Transgénicos: veinte años después [1]

por Luis E. Sabini Fernández –

Han pasado casi veinte años, un período considerable para enjuiciar efectos, y podríamos ser optimistas si pensamos en la impunidad con que a fines del siglo pasado se exaltaba en el periodismo comercial argentino, en los medios de incomunicación de masas en general, el “tecnodesarrollo” de productos transgénicos; la inocencia y/o la “docta ignorancia” con que se hablaba entonces de las fórmulas de la agroindustria y de las virtudes “milagrosas” del glifosato  –el herbicida apto para la sobrevida de plantas transgénicas, mejor dicho el ‘matatodo’ salvo la planta que tiene un gen protector propio u obtenido mediante transgénesis que es lo más común─, y lo que dio lugar a una nueva industria; la ingeniería genética, prestamente rebautizada biotecnología; el prefijo “vida” vende mucho, los laboratorios  bien lo saben.

Seguimos acumulando “bombas de tiempo”; el papel de Argentina como el de la inmensa mayoría de los estados “nacionales” sigue siendo nefando, anodino o cómplice en las conferencias mundiales sobre biodiversidad u otras de índole similar organizadas desde la ONU, para atender la problemática ambiental.[2]

Durante los primeros quince años del nuevo siglose registra un avance sostenido, aunque persistan los bolsones de resistencia. Es el ingreso paso a paso de más y más estados, de más y más regiones al universo de la siembra directa, de la quimiquización de los campos, al reino de la agroindustria.

En América del Sur, luego del aposentamiento de las transnacionales agroindustriales en la “República Unida de la Soja” (Argentina Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia), avanza lentamente la sojización  y la transgenetización en el norte sudamericano. Es cuando Gustavo Grobocopatel, un campesino ”sin tierra” y políticamente chavista según sus propias definiciones, inicia su operación de implante del modelo agroindustrial en Venezuela. Conflicto a la vista, porque Chávez, políticamente advertido de los procesos del capitalismo globocolonizador se había opuesto terminantemente al ingreso de OGM en el campo venezolano.

Colombia y su gobierno, orientado desde Israel y EE.UU., acepta sin mayores dificultades la modernización rampante que nos sigue revelando que la tecnología de gran escala es parte del problema, no de la solución, como procuran hacernos creer desde las usinas ideológicas del régimen, incluidos  los personales regulatorios públicos.

En este aspecto seguimos como hace veinte años. La FDA, por ejemplo, prosigue su política prescindente, su cesión de responsabilidad, depositándola en las empresas, que ya sabemos no se rigen por la responsabilidad social sino por la rentabilidad y a secas.

En 2010 se forja una red en Argentina, la de Médicos de Pueblos Fumigados. La actividad, la investigación y la denuncia de médicos comprometidos ante la contaminación ambiental y la consiguiente producción de enfermedades venía de tiempo atrás, pero en ese año se concreta la red, en buen medida como resultado de la valiente gesta vecinal en Barrio Ituzaingo, en la provincia de Córdoba, que logra se compruebe finalmente  la acción contaminante de la agroindustria.

Una coyuntura territorial, física, hizo una diferencia decisiva como para que el aparato judicial pudiera actuar (o no tuviera más remedio que hacerlo): muchas ciudades han ido perdiendo su cinturón de quintas, las que proveían tradicionalmente de verdura y fruta a las ciudades; la agroindustrialización ha ido desplazando y desmontando la pequeña producción rural y la ciudad se provee así desde megacircuitos; por ello se produce a menudo el fenómeno de que la producción rural en base a baterías químicas llega hasta los lindes de una ciudad; eso fue lo que pasó con Barrio Ituzaingo en Córdoba. Al principio, eso significó la risueña novedad para los niños de ver sobrevolar las avionetas descargando… su veneno. Pero muy pronto los vecinos más perspicaces empezaron a unir la ola de enfermedades que arreciaba entre ellos con aquellos sobrevuelos. Finalmente se pudo verificar que, por ejemplo, el agua de los depósitos hogareños estaba totalmente contaminada con los herbicidas con los que rociaban y “preservaban” los cultivos de soja. Se logró finalmente, 2012, una ordenanza prohibiendo el vuelo rasante o incluso el uso de mosquitos fumigadores a menos de 500 metros para glifosato y 1500 m. para endosulfán. Además fueron procesados productores y aviadores por daño consciente.

De más está señalar la insuficiencia patética de tales restricciones.

En 2015 han sobrevenido algunos hitos que podrían tener significación mundial para la implantación de OGM (o su prohibición);  Steven Druker, un estadounidense que viene bregando por frenar la transgenetización acrítica de los cultivos,  publica, en EE.UU., un nuevo libro, Altered Genes, Twisted Truth (Genes alterados, verdades en entredicho). Druker representa una red de refractarios a los alimentos GM que mantiene un juicio contra la FDA desde hace por lo menos 15 años.

En marzo de ese mismo año  la OMS declara, a través de su IARC (International Agency for Research on Cancer, Agencia Internacional para la investigación sobre cáncer)  que el glifosato es “probablemente cancerígeno”. Estamos hablando del herbicida que ha sido desde mediados de la década de los ’90 hasta ahora la llave maestra para la implantación de vegetales transgénicos. Cuya toxicidad fue advertida hace mucho. Veinte años demorando el juicio.

Monsanto-Bayer no quedó conforme, claro está, con el dictamen del IARC, que pateaba en contra de los intereses de las transnacionales y  sus apoyos gubernamentales.  No bien salido el informe de la IARC, los comentarios desde los laboratorios afectados fueron del tipo: ‘No es tan peligroso, el alcohol lo es más”. Con lo cual no negaban ─observemos esto─ la toxicidad del herbicida pero a la vez le daban algo así como el rostro risueño de “una copita”. Magistral maniobra, habría comentado Macchiavello.

Entonces, otro ente asesor, el JMPR (Joint Meeting FAO-WHO of Pesticide Residues, Comité Conjunto  sobre Residuos de Pesticidas), otro ente asesor de la OMS, devolvió la tranquilidad a los fabricantes de glifosato y a la agroindustria en general, dictaminando que  “es poco probable que haya riesgo de que el glifosato sea carcinógeno para los seres humanos, en una exposición a través de la dieta.”  En mayo de 2016, entonces, es decir 14 meses después, la OMS da marcha atrás con su dictamen de un año antes: el sistema de “puertas giratorias” revelaba su funcionamiento (una vez más, obviamente).

El JMPR desplaza el foco de atención: estima las “ingestas diarias admisibles” (IDA) de plaguicidas para las personas, dejando a un lado la atención sobre quienes trabajan y trajinan a diario con un veneno, concentrando la atención en los consumidores. Y respecto de éstos, se establece una suerte de “hacer de necesidad virtud”: los laboratorios no sólo emplean, y abundantemente, tóxicos para ofrecernos alimentos sino que nos quieren hacer creer que eso es admisible (es la jerga que emplean), aceptable, acercándonos peligrosamente a la idea de lo saludable.

Observe el lector cuáles son las funciones que la misma JMPR presenta como propias; “recomendar límites máximos para residuos de plaguicidas […].” Está fuera del análisis si puede haber producción de alimentos sin plaguicidas.

Cuando declaran que “es poco probable que haya riesgo […] en una exposición a través de una dieta”,  no sólo ignoran a los que trabajan con dicha sustancia, sino también a los miles de campesinos que se han suicidado (especialmente en India) con  un vaso de glifosato (porque las políticas crediticias los han fundido).

“Ingesta diaria admisible” IDA. Ingesta diaria resultado de una determinada forma de producir alimentos. Que si fuera necesaria, en todo caso habría que reconocer que es tóxica, pero con Public Relations nos quieren hacer creer que no genera enfermedad.

Esta comisión, JMPR asesora a la FAO,  a la OMS y a sus estados miembros. Tal vez lo más significativo esté en cómo se integra la JMPR.

Dice su folletería oficial en internet: “Selección de los miembros. Los expertos desempeñan sus funciones a título personal, y no como representantes de su país u organización.” En una palabra, no responden sino a su visión e interés personal, que es seguramente muy, pero muy bien atendido por laboratorios que ganan miles de millones de dólares anuales. Constituido entonces  el JMPR por una casta de profesionales cooptados.

Se trata de una comisión organizada desde el mundo empresario,  pero investida de autoridad a través de las redes de la ONU como para que se presenten como “ciencia”. En rigor, se dedica a calibrar cuanto veneno, cuántos tóxicos podemos ingerir… sin caer fulminados tan de inmediato como para que se rastree la causa.

Con el minué del IARC-JMPR, podemos verificar que estamos lejos de haber superado el tecnooptimismo con el cual se implantara la agroindustria basada en productos químicos. No sólo la de alimentos transgénicos, ciertamente, sino desde antes  la llamada agricultura a gran escala.

Este movimiento del capital (de la industria y de la  tecnología) sigue, al parecer, gozando de buena salud, valga la paradoja de usar tamaña expresión para agentes de las más extendidas y atroces enfermedades fuera de control.

De cualquier modo, en estos veinte años el ensanche de la resistencia a la invasión química parece haber crecido, porque se advierten más los ‘efectos no buscados’ de tantos desarrollos “promisorios”.

La advertencia de Rachel Carson, de hace más de medio siglo, Primavera silenciosa, sigue en pie.

Porque ya conocemos el origen de algunas manifestaciones de esa invasión química, porque hemos verificado transformaciones relevantes a nivel planetario, como la temible plastificación de los mares y el depósito de milimétricas o micrométricas partículas de plástico sobre los fondos marinos, ahogando los ciclos vitales allí existentes (tengamos presente que el fondo oceánico es ─tal vez era─ el mayor almácigo planetario…).

Porque la humanidad se está adueñando, mejor dicho haciéndose esclava de toda una gama de enfermedades nuevas ─como las autoinmunes─ a las cuales muchas hipótesis asocian con productos químicos desconocidos actuando en nuestros cuerpos.

Porque la cuestión de los alimentos transgénicos y su implantación depende de agentes químicos protectores de tales cultivos mediante la eliminación del resto de “la competencia” (un crudo mentís agrícola al liberalismo filosófico, por cierto…).

En 2015 sobreviene la prohibición total de OGM en Filipinas. Ignoramos cómo se procesará esta última política con un presidente filipino como el actual, partidario acérrimo del asesinato público de narcotraficantes y de mano dura contra el delito, con acentos xenófobos. Claro ejemplo que los transgénicos sirven para un barrido o para un fregado. En ese mismo año registramos la lucha por ingresar con OGM en “el granero de Europa”, la rica tierra ucraniana. Europa ha sido hasta ahora el continente con menor producción transgénica, a partir de una resistencia social bastante amplia (muy pocos países han autorizado OGM, como España).

En 2016, al lado del escalofriante retroceso en el ámbito de la OMS que ya vimos, sobrevino otro episodio de potencial amplitud y posible alcance mundial: los militares de la provincia china de Heilongjiang han dispuesto la prohibición de soja GM durante cinco años. Es “apenas” una provincia, pero china, es decir, se trata de una población de más de 40 millones de habitantes.

No queda claro si la prohibición de soja GM rige únicamente para sus militares o cubre el consumo provincial. La decisión proviene de la sospecha que tienen sus investigadores de que una serie de enfermedades nuevas o multiplicadas tienen que ver con el hasta ahora intenso consumo de soja GM o de alimentos confeccionados con dicha soja (origen EE.UU., Brasil, Argentina).

Aunque transitoria  y parcial la medida, coloca un gran interrogante sobre el porvenir de la soja GM. Fundamentalmente, porque se suma a otras muchas advertencias.

Aunque por las latitudes platenses sigamos ajenos y en el mejor de los mundos. Los 20 millones de ton. del 2000 son ahora más de 50 y los 70 millones de lts. de glfosato de entonces son ahora unos 350 millones (la diferente proporción en los aumentos de cultivo y herbicida revelan que cada vez se aplica más agrotóxico por unidad de suelo).

Esa impavidez es fronteras adentro. Estuvo de visita en febrero de 2017 un periodista italiano, Gaetano Pecoraro,[3] que quedó asombrado y atemorizado por el estado sanitario del país en las zonas fumigadas (un tercio aproximado de toda la Argentina), donde registró una inusitada cantidad de casos de cánceres, malformaciones congénitas, anencefalias y otras enfermedades vinculadas con toxicidad.

Pero de esto hablará Pecoraro en Italia. Porque aquí ni nos enteramos.

notas:

[1] Este texto se presentó como prólogo a la segunda ediciòn de Transgénicos: la guerra en el plato, Buenos Aires, 2000 y 2017.

[2] Vale la pena recordar que en dichos encuentros ha habido algunas voces de alerta como aconteció con la delegación boliviana que no acordó en la cumbre mundial de cambio climático de 2010, en Cancún la aceptación del límite de 2 grados centígrados para el calentamiento planetario recordándonos que ya 1 constituía una alteración de consecuencias gravísimas.

[3]  https://youtu.be/ZFzmkI8I5iE.

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Lo que está en juego con el 23 enero 2018

por Luis E. Sabini Fernández –

DETONANTE

Como era inevitable los reclamos planteados en Durazno alrededor de la cuestión agropecuaria han disparado enfrentamientos ya conocidos y rastreables a través de los partidos políticos.

Aunque sea con otros enroques, es indudable que se ha manifestado la puja interpartidaria. Hay incluso pasajes del documento final (“Un solo Uruguay. Proclama y propuesta”) que la abona, como referirse a “ideologías absurdas” o a “razones ideológicas de otros tiempos” en obvia referencia al entramado ideológico del Frente Amplio Encuentro Progresista Nueva Mayoría (en adelante FAEPNM). En ese aspecto, un cierto apoyo de Unidad Popular al encuentro rompe tales simetrías porque ese agrupamiento, escindido del FAEPNM, se reivindica aún más puro heredero de esa “ideología de otros tiempos”…

Pero no es la puja ni la chicana político-partidaria lo que importa de lo acontecido el 23 de enero en Durazno.

A mi modo de ver, lo sustantivo es en primer término el afloramiento social de una crítica a la política del gobierno, algo sin precedentes, socialmente hablando con el FAEPNM y –lo más relevante− no tanto la crítica que ha salido a la luz sino el perfil de la crítica ausente. Porque de los Reclamos solo queda claro que los movilizados del 23/1 han percibido el achique de sus ingresos y ganancias. Los que “la hacían con pala” advierten baja en la tasa de ganancias; los que pelechaban con lo justo, están cada vez más ahorcados, pasándola insoportablemente mal.

El documento final centra su crítica en el estado manirroto e ineficiente con que cuenta el Uruguay, y cómo esos rasgos se habrían acentuado, precisamente con el FAEPNM que se supone venía a no repetir los desgobiernos blanquicolorados sino a ejercer un gobierno más racional, técnico y más justiciero y con mejor tonicidad democrática.

Los sucesivos gobiernos frenteamplistas han cometido demasiados errores para no percibirlos como una política. Como sus aciertos. Ha habido, por ejemplo, una persistente política de inclusión social, que ha permitido mejorar niveles de vida de algún sector de la población; para lo que se ha valido de blanquear ingresos, lo que ha permitido, con lo recaudado extender prestaciones. Buena parte de los aciertos de esa política ha sido fruto de una coyuntura de buenos precios para commodities producidas en el país.[1] Pero esa bonanza que desde 2014 se ha ido haciendo cada vez más precaria y reversible, ha sido acompañada por su contracara. Como todo pacto con Mefistófeles, tenía un reverso: creciente satelización de la economía del país, creciente contaminación, creciente extranjerización de la tierra, creciente expulsión de población rural, aumento sostenido de empleos públicos como reiteración de una trama cultural del país; la de hacer “la fácil”. Por algo Benedetti designó a nuestro país como “la primera oficina pública elevada al rango de república.” En este aspecto, el FAEPNM apenas continuó al batllismo, en todo caso superando sus marcas.

Entendemos que los grandes fiascos de SOYP-FRIPUR, PLUNA, la gasificadora, Aratirí, para mencionar apenas las más recientes, más la hipoteca de soberanía que significa la entrega de zonas  francas o la concesión a papeleras, no hacen sino proseguir una política que nos viene de “afuera”, que no inició el FAEPNM, pero que continuó y acentuó. Una política  pautada desde el centro planetario ante el cual hemos sido sumisos y sin chistar (algo que podría parecer paradójico pensando en el origen del FAEPNM. Pero solo parecer).

Por algo el Financial Times hace pocos años designó al ministro Danilo Astori como el “mejor ministro de Hacienda del mundo entero”. Más allá de lo llamativo que semejante designación se la lleve el ministro de un estado con las dimensiones económicas mínimas del Uruguay, lo cierto es que eso revela lo conforme que ha estado el gran capital globalizador[2] (en adelante, globocolonizador) con nuestro país y el papel modélico que le asigna.

Sin negar que la queja del 23/1 contra el estado despilfarrador sea comprensible y correcta, lo que falta es la crítica, no a la superestructura estatal sino a la política económica. Que sigue punto por punto lo que decide e impulsa el consorcio globocolonizador.

Ese poder mundializado opera con redes transnacionales “asesoras” y “lazarillos” como el BM, la OMC, el FMI, la USAID.[3] Y los estados nacionales  más acordes o más integrados con esa globocolonización y los que con su legislación la llevan adelante, constituyen, a nuestro entender, un eje supracontinental; EE.UU., Reino Unido e Israel. Todo ese conglomerado de fuerzas, estrictamente organizadas, tiene diversas entidades operativas, como el USDA (Dpto. de Agricultura de EE.UU.), la FDA y la EPA, entidades reguladoras de ese mismo origen, y la red de laboratorios que han pasado a ser primordiales en los nuevos modelos agrícolas, como Monsanto, Bayer, Syngenta, Nidera y pocos más.

 

LAS HERRAMIENTAS DEL ENEMIGO NO PERMITEN HACER CAMINO AMIGO

El llamado del 23 de enero arrastra una dificultad originaria y es elaborar un planteo, crítico, con las ideas contra las que precisamente, al menos algunos,  quieren rebelarse. Pensar con categorías prestadas justamente del pensamiento globocolonizador. Algo que inevitablemente embarulla (claro que eso puede responder a motivos muy diversos, contradictorios entre sí: algunos bien pudieran querer seguir usando el “diccionario” de la agroindustria rampante porque no tienen ningún interés en abandonarla y toda la fricción proviene de ver menguada su otrora altísima rentabilidad que reclaman recuperar; otros, en cambio están movidos por el endeudamiento y la desesperación).

Vayamos a ejemplos para evaluar estas escaramuzas semánticas. El uso del concepto de “agricultura inteligente”. Es una consigna acuñada por la agroindustria y los emporios del “último grito tecnológico” con el que se quiere significar, aunque no se lo diga expresamente, que la agricultura, que lleva milenios, ha sido hecha por gente no inteligente. Campesinos.

Como si el campesinado no hubiese tenido inteligencia. Como si hubiera podido desarrollar la agricultura que conocimos hasta mediados del siglo XX sin inteligencia. Como si los injertos, las rotaciones, los cruzamientos, el control biológico de plagas, el conocimiento de siembras, cultivos y cosechas, el de las fases lunares, el ciclo de las estaciones, se pudiera haber hecho tontamente, sin conocimiento, sin racionalidad, sin ciencia, en suma.

Hay un desprecio tácito hacia el conocimiento campesino en las “cocinas ideológicas” del actual centro planetario. Por eso prosigue una campaña y un empeño campesinicida, en nuestro tiempo. Aterciopelado en la modalidad uruguaya, mucho más rústico y militarizado en el Paraguay, y en muchas regiones africanas o del sudeste asiático.[4]

Mencionar algo tan atroz, como un campesinicidio merece una explicación. Aunque no se diga la verdadera razón, el motivo del gran cambio en los usos y costumbres agrícolas y ganaderos que caracteriza nuestra contemporaneidad  −que nos permite decir que hay más diferencias en su ejercicio entre lo que se hacía un siglo atrás y hoy que lo que se hacía en milenios anteriores hasta hace menos de cien años−  obedece no tanto al alegado progreso y superación de ignorancias que toda propaganda institucional nos insufla, sino a la autonomía rural, ésa que permite que un ser humano pueda alimentarse por sí mismo o con intercambios locales. Una autonomía que conspira contra el mercado global a través de las góndolas, articulado con los desarrollos tecnocientíficos.[5]

Otro ejemplo: cuando se alcanza la capacidad tecnocientífica para reconocer y operar con e  incidir en genes con diferentes agentes modificadores, se habló, lógicamente, de “ingeniería genética”. Es lo que fue prosperando entre las décadas del ’70 y del ’90, cuando finalmente esta disciplina arriba a los alimentos. Entonces, se advierte la resonancia seca, rechazable, de lo ingenieril aplicado a alimentos, a vegetales o animales que habrán de ser presentados, y embellecidos, en las góndolas.

Y con los debidos asesoramientos de Public Relations se rebautiza la ingeniería genética como biotecnología. Aunque su significado sea mucho menos exacto. Porque la humanidad se valía de recursos biotecnológicos desde tiempo inmemorial: todos los fermentos, los hongos, las levaduras, los mohos con que la humanidad aprendió a hacer vinos, panes, cervezas, quesos, como el roquefort, emplean procesos biotecnológicos. Pero no transgénicos, claro.

Pero el USDA, Monsanto y demás piezas del conglomerado globocolonizador usurparon esa denominación como propia,  por cuestiones de imagen.

 

LA AGROINDUSTRIA NO NOS LLEVA AL PARAÍSO SINO AL DESPEÑADERO PLANETARIO

Lo que hay que entender es que los titulares de la autoproclamada “agricultura inteligente”, los partidarios del uso de biotecnología (biotech) son los titulares de la “agroindustria”.

La agroindustria pretende ser una forma de “modernizar” la agricultura. Ostenta lo que brilla, no su contracara. Escamotea que hay una cierta irreductibilidad entre lo industrial, fabricación de productos inertes, y el cuidado de seres vivos. No es lo mismo atender ladrillos que peces o tomates. Hay semejanzas, claro, pero la calidad de viviente es una diferencia cualitativa para tener en cuenta.

Con la agroindustria se acentúa lo industrial y languidece lo agrícola o agricultural.

¿Sobre qué basa su fuerza de persuasión lo agroindustrial? En los rendimientos a gran escala. El primer diseño de ingeniería genética para alimentos programada por el USDA (mediados de los ’90) fue “para las praderas norteamericanas y las pampas argentinas” (textual, en el Hudson Institute).[6]

La agroindustria se basa en dos aspectos decisivos e íntimamente relacionados: 1) ahorro de mano de obra y 2) uso irrestricto de plaguicidas y de “fertilizantes” químicos (que justamente por su uso intensivo devienen también agrotóxicos; las aguas de nuestros ríos son el más claro aunque mudo testigo.

En este punto se revela la sabiduría de los tercos campesinos de la India de la década de los ’60 que reseñamos en la nota 1. Cuando Rachel Carson, bióloga estadounidense, escribe Primavera silenciosa (1962), estaba advirtiendo, finalmente, el resultado de soluciones sobre la base de muertes generalizadas: la de los pájaros (y de la minifauna que los nutría).

 

Luego de ese sucinto recorrido planetario, volvamos al Reclamo del 23 de enero.

SIGNIFICADO DE LA SUPRESION “MODERNA” DE LA MANO DE OBRA

En Uruguay se habla de “pequeños productores” agrarios como titulares de, pongamos,  500 ha. Es la más feroz comprobación que más allá de las chácharas campesinistas del FAEPNM (como las de la vicepresidenta Lucía Topolansky), estamos inmersos en la agroindustria. Que se va “comiendo” a los productores pequeños, a los campesinos. Que en el mejor de los casos los renta y en el peor, los despoja y arrumba en los cordones periféricos urbanos.

El proceso de agroindustrialización es un proceso donde “el pez grande se come al chico”. Porque basa su rentabilidad en los grandes números. Las grandes extensiones uniformizables (el campo uruguayo, acuchillado, no se presta por cierto tanto como las pampas argentinas, pero igual, algo se logra…).

Ese aumento de escala y de aparente productividad externaliza los verdaderos costos planetarios, ambientales: la contaminación, cada vez más generalizada. El patético asunto de nuestras aguas debería ser un buen punto de referencia. ¡Y eso que todavía no hemos entrado en la espiral de contaminación progresiva e incontenible con la “tercera celulosera”!

¿Por qué el Uruguay tiene los índices más altos de cáncer en el continente americano? Junto con EE.UU. y Canadá (en ese patético primer grupo están, fuera de las Tres Américas, prácticamente toda Europa Occidental y Australia). Esa franja primera se constituye con países que tienen más de 243 enfermos por cada cien mil habitantes por año. Una segunda franja, constituida en América por Argentina y Brasil y que tiene otros países como Rusia y Polonia, se establece con quienes tienen una tasa de cánceres entre 172 y 243 casos por cada cien mil hab.

Sin embargo, en los índices de mortalidad por cáncer la situación de Uruguay empeora: en el grupo con los índices más altos solo queda un país americano: Uruguay (junto con Rusia, Polonia, Turquía y otros, por encima de 116 muertos anuales por cada cien mil habitantes). Los otros dos países americanos que señalábamos con la mayor tasa de casos de cáncer, se sitúan un escalón más bajo, junto con Argentina y Brasil; entre 100 y 116 muertos por cada cien mil hab. Hay otras franjas con tasas de mortalidad menores: una con muertes entre 90 y 100, donde se sitúa Bolivia, Suecia, Noruega, Australia, etcétera. Y otra franja de menor tasa de mortalidad (entre 73 y 90) donde se sitúa Venezuela y Finlandia, por ejemplo.[7]

Más grave, si cabe: ¿Por qué Uruguay tiene la tasa de suicidios más alta de las Américas (a la par de Cuba)? En tablas mundiales anda por el vigésimo puesto entre los cien estados que declaran cifras al respecto. Existen estudios que asocian suicidios con ciertos grados de conta-minación por agrotóxicos que afectan nuestros cerebros. Otra hipótesis sombría: la plombemia, reconocida en un sector tan amplio de la población uruguaya, también podría estar relacionada.

LA ESCALA Y LA DISPONIBLIDAD TERRITORIAL

Los commodities,  como eje productivo necesitan de grandes extensiones. Así mirada, Argentina o Brasil tienen potencialidades (aunque también en esos casos, los costos y pasivos ambientales aumenten proporcionalmente).

Pero no es el caso nuestro. En ese sentido, la apuesta a la agroindustria tiene, para nuestro país, patas cortas. Porque no sólo se contaminan los suelos y todos los seres vivos que sobre (o dentro de) él vivimos, y lo hace con relativa velocidad, sino porque el suelo del Uruguay es limitado… 16 millones de ha.

Por eso, una apuesta que procure ser realmente inteligente tendería a lo que en economía hoy se llaman specialities y no commodities.

Porque las specialities sí tienen un mercado seguro, creciente y bien pago. Así como ha ido entrando en crisis la comida chatarra, la comida rápida y demás versiones gastronómicas made in USA, análoga y correspondientemente crece un movimiento a favor de la comida saludable (p. ej. búsqueda de dietas sanas, demanda por alimentos orgánicos, la moda del slow food). Europa está ávida de esos alimentos. Y no sólo Europa (la salud, diríamos, está ávida).

Y Uruguay tiene, al menos tenía, uno de los territorios mejor irrigados del planeta. Con lo cual, si evitáramos descalabros y atrocidades como las producidas por la contaminación agroindustrial, tendríamos potencialidades óptimas.

Ya lo explicó el agrario orgánico César Vega, que plantando ajos en apenas una centésima del área que se usa para commodities se podía obtener más dinero (y mejores cultivos). Pero, para ello, hay que trabajar. Y ésa es una dificultad para un país adormecido con dólares y electrodomésticos, reales o ilusorios.

PAPEL AUSENTE DEL ESTADO

Como algo lacerante tenemos el episodio en la cuenca del Canelón Chico de hace un año, en Sauce: un agroindustrial derramando ponzoña por toda la región, arruinando cultivos para el consumo local. Y cómo esos agroindustriales, que probablemente en su país de origen pudieran tener alguna dificultad para seguir contaminando, aquí con “el estado bobo” que deja y deja y deja hacer, no tienen problema en reincidir: acaba de ser denunciado un segundo episodio con similares características, con los mismos actores haciendo el daño, con los mismos agrotóxicos; sólo se han renovado las víctimas y apenas el escenario; ahora en Mangangá, Tala (informe de Tania Ferreira y Betania Nuñez).

El nervio motor que une a la agroindustria con la contaminación y la difusión fuera de control de enfermedades graves pasa por la difusión de agrotóxicos y por la escala.

Con la gran escala, se pierden los cuidados, se pierde la noción de los tachos con agrotóxicos  (o con restos de), por ejemplo, se hace muy difícil “cuidar los desechos con respeto” (Mae-Wan Ho), reabsorberlos cuando son reabsorbibles, hacerse cargo de lo irrecuperable y darle un destino aceptable.

La gran escala constituye una escuela de irresponsabilidad, de pagadiós; que la naturaleza se haga cargo. Sabemos que no es cierto. Que eso significa lisa y llanamente contaminar-nos.

¿Cómo afrontar los mensajes masivos que nos invitan al consumo inmediato y permanente, como si el dinero fuera maná?

Apostar a las specialities significa trabajar. Trabajar con las manos, con empeño. Pero, sobre todo, con conocimiento. Reemprender el cuidado de los suelos implica recuperar los estudios agronómicos que muestran qué plaga es espantada por cuál aroma, qué especie es predador benéfico de plagas nuestras… Sobre todo eso hay mucha cultura acumulada (hoy en día en vías de desaparición, porque los laboratorios resuelven “todos” los problemas con agentes químicos, salvo los problemas que ellos han generado: enfermedades nuevas, debilitamiento de la riqueza biológica de los suelos, extinción masiva de especies, pérdida de biodiversidad, alteraciones climáticas, malformaciones congénitas.

Nuestra apuesta, pensamos, debería ser, contar con menos dólares y aprender a vivir con menos enfermedades. Preparados –como sociedad− no estamos. ¿Dispuestos?

[1]  Pese al rechazo terminante de todo parentesco entre kirchnerismo y vazque-mujiquismo que se observa en Uruguay, los recientes gobiernos simultáneos del Plata han aprovechado la misma coyuntura de buenos precios internacionales de commodities,  impulsados desde el centro planetario, para sus respectivas políticas distribucionistas… coincidentes.

[2]  En francés a la modalidad económica actual, dominante, se la denomina mondialisation. Entendemos que el ajuste semántico de Frei Betto mejora la comprensión del fenómeno: globocolonización.

[3]  En la periferia los análisis suelen distinguir organizaciones supranacionales como la OMC o el BM de organizaciones directamente estadounidenses como USAID. Pero los manuales del centro planetario no hacen tan “innecesarios” distingos.

[4]  En la década del ’60, cuando irrumpen los plaguicidas químicos, los grandes laboratorios líderes enfilaron sus baterías hacia la India, uno de los países con mayor cantidad de campesinos de todo el mundo.  Y se tropezaron con inesperada dificultad para colocar sus soluciones “maravillosas”: que los campesinos, se negaban a querer matar a los insectos que predaban sus cultivos. “Un 10% de lo que producimos es para ellos”, alegaban. Los promotores de la solución tóxica a la presencia de insectos y plagas en general trataban de persuadir que lo mejor era quedarse también con ese 10%. Claro que no tomaban en cuenta para esa ganancia extra, el costo que habría de salirle a los campesinos la compra y la administración de tales venenos. Ni hablar del costo social, sanitario, ambiental, que hace medio siglo no estimaban ni los laboratorios ni el estado ni los políticos… (cit. p. Frances Moore Lappé y Joseph Collins, L’industrie de la faim, 1977).

[5]  Que tiene por cierto su contracara; el consabido y opresivo peso de lo tradicional. Esa difícil dialéctica que nos permite ver a la vez lo progresivo y lo regresivo en una misma situación.

[6] Al capital mundializado le importa poco diferencias nacionales, fronteras de soberanía y esa batería de leyes nacionales “obsoletas”…  Por eso diseñaron un modelo agrícola para –simultáneamente− EE.UU. y Argentina. Que entonces hubiera un presidente argentino partidario de “las relaciones carnales” facilitaba, claro, el ensamble…

[7]   http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160203_cancer_graficos_impacto_men

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Occidente y Eurasia: una “esquizofrenia” transgénica

ALIMENTOS GENÈTICAMENTE MODIFICADOS. ¿POLÍTICA O CIENCIA?

Luis E. Sabini Fernández

Los OGM “en casa”. Argentina y Uruguay

En 1996 “se aprueba” en Argentina el ingreso de soja transgénica. Era el momento de la fiesta menemista, de la pizza con champán. Era tanto el apuro por recibir millones (de dólares, está casi de más aclararlo), que los textos fundacionales de la soja transgénica están en inglés que, ya se sabe, no es el idioma oficial argentino.

En 2002 entra al Uruguay, raudamente y de modo similar. En esa media docena de años, entre 1996 y 2002, Argentina, con su soja “Maradona” había logrado oficiar de “cabecera de playa” del “ejército monsantiano” para el desembarco de esa soja en Uruguay, en Paraguay y en Brasil.

En Brasil hubo lucha, verdaderamente, porque aquel PT, −no el de Lula y Dilma− se opuso a la introducción de tales plantíos y reivindicó la agricultura más ligada a formas “no tan agresivas” de producción. Con el apoyo del MST. Pero aun así, los dirigentes petistas que resistieron la soja contrabandeada lo pagaron con su carrera política.

El estilo en Paraguay fue más expeditivo; el ejército ofició de “vanguardia” o avanzada para ir convirtiendo los campos con sus campesinos tradicionales en campos “inteligentes” y a los campesinos refractarios en obedientes. Algunos muertos en el camino no alteraron la marcha triunfal de la ingeniería genética entonces ya bautizada “biotecnología”, nombre mucho más vistoso y menos frío, sin duda.

En Uruguay, “los adelantos científicos” son asuntos sagrados y por lo tanto, entraron sin problema y más bien con el aplauso de los progresistas globalifílicos.

Así tuvimos una primera década del siglo XXI a pura ganancia para los sojeros que adhirieron al “avance tecnológico” en la región platense, pese a la resistencia y desconfianza que en alguna medida existió; sospechando que el apuro en la implantación no era científico sino comercial, que los recaudos sanitarios iniciales[1] eran insuficientes, que las investigaciones para probar su posible equivalencia con sus correspondientes clásicos no eran concluyentes (sobre todo por algunos episodios, alergógenos, p. ej., que obligaron a retirar algunos “eventos”), que los efectos del “paquete tecnológico” que caracterizó el cultivo de transgénicos encerraba incógnitas, ominosas (se trataba de las baterías de agrotóxicos diseñadas para la producción transgénica)…

En Argentina fue la fiesta de los millones de dólares conseguidos con una producción sin control de calidad. Todo “marchaba” en los barcos, sobre todo al Asia y fundamentalmente a China.

A ese “negocio” se entregaron tanto lo más neoliberal y entreguista, como el reinado de Menem o el efímero de De la Rúa, como lo más progre, populista y nacional de la era K.

En Uruguay, casi toda la expansión sojera ha corrido durante los gobiernos del Frente Amplio. Que le cedieron graciosamente la valiosísima tierra oriental a sojeros argentinos sin reclamarles ni siquiera pago de impuestos. Como una suerte de régimen de zona franca; un mecanismo económico traído desde las economías centrales, afiatado durante las dictaduras latinoamericanas “setentistas” y que el Frente Amplio Encuentro Progresista Nueva Mayoría ha hecho suyo.

La implantación de transgénicos se presentó dentro del llamado “paquete tecnológico” –la semilla GM más la batería de agrotòxicos−. Entre agrónomos y técnicos agrarios e incluso periodistas hubo lo que ya dijimos; resistencia, dudas, sospechas.[2]  Tales observaciones fueron sistemáticamente desatendidas. Los aportes de Arpad Pusztai y Stan Ewen todavía en el siglo XX y más recientemente, biólogos como los investigadores Andrés Carrasco, argentino, y Gilles-Eric Séralini, francés, fueron olímpicamente ignorados.

“La ciencia” parecía seguir adelante, pujante. “Al servicio de la humanidad”, según declaraban sus sostenedores desde la década de los ‘90;  los numerosos  Víctor Trucco, Héctor Huergo, la cúpula de CASAFE (Cámara de Sanidad Agropecuaria y Fertilizantes, argentina), ingenieros agrónomos como  Esteban Hopp o ejecutivos como Juan Kiekebusch y, recibiendo “sangre nueva”; Gustavo Grobocopatel, el “sojero sin tierra” según su propia y modesta definición; Rodolfo Rossi y en general los redactores de los suplementos de campo de los diarios (como La Nación), los cultores de Expoagro y los designados por la era Macri, como Ernesto Ambrosetti, admiradores de la “agricultura inteligente”…

En 2010, la Red de  Médicos de Pueblos Fumigados de Argentina muestra que el “paraíso en el campo” no es tan idílico como nos lo muestran aquellos suplementos camperos.[3] Releva enfermedades un poco por doquier en esa nueva y exitosa Argentina agroindustrial. Algunos médicos, al principio como “francotiradores” (Darío Gianfelici, Hugo Gómez Demaio, aunque la investigación de este último tenga más relación con los agrotóxicos tradicionales en zonas tabacaleras) ya habían ido denunciando los vicios de procedimiento para recibir e incorporar tales cultivos y a la vez los de los procesos mediante los cuales se “legitimaron” tales cultivos en EE.UU. −que es el foco planetario de esa “revolución agrícola”−,[4]  pero “la marcha triunfal” de los OGMs se mantuvo.

Pese a la verificación de daño ambiental, biológico y humano en más y más casos, la industria biotech contó con abogados que lograban oscurecer, difuminar, el origen de tales daños y en general, valiéndose de legislación y reglamentación cómplice, se solía, se suele, atribuir los desastres, cada vez más inocultables, a mal manejo, a errores de los ejecutantes, excesos de dosis, etcétera. Como si los venenos no fueran veneno con dosis adecuadas.[5]

Ni la presentación de un fotógrafo, Pablo E. Piovano, hace pocos años, mostrando el resultado atroz de la fumigación sojera en los cuerpos sobre todo de niños en las zonas más estragadas por la producción sojera GM en la Argentina.[6]  Al contrario, los municipios generalizaron el uso de glifosato hasta en las plazas públicas de las ciudades del país para quitar con comodidad, sin “agachar el lomo”, los yuyos, aunque dejando, claro, residuos del herbicida en baldosas y pastos que transitan a menudo cachorros, de perro… y de humanos. Esa comodidad, faltaba más, se trasladó a los municipios uruguayos y así vemos a cuadrillas provistas de glifosato “matando yuyos” en veredas y plazas del Uruguay…

Incluso para desembarazarse de la irrespetuosa Huerta Orgázmika de Caballito, en Buenos Aires, en 2009, no tuvieron nada mejor que entrarle a saco con nubes de glifosato gaseado, al mejor estilo militar en dictadura… eso pasó en pleno período K, bajo el gobierno municipal de Mauricio Macri.

Así hemos ido llegando a 2016. Y a 2017.

CHINA… Y RUSIA

“La bomba” ha estallado en Heilongjiang, una provincia china del tamaño de Francia entera o de toda España, con “apenas” unos 40 millones de habitantes… Acaban de  aprobar una suspensión de cultivo y consumo de alimentos transgénicos desde el próximo mes de mayo y por cinco años.

En la región platense, ni nos enteramos, al menos no se entera “el mundo de la soja” (mejor dicho, claro que se enteran, pero no se ha convertido en noticia). Una forma radical de “control del daño” (si algo no existe, no ocasiona dificultades…).

Los servicios sanitarios de la provincia de Heilongjiang estuvieron verificando año a año el deterioro sanitario de su población. Ya en 2014, las autoridades militares “pidieron la prohibición de alimentos GM para sus tropas”.[7]

Pero el establishment chino, nutrido desde los emporios de ingeniería genética madeinUSA intentó desmontar esa resistencia creando un organismo de pantalla con apariencia de ciencia y “sin fines de lucro”; la Academia China de Ciencia Agrícolas.

A la larga, empero, ese personal forjado en los centros de adiestramiento de los grandes consorcios occidentales de productos transgénicos no tuvo éxito en sus planes de persuasión, porque el Ministerio de Agricultura chino resolvió, 22/9/2016, entre otras medidas, la clausura de la Academia mencionada.

Una de las “gotas que derramó el vaso” fue la toma de estado público gracias a un “whistleblower” chino[8] que explicó que el ministerio se valía de informes falsos que legitimaban la ingeniería genética. Wei Jingliang, trabajando en “Genetically Modified Animals and Feeds Safety Supervision and Inspection Center” (Centro de Inspección de Animales Transgénicos y Supervisión de Seguridad Alimentaria) [9] sostuvo que la Academia de que hemos hablado ignoró su denuncia de falsificación de datos, y que por el contrario se valió de tales falsificaciones para habilitar transgénicos.

Las autoridades chinas tuvieron que enfrentar este terrible “tornado” que conmovió habilitaciones y una confianza que hasta entonces era de las autoridades aunque no de la población.[10]

Los chinos percibieron que aumenta el caudal de investigaciones críticas respecto de las consecuencias del empleo de semillas transgénicas y del “combo” en el cual rinden. A la vez, desde hacía ya años, médicos chinos, sobre todo en Heilongjiang, venían rastreando la indisimulable relación entre la propagación de enfermedades nuevas, sin precedentes, y el ingreso masivo de soja transgénica en hogares, cocinas y estómagos chinos. El “alud GM” proviene de EE.UU., Brasil y Argentina que fue sustituyendo  producciones locales. Y aunque habían evitado el consumo de tal soja en la alimentación humana directa (se la destinaba casi exclusivamente a ración para animales), no dejaron de asociar su deteriorado estado sanitario con los cambios alimentarios.

Por eso, las autoridades de salud de Heilongjiang lograron aprobar esa suspensión por cinco años de empleo de semillas y alimentos transgénicos.

Hasta aquí podemos  verificar la decisión china (aunque se trate de escala provincial) y el “silencio de radio” entre nosotros, en la “República Unida de la Soja” como en algún momento los CEOs de Syngenta bautizaron la implantación de la soja GM en Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia.

Pero “la bomba” no estalló sólo en Heilongjiang. Sustainable Pulse, un blog ecologista pero no anticapitalista, ha publicado un informe que detalla “la cocina” o si se quiere la labor de lobby de los elencos protransgénicos de EE.UU. en Rusia.[11]

Se repite la secuencia de China.

En 2015 el Parlamento Ruso, la Duma, aprobó la primera instancia de un proyecto para prohibir OGMs. Se agendó para marzo de 2016 su tratamiento definitivo. Y el mismo día de ese anuncio, la agencia nacional rusa TASS publica un artículo que alcanza muchísima difusión, viralizado, titulado: “Russian scientists have refuted the findings of studies on the hazards of GMOs” [Científicos rusos han refutado los hallazgos de investigaciones acerca de los peligros de los productos transgénicos], que se basa en un examen por parte de científicos rusos (de IPPI RAS, Instituto para Información de Problemas de Transmisión) y estadounidenses (de la Universidad Miller de Miami). El artículo está firmado por Alexander Panchin, del IPPI RAS, y Alexander Tjuzhikov, de la Universidad Miller de Miami.[12]

Según Sustainable Pulse, el artículo resultó muy pobre, científicamente hablando, lleno de errores que destacaron varios investigadores rusos de primer nivel. No ayuda a la calidad intelectual de uno de los autores del artículo difundido por TASS el hecho que Panchin haya cuestionado la investigación de Séralini de 2012 quien se permitiera seguir estrictamente los protocolos de Monsanto respecto de la toxicidad del glifosato, sólo que prolongando la experiencia de Monsanto de tres meses (que no había dado nada negativo) a algunos meses más y que ya en el cuarto mes reveló una serie de tumoraciones atroces en los cobayos, patentizando el manejo de la “ciencia” monsantiana.

Pero la influencia del lobby “científico” estadounidense en Rusia es importante, tanto como para lograr un contacto directo con Vladimir Putin, el namberguán del elenco político ruso. Algo que logró Vladimir Fortov, presidente de la Academia Rusa de Ciencias.

Sin embargo, siempre según Sustainable Pulse, Putin y sus ministros vienen presentando a Rusia con el proyecto de convertir a ese país en el mayor productor de alimentos orgáncos del mundo. Como confirmando este aserto, en 2015 el primer ministro ruso del gobierno de Putin, Arkady Dvorkovich, afirmó que no es necesario el uso de ingeniería genética para alimentar el mundo; exactamente lo opuesto de lo que proclaman Monsanto, Syngenta, el USDA [Ministerio de Agricultura de EE.UU.] y todo el entramado del agribusiness incluidos nuestros grandes cultores (y más grandes beneficiarios) de la agricultura “inteligente”.

En resumen, vemos la presión trans (-nacional y -génica) sobre Eurasia, el asiento de la mayor población del planeta, a la vez que también de los mayores territorios y que no están totalmente dependizados de Occidente (aunque están sí bastante dependizados), de todos modos menos que la despedazada África, América Lapobre, Oceanía…

En este aspecto, la situación europea es problemática.  Europa es la cuna de lo que llamamos hoy Occidente. Y, muy a grandes rasgos, ha gozado históricamente ese privilegio. Pero a diferencia de EE.UU., donde la ingeniería genética se desarrolló con gran éxito, la inmensa mayoría de los países europeos rechazan los OGMs o, en última instancia hacen como China; aceptan forrajes transgénicos con la esperanza de quebrar continuidades genéticas. Salvo España, Portugal y Ucrania (“el granero de Europa”), los demás han prohibido tales cultivos.

Volvamos a nuestra región, platense

  1. Las vicisitudes de la implantación de transgénicos en otras partes del mundo pasan totalmente inadvertidas en nuestros medios de incomunicación de masas. En China se discute si con los transgénicos no han aparecido enfermedades nuevas; hay autoridades médicas chinas que asocian el consumo de transgénicos con el aumento de la infertilidad (hay sospechas incluso que eso puede ser una política).[13] Nada de eso se plantea “entre casa”.
  2. En febrero, la TV italiana puso al aire el informe de Gaetano Pecoraro sobre lo que acontece en Argentina con los transgénicos. Horrorizado, visitó las zonas más devastadas por la contaminación vinculada a la siembra directa y los cultivos OGMs.[14] Registró una cantidad inusualmente alta de enfermos de cáncer, por ejemplo. Algo que vienen diciendo los médicos de la Red de Pueblos Fumigados desde hace años, aunque con escasa resonancia mediática dentro de fronteras. Y dentro de la región.

Porque aquí parece que seguimos viviendo en el mejor de los mundos.

Pecoraro visitó San Salvador en Entre Ríos al que presentó como “ ‘el pueblo del cáncer’ donde se puede respirar una atmósfera espesa con altas concentraciones de veneno y los habitantes de bajos recursos utilizan los bidones de glifosato descartados para llevar agua a sus hogares.”

Su pronóstico es sombrío: “el ‘granero del mundo’ va camino a convertirse en una gigantesca enfermería.”

  1. Hemos repasado sucintamente la problemática de los transgénicos, desde el punto de vista sanitario (cuando hablamos de salud y aludimos a los productos GM no precisamos, ni podemos, si “las nuevas enfermedades” se correlacionan con los productos transgénicos o con “el paquete tecnológico” para el cual aquella transgénesis se ha llevado a cabo); desde el punto de vista geopolítico, como lo acabamos de reseñar en los casos de China y Rusia, cuyas políticas alimentarias están claramente interferidas por intereses transnacionales asentados sobre todo en EE.UU. y Suiza y vaya uno a saber en qué otros estados o centros de poder), y desde el punto de vista informativo, mejor dicho no-informativo o desinformativo.

Lo futuro es por  naturaleza, incognoscible. Pero el presente nos revela cada vez más prístinamente que la agroindustria tiene un atroz poder contaminante, que es un temible productor de desechos, de inundaciones, de contrarreforma agraria y consiguiente desocupación rural, de gran escala. Y que la gran escala a favor de los poderosos del planeta, diezmando al campesinado, no se casa bien con el cuidado del planeta. Al contrario, es, por su naturaleza, un proceso que deja a “la vera del camino” muchísimos desechos y detritus.

¿Pero a la vera de qué? ¡De nada!  La montaña de desechos y desperdicios, que en rigor es algo mucho peor que una montaña, está saturando a todo el planeta.

Y nuestro principal “almácigo” planetario, el fondo del mar océano, está totalmente alterado por las políticas humanas. Como la de la dirección económico-militar estadounidense que durante décadas, ha llevado desechos industriales a altamar, los ha quemado y luego los ha fondeado; como la difusión planetaria de agrotóxicos por aire, tierra y agua, o mediante la “plastificación” de los mares (todos los océanos cuentan hoy con “islas” de plástico tan extensas como Groenlandia o Argentina).

Como los plásticos no son biodegradables, cuando el oleaje, la falsa digestión de animales, fricciones, los desmenuzan, partículas, minipartículas y hasta micropartículas “navegan” y se van asentando en los fondos marinos, asfixiándolos, bloqueando sus procesos bióticos, que son los nuestros.

Hace años lo sabemos, aunque a algunos les cueste ver la conexión y/o asumirla.

Estamos poniéndole bulones al ataúd. ¿Habrá tiempo para reaccionar?

notas:

[1]  Los primeros cultivos GM  en EE.UU. y otros países del 1M se hicieron bajo carpa, en invernaderos; pero la industria biotech arrasó pronto con tales recaudos. En Argentina un proyecto de ley presentado por el MAPO (Movimiento Argentino de Producción Orgánica) alrededor del 2000 para dividir el país mediante un paralelo y permitir el uso de soja tradicional y/u orgánica de un lado y transgénica del otro, fue ignorado olímpicamente en el Congreso y todo cultivo de soja no transgénica pudo recibir a su lado uno transgénico, con lo cual la mezcla resultaba inevitable y la pérdida de la calidad de orgánico también.

[2]  En Argentina, para mencionar apenas algunos; Grupo de Reflexión Rural, Ecos de Romang, Grupo de Ecología, Paisaje y Medio Ambiente, Ecos de Saladillo, CETAAR, revistas futuros, biodiversidad, El Abasto… En Uruguay, RAPAL, Grupo Guayubirá, Greenpeace, Redes, entre otros.

[3]  Particularmente el Clarìn Rural, pero también los boletines y suplementos de Expoagro y demás voceros de la agroindustria a menudo sincerada como “agribusiness”.

[4]  Véase Druker, Steven, Alliance for Bio-Integrity, 1998.

[5]  La coartada principal: el agua es también un tóxico, un  veneno mortal si uno toma 6 u 8 litros…

[6]  Provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Santa Fe, Santiago del Estero.

[7]  Alejandro Villamar, “Un regalo de año nuevo lunar en China”, ALAI AMLATINA, 30/1/2017.

[8] “Tocador de silbatos, literalmente, aunque está entrando en uso el vocablo “alertador”: alguien que ubicado en una posición que le ha permitido saber un acto de corrupción o de falsificación de quienes están con cuota de poder, arriesgando su propia posición personal, lo denuncia. Como Daniel Ellsberg, Jeffrey Wigand, Hervé Falciani, Mordechai Vanunu,  Edward Snowden, Chelsea Manning y tantos otros bravos (y bravas).

[9]  “Ministry Halts Operation of GMO Agency Following Accusations from ex-emloyee”, <http://english.cri.cn/12394/2016/09/22/3441s940979.htm>.

[10]  Adam Minter, “China Wants GMOs, The Chinese People Don’t”, 16 set. 2016.

[11]   “Has the US Biotech Industry Infiltrated the Russian Scientific Community?”, 17 feb. 2016.

[12]  Sustainable Pulse, ibíd.

[13]   http://blogs.wsj.com/chinarealtime/2014/05/14/claims-that-u-s-soybeans-cause-infertility-stoke-chinas-gmo-battle/

[14]  “La Iene”, <https://mail.google.com/mail/u/0/?tab=wm#inbox/15a29cf62cd80de2>,

<https://youtu.be/ZFzmkI8I5iE>.

 

La Nación, Buenos Aires, publicitó en un suplemento del año 2013 un abordaje de los pros y contras de los OGMs, basado en ‘la más pura información’. Veámoslo punto por punto. (https://spanish.gmoanswers.com/questions-answers).

RECUADRO

Los OGM y la salud

La salud y la seguridad de los organismos genéticamente modificados (OGM) es un tema de debate importante. Obtenga más información sobre la regulación de los OGM, las pruebas de seguridad y los organismos científicos y gubernamentales que han ratificado la seguridad de los cultivos y alimentos genéticamente modificados.

  1. ¿Los OGM provocan cáncer?

“En pocas palabras, no, no hay absolutamente ninguna prueba respetable de que los alimentos genéticamente modificados provoquen cáncer”, dice el Dr. Kevin Folta, presidente interino y profesor adjunto de la Universidad de Florida, Departamento de Ciencias Hortícolas.”

Lo que no dicen ni Folta ni LN es qué pasa con “el paquete tecnológico” que viene siempre adosado a los cultivos GM: la enorme difusión de glifosato (junto a otros agrotóxicos, algunos altamente contaminantes y cancerígenos, como el 2-4 D, el paraquat) nos permite concluir que la respuesta es capciosa. Podría estar diciendo –en el mejor de los casos−una parte de verdad, pero no toda la verdad…

2: ¿Están los OGM provocando un aumento de alergias?

Los OGM no causan nuevas alergias. Si una persona es alérgica a una planta que no está genéticamente modificada, por ejemplo, la soya, también será alérgica a la versión genéticamente modificada disponible en el mercado actual.

El piadoso olvido de los eventos transgénicos que no han salido al mercado por su fuerte contenido alergógeno, como fue el caso con una nuez de Pará GM, nos pone en guardia contra una presentación tan inmaculada.

3: ¿Están las grandes empresas forzando a los agricultores a cultivar OGM?

El derecho del agricultor de elegir el mejor tipo de semilla para su campo es uno de nuestros cinco principios fundamentales.

Claro que no. ¿Obliga La Nación a leerla a sus lectores?

Se han desarrollado otras técnicas mucho más persuasivas que la brutal obligación, reservada siempre como ultima ratio. Se adquieren enormes extensiones a menudo en arriendo y se establece allí un régimen de producción agroindustrial con insumos exclusivos, se vacía de población, dejando los planteles mínimos para las necesidades empresariales.

Los agricultores, entonces, o son despojados o son constreñidos mediante el lavado de cerebro sistemático y cotidiano a partir de los medios de incomunicación de masas. Muchos aceptan la modificación laboral junto con la modificación genética. Otros más que persuadidos, son arrinconados. En la India, p. ej., tras el ingreso al mundo transgénico, con el endeudamiento “modernizador” se han suicidado miles de campesinos. ¿Se los obligó, se los persuadió? En absoluto: ellos tomaron la decisión ‘con la más pura información’, con ecuanimidad…

4: ¿Están los OGM aumentando el precio de los alimentos?

Si bien hay diversos factores que afectan el costo de los alimentos (el precio del petróleo afecta los costos de transporte, las sequías pueden afectar el rendimiento y la oferta disponible, etc.), los OGM tienen un papel importante en mantener los precios lo más bajos posible.

Basta un dato para desmentir tan rosada perspectiva: los “biocombustibles” han establecido una competencia entre granos para combustible y granos para comer… aumenta así la demanda de granos, y eso ¿tiende a refrenar los precios o a dispararlos?

5: ¿Están los OGM contaminando los cultivos de alimentos orgánicos?

La coexistencia de múltiples métodos de producción (orgánicos, convencionales y genéticamente modificados) no es un concepto nuevo.

Confrontemos con un solo episodio histórico, el que refiero en la n. 1 del cuerpo principal. El mundo de los discursos preelectorales… todo tan puro, tan noble, tan solidario, tan luminosamente hermoso… ¿tiene algo que ver con el mundo a secas?

6: ¿Por qué no se realizan estudios de salud a largo plazo en plantas genéticamente modificadas?

Hay una lista de 1.785 estudios sobre la seguridad de los OGM, incluyendo estudios a largo plazo, disponibles para descargar en Informa Healthcare.

Informa Healthcare parece estar dentro de la difícilmente desentrañable Life Sciences, una red “sin fines de lucro” auspiciada por Monsanto, que misteriosamente sí es propulsada con fines de lucro. Semejante impronta no auspicia objetividad alguna.

7: ¿Están los OGM provocando un aumento del uso de pesticidas?

En general, la aplicación de pesticidas ha disminuido, en gran parte, debido a la adopción de cultivos resistentes a los insectos, en particular el algodón, de acuerdo con el economista agrícola Graham Brookes.

Las estadísticas de países con fuerte inversión en transgénicos, como Argentina, revelan un aumento escalofriante de tales pesticidas. Justamente porque las plantas GM están acondicionadas para soportar sin límites determinados tipos de agrotóxicos, la tendencia es a aumentar su uso. Nada ilógico (cierto que a la vez suprimiendo otros).

8: ¿Por qué las empresas de OGM parecen oponerse tanto a etiquetar los alimentos genéticamente modificados?

Según comenta Cathy Enright, directora ejecutiva del Consejo para la Información sobre Biotecnología, “nosotros estamos a favor del etiquetado obligatorio de los alimentos, incluidos los OGM, cuando este plantea un problema de seguridad o salud —por ejemplo, para alertar a poblaciones sensibles de la posible presencia de un alérgeno”.

¿Están a favor del etiquetado… cuando hay problemas de seguridad? Puesto que los OGMs son “seguros”, afirman sus patrocinadores y usufructuarios, ¿para qué etiquetarlos? El  razonamiento es redondo. En lógica se llama petición de principio; invocar como autoridad lo que justamente está cuestionado.

9: ¿Están los OGM contribuyendo a la muerte de abejas y mariposas?

Cabe destacar que antes de que pueda producirse un cultivo genéticamente modificado de forma comercial, las empresas que desarrollan este tipo de plantas deben demostrar que las nuevas plantas no son dañinas para los demás insectos, tales como las abejas y las mariposas.

Otra vez la cantinela. Los consorcios biotech no hacen algo “malo” para matar abejas.

Lo que sin embargo se ha registrado es una merma preocupante de la actividad y la vida de las abejas ante la presencia de la agroindustria. No sabemos si es el evento transgénico o la pérdida generalizada de biodiversidad o el derrame de agrotóxicos por doquier. Pero hay menos abejas con más avances de agricultura “inteligente”.

Es tan extenso el arrasamiento de la vida de las colmenas que la empresa Monsanto llegó a proponer su “vía de salvación”, humorísticamente un hallazgo si no fuera tan pesadillesco: ofreció minidrones para polinizar… las plantas de los cultivos, del bosque, del planeta… ¿puede alguien ser tan necio e ignorante? Los CEOS de Monsanto, por lo visto pueden.

10: Si el ganado se alimenta con granos GM, ¿habrá OGM en la carne?

Nunca se han detectado OGM en la leche, la carne o los huevos derivados de animales alimentados con productos genéticamente modificados.

Esto puede ser cierto. Pero no es suficiente para descartar alguna modificación en las redes genéticas, hereditarias. La vida podría manifestarse en modos que las comprobaciones científicas actuales no han logrado (por lo menos todavía) discernir.

Un planteo tan sereno y ecuánime… y falaz nos da la pauta de cómo se dirigen los formadores de opinión a los opinados.

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Apicultores dicen basta

por Luis E. Sabini Fernández

UN COMUNICADO MEMORABLE: 1o. SETIEMBRE 2016

El comunicado público del 1º. de setiembre de 2016 de los apicultores de Piedra del Toro, al fondo de Pinamar, Canelones, sobre la contaminación afectando los cultivos de miel es increíblemente certero, precisando los papeles de distintos contendientes.

Este comunicado a su vez comenta las observaciones de la Dirección General de la Granja (DIGEGRA), repartición del Ministerio de Ganadería y Agricultura, que “advierte” a los apicultores de que eviten “herbicidas para el control de malezas en los apiarios”. Para que no se pierdan mercados internacionales “por los controles de residuos de agroquímicos” aparecidos en la miel, apostrofa.

La respuesta del Grupo Apícola de Piedra del Toro es un dechado de veracidad, precisión y  valentía.

Aclaran lo elemental: que la miel cosechada en el país presenta agrotóxicos, pero no por estar rociados los mínimos territorios de los propios apicultores sino porque el gobierno nacional y la Dirección Nacional de la Granja han aprobado y fomentado ”la utilización de las prácticas de grandes extensiones de monocultivos con tecnologías que aplican peligrosos tóxicos biocidas.” Un sistema productivo, explican, “estimulado, controlado y resguardado por el propio MGAP, y que se ha expandido en forma masiva en toda el área rural y hasta urbana. Logrando que casi todas nuestras aguas estén contaminadas […].”

Observe el lector que los apicultores dan con el verdadero motivo del bloqueo sanitario a la miel uruguaya; la contaminación ambiental, tolerada y en rigor y sin decirlo, promovida por las autoridades, la agroindustria, los sojeros y la monoforestación. Y que nombrando la soga en la casa del ahorcado nos muestran la duplicidad de las autoridades que procuran achacarle a otros (a los apicultores en este caso) fallas propias. Eso en ética tiene un calificativo y los apicultores de Piedra del Toro lo conocen y lo aplican: “el comunicado de DIGEGRA es canallesco” con “la pretensión de querer trasladar a nuestro sector la responsabilidad de contaminar […]. Antes también nos habían dicho que la contaminación generalizada de las aguas eran “el principal vehículo que lleva a la contaminación de gran parte de los alimentos que estamos consumiendo.”

Porque la pregunta de fondo, como bien advierten nuestros apicultores es por qué gobiernos autorizan “a producir comida con veneno”. Ése sí es un escándalo. El escándalo.

Por cierto que hay montañas de empresarios dispuestos a usar venenos en sus elaboraciones alimentarias.  Se conocen históricamente multitud de casos. La cuestión se agrava cuando además de empresarios dispuestos a sacrificar la salud ajena por la prosperidad propia, hay estados que se hacen partícipes de tales operativos (con las más diversas coartadas; de que no es tan venenoso, de que usemos apenas, de que así abaratamos…).

Los apicultores de Piedra del Toro visualizan el problema en sus justos términos. “No queremos ser dependientes y rehenes de las grandes empresas multinacionales”.

Tal vez lo que los ubique en forma tan clara, conceptual y éticamente, sea su aclaración inicial: “Antes que profesionales, artesanos, comerciantes, somos seres humanos. Somos madres, padres, abuelas, abuelos, hermanas, hermanos. Que hemos elegido desarrollar una actividad valorada en todo el mundo por su directo relacionamiento a los más altos valores, cuando se analiza desde la alimentación, la salud, el servicio a la sociedad y medio ambiente.”

Aquí están las reservas de una sociedad como la nuestra. En el suelo, en el territorio, trabajando “desde el pie”.

Da confianza, alegría. Ehorabuena.

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