvieran a punto de, repitiendo mutatis mutandis las bambalinas de Potemkin, los dirigentes soviéticos no podían entender, o por mero afán de conservación de privilegios, aceptar, que alguien se rebelara ante el ordenamiento (llamado) socialista. Si alguien tenía tales planteos era porque estaba sencillamente loco.

Así, fueron internados en psiquiátricos algunos de los llamados disidentes, como Andrei Siniavski –el extraordinario analista, pulverizador del realismo socialista. En 1978, por ejemplo, es finalmente expulsado de la URSS un exinternado psiquiátrico, Piotr Bukovsvki, acogido en el país que también a mí me había aceptado como “refugiado político”; Suecia.

Bukovski, que estaba todo menos loco, vaticina en su presentación en su país de acogida, la inviabilidad a largo plazo de la URSS, explica sus trabazones internas, el estado anímico de la población, el papel devastador de la burocracia soviética y por todo ello vaticina que no puede durar más de seis años.

Imagino que muy pocos de los que lo escuchamos puedan haber aceptado, acordado, con semejante vaticinio. Bukovski jugaba con la fecha de Orwell, 1984. Sin embargo, muy poco tiempo después empecé a entender la justeza de su vaticinio. Por cierto que erró la fecha, pero si pensamos en las siete largas décadas del régimen soviético, que el mismo haya implosionado en 1991 y no en el pronosticado 1984 es apenas una minucia de siete años (y aun menos, porque el derribo del Muro de Berlín, en 1989, ya prefiguraba todo el desenlace).

El colapso soviético no significó la desaparición lisa y llana del llamado, mal llamado, “mundo socialista”. En esa década y en el resto del siglo XX, vimos regímenes socialistas como el albanés, el cubano, el norcoreano, el vietnamita, el intento moldavo, los proyectos bolivarianos. Y Cuba. Entrando ya en el siglo XXI, son muy pocas las formaciones estatales que se proclaman socialistas. Y cada vez a más distancia de lo que se denominara “socialismo real”.

Tirando el bebito con el agua sucia

Hecho este sucinto itinerario por los estados socialistas, entendemos fundamental diferenciar esa acepción de socialista, atada a los estados que se proclamaran tales, de otra que se atenga a diferenciar la propiedad privada  de los medios de producción, por ejemplo, de la producción colectiva o social de esos mismos medios. El sentido del socialismo estriba en negar el sentido de la propiedad privada para entender los procesos materiales, biológicos, económicos y hoy diríamos ecológicos. ¿Se puede pretender, que tenga sentido la propiedad privada de la tierra, el agua, el aire? Y yendo incluso a aspectos más parciales, ¿se puede entender, aceptar circunscribir a la propiedad privada áreas como las de la salud o la atención de los pequeñuelos y los discapacitados?

La que entró definitivamente en crisis, entendemos, es la idea de socialismo anclada en el  conocido “campo socialista”,  países socialistas. Pero eso no inhabilita hacer una crítica radical, socialista, a la idea de propiedad privada.

Porque ya sabemos que la propiedad socialista estatal es abusiva. Pero ya sabemos que la propiedad privada es también abusiva.

¿Socialismo o socialismo?

¿Podríamos decir que “el mundo ha vivido equivocado”? Es aterrador, puede resultar presuntuoso proponerlo. Sin embargo, la humanidad ha vivido a menudo, en grandes porciones de la especie, de ese modo. Las creencias en el alma, en el infierno, en el dominio viril, varonil o masculino, han sido “ideas” compartidas por una mayoría, a menudo aplastante en amplios sectores de la humanidad. Sin embargo, cada vez nos suenan más falsas.

El socialismo fue una idea motriz de enorme propagación y trascendencia que se basa en una verdad de a puño, que ya hemos abordado: la propiedad privada daña el ambiente, la naturaleza y por consiguiente a todos nosotros. Pero la dura experiencia nos ha señalado que la propiedad colectiva, comunal, comunitaria, pública ─elíjase la preferida─ también daña al ambiente, a la naturaleza y, transitivamente, a nosotros mismos.

¿Qué recursos tenemos los humanos para distinguir verdad y falsedad, justicia e injusticia, olvido y memoria, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la libertad y el terror?

Lo más escalofriante del experimento soviético no es solo haberle atribuido un carácter ideológico pre-determinado sino que, durante décadas, en la humanidad hubo un gran contingente de población ─los comunistas─ convencido que allí se había instaurado el mejor de los mundos y aunque millones de tales cultores jamás pisaron los territorios “emancipados” constituyendo así un fenómeno de pura creencia, hubo sí varios, miles a lo largo de los años, y desde los más diversos rincones del planeta, que visitaron y convivieron con el universo soviético y testimoniaron convencidos que ése era el mejor mundo posible o al menos el camino hacia ese mundo. Aunque hubo quienes vivieron ese universo, o lo conocieron, y estaban exactamente convencidos de lo contrario.

En esa segunda humanidad, renuente al “logro revolucionario”, tenemos que distinguir entre quienes rechazan el experimento soviético luego de haber participado en él directamente, a veces como sostenedores, a veces como convivientes; población rusa, por ejemplo, o sindicalistas y socialdemócratas o luchadores antizaristas; gente como el ya citado Anton Ciliga, croata, con su formidable alegato El País del silencio y la gran mentira. Y quienes también repudiarán la URSS a partir de la propaganda anticomunista que desde Occidente y en particular, luego de 1945, desde usinas de poder en EE.UU. y Europa Occidental descargarán furibundas críticas anticomunistas. Estos segundos fueron en general reclutados por los aparatos ideológicos “occidentales”, como el Congreso por la Libertad de la Cultura, y su crítica al “campo socialista” aun, cuando llegaban a emplear buenos argumentos, obedecía a una estrategia de enfrentamiento del capital cada vez más mundializado contra un competidor, supuestamente anómalo.

Eran otros “cretinos útiles” tan penosamente idiotas como los que fabricara la maquina propagandística soviética. Una cosa es Ciliga; otra Commentary.

El capitalismo mundializado trató de unificar la oposición a la URSS. Pero los que conocieron 1917, los que pasaron por la experiencia traumática de Ucrania dividida en cuatro sectores político-militares (bolcheviques, machnovistas, petlurianos y zaristas, al menos entre 1917 y 1921), enfrentados entre sí, los que procesaron el levantamiento rebelde de Kronstadt en 1921 por la “Tercera Revolución socialista”, contra el viejo régimen y contra los bolcheviques; los que conocerán las prisiones que le hará decir a Ciliga que en 1930 los únicos lugares con debate político dentro de la URSS eran las cárceles, puesto que la vida social, económica, política de la URSS, estaba ahogada en terror, nada tienen que ver con el anticomunismo pos 2GM.

Cuento una cortísima anécdota personal para ver si puedo traslucir el grado de abyección en que se fue cayendo, tal vez lentamente.

Comienzos de la década de los ’80, reinado de las dictaduras militares occidentalistas en el Cono Sur americano. Mi situación entonces era la de refugiado político en Suecia.  Europa era “chica” para nuestras medidas geopolíticas, y el nivel de ingresos generoso mirado con ojos rioplatenses.

Fui a conocer París. Algo que en los cuarenta largos años previos ni siquiera había estado en agenda. Allí residía una uruguaya hermana de un gran amigo. Refugiada política ella también. Fui a visitarla y resultó en pareja con un joven, también uruguayo y comunista como ella. Lo más llamativo para mí era que el consorte era un “rentado” .

Conocía y bastante concienzudamente  el penoso y cómplice papel del PCU con los militares, torturadores, aunque la jerga partidaria los considerara “patrióticos”. Ese conocimiento  estaba, para mejor, reforzado con el penosísimo y vergonzante papel que el PCA había tenido ante la dictadura militar argentina, en 1976 (antes y después). Tuve varios episodios, por mano propia, sobre todo en el universo carcelario, donde la política estaba mucho más explícita (como contara Anton Ciliga de las cárceles soviéticas de las décadas del ’20 y ’30).

En París, entonces, nos saludamos, nos presentamos y entramos a hablar de política. En las primeras de cambio, le confesé al funcionario que tenía una duda, que quería saber cómo se planteaba él, y podríamos decir hoy el PC(U), frente a la terrible realidad de la actividad concentracionaria soviética, el papel y el destino de los que habían ido a parar “a los campos”, de su vigencia, si persistían o si eran historia.

Era una pregunta que, hasta 1956 e incluso alguna década después, habría sido contestada con un arrebatado: −¡sos un agente de la CIA! o –¡sos un provocador!, ¿quién dirige tu voz de chirolita? Pero con el posestalinismo y cierto pesado aprendizaje democrático à la occidental, también podría haber sobrevenido un: “−Terrible problema que sufrió la URSS a causa del estalinismo; pero hemos aprendido que fue un error gravísimo, un horror inaceptable, y al día de hoy se han desmantelado todos los campos [no es de estilo seguir llamándolos de concentración].”

Tales eran las respuestas que esperaba según fuera más o menos eurocomunista, y pensaba como más probable la segunda estando “refugiados” en Europa… El rentado contesta: “─No te puedo decir, nada, es un tema que no conozco, no tengo la menor idea…

A lo que no tuve más remedio que contestarle: ─Entonces no tenemos mucho más que hablar. Porque te hice un pregunta medular y vos estás profesionalmente integrado a la organización responsable de semejantes comportamientos, de millones de seres humanos que me temo fueron masacrados por esa maquinaria ideológica que me decís que no conocés. No tengo idea cómo compaginás tu carácter de rentado con semejante prescindencia. Pero es cosa tuya. Pero entonces, no tenemos nada más que hablar.

Me levanté, y me fui. Contrariado por su total indiferencia, irresponsabilidad, aparatismo… la facilidad que tenemos los seres humanos para proteger hasta los comportamientos más miserables, crueles, atroces, si contamos con una coartada, un amparo, un taparrabos ideológico que apenas guarde nuestras “vergüenzas”….

Y esto es lo peor del siglo XX socialista. El desprecio por la verdad  y la dignidad de nuestras vidas. Tal vez algo peor; nuestra aquiescencia, nuestra indiferencia. El abuso y cierta comodidad generalizada.[8]

Para remate, tanto el nazismo como el sionismo han  invocado el socialismo en sus banderas… y el cuidado de sus prójimos.

Qué es lo nuestro, qué vamos a cuidar para no dañarnos a nosotros mismos, a nuestros prójimos…

La propiedad común respeta continuos naturales y culturales, pero no parece fácil ni seguro empeñarnos en esa senda.

Y de todos modos, los planteos ecologistas, gaianos, nos llevan a desconfiar radicalmente de la propiedad privada. Lynn White, Frederick Soddy, Andrew Kimbrall, Nicholas Georgescu-Roegen, Rachel Carson, Lars Berg, Joan Martínez Allier, Dahr Jamail nos llevan, nos señalan, si todavía queremos conservar el nombre, otro socialismo.

notas:

[1]  Interesante anotar que la primera universidad noruega, país del primerísimo mundo, data del s. XIX; 1811, en Christiania, poco antes de que se fundara la primera en Uruguay, 1849. 

[2]  Escasa minoría de utopías no autoritarias dejarán también su marca en este nuevo universo ideológico; valga el Notices of Nowhere (que podría leerse como Notices of Now Here; es decir en lugar de Noticias de ninguna parte, Noticias de aquí y ahora), de William Morris. Y pocas más…

[3]  Se le atribuye a K. Marx un deslinde, elemental y sin embargo significativo: habría dicho que él no era marxista, rompiendo lanzas por un pensamiento original.

[4] La “Revolución de Octubre” tuvo lugar el 7 de noviembre según el calendario desde entonces adoptado.

[5] Y de otros proyectos como la llamada Segunda y media Internacional…

[6]  Autor de El apoyo mutuo, un abordaje de las relaciones interespecies e intraespecies que constituyó un enfoque diametralmente enfrentado al de Charles Darwin con su Origen de las especies. Con el capitalismo en auge y el industrialismo en su marcha triunfal, las tesis de Darwin se acomodaron mucho mejor al clima imperante; una forma “científica” de Homo homini lupus, de Thomas Hobbes, del capitalismo temprano de mediados del s. XVII. Con la mirada que hemos ido elaborando con la crisis ambiental a lo largo del s. XX, tiendo a considerar mucho más respetables y acertadas las tesis kropotkinianas. Carente de apoyos institucionales El apoyo mutuo ha quedado mucho más en la sombra. Sin embargo, la biología más reciente, ha captado la calidad científica de muchas de sus observaciones en tanto el darwinismo, vampirizado por el sistema dominante, ha sido usado como una suerte de neo-hobbesianismo.

[7]  Kropotkin le escribió un par de cartas abiertas a Lenin criticando “el nuevo curso” y cabe pensar que al verticalismo bolchevique no le cayó bien, aunque se cuidó de reprimir a un octogenario famoso. El tributo institucional de la nueva dictadura se cumplió: efectivamente una calle moscovita recibió el nombre de Kropotkin. Ironía de la historia: ha sido el asiento de las juventudes bolcheviques (Komsomol)  durante la era soviética.

[8] Un fenómeno de identificación y racionalización de  similar ‘ceguera voluntaria’ podríamos rastrear en el fascismo y el nazismo, y hoy en día, en el sionismo.

Del optimismo desarrollista a la realidad planetaria

por Luis E. Sabini Fernández –

Mario S. Ventrice nos ha dado una visión exultante del desarrollo material con verdades elementales como que “no hay desarrollo sin ciencia”. Su nota se publica en el suplemento Cash de Página 12, Buenos Aires, 15/1/2017.

Ya tan entrados en el s XXI entiendo importante evaluar los resultados, planetarios de los desarrollos habidos, siempre con base en la ciencia, aunque en rigor debamos hablar de desarrollos tecnocientíficos.

Ventrice nos presenta una versión del origen de ese desarrollo, radicándolo en Europa Occidental, hace unos 500 años y confrontándolo con sociedades tradicionales.

SIMPLIFICACIÓN HISTÓRICA

La historia es un poco más compleja; “la ciencia y el trabajo cotidiano” no comenzaron, como afirma, “en los siglos XV a XVII”, aunque efectivamente haya existido entonces un despegue formidable con la crisis del geocentrismo que él recuerda.

Nos habla de la “aparición” de la imprenta en esa época, por ejemplo. Pero la imprenta, el cigüeñal, la pólvora y muchos otros instrumentos y herramientas provienen de China, desde donde los ingleses los transplantan a Europa. Había entonces un desarrollo y científico, fuera de Europa. Y la misma Europa, sobre todo desde monasterios cristianos, había estado desarrollando diversas disciplinas tecnocientíficas, como la óptica, la tonelería y la conservación de alimentos, la energía eólica y acuática, sembrando de molinos el paisaje rural. De todo eso, así como del avance de la agricultura mediante nuevas técnicas, desarrollo en la roturación de tierras, en arados y cultivos, hay rastros al menos desde los siglos X y XI. Sin tales “adelantos” no habríamos tenido el empuje renacentista al que Ventrice alude en los siglos XV y posteriores.

VERSIÓN OCCIDENTALISTA DEL DESPEGUE OCCIDENTAL

Si la simplificación que he intentado señalar expresa una determinada posición que ni siquiera es asumida directamente, la relación centro/periferia agrava las carencias en el abordaje de la cuestión.

Ventrice encuentra en el siglo XIX “claramente dos tipos de sociedades; las industrializadas y las no industrializadas, lo que igualmente significa distinguir entre sociedades desarrolladas y subdesarrolladas.”  Una consecuencia al parecer inevitable de esta escisión, que ha aparecido y no sabemos ni cómo ni por qué, habría llevado a “la debacle económica y el empobrecimiento masivo de las sociedades virreinales basadas en industrias artesanales, entre las cuales se encontraban las actuales provincias argentinas […].”

Estamos en el reino de W. W. Rostow; el desarrollismo por andariveles separados de “naciones desarrolladas” y “naciones subdesarrolladas”.

Esta sesgadísima visión de la economía mundial ha sido suficientemente rebatida y demostrada su falsedad, ideológicamente condicionada, para verla reflotar en un diario que se pretende “progresista”. Pero más allá de la sorpresa del desentierro, tal vez sea precisamente un lugar adecuado para reflotar esta teoría, mejor dicho esta ideología. El periódico presenta este refrito rostowniano como “la otra mirada”. Sin comentarios.

El desarrollo de las naciones centrales y el subdesarrollo de las naciones periféricas están indisolublemente unidos, de modo tal que el despegue de las primeras se nutre del empobrecimiento de las segundas. Esto, sin negar cierta importancia de los desarrollos endógenos. Pero si algo nos ha mostrado el neocolonialismo y la neocolonialidad es que todo desarrollo está condicionado por ese fuerte lazo entre el racismo, el saqueo, las economías de enclave, y los despegues tecnocientíficos.

¿CIENCIA ÜBER ALLES O PODER TECNOCIENTÍFICO Y GLOBOCOLONIZADOR?

La tercera cereza de esta torta francamente indigesta es el papel protagónico de la ciencia. Que entiendo pertenece a la historia o a la mitología, si miramos nuestro presente planetario.

Los desarrollos científicos se asientan cada vez más en grandes consorcios tecnocientíficos, en emporios militares y en universidades, públicas o privadas.

Salvo el caso de universidades públicas donde puede haber, con crecientes limitaciones, desarrollos científicos movidos endógenamente, en todos los otros grandes centros planetarios de investigación y desarrollo de la ciencia, ésta ha sido satelizada en función de los intereses empresarios o militares (en el Pentágono, por ejemplo o en las grandes empresas transnacionales como Bayer-Monsanto o en las universidades empresarias).

Sólo esto último explica la escalofriante crisis ambiental que estamos viviendo ya en todo el planeta. Porque no se estudia científicamente el desarrollo sino que meramente se lo instrumentaliza. Al servicio de las ganancias plutocráticas o de los poderes imperiales.

La historia de Monsanto, con sus “Ciencias de la vida” es un claro ejemplo, ya suficientemente documentado.

El papel de la ciencia, hoy servilizada, no pierde, ciertamente, importancia. Solo que hay que encarar el trabajo científico fuera de esas esferas de influencia hoy mayoritarias y decisivas.

Hay que encarar una investigación científica que se deba a la realidad que existe y respetar las leyes físicas, que hoy, con los formidables desarrollos tecnológicos, tantos profesionales científicos se sienten permanentemente tentados a superar, vencer. Con por ejemplo la biología sintética: en el mismo momento en que los desarrollos tecnocientíficos han contribuido a una merma temible de la biodiversidad del planeta, tenemos “investigadores” empeñados en “enriquecer” la vida con especies animales o vegetales inventadas en laboratorio. El sueño del doktor Frankenstein no cede.