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Qué nos pasa. LA NATURALEZA HUMANA EN LA PICOTA

Publicada el 19/09/2023 - 16/10/2023 por ulises

por Luis E. Sabini Fernández –

Tengo la corazonada que se hace cada vez más imperioso pensar, escudriñar, reflexionar, discutir, sobre la naturaleza humana.

Una cuestión que ha atareado a filósofos, científicos, religiosos, para no hablar de toda la panoplia de disciplinas sociales que abordan, enfocan, tratan, o destratan la naturaleza humana.

El gigantesco desarrollo en progresión geométrica de lo tecnológico es uno de los nudos problemáticos que tenemos con la naturaleza humana.

Hasta hace un siglo, grosso modo, el ser humano, la criatura humana, venía al mundo como todos los mamíferos, era alimentada y crecía cumpliendo y satisfaciendo nuestras necesidades biológicas (o dejándolas de cumplir sólo si la severidad del clima lo impedía o si las disposiciones políticas, el poder imperante, torcían tales impulsos).

¿Cuáles son las condiciones y posibilidades para nacer hoy, ya bien avanzado el siglos 21, para la criatura humana? En un mundo mucho más medicalizado [esto tiene que ver sobre todo con la vida urbana que constituye hoy en el planeta la mayoría de la humanidad, y sobre ese universo van estas consideraciones],[1] es cada vez más frecuente el nacimiento por cesárea. La excepción conocida del siglo XVIII se ha hecho rutina generalizada, aunque persistan muchas madres “a la vieja usanza”. Y aquí lo más importante es que la cesárea no se ha generalizado por razones médicas o medicinales; al contrario. La cesárea le quita al recién nacido el trabajo de parto, que también le quita a la progenitora; es nacido sin esfuerzo. Sin el esfuerzo inicial de la vida extrauterina; le quita su primer triunfo o victoria, lo convierte en pasajero, pasivo, de un tránsito de la placenta materna a la vida “exterior”.

Falta saber cómo se imprime esa “asistencia” en la vida, esa sustracción al protagonismo en el pasaje inicial del recién nacido. Entendemos trascendente que ese primer paso devenga de activo a pasivo; como si dijéramos, de andar en bicicleta a que nos lleven en bicicleta.

Pero la atención medicalizadora ha progresado muchísimo; hoy reciben los bebés en el plazo de apenas semanas entre 15 y 25 vacunas distintas, todas ellas fruto de investigaciones laboratoriles de las últimas décadas.

¿Se han salvado así muchas vidas? No lo parece. Ha habido momentos en que normas y pautas médicas, han sido decisivas para asegurar la vida de los recién nacidos y de sus madres parturientas, con paralelos riesgos en el momento del parto. Por ejemplo, el lavado de manos de los médicos antes de iniciar un trabajo de parto ha sido  decisivo para bajar las infecciones en el parto. Sin esa costumbre, muy resistida inicialmente por médicos que se sentían tratados como “mugrientos” al reclamársele lavado de manos antes de intervenir en partos, la mortandad en maternidades atendidas por médicos era muy alta (no así en maternidades atendidas por parteras).[2]

El descubrimiento de la vacuna antivariólica (fines siglo 18) también resultó decisivo para achicar la mortalidad provocada por la viruela (la vacuna también ahorraba las terribles cicatrices que le quedaban a quienes enfermaban de viruela y no morían).

La batería de vacunas de los últimos años, en cambio, no parece ahorrar vidas sino más bien atención hospitalaria a infantes enfermos (con una mortalidad inferior al  1º/oo, no vinculable al germen sino a las condiciones nutricionales del afectado), con lo cual las vacunas eluden la confrontación de cuerpos humanos pequeños con agentes patógenos que normalmente no logran dañar pero sí pueden vencer resistencias de cuerpos disminuidos; la vacunación evita el mal rato, cumpliendo así la función que un cuerpo debilitado no puede llevar a cabo. Según la médica Mónica Müller ésa ha sido la función de la generalización de las vacunas.[3]

Tenemos así una medicalización de nuestras sociedades tan extendida y problemática que hoy los propios congresos médicos atestiguan que la tercera causa de muerte humana es iatrogénica: apenas por detrás de trastornos del corazón y sistema circulatorio y cánceres.

Lo acontecido con el Covid 19, por su alcance, las políticas encaradas y sus consecuencias exigen una respuesta. Uruguay tiene un peculiar estado de situación que también exige respuesta: los penúltimos años mantenían una mortalidad anual, bastante regular, de aproximadamente 30 mil fallecidos; 2021 y 2022, en plena pandemia y con el comienzo de las vacunaciones (que no existieron a lo largo de 2020 en el país), la mortalidad ha sobrepasado las 40 mil anuales. Falta explicar tamaño aumento de la mortalidad. Tan brusco.

La interpretación del analista estadounidense Paul Craig Roberts –tipificado por quienes confían ciegamente en las instituciones como ”conspiracionista”–  acerca del daño generado con una implementación más o menos forzada de vacunaciones, es que las vacunas han sido diseñadas como método de “achique poblacional”, lo cual es obviamente inconfesable, y se inspira en el hecho inocultable que somos demasiados. Craig Roberts aclara que no se trata de un veneno común y silvestre adosado a la vacuna, porque eso despertaría una justa indignación en la población y sería además, fácilmente rastreable. Que se trata de una cuidadosa y muy tenue dosificación de tóxicos en la vacuna que en ningún momento puede afectar a más de una muy pequeña minoría. Contando con que un plan sostenido de vacunaciones “demográficas” iría atemperando la plétora poblacional.

Esa hipótesis se acompasa con las muchas investigaciones que han encontrado elementos desasosegantes en las vacunas suministradas. Se acompasa también con la política de secreto que exige el Big Pharma bajo la coartada de cuidar lo patentado y no perder consiguientemente dinero. Ante el proteccionismo comercial está la importancia de explicar circunstancias sanitarias antes infrecuentes ahora con preocupante recurrencia; por ejemplo, las muertes súbitas. Y muchos otros episodios menos trágicos, pero igualmente llamativos; miocarditis y otras afecciones circulatorias y en general, pérdida de esa condición de salud que uno siente sin pensar.

También  se “acompasa” con  el avasallador papel que “los mecenas” han tomado dentro de la OMS.

La OMS es una de las ramas de la red que la ONU desde 1945 ha creado para gobernar el mundo. Asistiéndolo, claro. Hace ya tiempo que hemos aprendido que un poder absoluto es horroroso (la humanidad lo ha experimentado frecuentemente). Consiguientemente, quienes desde 1945 orientan, dirigen la política mundial, no suelen presentarse como dirección, guías, jefatura, faros, padres, líderes sino como asistentes, hermanos, camaradas, servidores.

Cuando EE.UU. decidió retacear su cuota a la OMS por no coincidir en las políticas, surgieron almas bellas, que sin mayor esfuerzo monetario, cedieron a la OMS los millones de dólares que se necesitaban para mantener el edificio sanitario planetario en pie.

Y con el tiempo, esos mecenas han sido claves en la puesta en marcha de diversos planes de acción planetaria.

La presencia y peripecia que nos trajo la pandemia constituye un dato relevante para atender la cuestión que nos hemos planteado; si existe algún proyecto que modifique más o menos radicalmente la naturaleza humana.

Surge así la inevitable asociación entre tanta bondad proclamada y proyectos cada vez más insistentes en mejorar, completar la naturaleza humana. Transcribimos una definición “neutra” sobre lo que ha dado en llamarse transhumanismo; alianza de refuerzo de la naturaleza humana con el desarrollo tecnológico: “El transhumanismo es un movimiento científico y filosófico que propone la utilización convergente de las nuevas tecnologías (nano, bio, info y cogni) para la transformación de la naturaleza humana. Así, la modificación del cuerpo biológico permitiría una existencia más saludable, potenciada en términos cognitivos, perfeccionada en cuanto al dominio de las pasiones, y, finalmente, libre de la amenaza del envejecimiento y la muerte.” [4] Modesta, humildemente expresado.

Hubo una declaración de pandemia –a cargo de la OMS mediante una modificación sustancial de la vieja definición de tal, que se impuso verticalmente pese a la incumbencia  de toda sociedad en sus consecuencias. Ese lapsus democrático es significativo, y da lugar a “malos pensamientos”, como los de Craig Roberts. Se redefinió que no se necesitaba ponderar muertes para declarar una pandemia; la mera difusión de una enfermedad bastaba.  La definición de la enfermedad quedó en manos de la OMS y sus mecenas. La población se fue “enterando” a través de los aparatos mediáticos.

Las vacunas esta vez, perdieron el método de aprobación que siempre habían tenido: medicaciones que alcanzaban un grado de capacidad curativa tras muchos pasos de verificación (una primera etapa con pocos sujetos recibiendo el proyecto de vacuna, una segunda etapa con más tratados, procurando ver su incidencia curativa y también sus defectos indeseados, una tercera etapa ya con suministro masivo a población elegida para  contrastar con grupos testigo con placebos, y finamente una cuarta etapa en que las autoridades médicas decidían su aplicación masiva si en todas las etapas preliminares y previas no se habían observado derivaciones o secuelas indeseadas.

Ante la pandemia Covid19 la OMS puso a disposición de la sociedad una vacuna sin todos los pasos previstos por falta de tiempo para los plazos estipulados y en consecuencia, se adujo, que se procedería a utilizarla, pero con carácter voluntario dada la falta de los márgenes de seguridad requeridos.

Este recurso, puesto en manos de autoridades médicas nacionales tuvo dos implicancias: en primer lugar, devino fácilmente obligatoria porque las autoridades nacionales condicionaron una serie de permisos a que el peticionante estuviera vacunado; para cursar, para viajar, para trabajar. Muchos, viendo así tan cercenadas sus posibilidades, en general optaron por recibir la vacuna, aunque en general maniobrando para recibirla una sola vez. Otros, persuadidos por la campaña, y sobre todo por el miedo, fueron al pinchazo como reaseguro psicológico, gratificante, mostrando la fuerza que tienen los medios masivos de persuasión de masas.

En segundo lugar, las autoridades médicas no asumieron responsabilidad alguna por secuelas que pudieran derivar del suministro de vacuna dado su carácter voluntario; no hay institución responsable, no hay responsabilidad legal… Con esa doble tijera legal, ninguna autoridad sanitaria se ha visto precisada a fundamentar sus conductas.

El estado y sus representantes sanitarios “abrocharon” así con grandes laboratorios, ya conocidos por diversos fraudes médicos –como es el caso de Pfizer–, exonerándolos de toda responsabilidad judicial. No es el único.

Volvamos la cuestión  inicial.

¿Por qué el establishment médico violó sus propios métodos de aprobación de vacunas?

¿Por necesidad ante la pandemia Covid19? Sin embargo, el rechazo fuerte a otras medicaciones de tratamiento directo de los trastornos sobrevenidos con el Covid 19, sugiere una apuesta previa a favor de la vacuna. Una vacuna que, se sabía, no había cumplido todos los requisitos, que siempre se habían supuesto necesarios. Llamativa incongruencia.

Algunos medicamentos como la ivermectina, reiteradamente cuestionada por algunas fuentes médicas, ha sido finalmente aprobada como efectiva contra el Covid 19 (sólo que su legitimación ha sido tan tardía, que uno podría suponer que no pudo emplearse cuando era necesaria por su efectividad y su atoxicidad, para mantener en pie los planes de vacunaciones con vacunas no seguras y bajo sospecha).

Médicos epidemiólogos de enfermedades infecciosas y otros colegas firmaron declaraciones públicas de alcance internacional, como la de Great Barrington, firmada inicialmente por Jay Bhattacharya, Martin Kulldorff, Sunetra Gupta que recibieron la firma de cientos de colegas, o la de Global Covid Summit  que juntó  17 mil firmas, incluyendo médicos e investigadores en medicina (entre ellos, Ryan Cole, Richard Urso, Katarina Lindley, Robert J. Kennedy).

Ambas declaraciones cuestionaron los métodos inconsultos de la OMS, reivindicaron medicamentos probados y aprobados pero desestimados por la OMS, como la  mencionada ivermectina, o el budesonide que fuera expresamente prohibido (y rehabilitado por la OMS un año después, tarde para los miles muertos en ese ínterin).

Ambas declaraciones fueron muy críticas a los encierros y enclaustramientos (como, por ejemplo, prohibir playas o parques o salidas colectivas de niños). Entendieron que había que focalizar la prevención en quienes tenían comorbilidades y por lo mismo descartar toda actividad preventiva para niños (que son los que están más lejos de tener dichas comorbilidades; claro que si las tienen, hay que atenderlos con prioridad). Fueron muy críticas a la política oficial de la OMS, de “apagón generalizado” y su alianza virtual con sus mecenas: “Esta enfermedad confirmó algo que se sabía desde hace tiempo: la inutilidad de la OMS, una entidad que lejos de velar por el bienestar de la población del mundo, vela por los intereses de sus principales financiadores, como por ejemplo el nuevo “gurú de las pandemias”, Bill Gates.” [5]

Si la cuestión de la naturaleza humana se ha entrecruzado peligrosamente con lo sanitario, se trata, empero, de apenas un capítulo, y se aprecia otro en el orden comunicacional, con la cuestión de la inteligencia artificial. La situación en este aspecto de la comunicación humana es que se está haciendo indistinguible si la autoría de un texto, un poema, una tesis, un informe  es humana o artificial. Con ello, la primera víctima, como pasa con la guerra, es la verdad.

¿Qué o quiénes pueden estar interesados en sacrificar de un modo tan radical la verdad, lo verdadero? En los conflictos militares o guerreros, ya lo sabemos; el campo agresor, el bando que quiere adueñarse de lo que está en juego. ¿Y en el campo de la ciencia, de los saberes? Lo mismo. ¿Quienes quieren medrar con esa nueva noción de verdad? Quiénes quieren conseguir mayores poderes: la inteligencia artificial es promovida por quienes consideran que aumentarán sus poderes y/o beneficios con ella. A costa de nociones tan abstractas como “lo verdadero”.

Ha pasado lo mismo que con la implantación de los materiales plásticos: enormes ventajas materiales para los inversores de la petroquímica. Y se supone que también para la sociedad seducida por la plasticidad de tales materiales, precisamente. Que hacen la vida cotidiana, por ejemplo, más cómoda.

¿Pero qué deidad te hizo creer que la comodidad es ‘la medida de todas las cosas’?

La comodidad, como la austeridad y tantas otras sensaciones y experiencias que vivimos los humanos, no son per se garantía de “calidad de vida”. Pero sí de rendimiento lucrativo para el universo empresario que lo promueve. Lo mismo pasa en el mundo de la alimentación. Permanentemente tienen que retirar “del mercado” alimentos que resultan tóxicos. Pero, ¿cómo entraron? Porque eran atractivos. Los azucarados, por ejemplo. La cultura dominante nos induce permanentemente a azucarar nuestras comidas y la historia de los endulzantes ha resultado siniestra. Peores que el mismísimo azúcar: sacarina, ciclamato, aspartame. Lo mismo pasa con los estimulantes o saborizadores. En rigor, minan nuestra salud, pero la propaganda está diseñada para que no reparemos en ello sino en “el placer” que nos brindarían.

Los médicos que hemos mencionado de esas dos declaraciones están muy preocupados, por ejemplo, por la dieta con exceso de jmaf y otros “alimentos” transgénicos  como aceites.

Los materiales plásticos, no necesariamente todos ni todas sus aplicaciones, pero en una proporción que ha resultado atroz, han inundado el planeta con colorantes y micropartículas tóxicas que están alterando todas nuestras vidas, todos  nuestros  cánceres, toda la vida de seres que no han podido ver estas “nuevas realidades·”.

No sólo los pelícanos, las tortugas, y otros animales están visiblemente dañados por no saber trajinar con estos elementos que no han pertenecido nunca antes al mundo natural (y que por su no biodegradabilidad tampoco pueden pertenecer o incorporarse al mundo natural); los humanos estamos también entre sus víctimas.

Una vez más, humanos victimados por humanos.

La contaminación plástica no ha sido medida, cuantificada; no sabemos si está, mejor dicho cuánto está detrás de la proliferación de cánceres (de los más variados tipos). Las grandes redes médicas y sanitarias de nuestra modernidad más reciente, –la del avance gigantesco de la escala empresaria, la de la transnacionalización de los consorcios, en este caso sanitarios (Big Pharma, OMS, etcétera)–  no tienen, no han tenido hasta ahora jamás el interés primordial de evitar la iatrogenia.

La estrategia, la coartada psicológica, siempre ha sido: avancemos, mejorando nuestros saberes y nuestras técnicas y eso nos permitirá también superar los inconvenientes, los problemas, los errores, que lleguemos a cometer, precisamente en nuestros avances.

Contra este tecnooptimismo ha operado el “principio precautorio” que se ha visto dramáticamente corroborado en innumerable cantidad de casos y situaciones en que una intoxicación mínima ha desembocado en trastornos irreversibles incluida la muerte (como pasa con la presencia de bajísima dosis de plomo, Malathion, hexaclorobenceno, PCBs, dioxinas, DDT, toxafeno y tantos otros tóxicos para generar trastornos mayúsculos en organismos afectados). Algo ya totalmente comprobado por la trágica experiencia es que la influencia de un contaminante acrecienta progresivamente su efecto deletéreo en proporción inversa a la edad de quien sufre la contaminación.[6]

El desarrollo tecnológico en sus diversas facetas, y quienes tienen poderes decisorios al respecto, nos plantea nuevas configuraciones existenciales; de hecho una redefinición de naturaleza humana. Uno de sus exponentes es el muy mediático filósofo e historiador Yuval Noah Harari con su narcisismo ideológico, como especie, aspirando a la amortalidad.[7]

Lo que en resumen auspicia Harari es la gestación de un humano, ya no sapiens sapiens sino una conjunción  o combinación de naturaleza y técnica (lo que en Hollywood se transitó alguna vez; Robocop o Blade Runner).

Mutatis mutandis, lo que postulan quienes apuestan por un tecnodesarrollo radical como para “superar” las viejas coordenadas de vida y muerte que conocemos desde antaño (desde siempre), no hacen sino nuevas versiones del sueño del hombre hecho dios.

En pleno romanticismo tuvimos al doctor Frankenstein; Shelley procuró advertirnos de la labilidad del sueño devenido pesadilla. Si juzgamos los resultados de inyecciones de colágeno para rediseñar glúteos, senos siliconados para quienes no quieren agrandarlos dando de mamar, cirugías para lo que se llama cambio de sexo, el saldo de felicidad parece mucho menor que el de padecimientos, aunque semejante balance tenga resultados impares y desparejos y no tiene porqué ser aceptado.

Lo futuro, siempre abierto, nos espera.

notas:

[1]  No hace tanto tiempo, apenas unos años, la mayoría de la especie humana vivía como población dispersa, no urbana; pero el proceso de urbanización es muy intenso y sostenido y tiene a su vez como un refuerzo de sí mismo: el proceso de megalopolización, es decir que tanto los pobladores rurales como los de asentamientos urbanos tienden a reaposentarse en grandes concentraciones urbanas.

[2] Porque médicos atendían partos y cirugías sobre pacientes enfermos indistintamente  y transportaban bacilos, algo que las parteras no solían hacer al ocuparse  únicamente con labores de parto.

[3]  Pandemia, Planeta, Buenos Aires, 2010.

[4] Asla, Mariano. 2020. «Transhumanismo». En Diccionario Interdisciplinar Austral, http://dia.austral.edu.ar/index.php?title=Transhumanismo&action=mpdf.

[5] https://tierrapura.org/2022/05/22/17-000-medicos-lanzan-un-plan-para-romper-con-la-oms-y-crear-un-universo-medico-paralelo/.

[6] Theo Colborn, Dianne Dumanoski y John Peterson Myer, biólogos estadounidenses, autores de un estudio de campo verificando los efectos contaminantes de los plásticos en la fertilidad animal: Our Stolen Future, [Nuestro futuro robado], 1996.

[7]  Harari procura atender el deseo generalizado a vivir y no morir, que, entiende, el actual desarrollo tecnológico nos permitiría abordar. No para pretender la inmortalidad, puesto que la contingencia de la vida humana no es sólo una cuestión técnico-médica, pero sí la de la duración indefinida en el tiempo de los seres humanos, mediante renovación de órganos y sustitución de partes desgastadas (como ya lo hacemos con dientes, con otros tejidos corporales). Esa prolongación indefinida de la vida humana individual es lo que Harari caracteriza como amortalidad. Siempre basado en el supremo interés egoísta que, según Harari, nos gobierna.

Publicado en Destrozando el sentido común, General, Globocolonización, Nuestro planeta, Poder mundializado, Salud. Y enfermedad, Sociedad e ideología, Uruguay

¿Es antisemita criticar al Estado de Israel?

Publicada el 18/07/2023 - 18/07/2023 por ulises

por Luis E. Sabini Fernández –

31 mayo 2023

Desde que la IHRA  (International Holocaust Remembrance Alliance, alianza Internacional para el recuerdo del Holocausto) redefinió el antisemitismo ya no como rechazo a lo judío propiamente dicho sino como rechazo también a lo israelí, se ha producido una ola de antisemitismo en el mundo, sin precedentes, por su alcance.

En Argentina esto ha tomado vuelo con la acusación judicial de Waldo Wolff contra Horacio Pietragalla. Estamos hablando del secretario de Asuntos Públicos porteño y del secretario de Derechos Humanos de la Nación respectivamente, y la acusación tomó cuerpo en este mismísimo mes de mayo, 2023.

Nos tememos que pese a que el IHRA debe considerarse conocido urbi et orbi, vale la pena describir qué hay detrás de la sigla, que imaginamos conocerá apenas un puñado mínimo de gente.

International Holocaust Remembrance Alliance, Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto, es una organización fundada en 1998. Considerable rezago, si tenemos en cuenta que se invoca lo acontecido durante el nazismo, más de medio siglo antes

También resulta notable advertir que “la solución final” esgrimida por el nazismo en 1942 se “socializó” con el nombre de “Holocausto” no en 1945, al fin de la 2GM, como uno podría imaginar, sino cuando Hollywood produjo un material fílmico que sensibilizó multitudes. En 1978, con la serie (episodios) Holocaust. Dos aspectos de la cuestión fueron marcados mediáticamente: un universo concentracionario con la muerte como protagonista y su misma designación.

¿Por qué se tardó más de tres décadas en generalizar una designación que “los hechos históricos presentados” nos inducen a creer fue algo inmediato?

¿Y por qué se tardó en total más de medio siglo (1945-1998) para instaurar una institución referida a tan claro acontecimiento?

No vamos a creer que fue por falta de fondos o de apoyos mediáticos. Si algo se vio durante los juicios de Nüremberg de 1945 (no los nazis, de 1935, en la misma ciudad, sino los del estrado judicial montado por las potencias vencedoras al fin de la 2GM), es que todo se orquestó sin dificultades y que su estructura administrativa fue tripulada por judíos. Algo que le hizo comentar a miembros del Ejército de EE.UU., durante las sesiones de los juicios que semejante empeño, aunque laudable y comprensible, resultaba lesivo para la credibilidad de las instancias de los juicios y que habría sido mejor dejar cubiertas algunas áreas por personal de diversas procedencias, para otorgarle mayor respetabilidad a lo obtenido.

Desde 1945 hasta bien entrada la década de los ’70 la visión de la peripecia vivida por judíos, y gitanos, homosexuales, socialistas, cristianos, comunistas, anarquistas bajo el 3er. Reich, recibió diversos calificativos, uno de tantos, holocausto.[1] Tras la 2GM uno de los calificativos más empleados, procurando justipreciar el alcance del daño fue genocidio.

Más allá de los calificativos de lo acontecido durante el Reich nazi y lo acontecido en sus campos de concentración, el IHRA irrumpe con la ampliación de la noción de antisemitismo refiriéndola a Israel.

Vale la pena repasar la caracterización del antisemitismo de IHRA:

  • el antisemitismo es una cierta percepción de los judíos que puede expresarse como el odio a los judíos;
  • las manifestaciones físicas y retóricas del antisemitismo se dirigen a las personas judías o no judías y/o a sus bienes;
  • las manifestaciones pueden incluir ataques contra el Estado de Israel concebido como una colectividad judía;
  • sobre el poder de los judíos como colectivo, por ejemplo, aunque no de forma exclusiva, el mito sobre la conspiración judía mundial o el control judío de los medios de comunicación;
  • culpar a los judíos como pueblo o a Israel, como Estado, de inventar o exagerar el Holocausto;
  • acusar a los ciudadanos judíos de ser más leales a Israel, o a las supuestas prioridades de los judíos en todo el mundo, que a los intereses de sus propios países;
  • establecer comparaciones entre la política actual de Israel y la de los nazis;
  • considerar a los judíos responsables de las actuaciones del Estado de Israel.

 

Es una larga, aunque seguramente incompleta enumeración de lo que el IHRA se propone denunciar como “antisemita”. Es una mezcla que no ayuda ciertamente a esclarecer sus zonas vidriosas o de conflicto.

Denuncia que el Estado de Israel sea concebido como “una colectividad judía”. ¿Qué tendría que ser si no? ¿Un estado laico?, ¿una asociación gremial?

Repudia que los judíos sean vistos como colectivo  en los medios de comunicación. Pero es evidente que los trolls israelíes del periodismo ejercen una labor de consuno.

Luego de una matanza de largo alcance[2] en la Franja de Gaza a cargo de los militares israelíes que tuvieron la sinceridad o estulticia de bautizarla como “Operación Plomo Fundido” (2008-2009), casi enseguida salieron a los medios masivos con un nuevo estilo de argumentación, organizado desde The Israel Project. Global Language Dictionary, que se inicia con “un glosario de palabras que tienen efecto”. A GLOSSARY OF WORDS THAT WORK.

Estamos claramente ante un diseño militar de enfrentamiento, aunque en este ejemplo se ejerza a través de diccionarios (y palabras).

En el decálogo de prohibiciones que hemos transcrito, se niega que pueda haber judíos más leales a Israel que a sus países de origen. Nos guste o no, es un fenómeno bastante generalizado y no entendemos su negación, cuando incluye hasta sonados casos judiciales.[3]

Tampoco entendemos de dónde provendría la imposibilidad de comparar credos  racistas o políticas que privilegian una etnia sobre las restantes en una sociedad dada, como es el caso de Israel.

Uno de los “decálogos” inhibe toda consideración a que los judíos sean responsables “de las actuaciones del Estado de Israel.” ¿Y entonces? ¿Serán responsables de las actuaciones de Dinamarca, Senegal o Bolivia? Y en Israel, ¿quiénes serán los responsables? ¿Chiítas, budistas, católicos, librepensadores?

En resumen: no entendemos lo que pretende IHRA. Y lo que pretende y entendemos es ominoso. Un descaro político sin precedentes: la política como impunidad. Y la sustitución del análisis y la  crítica política por un listado de “prohibido pensar”.

¿De qué acusa Wolff a Pietragalla? “[…] de afirmar que la existencia de Israel es un proceso colonizador y racista luego de participar oficialmente en una muestra fotográfica que recuerda la ‘Nakba’, el masivo éxodo palestino que se produjo tras la fundación del estado israelí.”

¿Sostiene acaso Wolff que Israel no tuvo un proceso colonizador y racista? ¿Qué fueron las alliah, por ejemplo? ¿Y el requisito para integrar kibutzim, exclusivamente con judíos? ¿Cómo se llama eso en castellano? Me da la impresión que Pietragalla conoce en este caso mejor nuestro idioma.

”Wolff alegó que las declaraciones del funcionario ‘se dirigen a las instituciones de las comunidades por lo que son consideradas antisemitas’.” Aquí, quien no parece entender el castellano o desconocer causalidades es el autor de este abordaje, o quien lo transcribe. No captamos porqué serían algunas instituciones, “antisemitas”.

A las dificultades idiomáticas de la última impugnación de Wolff tenemos que agregar nuestro trastorno ante su manejo temporal: sostiene que no se puede aceptar lo que ve como una excusa: que Pietragalla se solidarice con “una conmemoración tardía”.

¿Qué significa esto de conmemoración tardía?  Nakba alude a la fecha de cuando Israel generaliza su Plan Dalet (15 mayo 1948). Un plan a sangre y fuego, con miles de muertos y cientos de miles de desplazados. Sostiene Wolff: “no es necesario sostener que la existencia de Israel es un proceso colonizador y racista”, para adueñarse por la fuerza del territorio palestino.

“No es necesario sostener… ¿porque es falso? o ¿porque es inconveniente? Y si Israel no fuera un estado colonialista y racista (prácticamente conceptos intercambiables), ¿cómo y por qué se habría producido la Nakba?

Wolff no pide poco. Cree rastrear un kirchnerismo antiisraelí oculto (tal vez expresado entonces, en los ‘40 como peronismo) porque Argentina no apoyó en 1948 el informe de la ONU sobre la cuestión palestina… y lo hizo… en 1949. Por otra parte, la Argentina “peronista” acogió en su territorio amplio contingente de judíos desplazados o perseguidos en Europa (recordemos que Argentina fue, antes del auge del sionismo, asiento de muchos judíos desplazados en países europeos).

Aunque en 1948 buena parte de los llamados estados latinoamericanos aprobaron el informe mayoritario de la ONU, varios lo hicieron, como Argentina, al año siguiente; Colombia, Chile, México, Honduras, El Salvador, sin que se conozca de ninguna agresividad manifiesta antiisraelí.

En resumen, lo que incomoda a Wolff es que Pietragalla haga referencia a aspectos fácticos, incontrovertibles como el hecho colonial y su hermano siamés, el racismo, y no se atenga a lo suscrito por el gobierno argentino;[4] el reconocimiento de la definición de “antisemitismo” que de unos años a esta parte difunde el Estado de Israel y sus más próximos aliados por todas partes y que consiste en negar muchas de las críticas “sensibles” al Estado de Israel, su historia, su fundación, sus presupuestos.

La DAIA también había criticado a Pietragalla, exactamente por lo mismo y Wolff recoge ese cuestionamiento, “por criminalizar al Estado de Israel y deslegitimar su derecho a la existencia”.

Pero más allá de los epítetos y calificaciones, es saludable atenerse a los hechos históricos, Y tales nos dicen que los sionistas se apoderaron tras una operación militar de casi todo el territorio palestino, que NO coincide ni siquiera con la división entrevista por la ONU, que ya era de por sí altamente favorable a un futuro estado israelí,  brindando un 53% de un territorio vivido por una minoría judía. El Plan Dalet llevó la superficie del futuro estado judío al 78% de la Palestina histórica. Es decir el plan sionista se desentendía del ofrecimiento de la ONU y hacía “su propia cosecha” manu militari. Basado en el sufrimiento judío a manos del nazismo. Los palestinos –musulmanes, cristianos y en un primer momento, hasta judíos– se preguntaron y les preguntaron a las “autoridades” onusianas por qué debían los palestinos pagar “los platos rotos” de conflictos ajenos.

No hubo respuesta.

Lo que sí hubo, fue el trámite “habitual entre vencedores y vencidos, y particularmente, entre pueblos señoriales y pueblos a los que el poder planetario no les concedía entidad, personalidad, madurez. Al respecto, es muy instructivo leer los argumentos de la progresía onusiana a fines de los ’40 sobre este conflicto.

Escribe Jorge García Granados, embajador guatemalteco ante la ONU y designado como jurista de abolengo para atender el diferendo: “los árabes sostienen que Palestina fue cedida a la parte interesada: la población del país para ellos. Pero el art. 1 del Tratado de Lausanna establecía la renuncia de los turcos [… y ninguna referencia a favor de los habitantes].

El equipo jurídico onusiano estaba administrando ‘los bienes mostrencos’ que la derrota de Turquía (y de Alemania y Austria) tras  la 1GM dejaba “libres”.

Y García Granados no encuentra pasaje alguno del tratado entre vencedores y vencidos en que se establezca  […] “que ellos [los palestinos] son parte interesada.” Y el certero jurista apela entonces:   “[…]  los principios generales […] sólo los estados soberanos pueden ser sujetos en el derecho internacional.” [5] Queda claro entonces que los palestinos, pese a su brega independentista, su lucha por la emancipación (local o panárabe) pueden ser ignorados. Porque el derecho internacional le da fuerza de ley a los estados ya constituidos (que no la han perdido por ser derrotados). En resumen, que el Reino Unido, que acaba de cederles el territorio al ejército israelí, o EE.UU. con su despliegue geopolítico transncontinental, son los que deciden.

Esto es historia. Con lagunas, inevitablemente, pero sin prohibiciones previas.

[1]   Calificativo equívoco si lo hay, puesto que bíblicamente el holocausto fue la ofrenda de animales sacrificados por los rabinos a su dios.

[2]  Me refiero a operaciones militares de artillera y bombardeo en ciudades y barriadas palestinas civiles pobladas con resultado de centenares de niños masacrados, por ejemplo, y población civil en general. Magnitud: miles de seres humanos matadas.

[3]  Caso Pollard, EE.UU., 1998. No es el primero ni el último.

[4]  El gobierno argentino adoptó la definición de antisemitismo de IHRA en 2020, equiparando así  antisionismo con antisemitismo.

[5]   “Fundamentación” en Así nació Israel, Biblioteca Oriente, Buenos Aires, 1949.

Publicado en Destrozando el sentido común, General, Palestinos / israelíes, Poder mundializado, Política, Sociedad e ideología

PANORÁMICA ACTUAL DEL PODER, LA SALUD Y LA HUMANIDAD

Publicada el 18/07/2023 por ulises

por Luis E. Sabini Fernández

19 MAY 2023

Así cómo a lo largo del siglo 20 las décadas de los ’60 y ’70 fueron tiempos de izquierda o hacia la izquierda –mostrando así el hastío, la desconfianza y la resistencia al abuso que había caracterizado al régimen más generalizado e institucionalizado; llámese democracia, liberalismo o capital−, así antes todavía, durante la década del ’30 había habido un empuje de derecha o hacia la derecha por el ascenso de visiones  a la vez restauracionistas y futuristas ante valores hollados u “hollados” por la prédica socialista y revolucionara, desde la última década de ese siglo, hasta ahora con veinte largos años en el s 21, podemos verificar un movimiento  del “espíritu social” otra vez pendulando hacia la derecha, y cada vez de modo más acusado.

Algo que indudablemente comienza con la quiebra de “el país de la gran mentira”, al decir del lúcido croata Anton Ciliga,[1] que tuvo la osadía de enfrentar al estalinismo, ya férreamente establecido en la URSS y a su vez la suerte de estar “apenas” cinco años preso y luego expulsado del “paraíso soviético”.

La quiebra de la URSS tuvo una modalidad de colapso; un desmoronamiento institucional y la conversión rápida y expeditiva de las tan invocadas propiedades sociales o del estado soviético a coto de caza y apropiación descarada por parte de titulares de la gran burocracia que antes administraba “en nombre del proletariado” y ahora lo hará en su propio nombre, entrelazándose con capitostes de mafias que se habían ido enquistando en la institucionalidad soviética. Nueva conversión, entonces, a una nueva, santificada propiedad privada, antes tan denostada desde las usinas propagandísticas del “comunismo”.

Con el colapso soviético, los núcleos dirigentes occidentales, armados del aparato represivo norteamericano constituido en policía planetaria, entrevieron un reverdecimiento de viejos proyectos hegemónicos. Que fueran tejiendo cuando la URSS todavía existía formalmente, aunque ya con crisis reconocida, como durante el período de Mijail Gorbachov.

Para entender lo que sobreviene en todo el mundo con la desaparición de la URSS, en una fase todavía hoy presente, hay que recordar además cómo “salimos” de la llamada Segunda Guerra Mundial, 1945, con el triunfo militar aplastante de Los Aliados sobre El Eje, con su tendal de destrucción y muerte sobre casi todos sus participantes.

Se estima que la URSS perdió durante la guerra entre 10 y 20 millones de seres humanos; Polonia con una población mucho menor, entre 4 y 6 millones, Alemania, entre unos 5 y 10 millones.[2] Los países mencionados, perdieron grosso modo un décimo de su población, con la excepción de Alemania, mucho más castigada. También Hungría, que entonces tenía una población estimada en 8 millones de habitantes, perdió un décimo durante la 2GM. Japón, unos 2 millones. Gran Bretaña, Francia, Italia perdieron cada una más de medio millón de personas, es decir alrededor del 1% de sus poblaciones.

EE.UU., en cambio, con una población entonces de 130 millones de habitantes, perdió en la 2GM alrededor de 300 000 hombres, 0,2 % de su población. Y ni un camino, fábrica o vivienda, destrozada, ni siquiera afectada por dicha guerra.

Por eso, como bien anotara James Burnham,[3] cuando aún no había terminado la 2GM, EE.UU. ya se adueñaba o tendía su manto protector –los lectores elegirán la versión− sobre todas las redes industriales grandes y fuertes del planeta; la cuenca del Ruhr, el cordón atlántico norteamericano, la costa japonesa Tokyo-Kyoto. Y las sociedades de “todo el mundo”.

Antes de que acabara formalmente la 2GM (en el segundo semestre de 1945), ya los núcleos del poder american estaban diseñando el “gobierno mundial”, del cual son síntomas, el FMI (1944) que, desde Bretton Woods, viene a sustituir el proyecto nazi de Zentralclearing, con el cual los nazis habían procurado establecer su propia red imperial.[4] Es interesante e instructivo advertir que en pocos años fueron destrozados diversos proyectos imperiales, en beneficio de uno “de nuevo tipo”; el de EE.UU. Que no se promueve como imperio, como los anteriores, sino como democracia.[5]

Esa apropiación del “mundo entero” desde la década de los ’40 por parte de los titulares del poder norteamericano, se empañó con la bomba de hidrógeno soviética de 1950 y el establecimiento de una suerte de planeta esquizo, con dos superpotencias.

Por eso, en 1990, la craneoteca estadounidense canta otra vez victoria, tras cuatro décadas de interregno.

Este momento, el del crac soviético, y con ello la difuminación del horizonte ideológico del socialismo, trajo una nueva tríada política; EE.UU., Reino Unido e Israel. Que a su vez proviene, aunque no sea lo mismo,  de los “5 Ojos” de 1948 (una entente de control planetario de toda información: telegráfica, de teletipo, telefónica y correspondencia), estructurada entre países anglófonos blancos; EE.UU., R.U., Canadá, Nueva Zelandia y Australia.[6]

Eso le permitió a la dirección ideológica estadounidense (mejor dicho, judeo-estadounidense, porque entre los firmantes de sus documentos liminares, hay una amplia sobrerrepresentación de judíos y particularmente de sionistas),[7] volver a diseñar la perspectiva del proyecto  “para un nuevo siglo american”.[8]

Aunque momentáneamente la desaparición de la URSS permitió pensar en una generalización del mundo-tal-cual-debe-ser, todo mercado, todo capital, que incluía la “colonización” capitalista de los bienes ahora rusos y mostrencos (al menos respecto del socialismo), ese enorme conglomerado étnico, idiomático, religioso; lo ruso, no fue anulado ni absorbido por el capitalismo triunfante. Un hecho, tal vez capital, es que el estado ruso

–ya no soviético– quedó propietario del segundo arsenal más grande del mundo (incluido lo atómico). Otro, la propia identidad, rusa. Rusia no fue así asimilada a una única constelación de poder. Tal vez tampoco China, gran incógnita. Y así se fueron procesando y expresando nuevas contradicciones que han arreciado alrededor de los bienes y/o recursos planetarios,[9] y en puntos nodales, como las cuestiones de género, clave en la cuestión demográfica; la crisis de recursos naturales,; la contaminación progresiva del planeta.

Tal vez, siguiendo leyes ancestrales de los imperios, de sus ejercicios de poder, siempre tendientes a la expansión y a su plenitud, lo que vemos es, con un desarrollo cada vez más tecnologizado, con un alcance macro y micro sin precedentes, la implantación de un nuevo orden bajo diversas denominaciones; “ingeniería social”, “democratización generalizada”, “gobernanza global”, digitalización universal, incluso “gobierno mundial”, en el cual viejos odres se “llenan” del vino sintético que nos quieren hacer saborear a todos e irreversiblemente.

Ya sea una revolución alimentaria para suprimir ganado vacuno (bajo el fútil pretexto de la generación de metano por los vacunos), ya sea una nueva definición de salud, enfermedad y prevención sobre enfermedades graves o leves, garantizando a la vez control poblacional y altos dividendos al Big Pharma. Y con ello, la estabilización de pandemias, como un factor normal de nuestras vidas; con vacunas incluidas pese a todas las interrogantes que ha sembrado la vacunación masiva con las mal llamadas vacunas experimentales (terapias génicas) en el episodio Covid 19; la gestación de “distritos de 15 minutos”, un proyecto urbanizador para que todo habitante “satisfaga todas” sus necesidades sin emplear auto o medio de transporte costoso (una suerte de retorno a la vida de villorrio o de aldea); la ofensiva presuntamente progresista de la cultura de género, de la identidad de género, “superando” la antigua, “animal” división, de sexos; los planes aparentemente en las principales administraciones, digamos todavía nacionales de Occidente, de instaurar dinero-e, las tan publicitadas monedas virtuales, erigiendo un mundo de mayor fugacidad todavía que el del actual circulante que ha perdido todo amarre material hace por lo menos medio siglo, los anhelos de vida sin muerte de muchos privilegiados que consideran llegado el nivel tecnológico suficiente para encarar lo que el programador Yuval Harari califica “amortalidad” de nuestros cuerpos (ya que pretender la inmortalidad resulta a todas luces insensato), que sería la posibilidad de recauchutaje reiterado e indefinido de partes de nuestros cuerpos que, para Harari, se puede conseguir con nuestro nivel tecnocientífico actual (en todo caso, si fuere posible, para una escasísima minoría de humanos. Obviamente, ese aspecto no está siquiera dilucidado por Harari).

Todos estos últimos anuncios nos dan algunas pautas: que los titulares de los poderes tecnoindustriales advierten la imposibilidad de continuar “como hasta ahora”; ni el más mínimo atisbo de autocrítica o que hemos errado o malversado el mundo en que nos es dado vivir (sin incursionar en si se trata de propiedad nuestra, humana o si también nosotros somos “inquilinos” como las hormigas, los canguros o los tiburones).

Y que dada la conciencia creciente de los límites del planeta en que vivimos, se impone cada vez más una salida a la inviabilidad creciente. De nuestra especie, que ‘malversando la energía acumulada en millones de años en forma de minerales; carbón y petróleo, la estamos gastando o malgastando en pocos, poquísimos siglos’, como muy bien recordaba Fredrick Soddy, el Nobel de Química que abjuró de su profesión al verla aplicada a fabricar gases tóxicos durante la 1GM y que por ello se hizo (formidable) economista (repudiado, también, hay que decirlo, por el gremio de académicos economistas “ofendido” por críticas de un “ajeno”; certeras y por ello hirientes).

Tengo mis dudas que podamos solucionar nuestra situación y destino, mediante la profundización  del mismo tecnomodelo que nos ha planteado  las presentes dificultades; es decir “mejorando” las fórmulas en uso, complaciéndonos en la hybris tecnológica.

[1]  Detenido en 1930 y finalmente expulsado de la URSS en 1935. En 1938 publica su alegato El país de la gran mentira, en París, que poco después será secuestrado por los nazis y reeditará el mismo Ciliga, otra vez en París, en 1949.

[2]  El caso de Alemania es único, porque se estima que puedan haber muerto más alemanes después del fin oficial de la guerra que durante ella. Por el hambre y las privaciones de posguerra, más la emigración forzosa de millones (13 a 15) de alemanes de tierras que habitaban a veces desde siglos atrás,  reasignadas a otros estados (caso de los alemanes del Volga, los Sudetes, Silesia, Prusia Oriental, etc.), territorios de las cuales fueron arrancados a veces con una hora o con solo 10 minutos de preaviso para irse, a pie y a marchas forzadas, abandonando sus pertenencias (salvo lo puesto). Todo lo cual significó la muerte de muchos de tales desplazados, gran parte mujeres, viejos y viejas e infantes, porque los hombres fueron muy a menudo concentrados en “batallones de trabajo”. Ron Unz, American Pravda: comprensión de la Segunda Guerra Mundial, 2019.

[3]   La revolución de los directores, 1942. Diversas traducciones al castellano.

[4]   El fin de la 2GM fue un momento de suma fluidez institucional y los dominios imperiales se sucedieron en plazos cortísimos. Cuando los nazis pierden pie con la derrota en “el frente oriental”, el Foreign Office británico procura cosechar una red supranacional con una Clearing Union, pero agotados, son rápidamente desplazados por EE.UU. con el FMI (véase p. ej., Detlef Hartmann, “Bretton Woods y la relación entre desarrollo y genocidio”, futuros, nro.1, Río de la Plata,  set. 2000).

[5]   Remito a mi nota reciente, “Universalización de los dispositivos de control”, de algún modo complementaria.

[6]   Red  Echelon.

[7]  La población judía en EE.UU. se estima en un 2%, aprox. Entre los constructores de los documentos básicos de la estrategia del new american century, los judíos son el 50%, aproximadamente.

[8]   Project for the New American Century, Washington, setiembre 2000. Hay una reedición de 2017.

[9]   La primera cuestión  es dilucidar qué es el planeta, su superficie, si es una existencia por sí misma como abona la tesis Gaia, por ejemplo, o si son bienes a disposición de la humanidad, o de los humanos con poder suficiente para ejercer dicha disposición, convirtiéndolos en recursos, que es el planteo del empresariado occidental del primerísimo mundo.

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A 75 años de la Nakba y la reacción israelí ante su conmemoración

Publicada el 18/04/2023 por luissabini

por Luis E. Sabini Fernández –

Estamos a punto de cumplir los 75 años del día en que los sionistas inician la conquista del territorio palestino, hasta entonces en disputa cada vez más sangrienta.  Cuando los ingleses retiran sus “fuerzas del orden” de la Palestina histórica que administraron como colonia, aunque siempre con una tendencia a favorecer los reclamos de los judíos sionistas y no los de la vieja comunidad judía (llamada Antiguo Yishuv) y menos todavía  a la población árabe, tenida por minusválida (homo no europeus), llega lo que para los sionistas es su “hora de la verdad”. Fecha del despojo de la sociedad palestina y fundacional para el Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948.

El plan sionista para la toma del territorio había quedado puesto a punto el 10 de marzo de ese mismo año, con el nombre de Plan Dalet, que programaba la destrucción de más de 500 aldeas palestinas y el vaciado de varios barrios urbanos. Ese plan se tradujo en miles de palestinos matados (los ataques sionistas fueron apenas repelidos, puesto que se trataba de población civil, casi desarmada (o con escopetas de caza) y varios cientos de miles de palestinos desalojados con violencia de sus moradas, campos y territorios.

El plan (Dalet) estaba a punto, pero fue el retiro militar británico el que dio carta blanca a la acometida. Que los palestinos llaman Nakba.

Ante semejante efeméride y a la vista del agravamiento, siempre mayor del conflicto, y del arrebato cada vez más violento y desembozado de las tropas de una sociedad supermilitarizada, como la israelí, sobre los territorios palestinos, permanentemente bajo maltrato y reducción, redes palestinas han procurado recordar tan triste efeméride desde la ONU.

No deja de ser paradójico, puesto que fue la ONU la que finalmente cohonestó la solución sionista con desconocimiento radical de la presencia y la historia palestina en ese mismo territorio en disputa.

Pero es que las denominaciones, los estados de conciencia, la crítica moral, cambian con los tiempos. Es muy distinto el trámite dado en la ONU, con sus cincuenta y tantos estados miembros en 1948 a la cuestión palestina, con la guía entonces inapelable de EE.UU., el apoyo soviético, la defensa de políticas de apartheid, a lo que podemos observar hoy día, con esta “otra” ONU, con sus casi doscientos estados miembros, donde ha desaparecido el bloque soviético, el Consejo de Seguridad −ahora ligeramente ampliado− no tiene una China perteneciente al eje occidental (y lo que queda de aquella China prooccidental, hoy República de China, es Taiwan), donde ahora se condena expresamente el racismo y todo apartheid, donde ahora sí los estados árabes, −dejados de lado cuando se nombra la Comisión Especial para Palestina (UNSCOP por su sigla en inglés)− tienen cierta presencia.

Es esta ONU de los 75 años la que decidió conmemorar la Nakba.

No vaya nadie a creer que el cambio de la ONU es fuerte y radical. Más bien cosmético, pero necesario por el desgaste. Y cambio al fin. La conmemoración se aprobó apenas con el voto de 90 estados (menos de la mitad de sus componentes), con 30 en contra –una minoría de peso− y 47 abstenciones (faltando por lo tanto los que se abstuvieron hasta de abstenerse, es decir, según la nómina, otros 26).

Es cierto que de la nómina de 193 “estados miembros de la ONU” hay una larga veintena de unidades políticas nominales, con poblaciones de pocos miles de habitantes (no sabemos si no habrá incluso alguna con centenares…), muchas de las cuales tienen adhesión poco menos que permanente a algunas “grandes naciones” de las que son como apéndices. También hay que recordar que en esa nómina no figuran ni palestinos ni kurdos, ni tantas otras naciones sin reconocimiento jurídico.

Pero de cualquier modo, la presencia de, grosso modo, media ONU atenta al abuso de la ocupación sionista, calificando la relación del “Estado de conquista” [1] de Israel con la población palestina como inaceptable, nos revela cuan difícil es preservar indefinidamente un atropello impunemente, y nos permite ver la reacción sionista e israelí ante la denuncia.

Sucintamente, pasemos revista a las instancias. El 1º. de diciembre de 2022, hace apenas 4 meses, la Asamblea General de la ONU vota un reconocimiento a la Nakba, ante su inminente 75º. aniversario, el 14 de mayo de 2023 (falta menos de un mes). Con los resultados de la votacion que acabamos de ver.

Junto con ese resultado, reñido pero demoledor para la preservación de la “intocabilidad” de Israel, sobrevinieron varias otras resoluciones que atienden cuestiones claves del conflicto; por ejemplo, la que pide se  “detenga[n] todas las acciones contrarias al Derecho Internacional destinadas a alterar la composición demográfica y estatutos de los Territorios Palestinos Ocupados y el fin de las actividades en asentamientos.” [2]

Se trata del rechazo frontal a la política habitual y normal de Israel… desde hace décadas. Es como si estuviéramos viendo que el cántaro que fue tantas veces con impunidad…  se rompió.

De todos modos, como parece inherente a estas grandes estructuras burocráticas y globales, otra resolución postula, vuelve a postular, “soluciones” que se han encarado reiteradamente y que nunca solucionaron un ápice:

“La A. G. de la ONU ha aprobado una resolución en la que subraya la necesidad ‘urgente’ de realizar esfuerzos colectivos para lanzar negociaciones creíbles sobre todos los asuntos de estatus final y lograr una paz justa y duradera, fundamentada en las resoluciones del organismo internacional.”[3] Lo que ignora, deliberadamente, esta resolución y sus piadosos firmantes es que tales “esfuerzos colectivos” se hicieron a esta altura del proyecto colonizador, muchas veces –resoluciones ONU 181 (1947), 194 (1948), 242 (1967), 338 (1973), 446 (1979), 479 (1980)− y muchas más, además de las negociaciones bipartitas o tripartitas todas aclamadas como inminentes triunfos y todas fallidas; las de Camp David, de Taba, de Oslo, y un largo etcétera.

¿Por qué tales fracasos?

Sintetizando, porque ambas partes han sido irreductibles. Con una diferencia fundamental: los palestinos fueron hollados, vejados, maniobrados y ante la resistencia, matados, y eso no ha sido proclive a conversación o diálogo alguno.

Los judíos que organizaron el proyecto sionista tenían tal superioridad material, tal claridad en el proyecto político, que constituyeron siempre la parte fuerte ante una sociedad inicialmente desconcertada y que iba siendo despojada de a poco. Y por eso, nunca, entiéndase bien, nunca aceptaron retacear sus objetivos, con salidas tipo “solución de dos estados”, por ejemplo. Un proyecto colonialista niega de raíz toda equivalencia o igualdad entre colonizadores y colonizados. Forma parte de la estructura mental y material de tal tipo de proyectos.

Por eso, si estaba ‘a punto de estallar la paz’, los sionistas buscaron los resortes para agravar el conflicto. Entendámonos: un pueblo organizado y armado siempre tiene enorme, aplastante ventaja contra un pueblo desarmado, incluso cuando en ese pueblo se gesten agrupaciones armadas, guerrillas de resistencia.

Basta comparar los planteles militares del estado israelí, con decenas de miles de  hombres y mujeres armados y dispositivos militares y securitarios de enorme voltaje, con las agrupaciones armadas irregulares que se han ido creando a lo largo de las décadas entre los palestinos para ver la enorme diferencia en dispositivos militares y violentos a disposición.

Por  todo lo que hemos estado reseñando, el reconocimiento de la ONU a la Nakba constituye una amenaza inquietante al proyecto del Estado de Israel. Por ejemplo (con cierta tardanza que no hay sino que interpretar políticamente), en 2022 la ONU ha resuelto condenar la anexión israelí de los Altos de Golan, arrebatados a Siria en 1981. Cuarenta y un año después, la ONU declara “nula” esa “ampliación” territorial de Israel. Pensemos todo lo que tendría que decirse sobre el arrebato tira a tira del territorio palestino que no fuera conquistado/arrebatado en 1948.[4]

Riyad Mansur, el representante de palestinos ante la ONU, contestó a ciertas críticas elevadas por representantes de varios países que rechazan “criticar exclusivamente a Israel”, adoptando una suerte de equidistancia ante el conflicto y sus secuelas más penosas. Mansur aclaró: “Lo que señala únicamente a Israel no es la cantidad de críticas legítimas dirigidas a sus crímenes y violaciones sino el nivel de impunidad del que disfruta pese a las condenas.” [5] Touché! Mencionar la impunidad, la carta blanca de que dispone Israel, resulta auspicioso.

Mansur remató su alocución en la ONU sosteniendo  que “la única forma de acabar con la ocupación israelí es acabar con la impunidad». Me permito pensar que la única forma de acabar con la impunidad es acabar con la ocupación. Y el primer paso, mencionar “la cosa”.

Gilad Erdan, a su vez el representante israelí ante la ONU, criticó que las resoluciones aprobadas busquen «culpar a Israel de todo lo que pasa en Oriente Próximo, absolviendo a los palestinos de su responsabilidad en esta situación.”[6] En rigor, dado que el ataque a la sociedad palestina provino de un sionismo violento, hay motivo para culpar a Israel de “todo”. Recordemos que para la misma ONU el rechazo y la violencia defensiva, del atacado, tiene otro valor que la violencia del desencadenante de todo conflicto.

Erdan ha sostenido que «cada vez que se presentan propuestas de paz, los palestinos las rechazan, negándose a negociar o a ceder una pulgada”. Esto es psicológica o psiquiátricamente llamativo: que un representante del estado israelí sostenga que son los palestinos quienes jamás han cedido ni un tranco de pollo, cuando a lo largo de las décadas, si vemos una parte que jamás ha cedido un ápice, territorial, judicial, laboral, ambiental, ha sido Israel.

Erdan finalmente se quejó ante el pedido de conmemoración del 75º. aniversario de la Nakba, que es a la vez el 75º. aniversario de la creación del Estado de Israel. “Han plantado una cláusula que presenta su visión distorsionada de la verdad”. No es versión distorsionada, porque los hechos históricos a los que se refiere la Nakba son ciertos, ilevantables. Pero, eso sí, muy incómodos para que suenen junto a la conmemoración del 75o. aniversario de la creación del Estado de Israel.  “Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.”

La exhortación final de este embajador israelí es por demás preocupante (siempre según la fuente Europa Press, 1º. dic. 2022): «Dejen de apoyar los libelos palestinos y de votar a favor de estas invenciones peligrosas».

La descalificación moral por “libelos” califica más bien al autor. Invocar “invenciones”  palestinas, cuando la ideación del Estado de Israel no provino de la realidad, sino, en todo caso, como una inferencia milenaria a partir de un libro entendido como libro de historia sin serlo,  convocando así el sionismo a corporizar un sueño o aspiración, lo que a su vez  también se lo puede considerar una invención, no deja de ser penoso.

Y si advertimos que el sionismo ha constituido una invención peligrosa, la invocación de Erdan es realmente, permítaseme el neologismo, esquizopeligrosa.

[1]   Así describe con acierto el historiador Miguel Ibarlucía el asentamiento sionista (Editorial Canaán, Buenos Aires, 2012).

[2]   Resolución de la A. G. de la ONU, 28 nov. 2022.

[3]   EUROPA PRESS INTERNACIONAL, 1o. dic. 2022.

[4]   En 1947 la UNSCOP propone por mayoría (con el rechazo de la minoría que no acepta la partición) un 52% para un estado judío y un 47% para un estado palestino (y el 1% restante como territorio internacionalizado, administrado por la ONU, en Jerusalén). Con el retiro británico, los dispositivos militares del recién inaugurado Estado de Israel se apropian del 78% de la Palestina histórica. Y a lo largo de las décadas, Israel ha ido tomando tierra de lo que fue quedando en manos palestinas, asfixiando más y más la vida material y cotidiana de la población remanente.

[5]    E P I, ob. cit.

[6]   Ibíd.

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Hybris tecnológica y avance del narcisismo: tiranía del presente

Publicada el 03/04/2023 - 03/04/2023 por luissabini

Por Luis E. Sabini Fernández.

En el mismo momento histórico en que la humanidad desplegando una impresionante panoplia, sin precedentes, de artilugios tecnológicos, se siente cada vez más informada, más móvil, más conocedora, con un cada vez más amplio panorama material, cultural, espiritual, cuando las interrelaciones humanas han adquirido, ellas también, una densidad y una intensidad y frecuencia sin precedentes, estamos como entrando en una espiral temporal en que cada vez más nosotros, nuestros contemporáneos (al menos los introducidos en la modernidad) nos miramos a nosotros mismos.

Las poblaciones tradicionales también vivieron sus presentes como algo exclusivo, en todo caso rasgado por algún acontecimiento real o palaciego o militar. Pero la diferencia, sustancial, con base tecnològica, es que nuestro presente está, digamos, imbuido de todos los tiempos. Pero cada vez más desde nosotros mismos, desde nuestro presente. Con lo cual, nuestra temporalidad ha entrado en crisis, con un pasado cada vez menos relevante y con un futuro cada vez más condicionado.

Paradójicamente este furia presentista sobreviene en el mismo período −Antropoceno− en que más cuestionada está la viabilidad de la especie humana (y transitivamente, a causa del creciente poderío y peso de lo humano, la de la vida misma en el planeta; se habla de una sexta extinción masiva de vida en la historia de la Tierra, pero ésta encierra una peculiaridad que la hace única, penosamente única; su origen está en nosotros mismos, causantes de la desaparición de buena parte de la biodiversidad del planeta). (1)

Estamos así presenciando un ombliguismo progresivamente invasivo, tan imbuido de su propia excelencia, como para pretender absorber en nuestro presente toda nuestra temporalidad, la temporalidad humana. Como lo futuro no existe (al menos hasta este momento nuestro; presente), el recurso invasivo y perfeccionista se dirige principalmente a nuestros pasados. Es una forma de despreciar la historia, al corregirla, “perfeccionarla”, en rigor de presentizarla.

Se ha iniciado, por ejemplo, la reescritura de Agatha Christie. Usando, obviamente, un término valorizador, positivo. Se trata de lecturas “sensitivas”, porque hoy gozamos de “lecturas sensibles” para lectores ídem. Lo mismo ya ha sucedido en Inglaterra –cuna de la correccción política; faltaba más, cómo evitar andar llamando colonialismo a colonialismo− con los libros para niños de Roald Dahl o los algo procaces de Ian Fleming.

Porque no se trata de conocer a Christie, a Dahl o a Fleming, sino solo rescatar de ese pasado, algo que nos venga bien en nuestro presente. Podemos olvidar a los autores, para qué retener sus voces, sus prejuicios, sus pasiones, sus tenacidades; solo extraeremos de “ellos” la porción, la rebanada, el extracto que se avenga a nuestro ser presente. Porque somos mucho mundo, pero todo actualísimo. Raíces, abstenerse. Razones y motivos, ídem.

Este movimiento cultural que se centra ombliguistamente en el presente −resultando de ello una forma de presente continuo para la humanidad− tiene un punto alto en el filósofo israelí Yuval Noah Harari y su proyecto de amortalidad. Harari nos ha aclarado que no pretende obtener la inmortalidad de los humanos, porque le consta que existen muchos motivos y factores que pueden dar al traste tal proyecto, como un accidente aéreo, por ejemplo. Y que por ello, entiende, en cambio, factible, plantearse la amortalidad de los humanos, (2) que consiste en la posibilidad, que él considera alcanzable a corto plazo, de obtener solución a desgastes de órganos; como expresa este autor, “venir al mundo sin fecha de caducidad” (ibíd).

Harari cita a Aubrey de Grey, gerontólogo, y a Ray Kurzweil, inventor, quienes visualizan ‘que quienquiera que en 2050 tenga salud y una buena cuenta bancaria tendrá una elevada probabilidad de engañar a la muerte una década tras otra.’ (3)

Más allá de las “lecturas sensibles” que ahora descargan a las nuevas generaciones, y el planteo “biofilosófico” apuntado por Harari, vemos otro despliegue tecnológico que arrasará la temporalidad: la posibilidad técnica, digital, de, por ejemplo –como ya se ha hecho−, mostrar al Papa con un atuendo que jamás portó o presentar la fotografía del arresto de Trump a causa de los juicios que lo demandan por la toma del Capitolio, arresto que nunca ha sucedido. Esta fineza tecnológica, nos enfrenta a una deliberada confusión entre lo real, acontecido y lo construido a través de un tecnoperfeccionamiento de las fotos o los documentos que muestren o prueben un hecho, un dato. Las penosas y famosas fotografías de un Lenin con Stalin y sin Trotski o de Mussolini ecuestre y marcial con o sin asistente, quedan ahora a la altura de un felpudo; la digitalizacion precisa permite una “fidelidad” –valga el oxímoron− hasta ahora impensable.

Es una manifestación más de un mundo que se mira a sí mismo y se nutre de todos los ardides tecnológicos. Una presentización que fagocita nuestro pasado (real o reales) y crea nuevas condiciones para nuestro conocimiento. Es un desafío, claro, pero no podemos dejar de preocuparnos al dimensionar en este despliegue de desarrollos tecnológicos, un avance avasallador de la heteronomía.

notas:

1) Los proyectos de emplazamientos de humanos en otro cuerpo celeste, proyectos que sobrevienen intermitentemente, adolecen de la misma falta que sufren los árboles cuando son castigados, por ejemplo, por el calentamiento climático. Árboles que crecen con determinados umbrales de temperatura, que por fuera de ellos, sencillamente sus semillas no fructifican, cuando sobreviene un clima más cálido, los árboles tienen una menor superficie apta para el crecimiento de sus semillas y aunque sí logran, muy lentamente desplazarse siguiendo las biotas aptas para sí, el resultado es un menor número de ejemplares nuevos vivos. Hay una modificación desde la propia lucha por la existencia de la especie dada, pero no parece alcanzar para mantenerse inalterada. Eso parece acontecer con los intentos humanos de implantaciones extraterráqueas; tales intentos no parecen viables dada las dificultades aparejadas para compatibilizar nuestras condiciones de vida y el medio exterior.

2) Harari no abunda mucho en los destinatarios de semejante “regalo de los dioses”, aunque en Homo Deus señala que ‘los científicos del s.XXI podrían ser capaces […] de proporcionar a la élite humana confianza en duplicar y hasta quintuplicar la edad.’

3) Ibíd., p. 37.

fuente: https://revistafuturos.noblogs.org

Publicado en Centro / periferia, Ciencia, Conocimiento, Cultura dominante, General, GlobocolonizaciónEtiquetado como Agatha Christie, amortalidad de los humanos, artilugios tecnológicos, colonialismo, Ian Fleming, Luis E. Sabini Fernández, momento histórico, ombliguismo progresivamente invasivo, poblaciones tradicionales, Ray Kurzweil, Roald Dahl, tecnoperfeccionamiento, Yuval Noah Harari

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